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La Venganza de la Bailaora

La Venganza de la Bailaora

Autor: : Gui Chen
Género: Fantasía
El olor a madera quemada y desesperación llenaba el aire, pegándose a mi piel como miedo. Mi prima Yolanda gritaba desde el tablao en llamas, y Máximo Castillo, el torero que me despreciaba, intentaba liberarse de mi agarre. En otra vida, lo retuve, mi muñeca se rompió, mi carrera de castañuelas terminó, y Yolanda murió. Él me culpó, me obligó a casarme y, en la Feria de Abril, me ahogó en vino tinto mientras sus ojos fríos me veían expirar. Ese recuerdo de la asfixia, del peso de su odio, me devolvió al presente. Todo era idéntico: el humo, el calor, sus mismas desesperadas palabras. ¿Había vuelto para vivir la misma pesadilla, para morir de nuevo a manos de quien creí amar? Esta vez no, esta vez sería diferente; mi venganza no sería ruidosa, sino un fuego lento que los devoraría a todos. Con una calma que me sorprendió, abrí mi mano y lo solté. «Ve», susurré, «Sálvala». Máximo se lanzó a las llamas, ciego por el amor de una mujer que no lo merecía, sin saber que acababa de entrar en mi más cruel obra maestra.

Introducción

El olor a madera quemada y desesperación llenaba el aire, pegándose a mi piel como miedo.

Mi prima Yolanda gritaba desde el tablao en llamas, y Máximo Castillo, el torero que me despreciaba, intentaba liberarse de mi agarre.

En otra vida, lo retuve, mi muñeca se rompió, mi carrera de castañuelas terminó, y Yolanda murió.

Él me culpó, me obligó a casarme y, en la Feria de Abril, me ahogó en vino tinto mientras sus ojos fríos me veían expirar.

Ese recuerdo de la asfixia, del peso de su odio, me devolvió al presente.

Todo era idéntico: el humo, el calor, sus mismas desesperadas palabras.

¿Había vuelto para vivir la misma pesadilla, para morir de nuevo a manos de quien creí amar?

Esta vez no, esta vez sería diferente; mi venganza no sería ruidosa, sino un fuego lento que los devoraría a todos.

Con una calma que me sorprendió, abrí mi mano y lo solté.

«Ve», susurré, «Sálvala».

Máximo se lanzó a las llamas, ciego por el amor de una mujer que no lo merecía, sin saber que acababa de entrar en mi más cruel obra maestra.

Capítulo 1

El olor a madera quemada y a desesperación llenaba el aire.

Las llamas devoraban el tablao, nuestro pequeño santuario de flamenco, y el calor era insoportable, se pegaba a mi piel como una segunda capa de sudor y miedo.

Mi prima Yolanda gritaba desde dentro, sus chillidos eran agudos, casi teatrales.

Máximo Castillo, el hombre que creía amarla, el torero arrogante que me despreciaba, tenía los ojos inyectados en sangre.

"¡Suéltame, Lina! ¡Tengo que salvarla!"

Me aferré a su brazo con la fuerza de una vida pasada, un recuerdo doloroso que me golpeó con la violencia de una cornada.

En esa otra vida, no lo solté.

Mi muñeca se rompió en el forcejeo, un chasquido seco que puso fin a mi carrera, a mi sueño de tocar las castañuelas, de ser la mejor.

En esa vida, Yolanda murió. Y Máximo, consumido por el odio, me culpó.

Me obligó a casarme con él, convirtiendo mi vida en un infierno.

Su venganza culminó durante la Feria de Abril.

Me ahogó en una tina de vino tinto, una parodia cruel de la pasión andaluza, sus ojos fríos observándome mientras mi mundo se teñía de rojo y se apagaba.

"¡Te dije que me soltaras!" El grito de Máximo me trajo de vuelta al presente, a la misma escena, al mismo instante.

El humo, el calor, sus palabras. Todo era idéntico.

Había vuelto.

Recordé el frío del vino llenando mis pulmones, el peso de su odio aplastándome.

Esta vez, no cometería el mismo error.

Mi venganza no sería ruidosa, sería un fuego lento, como el que ahora consumía el tablao.

Miré sus ojos desesperados y, con una calma que me sorprendió a mí misma, abrí la mano.

Lo solté.

"Ve" , le dije, mi voz apenas un susurro entre el crepitar del fuego. "Sálvala" .

Máximo no dudó. Se lanzó hacia las llamas como uno de sus toros de lidia, ciego de pasión por una mujer que no lo merecía.

Lo vi desaparecer entre el humo y las vigas que caían.

Unos segundos después, salió, arrastrando a una Yolanda inconsciente, cubierta de hollín.

Pero él estaba peor.

Su traje de luces estaba carbonizado, pegado a su piel. Una viga en llamas había caído sobre él.

Su pierna... su pierna estaba destrozada.

Se desplomó en el suelo, el dolor finalmente superando la adrenalina.

Me quedé allí, de pie, observando la escena.

Sin lágrimas. Sin pánico.

Solo una fría y absoluta certeza.

Mi futuro acababa de empezar.

Y el de ellos acababa de terminar.

Capítulo 2

El hospital olía a antiséptico y a desgracia.

Máximo estaba en cirugía. Sus padres, los poderosos Castillo, paseaban por el pasillo como leones enjaulados.

Cuando me vieron, la señora Castillo se abalanzó sobre mí.

"¡Tú! ¡Es tu culpa! ¿Por qué no lo detuviste? ¡Él es un torero, su cuerpo es su vida!"

Su voz era un chillido agudo, lleno de rabia y dolor.

La miré directamente a los ojos, sin una pizca de la sumisión que siempre me habían exigido.

"Él tomó su propia decisión" , respondí, mi voz plana y fría. "Se metió en el fuego por la mujer que ama. Yo no soy nadie para interponerme en un amor tan grande" .

El señor Castillo me fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Mi lógica era irrompible.

En ese momento, mis propios padres llegaron corriendo, con Yolanda cojeando entre ellos. Tenía quemaduras leves en los brazos y tosía dramáticamente.

Mi madre ni siquiera me miró. Corrió hacia Yolanda, abrazándola.

"¡Pobrecita mi niña! ¡Qué susto!"

Mi padre se giró hacia mí, su cara roja de furia.

"¡Lina! ¡Sabemos que fuiste tú! ¡Prendiste fuego al tablao porque tenías celos de que Yolanda iba a ser la estrella en la actuación de la feria!"

La acusación era tan ridícula, tan predecible, que casi me reí.

Durante años, habían sacrificado mis sueños por los de Yolanda, la sobrina huérfana a la que adoraban. Yo era la fuerte, la que debía ceder. Ella era la delicada, la que merecía todo.

Saqué mi teléfono del bolsillo.

"Qué curioso que digas eso, papá" .

Pulsé el play.

La voz de Yolanda llenó el pasillo, una grabación que había hecho esa misma tarde mientras la escuchaba hablar a escondidas.

"...este traje es mucho mejor que el de Lina. Pero para asegurarme de que todos me miren solo a mí, voy a hacerle un pequeño arreglo al suyo. Un poco de aceite cerca del calentador... parecerá un accidente. Cuando su traje se estropee, tendré que salir yo a bailar dos veces. La pobre Lina, qué mala suerte tiene siempre..."

El silencio en el pasillo fue total.

Los padres de Máximo miraban a Yolanda con puro desprecio. Mis propios padres estaban pálidos, sin palabras.

Yolanda me miró con odio.

Justo entonces, el cirujano salió.

"La operación ha terminado" , dijo con gravedad. "Hemos salvado su vida, pero... hemos tenido que amputar la pierna izquierda por debajo de la rodilla. Su carrera como torero ha terminado" .

La noticia cayó como una losa.

La señora Castillo soltó un sollozo ahogado.

Pero la reacción más reveladora fue la de Yolanda. Su cara de preocupación se transformó en una mueca de asco.

"¿Un lisiado?" , susurró, lo suficientemente alto para que todos la oyeran. "¿Ahora es un tullido?"

Su interés en Máximo se había evaporado. El heredero de los Castillo ya no era un buen partido.

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