Capítulo 1. Trabajo por obligación.
Juliette Moreau
»Procura no fallar. Ese trabajo tiene que ser tuyo. Ya sabes cómo actuar.
Las manos me tiemblan mientras leo el mensaje que me acaba de llegar.
No es suficiente que sienta el sudor recorriendo todo mi cuerpo mientras avanzo por el lobby reluciente de esta inmobiliaria de alto nivel, Albert Myers tiene que hacerme la vida de cuadros justo antes de la entrevista.
Respiro profundo y trato de no hacer caso al temblor que no puedo controlar. No puedo mostrarme nerviosa si de verdad quiero este empleo, pero eso parece ignorarlo el tipo que me obliga a estar aquí.
El café en mi mano se siente tibio, casi frío, pero no puedo tomarlo. Si lo hago, probablemente termine vomitándolo poco después, entre la ansiedad que me consume y los retortijones de mi estómago. Por esa misma razón, ni siquiera consideré el desayuno.
«Aunque tampoco tengo apetito. No lo he tenido desde que él se la llevó».
Avanzo hasta al ascensor, sin mirar siquiera por dónde voy. Solo estoy pendiente de la hora, y de ese mensaje que sigue presente en la pantalla de mi móvil, recordándome que no puedo fallar.
Estoy aquí para conseguir el empleo. Tengo que ser la secretaria de Aston Myers, el CEO de esta inmobiliaria, un hombre de aspecto enigmático, mirada despiadada y humor inexistente.
El hijo pródigo del maldito que me tiene amenazada.
«Sin presiones», susurro irónicamente.
Levanto la mirada y veo las puertas del ascensor abiertas. Un vistazo a mi reloj me avisa que ya debo subir o llegaré tarde.
Corro. No puedo quedarme aquí y esperar a que vuelva a bajar esta caja metálica. Casi entro en pánico al ver que las puertas se están cerrando.
-¡No cierren! -grito, con desesperación.
Por un milagro de Dios, veo que una mano cumple mi desesperada orden y suspiro, todavía intentando llegar. En cuanto pongo un pie dentro, ni siquiera puedo celebrar la pequeña victoria. Choco con un cuerpo duro como piedra, y tanto el café, como mi móvil, caen a mis pies.
«Maldición»
Oculto mis lágrimas, que ahora no son bienvenidas, murmurando en voz baja una y otra vez lo desafortunado de este suceso. Reviso con algo de pánico mi ropa, la ropa de los demás presentes que alcanzo a ver sin mayor detalle.
Alguien se agacha para ayudarme con mi móvil y se me escapa una mueca de resignación cuando veo una humedad reciente en su chaqueta.
«Este día no puede empeorar, carajo».
-Dios mío, le pido disculpas, yo no sé qué pasó y... -Levanto la mirada, y unos ojos tan negros como la noche están fijos en mí, con una seriedad que me pone los pelos de punta.
«No puede ser. No puede ser».
Mi suerte no puede ser esta.
¿Cómo es posible que me encuentre con mi objetivo en este ascensor, le tire el café encima y, para colmo, él sea quien se agache para entregarme el teléfono?
El pánico me invade. Miro el teléfono que me entrega. Tiene la pantalla hacia abajo, pero eso no es garantía de nada.
Acepto mi móvil, con una mano temblorosa.
«¿Será que vio el mensaje?».
-Lo siento, yo puedo pagarle la tintorería si considera que... -me callo cuando lo veo levantar una ceja.
Una estúpida y atractiva ceja que lo pone todo peor, porque me demuestra que mis esperanzas de que fuera un hombre agradable, se esfuman.
Me mira de arriba abajo, como buscando en mi ropa la confirmación de que puedo pagar el puto lavado de su traje hecho a medida.
«Idiota».
Me arrepiento mil veces de haberle dicho semejante cosa. Es evidente que es un clasista insoportable.
-No hace falta, señorita...
-Moreau -digo, casi en contra de mi voluntad, pero me obligo a hacerlo.
No solo porque en cuestión de minutos estaré de nuevo ante él, y no puedo verme como realmente me siento, sino porque tengo que conseguir este empleo cueste lo que cueste.
-No hará falta, señorita Moreau -repite, ahora con un brillo que no logro identificar en su mirada-. Si le parece bien, puede apartarse de la puerta, para que podamos subir. La mayoría de nosotros tenemos un horario que cumplir.
Doy un respingo, miro por encima de mi hombro y veo que, en efecto, estoy obstruyendo el paso. Por primera vez me vuelvo consciente de la cantidad de gente que me mira exasperada, por mi torpeza.
«Los nervios, Juliette. Son solo los nervios».
Siento el rubor en mis mejillas, por la vergüenza, mientras me quito del medio y las puertas por fin se cierran. Miro al suelo, a mis zapatos que se colocan encima del café frío, y un escalofrío me recorre.
«¿Cómo se supone que gane el empleo si este fue nuestro primer encuentro?».
Lo más seguro es que le parezca una torpe impresentable.
Dejo salir un suspiro y espero, mirando al panel que marca las plantas, a que el ascensor llegue a su destino. Puedo sentir la mirada de Aston Myers sobre mí, incluso estando de espaldas.
No es paranoia, algo me dice que es así.
Me mantengo recta, lo más firme que puedo parecer, porque me niego a mostrar que esto es lo único que tengo para ofrecer. Ese mensaje, que no sé si alcanzó a ver, me sigue advirtiendo de que no puedo fallar.
Y más me vale estar preparada para el siguiente paso, porque si ese hombre me vuelve a mirar como bicho que ni siquiera llega al nivel de la suela de sus zapatos, estoy perdida.
«Tengo que ganarme ese empleo, tengo que demostrar lo mucho que puedo ofrecerle».
Pero ¿cómo?
***
Aston Myers
Ojos grises que son capaces de congelar a cualquier incauto. Un rostro increíblemente hermoso y a la altura. Un cuerpo espectacular, y un porte de los que me gustan...
Todo eso lo tiene ella.
Pero no es lo que me hace mirarla, intentando descifrar todos sus malditos secretos.
«Ella no está aquí para hacer el bien».
En cuanto las puertas se abren, que los pocos que van en el ascensor comienzan a salir, ella toma rumbo a la oficina de Recursos Humanos.
Lo sabía.
Las puertas vuelven a cerrarse y marco el número de mi planta en el panel. Ahora que estoy solo, puedo verificar la información que necesito. Busco en mi teléfono el contacto de mi jefa de Recursos Humanos, y le envío un mensaje que, espero, vea lo más pronto posible.
»¿Hay alguna candidata con el apellido Moreau en la lista de hoy?
Cuando las puertas vuelven a abrirse, avanzo por el pasillo hasta mi oficina, al fondo de todo. Doy un vistazo al escritorio que debe ocupar hoy mismo la nueva incorporación.
Una notificación suena justo después de abrir la puerta.
»Sí, señor. La señorita Moreau es una de las más calificadas, según su currículum.
Aprieto la mandíbula. Eso es algo que esperaba.
No sé si estoy siendo un perturbado o me estoy volviendo loco, pero algo me dice que ella está aquí por un motivo relacionado con mi padre.
Y de ser así, quiero saber qué carajos busca.
Eso quizás sea de ayuda en la investigación que tiene el FBI en su contra.
Tecleo rápido, antes de arrepentirme de la decisión más improvisada y peligrosa que he tomado en la vida.
»Entrevista a todas, pero la quiero a ella.
No hay nada más que decir.
Juliette Moreau será mi asistente, le haré la vida un infierno, y mientras tanto, tendré un ojo puesto en ella. Si está aquí por orden de mi padre, pagaré junto con él sus intentos de hacer daño.
Juliette Moreau
Tres meses después...
Vacaciones. Necesito vacaciones.
«Pero no puedo tenerlas».
Un café. Necesito solo un café.
«Eso debe ser suficiente».
Mi odioso jefe está entretenido en una llamada y yo debería ser capaz de prepararme mi bebida mágica en tiempo récord, ¿verdad?
«Maldita la hora en que me quedé revisando un informe y no aproveché».
Me levanto rápido de mi silla, para no dudar, y tomo rumbo a la sala donde está la máquina de café. No es el mejor, preferiría uno de la cafetería más cercana, pero no me voy a quejar de la posibilidad al alcance de la mano.
Pero no he dado dos pasos lejos de la oficina de Lucifer, cuando su voz rompe el silencio.
-Juliette.
El tono seco y antipático de Aston me hace poner los ojos en blanco. Controlo el impulso de soltar un gruñido y regreso sobre mis pasos, alcanzando mi libreta de notas antes de ir hacia mi martirio.
-¿Sí, señor? -inquiero, cuando aparezco en su puerta y veo que el idiota ni siquiera me está mirando.
-Cancela toda mi agenda de esta tarde -ordena, sin perder tiempo-. Llama al piloto y dile que prepare un viaje rápido a Boston, a las seis en punto quiero estar en el aire. Déjalo bien claro.
«Boston, cómo no».
-¿Boston? ¿La señorita Taylor tiene algún problema?
Ni siquiera sé por qué menciono a Ivanna, debería darme una sacudida por dejarme así en evidencia. Pero en estos meses que llevo trabajando para Aston Myers, por órdenes del impresentable de su padre, me ha quedado claro que mi jefe siente algo por su amiga. A quien incluso llama zanahoria.
«¿Quién diría que podía ser tierno, el idiota?».
En cuanto lo digo, sus ojos se posan en mí, entrecerrados y desconfiados. No lo veo, porque mantengo mi mirada fija en mi libreta, pero como siempre, lo siento. Aston tiene una forma muy particular de observarme y siempre que lo hace, cada vello en mi cuerpo se eriza.
«Cuerpo traidor y cobarde».
Levanto la mirada solo porque no puedo fingir que anoto algo y la cruzo con la suya. Finjo la mayor inocencia que puedo aparentar, porque no es mi intención buscarme un problema con él.
«Ya es demasiado que no haya cumplido al pie de la letra las órdenes de quien me puso aquí».
-No, Juliette, no tiene ningún problema. ¿Es eso un problema para ti? -Su tono me estremece, por lo duro que se escucha.
Sacudo la cabeza, todavía cumpliendo mi papel. No tengo nada en contra de Ivanna, la verdad. No sé por qué se pone tan tenso cuando es un tema recurrente a tratar.
-Por supuesto que no, señor. Solo me preocupo por Ivanna, y su hijo. Sé cuánto los aprecia.
Que no es mentira, y se lo demuestro mientras me mira fijamente. No me cree, pero no tengo razones para inmutarme por su suspicacia.
-Las reuniones de esta tarde pásalas para la siguiente semana, debo estar varios días fuera... -dice, cuando se convence al fin de ir al grano con lo que quiere.
«Aleluya. Mis plegarias fueron escuchadas».
-No esperaba otra cosa -canturreo en voz baja, sin poder evitarlo, al recordar que estaba hablando antes con Sean Robinson.
-¿Cómo?
«Ay mierda».
Lo vuelvo a mirar con expresión inocente. Escondo mi fastidio por todo el tema que lo lleva a Boston cada vez, porque la verdad es que necesito un descanso y él, con su viaje inesperado, me otorgará unas mini vacaciones.
Las que estaba manifestando.
-Que no haré otra cosa. Ya conozco sus costumbres, señor.
Apoya los codos sobre la mesa y me observa. Es evidente que no se cree mucho mi aclaración.
-Claro que no -murmura y suena irónico-. Los contratos con Alccor & Co. están en su punto más complicado, así que con ellos debe haber prioridad. Llámalos y asegúrate de que entienden el retraso.
-Ahora mismo lo hago, señor.
«Con todo gusto, si eso hace que te vayas lejos por unos días».
Creo que sonrío sin poder controlar mi boca. Ya casi que puedo sentir la suavidad de mi sofá debajo de mí.
-¿Algo que compartir conmigo?
Me desconcierta su pregunta y lo miro. Al ver su atención al completo puesta en mí, levanto una ceja.
-No, señor. No sé a qué se refiere.
Veo en su expresión que quiere insistir, pero está claro que lo deja pasar cuando vuelve a concentrarse en sus órdenes.
-El resto de reuniones, como ya ordené, reorganízalas. Sin embargo, los informes de los gerentes los quiero en mi correo como todas las semanas. ¿Tengo algún evento esta semana?
Asiento. Me las sé de memoria, para mi total consternación.
«No es que no tenga vida aparte de él, no».
-Una invitación el martes en la noche, a una gala benéfica que se desarrolla en el MoMA. Y otra el viernes, una invitación exclusiva para una premier en Broadway.
Puras invitaciones elegantes, y pomposas, para el tipo más insoportable de todos.
-Envía mis disculpas anticipadas por la ausencia. A la gala benéfica acompáñala con un cheque, como siempre. A la premiere, ocúpate de hacerles llegar arreglos florales al elenco, junto con una tarjeta...
«Nada nuevo».
Lo miro, sabiendo lo que viene. Oculto la sonrisa que quiero mostrar.
-¿Con el sobre de papel marfil, cerrado con el sello de cera con sus iniciales? -pregunta, recitando las indicaciones de siempre. Aston no responde, así que continúo-: ¿Con la tinta azul marino, jamás negra, porque la negra es de funeral?
La seguridad que me abruma ahora mismo, es escasa desde que trabajo para él. Por eso la disfruto.
Una sutil manera de burlarme de su escrupulosa perfección.
-Y la fecha, en números romanos, por supuesto. Para que no crean que el señor Myers envía tarjetas comunes. -Aston se reclina y cruza una pierna sobre la otra. Sus dedos tamborilean sobre el reposabrazos y tengo que bajar la mirada para evitar mostrarle la sonrisa que cada vez es más difícil de ocultar-. También debo asegurarme de que el director esté mencionado primero, después los actores principales y, al final, "el resto del elenco"... sin sonar ofensiva, claro.
Se queda viéndome por más tiempo del que debe. Estoy clara que sabe muy bien que me estoy burlando de sus estrictas estupideces.
-Ya sabe cómo hacerlo -dice al fin, con tono seco, y devuelve su atención a los papeles que tiene delante.
-Desde luego, señor Myers -respondo.
-Eso es todo. Puedes retirarte.
Asiente y salgo sin decir nada más.
En cuanto cierro la puerta detrás de mí, celebro en silencio. Muevo mis brazos arriba y abajo, con ansias, con la energía que ya ni siquiera sabía que tenía, y grito en silencio, porque no creo que a Lucifer le guste mucho escucharme.
Dando saltitos voy hasta mi escritorio, ya olvidado ese café que quería, y me dispongo a cumplir todas esas estúpidas órdenes de Aston para poder irme en cuanto él se vaya.
Llamo al piloto, le doy todas las indicaciones y espero su confirmación. Luego voy cumpliendo una por una las instrucciones que me dio el demonio de mi jefe.
Con todo resuelto, me recuesto en mi silla, y sonrío.
«Tengo que llamar a Margo».
La línea suena solo una vez, antes de que la voz enérgica de mi amiga se escuche del otro lado.
-¿Te despidieron acaso, que me estás llamando en horario de trabajo? -Su saludo risueño me provoca un escalofrío.
-Cállate los ojos, carajo -bromeo-. Y no, no me han despedido, pero por fin podré tener libertad unos días, Margo. Lucifer se va de viaje, me ha dejado solo unas pocas indicaciones que puedo hacer con los ojos cerrados. Esto merece un vino, ¿verdad?
-¡Joder, tía, qué noticia! ¡Al fin vas a poder descansar de ese indecente jefe tuyo! ¡¿Llevo el vino o lo robas tú?!
Su pregunta me saca una risita. No soy una ladrona, pero cuando se trata de Aston, no me creo que deba ser justa. Él tiene muchas botellas que ni siquiera bebe, puede sobrevivir sin una de vez en cuando.
-Por supuesto que la robaré de su colección de vinos. Siempre puedo decirle que su hermana Viena tomó prestada una botella.
Que es justamente la razón por la que hice esto la primera vez. Viena me dio una, como una forma juguetona de joder a su hermano, y al probar el vino entendí por qué a ella y a Ivanna les gusta tanto. Es delicioso.
«Viena me cae bien».
Y mucho mejor, porque puedo usarla de excusa. Ella me dio su permiso.
-¿Y no te descubre? Mira que no puedes exponerte...
Su tono suena maternal de repente, sé por qué lo dice y la entiendo. Pero puede relajarse.
-Lo he estado haciendo por un tiempo, no te preocupes -aseguro, con una risa suave-. Tiene demasiadas como para darse cuenta que le falta una. Lucifer nada en billetes y soy yo quien le hace el pedido semanal, créeme cuando te digo que ni en cuenta lo tomará.
-Bueno, yo feliz de probar una cava tan exquisita, pero...
La voz de Margo queda ahogada por el ruido de la puerta al abrirse. Me incorporo de repente, levanto la cabeza de golpe y mi mirada se cruza con los ojos airados de mi jefe.
«Joder. Me escuchó».
-Juliette, me faltó darte una última indicación... -habla, con una calma áspera y cortante que me pone los pelos de punta.
-Lo escucho, señor -murmuro, con un poco de sumisión.
-Debes venir conmigo a Boston.
Suelta la bomba y yo no sé cómo reaccionar. Abro la boca, pero nada sale. Él ni siquiera se inmuta ante mi confusión.
Lo veo regresar sobre sus pasos, entrar a su oficina, y todavía sigo pensando que no puede estar hablando en serio. La llamada de Margo deja de tener importancia.
-Te veo en el hangar, no llegues tarde -ordena cuando regresa, su mirada indiferente me hace encogerme en el lugar-. Recuerda lo poco que me gusta la impuntualidad.
Se aleja. Y yo me quedo en el lugar maldiciendo su nombre una y otra vez.
«Maldito Lucifer».
***
Al día siguiente. En Boston...
Nunca pensé que abrir la boca de más me iba a costar un viaje en yate en Boston. Pero aquí estoy, rodeada de trajes caros, copas de vino y conversaciones que ni quiero entender, hoy no me interesan. Todo porque a mi querido jefe, nótese la ironía, le dio por escucharme hablar por teléfono.
«No era para tanto, ¿no?».
Solo lo llamé Lucifer y dije que me robaría, otra vez, un vino de su cava para celebrar un fin de semana en condiciones. Nada que él no se haya ganado a pulso.
Pero claro, Aston Myers no tiene sentido del humor. Lo que sí tiene es un carácter de mierda y una extraña capacidad para arruinar mis planes.
Me mortificó demasiado que, además, me lo sacara en cara. Porque en lugar de dejarlo pasar, me dijo con esa voz que no admite réplicas:
-Si te sobra tiempo para insultarme y hacer planes, te sobra tiempo para viajar conmigo a Boston.
Eso justo antes de subir a su jet privado, porque el demonio mayor no podía quedarse con eso atorado.
Y aquí estoy, sentada a su lado en una cena de negocios que no me concierne en lo más mínimo, porque ni siquiera me pidió estar atenta o tomar notas como suelo hacerlo durante el día. No he dicho ni diez palabras en toda la noche, solo asiento y sonrío cuando alguien cuenta un chiste sin gracia; o miro el mar por la ventana para no morirme de aburrimiento.
Aston tampoco me dirige la palabra desde que subimos al yate, pero está a mi lado, imponente en su traje negro, con esa mirada que hace callar a cualquiera, hablando lo justo y necesario con los demás.
Para él, esta noche yo soy invisible.
Lo peor es que todavía no sé por qué quiso traerme. Entiendo la parte de joderme el fin de semana, pero me pudo dejar aburrida en su enorme casa en la ciudad. Aquí no tengo nada que hacer. No sirvo para nada más que para ocupar una silla a su lado.
«Y si esa era la idea, sinceramente, podría haberse traído un maletín».
Cuando la cena por fin termina, respiro aliviada. Los pocos invitados, hombres poderosos que casi limpian con la lengua el camino por el que avanza mi odioso jefe, empiezan a marcharse en las lanchas que los llevan de regreso al puerto.
Y yo ya me veo en una de ellas, olvidando este circo, hasta que escucho su voz.
-Juliette, dile al servicio que envíen una botella de mi vino al camarote. Y que recojan todo antes de irse.
Posa esos negros ojos en mí solo una fracción de segundo, con esa cara ácida que le encanta poner cuando algo le irrita, y se aleja. Eso es todo lo que dice. Ni una mirada de más, ni una despedida. Solo la orden, seca, como si yo fuera parte del personal de a bordo.
«Es que el hijo de puta no se esmera en ser un cabrón, le sale solo».
Se va, dejándome con la copa en la mano y un nudo de rabia en el estómago.
Refunfuñando, camino hasta la cocina del yate. Voy con la elegancia forzada de alguien que intenta no patear la mesa por puro coraje.
Porque claro, ¿qué soy ahora? ¿Su asistente personal o la camarera de turno?
¿Y por qué el maldito quiere vino en su habitación? ¿Pretende emborracharse solo y lanzarse al mar luego? Porque de ser esa su intención, yo puedo ayudarlo con lo segundo y volándonos por completo lo primero.
El chef me recibe con una sonrisa amable, pero en cuanto le transmito el pedido de Aston, su expresión se tensa.
-El camarero tuvo una emergencia y ya salió en la última de las lanchas -me dice, levantando las manos en señal de disculpa-. Tendrá que llevarlo usted, señorita.
Cierro los ojos un segundo y respiro. Respiro otra vez, más profundo. Y nuevamente.
«Tranquila, Juliette, no vale la pena».
Pero sí vale la pena, porque estoy aquí en un viaje que no pedí, en una cena que no pintaba nada, y ahora, encima, cargando vino como si fuera mi pasatiempo favorito.
-Claro -respondo, con la mejor sonrisa fingida que logro sacar-. Faltaba más.
El chef parece aliviado. Yo, no tanto.
Tomo la botella que pidió Aston y, como quien no quiere la cosa, cojo otra igual y la escondo entre mi bolso y el abrigo.
«Si voy a ser la mensajera de vinos, me merezco comisión».
Salgo de la cocina minutos después arrastrando el carrito con una mezcla de dignidad y resentimiento. Y cuando voy a mitad de pasillo, caigo en cuenta de algo que me dijo el chef.
Las lanchas ya se han ido. En la última se fue el camarero a quien yo le estoy haciendo el trabajo.
-Perfecto. Ni aunque quisiera podría volver a tierra esta noche. Y todo gracias a él -gruño, con frustración.
El pasillo se me hace interminable, más por el mal humor que me consume. El vino tintinea en el carrito con cada movimiento y yo no puedo dejar de pensar que, si me tropiezo y se rompe, probablemente Aston me mande directo al fondo del mar.
Llego a la puerta de su camarote y suspiro. Toco con los nudillos. Una, dos, tres veces, y espero.
Nada.
-Magnífico. Otra cosa más que añadir a mi lista de molestias de la noche -refunfuño en voz baja.
Pongo los ojos en blanco, sabiendo que no puedo solo dejar el vino aquí afuera y me preparo para entrar. Abro despacio y entro para dejar el carrito dentro.
La habitación principal del yate parece más grande que mi apartamento entero en New York. Todo lujo, todo en orden, todo demasiado cuadrado y perfecto como Aston Myers. Coloco la botella sobre la mesa, junto a las copas, preguntándome dónde carajos se metió.
Un pensamiento intrusivo me hace creer que se arrepintió de vivir y se lanzó al mar, pero esa no es una batalla que Dios me facilitaría, así que no lo creo.
Me digo que estoy perdiendo el tiempo y me doy la vuelta para salir, pero entonces escucho algo. Algo que, evidentemente, no debería estar escuchando.
Un murmullo bajo. Una voz ahogada. Y un golpe sordo que me pone los pelos de punta.
Me congelo.
No debería mirar. No debería, de verdad. Pero mis pies se mueven solos hacia el sonido. La puerta entreabierta al fondo me da la respuesta que no estaba buscando. No necesito abrirla del todo, apenas un espacio me basta para ver.
Y lo que veo me deja sin aire.
«Ese no es mi estirado jefe, ¿o sí?».
Juliette Moreau
Lucifer, mi jefe más odiado, el hombre que me arrastró hasta aquí sin explicación, que apenas me dirige la palabra, que me trata como si fuera invisible esta noche, ahora mismo está con una mujer.
Alta, rubia, perfecta, de esas que parecen sacadas de una portada de revista.
Pero él... él no es el Aston Myers que conozco en la oficina. No es el hombre distante que apenas alza la voz porque los demás mortales ni siquiera deberíamos tener permiso para escuchar su celestial barítono. Aston no está simplemente acostándose con una mujer.
Él la controla. La dirige.
Mi respiración se acelera y el corazón me golpea en los oídos. Debería apartarme, debería darme la vuelta, salir corriendo y fingir que nunca vi nada, pero no lo hago. Mis piernas no responden. Mis ojos tampoco. Y lo peor es que siento un calor que me recorre el cuerpo, un cosquilleo incómodo, traicionero.
La rubia tiene las muñecas atadas al cabecero de la cama con una correa de cuero. Su cuerpo se arquea, temblando debajo de él, mientras su vestido cuelga a medio arrancar. La mano de Aston en su cuello es firme, marca territorio, y la otra se clava en su cintura para mantenerla quieta.
-Mírame. -Su voz es baja y dura, rebosa autoridad. No es una súplica, es una orden. Una que ella obedece al instante, con los ojos fijos en los suyos, respirando con dificultad-. Eso es... buena chica. No te muevas.
Su tono es tan controlado que me eriza la piel. Es como si cada palabra suya estuviera diseñada para dominar, para romper cualquier resistencia. Y ella, completamente sometida, gime como si esa rendición fuera placer puro.
Me siento arder. Un calor húmedo se instala entre mis piernas sin que pueda evitarlo.
-Cuando te digo que abras la boca, lo haces. Cuando te digo que te calles, también. Aquí las reglas son mías, ¿entendido? -Él baja la voz aún más, casi un gruñido.
La mujer asiente desesperada, y él sonríe satisfecho.
Tengo que apartarme antes de que me vea espiando, pero no puedo. Estoy pegada a la puerta, temblando, mirando una versión de Lucifer que nunca imaginé, oscura, dominante y peligrosa.
Y lo peor es que me excita. Me excita tanto que me odio por ello.
«¿Qué carajos, Juliette? Controla esas malditas hormonas».
Ese no es mi estirado Aston, acaba de encarnar al mismísimo Lucifer que tanto invoco día a día por su culpa. Ese es un hombre que manda con el cuerpo y con la voz. Un hombre al que nadie le dice que no.
Y por un segundo, un solo y maldito segundo, me imagino siendo yo la que obedece.
«No me jodas, lárgate de una vez».
Un gemido de ella me despierta de golpe. Retrocedo de inmediato, casi tropiezo con el carrito del vino en mi estampida hasta la puerta. Salgo del camarote sin hacer ruido, o eso espero, con el pulso desbocado y la garganta seca.
Corro desesperada hasta la habitación que ocupé en la tarde cuando llegamos, cierro la puerta y me apoyo contra ella, intentando recuperar el aire.
-¿Acabo de excitarme viendo a Aston Myers con otra mujer? -Sacudo la cabeza-. No. Imposible. Es el vino. El cansancio. La rabia acumulada. Cualquier cosa menos eso.
No sueno convencida, pero eso no importa. Repítelo hasta que sea real.
Abro la botella que escondí y me sirvo una copa. Necesito olvidar la imagen que tengo grabada en la mente.
No funciona.
Apuro el vino y voy directo al baño.
-Una ducha fría necesitas, caray. Ni el diablo es tan puerco como tú, Juliette -rezongo, mientras me desnudo rápido y me meto bajo la ducha, con el agua fría golpeándome los hombros.
Chillo. Esta temperatura es más de lo que puedo soportar. Froto mi piel como si pudiera arrancar esa imagen de mi cabeza, pero sigue ahí. Su voz, su mano en el cuello de esa mujer, el modo en que ella obedecía como si no existiera nada más.
Y si voy más profundo en mi recién adquirida obsesión, en mis cálculos, esa mujer llevaba horas en esa cama, atada y esperando por él. No la vi llegar, y no creo que él haya tenido tiempo ni de amarrarle una mano antes de que yo llegara con el vino.
«Ay, madre mía. Esto es demasiado».
Salgo envuelta en la bata de baño y me sirvo otra copa de vino. La bebo de un trago, después otra. El calor no desaparece, solo se intensifica. Y me odio por eso.
Me dejo caer en la cama. Podría pensar que el calor que siento en el cuerpo es el vapor de la ducha que me calienta la piel, pero no es por eso que estoy así, me bañé con jodida agua fría. Lo que pasa es que no importa cuánto lo intente, no puedo sacar de mi cabeza lo que vi.
Y estoy caliente, maldición.
Esa mujer rendida a él, obediente, como si no existiera otra opción más que complacerlo.
Cierro los ojos y me sorprendo a mí misma repasando cada detalle. Me estoy rindiendo y eso me provoca un puchero, pero no detiene mis intenciones.
«No debería. Dios, no debería».
Pero ya mi mano se escurre bajo la bata, buscando alivio a ese calor que no cede. Apenas me rozo y ya estoy temblando. La humedad que siento es tan extraña, tan humillante, que un gemido se me escapa, bajo y ahogado. Frustrado y excitado a partes iguales.
Estoy comenzando a entender que no voy a poder detenerme cuando un sonido seco se escucha en la puerta. Me congelo. El corazón me palpita en la garganta, también en las sienes.
-Joder, quién coño es...
La puerta se abre y ahogo un chillido. Mi mano sale disparada de debajo de la bata en cuanto lo veo entrar a la habitación como si fuera la suya. Sus pasos son seguros, su mirada clavada en mí. Estoy desnuda debajo de la felpa que me cubre a duras penas, estaba tocándome pensando en lo que acabo de ver y lo que veo en sus ojos me dice que sabe perfectamente todo eso.
«Maldito Lucifer».
Abro la boca para preguntarle qué hace aquí, pero sus ojos se detienen en la botella abierta sobre la mesa.
-Veo que encontró la forma de entretenerse. -No lo dice en tono de reproche. Lo hace con esa neutralidad que me desconcierta más que un grito.
Me doy cuenta que me decepciona escuchar el mismo tono frío de siempre. Nada comparado con esa manera ronca y grave de ordenarle a su amante que no se mueva.
«Masoquista».
-Me la gané -respondo, encogiéndome de hombros y fingiendo tranquilidad. Pero a mí no me sale tan bien como a él.
Su boca se curva en un gesto tan leve que casi lo pierdo. Se acerca un paso. Otro. Hasta que me siento atrapada, aun con al menos dos metros de distancia entre los dos.
Aunque yo sigo medio acostada en la cama, y él me mira desde arriba, con la misma superioridad de siempre.
Baja la mirada a mi mano, que está en mi regazo. Casi que lo veo como un sabueso, olisqueando la humedad. Ruego para que mis mejillas y mi cuello no se pongan rojos de vergüenza.
-¿Estabas ocupada? ¿Interrumpo algo?
«Ay, Cristo».
Él no se dio cuenta, ¿verdad que no? Y en el hipotético caso que tenga una idea, él no sabe lo que me pasaba por la cabeza para estar dándome placer. No lee mentes. Es un demonio, pero no con sus habilidades.
Da un paso hacia mí. Luego otro. La distancia se acorta hasta que siento su sombra sobre mí. Se inclina, me obliga a levantar la mirada.
-Dime, Juliette... -susurra, tan cerca que puedo oler su perfume mezclado con el vino-, ¿te gustó lo que viste?
El corazón me da un salto. No respondo, pero mis mejillas arden.
«Él lo notó. Claro que lo notó. Maldito Lucifer».
-No sé de qué habla. -Intento hacerme la indiferente, pero mi voz me traiciona, aunque lo niegue.
Su risa es breve, oscura.
-Te excitó. -No lo pregunta, lo afirma. Mira de nuevo mi mano brillante por mi propia excitación y sonríe con arrogancia-. ¿Qué pasó, Juliette? ¿No te bastó con mirar en silencio?
No respondo. Mi cuerpo me traiciona, y él lo sabe.
Su sonrisa persiste, lenta, segura, cortante.
-Admítelo -murmura-. Te excitó ver. Y lo odias tanto como lo deseas.
Su cercanía me enciende la piel. No me toca, pero siento su calor, su respiración demasiado cerca.
-¿Quieres que lo diga por ti? -susurra con esa calma insoportable-. Te viste ahí, en lugar de ella. Bajo mis manos. En mi cama.
Un escalofrío me recorre entera. Aprieto los labios para no responder, pero el maldito sonido que se escapa de mí me descubre, es un gemido ahogado, de pura frustración.
Él sonríe, arrogante, disfrutando de mi reacción.
-Eso pensé -dice con tono bajo, casi burlón-. Te calienta imaginarte obedeciendo, ¿verdad? Llamándome... ¿cómo es que me dices cuando no me miras a la cara? ¿Lucifer?
Aston ladea la cabeza, saborea cada segundo de mi incomodidad. Sabe que no diré nada.
-¿Quieres que me calle? -Sacude la cabeza, respondiéndose él mismo-. No, ¿verdad? Quieres que siga. Quieres que te diga cómo te pondría de rodillas, cómo sujetaría tu cuello, cómo haría que gimas solo cuando yo lo permita.
Mis piernas se tensan, mi respiración se acelera. No debería escucharlo, pero no puedo detenerlo.
-Solo por ver a escondidas te pondría ese culo rojo, un castigo pequeño para la afrenta. ¿Te imaginas a mi merced, Juliette?
Mi nombre en su lengua es peligroso. Lo arrastra con parsimonia, con sensualidad. Es demasiado estimulante.
-¿Te imaginas siendo como la mujer que acabo de mandar a su casa porque quería venir aquí contigo a acabar lo que empezaste?
Trago en seco.
-Te va el rollo dominante, ¿es así? -No sé cómo logro encontrar algo de estabilidad en mi voz. Me siento demasiado vulnerable ahora mismo.
Su sonrisa se vuelve peligrosa. Se encoge de hombros.
-Solo cuando quiero.
Entorno los ojos.
-¿Es eso lo que quieres? ¿Para eso me trajiste aquí? ¿Para atarme al cabecero de tu cama, ponerme el culo en pompa y follarme como un animal?
Mis palabras le llegan. Lo veo.
-No, no fue para eso -susurra, se lleva el pulgar a ese labio inferior regordete y provocador-, pero la imagen que me muestras me interesa. Ponte de pie.
La orden llega fría y directa. Y antes de que pueda darme cuenta, mis pies están moviéndose fuera de la cama.
No logro reaccionar a tiempo, cuando ya tengo su mano rodeando mi cuello y su cuerpo empujándome contra la pared detrás de nosotros.
-¿Esto es lo que quieres?
Su gesto me roba el aire. No aprieta, apenas me sostiene, pero el peso de su control es suficiente para que todo mi cuerpo reaccione. Su mirada está fija en la mía. Es oscura e intensa.
Levanta una ceja, a la espera de mi respuesta.
Sin embargo, mis labios se abren y ningún sonido sale. Estoy jadeando, temblando, con la humedad entre mis piernas aumentando con cada segundo.
«Lo odio. Odio que pueda provocar esto en mí sin siquiera tocarme en otro lugar».
Aprieto los muslos, mis manos intentan buscar apoyo contra la pared, pero él me inmoviliza solo con esa presión firme en mi cuello. Y aunque sé que podría apartarlo, que bastaría con un empujón para librarme, no lo hago. No quiero hacerlo.
Un gemido se me escapa, bajo, humillante.
Lucifer sonríe. Ese hijo de puta sonríe, disfrutando de lo que me acaba de sacar.
-Lo sabía -murmura, con una arrogancia insoportable.
Trago saliva, intentando recuperar un mínimo de control.
«Esto no está bien, Juliette. No puedes darle el poder. No puedes rendirte a él».
Pero una parte de mí lo quiere. Una parte que me quema desde que lo vi con esa mujer, una parte que necesita saber cómo sería estar bajo su dominio.
No obstante, ahora que lo pienso de otra manera, si acepto lo que me ofrece, si me convierto en lo que él quiere que sea, podré estar más cerca. Mucho más cerca de lo que nunca imaginé.
«Cerca de su intimidad. Cerca de sus secretos. Cerca de lo que necesito».
La excitación se mezcla con una certeza fría y calculadora. Levanto el mentón, como si de verdad pudiera fingir seguridad en medio de este incendio.
-Sí -susurro, casi inaudible-. Esto es lo que quiero.
«Es una mentira, pero de que sea una mentirosa depende todo».