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La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar

La chica gordita que el CEO invalidó no quería amar

Autor: : L.alejandra
Género: Aventura
Aurora creía tenerlo todo: un futuro, un amor y una vida cuidadosamente planeada. Hasta que una noche, un pastel en el rostro de su prometido y una verdad dolorosa lo destruyeron todo. Con su mundo desmoronándose y el peso de una deuda imposible de pagar, Aurora se ve obligada a aceptar una propuesta desesperada: convertirse en la esposa temporal de Damián. Él es un hombre marcado por el destino, un CEO que ha convertido su silla de ruedas en una fortaleza y su viñedo en un refugio donde nadie es bienvenido. Damián ha jurado no permitir que nadie más se acerque a su corazón, convencido de que su vida es una amargura que nadie debería compartir. Es un contrato de un año. Una farsa para el mundo exterior. Sin embargo, cuando la vitalidad y la pasión de Aurora chocan contra el muro de frialdad de Damián, las reglas del juego comienzan a cambiar. Entre platos que despiertan sentidos dormidos, silencios cargados de tensión y secretos que amenazan con salir a la luz, ambos descubrirán que el corazón tiene sus propias leyes. ¿Podrá Aurora derretir el hielo de un hombre que se niega a ser amado? ¿O será el contrato la pieza que termine de romperlos a ambos? En un lugar donde el vino madura con el tiempo, ellos aprenderán que, a veces, el amor es el sabor más difícil de digerir.

Capítulo 1 El sabor de la traición y el precio de la salvación

El aroma a vainilla, caramelo y chocolate oscuro debería haber sido el olor más feliz de mi vida. Era el perfume de mi éxito, de mi futuro, de las horas que pasé frente al horno perfeccionando cada capa de ese pastel de tres pisos que coronaba el salón principal. Me llamo Aurora, tengo veintidós años, y hasta hace apenas una hora, creía que el destino me estaba sonriendo. Mi título en gastronomía estaba a punto de ser respaldado por una boda de ensueño, un matrimonio que, según todos en mi círculo, era el paso lógico hacia una vida perfecta.

Estaba equivocada. La perfección es una capa de fondant demasiado dulce que, cuando la rompes, revela que el interior está podrido.

-Bruno, cariño, ¿dónde estás? -murmuré para mí misma, limpiándome una mancha de harina del antebrazo.

La fiesta estaba en su apogeo. El sonido de las copas chocando, las risas de los invitados de alcurnia y la música clásica de fondo creaban una sinfonía de falsedad. Bruno, mi prometido, el hombre con el que llevaba tres años de relación, el heredero de la fortuna de los Valdés, me había pedido que lo esperara en la cocina del salón de eventos después de sus "asuntos de negocios". Se suponía que brindaríamos por nuestro compromiso.

Caminé hacia el área de servicio, con mis tacones resonando contra el suelo de mármol pulido. Mi vestido color esmeralda, que había elegido cuidadosamente porque me hacía sentir poderosa a pesar de mis curvas, se movía conmigo, pero mi corazón latía con una extraña inquietud que no lograba silenciar.

Al acercarme a la puerta entreabierta de la despensa de servicio, escuché risas. No eran risas de negocios. Eran risas que erizaban la piel, seguidas de un murmullo que reconociendo al instante. Era la voz de mi prima, Elena.

-¿Estás seguro de que ella no entrará? -preguntó ella, con ese tono melodioso que siempre usaba para ocultar su envidia.

-Por favor, Elena. Aurora está demasiado ocupada obsesionándose con ese estúpido pastel. No tiene ni idea de lo que pasa a su alrededor. Es tan... predecible -la voz de Bruno era fría, despectiva, una faceta que nunca me había mostrado en tres años.

Me quedé helada. El aire en mis pulmones se volvió pesado. Empujé la puerta con suavidad, sin hacer ruido, y lo que vi me rompió algo dentro, algo que no sabía que era tan frágil. Bruno estaba acorralado contra los estantes de suministros, con las manos recorriendo la cintura de Elena. Sus rostros estaban tan cerca que, por un segundo, me negué a procesar la imagen.

-¿Bruno? -mi voz salió como un hilo de seda, un susurro que apenas logré articular.

Ellos se separaron de inmediato. Elena se ajustó el vestido con una sonrisa burlona, pero Bruno... Bruno ni siquiera se inmutó. Se limitó a arreglarse el nudo de la corbata, mirándome de arriba abajo con un desprecio tan evidente que sentí como si me hubiera abofeteado.

-Aurora. Qué inoportuna. Te dije que esperaras en la mesa -dijo él, con esa calma irritante de quien se sabe dueño de la situación.

-¿Inoportuna? -exclamé, sintiendo cómo el calor subía por mi cuello hasta mis mejillas-. ¿Qué demonios haces con ella? ¡Es mi prima, Bruno! ¡Estamos a punto de casarnos!

Él se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal. Su mirada escaneó mi cuerpo, deteniéndose en mis curvas, en mis caderas, en todo lo que él solía llamar "su hogar". Pero ahora, en sus ojos no había deseo, sino una lástima cruel.

-Aurora, sé razonable. Mírate -dijo él, señalándome con un dedo acusador-. Te has descuidado. Ya no eres la chica de la que me enamoré. El estrés, la gastronomía, la comida... te has dejado estar. Tienes que entender que un hombre como yo necesita a alguien que mantenga un estándar. Elena entiende la vida de otra manera. Deberías agradecer que me casara contigo en primer lugar, es casi un favor humanitario que te estaba haciendo, considerando tu situación financiera y tu falta de ambición.

El silencio que siguió a sus palabras fue sepulcral. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, pero en lugar de caer, algo en mi interior se encendió. No era tristeza, no era llanto. Era una furia fría y calculadora.

Miré hacia la mesa auxiliar donde, por capricho de última hora, había dejado el pastel de bodas que aún no habíamos servido. El betún blanco, decorado con perlas de azúcar, me pareció de repente lo más absurdo del mundo.

-¿Un favor humanitario? -pregunté, con una calma que me asustó incluso a mí.

-Exacto. Así que, por favor, ve a limpiar ese desastre de harina que tienes en el brazo y compórtate. Tenemos invitados -sentenció él, dándome la espalda.

No lo pensé. No razoné. Tomé el pastel, pesada y firme, y con toda la fuerza que mis brazos habían acumulado amasando pan durante años, lo estampé directamente sobre su espalda.

El sonido fue glorioso. El merengue suizo se esparció por su traje de diseñador, el bizcocho se desmoronó sobre sus hombros y el chocolate manchó su camisa blanca impecable. Bruno se giró, atónito, con los ojos desorbitados, cubierto de una masa pegajosa que caía lentamente por su cuerpo.

-¡Estás loca! -gritó él.

-Estoy despierta -le respondí, levantando la barbilla-. Quédate con ella, Bruno. Se merecen el uno al otro. Y por cierto... el pastel estaba seco. Igual que tú.

Salí de allí sin mirar atrás, quitándome los tacones porque no podía soportar un segundo más de esa farsa. Salí por la puerta trasera del salón, hacia la noche fría de la ciudad. El coche de mi madre, mi orgullo, mis ahorros, mis planes... todo se había quedado en ese salón.

Dos días después, mi vida era un mosaico de facturas sin pagar y promesas rotas. Estaba sentada en el pequeño apartamento que compartía con mi madre, mirando el techo, tratando de calcular cómo sobrevivir al mes. Mi padre había muerto dejándome no solo su apellido, sino una deuda asfixiante, y mi madre... mi madre necesitaba esa cirugía en la clínica privada que no podíamos pagar. Estaba acorralada.

El timbre sonó con una insistencia autoritaria. No esperaba a nadie. Al abrir, me encontré con el hombre que menos quería ver en el mundo: el padre de Bruno. El patriarca Valdés.

No me dejó hablar. Entró al apartamento como si fuera el dueño del lugar, escaneando con desprecio cada rincón humilde.

-Aurora -dijo, sin saludar-. Sé lo que pasó. Bruno es un idiota, pero es mi hijo, y lo que hiciste con el pastel ha manchado el nombre de la familia en los círculos sociales.

-¿Viene a cobrarme los daños, señor Valdés? -pregunté, sintiendo un nudo en el estómago-. Porque si es así, no tengo nada.

Él soltó una carcajada seca, carente de cualquier atisbo de humor. Se ajustó los gemelos de oro y me miró con una intensidad que me hizo retroceder un paso.

-No. Vengo a proponerte un trato. Sé que tu madre está grave. Sé que las deudas de tu padre están a punto de ejecutar tu casa. Estás al borde del abismo, Aurora.

Me quedé helada. Sabía que él tenía contactos, pero escuchar cómo desnudaba mi miseria me hizo sentir pequeña.

-¿Qué quiere? -pregunté, con la voz quebrada.

-Tengo otro hijo. Damián -dijo él, caminando por mi pequeña sala-. Damián era el orgullo de esta familia hasta que ese maldito accidente lo dejó en una silla de ruedas. Ahora vive en nuestro viñedo en Valdenia. Es un hombre amargado, oscuro, que se niega a recibir ayuda y que ha destruido cualquier posibilidad de gestión eficiente de las tierras.

-¿Y qué tengo que ver yo con su hijo? -pregunté, aunque empezaba a sospechar hacia dónde iba la conversación.

-Damián necesita una esposa. Alguien que no sea de nuestra clase social, alguien que no busque su dinero, porque él ya no confía en nadie de nuestra élite. Si te casas con él, si firmas un contrato de matrimonio por un año y te aseguras de que se mantenga estable, de que vuelva a interesarse por la vida... yo pagaré todas tus deudas. La cirugía de tu madre, la casa, la clínica. Todo.

Me quedé en silencio, procesando la locura de su propuesta. ¿Casarme con el hermano del hombre que me humilló? ¿Convertirme en la esposa de un desconocido en un lugar apartado?

-¿Por qué yo? -logré articular.

-Porque eres terca. Porque vi cómo le tiraste ese pastel a mi hijo y no te importaron las consecuencias. Eres una mujer que no se rompe fácilmente, y Damián necesita a alguien así para que deje de autodestruirse.

Él sacó un documento de su maletín de cuero y lo dejó sobre la mesa de centro. Había un cheque en blanco, o mejor dicho, la promesa de uno.

-Tienes una hora para decidir, Aurora. La clínica no esperará para siempre. Tu madre tampoco.

Miré el documento, luego mi teléfono, donde tenía los recordatorios de los pagos médicos pendientes. La desesperación se apoderó de mí, una ola fría que me obligó a tomar una decisión. No era por amor, no era por dinero en el sentido tradicional. Era por supervivencia.

-Acepto -dije, sintiendo que algo en mi interior se quebraba para siempre.

El señor Valdés sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-Excelente. Partirás mañana hacia Valdenia. Prepárate, Aurora. Damián no es un hombre fácil, y los viñedos no perdonan a los débiles.

Se marchó, dejándome sola con un contrato que acababa de vender mi libertad. Me senté en el sofá y miré hacia la ventana. Mañana empezaría una vida nueva, con un nombre que no conocía y un destino que no había elegido. Pero mientras mis manos temblaban, una extraña determinación comenzó a crecer en mí. Si Damián era un hombre roto, yo aprendería a reconstruirlo, aunque tuviera que usar mis propias piezas para lograrlo. No sería una esposa sumisa. Sería la tormenta que Valdenia no esperaba.

Capítulo 2 La Cita del destino y el precio del silencio

El edificio de la corporación Valdés parecía perforar las nubes. Era una torre de cristal y acero, fría, inalcanzable y absolutamente intimidante. Mientras subía en el ascensor privado que me llevaría al piso cincuenta, me observé en el reflejo de las puertas metálicas. Me veía pálida, con la ropa demasiado sencilla para un lugar donde hasta el aire acondicionado parecía costar una fortuna. Sin embargo, algo había cambiado en mis ojos. El miedo seguía ahí, agazapado en el fondo, pero la determinación de salvar a mi madre me daba una coraza invisible.

Las puertas se abrieron con un siseo hidráulico y una secretaria de expresión gélida me escoltó hasta el despacho principal. No era una oficina; era un santuario al poder. Escritorios de caoba oscura, estanterías repletas de libros que nadie leía y una vista panorámica de la ciudad que hacía parecer a la gente de abajo como hormigas.

Detrás del escritorio estaba él. El señor Valdés. No se levantó al verme entrar. Ni siquiera apartó la vista de un informe que revisaba con parsimonia.

-Siéntate, Aurora -dijo sin levantar la vista. Su voz era grave, una orden que no admitía réplica.

Me senté en la silla de cuero frente a él, sintiendo cómo el material se hundía bajo mi peso. Mis manos, nerviosas, se aferraban a mi bolso. Él tardó un minuto entero en cerrar la carpeta y mirarme. Sus ojos, grises y astutos, me escanearon de una forma que me hizo sentir diseccionada.

-Has llegado a tiempo. Eso es bueno. La puntualidad es la base de cualquier negocio serio -comenzó, entrelazando sus dedos sobre la superficie pulida del escritorio-. Supongo que habrás pensado en la propuesta. No creo que tengas muchas alternativas.

-Mi madre es mi prioridad, señor Valdés -respondí, manteniendo mi voz firme, aunque mi corazón latía contra mis costillas-. No estoy aquí por el dinero, ni por la ambición de un apellido que nunca quise. Estoy aquí porque ella necesita vivir.

-El sentimentalismo es un lujo, Aurora, pero acepto tus razones. Lo que importa es el resultado -se inclinó hacia adelante-. Vamos a lo importante. El contrato.

Abrió una carpeta y deslizó un fajo de papeles hacia mí. La letra era pequeña, llena de términos legales que, en circunstancias normales, me habrían hecho buscar un abogado.

-Aquí están las reglas -dijo con frialdad-. Son simples. Primero: confidencialidad absoluta. Nadie, absolutamente nadie, debe saber que esto es un arreglo. Ante los ojos del mundo, y especialmente ante los de la prensa que sigue a mi familia, tú eres la mujer que se enamoró de Damián y decidió quedarse a su lado.

-¿Y qué pasa si Damián no quiere que esté allí? -pregunté, recordando la reputación que me había pintado.

-Ese es tu problema, no el mío -respondió él, cortante-. Segunda regla: Damián debe volver a la vida pública, o al menos, debe retomar la gestión del viñedo en Valdenia. Él ha dejado que las fincas se deterioren, se ha dejado llevar por la autocompasión. Tú vas a ser su estímulo. Si él muestra señales de mejora -si vuelve a interesarse por el vino, por la administración-, tu contrato será considerado un éxito.

-¿Y si se niega? -insistí, sintiendo un escalofrío-. Es un hombre adulto, señor Valdés. No puedo obligarlo a que le guste mi presencia.

-No te pido que lo obligues. Te pido que lo cures. Sé de tu formación en gastronomía. Sé que tienes paciencia. Úsala. Si al cabo de un año Damián sigue siendo un espectro, el contrato se rescindirá y habrás recibido solo la mitad de la compensación prometida. ¿Te queda claro?

Justo cuando iba a preguntar sobre la cláusula de "estímulo", mi teléfono, que descansaba sobre la mesa, vibró violentamente. La pantalla se iluminó, rompiendo la atmósfera solemne del despacho.

Un mensaje de WhatsApp apareció: "Aurora, ¿crees que puedes ignorarme? Si no te presentas mañana a pedirme perdón de rodillas, tanto tú como tu querida madre se van a arrepentir. Elena y yo estamos esperando. No te saldrá gratis el pastelazo".

Mi pulso se aceleró. Otro mensaje entró inmediatamente: "¿A dónde te has escapado, gorda? Nadie te va a querer si no es conmigo. Piensa bien si vale la pena perderlo todo por dignidad".

Sentí un vacío en el estómago. El miedo, esa vieja sombra, intentó estirarse para atraparme. Mis dedos picaban por desbloquear el teléfono, por responder, por suplicar... pero entonces miré a Valdés. Él observaba el teléfono con curiosidad, esperando una reacción.

Inspiré hondo. Con una parsimonia que no sabía que poseía, tomé el teléfono y, sin leer el siguiente mensaje que acababa de entrar, lo puse en modo silencio y lo volteé boca abajo sobre el escritorio.

-¿No vas a contestar? -preguntó el señor Valdés, arqueando una ceja-. Pareces tener seguidores insistentes.

-No es nadie importante -dije, aunque mis manos temblaban ligeramente bajo la mesa-. Solo asuntos del pasado que ya no tienen lugar en mi futuro.

El patriarca me observó en silencio. Por un segundo, vi un destello de algo que no era desprecio, tal vez una pizca de respeto.

-Bien. Me gusta la gente que sabe priorizar -continuó, regresando a los papeles-. Tercera regla: prohibido el romance con otros. Eres la esposa de Damián, aunque sea un contrato. La reputación de la familia está en juego. Cualquier escándalo por tu parte, cualquier infidelidad, y el contrato se anula inmediatamente. Las deudas de tu padre volverán a ser tu problema, y la cirugía de tu madre... bueno, ya te imaginas.

-¿Infidelidad? -solté una risa amarga-. Señor Valdés, acabo de descubrir que mi prometido se acostaba con mi prima mientras yo horneaba nuestro pastel de bodas. Créame, la lealtad es algo que me tomo muy en serio. No tiene que preocuparse por eso.

Él esbozó una sonrisa fina, casi imperceptible.

-Eso espero. La cláusula final: Damián no debe saber, bajo ninguna circunstancia, que esto es un trato. Si él se entera de que te pagué para estar con él, todo el efecto psicológico que busco se perderá. Él debe creer que tú estás allí por voluntad propia. ¿Eres capaz de mantener esa mentira durante doce meses?

-Doce meses -repetí, saboreando las palabras como si fueran veneno-. ¿Y qué obtengo yo al final, además de la salud de mi madre?

-Si al terminar el año Damián ha retomado las riendas de su vida, te entregaré una suma adicional para que puedas abrir tu propio restaurante. Un negocio real, no solo sueños. Tendrás el capital inicial y la reputación de la familia Valdés para respaldarte. Podrás ser quien quieras ser.

La oferta era tentadora. Era la llave de la jaula en la que mi propia vida me había encerrado.

-¿Dónde firmo? -pregunté, sin mirar atrás.

Él me pasó una pluma fuente dorada. La tinta fluyó sobre el papel como si estuviera firmando mi sentencia de muerte, o tal vez, mi acta de nacimiento. Cuando puse mi nombre, Aurora, sentí que el mundo se encogía.

-Tu equipaje será enviado a la hacienda mañana a primera hora -dijo él, levantándose-. Un coche pasará por ti. No intentes contactar a Bruno, ni a nadie de tu antigua vida. A partir de este momento, eres una Valdés en espíritu. Y una última cosa, Aurora...

Se detuvo frente a la ventana, dándome la espalda.

-Damián no es un hombre que reciba visitas con alegría. Es posible que intente echarte el primer día. Incluso el segundo. Te escupirá amarguras que ni siquiera te pertenecen. No te tomes nada de lo que diga como algo personal. Él está roto, pero eso no significa que no sea peligroso.

-Entiendo -dije, poniéndome de pie-. Pero señor Valdés, debería saber una cosa.

-¿Ah, sí? ¿Qué cosa?

-Yo también estoy rota -dije, mirando mis manos-. Y sé exactamente cómo se siente cuando alguien intenta arreglarte sin preguntarte. No intentaré "arreglarlo" como si fuera una pieza de cerámica. Intentaré sobrevivir a él, y tal vez, en el proceso, ambos encontremos algo que valga la pena salvar.

Él no respondió. Se limitó a hacerme un gesto con la mano para que saliera.

Caminé hacia la puerta, sintiendo el peso del contrato en mi mente. Al salir al pasillo, recuperé el teléfono. Había cinco llamadas perdidas de Bruno. Volví a mirar el mensaje: "Si te casas con otro, te juro que destruiré lo poco que te queda. Voy a arruinar tu nombre, Aurora. Vas a ser la burla de todos".

Mis dedos temblaron. Por un instante, el terror me paralizó. ¿Y si él tenía razón? ¿Y si esto era un error? Bruno era capaz de todo.

Caminé hacia el ascensor y, mientras bajaba, tomé una decisión. Bloqueé el número de Bruno. Bloqueé el de Elena. Bloqueé a todos los que alguna vez formaron parte de ese círculo de falsedad.

El ascensor llegó al vestíbulo. Salí a la calle, donde el sol de la tarde golpeaba el asfalto. El aire era pesado, lleno de contaminación y ruido, pero por primera vez en días, sentí que podía respirar.

Mañana no sería Aurora, la estudiante de gastronomía engañada. Mañana sería la esposa de Damián Valdés. Mañana empezaría mi nueva vida en Valdenia, lejos de las amenazas, lejos de los pasteles amargos y lejos de los hombres que creían que podían comprar mi valor.

Si Damián quería guerra, tendría guerra. Si quería soledad, le daría espacio. Pero si quería un hogar... bueno, tendría que aprender que en la cocina, y en la vida, los ingredientes más simples suelen ser los que dan el sabor más intenso.

Estaba lista. O al menos, eso me repetía a mí misma mientras subía a un taxi, sabiendo que no volvería a ver mi apartamento nunca más. El camino a los viñedos no estaba en el mapa de mi vida, pero estaba dispuesta a recorrerlo hasta el final.

Capítulo 3 La farsa del destino y el primer encuentro

El paisaje fuera de la ventanilla del vehículo de alta gama cambió drásticamente. Atrás quedó la arquitectura gris y asfixiante de la ciudad, reemplazada por las colinas onduladas de Valdenia, un mar de viñedos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El sol de la tarde bañaba las vides en tonos dorados y ocres, un espectáculo de belleza que, irónicamente, parecía burlarse de mi estado de ánimo.

A mi lado, el señor Valdés, o "el patriarca", como lo llamaban en los negocios, mantenía un silencio sepulcral. Su presencia en el asiento trasero no era un gesto de cortesía; era una vigilancia. Quería asegurarse de que el producto que había comprado llegara sano y salvo a su destino. Yo, por mi parte, intentaba mantener la compostura, aunque cada kilómetro que recorríamos me alejaba más de mi zona de confort.

No pude evitarlo. La curiosidad, mezclada con una creciente ansiedad, me obligó a romper el silencio. Había estado dándole vueltas al contrato, al cheque, y sobre todo, a la voluntad de un hombre que, según los rumores, odiaba al mundo entero.

-¿Cómo lo hizo? -pregunté, rompiendo la tensión que llenaba el habitáculo-. ¿Cómo logró que Damián firmara? No me parece un hombre que acepte órdenes, mucho menos después de... bueno, de lo que le pasó.

El señor Valdés soltó una carcajada. No fue una risa alegre; fue un sonido seco, metálico, que me recordó al choque de dos cuchillos. Se giró hacia mí, sus ojos grises brillando con una diversión cruel.

-¿Crees que le dije la verdad? -preguntó, inclinando la cabeza-. Damián lleva meses tratando de que deje de intervenir en su vida. Ha rechazado a enfermeras, terapeutas, secretarias y contadores. No quiere nada que venga de mí. Así que le ofrecí lo único que codicia: su independencia.

-¿Independencia? -fruncí el ceño-. ¿Cómo se la dio casándolo conmigo?

-Le dije que, si aceptaba casarse con una mujer que él mismo elegiría, o que la familia impondría, yo me retiraría de su vida. Le di un ultimátum: o me deja entrar en el viñedo para supervisar sus gastos, o acepta a una esposa y yo me retiro de la gestión total de sus bienes. Aceptó firmar para que dejara de molestarle. Cree que es una estratagema pasajera, Aurora. Él no tiene ni la menor idea de quién eres.

Sentí un vacío en el estómago. La frialdad de su plan era escalofriante.

-¿Y qué le dijo de mí? -pregunté, con la voz casi en un susurro-. ¿Cómo convenció a un hombre amargado de que aceptara a una desconocida?

El patriarca se encogió de hombros, restándole importancia como si hablara del clima.

-Le dije que eras una admiradora de hace años. Que te habías enamorado de él cuando era el "príncipe" del viñedo, mucho antes del accidente. Le dije que habías estado esperando en las sombras, aguardando el momento adecuado para acercarte. A un hombre herido en su ego no le cuesta creer que alguien pueda amarlo, incluso si es un poco patético.

Me quedé helada. La humillación me golpeó con la fuerza de un tsunami.

-¡Eso es una mentira! ¡Yo nunca lo he visto! -exclamé, sintiendo que la sangre me subía a la cara-. ¡Usted me ha convertido en una acosadora, en alguien desesperada por él!

-Es una narrativa, Aurora. Úsala -respondió él, sin inmutarse-. Él no sabe quién eres. Él espera a una mujer que lo mire con lástima y devoción. Si juegas bien tu papel, se relajará. Y cuando se relaje, bajarás sus defensas.

Me hundí en el asiento, procesando la información. Era verdad: yo nunca había visto a Damián. Cuando empecé a salir con Bruno, Damián ya estaba recluido en el viñedo, recuperándose de las secuelas del accidente. Bruno siempre hablaba de él como si fuera un fantasma, una vergüenza familiar que prefería esconder debajo de la alfombra. "Mi hermano menor no está bien, Aurora, mejor ni preguntes", solía decir. Y yo, joven, ingenua y enamorada, nunca pregunté.

Ahora me daba cuenta de que Bruno me había ocultado a Damián por celos, o tal vez por pura malicia, para evitar comparaciones. Pero eso no quitaba el hecho de que iba a entrar en la vida de un hombre que creía que yo era una fanática obsesionada. El desastre estaba garantizado.

-¿Y si me descubre? -pregunté, mirando mis manos-. ¿Si se da cuenta de que no tengo ni idea de su vida pasada?

-Entonces improvisa. Tienes una mente rápida, ya lo demostraste con el pastel -dijo él, mirando su reloj-. Estamos cerca.

La hacienda de Valdenia apareció de repente tras una curva cerrada. Era una estructura imponente, una casona de estilo colonial rodeada de viñedos centenarios que parecían custodiarla. Sin embargo, al acercarnos, pude ver la decadencia. Las paredes tenían grietas, la pintura descascarada revelaba años de negligencia, y las ventanas, cubiertas con cortinas pesadas, daban la impresión de unos ojos cerrados al mundo.

El coche se detuvo en el patio central, donde la grava crujió bajo los neumáticos. El silencio era absoluto, roto solo por el susurro del viento entre las hojas de parra.

-Baja -ordenó el patriarca.

Bajé del coche, sintiendo que cada paso hacia la entrada era una marcha hacia el patíbulo. El señor Valdés caminó conmigo, pero se detuvo antes de llegar a la puerta principal.

-Entra tú. Yo no voy a entrar -dijo, con una sonrisa gélida-. Tengo una reunión de negocios en la ciudad. Ya sabes dónde está tu habitación. Tienes instrucciones claras. Haz que funcione, Aurora. No me decepciones.

Sin esperar respuesta, dio media vuelta y subió al coche. En cuestión de segundos, me dejó sola frente a la puerta de madera tallada de la hacienda. El coche se alejó, levantando una nube de polvo que me hizo toser.

Estaba sola. Ante mí, el abismo.

Respiré hondo, empujé la puerta y entré. El recibidor era enorme, con un suelo de baldosa fría y un olor a cera vieja, vino rancio y soledad. La casa estaba sumida en una penumbra casi total.

-¿Hola? -llamé, mi voz sonando demasiado pequeña en aquel espacio vasto-. ¿Damián?

No hubo respuesta. Avancé por el pasillo central, guiada por una luz tenue que provenía de lo que parecía ser un estudio al final de la casa. El sonido de un cristal rompiéndose me hizo sobresaltar.

-¡He dicho que no quiero visitas! -la voz de Damián retumbó, profunda, ronca y cargada de una furia que me hizo temblar.

Me acerqué a la puerta del estudio y la encontré entreabierta. Me asomé con cautela.

Allí estaba él. Damián Valdés.

No era el hombre roto que me habían descrito. Era, incluso en su silla de ruedas, una figura imponente. Tenía el cabello oscuro, algo largo, cayendo sobre una frente surcada por la tensión. Estaba de espaldas a la puerta, frente a un ventanal que daba a los viñedos, con una copa de vino en la mano y varias botellas vacías sobre la mesa. Su silla, de diseño moderno y funcional, parecía un trono de metal en medio de aquella habitación antigua.

-¿Quién diablos eres? -preguntó, sin girarse. Su voz era un gruñido-. Si eres la enfermera de la agencia, dile a mi padre que la próxima vez envíe a alguien que sepa guardar silencio.

Entré en la habitación, obligándome a no temblar.

-No soy una enfermera -dije, tratando de sonar más valiente de lo que me sentía.

Damián giró la silla con una destreza que me dejó sin aliento. Sus ojos, de un color avellana intenso, se clavaron en los míos. Eran ojos que habían visto demasiado dolor, demasiado odio, pero que en ese momento solo reflejaban un shock genuino.

-¿Quién eres tú? -repitió, entrecerrando los ojos, observándome con desdén-. No te conozco.

-Soy Aurora -respondí, poniéndome derecha, obligándome a sostenerle la mirada-. Tu esposa.

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