-¿Un mes? ¿Estás hablando en serio? -dijo Samuel, riéndose.
-Sí. Un mes -respondió Adrián, confiado-. La nueva secretaria será mía.
-¿Y si no? ¿Si te manda al diablo?
-No lo hará. Confía en mí.
Ambos se rieron. Brindaron con whisky. Eran las once de la mañana, pero eso no les importaba.
Adrián se estiró en el sillón. Estaba relajado. Seguro de sí mismo. Como siempre.
-¿Y si te enamoras? -preguntó otro amigo, medio en broma.
Adrián lo miró como si hubiera dicho una estupidez.
-Por favor. El amor no existe. Solo es una buena campaña de marketing.
Mientras tanto, en el pasillo afuera, la puerta del ascensor se abrió.
Valeria Ríos salió con su carpeta en la mano. Tenía nervios, pero caminaba con firmeza. La asistente de Recursos Humanos le sonrió.
-Suerte. Y un consejo: sé eficiente, y no le hables si él no te habla primero.
-Gracias -dijo Valeria, sin saber muy bien si eso era una advertencia o un deseo de buena suerte.
Llegó hasta la puerta de la oficina. Escuchó voces dentro. Y risa. Quiso tocar, pero se quedó quieta al escuchar su nombre.
-La secretaria nueva está buenísima -dijo alguien adentro-. Un mes y cae.
Valeria sintió cómo se le helaba la sangre. Escuchó en silencio. Sintió rabia. Pero respiró hondo. Y decidió algo en ese momento:
No va a ganar.
Tocó la puerta.
-¿Señor Montes?
Silencio.
La puerta se abrió.
Y ahí estaba él. Alto. Impecable. Mirándola como si ya la hubiera ganado.
Valeria sonrió. No con simpatía. Sino como alguien que tiene un plan.
-Soy Valeria Ríos. Su nueva secretaria.
Adrián no dijo nada al principio. Solo la miró de arriba abajo.
Valeria se mantuvo firme. No desvió la mirada. Aunque por dentro tenía mil cosas pasando.
-Pasa -dijo él, al fin.
Ella entró. La oficina era enorme. Piso de mármol, ventanales con vista a toda la ciudad, un escritorio gigante y un sillón de cuero que parecía más caro que su sueldo entero.
-Tu escritorio está ahí afuera. Frente a mi puerta. -Señaló con la mano sin mirarla mucho-. Me gusta el café sin azúcar. Y caliente. Siempre.
-Entendido -respondió ella.
-Tengo reuniones desde las once. Quiero la agenda en cinco minutos.
-Sí, señor Montes.
Él sonrió, apenas.
-No hace falta que me digas "señor". Suena raro viniendo de ti.
-¿Prefiere "jefe"? -preguntó, sin expresión.
Adrián levantó una ceja.
-Montes está bien.
Ella salió de la oficina sin decir más. Caminó hacia su escritorio. Se sentó. Respiró hondo. Abrió la laptop.
Así que este es el juego... Bien. Yo también sé jugar.
A las once en punto, llegó la primera reunión. Ejecutivos, trajes caros, palabras técnicas que Valeria entendía pero no le importaban.
-Valeria -llamó Adrián desde adentro.
Ella entró con la carpeta que había preparado.
-Los datos del tercer trimestre -dijo, y se la entregó.
Uno de los socios la miró de arriba abajo. Otro hizo un chiste sobre "tener mejor vista en la sala".
Adrián no dijo nada. Solo observó.
Valeria fingió no escuchar. Sonrió, profesional. Se dio vuelta y salió.
Al mediodía, fue a la cafetería del edificio. Se sirvió un café.
-Así que tú eres la nueva -dijo una voz a su lado.
Valeria volteó. Un hombre de unos treinta y tantos. Pelo oscuro. Bien vestido. Sonrisa encantadora.
-Depende. ¿Quién pregunta?
-Marcelo Vázquez. CEO de una de las empresas asociadas. Y, por cierto, el archirrival de tu jefe.
Valeria se rió.
-Vaya carta de presentación.
-¿Y tú? ¿Nombre?
-Valeria.
-Valeria... -repitió él, saboreando el nombre-. Suena bien.
-Gracias.
-¿Te gustaría almorzar conmigo algún día?
-¿Por qué? ¿Porque soy nueva? ¿O porque quiero causar problemas?
-Ambas.
Valeria sonrió, divertida. Dio un sorbo a su café.
-Quizás.
Y se fue.
Cuando volvió, Adrián estaba en su oficina, solo. Pero la miró raro cuando entró para dejar unos papeles.
-¿Con quién hablabas abajo?
-¿Perdón?
-En la cafetería. Te vi por la cámara del pasillo.
Valeria parpadeó. ¿Cámaras?
-Con Marcelo Vázquez. Muy simpático, por cierto.
-Tené cuidado con él -dijo Adrián, seco.
-¿Es una orden? -preguntó ella, mirándolo directo.
Él no respondió. Solo se inclinó hacia atrás en su silla.
-¿Te hizo alguna propuesta indecente?
-¿Y si sí?
Adrián apretó la mandíbula. Ella lo notó. Y le encantó.
-Haz tu trabajo. Y no pierdas el foco.
-Lo tengo muy claro, Montes.
Ella salió. Él se quedó solo, mirando la puerta cerrarse.
¿Por qué me molesta que hable con ese idiota?
Esa noche, Valeria se quitó los tacones en su departamento y se dejó caer en el sofá. Estaba agotada. Pero satisfecha.
Sacó su celular y escribió en su bloc de notas:
"Día 1: Él cree que tiene el control. Pero ya empezó a perderlo."
Sonrió.
Esto apenas comienza.
La mañana siguiente, Valeria llegó puntual. Blazer beige, labios rojos. Más elegante que ayer. Más segura también.
Adrián ya estaba en su oficina. La puerta entreabierta. Hablaba por teléfono.
-No, papá. No quiero ir. Ya te lo dije. No me interesa ver a Guillermo ni a sus logros perfectos... -Pausa-. Sí, sí, adiós.
Colgó con fuerza.
Valeria se quedó un segundo quieta, sin querer interrumpir. Luego tocó.
-¿Molesto?
-Ya estás dentro. Supongo que no.
Le entregó la agenda del día.
-A las once, junta con Vázquez Group. Vienen a presentar la nueva propuesta.
-¿Vázquez? ¿Otra vez ese imbécil?
Valeria se encogió de hombros, como si no supiera nada.
-Lo pidió usted mismo la semana pasada.
Él no dijo nada. Solo la miró. Como si buscara algo en su cara.
-¿Lo vas a volver a ver?
-¿Perdón?
-A Marcelo.
-Es un socio. Lo veré si es necesario.
-No pareció muy "negocios" ayer en la cafetería.
Valeria sonrió, sin ganas.
-¿Está insinuando algo?
-Estoy advirtiendo.
-Gracias por su preocupación, señor Montes.
Ella se giró para salir. Él habló antes de que cruzara la puerta.
-No juegues con fuego, Valeria.
Ella se detuvo. No volteó.
-¿Y si el fuego soy yo?
Cerró la puerta tras de sí.
La reunión con Marcelo fue tensa. No por él. Marcelo era encantador. Pero Adrián estaba en modo silencioso, con esa sonrisa falsa que todos sabían que era peligrosa.
Valeria tomó notas. Marcelo la miraba de vez en cuando. Hasta le guiñó un ojo. Ella, profesional, lo ignoró. Pero sabía que Adrián lo había notado.
-¿Les parece si tomamos un descanso de diez minutos? -propuso Marcelo.
Todos asintieron. Algunos salieron por café. Marcelo se acercó a Valeria.
-¿Tienes un minuto?
-Claro.
La llevó a un costado de la sala. Adrián los observaba desde lejos, sin moverse.
-Te ves increíble hoy.
-Gracias.
-Quería invitarte a una gala benéfica este viernes. Va a estar toda la élite. Y sería bueno tener a alguien interesante a mi lado.
Valeria sonrió, pensativa.
-¿Y si digo que sí?
-Entonces me harías la noche.
-Te aviso mañana.
Marcelo se inclinó, como si fuera a decir algo más, pero solo le rozó la mano al despedirse.
Esa noche, Valeria trabajaba en unos informes. Ya todos se habían ido. La oficina estaba en silencio.
Cerró su laptop y se estiró. Fue a la cocina por un café. Al volver, se cruzó con Adrián en el pasillo.
Él también seguía ahí. Corbata floja, mangas remangadas. Cansado.
-¿Seguís trabajando?
-Estaba terminando un informe.
-No tenés que matarte así.
-Tranquilo. Sé lo que hago.
-¿Siempre fuiste así?
-¿Así cómo?
-Tan... desafiante.
Ella sonrió.
-¿Le molesta?
-Me intriga.
Se miraron por un segundo. Largo. Incómodo. Cargado.
-¿Ya decidiste si vas a la gala con Vázquez?
-¿Le interesa?
-Solo quiero saber si tengo que cambiarte el horario del viernes.
-Entonces sí. Voy a ir.
Adrián apretó los labios.
-¿Sabés que él solo te invitó para fastidiarme?
-¿Y usted me está diciendo eso porque le fastidia?
Él se quedó callado. Se acercó un poco. Muy cerca.
-Me molesta que no vea lo que está haciendo.
-¿Y si lo veo perfectamente?
Ella dio un paso hacia atrás.
-Buenas noches, Montes.
Se fue sin mirar atrás.
En el ascensor, sola, Valeria sonrió.
Hoy, gané yo.
Escribió en su bloc de notas:
Día 2: Le duele. Aunque no lo diga, le duele. Perfecto.
Viernes por la noche. Hotel Imperial. Salón de mármol, luces doradas, camareros con bandejas de champán flotando entre empresarios, políticos y modelos.
Valeria llegó de la mano de Marcelo Vázquez. Vestido negro, espalda descubierta, labios color vino. Ni una joya. No le hacían falta.
Adrián ya estaba ahí. En un rincón, con su grupo de siempre. Traje oscuro, copa en mano. Cuando la vio entrar, se quedó quieto. Literalmente. Casi se le cae el vaso.
-¿Estás bien, Montes? -preguntó uno de sus socios.
-Perfectamente.
Mentira.
Valeria parecía de otro mundo. Sonreía, hablaba bajito al oído de Marcelo. Lo tocaba sutilmente en el brazo. Sabía que Adrián la estaba mirando. Y eso lo hacía aún mejor.
-¿Querés algo de tomar? -le preguntó Marcelo.
-Champán, por favor.
Mientras él iba por las copas, Valeria se quedó sola. Y fue ahí cuando Adrián apareció. Como un lobo. Sin anunciarse.
-¿Siempre tan teatral?
-¿Siempre tan pendiente?
-No vine a verte.
-Entonces mirás muy seguido para este lado.
Adrián bajó la vista. Y la subió despacio. Como si la recorriera con los ojos.
-Ese vestido... no es muy "secretaria", ¿no?
-Esta noche no soy tu secretaria.
-¿Ah, no? ¿Quién sos entonces?
-La mujer que va a hacer que te arrepientas de cada palabra dicha.
Adrián sonrió. Esa sonrisa torcida que usaba cuando estaba perdiendo el control.
-¿Te divertís haciéndome esto?
-¿Esto qué?
-Jugar. Probarme.
-No te estoy probando nada, Montes. Ya sé cómo sos.
-¿Y qué ves?
-A alguien que quiere aparentar que no siente. Pero hoy... estás temblando.
Adrián apretó la mandíbula. Dio un paso más. Ella no se movió.
-Te odio -le dijo, bajito.
-No más de lo que te gustó verme entrar esta noche.
Y justo en ese momento, Marcelo regresó.
-Todo bien acá?
Valeria sonrió y le tomó la copa. No miró más a Adrián.
-Perfectamente.
Durante la gala, Adrián no dejaba de seguirla con los ojos. Valeria se reía con Marcelo, bailaba lento con otro ejecutivo, y cada tanto cruzaba una mirada fugaz con él. Una provocación silenciosa.
En un momento, la encontró sola, junto a una columna, viendo su celular.
-Tenés talento para desaparecer -dijo él.
-Y vos para aparecer cuando menos se te espera.
-Marcelo no es para vos.
-¿Y vos sí?
Silencio.
-Tal vez -dijo él.
-Tarde.
Se giró para irse, pero él la detuvo, tomándola del brazo. Suave, pero firme.
-No terminamos de hablar.
-No sé si quiero hablar.
-Entonces escuchá.
La arrastró -sin violencia, pero sin opción- hasta un rincón del salón, más oscuro. Cerca de la terraza.
-Desde que llegaste, no puedo pensar en otra cosa. Y odio esto.
-Buen comienzo.
-No vine a rogarte nada. Pero esto que estás haciendo... me está enloqueciendo.
-¿Y si eso era la idea?
-Lo lograste.
Ella lo miró. Y por primera vez en semanas... no supo qué decir.
Él se acercó más. Peligrosamente cerca.
-Si me besás ahora, no hay vuelta atrás -susurró.
Ella lo miró. Los labios entreabiertos. El corazón golpeando.
Y entonces... sonó el teléfono de él.
Adrián miró la pantalla. Maldijo en voz baja.
-¿No vas a contestar?
-Es mi hermano. Está en la ciudad. Urgente.
Ella se apartó. El hechizo se rompió.
-Vas a tener que decidir, Montes.
-¿Decidir qué?
-Si esto es un juego... o no.
Y sin esperar respuesta, se fue.
Esa noche, ya en su departamento, Valeria se quitó los zapatos y se dejó caer en el sofá. Abrió su bloc de notas:
Día 5: Me quiere. No lo dice. Pero me quiere.
Apagó el celular. Cerró los ojos.
Y por primera vez... no estaba segura de quién llevaba la delantera.
El lunes empezó igual que siempre. Café negro, reuniones eternas y empleados caminando rápido como si los persiguiera el apocalipsis. Pero Adrián... no estaba en su oficina.
Valeria llegó a las nueve en punto. Ordenó los correos, hizo dos llamadas y escribió un recordatorio mental: "No pensar en el casi-beso del viernes". Fracasó a los cinco minutos.
-Buenos días, señorita Ríos -saludó Guillermo Montes, apareciendo de la nada.
Valeria levantó la vista. Se quedó unos segundos en silencio. El parecido era evidente... pero donde Adrián tenía arrogancia, Guillermo tenía calma. Donde Adrián intimidaba, él sonreía.
-¿Nos conocemos?
-No, pero he oído hablar de usted. Soy Guillermo, el hermano mayor de Adrián.
-Ah... claro. Encantada.
-¿Él está en su oficina?
-No ha llegado todavía.
-Vaya. Qué poco profesional de su parte -dijo, con una sonrisa demasiado perfecta.
Valeria forzó una risa. Algo en él no le gustaba. Esa cortesía educada. Esa forma de mirarla como si ya supiera algo que ella no.
-¿Le puedo dejar un mensaje?
-No, ya hablaré con él directamente. Gracias.
Cuando se fue, Valeria se quedó un momento pensando. Marcó el número de Adrián. Correo de voz. Segundo intento. Nada.
Suspiró.
-¿Ahora también vas a desaparecer cuando te conviene?
Reapareció a media mañana. Ojeroso, sin corbata, con el pelo revuelto. Un desastre perfectamente sexy.
-¿Podemos hablar? -le dijo, apenas la vio.
-Claro. ¿Algo importante?
-Guillermo está aquí.
-Ya lo conocí.
Adrián se frotó la cara. Se dejó caer en el sofá de su oficina como si el peso del mundo se le hubiese caído encima.
-¿Qué quiere?
-No lo sé. Parecía... curioso.
-Siempre lo parece. Es parte del encanto.
Valeria se sentó frente a él.
-¿Van mal?
-No vamos. Nunca fuimos. Él es el heredero. Yo soy... el otro.
-¿Creí que eras el CEO?
-Porque él me dejó. Prefiere ser embajador, viajar por el mundo, salir en revistas. Pero sigue volviendo para recordarme que todo esto... era suyo.
-¿Y vos qué hacés?
-Trabajo. Me rompo el alma. Pero a veces siento que sigo compitiendo en una carrera que ya perdí.
Valeria lo miró en silencio. Adrián nunca hablaba así. Era como si algo se hubiese quebrado.
-¿Por qué me contás esto?
-No lo sé. Tal vez porque... me haces sentir distinto.
-¿Distinto cómo?
Él no respondió. Solo la miró.
Ella desvió la mirada. No quería ver lo que estaba empezando a pasar en sus ojos.
Esa tarde, Guillermo volvió. Esta vez, entró directo a la oficina de Adrián sin pedir permiso. Valeria solo lo siguió con la vista. Alcanzó a oír una frase antes de que la puerta se cerrara:
-¿Estás enamorado de tu secretaria?
Congelada.
Media hora después, Adrián salió furioso. La puerta se cerró con un golpe.
-¿Todo bien? -preguntó Valeria.
-No te metas.
Frío. Cortante. Dolido.
Ella no insistió. Pero algo dentro suyo se retorció.
Al final del día, él la llamó. Otra vez.
-¿Podés venir un segundo?
Entró en su oficina. Todo estaba oscuro, salvo la luz del ventanal. Él estaba ahí, con una copa en la mano.
-¿Pasa algo?
-Sí. Pasa que no sé en qué momento esto se me fue de las manos.
Valeria se quedó quieta.
-No estoy acostumbrado a sentirme... pequeño. Pero contigo, a veces me siento exactamente así.
-¿Y eso es bueno o malo?
-Es real. Y lo odio. Pero también... me hace sentir vivo.
Ella dio un paso.
-¿Querés que me aleje?
-No.
-¿Querés que me quede?
-Sí. Pero no sé si puedo darte lo que merecés.
-Tal vez no quiero nada. Tal vez solo quiero entender qué sos cuando nadie te mira.
-¿Y qué ves?
-A un hombre con miedo. Pero también... a alguien que puede aprender a amar, si deja de esconderse.
Él tragó saliva.
-Te juro que me dan ganas de besarte ahora mismo.
-Entonces no lo jures. Hacelo.
Pero no lo hizo.
La miró. Y se giró hacia la ventana.
-No quiero arruinar esto.
Ella se quedó un momento. Después, se acercó por detrás y le rozó la espalda con los dedos.
-Entonces no lo arruines. Solo dejate sentir.
Y se fue.
Esa noche, Valeria anotó:
Día 6: No lo besé. O sí. No con los labios, pero sí con todo lo demás.
Y por primera vez, tuvo miedo.
Miedo de que esa guerra, en realidad... la estuviera perdiendo ella.