Prólogo
Lo observaba desde una distancia considerable y su tristeza desbordante me impactaba como la primera vez que habíamos intercambiado palabras. Se encontraba solo en un rincón de la cancha de fútbol con los audífonos puestos. Vestía con la misma campera de siempre, los mismos pantalones y las mismas zapatillas. La gente solía burlarse de él cuando lo veían por ser pobre, por casi no tener para el almuerzo, por no tener amigos y por no tener un coche en dónde llegar. Lo que me diferenciaba de todos, era que yo sí quería saber más sobre Aiden. Ansiaba ser su amiga, ser alguien que él llegase a considerar una confidente. Quería ayudarlo porque no me gustaba ver tanta tristeza en una persona. Quería ayudarlo porque, muy en el fondo, sabía que Aiden me gustaba.
Capítulo 1
Emma:
Miré la última necesidad que mamá anotó en la lista, y fui en busca de los tres paquetes de azúcar. Los metí en el carrito y preparé el dinero antes de llegar a la caja.
La fila era enorme, por lo que opté por irme a la siguiente sección: la caja rápida. También estaba llena, pero no tanto como las demás.
Suspiré y me coloqué un mechón de cabello detrás de la oreja. No tenía ganas de esperar a que la gente tuviera su turno, quería ser yo la primera e irme a casa cuanto antes. Era noche de películas con mi prima Kendall, que prácticamente era mi mejor amiga. Había que aprovechar que era fin de semana y, dada la falta de costumbre de levantarme a las seis de la mañana, sentía la urgencia de recostarme en el sofá y no hacer nada más que meterme en la piel de personajes ficticios. Las últimas vacaciones habían sido de mis preferidas, me la había pasado genial rodeada de toda mi familia, pero la libertad de hacer lo que quería se había esfumado hacía una semana, cuando se dio por comenzado el nuevo año escolar.
Aún no podía creer que estuviese en cuarto año de instituto. Era realmente una locura, solo me faltaba este y uno más para irme a la universidad a estudiar una carrera que, para mi decepción, aún no había escogido. No me resultaba muy agradable ponerme a pensar en ello porque, a pesar de que lo que decidiera iba a encaminarme hacia un título universitario, me daba pena pensar que los años se estaban pasando muy rápido y que pronto ya sería una adulta. Podía decir que entendía lo que Peter Pan sentía.
Empecé a revisar mi teléfono para matar el tiempo de aburrimiento que me quedaba. La verdad, tampoco tenía mucho qué hacer en él; no me entretenían mucho los juegos de Play Store, por lo que no tenía ninguno instalado en el celular. Opté por ir a la galería de imágenes y empecé a revisar las fotos que Katherine, mi hermanita pequeña, me enviaba casi todos los días. Le gustaba mucho tomarle fotografías a nuestras mascotas, ella se consideraba una amante de los animales, y a eso sin duda lo había sacado de mí. Era una de las muchas cosas que teníamos en común.
Sonreí cuando vi una captura en la que Toby, nuestro perro de unos dieciocho años (o esa edad es la que creían mis papás que tenía) estaba jugando con sus hijos. Para ser un animalito muy viejo, aún conservaba fuerza en sus patas y mucha energía para ladrar a cada rato y para morder a sus crías de forma juguetona. Estos tampoco eran muy pequeños, ya tenían unos cinco años de vida, pero los tres bebés (porque para mí eran bebés) se comportaban como si fuesen cachorros. No había día en la que no estuvieran escuchándose sus peleas. Lo que no me gustaba de ellos pero sí me asombraba era que, como mamá se levantaba temprano para ir a trabajar, antes de que la alarma sonara, los caninos ya estaban despiertos y con la energía a las cien por ciento. Eso conllevaba a oír ladridos a cada ratito y no me dejaban dormir en paz por tanto ruido. Pero los amaba igual. Me hacían muy feliz.
-Hola -la voz del cajero me sobresaltó y obligó a que levantara la vista de la pantalla. Guardé con torpeza el teléfono y empecé a poner la mercadería del carrito sobre la cinta negra de la caja. Me coloqué de costado y miré de reojo a las personas que estaban detrás de mí. Parecían molestas, y lo comprendía porque yo también me hubiese sentido frustrada si se tardaran tanto en colocar todos los productos sobre la caja. Para colmo, mamá me había mandado a comprar muchas cosas. Suerte que Kendall me esperaba en el auto que el tío Isaac le regaló para su cumpleaños, porque si no yo no iba a poder caminar mucho con tantas bolsas.
-Disculpa, tendrás muchos botones que apretar -me disculpé, sintiéndome mal por el chico.
-No te preocupes, todos los días pasan muchas más personas con muchísimas más cosas de las que tú traes.
Sonreí. Por alguna razón me había puesto nerviosa.
Pero la razón no era nada de otro mundo. Yo sabía cuál era; no estaba acostumbrada a hablar con chicos jóvenes.
Lo observé detenidamente y su cara me resultó familiar. No tardé en deducir que era un compañero mío de clase, uno mayor que yo pero que compartía pocas clases conmigo debido a que había repetido de curso. No recordaba su nombre, pero sabía que era el muchacho del que todos se reían en la escuela. No sabía mucho de él. Es más, el año anterior, cuando aún no íbamos juntos jamás lo había visto, y si lo hice, no lo recordaba en lo absoluto.
Tenía un pequeño moretón debajo del ojo, y cuando notó que miraba justo esa parte, pareció tensarse. Sus ojos se encontraron con los míos y vi algo extraño en ellos, pero no sabía qué era porque no me consideraba una lectora de miradas. Solo podía decir que había algo en ellos que me hacían sentir mal. ¿Estaba triste? Eso parecía. O quizás estaba cansado por el trabajo.
-¿Qué te pasó en el ojo? -pregunté sin querer hacerlo. No sabía si eso fue algún acto nervioso o qué, pero mi instinto decía que tenía que ver con el hueco incómodo de silencio que se había formado y que yo quería hacerlo desaparecer con alguna que otra palabra. Y eso era extraño de mí porque, generalmente, como había dicho, no solía hablar con ningún muchacho. En realidad, tampoco hablaba mucho con las chicas. Me consideraba una persona muy asocial, muy tímida. Me daba miedo expresarme ante las personas y que se terminaran burlando de mí por mostrarme de la manera en que era. Solo sentía que dentro de mi familia podía ser quien yo quisiera, pero afuera me afligía mucho el mundo crítico y cómo las personas te juzgaban por la apariencia.
-Me golpeé -respondió y bajó la mirada. Parecía estar incómodo, y no era el único.
-Fue muy de metida, lo lamento -de verdad no tenía por qué meterme en sus problemas. Bueno, tampoco era que me había escabullido en sus dilemas personales, pero no debí divagar nada porque él no me conocía y yo tampoco a él. Tenía que mantener las distancias y no hacerme amiga de alguien que no conocía. Sí, compartíamos matemáticas, literatura y creo que economía juntos, pero no hablé con él en toda la semana como para estar preguntando cosas muy personales.
Me preguntaba si sabía quién era yo. Probablemente no. Se sentaba en la primera fila de la clase y no se volteaba en ningún momento a ver a nadie. Creo que no tenía amigos dentro del cuarto año, y eso podía deberse a que, como era un año mayor que todos, no se sintiera encajado en el ámbito. Quizá sus amistades estaban en el último año.
-No te preocupes -se limitó a responder.
Lo volví a mirar con detenimiento y me di cuenta de que me parecía lindo. Por primera vez me parecía lindo alguien. Bueno, muchos chicos me habían llegado a parecer atractivos, pero sin duda él tenía algo más llamativo que despertaba en mí lo que se le llamaba curiosidad.
Sus ojos eran avellana, el mismo tono de ojos que yo saqué de papá. Su pelo era castaño, un poco más oscuro de que el que yo llevaba. Las facciones de su rostro eran demasiado bonitas y tenía un toque que me daba ternura. Pero lo que no me gustó fue ver en uno de sus movimientos descuidados, un moretón debajo de su cuello.
Otra vez me pregunté qué le había pasado, pero intenté quedarme, con la idea de que su respuesta fue real, por más que parte de mí sabía que no se había golpeado él solo.
-Vamos juntos a clase, ¿verdad? -inquirió, algo tímido.
¿Bonito y tímido? Buena combinación.
-Sí -respondí.
Me sonrió a modo de respuesta y sentí que quería que me siguiera hablando, pero alejé el sentimiento cuando me llegó un mensaje.
Era mamá.
Em, tu padre ya llegó del viaje, está ansioso por verte, mi amor. Vente lo más rápido que puedas.
Guardé el celular otra vez y fui formando una sonrisa en el rostro. Adoraba a papá, y después de casi un mes de no poder verlo por su trabajo, al fin iba a poder abrazarlo. Tenía que admitir que me había tocado el mejor padre del mundo, lo adoraba con todo mi ser a pesar de que a veces me molestaba mucho con él.
Sentí la mirada del chico puesta en mí. Empecé a guardar las cosas en las bolsas y maldije en mi interior por no pedirle a Kend que bajara conmigo a ayudarme a guardar las cosas.
-¿Sueles venir mucho por aquí?
-No tanto -respondí-, generalmente mis papás hacen las compras.
-Ah -asintió.
-¿Hace cuánto trabajas aquí?
-Casi un año y siete meses.
-Bastante -asimilé.
-Sí.
Terminé de guardar las cosas y le pagué lo que correspondía. Esperé a que me diera el vuelto y colgué las bolsas en mis antebrazos. Sabía que, por más que el estacionamiento del supermercado estuviese al lado del gran local, las tiras de las bolsas me iban a dejar marcas en la piel. Estaban bastante pesadas.
-Aquí tienes -dijo. Tomé el dinero y nuestras manos rozaron. Intercambiamos miradas y le sonreí amablemente. Esperaba que me devolviera la sonrisa pero no lo hizo. Fue ahí cuando noté que su rostro, además de amabilidad también expresaba cansancio. De seguro no era fácil estudiar y trabajar a la misma vez. Debe dejarte muy cansado, y más cuando es en un supermercado en el que hay ventas a cada rato.
-Gracias.
-A ti.
-Soy Emma -le tendí la mano y él sopesó por un momento. Mi presentación le extrañaba. A decir verdad, a mí también me extrañaba, no era propio de mí presentarme con nadie porque era una vergonzosa. Después de un momento, el chico estiró el brazo para corresponderme el gesto.
-Soy Aiden.
Emma:
Me acerqué hasta el auto y Kendall se bajó para ayudarme con las bolsas. Abrí la puerta del copiloto y me metí dentro al mismo tiempo que mi prima subía del lado del conductor.
-No sabes a quién vi.
-¿A quién viste? -preguntó después de poner el coche en marcha. Yo bajé la ventanilla de auto.
Por poco se me olvidaba hacerlo. Siempre que me subía a un auto me descomponía. Bueno, me empezaba a marear. A eso lo había sacado de mi mamá. Según me contó, el problema comenzó durante el embarazo y se mantenía hasta ahora. Cuando íbamos en el auto siempre teníamos que dejar que el aire natural se adentrara en el ambiente cerrado, o si no, nos hacía mal y teníamos que pedirle a mi padre que se detuviera porque creíamos que íbamos a vomitar.
-Al chico nuevo, el que repitió de curso.
-¿Estaba comprando? ¿Te saludó?
-No, él trabaja ahí, pero sí, hablamos un poquito. ¿Qué sabes de él? -inquirí, con ganas de saber. Kendall se caracterizaba mucho por su capacidad de saber ciertas noticias primero que todos. Era muy popular en la escuela, y siempre terminaba por enterarse de primicias muy interesantes, y yo tenía la suerte de que las compartiera conmigo.
-Muy poco.
-Dime lo que sepas.
-No lo quieren mucho en el colegio, es porque es pobre.
-¿Qué? -Eso no tenía sentido. Sabía que se burlaban de Aiden pero no pensaba que era por eso.
Estúpidos adolescentes sin corazón.
-Como escuchas, la gente es así de cruel. Vivimos en un mundo muy malo porque la gente es una completa mierda. -Dobló por una esquina.
-El mundo no es malo, la gente es mala -concordé.
Me abroché el cinturón al darme cuenta de que no lo había hecho. Si mamá estuviese conmigo ya me habría regañado. Es un por un accidente que tuvo hace muchos años, uno en el que casi muere. No sé demasiado al respecto porque nunca quiso contarme con lujos de detalles, siempre parecía incómoda cuando tocábamos el tema, y papá, para sacarla de la tensión en la que parecía sumergirse, me empezaba a hablar de algún otro tema.
-¿No lo quieren por ser pobre? -pregunté más para mí que para ella.
-Ajá -se llevó una galleta a la boca. ¿En qué momento abrió el paquete?
-Por casualidad, ¿ese paquete de galletas que está sobre tu regazo es el que mamá me pidió que comprara?
Me miró por un segundo y luego asintió.
-Tengo hambre.
-¿En qué momento sacaste eso de la bosa?
-Cuando no mirabas.
Rodé los ojos.
-¿Qué me decías sobre Aiden? -retomé el tema.
-Ah, ya sabes su nombre... ¿Es porque prestaste atención en clase cuando tomaban asistencia o porque él te lo dijo?
-Fue él.
-¡Qué bien! -exclamó y yo la miré sin entender por qué tanta emoción-. ¿Le dijiste tu nombre?
-Sí.
-¿Él primero o tu primera?
-Yo.
-¡Ya andas coqueteando! Dieciséis años tarde, pero es mejor que nunca.
-No estoy coqueteando -repliqué-. Solo intentaba ser amable.
-Ya, claro -No me creyó-. Estoy enterada de que una vez se metió en una fuerte pelea con un chico que ahora va en el último año. Fue cuando él iba a tercero, eran compañeros de clase y, por algún comentario inapropiado que hicieron, Aiden se molestó mucho y empezaron a repartirse golpes. Aunque no le fue bien.
-¿A Aiden?
-Sí, tú no te enteraste porque aun seguías en la otra escuela -respondió y los malos recuerdos me inundaron la mente por un momento.
Cuando iba en la primaria todo estaba bien, pero cuando empecé la secundaria no tuve la misma suerte de ser bien bienvenida. Mi falta de habla parecía molestarles mucho a las otras chicas y, al ser más bajita y más delgada pensaban que podían meterse conmigo y hacerme lo que se les diera la gana. La pasé muy mal. Demasiado. Recuerdo que mamá o papá me levantaban a las seis para prepararme para la jornada semanal y yo ponía cualquier excusa con tal de no ir.
Varias veces me encerraban en los baños, en el cuarto del conserje, y una que otra vez he tenido la muy mala suerte de sentir una bofetada o un empujón por parte de mis compañeras. Me amenazaban con que, si le decía a mis padres, ellas me harían la vida aún más imposible. Pero un día me dejaron el ojo tan morado que fue muy complicado ocultarles a mis papás lo que pasaba. Me había metido al auto de papá cuando me recogió a la salida, y sus ojos se agrandaron al verme tan mal. Y cuando me preguntó qué había pasado no pude guardarme las lágrimas y empecé a llorar mientras lo abrazaba. Llegamos a la casa y cuando mamá volvió de trabajar les conté todo a ambos. Anteriormente a eso ellos notaban que estaba muy cambiada y me preguntaban la razón, pero yo les decía que no era nada, que estaba bien. Muchas mentiras y un error grande: el no decir nada. Tuve que soportar un año y medio, siempre estaba con miedo de entrar al colegio porque deseaba que no me pasara nada. Cuando todo salió a la luz nos reunimos con la directora y le conté lo que estaba pasando, pero no suspendieron a las chicas porque si no la mitad del curso estaría sin asistir al colegio y no era una idea que le agradara a la mujer que estaba a cargo de cuidarnos a todos. Pero lo bueno es que las dejaron castigadas durante todo un mes. Se había planteado la justicia, por suerte. No era un supercastigo, pero tampoco podía pretender que las metieran en la cárcel o algo por el estilo. Mis padres no se sintieron cómodos con que siguiera estudiando ahí, y entonces tomaron la decisión de cambiarme. Me inscribieron en el mismo colegio al que va mi prima Kendall. Fue una muy buena idea el cambio de ámbito, al menos tenía a una amiga para acompañarme en todo y no tenía que comer sola en la cafetería.
-¿Tú viste cómo quedó después de la pelea?
-Un poco. La verdad casi nada. Lo suspendieron por una semana, y cuando regresó no estaba tan mal.
-¿En serio por ser pobre? -no lo podía creer.
-Que sí.
-Eso es horrible.
-La gente es horrible, ya te lo dije.
-Ya me dio pena por él -confesé. Kend me miró-. ¿Qué?
-¿Te pareció lindo?
-¿Por...?
-¿Tú no sabes que es de tontos responder una pregunta con otra? -cuestionó, y me recordó al Chavo del 8.
Ella estaba haciendo exactamente lo mismo, así que no podía recriminarme nada.
-Hiciste lo mismo -reproché.
-¿Te parece lindo o no? -volvió a formular.
Sí. La respuesta definitivamente era sí, pero eso no significaba que me gustara. Para nada. Además, no lo conocía de nada, y para que me gustara primero lo tenía que conocer.
-Es atractivo, sí.
-¡Lo sabía! Lo supe desde el momento en que me preguntaste qué sabía de él.
-¿Sabes alguna otra cosa? -Ignoré su acotación, y me desabroché el cinturón de seguridad en cuanto Kendall estacionó al auto en la vereda de su casa. Cerré la ventanilla y me bajé.
La puerta de su lado se abrió y al salir me miró.
-Ya te dije, no sé mucho.
Sentí decepción. Quería saber más de él porque, por alguna extraña razón, me llamaba muchísimo la atención.
-¿Y sabes por qué repitió?
Se encogió de hombros.
-Si quieres le pregunto cuando lo vea el lunes.
-¿Lo harías?
-Sabes que sí.
Era verdad, no hacía falta preguntar, sabía que ella era capaz de preguntarle las cosas a las personas sin sentir vergüenza. Envidiaba y admiraba eso de mi prima. A mí me costaba muchísimo el simple hecho de hablar con una persona. Solo cuando se acercaban a hablarme podía soltar las palabras con más tranquilidad, porque si no, si la cosa era al revés, sentía que molestaba y me ponía incómoda.
Asentí.
-¿Quieres que lo haga? -levantó las cejas.
-No -me negué.
-¿Por?
-Porque no. Te verá raro si le preguntas eso y probablemente te conteste que no es de tu incumbencia -respondí y me eché a caminar hacia mi casa-. Entraré a saludar a papá -avisé y me di vuelta para verla en cuanto llegué a la entrada principal.
-Volveré en unos minutos, primero quiero ponerme ropa más cómoda -hizo una un ademán para que mirara su atuendo. Sí, ese short de jean parecía estar muy ajustado.
Asentí.
Adoraba que mi prima y mis tíos vivieran al lado de mi casa. Era genial porque me sentía super en familia todo el tiempo. E inclusive mis abuelos vivían bastante cerca de nosotros, a unas tres cuadras y media, por lo que podía ir a verlos siempre que quería.
Me adentré en la casa y, apenas me vieron, mis mascotas se acercaron corriendo a recibirme.
-¡Hola! -reí y los acaricié a todos. Toby me empezó a lamer la pierna y me reí aún más por las cosquillas.
Cerré la puerta. De reojo vi que una persona se acercó y, al levantar la vista, vi que era mi mejor amigo.
-¡Papá! -grité emocionada y salí disparatada a abrazarlo. Sus brazos me envolvieron y me levantó unos centímetros del suelo.
-¡Hola, pequeña! -besó mi cabeza-. Dios, ¡te extrañé demasiado!
Aspiré su perfume. Cómo había echado de menos ese aroma. Volví a tocar tierra.
-Yo también -le sonreí y me separé para mirarlo. Me observó de arriba abajo y formó una sincera sonrisa.
-¿Creciste un metro más? ¡Estás altísima!
Papá siempre supo que me molestaba mucho mi falta de altura, y para hacerme sentir mejor me halagaba diciéndome que cada día me veía más alta. Al principio, cuando era más pequeña, he de admitir que me lo creía, pero conforme fui creciendo mentalmente me di cuenta de que no era del todo cierto, pero no me molestaba con él porque adoraba y valoraba que intentara hacerme sentir mejor.
-No es verdad, está cada día más enana -repuso Jackson, el segundo hijo, y el hermano más molesto que me pudo haber tocado.
Claro, él no podía decir nada porque crecía todos los días medio centímetro. Para sus quince años ya era muy alto, y eso que aún le quedaba un poco más de estiramiento por desarrollar. Sin duda, él sí había sacado la estatura de nuestro padre.
-Te odio -le dije a modo de broma.
-El sentimiento es mutuo.
Papá se rio porque sabía que solo estábamos molestándonos. Obviamente no nos odiábamos, todo lo contrario. Jackson pasó por mi lado y se fue directo al sofá.
Una hora y media más tarde ya estábamos comiendo. Había tomado asiento al lado de Kendall y al lado de Katherine.
-No sé, pero está bien -finalizó Kend. Me había estado contando desde que llegó sobre su novio secreto. Su nombre era Chad, si mal no recordaba, y era un año mayor que ella. Iba a último año-. ¿A ti qué te parece Chad? ¿Es lindo?
No me equivocaba, era Chad.
-Lo siento, no responderé a esa pregunta. Eres mi prima, y entre familia hay códigos.
-Solo estoy preguntando tu opinión. Anda, dime, no pasa nada.
-No tengo comentarios para él.
-Vamos -sonrió en cuanto se dio cuenta de que su padre la estaba mirando.
-No tengo comentarios para él -respondí nuevamente, y ella terminó por soltar un bufido.
Chad me parecía lindo, lo había visto muchas veces en el colegio porque Kendall siempre lo señalaba discretamente con la mirada. Pero no pensaba decirle esa opinión a ella, prefería guardarme el comentario para mí y guardarlo en un pozo. Kend había tenido varios noviecitos en sus diecisiete años, y nunca me agradó opinar del aspecto físico de sus conquistas. Pero lo que sí podía comentar era que no me daba tanta buena espina como para que fuera pareja de mi prima.
Una vez, estando de lejos, creí haberlo visto besando a otra en los mismos meses que coqueteaba con Kendall, pero cuando lo encaré para preguntarle qué era lo que estaba haciendo, me dijo que estaba muy confundida y que necesitaba con urgencia un par de anteojos. Desde allí él no me agradó, pero no pude evitar admitir que tenía razón. Necesitaba anteojos, mi vista estaba fallando un poco. Es por eso que debí llevar anteojos, fui diagnosticada con Miopía: es una afección que permite ver correctamente los objetos que se encuentran cerca, pero no los que están lejos. Generalmente es hereditario, y yo lo saqué de mis abuelos maternos. Me quedé con la respuesta de ese muchacho en mi mente, gran parte de mí le creía, pero estaba ofendida por su comentario.
-Estás preciosa. ¿Cuánto creciste? Te vi ayer, pero parece que ahora mides cinco metros más -exageró en cuanto aparecí en la sala, después de ayudar a mamá y la tía Stef a lavar los platos.
Otro que me quería hacer sentir mejor.
-No crecí nada, Isaac -respondí. A veces solía decirle tío y otras veces lo llamaba por su nombre. Aunque a veces también me molestaba con él como lo hacía con mi papá, valoraba mucho que siempre intentase levantarme el ánimo cuando veía que mi estatura me estaba afectando en el momento. No me estaba sintiendo mal ni nada por el estilo, pero Isaac era tan bueno que intentaba mejorar mi autoestima todo el tiempo. Por eso era mi tío favorito. Además de que siempre estuvo para mí en absolutamente todo lo que necesité, y cuando no necesitaba nada, también estaba para apoyarme.
Pasó sus brazos por mis hombros en cuanto me senté a su lado.
-Es verdad, no creció nada -concordó Jackson, metiéndose otra vez. Lo fulminé.
-No te metas -advertí. Isaac se rio.
Mi hermana pequeña se sentó encima de las piernas de mi tío y él empezó a contarnos una anécdota, como siempre hacía cada vez que teníamos reuniones especiales. La última vez, hace unas dos semanas, nos relató sobre la vez en que casi lo meten preso a los quince años por tirarle una piedra al auto de un policía. Esta vez nos contaba sobre la vez en que casi mi madre casi quemó la casa haciendo un té. Isaac era como el tío borracho que hablaba sin parar, pero la diferencia era que estaba sobrio.
No podía parar de reír. ¿En serio mi madre casi quema la casa por un té? ¿A quién le pasa eso?
Mamá fulminaba con la mirada a su hermano Isaac, pero podía ver que intentaba ocultar una sonrisita.
Era lunes por la mañana y me dirigía a la escuela con las ganas por el suelo. Me bajé del auto de papá después de darle un beso en la mejilla.
-¡Suerte!
Saludé con mi mano y le sonreí. Me di la vuelta y caminé con lentitud hacia la entrada. Hoy llegaba tarde, como siempre, pero no me importaba porque no me decían nada si llegaba un par de minutos tarde. Pero claro, eso no significaba que podía llegar media hora después.
Vi a un par de chicos en la entrada, pero me sorprendí al ver en medio de todos a Aiden. Supe que algo no andaba bien por cómo él miraba atento a las acciones de los muchachos. Me quedé parada a un par de metros de la entrada, mirando la escena con preocupación, pero me congelé de verdad cuando vi que un puño voló directo a la boca de Aiden.
No sabía qué hacer. Cuando miré hacia atrás vi que mi padre ya no estaba, y por lo tanto, no iba a poder ayudarme a parar la violencia que se estaba manifestando hacia un pobre chico. Cuatro contra uno no podía ser nada fácil de soportar.
Un puñetazo en el estómago lo tiró al suelo, haciendo que mi corazón se disparatara a un ritmo que no podía controlar. Me daba mucho miedo, si me metía a la pelea posiblemente me podían pegar a mí también, y no quería salir noqueada.
Sentí pena por Aiden, no lo conocía, pero no se merecía estar sufriendo daños físicos por parte de cuatro estúpidos. Creo que eran chicos de quinto año. Sus caras no me resultaban conocidas, pero por las facciones de sus rostros, la estatura y sus músculos me daban a entender que eran del último año.
-¡Déjenlo! -les grité, pero parecieron no escucharme-. ¡Que lo dejen! -grité con todas mis fuerzas y acaparé su atención-. ¡Iré ahora mismo a hablar con el director y les diré sus nombres! -como dije, no tenía ni idea de quiénes eran, pero mi mentira pareció funcionar. Aunque antes de irse, un desgraciado le dio otra patada al adolorido Aiden. Miré hacia todos los lados y me di cuenta de que no había nadie. De haber habido, ¿se hubiesen acercado a ayudar al pobre chico que yacía en el suelo?
Me sentí bien por haber parado algo que estaba muy mal. Me sentí bien por haber sido tomada en serio una vez.
En cuanto los chicos entraron despreocupadamente a la escuela, me acerqué y agaché a ver cómo se encontraba Aiden. Hacía muecas y su mano se posaba en su estómago.
-Ay -puse cara de pena-. ¿Estás bien? -pregunté e intenté hacer que se levantara. Sentí un choque electico recorrer todo mi cuerpo, y no pude impedir que las mariposas en mi estómago se volvieran completamente locas.
-No, no lo estoy.
Emma
Sus ojos me recorrieron lentamente en cuanto respondió que no estaba bien.
En ese momento lo único que quise hacer fue darle un fuerte abrazo para hacerle sentir mejor emocionalmente, pero no podía arriesgarme a que me diera algún empujón para alejarme de él. Eso sería muy vergonzoso para mí y no podría volver a verle a la cara. Además, eso estaba fuera de lugar. Sentí tanta empatía con él porque yo sabía perfectamente lo que se sentía que te golpearan en la entrada del colegio. Esos recuerdos horribles volvieron a mi mente de un segundo a otro y no pude evitar ayudar a levantarlo.
Se quejó un poco por el dolor del estómago, pero se levantó como si no le hubiese pasado nada.
-¿Te acompaño hasta la enfermería? Deberían desinfectarte esa herida del labio.
-No hace falta -dijo cortante. ¿Mi presencia le estaba molestando? No sabía la respuesta con seguridad, pero esperaba que no le desagradara que me quedara a su lado para intentar ayudarlo. Su mirada refleja rabia.
-¿Estás seguro?
Se llevó la mano al estómago y sobó la parte afectada repetidas veces.
-Segurísimo.
-No tengo problema en acompañarte -me sorprendí al decirlo. No quería sonar pesada, pero estaba un poco preocupada por él.
-No es necesario -respondió y me dio la espalda para empezar a caminar hacia la entrada-. Puedo ir yo solo. Ve a clase, llegarás a tarde.
Me quedé en mi lugar, observando su espalda derecha.
-Aiden -lo llamé y, para mi sorpresa, no se dio la vuelta. Bueno, no tenía por qué ser una sorpresa, no lo conocía y no sabía cómo era de reaccionar él. Pero supongo que me había quedado con una versión muchísimo más amable de mi compañero. A simple vista y por lo poco que conversé con Aiden el viernes pasado había estado de mejor humor. Y ya que lo pensaba, no podía pretender que estuviese con el mejor de los humores cuando un grupo de estúpidos lo habían rodeado para pegarle, pero sí que esperaba un mejor recibimiento de su parte porque yo solo intentaba ayudarlo-. Insisto.
-No necesito que me acompañes, puedo ir yo solo.
Entró al colegio y me quedé sola en la entrada, sopesando por un segundo.
Su tono me resultó mucho más cortante que cuando le pregunté por primera vez si quería que lo acompañara hasta la enfermería, pero lo entendía, estaba enojadísimo por el suceso. Cuando a mí rara vez algún alumno me brindaba ayuda después de tener que soportar algún abuso por parte de mis compañeros, me comportaba muy amable, pero supongo que todos reaccionamos de distintas maneras.
¿Habrá sentido vergüenza?
Esa pregunta no dejaba de rondar por mi cabeza. Yo sí la sentía después de lo que me hacían y antes también. Me daba mucho miedo y me hacía sentir avergonzada estar asustada de lo que una persona maleducada podía ser capaz de hacerme.
Cuando llegué a la clase de matemáticas, me disculpé con el profesor por mi tardanza y me senté en mi lugar. Observé a mi alrededor, todos los bancos estaban ocupados, a excepción del de una persona: Aiden.
Saqué el libro requerido y la carpeta de mates para copiar lo que el profesor estaba dando y lo que no tenía ganas de aprender. Odiaba las matemáticas. Muy aburrido para mi gusto.
Mis ojos volaron al asiento desocupado y mi mente se centró en él; en ese chico que no conocía nada pero que mucho me intrigaba. Nunca había sentido tanta curiosidad por alguien. Sonaba estúpido, pero así era. Estúpido y raro. Intenté enfocarme en lo que tenía que hacer y me propuse resolver los ejercicios dados. Me sentí orgullosa de mí cuando el profesor pasó por mi banco y me dijo que lo que había hecho estaba perfecto. Al menos comencé la materia del demonio entendiendo el nuevo tema.
Cuando el timbre sonó me fui directo a mi casillero. Al ratito Kendall llegó a mi lado con una expresión rara en el rostro.
-¿Qué te pasa? -le pregunté después de saludarla.
-Chad me propuso saltarnos las clases e irnos a su casa.
-¿Qué? -elevé las cejas. No me gustaba nada esa propuesta de él.
-Lo que escuchas -asintió.
-Supongo que le dijiste que no, ya sabes que eso no se hace y que si mis tíos se enteran te van a querer matar. Apenas empezamos las clases y ya te tientan a hacer esto.
Resopló.
-¿Qué crees que debería hacer?
-¿Acaso no quedó claro? -la miré de reojo mientras metía el libro de matemática en el casillero.
-Pero... es que él me gusta de verdad y no quiero que se decepciones de mí.
-¿Tú quieres irte con él a su casa? Casa que seguramente va a estar completamente vacía -aclaré. Ya me veía las intenciones de ese muchacho.
Pensó su respuesta.
-No sé -dijo.
-A mí me parece que no quieres, que te da miedo hacer eso.
Se encogió de hombros. Su rostro de verdad derrochaba indecisión.
-Si no voy se va a decepcionar.
-¿Crees que él te quiere? -inquirí.
-Obviamente.
-Entonces, si eso es verdad, le dirás que no y él no se decepcionará de ti. Si no te sientes segura en hacer algo, Chad tiene que entenderlo y no decepcionarse para nada. Haz que te respeten, Kendall.
Cerré el casillero, la miré y ella a mí.
-Si te vas me voy a enojar -confesé. No quería ser un estorbo en su relación, pero esa propuesta de él no me caía nada. Además, si tanto se quería escapar del colegio, ¿por qué no la invitaba a algún parque o, quizás, a algún café? Kendall siempre me había dicho que quería esperar hasta el matrimonio para hacerlo, y que después, en la luna de miel, se entregaría al amor de su vida en aquel aspecto. Chad no se me hacía del tipo de chico que acepta y respeta todo de su pareja por amor. No creía que fuera del tipo que dice «quiero hacerlo cuando ella quiera porque la respeto.»
Siempre fui muy sobreprotectora con Kend, no me importaba que fuese mayor que yo por unos meses, la quería proteger de todo. Y algo en mí decía que debía protegerla de Chad. No estaba en posición de decir que él era una mala persona, pero sí podía asegurar que la propuesta era una malintencionada. En el caso de que ella se fuese a la casa de él, habría dos posibilidades, ambas malas; la primera es que ella acepta a hacerlo para no verse mal, lo que implicaría que después se sienta muy mal. La segunda es que ella se niegue a hacerlo y que él se moleste por no conseguir su deseo, lo que también implicaría que Kendall se sienta muy mal y que termine en mi casa esperando que la consuele con comida, abrazos, siendo toda oídos, viendo películas o capítulos de alguna serie y quedándose a dormir.
-No seas así.
-¿Y cómo quieres que sea? ¿Qué quieres que te diga? ¿Qué sí, que vayas y te diviertas? Se te nota en la cara que estás asustada y que no quieres ir a ningún lado porque sabes lo que pasará si vas.
-Tal vez no sea lo que pensamos, tal vez...
-Tal vez, nada. Te lo ruego, Kendall, no te vayas -pedí. Sabía que ella quería hacerme caso, pero la parte embobada de su cabeza la hacía sopesar y sopesar-. Prométeme que no irás. No hagas cosas de las cuales te puedes arrepentir, Kend. Yo quiero lo mejor para ti.
-¿Qué excusa pongo? -preguntó.
-Ninguna, dile que no quieres, que no te animas y ya.
-Pensará que soy una cobarde...
-Si lo piensa es porque es otro idiota en el mundo que no te merece.
Suspiró.
-Me lo tienes que prometer.
-Te lo prometo -respondió, pero no me sentí aliviada al escuchar su respuesta. Temía que Chad le llenara la cabeza y que ella terminara accediendo.
La clase de economía comenzó y me senté al lado de mi prima, en el banco que escogimos la semana pasada. Nuevamente estábamos todos en el aula, excepto la persona de la cual había querido saber desde que lo vi entrar al colegio. No tuve la suerte de verlo en los pasillos cuando fui a buscar y guardar algunas cosas en mi casillero. Quería saber cómo se encontraba. Al menos me conformaba con verle de lejos.
-¿Y entonces se fue? ¿Así como si nada? -levantó las cejas.
-Sí, me quedé como tonta allí parada. Cuando entré no lo vi más.
-Quizás después de ir a la enfermería le dieron el permiso de irse a su casa.
-Me gustaría saberlo.
-Creo que ahora puedes enterarte -comentó y la miré. No tenía idea de a qué se refería, pero en cuanto oí la puerta del salón cerrarse, lo supe. Aiden estaba allí.
Se disculpó con el profesor por la tardanza y dio unos pasos para llegar a su asiento. Dejó las cosas sobre la mesa y, para mi sorpresa, nuestros campos visuales se cruzaron. Fueron, quizá, tres segundos, pero la verdad es que los sentí eternos y me dio el tiempo de sobra para ver su cara. Se notaba mucho que había sido golpeado y esos moretones acaparaban la atención.
¿Dónde había estado? ¿Por qué no apareció en toda la clase de matemáticas?
Quería saberlo, y no entendía muy bien qué pasaba conmigo.
¿Por qué de repente me atraía tanto ese chico?