Estamos frente al Registro Civil por séptima vez. Siete años de mi vida como bailarín de tango, siete años sacrificando giras europeas y sueños por ella, Luciana. Hoy, por fin, nos casaríamos.
Mi corazón latía con la esperanza de siempre, pero la ansiedad se arrastraba por mi nuca. Entonces, el teléfono de Luciana vibró. Era él. Siempre era Iván.
"¿Otra vez? ¿Tomaste tu inhalador? Voy para allá", dijo ella, con una máscara de disculpa ya familiar. Colgó y, sin mirarme a los ojos, anunció: "Iván tiene una crisis de asma. Tengo que irme".
La frialdad se extendió desde mi estómago. "No", susurré. Por séptima vez, me dejaba plantado por el mismo hombre, la misma excusa.
"¿Cómo que no? ¡Es una emergencia! ¿Un papel es más importante que mi amigo de la infancia?" me espetó, acusándome de egoísmo mientras huía. La dejó la fría palabra clavada en mí, a mí que lo había sacrificado todo por ella.
Caminé sin rumbo, el bandoneón melancólico burlándose de mí. Hasta que vi la foto. La foto de Iván Salazar, publicada hacía solo diez minutos: Luciana en su estudio, con la leyenda "Contigo, mi mundo tiene color". No era una emergencia. Era una burla.
¿Cómo pudo hacerme esto? ¿Engañarme así, una y otra vez, mientras yo entregaba cada pedazo de mi alma? ¿Qué clase de perversa lealtad era esa, que la ataba a él y la hacía pisar mis sueños?
Basta. La decisión me golpeó como un rayo. Me iré. Lejos de este tango tóxico, de esta ciudad que ya no me pertenece. Madrid me espera.
Era la séptima vez.
La séptima vez en siete años que Máximo Castillo y Luciana Ramírez estaban frente al Registro Civil de Buenos Aires.
Máximo vestía su mejor traje, el mismo que usaba para las noches de gala en el club de tango. Sentía el sudor frío en la nuca, no por el calor de la ciudad, sino por una ansiedad que ya conocía muy bien.
Luciana, a su lado, revisaba su teléfono, con el ceño ligeramente fruncido. Era hermosa, con el pelo oscuro recogido en un moño suelto que dejaba escapar algunos mechones rebeldes, como si su propia apariencia no pudiera decidirse a estar completamente quieta.
Siete años. Siete años en los que Máximo había construido su mundo entero alrededor de ella, rechazando giras por Europa, ignorando oportunidades que cualquier otro bailarín de tango habría matado por tener. Todo por ella, por el futuro que imaginaba a su lado.
El teléfono de Luciana sonó. Máximo no necesitó mirar para saber quién era. Siempre era Iván.
"¿Qué pasa, Iván? Estoy ocupada", dijo ella, su voz con un tono de fastidio que no engañaba a nadie.
Hubo una pausa. La expresión de Luciana cambió, la falsa molestia reemplazada por una genuina preocupación.
"¿Otra vez? ¿Tomaste tu inhalador? Voy para allá".
Colgó y se giró hacia Máximo, su cara una máscara de disculpa ensayada.
"Máximo, lo siento tanto. Iván... está teniendo un ataque de asma, uno de los malos. Necesito ir".
Máximo no se movió. Se quedó mirándola, sintiendo cómo una frialdad se extendía desde su estómago hacia el resto de su cuerpo.
"No", dijo, su voz apenas un susurro.
Luciana parpadeó, sorprendida.
"¿Cómo que no? Es una emergencia".
"Luciana, estamos a punto de entrar. A punto de casarnos. Por séptima vez".
La cara de ella se endureció. La disculpa se desvaneció, reemplazada por una acusación.
"¿Y qué es más importante, Máximo? ¿Un papel? ¿Una firma? ¡Mi amigo de la infancia apenas puede respirar! ¡No seas tan egoísta!"
La palabra "egoísta" lo golpeó. Él, que había sacrificado todo.
"No puedo creer que digas eso", respondió él, su voz temblando de una rabia contenida.
"Pues créelo", espetó ella, ya dándose la vuelta. "Hablamos más tarde. Esto es más importante".
Y se fue.
Corrió por la calle, sin mirar atrás, dejando a Máximo solo en la acera, con el sol de la mañana pegándole en la cara. Se quedó ahí, inmóvil, viendo cómo ella desaparecía entre la gente, corriendo hacia la vida de otro hombre.
Máximo caminó sin rumbo por las calles empedradas de San Telmo. El sonido de un bandoneón salía de un bar cercano, una melodía melancólica que parecía burlarse de él. Parejas paseaban de la mano, riendo, compartiendo un helado. Cada imagen de felicidad era un recordatorio de su propio fracaso.
Se sentó en un banco de la plaza Dorrego. Una niña pequeña que vendía flores se le acercó.
"Señor, ¿una gardenia para su novia?", le preguntó con una sonrisa inocente.
Le tendió una flor blanca y fragante. Máximo la tomó, el aroma lo transportó siete años atrás. La noche que conoció a Luciana, ella llevaba una gardenia en el pelo. Él estaba devastado por la muerte de su abuela, y ella se sentó a su lado, le ofreció un mate y le habló durante horas hasta que el dolor pareció un poco más soportable. Esa flor, esa noche, había sido el comienzo de todo.
Ahora, la misma flor en su mano se sentía amarga.
Le dio a la niña algunos pesos y se quedó mirando la flor. La ternura de ese recuerdo ahora estaba manchada por la realidad del presente.
Sacó su teléfono, sus dedos moviéndose por inercia. Abrió Instagram. Y ahí estaba. Una foto publicada por Iván Salazar hacía apenas diez minutos.
En la imagen, Luciana estaba en el estudio de Iván, inclinada sobre una mesa, mezclando colores en una paleta con una concentración delicada. La luz que entraba por la ventana iluminaba su perfil. Iván no estaba en la foto, pero su presencia se sentía en cada píxel. El pie de foto lo decía todo:
"Contigo, mi mundo tiene color".
Máximo sintió que el aire le faltaba, mucho más que a Iván en su supuesto ataque de asma. Era una intimidad que él nunca había compartido con ella, un mundo privado al que no tenía acceso.
Cerró la aplicación y caminó hasta el primer bar que encontró. Un lugar oscuro, con olor a madera vieja y alcohol derramado. Se sentó en la barra y pidió un Fernet. Y otro. Y otro más.
El alcohol quemaba su garganta, pero no podía apagar el fuego que sentía en el pecho. Sacó el teléfono de nuevo, sus dedos torpes por la bebida. Abrió su propio perfil y publicó una historia. Una foto de su vaso medio vacío sobre la barra de madera. Y un texto simple:
"Un brindis por mis siete años de tango en solitario".
A los pocos minutos, su teléfono vibró. Era un mensaje de Luciana.
"¿Qué demonios significa eso, Máximo? ¿Estás tratando de hacerme quedar mal? ¡Estoy aquí cuidando a un enfermo y tú te estás emborrachando y publicando estupideces! ¡Madura de una vez!"
Máximo leyó el mensaje y una risa seca, sin alegría, escapó de sus labios. Apagó el teléfono y pidió otra ronda.