El silencio en la oficina de Valeria Santander no era la ausencia de sonido, sino una herramienta de poder. En el piso cuarenta y dos de la torre de cristal y acero que dominaba el horizonte financiero de la ciudad, el ruido del tráfico mundano quedaba reducido a un zumbido abstracto, irrelevante. Allí arriba, el aire siempre estaba filtrado, mantenido a una temperatura constante de veinte grados, una frialdad clínica que a Valeria le ayudaba a pensar.
Ella estaba de pie frente al ventanal de piso a techo, observando cómo la ciudad comenzaba a encender sus luces contra el crepúsculo morado. Su reflejo en el cristal le devolvía la imagen que el mundo conocía: una mujer de treinta y cinco años, impecablemente vestida con un traje sastre de seda gris marengo, el cabello oscuro recogido en un moño arquitectónico del que no escapaba ni un solo mechón rebelde. Sus ojos, de un marrón tan oscuro que a menudo parecían negros, eran pozos de calma inescrutable.
Valeria era una fortaleza. Había construido esa reputación ladrillo a ladrillo, caso a caso, destrozando a fiscales arrogantes y negociando acuerdos que dejaban a sus oponentes agradecidos por conservar la camisa. Su especialidad no era la ley; su especialidad era la certeza. Sus clientes no le pagaban tarifas exorbitantes por esperanza, le pagaban por resultados garantizados.
-Señora Santander, el acuerdo de Farmacéutica Delta está firmado. Han capitulado en todas las cláusulas.
Valeria no se giró de inmediato. Dejó que su asistente, Clara, esperara unos segundos. El control del tiempo era otra de sus armas.
-Excelente -dijo finalmente, su voz una suave cadencia de autoridad-. Archívalo y envía la factura final antes de que termine el día. Añade la prima de éxito acordada.
-Sí, señora.
Clara no se movió. Valeria percibió la vacilación en el silencio que siguió, una pequeña grieta en la rutina perfectamente engrasada de su bufete.
-¿Algo más, Clara? -preguntó, girándose lentamente.
Su asistente, una joven eficiente que rara vez mostraba emociones, parecía incómoda. Sostenía una carpeta de cuero negro contra su pecho como si fuera un escudo.
-Ha llegado esto hace diez minutos. Por mensajería privada. El mensajero... no era de ninguna de las empresas habituales. Insistió en que se le entregara en mano inmediatamente.
Valeria extendió la mano, sus dedos largos y cuidados, sin ninguna joya salvo un reloj Cartier de diseño minimalista, tomaron la carpeta. No tenía remitente. El cuero era de una calidad que superaba incluso los estándares de sus clientes habituales; era suave, italiano, y olía débilmente a tabaco de pipa caro y a algo metálico, casi imperceptible.
-Gracias. Puedes retirarte.
Cuando la puerta se cerró con un suave clic, la atmósfera en la oficina cambió sutilmente. La seguridad que Valeria proyectaba, esa armadura impenetrable, pareció adelgazar unos milímetros.
Caminó hacia su escritorio, una vasta superficie de roble macizo totalmente despejada, salvo por una computadora portátil y una pluma estilográfica. Se sentó en su silla ergonómica de diseño, sintiendo cómo el cuero se amoldaba a su espalda tensa.
La victoria de Farmacéutica Delta debería haberle provocado una oleada de satisfacción. Era el tipo de caso complejo, multimillonario, que cimentaba aún más su estatus de intocable. Pero la satisfacción era un lujo que Valeria Santander hacía tiempo que no podía permitirse.
Su mirada se desvió hacia el cajón inferior de su escritorio, el único que siempre mantenía cerrado con llave. Allí dentro no había expedientes confidenciales de clientes, sino su propia soga. Un pequeño dispositivo USB y una libreta de contabilidad que detallaban el error más estúpido y devastador de su vida. La inversión fallida, la desesperación, y el movimiento de capitales que había cruzado la línea de la legalidad para salvarse de la ruina total.
Era una abogada brillante atrapada en una mentira financiera que, si salía a la luz, no solo acabaría con su carrera; la enviaría a prisión. La ironía era tan amarga que le quemaba la garganta. Defendía a criminales de cuello blanco mientras ella misma era una, escondida a plena vista detrás de su prestigio.
El dinero de Delta ayudaría a tapar otro agujero, a ganar un poco más de tiempo, pero la deuda original, la mancha en su historial financiero oculto, seguía ahí, palpitando como una infección bajo la piel.
Volvió su atención a la carpeta de cuero negro sobre su escritorio. Le provocaba una inquietud instintiva, una sensación similar a la que tenía en la corte cuando sabía que el fiscal tenía una prueba sorpresa que no había compartido.
Abrió la carpeta.
Dentro solo había una hoja de papel. No era papel de impresora estándar. Era cartulina gruesa, color crema, con textura de lino. En el centro, impresas en una tipografía elegante y sobria, había solo tres líneas.
Club Ateneo.
Salón Privado 4.
Esta noche, 21:00 horas.
No había firma. No había explicación. Era una citación, no una invitación. Y la falta de nombre era más elocuente que cualquier firma.
El Club Ateneo era un bastión de la vieja élite de la ciudad, un lugar donde los negocios reales se cerraban entre humo de puros y whisky añejo, lejos de las salas de juntas y los registros públicos. Pero incluso el Ateneo tenía sus niveles. Los salones privados eran territorio sagrado, lugares donde la discreción no era una norma, sino una religión.
Y solo había un hombre en la ciudad cuyo poder era tan absoluto que no necesitaba firmar sus órdenes.
Máximo Mendoza.
El nombre resonó en la mente de Valeria como el tañido de una campana fúnebre. Mendoza no era un cliente. Mendoza era una fuerza de la naturaleza, el hombre que movía los hilos invisibles de la ciudad, el "Padrino" en los susurros temerosos de los pasillos judiciales. Su influencia se extendía desde los muelles de carga hasta las oficinas de los senadores.
Valeria había construido su carrera manteniéndose al margen de ese tipo de oscuridad. Defendía fraudes fiscales, malversaciones corporativas, delitos limpios. Nunca sangre. Nunca crimen organizado puro y duro.
Su primer instinto fue rechazarlo. Su agenda estaba llena, su tarifa era inaccesible para una petición no solicitada, su protocolo era estricto. Extendió la mano hacia el teléfono para llamar a Clara y decirle que enviara una nota de rechazo cortés pero firme al Club Ateneo.
Sus dedos se detuvieron a centímetros del auricular.
Su teléfono móvil personal, que descansaba boca abajo sobre el escritorio, vibró una sola vez. No era una llamada. Era un mensaje de texto de un número desconocido.
Valeria le dio la vuelta al teléfono. La pantalla se iluminó. El mensaje no contenía palabras. Era solo una imagen.
El corazón de Valeria se detuvo en seco. El aire acondicionado de la oficina pareció volverse repentinamente ártico, congelando la sangre en sus venas.
La imagen en la pantalla de su teléfono era una fotografía granulada, tomada desde cierta distancia, pero inconfundible. Era ella, hacía tres años, saliendo de un banco en las Islas Caimán. Llevaba gafas de sol y un pañuelo en la cabeza, intentando pasar desapercibida. En su mano, sostenía el maletín que contenía los documentos de la transacción ilegal que había salvado su fachada y condenado su alma.
Nadie sabía de ese viaje. Nadie. Había borrado cada rastro digital, había viajado con un pasaporte secundario. Había sido perfecta.
O eso creía.
El teléfono vibró de nuevo. Un segundo mensaje del mismo número. Esta vez, solo texto.
La puntualidad es una virtud, Sra. Santander.
Valeria miró la tarjeta de lino sobre su escritorio. Luego miró la foto en su teléfono. El mensaje era claro como el cristal. La citación no era una oferta de empleo; era una notificación de que su vida, tal como la conocía, había terminado. Su torre de marfil acababa de ser sitiada.
Levantó la vista hacia la ciudad nocturna, las luces brillando abajo como joyas frías e indiferentes. Por primera vez en una década, Valeria Santander sintió el sabor metálico y corrosivo del miedo puro. Sabía que no tenía elección. Tenía que bajar de su fortaleza y entrar en la boca del lobo, sabiendo perfectamente que el hombre que la esperaba allí ya tenía los dientes clavados en su secreto más oscuro.
Miró su reloj Cartier. Eran las 20:15.
Tenía cuarenta y cinco minutos para prepararse para el juicio más importante de su vida, uno donde no había juez ni jurado, solo un verdugo esperándola en un salón privado.
El trayecto hacia el Club Ateneo fue una borrosidad de luces de neón y semáforos en rojo que Valeria apenas registró. Conducía su sedán alemán con el piloto automático de quien ha memorizado las calles, pero su mente estaba a miles de kilómetros, atrapada en una playa de arena blanca y aguas turquesas que ahora se sentía como una escena del crimen.
El Club Ateneo se alzaba en el distrito histórico, un edificio neoclásico de piedra oscura que parecía absorber la luz de las farolas en lugar de reflejarla. No había letreros llamativos, solo una placa de bronce pulido junto a una puerta de roble macizo. Era un lugar diseñado para excluir, un santuario donde el dinero nuevo no era bienvenido y el poder viejo se sentía como en casa.
Valeria entregó las llaves al valet sin mirarlo a los ojos. El aire de la noche era húmedo, pegándose a su piel, pero ella se ajustó la chaqueta de su traje como si se estuviera colocando una armadura antes de entrar en combate. Sabía que cualquier signo de debilidad, cualquier temblor en las manos o vacilación en la voz, sería detectado al instante. Estaba entrando en la guarida de un depredador, y los depredadores huelen el miedo.
El interior del club olía a cera de abejas, a madera vieja y a una masculinidad rancia y costosa. El vestíbulo estaba desierto, salvo por un conserje de edad indefinida que levantó la vista de un libro de registro encuadernado en cuero.
-Buenas noches -dijo Valeria. Su voz sonó extrañamente fuerte en el silencio acolchado del lugar-. Tengo una cita en el Salón Privado 4.
El conserje no le preguntó su nombre. Ni siquiera parpadeó. Simplemente asintió, como si hubiera estado esperando ese momento exacto desde que nació.
-Por aquí, señora Santander. El señor Mendoza la espera.
Escuchar su nombre en ese entorno, pronunciado por un desconocido que sabía a quién servía, le provocó un escalofrío que recorrió su columna vertebral. Siguió al hombre a través de un pasillo largo, flanqueado por retratos al óleo de hombres severos con patillas largas y miradas de juicio. El sonido de sus tacones sobre las alfombras persas quedaba amortiguado, convirtiéndola en un fantasma en su propia vida.
Llegaron a una puerta de caoba al final del pasillo. El conserje la abrió y se hizo a un lado, invitándola a entrar con un gesto deferente pero firme. Valeria respiró hondo, contuvo el aire durante dos segundos -una vieja técnica para bajar las pulsaciones antes de un alegato final- y cruzó el umbral.
El Salón Privado 4 era más pequeño de lo que esperaba, lo que lo hacía extrañamente íntimo. Las paredes estaban forradas de libros que probablemente nadie leía, y en el centro, bajo la luz ámbar de una lámpara de pie, había dos sillones Chesterfield de cuero color vino y una mesa baja con una botella de cristal tallado.
Máximo Mendoza estaba de pie junto a una chimenea apagada.
No se parecía a la imagen que los medios sensacionalistas intentaban vender. No había cadenas de oro, ni trajes llamativos, ni gestos vulgares. Máximo Mendoza, el hombre que supuestamente controlaba la mitad del flujo de contrabando del país, parecía un diplomático jubilado o un rector de universidad. Vestía un traje de tres piezas de un azul noche impecable, su cabello gris estaba peinado hacia atrás con severidad y sus manos, que sostenían un vaso corto de whisky, eran grandes pero cuidadas.
Lo único que delataba su naturaleza eran sus ojos. Eran de un color gris pálido, casi incoloros, y poseían una inmovilidad reptiliana. Cuando se posaron en Valeria, ella sintió que la escaneaban, despojándola de sus títulos, su reputación y sus defensas, dejándola desnuda frente a la verdad de su propio pecado.
-Valeria -dijo él. No "Señora Santander". Usó su nombre de pila con una familiaridad que era, en sí misma, una transgresión-. Gracias por su puntualidad. Es una cualidad que valoro por encima de muchas otras.
-Señor Mendoza -respondió ella, manteniendo la barbilla alta-. Su... invitación fue difícil de ignorar.
Máximo esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Señaló el sillón vacío frente a él.
-Por favor. ¿Bebe? Es un single malt de treinta años. Muy suave.
-No bebo cuando trabajo -dijo Valeria, permaneciendo de pie. Necesitaba mantener esa pequeña barrera física. Si se sentaba, sentía que estaría aceptando sus reglas.
-¿Está trabajando, Valeria? -preguntó Máximo suavemente, tomando un sorbo de su vaso-. Yo tenía la impresión de que esto era una charla entre dos personas que tienen mucho que perder.
Valeria sintió el golpe. Apretó su bolso contra su costado.
-Vayamos al grano, señor Mendoza. Usted tiene algo que me pertenece. O mejor dicho, tiene información sobre mí. Asumo que el propósito de esta reunión es discutir el precio de su silencio.
Máximo soltó una risa suave, seca como el crujido de hojas muertas.
-Directa. Agresiva. Entiendo por qué gana tantos casos. Pero se equivoca en algo fundamental: yo no quiero su dinero. El dinero es vulgar, Valeria. El dinero se imprime, se lava, se pierde. Lo que yo quiero es talento. Y lealtad.
Caminó lentamente hacia la mesa y dejó el vaso. Luego, con movimientos deliberados, sacó una carpeta delgada de su chaqueta y la dejó sobre la mesa. No era la carpeta de las fotos de las Islas Caimán. Era otra.
-Mi hijo, Gabriel, está en una situación... delicada.
-El caso del asesinato del senador Arriaga -dijo Valeria. Había visto los titulares. Era imposible no haberlos visto. El hijo del jefe de la mafia acusado de matar a un político en ascenso. Un circo mediático-. He leído sobre ello. La fiscalía tiene testigos, huellas y un móvil. Es un caso perdido, señor Mendoza.
-No hay casos perdidos, solo abogados sin imaginación -replicó Máximo, su voz endureciéndose por primera vez-. Gabriel es inocente. No es un santo, Dios sabe que no lo he criado para serlo, pero no es un asesino descuidado. Todo esto es un montaje. Una obra de teatro orquestada por enemigos que no tienen el valor de atacarme directamente, así que van a por lo único que me importa.
Se acercó a Valeria, invadiendo su espacio personal lo suficiente para que ella pudiera oler su colonia: sándalo y algo metálico.
-Necesito a alguien fuera de mi círculo habitual. Mis abogados son buenos para sobornar jueces y ocultar activos, pero este caso se jugará en la opinión pública y en la corte suprema. Necesito a alguien "limpio". Alguien con una reputación intachable de rectitud y éxito. Necesito a la "Dama de Hiero" de los tribunales. La necesito a usted.
Valeria negó con la cabeza, sintiendo que el pánico le arañaba la garganta.
-No puedo hacerlo. Mi bufete no toca casos de sangre. Mi especialidad es financiera. Si tomo este caso, mi reputación se verá comprometida solo por la asociación. Además... -hizo una pausa, buscando la valentía-, no trabajo bajo amenazas.
Máximo la miró con una lástima fingida que fue más aterradora que cualquier grito.
-Valeria, Valeria... Su reputación ya está comprometida. Solo que el mundo aún no lo sabe.
Él se giró y caminó de regreso a la chimenea, dándole la espalda.
-Esa transacción en las Islas Caimán. El desvío de fondos de la cuenta fiduciaria de Inversiones Globales para cubrir la quiebra de la empresa de su padre. Fue un gesto noble, debo admitirlo. Salvar el legado familiar. Pero ilegal. Lavado de dinero, fraude, apropiación indebida. Si envío ese archivo a la Fiscalía General mañana por la mañana, usted no solo perderá su licencia. Irá a la cárcel federal por diez años. ¿Qué pasará con su padre enfermo entonces? ¿Quién pagará sus cuidados?
Valeria sintió que las rodillas le fallaban. Se dejó caer en el sillón de cuero, no por cortesía, sino porque sus piernas ya no podían sostenerla. Él lo sabía todo. No solo el qué, sino el porqué. La enfermedad de su padre, la desesperación, el momento de debilidad.
-¿Qué es lo que quiere? -susurró, su voz rota.
Máximo se giró, su rostro iluminado por las sombras danzantes de la habitación.
-Quiero que defienda a Gabriel. Quiero que use esa mente brillante para desmontar las mentiras de la fiscalía. Quiero que lo traiga a casa. Si lo hace, el archivo de las Caimán desaparecerá. Se quemará hasta ser ceniza. Y además, cubriré los gastos médicos de su padre de por vida, de forma anónima y legal.
Hizo una pausa, dejando que la oferta colgara en el aire.
-Pero si se niega, o si acepta y no pone todo su empeño... entonces la destruiré. Y créame, Valeria, la prisión será el menor de sus problemas.
Valeria miró sus manos entrelazadas en su regazo. Estaban blancas por la presión. No había salida. Era un jaque mate perfecto. Había entrado en esa sala como una abogada prestigiosa y estaba a punto de salir como una empleada de la mafia.
-Necesito ver el expediente -dijo finalmente, levantando la vista. Sus ojos recuperaron un destello de su frialdad habitual. Si iba a caer, caería luchando-. Y necesito hablar con él. Con Gabriel. No defiendo a nadie que no haya mirado a los ojos.
Máximo sonrió. Esta vez, la sonrisa parecía casi genuina.
-Esperaba que dijera eso.
El capo presionó un botón oculto bajo la repisa de la chimenea. Un zumbido eléctrico resonó en la pared del fondo, donde una sección de la estantería de libros se deslizó silenciosamente hacia un lado, revelando no una caja fuerte, sino una puerta de vidrio que daba a una habitación contigua, oscura y en sombras.
-Pensé que querría empezar de inmediato -dijo Máximo, señalando hacia la oscuridad-. No está en la cárcel, Valeria. Pagué una fianza que haría llorar al ministro de economía para mantenerlo bajo arresto domiciliario aquí, bajo mi techo, hasta el juicio.
Valeria se puso de pie, sus piernas aún temblorosas pero obedientes. Caminó hacia la puerta abierta. La habitación contigua estaba apenas iluminada por la luz de la luna que entraba por una ventana alta.
En el centro de la penumbra, sentado en una silla simple, había una figura.
Valeria avanzó un paso más, cruzando el umbral.
-¿Gabriel? -preguntó a la oscuridad.
La figura se movió. El sonido de un encendedor rasgó el silencio, y una pequeña llama iluminó un rostro joven, de rasgos angulosos y una belleza casi dolorosa. Gabriel Rivas acercó la llama a un cigarrillo, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de diversión y algo mucho más peligroso.
Dio una calada profunda, iluminando sus pómulos marcados, y luego exhaló el humo lentamente hacia la dirección de Valeria.
-Así que tú eres la que mi padre compró -dijo Gabriel. Su voz era grave, aterciopelada y cargada de desprecio-. Espero que hayas salido cara, abogada. Porque no tengo ninguna intención de dejarte ganarme este caso.
Valeria se quedó helada. No era el recibimiento de un hombre desesperado por ayuda. Era el desafío de alguien que, inexplicablemente, parecía querer ser condenado.
-¿Disculpa? -logró decir ella.
Gabriel se inclinó hacia adelante, la luz del cigarrillo iluminando una cicatriz fina que cruzaba su ceja izquierda.
-Ya me oíste -susurró, con una sonrisa torcida que prometía problemas-. Vete a casa, Valeria. No tienes idea de en qué te estás metiendo. Yo no maté al senador... pero eso no significa que sea inocente.
El aire en la habitación contigua estaba viciado, cargado con el olor dulce y acre del tabaco caro y una tensión que parecía vibrar en las paredes. Valeria cerró la puerta de vidrio detrás de ella, silenciando la presencia opresiva de Máximo Mendoza en el salón principal, solo para encontrarse encerrada con un peligro diferente.
Gabriel Mendoza no se movió de su silla. Permanecía desparramado con una elegancia indolente, las piernas largas estiradas y una bota de cuero negro golpeando rítmicamente el suelo, como un metrónomo marcando el tiempo de una bomba. La luz de la luna, filtrada a través de las cortinas de terciopelo pesado, cortaba su rostro en dos: una mitad en sombra, la otra revelando una sonrisa que era mitad burla, mitad advertencia.
Valeria ajustó su bolso sobre el hombro, un gesto inconsciente para reafirmar su compostura. No estaba acostumbrada a ser recibida con hostilidad por sus clientes; generalmente, la miraban como a una salvadora. Gabriel la miraba como si fuera un entretenimiento pasajero.
-¿Vas a quedarte ahí parada analizando mi psicología, abogada? -preguntó Gabriel, exhalando una columna de humo hacia el techo-. Te advierto que cobro por hora, igual que tú.
Valeria ignoró la provocación. Caminó hacia la única otra silla disponible en la habitación, una butaca rígida frente a él, y se sentó. Cruzó las piernas, sacó una libreta y una pluma de su bolso, y los colocó sobre sus rodillas con movimientos precisos y deliberados.
-Mi nombre es Valeria Santander -dijo, su tono profesional y frío, diseñado para desarmar emociones-. Y no estás en posición de cobrar nada, Gabriel. Estás en posición de pasar los próximos veinticinco años en una celda de tres por tres metros, compartiendo inodoro con un extraño. Así que sugiero que dejes el cinismo para otro momento.
Gabriel soltó una risa baja y áspera. Se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal que separaba sus sillas. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella con una intensidad perturbadora.
-¿Crees que me asusta la cárcel? -susurró, bajando la voz a un tono confidencial-. He crecido en esta casa, Valeria. He vivido rodeado de guardias, cámaras y muros toda mi vida. La cárcel sería solo un cambio de decoración. Quizás hasta tendría mejores vistas.
Valeria sostuvo su mirada, negándose a parpadear. Pudo ver algo en el fondo de sus pupilas: no era miedo, era hastío. Un aburrimiento profundo y existencial.
-Tu padre ha pagado un precio muy alto por mi tiempo -dijo ella, cambiando de táctica-. Y yo he pagado un precio aún más alto por estar aquí. Así que vamos a hacer esto, te guste o no.
Gabriel apagó el cigarrillo en un cenicero de cristal que ya rebosaba de colillas.
-Mi padre compra todo lo que se rompe -dijo con desdén-. Pero hay cosas que no se pueden arreglar con dinero.
-Déjame ser el juez de eso. -Valeria destapó su pluma-. Hablemos de la noche del 14 de noviembre. El asesinato del senador Ernesto Arriaga. La fiscalía dice que fuiste visto entrando en su suite del Hotel Imperial a las 22:00 horas. Las cámaras de seguridad del pasillo te grabaron. No hay forma de negar que estuviste allí.
-Estuve allí -admitió Gabriel, recostándose de nuevo y cruzando los brazos detrás de la cabeza-. Fui a verlo. Teníamos... negocios.
-¿Qué tipo de negocios tiene el hijo de un jefe del crimen con un senador que basa su campaña en la lucha contra la corrupción?
Gabriel sonrió, una mueca carente de alegría.
-La hipocresía es el negocio más lucrativo del mundo, Valeria. Arriaga era un socio silencioso en varios proyectos de construcción de mi padre. Quería salirse. Tenía miedo de que la prensa husmeara demasiado cerca de sus cuentas en Panamá. Me citó para renegociar su salida.
Valeria anotó rápidamente.
-¿Y qué pasó?
-Llegué. La puerta estaba entreabierta. -Gabriel hizo una pausa. Su mirada se desvió hacia la ventana, perdiendo el foco por un instante-. Entré. Lo llamé. No respondió. Caminé hacia la sala de estar y lo encontré. Estaba en el suelo, junto al minibar. Tenía un agujero en el pecho y otro en la garganta. Había mucha sangre. Demasiada para un político tan limpio.
-¿Lo tocaste? -preguntó Valeria, sintiendo el pulso acelerarse.
-No soy estúpido. -Gabriel volvió a mirarla-. No toqué nada. Me di la vuelta y salí.
-¿Por qué no llamaste a la policía? -insistió ella, aunque sabía la respuesta.
-¿Yo? ¿Llamar a la policía? -Gabriel soltó una carcajada seca-. "Hola, oficial, soy Gabriel Mendoza, acabo de encontrar un cadáver caliente y resulta que mi apellido está en la lista de los más buscados de su comisaría". Seguro que me habrían creído y me habrían ofrecido un té. Salí de allí porque sabía cómo se vería.
Valeria asintió lentamente. La historia era plausible, pero incompleta.
-La policía encontró una huella parcial tuya en el marco de la puerta. Eso te sitúa en la escena. Pero lo que te incrimina es el arma. Una pistola 9mm registrada a nombre de una empresa fantasma vinculada a tu familia fue encontrada en un contenedor de basura a dos cuadras del hotel. Con tus huellas en el cargador.
El silencio que siguió fue denso. Gabriel dejó de mover el pie. Su cuerpo se tensó, la relajación fingida desapareciendo para revelar al animal acorralado que habitaba bajo la piel de seda.
-Eso es imposible -dijo, su voz carente de toda ironía ahora-. Yo no llevo armas. Nunca. Es una regla personal. Odio las armas.
Valeria levantó una ceja, escéptica.
-¿El hijo de Máximo Mendoza odia las armas?
-Las armas son para los cobardes que no saben usar las palabras o los puños -replicó Gabriel con vehemencia-. Nunca he tocado esa pistola. Si mis huellas están en el cargador, alguien las puso ahí.
-¿Quién?
Gabriel se puso de pie bruscamente y comenzó a caminar por la pequeña habitación, como un león enjaulado.
-Eso es lo que tú tienes que averiguar, ¿no? Eres la gran abogada. -Se detuvo frente a ella, mirándola desde arriba. La proximidad era intimidante. Valeria podía ver la textura de su piel, el leve rastro de barba de un día, y oler esa mezcla embriagadora de tabaco y peligro-. Alguien me quiere fuera de juego. O quieren herir a mi padre a través de mí.
Valeria cerró su libreta. Se puso de pie para nivelar, aunque fuera mínimamente, la diferencia de altura.
-Si quieres que te defienda, necesito la verdad completa, Gabriel. No la versión editada. Dijiste que no tomaste nada de la escena. ¿Estás seguro?
Gabriel vaciló. Por primera vez, Valeria vio una grieta en su armadura. Hubo un destello de duda, o quizás de cálculo.
-No tomé nada del senador -dijo lentamente.
-Eso no es lo que pregunté.
Gabriel dio un paso más hacia ella. Estaban tan cerca que Valeria tuvo que reprimir el instinto de retroceder. La tensión entre ellos cambió de frecuencia; ya no era solo un conflicto legal, era algo físico, eléctrico. Él la estaba desafiando, probando sus límites.
-Eres lista -murmuró él, bajando la vista hacia los labios de Valeria antes de volver a sus ojos-. Demasiado lista para tu propio bien. Mi padre te eligió porque cree que puede controlarte. Pero tú no pareces alguien que se deje controlar fácilmente.
-Hago mi trabajo -respondió ella, manteniendo la voz firme aunque el corazón le golpeaba contra las costillas-. Y mi trabajo es sacarte de aquí.
Gabriel metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Valeria se tensó, pero él solo sacó un objeto pequeño y metálico. Lo sostuvo en su puño cerrado.
-Si realmente quieres ganar este caso, Valeria, tienes que entender una cosa: la verdad no te va a liberar. La verdad te va a matar.
-Correré el riesgo.
Gabriel tomó la mano de Valeria. Su tacto era cálido, calloso, inesperadamente suave. Abrió la palma de ella y depositó el objeto frío en su piel. Luego, cerró los dedos de Valeria sobre él.
-No encontré esto en el cuerpo del senador -susurró Gabriel, acercándose a su oído. Su aliento rozó su piel, provocándole un escalofrío involuntario-. Lo encontré debajo del sofá de la suite. Se le cayó al asesino.
Valeria retiró la mano y abrió el puño. En su palma descansaba un gemelo de camisa. Era de oro blanco, con una forma muy distintiva: una cabeza de águila con un pequeño rubí en el ojo.
Lo reconoció al instante. No era una joya comercial. Era una pieza hecha a medida. Y había visto el par idéntico hace menos de una hora.
Levantó la vista hacia Gabriel, con los ojos abiertos de par en par por el shock.
-Esto es...
-Sí -la cortó Gabriel, con una sonrisa triste y amarga-. Pertenece a la mano derecha de mi padre. A su jefe de seguridad. A mi "tío" Silvio.
Valeria sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
-¿Me estás diciendo que un hombre de tu padre mató al senador y te incriminó a ti? ¿Su propio hijo?
-Bienvenida a la familia, abogada -dijo Gabriel, retrocediendo hacia las sombras-. Ahora entiendes por qué te dije que te fueras. Mi padre cree que es una conspiración externa. Si descubre que la traición viene de adentro, de su hombre de confianza... correrá sangre. Y si Silvio descubre que tú tienes eso... -señaló el gemelo en la mano de Valeria-, no llegarás viva al juicio preliminar.
Valeria cerró el puño con fuerza, sintiendo los bordes del águila de oro clavarse en su piel.
-¿Por qué me das esto? -preguntó-. Podrías habérselo dado a tu padre.
-Porque mi padre no me creería. Silvio es como un hermano para él. -Gabriel la miró con una intensidad desarmante-. Tú eres la única extraña aquí. La única pieza que no encaja en el tablero. Y curiosamente, creo que eres la única en quien puedo confiar, aunque mi padre te tenga comprada.
Antes de que Valeria pudiera responder, la puerta de vidrio se abrió. La figura imponente de Máximo Mendoza apareció en el umbral, su silueta recortada contra la luz del salón.
-¿Todo va bien por aquí? -preguntó el capo, su voz suave pero cargada de sospecha mientras sus ojos viajaban de Gabriel a Valeria, y luego a la mano cerrada de ella.
Valeria sintió el peso del gemelo en su mano como si fuera plomo ardiente. Tenía la evidencia que exculpaba a su cliente, pero esa misma evidencia condenaba al círculo íntimo del hombre que amenazaba con destruir su vida.
Se giró hacia Máximo, forzando una sonrisa profesional, y deslizó la mano disimuladamente en el bolsillo de su chaqueta, ocultando el secreto letal.
-Estamos progresando, señor Mendoza -dijo Valeria, sintiendo que acababa de cruzar la línea definitiva-. Estamos progresando.