Deseaba la libertad y muchas veces me cuestionaba: ¿Qué era ser libre?
Las mañanas eran tristezas, las tardes deprimentes y las noches tormentosas. Quería refugiarme en algunos cálidos brazos y llorar en silencio, tal vez escuchar una voz pidiendo calma, unas manos acariciando mis enmarañados cabellos y sentir un delicado beso ser depositado en mi frente.
Pero debía borrar aquellos anhelos porque yo seguía soñando.
Era una tarde fresca, el sol se posaba en lo más de los cielos, podía escuchar el cántico de las aves mientras mi padre me observaba con ternura, sus labios pronunciarían mi nombre sin odio y podía recorrer los pasillos de mi hogar sin miedo, pero todo era solo un sueño.
Porque cada vez que mi rostro era visto por mi padre el repudio se impregnaba en su mirada, prefería ocultarme en la oscuridad y llorar en silencio.
Nunca supe el motivo de aquella cicatriz que se marcaba en la parte derecha de mi rostro, pero el silencio de mi padre provocaba que aquella pregunta nunca surcara mis labios.
Cuando tan solo era una niña miraba con tristeza a mis hermanas correr por los jardines del palacio, mi padre me lo prohibió. Decía que yo traía vergüenza en su vida.
-Eso eres Sol, vergüenza
Sus palabras perforaban mi corazón cada vez que lo recordaba.
Ahora ya tenía 19 años y la costumbre de permanecer en la oscuridad cubrieron por completo mis anhelos.
Sé que nunca podre sonreír, pero estaba feliz sin mostrar aquella emoción en mi rostro, mis hermanas habían conseguido comprometerse con hombres de alta cuna y los murmullos felices corrían por los pasillos del castillo.
Ellas merecían ser feliz.
Solté un suspiro cuando la puerta fue abierta por donde ingresaron mi nana junto a mi doncella. Ambas reverenciaron con pequeñas sonrisas formadas en sus labios.
-¿Por qué no te sientas en tu cama Sol?, -me pregunto suavemente mi nana, yo guarde silencio mientras dejaba de observarla- ¿qué ocurre?
Se acercó lentamente a mí intentando descifrar que era aquello que ahora me atormentaba, aunque yo intentara negarlo ella podía sentir mi tristeza o solo mi intento de valentía.
Observe a través de las cortinas blancas con el temor a ser observada por los guardias que custodiaban el jardín principal y tras soltar un suspiro agache la cabeza.
-¿Estas así por tus hermanas? -cuestiono mi nana
Yo asentí.
-Estoy feliz al saber que se casaran. -forme en mis labios una pequeña sonrisa- Mi padre yacía contento ¿no?
Pose mis ojos en la figura de la mujer que cuido de mí en esta oscura y solitaria alcoba. Sus cabellos negros poseían algunas muestras de vejez, su piel blanquecina brillaba siendo cubierta por un vestido lila y sus manos yacían entrelazadas sobre su vientre.
Ella intento sonreír, pero solo pudo agachar la cabeza y negar lentamente.
-Solo dilo nana, prometo no llorar -intente mostrar calma en mis palabras
-Ese hombre ambicioso y cruel solo piensa en el dinero -hablo con molestia
-Nana tranquila -ella negó ante mis palabras
-Sol -sus labios pronunciaron mi nombre con tristeza- odio ver que estas escondida aquí como si fueras una prisionera, mereces salir a la luz y sonreír
Me mantuve en silencio mientras dejaba de observarla.
-Esa cicatriz no te hace diferente
-Si lo hace -mi corazón palpito llenándose de tristeza y un nudo se fue formando en mi garganta, apreté mis labios dispuesta a no dejar que mis sollozos hagan presencia
Nuevamente quería llorar.
Ella no dijo nada más porque mi respuesta sería el silencio. Un cruel silencio que me mantiene a salvo y alejada de la curiosidad.
Era mejor no sentirla.
Las horas fueron pasando, la tarde había llegado y el atardecer se podía reflejar detrás de las cortinas blancas, era un borroso atardecer, pero al menos al cerrar mis ojos podía verlo con claridad. Mi nana arreglaba mis cabellos mientras mi doncella limpiaba con delicadeza las pinturas que me dedique a crear en estos años de mi vida.
Cada uno reflejaba en sus misteriosas pinceladas algún sentimiento que embargaba mi corazón. La confusión fue pintada entre colores negros y blancos, una rosa se posaba en el medio, roja como la sangre, mientras el negro y blanco se combinaban a su alrededor.
La rosa era yo y las preguntas fueron representadas por el blanco mientras que el negro tomaba lugar representando a la oscuridad. Aquellas preguntas seguirían siendo preguntas, no tendrían respuestas.
Luego, cuando tan solo poseía 15 años, pinte un ave dorada y una figura grisácea observando con anhelo a la bella ave. Aquella ave era la libertad y yo la figura grisácea, cubierta de tristeza y melancolía.
Nadie, ni siquiera Macarena y mi nana fueron capaces de entender aquellos trazos, pero halagaban mis pinturas con la sinceridad en sus palabras.
Ambas son las únicas que al mirarme no muestran desprecio en sus ojos.
Ninguna se atrevió a pronunciar palabra alguna dejando que el ambiente sea consumado por el nerviosismo y la pena mientras mis pensamientos estaban siendo atacados por la imagen de mi padre sonriente y la felicidad plasmada en sus ojos.
Lo imagine en el jardín sonriendo ante las palabras de mis hermanas, ellas deslumbrando belleza, delicadeza y educación en sus palabras hasta que giro su rostro desechando aquel brillo que se posaba en su mirada. Me observo con repugnancia y odio.
Grito palabras frías y crueles, convirtió cada una en filosas agujas que se clavaron en mi corazón.
Llevaba tantos años en la oscuridad que es normal soñar con salir a la luz, sentir la brisa rozar mi piel y que mi libertad ya no sea lejana.
La oscuridad a veces puede ser tu mejor compañía.
-En unos días los futuros esposos de las princesas llegaran al reino, alteza. -comento mi doncella intentando calmar aquel incómodo silencio. Solo asentí- Habrá un festival en honor a los misteriosos hombres de alta cuna, ojalá que aquellas bestias no arruinen los jardines reales -pose mis ojos en mi doncella cuando de sus labios salió aquella palabra: Bestias
En tierras lejanas existen reinos llenos de fertilidad, riquezas y plenitud. Reinos gobernados por bestias de aspectos deslumbrantes y terroríficos.
Uno de ellos es el reino de los lobos, gobernado actualmente por Fermio, se decía que cuando aquel rey tomaba su forma natural mirar sus penetrantes ojos estaba prohibido. Él invadía tu mente provocando que crueles pesadillas se queden plasmadas en tus recuerdos y hasta la locura invada tu vida.
Era uno de los reyes más poderosos.
El segundo rey se llamaba Bréeme, gobernante del reino felino. Su raza era conocida por su majestuosidad y frialdad. En sus tierras se presenciaron guerras antiguas, sangre quedo impregnada en aquel lugar y se decía que el viento aún conservaba lamentos de aquellos guerreros.
Sin duda existen lugares mágicos a mi alrededor, lugares que son parte de mis anhelos.
Pero hay un reino en particular que esconde misterios, es el reino del mar. Gobernado por una mujer de belleza única y especial. Suele salir de las profundidades cuando la luna azul tiñe las aguas cristalinas y el viento se torna cálido. Nadie sabe cómo describir su rostro ni el color que poseen sus ojos.
Su historia es un misterio.
-Macarena no los llames así -pronuncio mi nana con reproche, Macarena giro sobre sus talones y formo en sus labios una mueca de tristeza
-Lo lamento. -hablo arrepentida, hasta que su voz cantarina nuevamente retorno- Señora Cristal ¿sabe que rango poseen aquellos hombres? -cuestiono mi doncella captando mi completa atención
-Su majestad no ha mencionado aquello, pero cuando lleguen al reino sabremos cuáles son sus rangos -mi doncella asintió con emoción ante las palabras de mi nana
Yo escuchaba en silencio.
-Listo Sol -pronuncio mi nana soltando mis cabellos de sus temblorosas manos
-Gracias -pronuncie en voz baja, agache la cabeza y me acomode entre las colchas
Mi doncella reverencio provocando que sus cabellos negros cayeran sobre su rostro como cascada, sus ojos color chocolate me observaron mientras formaba una sonrisa.
-Descansa Macarena
-Descanse alteza -pronunciaron ambas en coro
Segundos después abandonaron la alcoba y el silencio se hizo presente.
Así mientras la noche se teñía de azul en un inmenso silencio mis lágrimas surcaron lentamente las pálidas mejillas que adornaban mi rostro.
Solloce con un dolor indescriptible en mi corazón.
Un dolor que anhelo desaparecer, pero el tiempo, mi padre y el mundo me lo impiden.
Cerré mis ojos dejando que mis tormentosos sueños invadan mi mente. Algo que ya es costumbre en mi vida, a veces es difícil describirlos, son diferentes escenarios, borrosos rostros y luego simplemente van desapareciendo de mi mente.
Pero había algo que es aún difícil descubrir, sentía entre las noches una caricia ser depositada en mi mejilla, una voz lejana y unos ojos observarme desde la oscuridad.
Tal vez era mi mente creando aquello.
Antes de abrir mis ojos dándole la bienvenida a un nuevo día mis sueños aparecieron, yacía en un lugar oscuro, de aroma putrefacto, escuchaba suaves sollozos, luego una voz susurrando algo misterioso y entonces llego aquel cántico.
Tan suave.
Tan pleno.
Tan deslumbrante.
Tan cálido.
Tan conocido.
"Era ella mi delirio.
Era ella mi destino.
Dime amor mío ¿cuánto tiempo debo esperar?
La luna llego.
El viento soplo.
Y tú sigues sin llegar.
Era ella mi delirio.
Era ella mi destino.
Dime amor mío ¿cuándo llegaras?
Dímelo amor mío, dímelo mi hermoso Sol"
Y nuevamente como cada tarde me perdí en mis sueños.
Imposibles y lejanos.
Esta vez corría por los jardines mientras mis cabellos se movían al compás de mis movimientos, sonreía y el aire fresco rozaba mi piel. Por un momento mis labios formaron una sonrisa hasta que al abrir mis ojos caí en la realidad amarga de mi vida.
Solo estaba soñando.
-Sol. -la suave voz de mi nana resonó en mi alcoba, gire mi rostro para observarla. Ella yacía frente a mí de pie y con una sonrisa en sus labios- ¿Cómo amaneciste hoy?
-Bien, -ella asintió, mi doncella ingreso al lugar sosteniendo entre sus manos una bandeja plateada. Reverencio con una dulce sonrisa- ¿cómo están las cosas?
Mi nana soltó un suspiro y sabía que pronto recriminaría a mi padre.
-Todo bien, doncellas decorando y limpiando cada centímetro de este palacio. Y ya sabes tu padre esta emocionado con todo esto... -bruscamente freno sus palabras arrepentida
Asentí en silencio, dejé de observarla para captar las cortinas blancas.
No se movían porque estaba estrictamente prohibido que aquellas ventanas fueran abiertas, según la fría voz de mi padre si alguien me veía los rumores sobre mi existencia correrían rápidamente por el reino y nadie debía saber que existo.
Antes estas cortinas eran negras, las velas eran la única luz en esta alcoba y el silencio un temeroso tormento. Pero con palabras frías un día ingreso, observo asqueado el lugar y pronuncio:
-Seré bondadoso, solo por eso tendrás cortinas blancas, pero no te atrevas a mirar cerca de ellas o la vergüenza será parte mi vida eternamente -yo aquella tarde asentí nerviosa, no espero ninguna respuesta de parte mía y salió de la alcoba apresurado. Nuevamente encerrándome en la oscuridad
Macarena, mi nana, mi padre y hermanas saben sobre mí. Los demás deben evitarse preguntas y seguir con la duda. Aunque son pocas personas que cuestionan porque mi alcoba se encuentra alejado de los pasillos y de la luz.
Mi vida debía permanecer en secreto, debo permanecer oculta en la oscuridad y soñando que algún día sentiré el sol sobre mi piel, la brisa mover mis cabellos, las aves volar los cielos y el bullicio que, aunque sea tormentoso, sería nuevo y curioso para mí.
-¿Qué piensas mi dulce Sol? -mi nana se acercó a mí, tomo asiento a mi lado y su mano izquierda fue dejando suaves caricias sobre mis cabellos. Eran tan cálidos y reconfortantes
Con algo de melancolía acumulándose en mis ojos respondí.
-Me gustaría oler las flores del jardín, tal vez algún día deje de ser una prisionera -era el anhelo que se quedaba en mi corazón, un anhelo que yo intentaba negar y olvidar, pero era imposible
Pude sentir la mirada de mi doncella sobre mí, tantas veces intento contagiarme de aquella felicidad que consumía su cuerpo y mi ser lo rechazaba.
¿Cómo ser feliz si no soy libre, si vivo oculta?
-Algún día todo esto acabara, puedo hablar con tus hermanas... -negué rápidamente interrumpiéndola
-No, déjalas ser felices. Ellas no deben cargar conmigo
Mi nana solo pudo asentir en silencio.
Las horas fueron pasando y yo seguía con la mirada llena de melancolía. Sostuve entre mis manos el pincel rojizo y la guie por las hojas blancas trazando tal vez el cielo o un misterio ante mis ojos. La pintura azulina se marcaba con fuerza y extrañamente sentí que era el cielo.
Entonces recordé aquel cántico que surgió entre mis sueños.
-Escuche un cántico, nana -la susodicha posó sus bellos ojos en mi figura confundida
-¿Cántico? -cuestiono dejando sobre la mesa el libro que segundos antes leía en silencio
-Sí, un cántico entre mis sueños, -deje de observarla para mirar nuevamente los trazos azulinos sobre la hoja. Mis labios formaron fugazmente una sonrisa- era una voz hermosa y cálida
Me sentí en paz cuando escuché aquella voz susurrar suavemente aquel cántico y mis sueños tormentosos desaparecieron.
Por primera vez sentí que soñar era algo tan pleno y satisfactorio, aunque había algo en aquella voz que me dejaba confundida. La sentía conocida.
-Nana -la llame suavemente posando mis ojos en las cortinas blancas
-Dime, Sol -ella se acercó a mí lentamente, sus movimientos eran suaves y lentos. Cubrió por completo la vista de las tristes cortinas blancas y yo solo pude observarla fijamente
Sabía muy bien el motivo para que hiciera aquello. Ella odiaba que yo viera con tristeza aquel objeto que cubría el paisaje de mi vista y me recordara cada día que yo solo era una prisionera.
Un ser escondido en la oscuridad.
-¿Puedes traerme más pinturas? Por favor -ella asintió segundos después con una sonrisa
Giro sobre sus talones y lentamente se alejó de mí. Salió de la alcoba no sin antes mirar fijamente a mi doncella quien agacho la cabeza sumisa.
Esa era una advertencia, pero Macarena era alguien que no podía ocultar su alegría, aunque existiera en este mundo cruel.
Ella pronto se acercó colocándose de rodillas a un lado de la inmensa cama, su completa atención estaba dirigida a mí y sabía que ahora anhelaba decir algo. Solo asentí en silencio sin observarla.
-Su hermana mayor me pidió que hiciera algo para usted -confundida observe a Macarena
-¿Qué cosa? -ella sonrió aún más y se puso de pie rápidamente. De su mandil blanco saco un sobre de color verdoso, el sello real se posaba ahí sobre el color carmesí de la tinta y a un lado la inicial de Guadalupe
Mis manos temblaron cuando ella lo acerco delicadamente hasta mí esperando que yo lo tomara.
Mi corazón estaba perplejo, mis labios temblando y un nudo formándose en mi garganta.
Guadalupe escribía bellos poemas, mi padre aplaudía ante el arte de mi hermana y yo me escondía en la vergüenza al saber que él nunca me miraría así. Con un brillo especial en sus ojos.
La había visto pocas veces y en todas ella siempre se culpaba de mi desgracia.
Pero ¿por qué ahora escribía aquella carta?
Temerosa tome entre mis manos el sobre blanco, el toque frío sacudió mi piel y un aroma conocido se impregnaba en las hojas. Solo pude, bajo la atenta mirada de Macarena, abrir el sobre dejando al descubierto una hoja blanca perfectamente doblada.
Delicadamente desdoble aquel papel y mis ojos captaron la bella letra de Guadalupe. En silencio leí lo que ella plasmo.
"Sol.
Lamento no poder estar junto a ti cuando tengas miedo de tus propios sueños o solo sea la mirada de nuestro padre quien cause aquel temor.
Yo también tengo miedo, miedo porque te miento y soy débil.
Lamento no cuidarte hermana mía, lamento que nuestro padre sea tan cruel contigo y tus ojos no vean nuestro bello jardín trasero.
Sé que algún día todo eso cambiara y yo me encargare de aquello.
Cuando mi boda sea dada prometo sacarte de aquel lúgubre lugar, lo prometo.
Por favor no llores ni dejes que nuestro padre apague tu luz.
Nuestra madre decía que tu poseerías una sonrisa especial, traerías felicidad en los momentos difíciles y tu energía nos mantendría a salvo.
Te amo hermana.
Guadalupe Wilor"
Y en segundos lloraba en silencio con un extraño presentimiento instalándose en mi corazón.
Escuchaba los murmullos llenar la cálida mañana mientras yo me cuestionaba aún por qué no sentían miedo ante la llegada de aquellos seres. Si estuviera fuera de esta alcoba mi cuerpo temblaría si algún lobo o felino posara sus intimidantes ojos sobre mí.
¿Cómo mis hermanas aguantarían aquello?
Rezaba para que ellas permanezcan a salvo.
Macarena me había despertado con una mirada entristecida, observe las cortinas blancas y el sol recién iba posándose en los cielos. Cuestione y cuestione ante aquel apuro por despertarme, también cuestione sobre los murmullos invadiendo la cercanía de mi alcoba, pero mi doncella prefirió callar.
Horas después el bullicio seguía presente, pasos, voces y algunas risas.
Mi corazón latió fuertemente, Macarena peinaba mis cabellos con nerviosismo y por alguna extraña razón desee que este día nunca llegara.
¿Qué pasaba en realidad?
A mi mente llegaron las palabras de mi hermana: Yo también tengo miedo, miedo porque te miento y soy débil.
¿Mentirme?
Negué levemente mi cabeza alejando aquellos pensamientos, entrelacé mis manos y las pose sobre mi regazo. Hoy Macarena había traído un vestido blanco, este era largo y sin ningún diamante. Aunque pregunte, ella guardaba silencio y agachaba la cabeza.
Macarena no era así, ella sonreía, no agachaba la cabeza reflejando en su mirada tristeza.
De pronto un sollozo me alarmo, me puse de pie alarmada cuando en el reflejo del espejo pude ver a mi doncella cubrir su rostro mientras lloraba.
-Macarena ¿qué te ocurre? -me acerque a ella y tome sus manos alejándolas de su rostro. Sus entristecidos ojos me observaron para luego pronunciar
-Lo lamento, alteza -fruncí el ceño sin saber que lo siguiente provocaría un temblor en mi cuerpo
Las puertas de mi alcoba fueron abiertas bruscamente, varios guardias se adentraron y fue ahí que mi padre ingreso, con un traje negro decorando su cuerpo, la corona dorada se posaba en su cabeza y sus fríos ojos me observaban con atención.
¿Qué hacía aquí?
Un silencio perturbador se formó en el ambiente, Macarena pronto se colocó de rodillas y agacho la cabeza callando sus sollozos. Agache mi cabeza para luego reverenciar.
-Majestad -pronuncie con nerviosismo
-Hoy Sol nuestro reino tendrá paz al final del día, vendrán días llenos de abundancia y dejaremos atrás la penuria. -mis labios temblaron ante sus palabras- ¿Quieres saber el motivo de mi presencia?
Segundos después asentí lentamente.
-Es fácil Sol, tu muerte será hoy -asustada ante sus palabras alce mi rostro, fijamente lo observe y él solo hizo un movimiento de cabeza provocando que sus guardias se acercaran a mí con rapidez. Me tomaron fuertemente de los brazos
-Padre... -pronuncie débilmente dejando que mis lágrimas surquen mis mejillas, él solo sonrió y giro sobre sus talones para luego alejarse de mí
Sus guardias comenzaron con la caminata.
Me arrastraron alejándome de la oscura alcoba que me mantuvo cautiva y de los sollozos entristecidos de Macarena.
-Suéltenme, suéltenme, suéltenme
Aclame en voz baja pidiendo que me suelten, ellos ignoraban mis pedidos y seguían guiándome bruscamente por los pulcros pasillos.
Preferí agachar la cabeza y no observar las miradas atemorizadas de las mucamas. Algunos murmullos hicieron presencia en el lugar, mis cabellos negros cubrieron mi rostro y al fin pude sentir el aire rozar mi piel, aunque no era de aquella forma que quise sentirla.
Estaba fuera de la oscuridad y a minutos de morir frente a mi padre.
Ahora entendía las palabras de Guadalupe y la entristecida mirada de Macarena. Todo esto había sido planeado y mi padre, silencioso y frío, había planeado aquello para traer paz a su reino o simplemente para sacar de su vida mi presencia.
Mi corazón dolía, sus palabras que se repetían en mi cabeza atacaban con fuerza y solo me rendí.
Deje que mi cuerpo fuera llevado, ya no aclame, ya no solloce con fuerza, de mis labios simplemente el silencio estaba impregnado. El suelo quemaba mi piel en cada paso de los guardias, el dolor se impregnaba y apreté mis labios ahogando mis sollozos.
El bullicio pronto hizo presencia, voces cantarinas, algunas gélidas, otras con la burla en sus palabras y miradas curiosas. Buscaban aquello que me hizo permanecer en la oscuridad, aquella cicatriz que me causo dolor y tristeza en mi vida.
¡Basta!
¡Basta!
Un gemido escapo de mis labios cuando fue tirada al suelo con fuerza, mis manos ardían, mi cuerpo dolía y mi piel quemaba. Escuche pasos cercanos y un carraspeo que formo el silencio.
Así mi padre pronuncio con fuerza y orgullo en sus palabras.
-Gracias a todos por su presencia, este día celebraremos un nuevo comienzo. Hoy la maldición y penuria de este pueblo morirá frente a nosotros. Hoy se acaba una miserable vida que solo trajo caos -y yo en silencio pedía que de una vez mi vida acabará
Las miradas sobre mí eran intensas, murmullos por doquier y un palpitante dolor en mi corazón que en segundos incrementaba.
Alce mi rostro y observe el cielo, no me importaron los jadeos y risas al ver mi cicatriz. Yo solo miraba el hermoso cielo, las nubes blanquecinas, el incandescente sol y algunas aves revolotear por doquier.
-Hermoso -susurre
Me imagine alguna vez aquella escena, deslumbrante y bella. Mis lágrimas seguían surcando mis mejillas y una sonrisa entristecida se formó en mis labios.
Sentí algo frío chocar posarse sobre mi cuello, luego una voz conocida gritando con desesperación y la espada siendo retirada lentamente.
-¡No! ¡Padre! ¡Padre! ¡No! -Guadalupe gritaba mientras algunos guardias la sostenían con fuerza, pose mis ojos en la muchacha de cabellos negros que yacía a su lado, Jazmín, de rodillas y murmurando algo en voz baja. Sus melancólicos ojos me observaron y fuertemente fue puesta de pie. Ella también grito pronunciando el nombre de mi padre con fuerza
Mis hermanas estaban ahí implorando por mi vida.
Aparte mis ojos de ellas y agache la cabeza.
No pude contener los sollozos que escapaban de mis labios ni el temblor en mis manos. La fría espada nuevamente fue colocada sobre mi cuello, sentí la suave brisa acariciar mi piel, cerré mis ojos y esperé a que el final llegara a mi vida.
Pero este final nunca llego.
Solo escuche un grito, feroz y atemorizante.
Pronto el silencio hizo presencia.
-Majestad -algunas personas murmuraban con temor aquello, escuche suspiros desesperados y la espada ser retira de mi cuello
El guardia se colocó de rodillas reverenciando.
Pero ¿a quién?
No me atrevía alzar mi rostro y ver al causante de este atemorizante silencio.
Solo escuche pasos.
-¿Qué planeas hacer Cameleo? -fríamente cuestiono aquel desconocido hombre
-Majestad, no espera su llegada -titubeo mi padre como respuesta
-¿Acaso no puedo venir a tu reino? -rápidamente mi padre respondió
-No majestad, no quise decir aquello. Solo me encuentro sorprendido
-Entonces ¿qué planeabas hacer? -preguntó el susodicho
Pude tomar un respiro, mi corazón seguía palpitando con fuerza y no pude parar mis lágrimas. Ellas seguían brotando, una a una, reflejando mi dolor. Aunque el silencio era atemorizante pude sentir una pizca de paz y yo me cuestionaba: ¿Por qué lo sentía?
-Majestad, yo... -pero la respuesta de mi padre fue cortada por la feroz voz del hombre desconocido
-¡Cállate! -el guardia que yacía a mi lado, sin alzar el rostro, tembló- ¿Qué le hiciste? -pregunto con temor el hombre
Mi padre prefirió el silencio.
Entonces sentí aquellas manos tomar delicadamente mis brazos como si tuviera temor a romperme, ayudada por aquellas manos logré ponerme de pie y sentir mis piernas flagear adoloridas. Sus dedos fríos acariciaron la piel de mis brazos, suavemente y en silencio.
-Pequeña Sol -pronuncio mi nombre con anhelo y felicidad, aquello causo extrañeza en mi corazón- ¿qué te hicieron? -sentí sus dedos abandonar la piel de mis brazos y posarse pronto en mi barbilla, la sostuvo suavemente y alzo mi rostro
En esos segundos observe fijamente sus misteriosos ojos. Sus palabras quedaron en el aire siendo llevadas por el viento, escuche mi corazón palpitar con fuerza y el miedo desaparecer de mi cuerpo.
¿Quién era aquel hombre que trajo el silencio y miedo a mi padre?