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La Venganza de Una Idiota

La Venganza de Una Idiota

Autor: : Yellow Rose
Género: Romance
En medio de la alegría forzada, mi padre anunció mi compromiso con Santiago. El salón resonaba con aplausos forzados, y yo, Isabela, la ingenua heredera, debía sonreír dulcemente. Pero la Isabela que murió no era la que había despertado. Un trago de aguardiente barato, la risa cruel de los sirvientes y el frío del suelo de piedra fueron el preludio de mi "muerte". Morí sola, abandonada, mientras Santiago bailaba y reía en la feria con Camila. La imagen de su traición, su indiferencia en mis últimos momentos, se grabó a fuego. Desde mi asiento, vi el desdén apenas oculto en los ojos de Santiago, la sonrisa victoriosa de Camila. Lo que antes fue un misterio, ahora era una verdad brutal. La inocente que fui no lo habría entendido, pero la mujer que soy ahora siente la profunda injusticia de cada mirada. Diez años de confusión se disolvieron. Esta vez, con la mente clara y el espíritu de revancha, no sería la marioneta. Cuando anunciaron el compromiso, no acepté mi destino: me puse de pie.

Introducción

En medio de la alegría forzada, mi padre anunció mi compromiso con Santiago. El salón resonaba con aplausos forzados, y yo, Isabela, la ingenua heredera, debía sonreír dulcemente.

Pero la Isabela que murió no era la que había despertado. Un trago de aguardiente barato, la risa cruel de los sirvientes y el frío del suelo de piedra fueron el preludio de mi "muerte".

Morí sola, abandonada, mientras Santiago bailaba y reía en la feria con Camila. La imagen de su traición, su indiferencia en mis últimos momentos, se grabó a fuego.

Desde mi asiento, vi el desdén apenas oculto en los ojos de Santiago, la sonrisa victoriosa de Camila. Lo que antes fue un misterio, ahora era una verdad brutal. La inocente que fui no lo habría entendido, pero la mujer que soy ahora siente la profunda injusticia de cada mirada.

Diez años de confusión se disolvieron. Esta vez, con la mente clara y el espíritu de revancha, no sería la marioneta. Cuando anunciaron el compromiso, no acepté mi destino: me puse de pie.

Capítulo 1

Santiago se arrodilló frente a mí, con la ropa hecha jirones y el rostro cubierto de suciedad.

"Isabela, por favor, perdóname".

Su voz era un susurro ronco, apenas audible.

Levantó la cabeza, y sus ojos, que una vez me miraron con desprecio, ahora estaban llenos de una desesperación que me resultaba extraña.

"He tenido sueños", dijo, "sueños terribles. Sueño contigo, con esa noche".

Ah, esa noche.

El recuerdo era tan claro como el día.

El aguardiente barato me quemaba la garganta, un fuego que se extendía por mi pecho. Los sirvientes se reían a mi alrededor, sus rostros borrosos y crueles.

"¡Beba más, señorita Isabela! ¡Es para celebrar!"

Me obligaron a beber hasta que el mundo empezó a girar. Mi mente, ya frágil y confundida, se rindió. Caí al suelo de piedra, y lo último que sentí fue el frío que me calaba los huesos.

Santiago, mi esposo, no estaba allí.

Estaba en la feria del pueblo.

Con Camila.

Estaban riendo, bailando, mientras yo moría sola en el suelo de mi propia casa. El dolor fue breve, un último espasmo, y luego, la oscuridad.

Hasta que desperté.

El murmullo de las conversaciones llenaba el gran salón. La luz de los candelabros se reflejaba en las copas de cristal. Mi padre, Don Alejandro, estaba de pie al frente, con una copa en la mano.

"Amigos, familia", su voz resonaba con orgullo, "hoy es un día de gran alegría".

Mi mente, antes una niebla confusa, ahora era aguda y clara. El dolor de cabeza había desaparecido. El velo que cubría mi entendimiento se había levantado.

Tenía diez años de recuerdos infantiles atrapados en el cuerpo de una mujer de veinte, pero ahora, recordaba todo. Recordaba la caída del caballo para salvar a mi padre. Recordaba el golpe en mi cabeza.

Y recordaba mi muerte.

Miré a mi lado. Santiago estaba allí, impecable con su traje, una sonrisa cortés en su rostro. Pero vi el ligero temblor de impaciencia en su mandíbula, el desdén apenas oculto en sus ojos cuando pensó que nadie miraba.

Al otro lado de la mesa, Camila, la hija del nuevo rico, me sonreía. Era una sonrisa llena de lástima fingida y triunfo secreto. Ella y Santiago intercambiaron una mirada rápida, una mirada que en mi vida anterior no habría entendido.

Ahora, la entendía perfectamente.

"Y por eso", continuó mi padre, "con el corazón lleno de gozo, anuncio el compromiso entre mi amada hija, Isabela, y el hombre que cuidará de ella, el erudito Don Santiago".

Los aplausos estallaron. Santiago se inclinó hacia mí, su aliento olía a vino caro.

"¿Estás feliz, Isabela?", susurró, con un tono que pretendía ser amable pero que sonaba a obligación.

En mi vida anterior, habría sonreído como una tonta, feliz de que mi héroe me hablara.

Pero esta no era mi vida anterior.

Me puse de pie.

Capítulo 2

El silencio cayó sobre el salón. Todas las miradas se clavaron en mí. Mi padre me miró, confundido. Santiago frunció el ceño, una sombra de irritación cruzando su rostro.

Respiré hondo, saboreando la sensación de tener el control por primera vez en mi vida adulta.

"Padre", dije, y mi voz sonó clara y firme, sin el balbuceo infantil que todos esperaban.

Don Alejandro parpadeó.

"Hija, ¿qué ocurre? Siéntate".

"Padre, aprecio tu amor y tu preocupación por mi futuro", continué, ignorando su petición. "Pero no puedo aceptar este matrimonio".

Un jadeo colectivo recorrió la sala. La sonrisa de Camila se congeló en su rostro. La cara de Santiago se ensombreció, pasando de la irritación a una furia helada.

"¿Qué estás diciendo, Isabela?", siseó Santiago en voz baja, para que solo yo lo oyera. "¿Has perdido el poco juicio que te quedaba?".

Lo ignoré y mantuve la mirada fija en mi padre. Sus ojos, antes confundidos, ahora mostraban una chispa de asombro y esperanza.

"Mi mente está clara, padre. Más clara que nunca".

Me volví hacia los invitados, hacia Santiago y Camila.

"De hecho, creo que hay una unión mucho más adecuada que celebrar esta noche".

Caminé lentamente alrededor de la mesa, mi vestido de seda susurrando contra el suelo de mármol. Me detuve detrás de Santiago y Camila.

"Todos sabemos del profundo afecto y la conexión intelectual que Don Santiago comparte con la señorita Camila", anuncié. "Sus almas parecen hechas la una para la otra".

La cara de Camila se puso pálida. Santiago se puso rígido, como si lo hubieran golpeado.

"Padre", dije, volviéndome de nuevo hacia Don Alejandro, "en lugar de forzar un matrimonio sin amor sobre mí, te ruego que bendigas la unión de estos dos amantes. Dales la felicidad que ambos anhelan".

Mi padre me miró fijamente durante un largo momento. Vi las lágrimas brotar en sus ojos. No eran lágrimas de decepción, sino de un alivio abrumador.

"Isabela...", susurró, su voz quebrada por la emoción. "¿Tú... estás bien?".

"Estoy perfectamente, padre".

Él asintió lentamente, una enorme sonrisa extendiéndose por su rostro. Levantó su copa de nuevo.

"¡Un brindis!", exclamó, su voz retumbando con una alegría genuina. "¡Por mi hija, Isabela, que ha recuperado su ingenio! ¡Y por la futura unión de Don Santiago y la señorita Camila!".

Los invitados, aunque desconcertados, aplaudieron, siguiendo el ejemplo del hombre más poderoso de la región.

Santiago me miró, su rostro una máscara de incredulidad y furia. Camila no sabía dónde meterse, su triunfo se había convertido en una humillación pública.

Les había dado exactamente lo que querían.

Pero se lo había dado de una manera que nunca olvidarían.

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