Viena Myers
-¿Vas a pensar en mí mientras cenas con tu padre?
La voz de Milo se escucha divertida, y yo, del otro lado de la pantalla, suspiro.
-Sabes que sí. Espero cada sábado nuestra cita por videollamada, pero ahora por su culpa no podré verte... te voy a extrañar más de lo que ya lo hago.
Hago un puchero antes de poder detenerme.
-Yo también te voy a extrañar, Vi. Pero aprovechemos este tiempo, mejor. ¿Qué crees que quiera?
Se me escapa un resoplido.
-No sé, no estoy segura. Lo único que tengo claro es que no lo soporto y que últimamente ha estado incordiando más de la cuenta.
Los ojos grises de mi novio me observan con compresión. Él sabe lo que Albert Myers significa para mí. Es mi padre, pero no uno de los buenos.
-No vayas -dice Milo, directo, sin pensarlo dos veces-. Si lleva semanas buscándote para una cena, no es precisamente para decirte lo mucho que te quiere.
-¿Y qué hago? -respondo, dejándome caer contra el respaldo del sofá-. Si no voy, me manda a buscar. Ya sabes cómo es.
Milo suspira, se pasa la mano por el cabello y se queda un segundo en silencio.
-Viena, no me gusta. Albert no te llama para "cenar", te llama para controlarte.
Quisiera decirle que no es así. También quisiera decirle que no sé qué parte de mi vida quiere controlar. Pero lo sé perfectamente.
Conseguí dos años de libertad, avanzando con el tercero, por supuesto que no se iba a quedar de brazos cruzados.
El compromiso que tiene planeado para mí cada vez está más cerca y no sé cómo decirle a Milo, además de no tener idea de cómo evitar la decisión, y orden, de mi padre.
-Ya lo sé -murmuro, bajando la mirada-, pero no puedo desaparecer de su radar por completo. Mientras me mantenga estudiando, tengo margen. Si empiezo a desafiarlo demasiado, me va a obligar a volver a casa.
«Y otro par de cosas que no me atrevo a decir».
Él entrecierra los ojos, con un gesto que mezcla rabia y preocupación.
-Podrías quedarte conmigo.
Mi corazón se acelera de solo escucharlo. Siento mis mejillas arder, porque no hay nada que quisiera más que eso, pero debo contenerme. Debo ser realista y entender que mi historia con Milo tiene fecha de caducidad si de mi donador de espera depende.
-Milo... -susurro, sin saber del todo qué decir a eso.
-No pongas esa cara -replica enseguida, con una media sonrisa que apenas suaviza su tono-. No lo digo solo por lo obvio, aunque también me encantaría. Digo que conmigo estarías a salvo. Tu padre no puede hacerte nada si dejas de depender de él, podemos vivir en mi casa de New York...
Me muerdo el labio. No es la primera vez que lo dice, pero cada vez que lo hace, siento que mi pecho se aprieta un poco más.
Pero Milo y yo llevamos saliendo poco más de seis meses, no podemos volvernos locos. Sobre todo porque él es el mejor amigo de mi hermano mayor, y Aston no tiene ni jodida idea de lo que ambos sentimos.
«Tampoco creo que lo entienda».
-Y si se entera de lo nuestro, va a destruirte -le recuerdo, bajito-. No le temblaría la mano para hacerlo.
-Que lo intente. No soy un niño, Vi. Y tampoco soy un don nadie.
Ver su expresión hace que mi estómago se retuerza con nervios.
Milo es un Prince, una de las familias más ricas e influyentes en Washington D.C.. Sé que tendría respaldo de necesitarlo, que su solo apellido es suficiente para infundir respeto. Pero no pondré eso a prueba. Prefiero mantenerlo alejado de mi padre y sus manos negras.
-No, pero él sí es un monstruo -le corto con un suspiro, más cansada que molesta-. No quiero que te metas en su línea de fuego.
Milo se inclina hacia la cámara, como si eso acortara la distancia.
-Entonces prométeme que no vas a dejar que te arruine la noche -dice Milo, bajando la voz. Su tono cambia, se vuelve más suave, casi cómplice-. No importa lo que diga, ni lo que quiera imponerte, esta vez no vas a dejar que te robe la calma.
Lo miro en silencio, sin saber si habla solo de la cena o de algo más.
-Intentaré no dejar que lo haga.
Porque por desgracia, mi padre tiene demasiada influencia sobre mí. Me convenzo de que no, de que sí soy capaz de negarme a sus caprichos, pero en la realidad no es tan así.
Siempre encuentra la manera de manipularme. Mi mayor miedo siempre ha sido mi propio padre.
¿Qué tan traumático es eso?
-No "intentes" -replica, con una sonrisa ladina-. Hazlo. Y no te preocupes tanto, ¿sí? Falta poco para que nos... -se detiene un instante, como si pensara en algo-. Esta semana va a mejorar. Te lo prometo.
Frunzo el ceño.
-¿Qué quieres decir con eso?
-Nada, solo... que tengo una corazonada. -Se encoge de hombros, pero hay algo en su mirada que me hace sospechar que guarda un secreto-. Ya verás.
-¿Por qué me suena a que planeas algo? -Me sale una risita nerviosa.
-¿Yo? Jamás. -Su tono fingidamente inocente me hace rodar los ojos-. Soy un chico tranquilo, estudiante responsable, sin ninguna intención de secuestrar a su novia y llevársela a otro país.
Me río, porque sé que lo dice medio en broma y medio en serio.
-Eres un idiota.
-Y tú estás sonriendo -dice con más seriedad, como si se sintiera orgulloso de sí mismo-. Misión cumplida.
La sonrisa se me escapa del todo, es inevitable.
-No sé cómo lo haces.
Sigo sorprendiéndome de todo lo que Milo y yo tenemos. De lo bien que nos complementamos, lo satisfactorio que se siente vivir esto con él.
-Es fácil, porque me importas más de lo que admito.
La frase cae tan natural que se me corta la respiración. Hasta el momento no hemos confesado nuestros sentimientos, por más que sea obvia la manera en que nos sentimos. Decirle que lo amo es lo que quiero, y si no lo he hecho, es porque dentro de todo, temo que no funcione.
Por las rencillas de mi papá. Por la posición de Aston entre Milo y yo.
Él también lo nota y desvía la mirada, rascándose la nuca.
-Bueno... lo que quiero decir es que quiero verte bien, nada más.
Trago saliva, con el corazón latiendo más rápido de lo que debería y con unas ganas inmensas de decirle que a mí también me importa mucho.
-Gracias por eso -susurro, con la voz apretada.
-Siempre. -Sus ojos se suavizan-. Llámame cuando llegues a casa, ¿sí? Quiero saber que estás bien.
-Está bien.
Por un momento, ninguno dice nada, solo nos quedamos mirándonos a través de la pantalla, como si bastara con eso.
-Buenas noches, Vi.
-Buenas noches, Milo.
Antes de cortar la llamada, me dedica una sonrisa tan genuina que me deja sin respiración. Me quedo con las ganas de continuar con nuestros planes. Siempre elegiré su compañía, así sea virtual, por encima de cualquier cosa.
Viena Myers
Suelto un suspiro largo y frustrado cuando la pantalla se apaga y mi reflejo queda frente a mí, difuminado sobre el negro del móvil, porque a veces siento que la distancia me pesa más de lo que debería.
Vivo en Nueva York, en un pequeño apartamento cerca del campus, mientras Milo está en Washington D.C., terminando sus prácticas en una de esas empresas que sus padres esperan que él lidere en el futuro.
Nos separan poco más de cuatro horas en auto, pero entre sus horarios y los míos, se siente como un continente entero.
Cierro los ojos y apoyo la cabeza contra el respaldo del sofá, intentando borrar el cansancio que no sé si viene de las clases, de mi padre o de la distancia que hay entre nosotros. Ha pasado apenas un mes desde que empezó su práctica profesional, y aunque prometimos no dejar que eso nos afectara, la verdad es que sí lo hace.
No es lo mismo.
Extraño su olor, su calor, su manera de mirarme como si todo lo demás dejara de importar.
Y ahora, encima, tengo que lidiar con mi padre.
Que sí, que me dio margen mientras estudiaba, me prometió una pausa a sus planes. Pero la ironía es que estoy estudiando lo que él quiso, no lo que yo elegí. Administración de empresas, porque, según él, «una mujer Myers debe ser útil para los negocios familiares».
Y aquí estoy, estudiando algo que odio, fingiendo interés, porque es la única forma que tengo de mantener su atención lejos de mis verdaderas decisiones.
...Todo es cuestión de estrategia, Viena...
Sus palabras se han grabado a fuego en mi pecho y cómo no, si siempre han sido parte de él. Las estrategias, sus intenciones y sus manipulaciones.
Estrategia para controlarme, para hacerme su mascota obediente.
Miro el reloj. Faltan apenas dos horas para la cena.
Intento convencerme de que será algo breve, pero hay una sensación en el pecho que me dice que nada bueno saldrá de esa noche. Me levanto, voy hacia el armario y saco el vestido negro que mi padre me envió hace una semana, para sus ocasiones importantes, como él mismo las llama. Nunca me gustó el tono de sus mensajes, tan directos e impositivos, pero no tengo opción.
Mientras me visto, pienso en Milo. En cómo sus palabras aún resuenan en mi cabeza.
"...Esta semana va a mejorar. Te lo prometo..."
No sé a qué se refería, pero me aferro a esa idea, porque si hay alguien capaz de hacerme olvidar lo que me espera esta noche, es él.
El restaurante elegido por mi padre es uno de esos lugares elegantes donde le gusta sentirse el centro de atención. Las luces son tenues, la decoración es minimalista, y el aroma del vino tinto flota en el aire junto con el murmullo contenido de la gente que finge estar disfrutando.
Apenas cruzo la puerta, el maître me reconoce y me guía hacia una mesa apartada al fondo. No hace falta que me diga con quién estoy citada; lo sé desde que leí su mensaje con la hora y el lugar, sin saludo ni despedida.
Albert Myers ya está sentado, lleva su traje gris oscuro, la corbata perfectamente alineada y esa expresión imperturbable de quien siempre obtiene lo que quiere.
Frente a él hay otra silla ocupada, y cuando me acerco un poco más, reconozco al acompañante.
Charles Bellington.
«El compromiso con patas».
Su sonrisa es lo primero que me da náuseas.
-Viena, hija -me recibe mi padre con un tono que pretende calidez, pero solo suena a poder disfrazado-. Qué gusto que hayas llegado a tiempo.
-No suelo llegar tarde -respondo con una sonrisa que sé que lo irrita, porque no es de las que él aprueba.
Charles se pone de pie y me ofrece la mano, como si fuéramos viejos conocidos.
-Es un placer volver a verte, Viena.
-Lo dudo -replico con amabilidad fingida mientras me siento.
Mi padre me observa, mide cada movimiento, cada palabra y cada gesto.
-No empieces con esa actitud. He hecho un esfuerzo por organizar esta cena.
-¿Un esfuerzo? -Levanto una ceja-. No tenía idea de que coordinar una emboscada contara como esfuerzo.
Albert apoya los codos sobre la mesa y entrelaza los dedos.
-No hagas esto aquí. No después de todo lo que está en juego.
-¿Y qué está en juego exactamente? ¿Tu reputación o mi libertad? -Me atrevo, porque estoy cansada de él y sus chantajes, y porque mi amor por Milo me hace sentir fortaleza.
Su mirada se endurece, y por un segundo, el silencio se vuelve pesado. Charles intenta intervenir, pero mi padre lo detiene con un gesto.
-Viena, este es un trato importante para ambas familias.
-No soy un trato -replico entre dientes, tratando de contenerme.
-No seas dramática -responde, con esa calma irritante que usa cuando está a punto de estallar-. Nadie te está obligando.
-¿En serio? -me inclino hacia adelante-. Porque tengo entendido que ya firmaste los documentos del compromiso. Sin mi permiso.
Charles carraspea, incómodo.
-Albert solo quiere lo mejor para ti, y yo también.
-Qué conmovedor -digo, apoyando la barbilla en la mano-. Un hombre que no me conoce y otro que no me escucha decidiendo lo que me conviene.
Albert exhala despacio, puedo imaginarlo contando hasta diez.
-Vas a cenar, vas a comportarte, y vas a escuchar. Después hablaremos. A no ser que me obligues a tomar decisiones, Viena, y no te gustarán. Tú no tienes derechos, solo deberes. Y lo que sea que te ha llevado a envalentonarte, no servirá de nada si me ocupo de ello.
«Con Milo no, por favor».
Me trago la angustia que siento en un instante. Quisiera levantarme y marcharme, quisiera gritarle que no pienso obedecerlo, pero no lo hago. Porque conozco a mi padre, y cuando usa ese tono, lo mejor es esperar. Estoy tensando mucho la cuerda y sé que eso tiene consecuencias.
Me acomodo en el asiento y fijo la vista en el vaso de agua que el camarero acaba de dejar frente a mí. El líquido tiembla ligeramente cuando lo tomo, y aunque no sé por qué, una sensación incómoda me recorre el cuerpo.
Cuando mi padre levanta la mano para pedir que me sirvan lo mismo que a ellos, un vino costoso, como los que le gustan, algo en mi interior me dice que esta noche no debería seguir aquí.
Aston es el de los vinos, no yo. Nunca me caen del todo bien.
Pero lo hago, acepto la bebida, porque mi padre me ha enseñado bien a fingir obediencia.
-Brindemos -dice, alzando su copa con una sonrisa fría-. Por el futuro.
Y aunque el mío acaba de tambalearse, levanto la copa también. Por costumbre, por miedo o por inercia, no estoy segura.
El cristal choca con un sonido seco, que parece sellar mi destino.
***
Mis ojos se abren de golpe, desorientados, como si mi cuerpo hubiera decidido despertarse antes que mi mente. Durante unos segundos no entiendo dónde estoy. Las luces del techo parpadean suavemente, la sábana se siente áspera contra mi piel y cuando intento moverme, algo dentro de mí se queda congelado.
«Carajo, estoy desnuda».
El corazón me da un vuelco y comienza a latir frenéticamente. Una punzada seca que me obliga a incorporarme, pero en cuanto lo hago la cabeza me late y el estómago me arde. Pestañeo varias veces para intentar calmar, convencerme de que nada malo está pasando.
Pero a mi lado se escucha un suave ronquido y todos los pelos de mi nuca se erizan.
Charles está a mi lado, durmiendo. Y por lo que veo con horror debajo de la sábana que apenas lo tapa, también está desnudo.
-No. No, no, no.
Me aparto de golpe y tropiezo con el borde de la cama. Casi caigo al suelo, pero logro sostenerme del mueble más cercano. Tiemblo por dentro, no soy capaz de controlarme. Todo me da vueltas y sé que no es algo físico, es mi mente gritándome y reaccionando a esta maldita metida de pata.
Avanzo un poco, buscando mi ropa, pero me encuentro de repente delante del espejo.
Mis ojos se llenan de lágrimas y un jadeo doloroso se me escapa.
Mi cuerpo está lleno de marcas. Moretones en mis muslos, en mis brazos y por todo mi cuello.
El aire se me escapa en un sollozo.
-No... -susurro, llevándome las manos a la cabeza-. No, no puede ser...
Intento recordar. Qué carajos hice. Cómo llegué aquí.
Pero por más que trato, no viene nada. Solo la cena, la que a duras penas estaba soportando, aparece en mi mente.
Mi padre. Charles. La encerrona con el tema del compromiso.
Y luego... Nada. Un vacío negro y espeso es lo único que consigo al forzarme. Además de un intenso dolor de cabeza.
Me jalo el cabello con fuerza, desesperada.
No puedo creer que haya llegado a esto. Si no recuerdo, eso significa que me dieron algo.
Pero mi padre no haría eso, ¿no?
Ni siquiera estoy segura.
-No hice nada... no lo hice -repito una y otra vez, como si decirlo bastara para borrar las marcas-. No lo haría, no a él.
No tomaría la decisión de engañar a Milo, no cuando al fin siento que estamos en la misma línea. Cuando me hace feliz el solo hecho de saber que me quiere con él tanto como yo.
Las lágrimas me nublan la vista. Me obligo a respirar para no derrumbarme. El corazón me golpea el pecho con violencia.
«Debió ser una trampa».
Todo tuvo que ser planeado. Si no por mi padre, creo que sí por Charles.
Siento náuseas.
Me cubro el cuerpo con la sábana, pero me da tanto asco que la aparto enseguida. No quiero tener nada que me recuerde a esto.
Busco mi ropa por el suelo, el vestido está arrugado, manchado y desgarrado por un costado, pero lo tomo igual. Me lo pongo a la carrera, con las manos temblorosas y sin mirar demasiado. El simple roce de la tela contra mi piel me hace sentir sucia.
Charles se mueve en la cama, medio dormido y murmurando algo que no entiendo. Contengo la respiración.
Agarro mi bolso, mis zapatos y todo lo que encuentro que recuerdo haber llevado conmigo.
Tengo que salir.
Tengo que irme.
Camino hacia la puerta, descalza y con el corazón martillando tan fuerte que me retumba en los oídos. Alcanzo el picaporte y lo giro despacio, sin atreverme a hacer ruido.
Pero cuando abro la puerta, que intento salir, el mundo se me detiene.
-Milo.
De pie frente a mí. Con la mirada fija, la expresión entre sorpresa y desconcierto... y luego, dolor.
Sus ojos recorren mi vestido deshecho, mi cabello revuelto y mis manos temblando. No hace falta que diga nada, el silencio lo dice todo.
Me llena la desesperación, pero sigo congelada en el umbral. El miedo se siente como ácido en mi boca cuando trato de hablar.
-No es lo que parece... -lloriqueo.
Pero en realidad sí lo es. Y Milo lo sabe.
Milo Prince
No suelo improvisar, no soy de ese tipo de persona, para mí todo debe seguir un plan estructurado que me haga sentir cómodo. Mucho menos soy de los que cambian planes sobre la marcha ni de los que se dejan llevar por impulsos románticos, eso se lo dejo a otros. Pero durante toda la noche cada parte de mí gritaba que tenía que verla, porque cuando se trata de Viena, ni siquiera yo mismo me reconozco.
Mi agenda estaba libre por primera vez en semanas, las prácticas terminaron antes de lo previsto, y la idea de quedarme en D.C. sin hacer nada me pareció insoportable.
¿Con qué propósito debería permanecer lejos de ella cuando puedo tomar un avión?
Viena se merece una sorpresa, es lo mínimo que podía hacer. Y cuando anoche le dije que esta semana mejoraría, lo hice pensando justamente en esto. Por eso reservé el primer vuelo a New York sin pensarlo demasiado, era una idea que me estuvo dando vueltas en la cabeza, pero que hasta hoy se concretó.
Ahora, mientras espero en el aeropuerto, repaso en mi cabeza cómo será verla al abrir la puerta y una sonrisa se instala en mi rostro. De esas que solo surgen cuando pienso en ella o estoy a su lado.
Imagino su cara de incredulidad, esa risa suya que siempre termina con los ojos entrecerrados, el abrazo que me deja sin aire cada vez que me tiene cerca, pero que me hace sentir cómo nunca me había sentido.
Llevo días imaginando eso, porque es justo lo que necesito.
Su presencia. Su cercanía, su calidez. La necesito a ella.
Desde antes de la videollamada no dejaba de darle vueltas en mi cabeza a cómo se veía su rostro en la pantalla, a la forma en que suspiraba cuando decía que me extrañaba, en cómo sus ojos estaban algo entristecidos. No había ese brillo habitual en ellos.
Lo que ambos necesitamos es tiempo juntos.
Meto una de mis manos en el bolsillo de mi chaqueta para tocar el regalo que le llevo. Una pequeña caja de terciopelo con un colgante que tiene nuestras iniciales grabadas. No es un regalo demasiado caro, pero sí uno con intención. Algo que quiero darle en persona, mirándola a los ojos y sin pantallas de por medio.
El avión despega poco antes del amanecer y con cada minuto que pasa, siento una mezcla de ansiedad y felicidad porque estaré cerca de ella. Miro por la ventana y me descubro sonriendo como un idiota una vez más, pero me permito disfrutar de esta sensación, porque no recuerdo haber sentido algo tan simple y tan intenso a la vez.
Lo nuestro es reciente, sí, pero se siente como si hubiera estado esperándola toda la vida.
Durante el vuelo repaso mentalmente los lugares a los que podríamos ir. Ese café pequeño al que la llevé en nuestra primera cita; el parque donde me confesó que odiaba las clases de economía o su rincón favorito en la biblioteca. Tantos lugares que significan tanto para nosotros. Cada recuerdo que está ligado a ellos, me aprieta el pecho de una manera agradable. Todo lo que tiene que ver con ella lo hace, porque se ha convertido en el centro de mi mundo.
Aterrizo en New York pasadas las ocho de la mañana. El tráfico a esta hora está denso, pero no me importa, tomo un taxi directo a su apartamento con el corazón acelerado.
No puedo dejar de imaginar la sorpresa en su cara cuando me vea. Imagino su voz cuando diga mi nombre, sorprendida y feliz, tanto que quiero que el taxi se pase todas las luces en rojo y tome todas las rutas alternas para llegar lo más pronto posible.
Cuando llego, toco el timbre de su departamento para que me abra la puerta, porque el acceso principal está cerrado. Lo hago una, dos y hasta tres veces, pero nada ocurre.
Reviso el reloj, pero no es tan temprano, ella ya debería estar despierta.
Las luces del edificio todavía están encendidas y tras unos minutos esperando, la portera me reconoce y me deja subir sin problema. En el pasillo, todo está en silencio. Y supongo que es normal porque prácticamente puedo despertar a los vecinos.
Golpeo la puerta de su departamento, al menos agradeciendo que no oyera el primer timbrazo, porque se dará la sorpresa cómo quería, pero sigue sin responder.
-Vamos, Vi... -murmuro, con una sonrisa nerviosa, porque no imagino qué estará haciendo para que no pueda abrirme la puerta.
«¿Y si está en la ducha? ¿O dormida?».
Saco las llaves de repuesto que me dio hace un mes, "por si acaso". Las uso, y el clic del cerrojo suena demasiado fuerte en medio del vacío cuando empujo para entrar.
El departamento está en orden. Demasiado en orden para lo que estoy acostumbrado cuando se trata de Viena. El aire huele a su perfume, esa mezcla de jazmín y algo cítrico que siempre se queda pegada a mi ropa después de verla. Cosa que amo.
Todo aquí grita su nombre y estar en este lugar me brinda la calma que necesito.
-Viena... -la llamo otra vez, pero no obtengo respuesta.
Camino por el pasillo, reviso su habitación. La cama está tendida, todo está intacto, cómo si ella ni siquiera hubiera dormido en ella anoche o la hubiese tendido hace poco.
Una sensación extraña me recorre el cuerpo. No es miedo, pero sí es una inquietud que no me deja tranquilo. Como si algo estuviera fuera de lugar, algo pequeño, pero importante, de lo que no me doy cuenta y no sé qué es.
No es bueno, teniendo en cuenta lo que ella iba a hacer anoche, y más porque no me dejó ningún mensaje al llegar, como le pedí.
Estoy sacando mi móvil para hacerle una llamada cuando este vibra en mi mano. Mi corazón al instante obtiene un poco de calma, porque de seguro es ella, que acaba de salir de la casa y no le dio tiempo de escribirme.
«Aunque es raro que la portera no me haya dicho nada».
Pero cuando miro la pantalla, no es el nombre de Viena el que veo, es un mensaje de un número desconocido. Lo abro sin saber con qué voy a encontrarme, pero no es algo raro, dado que muchos me contactan por el tema de las empresas de mi familia.
»Hotel Grand Avenue, habitación 406.
Frunzo el ceño mientras lo leo por segunda vez, pensando en que esto debe ser una broma. Nadie sabe que vine a New York, que estoy aquí o el motivo que tuve para viajar. Viena tampoco lo sabía, así que no creo que esta sea su idea.
Tardo unos segundos en procesarlo. No hay contexto, ni explicación, solo una dirección y la petición implícita de presentarme cuanto antes. Trato de ignorarlo, porque me parece una jodida locura hacer algo así, pero vuelvo a mirar a mi alrededor y la inquietud se convierte en un peso en el estómago.
No sé por qué, pero presiento que esto no es una coincidencia.
Respiro profundo, lo pienso bien y una vez decidido, salgo del apartamento con el pulso desbocado. A las afueras del edificio tomo de nuevo un taxi y durante todo el camino trato de contactar a Viena, pero es en vano. Ella no responde.
**
El auto se detiene frente al Hotel Grand Avenue y me quedo mirando el edificio unos segundos antes de bajar.
«No entiendo qué hago aquí».
Resoplo frustrado.
«O sí, lo entiendo, pero no quiero admitirlo».
El mensaje sigue en la pantalla de mi teléfono, tan inesperado como perturbador. El recordatorio y la confirmación de que estoy haciendo algo loco. Porque lo peor de todo es que Viena sigue sin responder. Y no ha sido por falta de insistencia, porque los minutos atascados en pleno tráfico neoyorquino me puso aún más impaciente.
El portero del hotel me saluda con su cortesía automática cuando entro, pero yo apenas le devuelvo el gesto. Camino directo al ascensor con el corazón golpeándome el pecho como si quisiera escaparse. No sé si me están jugando una broma, si ella está en problemas o si todo esto es un malentendido.
Pido para que no sea la segunda opción, porque no sabría cómo reaccionar. Ahora mismo solo sé que algo no encaja y mi corazón me dice que tiene que ver con ella.
El ascensor se detiene con un sonido suave en el cuarto piso. Los pasillos están vacíos cuando salgo y las luces del techo permanecen encendidas. Camino hasta la puerta 406.
La madera brillante, con ornamentos dorados, se siente más grande de lo que se ve. No llamo todavía, porque realmente no sé si estoy cometiendo una locura.
Esto puede ser otra cosa, incluso relacionado conmigo, no sería la primera vez que alguien trata de hacerme daño para extorsionar a mi familia. Por eso solo respiro hondo e intento calmar la sensación en el pecho.
Hasta que mi teléfono vuelve a vibrar con otro mensaje. Miro la pantalla como un resorte, esperando nuevamente que sea Viena, pero es del mismo número.
»Esta es la mujer de la que tienes que alejarte. No vale la pena.
El mensaje incluye un archivo, un video. Uno que dudo en presionar al leer lo que dice la nota, pero al final lo hago.
La primera imagen es este mismo hotel, porque reconozco el lobby que acabo de dejar atrás en el primer piso. En el medio del salón, con un vestido negro que le queda hermoso, está Viena, pero no va sola. Un brazo posesivo le rodea la cintura y ella se recuesta a ese hombre como si no pudiera mantener sus manos alejadas de él.
«¿Qué carajos estoy viendo?».