Máximo me puso el teléfono delante de la cara: el vídeo del coche de mis padres, huyendo, chocando, las llamas consumiéndolo todo.
"Quiero que tú y tu familia paguéis por la vida de Sasha", sentenció, su voz helada como el hielo.
Mi corazón, ya débil, se apretó con una fuerza brutal hasta estallar, cayendo en una oscuridad profunda.
Pero en vez de la muerte, me encontré de vuelta en el vestuario del instituto, el día antes de las pruebas de beca, el día en que todo empezó a ir mal.
Máximo me hablaba de nuevo de Sasha, de su fiesta en Ibiza, ignorando por completo el futuro que nos esperaba, o al menos el que él creía que teníamos.
No lo detendré esta vez; no le rogaré.
Porque sé lo que me espera, el dolor de la traición y la muerte en mi vida pasada.
Volver a vivir esa pesadilla, la humillación, la destrucción de mi futuro por sus celos y falsas acusaciones, me consumió.
Nunca entendí por qué ese odio, por qué esa necesidad de destruir todo lo que éramos.
Esta vez no. Esta vez, la historia es diferente y me salvaré a mí misma.
Le sonreí, una sonrisa falsa pero firme, y le dije: "Diviértete, Máximo. Te lo mereces".
He renacido, y este es el día cero de mi nueva vida.
Miro el vídeo en el teléfono que Máximo me pone delante de la cara, mis padres, en su coche, huyendo de una turba de periodistas. El coche pierde el control, choca contra un camión, y una bola de fuego lo consume todo.
"Quiero que tú y tu familia paguéis por la vida de Sasha", dice Máximo, su voz es fría, sin emoción.
Mi corazón, el que los médicos siempre dijeron que era débil, que tenía una arritmia congénita, se aprieta con una fuerza brutal. El aire no llega a mis pulmones, todo se vuelve negro, y el último sonido que escucho es su risa.
Luego, la oscuridad.
Y de repente, luz.
"¡Luciana! ¿Me estás escuchando? Te estoy hablando de Sasha".
La voz de Máximo. Abro los ojos, estoy en el vestuario del instituto, el olor a sudor y a desinfectante barato me golpea. Máximo está de pie frente a mí, con el ceño fruncido, su uniforme de fútbol todavía puesto.
"Tu actitud hacia ella es un problema, eres demasiado negativa".
Miro el calendario en la pared, es el día antes de las pruebas finales para la beca, el día en que todo empezó a ir mal. He renacido.
El recuerdo del fuego, de la voz de Máximo, del dolor en mi pecho, es tan real que me cuesta respirar. Pero esta vez, no voy a intervenir. No voy a salvarlo. Me voy a salvar a mí.
Máximo sigue hablando, entusiasmado, sobre la fiesta de Sasha en Ibiza, una fiesta para celebrar su "mayoría de edad".
"Va a ser increíble, toda la gente importante estará allí".
En mi vida pasada, le rogué que no fuera, le recordé las pruebas, nuestro futuro. Esta vez, fuerzo una sonrisa.
"Suena genial, Máximo".
Él se queda sorprendido.
"¿De verdad? ¿No vas a empezar con tus sermones?".
"No", le digo, mi voz suena más firme de lo que me siento. "Ve y diviértete. Una noche de fiesta no va a afectar a un talento como el tuyo. Te lo mereces".
Su cara se ilumina, su ego inflado por mis palabras.
"¡Sabía que lo entenderías! Eres la mejor, Lu".
Me da un beso rápido y se da la vuelta para irse. Yo me levanto, lista para irme a casa, para empezar a preparar mi nueva vida.
"¿A dónde vas con tanta prisa?", pregunta Máximo, su tono cambia de repente, volviéndose sospechoso.
Me agarra del brazo.
"A casa, a descansar para las pruebas de mañana", respondo, intentando mantener la calma.
"No, no vas a ninguna parte", dice, su voz es dura. "Vas a ir a contarle todo a mis padres, ¿verdad? Como siempre, a controlarme".
Me arrebata la mochila de la mano, la abre y saca mi cartera. Dentro está mi tarjeta de identificación de atleta y el billete de ferry a la península, a Madrid, donde se celebran las pruebas.
"¡Devuélvemelo, Máximo!", le grito, intentando recuperar mis cosas.
Él se ríe, una risa cruel que me hiela la sangre. Sostiene la tarjeta de identificación entre sus dedos.
"¿Quieres esto? ¿Este trozo de plástico que crees que es tu futuro?".
Y delante de mí, la rompe en dos. Los trozos caen al suelo. Sus amigos, que han estado observando desde la puerta, se ríen a carcajadas.
"Ahora no tienes nada", dice, tirando la mochila al suelo. "No puedes ir a ninguna parte sin esto".
Me quedo mirando los trozos rotos de mi tarjeta, de mi sueño. El mismo sentimiento de humillación y desesperación de mi vida pasada amenaza con consumirme. Pero esta vez es diferente.
Lentamente, me agacho y recojo los dos pedazos. No lloro, no le grito. Me levanto, lo miro directamente a los ojos, y me doy la vuelta sin decir una palabra.
Camino directamente a la oficina de mi entrenador, el señor García. Él está revisando unos papeles.
"Luciana, ¿qué pasa? ¿Estás bien?".
"Señor García", digo, mi voz es clara y decidida. "He tomado una decisión. Quiero aceptar la oferta de beca de la Universidad de Barcelona".
Era mi segunda opción, una que había descartado para poder seguir a Máximo a Madrid.
El entrenador García sonríe, una sonrisa genuina de alivio y alegría.
"¡Esa es la mejor noticia que he escuchado en todo el día! Su programa de fisioterapia es el mejor del país, es una oportunidad mucho mejor para ti, Luciana. Sabía que tomarías la decisión correcta".
Le doy los trozos de la tarjeta.
"Máximo la rompió. Supongo que ya no la necesito".