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La Venganza de las Gemelas

La Venganza de las Gemelas

Autor: : Michael Tretter
Género: Suspense
El hospital olía a desinfectante y agonía, un aroma que se me pegaba a la piel y al alma. Mi gemela, Sofía, yacía en esa cama, conectada a máquinas que pitaban monótonamente, después de intentar quitarse la vida en el baño de la escuela. Mis padres lloraban en silencio, un silencio que yo conocía bien, uno más peligroso que cualquier grito. Entonces, sus voces crueles rompieron el silencio: "Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? La hermana de la loca." Eran Perla y Luna, las acosadoras de mi hermana, regodeándose en nuestra desgracia, mientras el mundo las ignoraba. "En el fondo, se lo merecía. Es tan débil," susurró Perla, y sentí algo frío y pesado nacer dentro de mí. Mis padres intentaron echarlas, pero la policía no hacía nada, la escuela se lavaba las manos: "Sofía era demasiado sensible." ¿Sensible? No, hermana. Demasiado buena para este jodido mundo. Esa noche, en casa, me miré al espejo. El mismo rostro que Sofía, pero por dentro... yo era diferente. Corté mi cabello como el suyo, me puse su uniforme, su ropa. Ahora, no era Elena. Era Sofía. Y con la sonrisa dulce de mi hermana, juré una venganza que ellas jamás olvidarían. Perla y Luna no sabían con quién se estaban metiendo. Habían despertado a un monstruo, y la única que podía contenerme estaba en una cama de hospital. Ya no había nadie que me detuviera.

Introducción

El hospital olía a desinfectante y agonía, un aroma que se me pegaba a la piel y al alma.

Mi gemela, Sofía, yacía en esa cama, conectada a máquinas que pitaban monótonamente, después de intentar quitarse la vida en el baño de la escuela.

Mis padres lloraban en silencio, un silencio que yo conocía bien, uno más peligroso que cualquier grito.

Entonces, sus voces crueles rompieron el silencio: "Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? La hermana de la loca."

Eran Perla y Luna, las acosadoras de mi hermana, regodeándose en nuestra desgracia, mientras el mundo las ignoraba.

"En el fondo, se lo merecía. Es tan débil," susurró Perla, y sentí algo frío y pesado nacer dentro de mí.

Mis padres intentaron echarlas, pero la policía no hacía nada, la escuela se lavaba las manos: "Sofía era demasiado sensible."

¿Sensible? No, hermana. Demasiado buena para este jodido mundo.

Esa noche, en casa, me miré al espejo. El mismo rostro que Sofía, pero por dentro... yo era diferente.

Corté mi cabello como el suyo, me puse su uniforme, su ropa.

Ahora, no era Elena. Era Sofía.

Y con la sonrisa dulce de mi hermana, juré una venganza que ellas jamás olvidarían.

Perla y Luna no sabían con quién se estaban metiendo.

Habían despertado a un monstruo, y la única que podía contenerme estaba en una cama de hospital.

Ya no había nadie que me detuviera.

Capítulo 1

El olor del hospital era una mezcla de antiséptico y desesperanza, un aroma que se me pegaba a la ropa y a la piel. Estaba sentada en una silla de plástico duro, con la espalda recta, mirando fijamente la puerta de la habitación de mi hermana. Sofía. Mi gemela.

Dentro de esa habitación, ella yacía en una cama, conectada a máquinas que pitaban con una monotonía aterradora. Se había cortado las venas. Lo había hecho en el baño de la escuela, con un trozo de vidrio de un espejo que alguien rompió a propósito. No murió, pero una parte de ella se fue para siempre.

Mis padres estaban adentro con ella, susurrando, sus voces ahogadas por la puerta cerrada. Escuché a mi madre llorar suavemente. Mi padre, en cambio, estaba en silencio, un silencio que conocía bien, uno que era más peligroso que cualquier grito.

Entonces las escuché. Dos risas agudas y falsas que resonaron en el pasillo silencioso.

Perla y Luna.

Las vi venir, caminando como si fueran dueñas del lugar. Perla, con su cabello rubio teñido y su maquillaje perfecto, lideraba el camino. Luna, su sombra, la seguía un paso atrás, con una sonrisa servil.

Se detuvieron frente a mí.

"Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? La hermana de la loca."

La voz de Perla era como veneno dulce. No me moví. No dije nada. Solo las miré.

"Oímos lo que pasó," continuó Luna, con una falsa expresión de preocupación. "Qué triste. ¿De verdad intentó matarse? Qué dramática."

"Siempre buscando atención," añadió Perla, revisando sus uñas. "Supongo que finalmente la consiguió. Aunque no como esperaba."

Se rieron de nuevo. La gente en el pasillo nos miraba, pero nadie decía nada. La indiferencia era un escudo que todos usaban.

"¿Sabes?," dijo Perla, inclinándose hacia mí, su aliento olía a chicle de menta. "En el fondo, se lo merecía. Es tan débil. El mundo no tiene lugar para gente como ella."

Sentí algo frío y pesado moverse dentro de mí. Una calma extraña se apoderó de mi cuerpo.

Mis padres salieron en ese momento. Mi madre tenía los ojos rojos e hinchados. Mi padre, al ver a Perla y Luna, endureció la mandíbula.

"¿Qué hacen ustedes aquí?" preguntó mi padre, su voz era un gruñido bajo.

"Solo vinimos a dar nuestro pésame," dijo Perla con una sonrisa inocente. "Somos sus compañeras, después de todo."

"Lárguense," ordenó mi padre.

Perla se encogió de hombros y se dio la vuelta, no sin antes lanzarme una última mirada burlona. Mientras se alejaban, escuché a Luna susurrarle: "Mañana en la escuela va a ser genial. Todos hablarán de ella."

Mi madre se derrumbó en mis brazos, sollozando. "La policía dice que no pueden hacer nada. No hay pruebas suficientes de acoso. La escuela se lava las manos. La maestra Laura dice que Sofía era 'demasiado sensible' ."

Demasiado sensible.

Esa frase se repitió en mi cabeza. Mi hermana no era demasiado sensible. Era demasiado buena para este mundo de mierda.

Esa noche, en casa, mientras mis padres hablaban en voz baja en la cocina, tomé una decisión. Fui al baño y me miré en el espejo. El mismo rostro que Sofía. La misma nariz, los mismos ojos, el mismo cabello castaño. Éramos idénticas.

Pero solo por fuera.

Abrí el cajón y saqué unas tijeras. El metal frío se sintió bien en mi mano. Empecé a cortar mi cabello largo, igualándolo al corte bob que Sofía llevaba. Mechones castaños cayeron al lavabo.

Luego, abrí el armario de mi hermana. Saqué su uniforme escolar, su suéter de colores pastel, sus zapatos sencillos. Me los puse. La ropa me quedaba perfecta.

Me miré de nuevo en el espejo. Ahora, no era Elena. Era Sofía.

Una sonrisa se dibujó en mi rostro, una que no tenía nada de la dulzura de mi hermana. Mañana iría a la escuela. Ellas estarían emocionadas por ver a la "débil" Sofía regresar.

Pero yo lo estaría más. Porque ellas no sabían con quién se estaban metiendo. No sabían que habían despertado a un monstruo. Y mi hermana, la única persona en el mundo que podía contenerme, estaba en una cama de hospital.

Ya no había nadie que me detuviera.

Capítulo 2

Sofía y yo éramos dos caras de la misma moneda. Ella era la cara brillante, la que todos amaban. Era amable, ingenua, siempre veía lo bueno en las personas, incluso cuando no lo había. Yo era la otra cara, la oscura, la que prefería mantenerme oculta.

Desde niñas, nuestra conexión era extraña. Podíamos sentir el dolor de la otra, no como una idea, sino como una sensación física. Si ella se caía y se raspaba la rodilla, a mí me dolía la pierna. Pero las emociones eran diferentes. Yo no sentía la tristeza como ella. Ni la alegría. Mis emociones eran más primarias, más depredadoras. Ira. Satisfacción. Hambre.

Mi hermana era mi ancla. Su bondad, su simple presencia, mantenía a raya la oscuridad que siempre sentí dentro de mí. Era como un monstruo encadenado, y ella tenía la llave. Mis padres lo sabían. Siempre lo supieron. Por eso la protegían tanto, por eso la rodeaban de un mundo de algodón y colores pastel. Creían que si la protegían a ella, me protegían a mí de mí misma.

Pero fallaron.

La escuela, los pasillos, los salones de clase... ese fue un campo de batalla para el que no la prepararon. Y yo, por respetar su deseo de manejar las cosas a su manera, me mantuve al margen. Un error que no volvería a cometer.

Esa noche, antes de acostarme en su cama, que olía a su perfume de vainilla y a su tristeza, encontré su diario. Estaba escondido debajo de su colchón. Sabía que no debía leerlo, pero necesitaba entender. Necesitaba alimentar el fuego que crecía dentro de mí.

Las páginas estaban llenas de su caligrafía redonda y perfecta, pero las palabras eran un infierno.

"Hoy, Perla tiró mi almuerzo al suelo. Dijo que la comida era demasiado buena para una cerda como yo. Todos se rieron. La maestra Laura lo vio, pero solo me dijo que limpiara el desorden."

"Luna me encerró en el baño de chicas. Escribieron 'puta' en la puerta con lápiz labial rojo. Estuve ahí por dos horas hasta que el conserje me encontró. Dije que me había quedado atorada por accidente. No quería que mamá y papá se preocuparan."

"Me robaron el dinero para el proyecto de ciencias. Perla dijo que si le decía a alguien, subirían a internet una foto que me tomaron en los vestidores. No sé qué hacer. Me siento tan sola."

Cada palabra era un golpe. Pero la última entrada, escrita con una letra temblorosa y manchada de lágrimas, fue la que rompió algo dentro de mí.

"Hoy me empujaron por las escaleras. Caí y mi brazo duele mucho. Perla me dijo que la próxima vez se asegurarían de que no me levantara. Dijo que sería mejor para todos si yo no existiera. Quizás tiene razón. No quiero ser una carga para Elena y mis papás. Los amo tanto. Perdónenme."

Cerré el diario. La calma que sentí antes se había transformado en un hielo afilado. No había furia, no había gritos. Solo una certeza absoluta y fría como la tumba.

Fui a la habitación de mis padres. Estaban sentados en la oscuridad. Mi padre levantó la vista.

"¿Qué vas a hacer, Elena?" preguntó, su voz sin sorpresas.

"Lo que ustedes debieron haber hecho hace mucho tiempo," respondí.

Mi madre no dijo nada. Solo asintió lentamente, sus ojos reflejando una comprensión antigua y oscura.

Regresé a la habitación de Sofía. Me acerqué a la ventana y miré nuestro jardín. No era un jardín normal. En el centro, bajo la luz de la luna, se alzaban tres árboles de aspecto extraño. Sus troncos eran pálidos, casi blancos, y sus hojas de un rojo tan profundo que parecían estar empapadas de sangre.

Eran los árboles de nuestra familia. Nuestro secreto. El secreto de nuestra belleza y nuestra fuerza. Un secreto que se alimentaba de la injusticia.

Acaricié el vidrio frío de la ventana.

"No te preocupes, Sofía," susurré a la noche. "Voy a hacer que paguen. Cada lágrima. Cada insulto. Cada golpe. Se los devolveré multiplicados por mil. Te lo juro."

Y por primera vez en mucho tiempo, el monstruo dentro de mí sonrió, complacido. Iba a haber una cosecha. Y sería abundante.

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