ADRIANA
Debí haber sabido que esto era demasiado bueno para ser verdad. ¿Un novio que recordaba mi cumpleaños cuando mi propia familia lo olvidaba? ¿Una sorpresa que llevaba semanas planeando? Me aferré a ese mensaje como si fuera un salvavidas, porque en mi mundo, las cosas buenas no les pasaban a las chicas sin loba.
'Ven esta noche. Tengo algo especial planeado para tu cumpleaños. Te amo'.
Landon era lo mejor que me había pasado. Llevábamos cinco años juntos y él todavía encontraba maneras de hacerme sentir importante.
Mi propia familia olvidaba mi cumpleaños; en serio, le importaba una mierda lo que me pasara. En un mundo así, Landon era mi luz. Él me veía.
Toqué el anillo de promesa que llevaba en el dedo. Me lo había dado el año anterior, en esa misma fecha. Era un sencillo aro de plata con nuestras iniciales grabadas en el interior. "Una promesa", había dicho él, "de estar juntos para siempre".
Por fin tenía dieciocho años. Llevaba esperando ese momento desde que cumplí los quince. El día de mi primera transformación, cuando por fin recibiría a mi loba. Entonces quizá las cosas serían diferentes y por fin estaría completa.
Entré con la llave de repuesto que me había dado, lista para sorprenderlo.
Al abrir la puerta, escuché un ruido extraño y la sonrisa se borró de mi rostro.
"¿Landon?", llamé en el apartamento casi a oscuras.
En lugar de su voz familiar, volví a escuchar ese sonido. Más fuerte. Como si alguien estuviera teniendo sexo.
Avancé hacia el ruido, tratando de entender qué ocurría. Tenía que haber algún tipo de error. Se me hizo un nudo en el estómago cuando llegué a la puerta de la habitación de Landon. La puerta estaba abierta de par en par.
Me quedé paralizada. Mi cerebro se negaba a procesar lo que veían mis ojos.
Dos personas en la cama, teniendo sexo.
No...
Me fallaron las rodillas y casi perdí el equilibrio. Me aferré al pomo de la puerta, incapaz de apartar la vista de la escena.
Lisa y Landon... teniendo sexo. Mi hermana y mi novio. Estaban tan absortos el uno en el otro que ni siquiera me oyeron. Aún no se habían dado cuenta de que yo estaba ahí de pie.
"Joder, estoy tan cerca. Más duro, cariño". El gemido de Lisa me resonó en los oídos mientras Landon la sujetaba por la cintura y la apretaba contra su entrepierna. Él soltó una maldición con voz ronca, la besó con fuerza y gimió contra sus labios.
Cinco años desaparecieron sin dejar rastro.
Mi mirada se posó en la mano con la que Landon agarraba el trasero de mi hermana. En la muñeca aún llevaba el brazalete que le había hecho para nuestro tercer aniversario.
No conseguía apartar la mirada, por más que lo intentaba. Cuando por fin abrió los ojos, su mirada nublada por el deseo se encontró con la mía.
No se detuvo.
"¿Landon?". Mi voz se quebró.
Entonces Lisa me vio. Y en lugar de detenerse o mostrar siquiera una pizca de vergüenza, sonrió y lo besó con más pasión, sin dejar de mirarme.
"Adriana...", alcanzó a decir Landon, pero Lisa lo interrumpió.
"No te detengas por ella". Se apartó un poco sin borrar aquella sonrisa maliciosa. "¿De verdad creías que él te quería?".
No podía respirar.
"¿Tú, sin loba? ¿Cuando ni siquiera puedes transformarte?". Se rio. El sonido me atravesó como un trozo de cristal. "Por favor. De todos modos, nunca lo mereciste".
Me temblaban las manos mientras me quitaba el anillo de promesa del dedo. El anillo que me había dado. El anillo que se suponía que significaba "para siempre".
Se lo lancé. Rebotó contra el pecho de Landon y cayó al suelo con un tintineo.
Entonces corrí.
No me detuve hasta que llegué al parque cercano a la casa de la manada. Sentía el pecho oprimido, como si un nudo me estrangulara los pulmones.
Me derrumbé en una banca. Incapaz de contenerlo por más tiempo, grité con todas mis fuerzas, sin importarme que hubiera alguien lo bastante cerca para oírme. Grité hasta que me dolió la garganta y me ardieron los ojos.
Luego, unos sollozos violentos y desgarradores sacudieron todo mi cuerpo. Seguía viéndolos y oyéndolos. No podía sacarme esos sonidos de la cabeza.
Mi propia hermana. Mi sangre.
La traición dolía más profundamente que cualquier herida física que me hubieran infligido. Y habían sido muchas.
No sabía cuánto tiempo había pasado allí sentada, pero el cielo ya se había oscurecido cuando por fin me puse de pie con las piernas temblorosas y regresé a la casa de la manada.
"¡Miren a la chica sin loba!".
"Alguien ha estado llorando".
"Ay, ¿qué pasa? ¿Tu novio por fin se dio cuenta de lo que eres?".
Ignoré los susurros y las risas que me siguieron mientras recorría los pasillos de la casa de la manada, con los ojos todavía rojos e hinchados y el rostro manchado de lágrimas. Mantuve la cabeza gacha e intenté llegar a mi habitación.
"¡Adriana!".
La voz de mi padre retumbó por toda la casa. Me estremecí.
"¡Adriana! ¡Café! ¡A mi oficina! ¡Ahora!".
Claro que necesitaba algo de mí. Ni un "feliz cumpleaños". Ni un "¿estás bien?". Solo exigencias.
Cambié de dirección hacia la cocina, con las piernas pesadas como de plomo.
Estaba preparando el café, con las manos temblando ligeramente, cuando oí un ruido detrás de mí. Sabía que era ella porque usaba a diario el mismo perfume desagradable.
"Vaya, vaya. Qué patética te ves".
Lisa estaba de pie en el umbral, con la misma sonrisa cruel de antes.
"¿De verdad creíste que llorar cambiaría algo?". Se acercó. "¿Sabes qué diferencia hay entre nosotras, Adriana? Soy mejor que tú en todos los sentidos. Más guapa. Más fuerte. Mejor en la cama, al parecer".
Se rio de su propio chiste.
Me apoyé en la encimera con las palmas de las manos y cerré los ojos. No tenía tiempo para ella. "Lisa, por favor...".
"¿Por favor, qué?". Se movió tan rápido que no pude seguirla con la mirada y, de pronto, estaba justo delante de mí. "No eres nada. Nunca has sido nada. Y ahora Landon también lo sabe".
Me aparté de ella y recogí la bandeja con el café y las tazas. Ella me siguió. No vi su mano moverse hasta que fue demasiado tarde: golpeó la bandeja con fuerza.
Solté un grito ahogado de dolor cuando el café hirviendo se derramó por todas partes. La bandeja cayó al suelo con estrépito. El líquido caliente me salpicó la mano y la pierna, y me quemó incluso a través de los jeans. La cerámica rota se me clavó en la palma cuando traté instintivamente de atrapar las tazas que caían.
Grité.