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La bailarina de la mafia

La bailarina de la mafia

Autor: : Sarah Shea
Género: Romance
Darío y Mariposa están unidos por el destino, aunque ellos no lo saben. Él es despreocupado y vive ajeno a los asuntos turbios que lo rodean. Ella no sabe lo que es la libertad. El futuro de Darío se torna más incierto cuando, en su despedida de soltero, queda maravillado por una de las bailarinas del club a la que presentan como la Mariposa virgen. Desde que la ve, hace todo lo posible por forzar un encuentro entre ellos y, cuando eso ocurre, la atracción que se crea entre los dos será imposible de apagar. Él no ama a la mujer con la que debe contraer matrimonio y lo único que tiene claro es que quiere salvar a Mariposa a toda costa. Ella es invidente y ni siquiera sabe que vive un secuestro desde niña, no conoce el mundo exterior y menos el amor, hasta que llega Darío para mostrárselo. Una sola noche logra cambiar dos vidas para siempre, un flechazo, un giro en su vida que destapará muchos secretos que jamás deberían haber salido a la luz. Secretos que ya no pueden ignorarse y que harán que sus vidas peligren. Para Darío sería más fácil olvidarse de ella y regresar a su vida tranquila, pero la pasión es mucho más fuerte que cualquier incógnita, traición o razón. ¿Irá a por todo por la mujer a la que ama o el peligro de la nueva situación hará que se aleje? ¿Será Mariposa capaz de confiar en él cuando descubra que es el hijo de la persona que la secuestró?

Capítulo 1 Prefacio

Los focos anunciaron el comienzo del espectáculo y la incitante música

avivó el deseo de los espectadores por las bailarinas. Mariposa era la atracción principal, la guinda del pastel para encender la lujuria y la tentación en el Club Paraíso.

Como cada noche, desde que su belleza se hizo eco, se dejó maquillar las alas de una mariposa en el rostro de una forma estratégica para ocultar sus ojos tras ella. Con elegancia y gesto altivo caminó hacia el escenario sin necesidad de ayuda, conocía el lugar como la palma de la mano. El olor impregnado en el ambiente a tabaco, lascivia y alcohol era lo único que conocía. No necesitaba abrir los párpados para visualizar lo que los demás veían con un sentido que a ella le había sido negado. Tenía memorizado cada paso que necesitaba para posicionarse frente al público; una vez que se encontró junto al pasillo, escuchó como uno de sus compañeros la presentaba. Respiró profundo y mostró una sonrisa que se alargaba hasta entrecerrar los ojos.

Cada noche escuchaba quejarse a las mujeres que trabajaban allí. Odiaban a los hombres que buscaban sus atenciones. Ella nunca pudo comprender aquella inquina. Vivía presa de una ilusión que la protegía de cualquier contacto con el exterior. Bailar era su vida y las miradas que le regalaban su visión. No podía saber qué se sentía al ver la luz, pero en cada contoneo de su cuerpo podía imaginarse brillar en el interior de la oscuridad.

Capítulo 2 Comienza el Show

A los veinticinco años Mariposa no había probado otra cama diferente a la de su habitación. Conocía cada parte de ella por la cantidad de veces que había tropezado con algún mueble. Había vivido bajo aquel techo desde su nacimiento. Roxana, su madre, tenía una persona encargada de ella la mayor parte del día. Susana, que siempre fue su niñera, se había desvivido cuidándola desde que tenía recuerdos. Debía tener unos cuarenta años, o eso era lo que la mujer siempre decía.

Lo único que conocía de su apariencia era lo que descubría trazando el camino de la fisonomía con sus manos. A veces la dejaba acariciarle el rostro, tocar con la yema de los dedos el contorno de la cara, mientras se enredaba en el cabello imaginando la longitud. Por los abrazos que se dieron conocía su silueta como si lograra visualizarla. A pesar de eso, lo único que tenía de la mujer que la cuidaba y, que a veces sentía que amaba más que a su propia madre, era una imagen difusa en su mente.

Nunca podría visualizar el mundo a su alrededor, pero ese hecho no le causaba tristeza. Era ciega desde su nacimiento y no podía extrañar lo que siempre le había sido negado. Su vida era aquella habitación y el recorrido de cada lugar del burdel donde vivía.

«Muchas veces pregunté qué significaba esa palabra. Según mi madre es un bar de espectáculos donde las mujeres hermosas brillan como estrellas cada noche. Ella siempre dice que soy la que ilumina la sala con mi presencia a pesar de mis defectos».

Una sonrisa se mostró en el rostro al recordar las únicas palabras amorosas que recibió de ella. Las mismas que repetía antes de salir a bailar. Siempre fue una niña curiosa; por algún motivo que nunca llegó a entender la mantenían alejada del mundo exterior. Su única compañía era Susana.

Fue al cumplir la mayoría de edad que comenzó con el trabajo nocturno. Roxana, como regalo por su decimoctavo cumpleaños, le obsequió una simple frase: «Debes comenzar a ser rentable, tu manutención todos estos años tiene un costo». Horas después, al caer la noche, su cuidadora la ayudó a vestirse con una ropa a la que no estaba acostumbrada. La falta de tela sobre el cuerpo la abrumó y comenzó a sentir miedo. Sin embargo, ese terror a lo desconocido no impidió dejarse pintar sobre el rostro las alas de una mariposa.

Recordaba el momento como si lo estuviese viviendo en ese instante.

-Su-Susi, ¿qué haces sobre mi cara? -intentó que no notara el temblor en su voz.

-Calla, niña, deja de quejarte. Es maquillaje, si vas a salir frente al público quiero que te veas como las más hermosa; como lo que eres, una mariposa con miedo a desplegar tus alas y volar con libertad.

Nunca entendió aquellas palabras, a veces sentía que la mujer que acompañaba sus días guardaba muchos secretos.

-Mariposa... como mi nombre, ¿por qué mi madre me llamaría así?

-Te llamó así porque eres igual de hermosa y frágil que una de ellas, porque su deseo fue que volaras lejos y tuvieses la vida que siempre soñó para ti. Por desgracia no era esta.

¿Cómo podría volar si ni siquiera podía ver? ¿Si su vida hasta unos años atrás había sido las cuatro paredes de su habitación? Una habitación que siempre se mantenía cerrada para no dañarse dándose golpes con cada mueble. Mariposa nunca se quejó, comprendía que esa vida era la adecuada para una niña como ella, una que nació defectuosa.

«¿Por qué mi madre no podría quererme como lo hace Susana? Creo que me detesta, desde que comencé a bailar parece cuidarme más. Me trae ropa y joyas para adornarme en las noches, quiere que me vea hermosa. Cuando me trata con cariño me hace sentir orgullosa de mí misma».

El ruido de la puerta al abrirse llamó su atención y provocó que escapara de los recuerdos. Dirigió el rostro hacia el sonido de los pasos como si lograra ver; no hacía falta preguntar quién era, el perfume de la cuidadora inundó cada lugar en sus fosas nasales.

-¡Hola, Susi!, ¿por qué tardaste tanto en llegar? -La sintió sentarse junto a ella y la suavidad de su tacto acarició su mejilla.

-Lo siento, estaba discutiendo algunas cosas con Roxana -el tono de su voz fue amargo.

-¿Discutiste con mi madre? -preguntó aun sabiendo lo evidente.

-No, cariño. Solo tuvimos algunas diferencias, ya sabes que no pensamos igual.

-No me mientas, te conozco, estás molesta. -La escuchó reír, tocó los labios y se encontró con la comisura arqueada.

-Ya eres una mujer adulta y no puedo engañarte, eres muy inteligente. -El sonido de un suspiro frustrado le indicó que sus teorías eran ciertas.

-Mentir es algo muy feo; me enseñaste que la mentira solo traía graves consecuencias, ¿por qué lo haces tú? -La habitación se embriagó con el silencio y buscó la mano de la cuidadora para sujetarla entre las suyas.

-A veces no queda otro remedio que engañar por supervivencia propia, otras por la de las personas que amas, o tan solo por no dañar. Quiero pensar que no todas las mentiras son igual de malas; las hay piadosas, mi pequeña.

Mariposa negó con la cabeza.

-Deja de intentar confundirme, ¿son malas o no? -reprochó, molesta.

-Bueno... quizá solo son malas si te descubren. -Susana comenzó a reír, siempre intentaba bromear con ella-. Ahora vamos a arreglarte, hoy tu trabajo se alargará un poco más.

-¡¿De verdad?! -gritó eufórica y a la vez confundida por el tono de voz que usó su acompañante.

-Mari, eres tan inocente. Roxi quiere que, al terminar tu show sobre el escenario, la Mariposa virgen continúe bailando en las salas privadas. ¿Comprendes lo que eso significa? Tranquila, nadie podrá tocarte. Son cuartos acristalados donde los hombres entran a mirar de una forma más íntima.

La voz melosa de Susana daba a entender que quería tranquilizarla, a pesar de que no se escuchó creíble.

-¿Por qué habría de estar nerviosa? -Esbozó una sonrisa y se olvidó de sus malos pensamientos-. Estoy emocionada, me encanta bailar y saber que hay personas que me ven, aunque yo no pueda hacerlo. Además, me aburro mucho, siempre estoy encerrada en la habitación.

-Hay tanta vida ahí fuera, tanto que no conoces -de nuevo la voz de Susana se tornó apagada y con un aire de tristeza.

«¿Por qué me dice eso? Sabe que mi lugar es aquí, siempre insiste en mencionarme la libertad, ¿por qué querría salir a un mundo donde piensan que no valgo nada? Mi madre lo repite una y otra vez, este es mi hogar y aquí nadie me hará daño. Susi dice que me ama, pero a veces siento que no quiere verme feliz».

Se dejó vestir con la ropa que escogió para ella y se mantuvo en silencio mientras peinaban su cabello y la maquillaban como cada noche. Una vez que estuvo lista se despidió de su acompañante con un beso en la mejilla y salió con cuidado. A verla marchar nadie podría intuir que era invidente. Se movía con gracia y una elegancia digna de una reina, mientras todo estuviese colocado en el lugar de siempre no tropezaría.

Unos minutos después llegó al escenario, se detuvo junto a la cortina y la voz de un compañero de trabajo llamó su atención.

-Mariposa, ¿estás lista? Bueno qué más da. Sales en cinco minutos, mueve ese culito, preciosa. -El hombre palmeó su trasero con demasiada confianza.

Se ruborizó ante el contacto y se quedó rígida por unos segundos. Mario era una contratación reciente, los empleados más antiguos sabían que debían evitarla. Cada vez que intentaba tener una conversación siempre huían. Unos años atrás escuchó a una mujer decir que, su madre, les tenía prohibido socializar con ella. Fue la primera vez que se enfrentó a Roxana, le gustaba sentirse protegida, pero deseaba tener amigas. Como por arte de un hechizo aquella joven se desvaneció, nunca volvió a saber de ella. El sexto sentido le gritaba que era más seguro mantenerse en silencio y que, tras todo lo que la rodeaba, se tejía una tela de araña demasiado enredada en mentiras.

La música comenzó a sonar, el telón se abrió frente a ella y provocó una brisa en el rostro; esbozó su mejor sonrisa y se adentró en el escenario.

*******

Darío se encontraba acompañado de su amigo Oscar, el mismo que no había dejado de recordarle que al día siguiente sería su boda. Si había salido era porque no quería pensarlo.

-Darío, ¿puedes darte prisa? Vamos a celebrar tu despedida por todo lo alto. -Bajó del auto y observó el lugar donde lo había llevado su mejor amigo.

«¡Maldita sea! Celebrar mi despedida de soltero en uno de los negocios de mi madre, ¿qué otra cosa podría ser peor?».

No era ajeno al modo de vida de su progenitora. Se mantenía al margen de todo lo ilegal que ella hacía esperando que, si algún día los asuntos turbios en los que se veía envuelta explotaban en su rostro, no se viera afectado. Ambos tenían una relación de amor odio algo especial. Le agradecía todos los lujos en los que había sido criado; la educación que le dio, pero obligarlo a casarse con alguien a quien detestaba solo por un acuerdo de negocios... era llegar demasiado lejos.

Tener que vivir atado a una mujer no era algo que se hubiera planteado tan pronto, pero vivir atado a una que odiaba y que no le provocaba ni la más mínima atracción, lo tenía al borde del colapso nervioso. Su madre no aceptaba un «no» como respuesta y para colmo sabía convencerlo. Que lo amenazara con dejarlo en la indigencia fue muy eficaz, tanto como para provocar que se arrodillara ante la arpía y le propusiera matrimonio. Era irónico que su amigo lo trajera a aquel lugar a vivir la última noche de soltería, o como él lo llamaba: «La noche antes de tu muerte».

Nadie sabía de los negocios sucios de su madre, solía mantenerlos ocultos bajo otros legales que no daban muchos beneficios. Por eso se abstenía de contar a sus conocidos que la mujer que lo trajo al mundo era una proxeneta.

Estaba casi seguro de que en los locales trabajaban personas que no se prostituían por amor al arte. Muchas veces se planteó que ella fuera una de las jefas de las redes de corrupción de trata de blancas, pero tampoco hizo nada por salir de dudas. Era su última noche de felicidad antes de firmar el contrato que lo llevaría preso con una mujer. Se iba a divertir sin pensar en el lugar en el que se encontraba. Quizá podría desfogar sus ganas con alguna de las prostitutas. Sabía que la dueña solo buscaba lo mejor para los clientes.

Se adentró al local junto a Oscar, mientras agradecía haber sido siempre prudente y no haberse rozado por allí más que en un par de ocasiones, así los empleados no lo reconocerían como el hijo de la jefa.

Una fina tela roja dividía el paso desde el pasillo oscuro, al lugar de donde provenían los incesantes ruidos. La música sonaba impidiendo cualquier conversación calmada, a lo que había que agregar los silbidos de los hombres y algunos gritos obscenos. Al pasar la cortina, un pasillo en forma de L trazaba el camino al interior. El escenario se encontraba a su derecha y ardía en deseos por verlo. Sin embargo, un detalle llamó su atención; frente a él se divisaba un cartel con una preciosa chica de tez blanca. Poseía un cabello tan oscuro que parecía engullir las partículas de luz y le caía en ondas azabaches hasta la cintura. Unos intensos ojos azules tan claros que parecían irreales, se difuminaban tras el maquillaje de una mariposa. La mujer de la pintura era poseedora de unos labios carnosos, rojos como la fruta prohibida del paraíso. Tan solo con divisarlos se le antojaba morderlos sin dejar nada de ellos. Tenía una figura esbelta, pero a la vez cargada de unas llamativas curvas que lo dejó embelesado. Oscar tiró de su brazo y lo obligó a seguir el camino.

-La llaman la Mariposa virgen, es la atracción de lugar. Dicen que nunca la tocó un hombre, pero lo dudo mucho. La vi bailar y tal como se mueve esa mujer es un pecado.

-Pecado...-repitió la palabra con una sonrisa-. No me importaría caer en todas sus tentaciones.

Oscar comenzó a reír de una forma perversa. Por la mirada que tenía podía percatarse de que su amigo deseaba perderse entre los brazos de una, o varias de las mujeres que frecuentaban el club.

-Entonces muévete, el espectáculo ya comenzó.

Lo siguió sin poner objeciones, él tenía las mismas ganas de divertirse y olvidar la tragedia que viviría al día siguiente. Al cruzar la esquina llegó a su visión el escenario y, sobre él, el argumento de todas sus fantasías contorsionando el cuerpo con una pasmosa habilidad. La miró, y no pudo hacer más que olvidar todo a su alrededor. Aquella mujer se fundía con la música, y bailaba de tal modo que podía subyugar a quien se atreviese a obtener uno solo de sus favores. Casi como si se tratara de una diosa entre mortales.

Capítulo 3 Últimas horas

-Estás ebrio, Darío; ya escuchaste al de seguridad, o te comportas o nos sacan de aquí. Y no sé tú, pero lo que es mi entrepierna quiere quedarse un rato más -protestó Oscar.

-No me importa, quiero mi despedida de soltero y la quiero ahora.

Sabía muy bien que si seguía con aquel comportamiento acabarían echándolos del local de su propia madre. Y tendría que callar, a no ser que quisiera descubrir los negocios de la que se presentaba como una señora intachable. Tenía muy claro que al día siguiente sería un hombre casado. Ese hecho lo sentía como una soga en el cuello que se tensaba a cada minuto que iba transcurriendo. Y, aunque quisiera evitarlo, cada mujer que se acercaba y se sentaba en su regazo con coquetería, acababa por recordarle a la serpiente venenosa con la que tendría que desposarse.

-Hay mujeres muy bellas, escoge a una y disfruta. Ya te dijeron que la Mariposita tiene la noche cubierta, no puedes pretender llegar el primer día y ser el primero en la lista para los bailes privados.

Miró a Oscar con la necesidad de golpearlo a pesar de saber que tenía razón. Era consciente de que la mujer parecía ser la más solicitada, pero era su noche y no una cualquiera. Eran las pocas horas que le quedaban, la última sombra de vida antes de morir en agonía. Una vez que su destino se hiciese cierto, tendría que despertar cada mañana viendo el rostro de una arpía viciosa, la misma que poseía una lengua de doble filo capaz de asesinar con sus palabras. De ella llegaba a molestarte hasta la tonalidad del cabello rubio, uno que presumía ser natural, cuando a la vista estaba que era una mala decoloración. El pequeño cuerpo sin forma y los ojos rasgados, lo torturaban con solo imaginar tener que cumplir con el deber de marido. Cada vez que lo observaba, nunca sabía si estaba cerrando los ojos o lo miraba con gesto inquisitivo. No tenía nada en contra de las mujeres asiáticas, pero aquella era una que no soportaba. Aratani era y sería siempre su peor pesadilla.

Kazuki -su padre-, era uno de los socios de Roxana. Provenía de Japón y, por lo poco que lo había tratado, era un hombre narcisista y con una afición poco sana por controlar todo. Casi podía creer con total seguridad, que se trataba de un mafioso dedicado a los mismos negocios turbios que su progenitora. Parecía caer de la cama cada mañana vestido como un muñeco de pastel de boda, sin un ápice de sonrisa en el semblante y con un porte que destilaba amenaza. La primera vez que lo vio se percató de quien había ganado en la repartición genética, su adorada hija era tan odiosa como él.

-No quiero otra, la necesito a ella. Todas tienen esa mirada de: te voy hacer ver el cielo para después abrirte en canal, sacarte los órganos y hacerme un Bloody Mary con tu sangre.

Oscar dejó escapar una carcajada. Sería su mejor amigo, pero en aquellos momentos verlo reírse de su desgracia, le provocaba tomarlo del cabello y estamparle el rostro contra la mesa.

-Dices lo mismo de Aratani, ahora resulta que la ves en todas las mujeres. Me alegro que comiences a aceptar el destino y ames a tu futura esposa -se burló-. Aun no entiendo por qué te casas, ni por qué tu madre se empeña en joderte la vida. Igual, tu futura esposa, es una mujer que no cualquiera puede domar.

El tema de Roxana no era algo a lo que estuviera dispuesto a enfrentarse. De cierta manera amaba a su madre, pero ni su propio esposo se había quedado junto a ella. Era obsesiva, una líder nata. En su compañía cualquier hombre llegaba a sentirse castrado, siempre se las apañaba para tratar a las demás personas como marionetas. Por su culpa, cuando era pequeño, llegó a odiar a su padre con todas sus fuerzas.

«¿Qué niño no odiaría a un padre ausente? Uno del que solo conozco su rostro por una antigua foto que tiene junto a mi madre. Y no porque ella me la mostrara, lo único que sé de él es su nombre, y para mi continua desgracia me bautizaron con el mismo. Mi madre nunca se molestó en hablarme del hombre que provocó mi nacimiento, cada vez que intenté sacar algo en claro ella se marchaba». Por la falta de información siempre había idealizado al hombre que lo abandonó, cuando era un niño creía que aparecería en cualquier momento y lo llenaría de cariño. Pero al ponerle rostro y leer tras la fotografía el nombre de Darío y Roxana, algo se rompió en su interior. Era real, tanto como el parecido entre ambos. Y, a pesar de heredar sus genes, saberse abandonado lo hizo odiarlo. Incluso llegó a prometerse a sí mismo que al ser adulto lo buscaría y le haría pagar su ausencia. Por mucho tiempo su propio reflejo frente al espejo lo llegó a molestar.

Roxana nunca fue una madre amorosa, tampoco se desvivía en atenciones ni le dedicaba tiempo. Era la frialdad hecha humano, un tempano de hielo que cobró vida por algún hechizo. Sin embargo, en las contadas ocasiones que vio amor dibujado en su mirada, fue cuando le dedicó unas palabras que aborrecía: Eres igual a él. «¡Y vaya si lo soy!».

No podía quejarse de atractivo y buen porte. El tono tostado de su piel, y la penetrante mirada de ojos oscuros adornada con unas pestañas largas y curvilíneas, le habían abierto las puertas de muchos cielos femeninos. El cabello oscuro al que acompañaban un remolino indomable en la zona trasera de la cabeza, le daba a su despuntado estilo, el toque justo para hacerlo parecer travieso. Era más alto que la media y le gustaba tornear el cuerpo pasando varias horas en el gimnasio. Su apariencia había sido el recordatorio constante de una procedencia casi desconocida. Una que lo había molestado desde siempre, porque al crecer en ambientes selectos y carecer de figura paterna, tuvo que sufrir los incesantes comentarios sobre ser adoptado. Sus compañeros de escuela argumentaban que lo más probable era que proviniese de una familia humilde, una con una impetuosa necesidad por deshacerse de él. Y la cruel realidad era que no podía negar la evidencia, había que estar ciego para no ver que su madre y él, eran la luna y el sol. La procedencia de Roxana era rusa y, a pesar de ser una belleza, era una preciosidad inerte. No poseía calidez humana, la palidez de su piel podría provocar que la confundiesen con un cadáver.

«A veces pienso que mi padre la embarazó metiéndole un palo de hielo en el trasero».

Para su suerte, no le hacía falta ver el acta de nacimiento para cerciorarse de sus orígenes. A los veintiséis años tenía superada la infancia, o eso era lo que decía siempre para no aceptar lo mucho que le dolía su crecimiento junto a una madre de aquellas características y un padre casi fantasmal.

Eran las cinco de la mañana cuando se disponía a terminar el fondo de la última copa, observó a Oscar que se encontraba muy bien acompañado. Una de las bailarinas retozaba sobre él, no parecía incomodarla que su amigo sujetara uno de los pechos como si quisiera llevárselo a casa. Las actuaciones públicas cesaron y el local se había convertido en un centro de lujuria y descontrol. No importaba el lugar a donde dirigiera la vista, en cada rincón había hombres dedicados a sucumbir a los más bajos instintos. Parecían no tener pudor y sus acompañantes les seguían el juego con una sonrisa.

«¿Acaso están tan ebrios que no les importa exhibirse de esa forma?».

No tenía nada en contra de ellos, pero creía que había momentos que eran privados. Y el sexo en aquellas paredes parecía convertirse en algo sucio, vergonzoso y prohibido. Quizá por ese motivo se había dejado hechizar por la mujer que tenía el cielo en la mirada, bailaba ajena al público, absorta en los movimientos sin importarle los gritos que le proferían. Había conseguido averiguar un poco sobre ella invitando a algunas copas y socializando con la gente, pero no lograba creer del todo que alguien de sus características y trabajando en un lugar como aquel lograra mantenerse pura. Estaba casi seguro de que era una estrategia comercial de su madre. Un bulo para hacer soñar a los ingenuos y desesperados con una mujer así, provocando que reincidieran cada noche en busca de una ilusión con una diosa demasiado perfecta para codearse con los pecadores mortales.

Quizás el alcohol comenzaba a hacer estragos además de en el sentido del equilibrio, en sus pensamientos. Pero cuanto más observaba los carteles de esa mujer, más sentía un magnetismo hacia ella que le provocaba hacer cualquier locura con tal de obtener unas migajas de su atención, así fuese una mirada.

Aun en su deplorable estado conocía el lugar, podía ser por suerte u obra divina, pero consiguió pasar desapercibido ante los miembros de seguridad y se las ingenió para adentrarse tras el escenario. Esperaba que Roxana no se encontrara allí, si lo veía pondría el grito en el cielo. Se ganaría un sermón y le echaría en cara lo descuidado que era con su futura esposa. Le parecía escucharla decirle que debería estar acostado en la cama y no ebrio a unas horas de unir su vida a la arpía.

Sacudió la cabeza intentando que la imagen de Aratani desapareciera. Miró a ambos lados con disimulo y se adentró en el pasillo. Aquel era muy distinto al que daba a las habitaciones que pagaban los clientes por compañía más privada. Por el aspecto parecía ser el lugar destinado para el personal que trabajaba allí. El único techo que, según Roxana, les cedía de forma amable ya que no tenían otro lugar a donde ir.

«Puede que sí tuviesen alguno antes de ir a parar a este antro, quizá no trabajen aquí por voluntad propia». Aquella idea siempre le había rondado la mente, cuando alcanzó la madurez pudo ver a su madre desde un punto de vista más objetivo, pero no era capaz de hacer algo en su contra.

Una mujer habló a su lado, el tono de su voz irradiaba sensualidad y eso lo hizo detenerse.

-¿Qué haces aquí, guapo?

El humo de un cigarro se paseó por su rostro. Entrecerró los ojos por unos momentos, mientras los oídos se impregnaban por la estridente voz de la fémina que se encontraba parada frente a él. La miró recorriendo cada una de las curvas que exponía, deteniéndose en las partes más femeninas. Estaba ebrio y no había tenido la necesidad en su vida de acudir a esos servicios, pero no era ciego. La escasa tela no le pasó desapercibida, así que sonrió con coquetería.

-¿Te han dicho alguna vez lo bonita que eres? -las palabras se deslizaron con seguridad a pesar del estado en que se encontraba.

-A diario. -Torció los labios en una sonrisa burlona-. Si quieres algo de las chicas debes concertarlo fuera, este lugar no es para clientes.

Exhaló el aire molesto, era más difícil llegar a esa pequeña Mariposa que al mismo presidente.

-Quiero un baile privado. -Paseó el dedo índice por el hombro desnudo de la joven sin dejar de mirarla a los ojos.

-Si quieres, mi turno acaba de terminar, pero por hacer horas extras te va a salir caro.

La mujer tenía belleza y, tras pensar en el rostro de la que sería su esposa necesitaba algo que lo hiciera olvidar, así fuese por unos minutos.

-Puedo pagarte, linda. -Rozó con la lengua el labio inferior como si saboreara lo que la joven podía ofrecerle-. Si supieras quien soy, lo harías gratis.

En cuanto recobró el sentido común quiso golpearse por decir aquellas palabras. La chica lo miró con desconfianza, pero le indicó que la siguiera. Caminaron tomando una desviación y conforme más se alejaban los ruidos del bar se perdían en la lejanía.

-Ven, pasa por aquí; si los de seguridad te ven entrando a la zona de clientes por el área del personal te sacarán a patadas. No queremos eso, ¿verdad? -Le guiñó un ojo y colocó la mano sobre la espalda desnuda antes de contestar.

-Puedes apostar que no.

Caminó tras ella observando el cabello rojizo, luchando contra el deseo de enredar uno de los dedos en las hebras y arrancarle la peluca. «Debo decirle a mi madre que les compre algo más natural, me dan ganas de hacerme un plumero con su cabello».

Pasaron por varias habitaciones que se encontraban ocupadas, el tono bermellón de las paredes del pasillo junto a algunos cuadros con pinturas obscenas, recargaban la casi inexistente decoración. Era la segunda vez que pasaba por ese espacio, las pocas veces que había entrado al club siempre fue directo al despacho de su madre. Recordó que una de las veces se perdió terminando en ese mismo lugar, pero lo sacaron sin darle tiempo a ver nada.

-¡Ay, cuidado! -su acompañante gritó cuando chocó con ella por encontrarse distraído.

-Lo siento, ¿te hice daño? -La vio negar con la cabeza.

-Espero que ahí dentro se te quite lo despistado. -Sonrió de un modo que le pareció falso y bajó el tono a un susurro-. Tampoco habrá diferencia, siempre me toca fingir los orgasmos.

-¡¿Cómo?! -preguntó molesto.

-Nada, que aquí hay una habitación vacía.

Había escuchado con claridad cada palabra, y cuanto más tiempo pasaba en su compañía, se percataba con más rapidez de que se había dejado seducir por la escasa vestimenta. Si pasaba las últimas horas de libertad con ella, sería otra mentira en su vida. La usaría para satisfacción personal aun sabiendo que ella, solo querría terminar cuanto antes y que le pagara. Esa mujer era justo de lo que había estado huyendo toda la noche.

Comenzaba a dudar de los motivos que lo habían llevado allí y odiaba a su amigo por convencerlo. No encontraría la salvación en esas paredes y menos el amor de su vida. Además, si lo encontraba tan solo le serviría para sufrir. Deseaba poder encauzar el camino con una muchacha que lo viese con cariño, pero ese pensamiento solo lo torturaba. Su propia madre le había negado ese derecho. Aún era joven para atarse de ese modo a otra persona, no estaba preparado para el matrimonio, ni siquiera había vivido un enamoramiento real. Quizá tuvo algún capricho adolescente, pero nada tan fuerte como para dar todo por otra persona.

La mano de la pelirroja sujetó su brazo indicándole que pasara, pero tan solo con sentir el roce se quedó estático. Un par de puertas a la derecha de donde se encontraba, una chica salió palpando el muro. Sonrió al pensar que no solo los clientes bebían de más, la pequeña de cabello oscuro parecía no saber ni por donde caminaba. La vio seguir en línea recta hasta chocar con la pared que tenía frente a ella, se tambaleó mareada y cayó sentada en el suelo con torpeza. La risa exagerada de su acompañante resonó a su espalda, al parecer le resultaba en extremo gracioso el incidente.

Eso le hizo sentir molesto, se suponía que eran compañeras de trabajo y, sin embargo, en vez de ayudarla se regocijaba. Sin dirigirle la mirada caminó todo lo seguro que su estado le permitía, y se acercó a la joven que no parecía tener intención de levantarse. Había flexionado las piernas y ocultaba el rostro entre las rodillas. En el momento que estuvo frente a ella se agachó para quedar a su altura, y sin pararse a pensar en lo que hacía, paseó la mano por el cabello y lo acarició enredándose en su suavidad.

La joven se tensó, alzó el rostro como si buscara la procedencia de la caricia; se encontraba frente a ella, pero parecía como si no pudiese verlo. Nervioso tiró del cabello que tenía enredado entre los dedos y ella dirigió el rostro hacia la mano dejando al descubierto su fisionomía.

Al descubrir el trabajado maquillaje formando una mariposa sobre la piel, comenzó a sonreír con el corazón acelerado. La diosa seguía siendo hermosa al verla tan cercana, pero ya no parecía tal regia e invulnerable, más bien todo lo contrario. Y eso no hizo más que aumentar el deseo que sintió nada más verla, incluso a tal punto de quedarse mudo.

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