Yo era la mente maestra detrás de los negocios de mi familia, pero para mi padre, solo era una hija discreta lista para ser vendida en matrimonio. Mi único escape era el amor de Rodolfo, el hombre que en la intimidad me llamaba su "Reina".
Pero él tenía a otra, la frágil Fernanda. A ella la llamaba "Mi Pequeña Flor", mientras que yo solo era "la princesa" de la que necesitaba deshacerse.
La traición culminó en una gala. Un coche se abalanzó sobre nosotros. Sin dudarlo, Rodolfo empujó a Fernanda para salvarla, dejándome a mí para recibir el impacto.
Mi cuerpo salió volando. Mi última visión fue él abrazándola, a salvo.
Más tarde, en el hospital, lo oí decir que yo era fuerte y podía cuidarme sola. Esa frase me dolió más que todos mis huesos rotos.
En ese momento, la princesa ingenua que lo amaba murió.
Acepté casarme con el viejo líder de un cártel, no como un sacrificio, sino como el primer paso de mi venganza. Ahora, yo sería la Reina, y mi imperio se levantaría sobre las cenizas de su traición.
Capítulo 1
Ximena POV:
El frío de la sábana de seda se sentía como una burla contra mi piel desnuda. Había aceptado ser vendida en matrimonio, y el hombre que me llamaba su "Reina", al que amaba con cada fibra de mi ser, acababa de abandonarme en medio de la noche.
Para el mundo exterior, yo era solo Ximena Amaya, la hija discreta y elegante de Horacio Amaya, un magnate. La que sonreía en los eventos benéficos y no causaba problemas.
Pero en secreto, yo era la mente detrás de muchas operaciones exitosas de la familia. La que cerraba tratos que mi padre ni siquiera comprendía del todo.
Rodolfo Badia era el heredero del Grupo Badia. Calculador, estoico. La imagen pública del control y el éxito.
Nuestra relación era un secreto a voces que nadie se atrevía a confirmar. Nos veíamos en los rincones más íntimos de su penthouse, o en mi estudio oculto.
Allí, él me llamaba "Reina". Un susurro, un título exclusivo para mis oídos.
Me aferré a ese nombre. A esa pasión que creía genuina. Porque en ese momento, era lo único real que tenía.
Pero incluso el nombre más hermoso sonaba hueco cuando el futuro se alzaba como una jaula dorada.
Mi padre, en su infinita sabiduría pragmática, acababa de organizarme un matrimonio. Un matrimonio arreglado con Jaime Mena, el enfermo y anciano líder de un cártel empresarial en Guadalajara.
Una alianza estratégica, como él lo llamaba. Un sacrificio.
Yo, la hija subestimada, la pieza de ajedrez valiosa pero prescindible.
Rodolfo. Él era la única razón por la que aún no había huido.
Sus movimientos eran lentos y deliberados mientras se vestía. Cada botón abrochado de su camisa blanca era un recordatorio de la distancia que ponía entre nosotros.
El aire en la habitación se volvió pesado, cargado con el olor a sándalo de su colonia y el almizcle de nuestra intimidad reciente.
"¿Te vas ya?" mi voz sonó más débil de lo que pretendía. Un hilo apenas audible en el silencio.
Él se giró, sus ojos oscuros, inescrutables como siempre. "Tengo que irme, Reina."
"¿Es tan urgente?" pregunté, mi corazón se encogía ante su frialdad habitual.
Él se encogió de hombros, ajustándose la corbata. "Asuntos de negocios. Ya sabes cómo es."
No, no sabía. O tal vez sí. La prioridad siempre era el negocio.
"Quédate aquí," ordenó, su voz apenas un murmullo, pero con el peso de la autoridad que siempre ejercía sobre mí. "Alguien vendrá a recogerte por la mañana."
Odiaba que me tratara así. Como si fuera una posesión, un paquete que entregar.
Pero el roce de sus labios en mi frente disipó mis protestas. Un beso rápido, casi una marca. Luego se fue.
La puerta del ascensor se cerró con un suave zumbido, sellando su ausencia.
Me quedé allí, en la cama revuelta, el eco de su "Reina" aún en mis oídos. Pero ya no sonaba tan dulce.
La furia me invadió. No era una niña. Nunca lo había sido. Y él no era mi dueño.
Cogí mi teléfono de la mesita de noche. Mis dedos temblaban levemente mientras buscaba el número.
"Padre," mi voz era firme. Más firme de lo que me sentía. "Acepto el matrimonio con Jaime Mena."
Un silencio del otro lado. Luego, un estallido de alegría. "¡Ximena! ¡Mi niña! Sabía que entrarías en razón."
Su felicidad era asquerosa. ¿Entrar en razón? Había entrado en mi propia trampa.
"Tengo mis condiciones, por supuesto," añadí, la voz teñida de hielo. "Quiero mi independencia total. Y una parte justa de la fortuna familiar. Discutiremos los detalles en persona. Mañana."
No esperé su respuesta. Corté la llamada. El juego había cambiado.
Mientras me levantaba, vi el teléfono de Rodolfo sobre la mesita de noche. Lo había olvidado.
Una pequeña vibración. Una notificación de mensaje.
Mi corazón dio un vuelco. No debería mirar. No debería.
Pero mis dedos, como si tuvieran voluntad propia, lo tomaron. La pantalla se iluminó.
Un mensaje de un número desconocido. Pero el nombre de contacto lo decía todo: "Mi Pequeña Flor, F."
Y debajo del nombre, el mensaje. Corto. Dulce. Demasiado íntimo.
"¿Ya te deshiciste de la princesa? Te espero. Tu flor te necesita."
Mi respiración se detuvo. "La princesa." Así me llamaba a mí en público. Pero en privado, era "Reina".
"Mi Pequeña Flor." Fernanda. Fernanda Rodríguez. La hija de un político influyente. La que él creía frágil y vulnerable.
Mi mente reprodujo cada momento de indiferencia de Rodolfo. Cada vez que su mirada se volvía distante cuando yo hablaba de mis sentimientos. Cada vez que me dejaba sola, con la promesa de que volvería.
Solo para darse prisa en deshacerse de "la princesa" para correr a su "flor".
Un fuego frío se encendió en mi pecho. No era dolor. Era ira. Pura y cortante.
Me vestí rápidamente, mis movimientos precisos. El vestido negro de seda se deslizó sobre mi cuerpo. Mis tacones resonaron silenciosamente en el suelo de mármol.
No me importaba que me hubiera dicho que me quedara. No era su posesión.
Salí del penthouse en mi propio coche. Sabía dónde encontrar a Fernanda. Ella siempre frecuentaba el mismo restaurante elegante cuando su padre estaba fuera de la ciudad.
Y Rodolfo, como un perro fiel, siempre estaba allí.
Cuando llegué, aparqué en una calle lateral, lo suficientemente lejos para no ser vista.
Allí estaban. En la entrada del restaurante. La fachada de cristal reflejaba su imagen.
Rodolfo, con su mano en la cintura de Fernanda, inclinándose para susurrarle algo al oído. Ella reía, una risa aguda, mientras su mano se posaba en su mejilla.
La imagen me golpeó con la fuerza de un puñetazo. No había frialdad en su mirada. No había distancia en su toque.
Solo adoración. Y algo más, algo que parecía culpa.
Me ahogué. El oxígeno parecía desaparecer de mis pulmones.
Recordé la primera vez que lo vi. Mi padre, Horacio Amaya, me lo presentó hace cinco años. Yo tenía diecinueve años, recién salida del internado, llena de ideas y sueños.
Él tenía veintiocho. Un hombre hecho y derecho, con una mirada tan penetrante que me asustó y me fascinó a la vez.
"Rodolfo," dijo mi padre, con una sonrisa que nunca me dedicaba a mí. "Te confío a Ximena. Es brillante, pero le falta... disciplina. Necesita aprender los entresijos de nuestro mundo."
Me entregó a Rodolfo como si fuera un paquete que debía ser "reformado".
Rodolfo me miró, una chispa de molestia en sus ojos. Yo era un problema más en su lista.
Yo, por mi parte, odiaba la idea de ser "disciplinada". Así que lo provoqué. Constantemente.
Una vez, en una reunión de negocios crucial, deliberadamente hice preguntas ingenuas, fingiendo ignorancia. Quería ver su reacción.
Él me miró con una frialdad que helaba la sangre. "Ximena, si vas a estar aquí, al menos haz el esfuerzo de comprender," me espetó frente a todos.
Sentí una punzada, pero también una extraña satisfacción. Había logrado sacarlo de su compostura.
Una noche, en su penthouse, después de otra de mis "provocaciones", me sentía frustrada. Él me ignoraba, me trataba como una niña molesta.
Vertí algo en su copa. Algo suave, pero suficiente para aflojar sus inhibiciones.
No quería hacerle daño. Solo quería que me mirara. Que me viera.
Y lo hizo. Esa noche, por primera vez, el hielo de sus ojos se derritió. Sus manos se aferraron a mí con una necesidad que nunca antes había sentido.
Fue entonces cuando me llamó "Reina". Un susurro ronco en la oscuridad.
Desde entonces, nuestra relación se convirtió en un juego peligroso. Durante el día, yo era la "princesa" molesta y él el mentor exasperado. Por la noche, en secreto, yo era su "Reina" y él mi amante apasionado.
Creí que era amor. Que su frialdad era solo una fachada. Que yo era la única que conocía al verdadero Rodolfo.
Hasta mi cumpleaños veintitrés.
Preparé una cena especial en mi apartamento. Una noche íntima. Flores, velas.
Él nunca llegó.
Al día siguiente, los periódicos y las redes sociales estallaron con fotos de Rodolfo y Fernanda en un evento de gala. De la mano. Sonriendo. Pareciendo el epítome de una pareja perfecta.
Mi mundo se desmoronó. La furia me consumió.
Destrocé mi apartamento. Rompí jarrones, tiré muebles. Las lágrimas corrían por mi rostro, pero el dolor era más profundo que cualquier corte.
Rodolfo apareció más tarde, la calma personificada. Vio el caos. Vio mis manos ensangrentadas.
No dijo nada. Solo me miró con esa mirada fría y distante que creía conocer tan bien.
"¿Terminaste?" preguntó, su voz desprovista de emoción.
Fue entonces cuando lo supe. Él no me amaba. Nunca lo había hecho.
Solo era una de sus posesiones. Una pieza más en su tablero.
La Ximena que lo amaba con la inocencia de una niña se había desvanecido en ese momento.
Regresé a la mansión familiar, la cabeza en alto, el corazón convertido en piedra.
Mi padre y mi madrastra estaban en la sala. Horacio, con su sonrisa de depredador.
"Has vuelto," dijo mi padre, como si regresara de unas vacaciones.
"Sí," respondí, mi voz monótona. "He vuelto para aceptar tu trato."
Horacio sonrió. "Excelente. Una niña sensata."
"Pero no te confundas, padre," lo interrumpí, mi mirada fija en la suya. "No soy tu 'niña'. Y mi aceptación viene con el precio de romper todos los lazos contigo."
Su sonrisa se desvaneció. "¡¿Qué dices?!"
"Digo que esta alianza será lo único que nos una," continué, la voz baja pero cortante como un cuchillo. "Después de esto, no existiré para ti. Ni yo, ni mi madre."
Su rostro se puso lívido. "No menciones a tu madre. Ella no tiene nada que ver con esto."
"Oh, ¿no?" me reí, una risa amarga. "Ella tuvo mucho que ver. Tu traición. Tu abandono. Su muerte, padre. Todo por tu ambición y esa mujer a tu lado." Señalé a mi madrastra, que palideció.
Horacio apretó los puños. "¡Estás desvariando!"
"No," respondí, la voz cargada de un dolor que se había convertido en acero. "Estoy siendo honesta. Algo que tú nunca fuiste. Ahora, ¿aceptas mis términos o este matrimonio está cancelado?"
Él me miró, una batalla interna librándose en su rostro. Su ambición contra su ira.
La ambición ganó.
"Acepto," gruñó, la derrota en su voz.
"Y una cosa más," añadí, antes de irme. "No subestimes a Jaime Mena. Esta alianza podría costar más de lo que crees."
Me retiré a mi habitación, el frío de su aceptación se aferraba a mí.
Me desplomé en el suelo, sollozando. Lágrimas de rabia, de dolor, de una soledad tan profunda que me quemaba el alma.
La Ximena que había amado a Rodolfo. La Ximena que había creído en su familia. Esa Ximena había muerto.
Al día siguiente, el sol apenas se asomaba cuando escuché un revuelo abajo.
Salí de mi habitación. En la gran sala de la mansión, de pie junto a mi padre y mi madrastra, estaba Fernanda Rodríguez.
Mi corazón dio un salto. ¿Qué hacía ella aquí? ¿Ahora?
Ximena POV:
Fernanda, con un vestido de seda vaporoso, sonrió al verme. Una sonrisa falsa, demasiado dulce.
"¡Ximena! Qué sorpresa verte," dijo, su voz melodiosa. "Tu padre me invitó. Horacio y yo tenemos mucho de qué hablar."
Mi padre la miró con una ternura que nunca me había mostrado a mí. Le acarició el brazo.
"Fernanda pasará unos días con nosotros," dijo Horacio, su voz suave y paternal. "Necesita un cambio de aires. Ximena, por favor, encárgate de que le preparen la mejor habitación."
Una punzada de rabia me atravesó. Mi padre, el hombre frío e inalcanzable, era todo calidez con ella.
"Por supuesto, Horacio," respondió Fernanda, lanzándome una mirada de suficiencia. "Eres tan amable. Eres como el padre que nunca tuve."
La risa de Horacio llenó la sala. Mi madrastra, a su lado, forzó una sonrisa.
"No te preocupes, padre," dije, mi voz glacial. "Me encargaré de todo."
"De hecho," interrumpió Horacio, su mirada deteniéndose en mí. "Fernanda ocupará tu habitación, Ximena. Es la más grande y tiene las mejores vistas. Tú puedes mudarte a una de las habitaciones de invitados. La del ala este estará bien."
Mis puños se apretaron a los costados. Mi habitación. Mi santuario.
"¿Mi habitación, padre?" pregunté, mi voz apenas un susurro de incredulidad.
"Sí, Ximena. Es lo más lógico," respondió, como si estuviera hablando de un mueble. "Fernanda es nuestra invitada de honor. Tú te vas a casar pronto, de todos modos."
Una risa amarga escapó de mis labios. "¿Y qué hay de mis cosas? ¿Mis libros? ¿Mis recuerdos?"
"No te preocupes por eso," dijo mi madrastra, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. "Los sirvientes lo empaquetarán todo y lo llevarán a tu nueva habitación. No te molestaré con eso."
Sentí una punzada de dolor, pero ya no me importaba.
"No hace falta," dije con frialdad. "No me quedaré."
Di media vuelta y subí las escaleras. Fui a mi habitación, que ahora era de Fernanda.
Ignoré las cajas de cartón ya apiladas junto a mi vestidor. Abrí mi pequeña maleta de mano y metí lo esencial. Algunas prendas de ropa, mi pasaporte, mis tarjetas de crédito.
No miré atrás. No miré los recuerdos de mi madre en las estanterías, ni los libros que había leído mil veces.
Bajé las escaleras, arrastrando mi pequeña maleta. El sonido resonó en la gran sala.
Horacio, Fernanda y mi madrastra me miraron. Sus rostros eran un estudio de sorpresa.
"¿Adónde vas, Ximena?" preguntó mi padre, frunciendo el ceño.
"Me voy," respondí, mi voz firme. "No tengo por qué quedarme en una casa donde no soy bienvenida. Especialmente cuando mi habitación es entregada a una... invitada."
"¡Pero tu boda! ¡Es en unos días!" exclamó mi padre, su voz subiendo de tono.
"Lo sé," dije, mi mirada era fría como el hielo. "Y la cumpliré. Pero no pasaré un minuto más bajo tu techo antes de eso. No voy a ser una marioneta más en tu juego, padre."
Salí por la puerta principal, el sol de la mañana ya alto en el cielo. Dejé la mansión atrás. No sentí nada.
Llegué al hotel más lujoso de la ciudad. El Grand Imperial.
"La suite presidencial, por favor," le dije a la recepcionista, con una sonrisa gélida. "Y quiero el servicio de mayordomo las veinticuatro horas. El champagne más caro. Y quiero que vacíen la tienda de Cartier para mí."
La mujer me miró sorprendida. "Señorita Amaya, eso será... considerable."
"No hay problema," dije, sacando una tarjeta de crédito de mi bolso. "Es una tarjeta de mi padre. Un regalo de bodas anticipado." Una risa sin humor escapó de mis labios.
El gasto fue exorbitante. Compré joyas, ropa de diseñador, arte. Todo lo que mi padre odiaría.
Quería quemar su fortuna. Quería ver cómo se desangraba.
Mi teléfono sonó. Era él.
"¡Ximena! ¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¡Mi tarjeta ha sido bloqueada! ¡Has gastado una fortuna en un día!"
"Solo estoy haciendo lo que siempre debí hacer, padre," respondí, mi voz dulce como la miel. "Disfrutando de mi independencia. Ya sabes, la que me prometiste a cambio de mi matrimonio. O acaso, ¿tu palabra no vale nada?"
"¡Esto es diferente! ¡Estás dilapidando nuestra fortuna!"
"¿Nuestra fortuna?" me reí. "Interesante. Siempre pensé que era tuya. Pero, ya que estamos en esto, tengo una idea. Cuando se cierre el trato de mi matrimonio, el dinero de la alianza... ¿por qué no lo devuelves a la familia? Y a mí me dejas la fortuna que ya he gastado. ¿Qué te parece?"
Un silencio aturdido del otro lado. Mi padre estaba mudo.
Colgué la llamada. Me sentía poderosa. Como una reina.
Mi plan era simple: agotar sus activos líquidos. Dejarlo vulnerable. Para que cuando la alianza de Guadalajara se cerrara, no tuviera más remedio que devolver el dinero a la familia.
Mientras contemplaba mi victoria, mi teléfono vibró de nuevo. No era mi padre.
Era Rodolfo.
"¿Dónde estás? ¿Estás bien?"
Mi corazón dio un pequeño salto. ¿Preocupación? ¿O solo curiosidad?
Lo miré. La Ximena de antes habría respondido de inmediato, anhelando su atención. Pero esa Ximena ya no existía.
"Estoy donde necesito estar," respondí. "Y estoy perfectamente."
A la mañana siguiente, el mayordomo me informó que la gerencia del hotel quería hablar conmigo.
Bajé al vestíbulo. El gerente, con una expresión preocupada, me esperaba.
"Señorita Amaya, lamentamos informarle que su tarjeta ha sido... bloqueada por su banco. No podemos continuar ofreciéndole nuestros servicios sin un pago por adelantado."
Mi sangre se heló. ¿Bloqueada? ¿Mi padre lo había hecho?
"Eso es imposible," le dije, mi voz temblaba. "Mi padre no haría eso."
"Lo lamento, señorita," dijo, su voz era firme. "Tiene que saldar la cuenta inmediatamente. O bien, tendrá que abandonar el hotel."
No tenía dinero en efectivo. Todas mis tarjetas de crédito estaban vinculadas a la cuenta principal de mi padre.
Fui expulsada del hotel. Con mi pequeña maleta, me encontré en la calle, sin un solo peso en el bolsillo.
Miré a mi alrededor. No tenía amigos de verdad. Solo conocidos. Y nadie me ayudaría en esta situación.
Comencé a caminar. Errante. El sol ya estaba alto y el calor era sofocante.
Terminé en un parque. Me senté en un banco, mi maleta a mis pies. La Ximena de antes habría llorado.
Pero no sentí lágrimas. Solo un vacío helado.
Un hombre borracho se acercó. Sus ojos turbios me miraron de arriba abajo.
"¿Qué hace una chica tan bonita sola por aquí, eh?" murmuró, su aliento apestaba a alcohol. Se acercó más, demasiado cerca.
El miedo me invadió. Me levanté, retrocediendo.
De repente, una sombra alta se interpuso entre nosotros.
"¿Tienes algún problema aquí, amigo?" La voz era familiar. Demasiado familiar.
Rodolfo.
El borracho lo miró, y al reconocerlo, palideció. Se alejó rápidamente, murmurando disculpas.
Rodolfo se giró hacia mí. Sus ojos oscuros escanearon mi figura, mi maleta, mi rostro.
"¿Ximena? ¿Qué demonios te pasó?" preguntó, su voz era una mezcla de incredulidad y reproche.
"Nada," respondí, mi voz era un hilo. "Lo mismo que a ti."
Ximena POV:
Las luces del salón de subastas brillaban, reflejándose en las joyas y obras de arte. Mi corazón latía con fuerza mientras esperaba.
Finalmente, el subastador anunció el siguiente lote. "Y ahora, damas y caballeros, esta exquisita pieza de joyería. Un collar de perlas de agua dulce, con un broche de zafiro. Perteneció a la difunta señora Amaya."
Mi aliento se detuvo. Era el collar de mi madre. El único objeto que aún conservaba su esencia.
"Comenzamos la puja en cincuenta mil dólares," dijo el subastador.
Levanté mi paleta. "Cincuenta y cinco mil."
Inmediatamente, una voz chillona sonó desde el otro lado de la sala. "Setenta mil." Fernanda.
Mis ojos se estrecharon. ¿Estaba haciendo esto a propósito?
"Ochenta mil," dije, mi voz era firme.
"Cien mil," respondió Fernanda, con una sonrisa de suficiencia.
La puja se intensificó. Dos mujeres. Un collar. El precio se disparó.
"Ciento cincuenta mil," grité, sintiendo la desesperación apoderarse de mí.
"Doscientos mil," dijo Fernanda, riendo. "No sabía que la princesa tenía tanto dinero."
Mis manos temblaban. Había vendido todas mis propiedades, mis pequeñas inversiones. Todo para esto.
"Doscientos cincuenta mil," logré decir, mi voz apenas un susurro.
Fernanda sonrió. "Trescientos cincuenta mil."
Mi paleta se quedó en el aire. Mis ojos escanearon el salón. Ya no tenía más.
El subastador me miró. "Señorita Amaya, ¿alguna oferta más?"
Sentí las miradas de todos sobre mí. La humillación me quemaba el rostro.
Mis ojos se posaron en Rodolfo, sentado en primera fila con Fernanda. Su rostro era inescrutable.
"Rodolfo," le dije, mi voz era un ruego. "Por favor. Es el collar de mi madre. Préstame el dinero. Te lo devolveré."
Él me miró, sus ojos oscuros y complejos. No había expresión en su rostro.
Fernanda se aferró a su brazo. "Rodolfo, cariño, ¿vas a dejar que la princesa te pida dinero? Es su culpa que no tenga fondos." Ella le guiñó un ojo. "Además, me encanta este collar. Me quedaría tan bien."
Rodolfo vaciló. Su mirada viajó de mí a Fernanda. De la necesidad en mis ojos al capricho en los suyos.
El tiempo se detuvo. Podía sentir el peso de la decisión en el aire.
Finalmente, Rodolfo le dedicó una pequeña sonrisa a Fernanda. "Está bien, Mi Flor. Si te gusta, es tuyo."
Mi mundo se desmoronó. Mi corazón se detuvo.
"¡Trescientos cincuenta mil a la señorita Rodríguez!" anunció el subastador, golpeando el mazo. "¡Vendido!"
El sonido del mazo resonó en mi pecho. Fue como si me hubieran apuñalado.
No podía hablar. No podía moverme. El dolor era tan intenso que me dejó sin aliento.
Fernanda saltó de su asiento, aplaudiendo. "¡Gracias, Ximena! ¡Eres tan amable por dejarme esta joya!"
Su sonrisa victoriosa era una daga en mi corazón.
Rodolfo ni siquiera me miró. Se levantó y acompañó a Fernanda fuera del salón.
Me quedé sola en la sala. La humillación era insoportable.
Me arrastré a una sala de descanso. Mis manos temblaban.
Fernanda entró, el collar ya en su mano. Lo giraba entre sus dedos, una sonrisa cruel en su rostro.
"¿Qué quieres?" pregunté, mi voz era un graznido.
"Solo quería darte las gracias de nuevo," dijo, sus ojos brillaban con malicia. "Es tan hermoso. Imagina todas las formas en que puedo usarlo."
"Te lo cambio," dije, mi voz era desesperada. "Lo que quieras. Mis joyas, mi dinero. Lo que sea."
Fernanda se rió. "No hay nada que tengas que yo quiera. Excepto, quizás, verte sufrir."
"¿Qué quieres de mí?" pregunté.
"Quiero que te arrodilles," dijo, su voz era un veneno. "Quiero que me ruegues. Que me supliques por este collar."
Sentí la bilis subir por mi garganta. Pero el collar de mi madre.
Me arrodillé. Las lágrimas brotaron de mis ojos, quemando mi piel.
"Por favor," susurré, mi voz rota. "Te lo ruego. Dame el collar de mi madre."
Fernanda me miró con desprecio. Luego, con una sonrisa aún más cruel, lo sostuvo sobre su cabeza.
"¿Quieres tu collar, perra?" gritó, y lo dejó caer al suelo.
El collar de perlas se rompió. Las perlas rodaron por el suelo, como lágrimas blancas.
"¡No!" grité, mi corazón se desgarró.
Fernanda pisó una perla, aplastándola bajo su tacón. "Tu madre era una perra débil. Como tú."
Mi mundo se puso negro. La furia me consumió. No podía soportarlo.
"¿Con qué mano pusiste el collar?" pregunté, mi voz era un susurro mortal.
Ella se rió. "Con esta, por supuesto." Levantó su mano.
En un instante, el trozo de cristal que había roto en mi mano se convirtió en un arma.
No pensé. No dudé.
Lancé mi mano hacia ella. El cristal se hundió en su brazo.
Fernanda gritó. Un grito agudo que resonó en el salón.
La fiesta de beneficencia, horas después, era un evento de lujo. La música sonaba, la gente reía.
Rodolfo, con Fernanda a su lado, era el centro de atención. Él la miraba con una devoción que nunca me había mostrado a mí.
Le sostenía la copa, le acariciaba el pelo. Cada gesto era un testimonio de su cuidado.