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La compra Hostil

La compra Hostil

Autor: susannavarreteu
Género: Romance
Dos imperios. Dos herederos. Una casa y cero piedad. Durante tres décadas, la rivalidad entre la familia Silva y la dinastía Del Valle ha hecho temblar los mercados financieros. Pero cuando una crisis amenaza con hundir a ambas multinacionales, sus consejos de administración imponen la única salida viable: una fusión corporativa sellada con un matrimonio legal de dos años entre Damián Silva y Renata Del Valle. Damián es un analista quirúrgico, frío y adicto al control que jamás ha perdido una negociación. Renata es una ejecutiva audaz, brillante y sarcástica que construyó su propio camino sin pedir permiso a nadie. Ninguno de los dos quería la boda, pero el contrato incluye una cláusula letal: si alguno de los dos solicita el divorcio antes de los veinticuatro meses, renuncia automáticamente a todo su paquete accionario en favor de su cónyuge. Obligados a convivir bajo el mismo techo en un penthouse donde las cámaras, la domótica hackeada y los sabotajes nocturnos son el pan de cada día, Damián y Renata inician una silenciosa guerra de desgaste. El objetivo es simple: volver loco al otro hasta forzarlo a firmar la rendición. Sin embargo, entre emboscadas en salas de juntas, fiestas de la alta sociedad donde deben simular el romance perfecto y una química explosiva que ninguno de los dos puede seguir ignorando, la línea entre el odio táctico y la obsesión empieza a borrarse. En el juego del dinero y el poder, enamorarse es la peor decisión financiera... pero perder al enemigo se convertirá en el mayor riesgo de sus vidas.
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Capítulo 1 La firma pública

El aire en el salón principal del Hotel Real parecía haber sido filtrado por un congelador industrial. Afuera, la tarde en la ciudad caía pesada, sofocante y pegajosa, pero adentro del edificio no se movía ni una mosca sin el permiso del aire acondicionado. Delante de la mesa de caoba, una selva de micrófonos y flashes de cámaras esperaba el momento justo para disparar. Los periódicos locales y las revistas de negocios llevaban semanas vendiendo la misma historia: la boda del siglo, la unión que salvaría miles de empleos, el apretón de manos más caro de la década.

La realidad, sin embargo, olía a perfume caro mezclado con el sudor frío de dos personas que preferirían estar en cualquier otro rincón del planeta.

En el centro de la mesa reposaba el documento. No era una simple acta de matrimonio, sino un mamotreto de más de cien páginas amarrado con una cinta azul marino que los abogados de ambas partes habían revisado con lupa hasta la madrugada anterior. Las letras negras y tupidas dejaban claro que durante los próximos dos años ni el apellido Silva ni el apellido Del Valle darían un solo paso sin contar con la aprobación del otro.

Damián Silva acomodó el puño de su camisa de vestir sin perder la postura. Tenía la espalda recta, la mirada fija en el frente y esa cara de palo que utilizaba cada vez que le tocaba cerrar un negocio difícil. A sus treinta años, Damián no creía en las coincidencias ni en los cuentos de hadas. Para él, la vida se resumía en números que cuadraban o números que dejaban pérdidas, y en ese instante, el matrimonio era la única jugada que evitaba que la empresa de su familia se fuera directo al despeñadero.

A su lado, separada apenas por una silla vacía que nadie se atrevió a ocupar, estaba Renata Del Valle.

Renata no miraba a las cámaras ni a los abogados que susurraban a sus espaldas. Tenía los ojos puestos en la pluma estilográfica de plata que descansaba a pocos centímetros de su mano derecha. Llevaba un traje de chaqueta blanco, impecable, de esos que gritan seguridad sin necesidad de levantar la voz. Quienes la conocían de lejos pensaban que era una mujer distante, pero la verdad era que Renata simplemente no tenía tiempo para rodeos. Había sudado la camiseta para ganarse un puesto en la directiva de su familia, aguantando indirectas y zancadillas, como para dejar que un contrato firmado a la fuerza le arruinara la carrera.

-Señor Silva, señora Del Valle... si son tan amables -murmuró el abogado principal, un hombre mayor de patillas canas que sudaba a mares bajo la luz de los reflectores.

Damián tomó la pluma primero. La tomó con la firmeza de quien firma un cheque de rutina. No dudó un solo segundo. Trazó su firma con un garabato rápido, seco, casi agresivo, y deslizó la carpeta hacia el lado de Renata sin llegar a tocarle los dedos.

-Todo tuyo -dijo en un susurro rasposo, tan bajo que solo ella pudo escucharlo entre el murmullo de la sala.

Renata giró la cara lentamente y lo miró por primera vez en toda la tarde. Sus miradas se cruzaron como dos espadas de lata en un juego de niños que de repente se había vuelto demasiado serio. No había rabia desbordada en sus ojos, sino algo peor: un cálculo helado.

-No te apures, Silva. Sé exactamente dónde poner el gancho -respondió ella con una sonrisa torcida que no le llegó a los ojos.

Tomó la misma pluma, apoyó la punta firme sobre el papel y estampó su firma justo debajo de la de él. En cuanto la tinta negra tocó la última hoja, el abogado cerró el documento de un golpe seco, marcando el final de la vida independiente de ambos y el inicio de una condena compartida.

Los flashes estallaron en cadena. El ruido de los obturadores de las cámaras sonó como un tiroteo contenido.

-¡Una foto juntos, por favor! ¡Un apretón de manos para la portada! -gritó un fotógrafo desde la primera fila, levantando el brazo para hacerse notar.

Damián se puso de pie de un salto, abotonándose el saco de un solo movimiento. Renata hizo lo propio, arreglándose la solapa de la chaqueta. Se colocaron frente al estrado, uno al lado del otro, tan cerca que Renata pudo notar el olor a madera y carbón del perfume de Damián, y él sintió la rigidez en los hombros de ella.

-Sonríe, socio -murmuró Renata entre dientes, manteniendo una sonrisa perfecta para los lentes que parpadeaban frente a ellos-. Mañana salimos en la sección de negocios y si pones esa cara de entierro las acciones van a caer otro tres por ciento.

-Sonrío cuando hay algo de qué alegrarme, Del Valle -repuso Damián sin mover un solo músculo de la cara, aunque apretó la mandíbula-. Limítate a mirar a la cámara del centro y no me pises los zapatos.

-Si te piso es a propósito -contestó ella rozando su codo contra el de él en un gesto que, desde afuera, parecía una muestra de cariño, pero que llevaba la fuerza suficiente para dejar las cosas claras.

Los reporteros tomaban fotos sin parar, encantados con la imagen de la pareja del año. Nadie en ese salón, ni los periodistas ni los propios abogados que habían redactado las cláusulas, tenía la menor idea de lo que acababa de arrancar. Pensaban que se trataba de una boda conveniente entre dos jóvenes de buena familia. No sabían que, al apagar las luces y cerrar las puertas de la prensa, los dos recién casados iban a subir al mismo carro para encerrarse en el mismo departamento, dispuestos a sacarse las chispas desde el primer minuto.

Capítulo 2 La entrada al penthouse

El ascensor privado subió en silencio, rápido como un suspiro, hasta el piso cuarenta y dos. El indicador digital marcaba los números en rojo y, con cada piso que dejaban atrás, la tensión dentro de la cabina se ponía más pesada. Ninguno de los dos decía una sola palabra. Damián llevaba las manos metidas en los bolsillos del pantalón, mirando fijamente la puerta de metal pulido, mientras Renata revisaba su teléfono con una calma fingida que no se creía ni ella misma.

Cuando las puertas se abrieron, el aroma a pintura fresca, madera cara y limpiador de pisos los recibió de golpe. El penthouse era enorme, descaradamente lujoso. Los techos eran altísimos y toda la pared del fondo era un ventanal gigantesco que mostraba la ciudad entera encendida como un árbol de Navidad. El suelo de mármol brillaba tanto que parecía un espejo.

Al centro de la sala había seis maletas grandes de cuero negro y un par de cajas de cartón con el sello de la mudanza.

-Bueno -dijo Damián rompiendo el silencio, con la voz seca mientras daba un par de pasos hacia el centro del salón-. Bienvenidos a la cárcel de oro.

-Habla por ti -respondió Renata entrando tras él, dejando caer sus tacones con fuerza sobre el mármol para marcar terreno-. Para mí esto solo es un hotel de paso que me va a costar dos años de mi vida.

Damián no perdió el tiempo en discusiones vacías. Caminó directo por el pasillo principal, con el paso decidido de quien ya tiene un plano metido en la cabeza. Renata, oliéndose la jugada, apretó el paso y lo siguió de cerca.

Al fondo del pasillo se abría la habitación principal. Era una suite impresionante: una cama donde cabían cuatro personas cómodamente, un vestidor del tamaño de un departamento pequeño, baño con tina de hidromasaje y un balcón privado con la mejor vista de la ciudad.

Damián tomó la agarradera de una de sus maletas, la arrastró hasta la entrada del cuarto y la dejó caer con un golpe firme en el piso.

-Esta es mía -declaró, cruzándose de brazos y dándose la vuelta para encarar a Renata.

Renata soltó una carcajada corta, cargada de puro sarcasmo. Se apoyó en el marco de la puerta y lo miró de arriba abajo, como si estuviera viendo a un niño queriendo quedarse con el mejor juguete de la fiesta.

-¿Perdón? ¿Desde cuándo decidiste eso, Silva?

-Desde que el noventa por ciento del dinero para comprar este departamento salió de la cuenta de mi familia -contestó él, sin mover un solo músculo de la cara-. Por pura lógica de inversión, el espacio principal me corresponde a mí.

-Mira qué bonito -replicó ella, dando un paso al frente para quedar a menos de un metro de distancia-. Pero se te olvida un pequeño detalle de esa lógica: la parte que puso mi familia es la que evitó que la tuya se fuera a la quiebra la semana pasada. Así que, si vamos a hablar de quién tiene más derecho, este cuarto lleva mi nombre bien escrito.

-Hay tres habitaciones más al fondo del pasillo -señaló Damián con la cabeza, sin ceder un milímetro-. Todas tienen su propio baño. Escoge la que quieras.

-Que te quede claro una cosa -dijo Renata alzando la voz, manteniendo la mirada fija en la de él sin pestañear-: yo no vine aquí a jugar el papel de la esposita complaciente que se queda con el cuarto de huéspedes mientras el rey de la casa se acomoda en la suite principal. Si piensas que me vas a arrinconar desde el primer día, estás bien equivocado.

El aire entre los dos echaba chispas. Damián la sostuvo con la mirada. No estaba acostumbrado a que nadie le plantara cara de esa forma, y mucho menos en un terreno donde sentía que tenía el control. Pero Renata no era de las que se doblaban con una cara seria.

-¿Y qué propones entonces? -preguntó él, bajando el tono a un murmullo frío-. ¿Un volado? ¿Medirnos el pulso?

-Propongo que seamos prácticos -respondió Renata, cruzándose también de brazos-. Esta habitación tiene el único escritorio grande y la única conexión de red de alta velocidad de todo el piso. Yo tengo que manejar la división de desarrollo desde aquí y necesito ese espacio. Tú te la pasas metido en la oficina central hasta las diez de la noche. Ni siquiera vas a disfrutar el cuarto.

-Mi trabajo exige exactamente el mismo espacio y la misma privacidad -interrumpió Damián, apretando la mandíbula-. No voy a revisar estados financieros en una mesa de noche.

-Entonces tenemos un problema -sentenció ella.

Por un minuto entero solo se escuchó el zumbido suave del aire acondicionado central. Fuera, las luces de los autos en la avenida principal parecían ríos de fuego, pero dentro de la suite el ambiente era una guerra de posiciones.

Damián miró hacia la cama king size, luego hacia el enorme vestidor dividido en dos alas perfectamente simétricas y finalmente a Renata. Sabía que si empezaba cediendo terreno esa misma noche, los próximos dos años serían un infierno donde ella le tomaría la medida en cada decisión. Pero también sabía que si se quedaban atrancados en la puerta del cuarto a mitad de la noche, el cansancio los iba a liquidar a los dos.

-El cuarto tiene dos accesos y el vestidor está dividido exactamente a la mitad -dijo Damián al fin, despacio, como si estuviera masticando cada palabra-. Podemos usar el espacio de trabajo compartido y los extremos de la suite.

Renata lo miró con desconfianza, analizando la propuesta en busca de alguna trampa oculta.

-¿Y la cama? -preguntó en seco.

-La cama es inmensa -respondió Damián, dando un paso hacia atrás para dejar libre el pasillo-. Marcamos una línea invisible justo por la mitad. Si cruzas de mi lado, te cobro alquiler. Si yo cruzo del tuyo, tienes derecho a reclamar.

Renata soltó una leve sonrisa, esta vez sin tanto veneno, aunque con la misma dureza de siempre.

-Trato hecho -dijo, pasando a su lado y arrastrando sus dos maletas de un solo tirón hasta el lado derecho de la habitación-. Pero que te quede bien claro, Silva: a la primera de cambio que intentes invadir mi lado, te saco tus cosas al pasillo.

-Inténtalo, Del Valle -contestó Damián, cerrando la puerta de la suite con un golpe seco-. Apenas estamos empezando.

Capítulo 3 La domótica como arma

Al tercer día de convivencia, el penthouse ya no parecía una propiedad de lujo, sino un campo de pruebas militar. La tregua de la primera noche duró exactamente lo que tardó en salir el sol al día siguiente. No había gritos ni platos volando por los aires; lo de Damián y Renata era una guerra fría, silenciosa y sumamente calculada, donde cada detalle servía para sacarle canas verdes al otro.

A las seis de la mañana, Renata estaba lista para salir a correr al gimnasio del edificio. Llevaba un conjunto deportivo negro, el pelo recogido en una cola alta y sus audífonos puestos. Sin embargo, en cuanto puso un pie fuera de la suite principal, un soplo de aire helado la golpeó de lleno en la cara, haciéndola tiritar de pies a cabeza.

El termómetro digital que estaba empotrado en la pared del pasillo marcaba unos escandalosos doce grados centígrados. La sala parecía una nevera gigante para mantener carne fresca.

-Pero ¿qué demonios...? -murmuró Renata, frotándose los brazos con rabia.

Caminó a pasos agigantados hacia la pantalla táctil de la pared central para subir la temperatura a unos razonables veintidós grados. Tocó la pantalla una, dos, tres veces. Nada. El panel emitió un pitido rojo y mostró un mensaje que le sacó una chispa de malgenio: Acceso denegado. Perfil de administrador: Damián Silva.

En ese mismo instante, la luz blanca del techo, que iluminaba el salón como si fuera un quirófano de hospital, se apagó de golpe, dejando el departamento a oscuras, salvo por el destello violeta de un par de lámparas led en el piso que parpadeaban como luces de discoteca barata.

Renata apretó los puños. No necesitaba ser un genio de la tecnología para saber qué estaba pasando.

Caminó directamente hacia la cocina, donde Damián estaba parado frente a la barra de granito, vistiendo un traje impecable gris oscuro, ajustándose el reloj de pulsera mientras le daba un sorbo tranquilo a una taza de café negro que echaba humo. Tenía su tableta electrónica apoyada en la barra, mostrando un panel de control lleno de gráficas e indicadores de color azul.

-Silva -dijo Renata, parándose frente a él con los brazos cruzados y los dientes castañeteando ligeramente-. ¿Se puede saber por qué este departamento parece un témpano de hielo en el Polo Norte?

Damián no se inmutó. Levantó la vista con una calma exasperante, le dio otro trago a su taza y la miró como si fuera una visita inesperada a mitad de la mañana.

-Buenos días para ti también, Del Valle -respondió con voz pausada-. Según los estudios de productividad que revisé anoche, las temperaturas bajas mantienen el cerebro alerta y aceleran el metabolismo. Además, el consumo de energía baja un ocho por ciento si mantenemos el sistema en modo de ahorro invernal.

-Me importa un comino la productividad y tu ahorro invernal -escupió Renata, dando un golpe seco sobre la barra-. Tengo las manos congeladas y ni siquiera puedo encender la cafetera porque bloqueaste los contactos de la cocina. Desbloquea el sistema de inmediato.

-No puedo hacer eso -dijo Damián, volviendo la mirada a su tableta mientras deslizaba el dedo por la pantalla-. Como la cuenta maestra del departamento está vinculada a mi nombre y mi tarjeta corporativa paga los servicios, asumí la administración central de la domótica. Es por el bien de la organización del hogar.

En ese momento, la luz de la cocina cambió a un tono azul brillante y la música de la bocina inteligente del techo empezó a sonar: un tema de ópera clásica a todo volumen que retumbaba en las paredes de mármol.

Renata respiró profundo para no perder los estribos ahí mismo. Sabía perfectamente lo que Damián estaba haciendo: intentaba descolocarla, cansarla mentalmente para que cometiera un error en la oficina o para que terminara empacando sus cosas y pidiendo una tregua. Pero si algo tenía Renata Del Valle era que no se rendía ni aunque la pusieran a vivir entre glaciares.

-Ah, ¿conque esas tenemos? -dijo ella, soltando una sonrisa helada que superaba en frío al propio aire acondicionado-. Te crees muy listo con tus aplicaciones y tus perfiles de administrador, ¿verdad?

-Soy práctico, que es distinto -contestó Damián, guardando la tableta en su maletín de cuero-. Me voy a la oficina. Te dejé la luz del pasillo encendida para que no te tropieces. Que tengas un buen día de trabajo.

Damián caminó hacia la puerta de salida con el paso firme de quien se siente ganador de la primera batalla del día. Tocó el panel de la entrada para abrir el cerrojo digital, pero la puerta no emitió el habitual chasquido de liberación. En su lugar, el indicador parpadeó en color amarillo y una voz robótica resonó por todo el recibidor: Red local interrumpida. Modo de seguridad activado.

Damián se detuvo en seco. Volvió a poner la huella en el sensor. La puerta siguió cerrada.

Se dio la vuelta lentamente y encontró a Renata recostada tranquilamente contra el marco de la cocina, sosteniendo en su mano derecha el pequeño enrutador principal de internet del departamento, al cual le acababa de desconectar el cable de fibra óptica de un solo tiritón.

-Vaya, qué lástima -dijo Renata, mostrando el cable suelto con un tono de falsa lástima-. Parece que sin señal de internet tu súper cuenta de administrador no puede comunicarse con los cerrojos de la casa. Y como la puerta principal funciona con cierre de alta seguridad en caso de fallo de red, me temo que ninguno de los dos va a poder salir de aquí en las próximas tres horas.

La cara de Damián cambió por completo. La serenidad de ejecutivo se le borró de un plumazo.

-Conecta eso ahora mismo, Renata -ordenó, dando un paso hacia ella con la mandíbula apretada-. Tengo una reunión con la junta de accionistas en cuarenta minutos.

-Y yo tengo una cita con el equipo de finanzas a las nueve -respondió ella, caminando sin prisa hacia la sala mientras jugaba con el cable entre los dedos-. Así que te sugiero que agarres tu tableta, le devuelvas la temperatura normal al departamento y me des acceso completo de usuario a las luces y al agua caliente. De lo contrario, nos vamos a quedar aquí encerrados haciendo compañía a tu ópera clásica hasta que la batería de tu teléfono se muera.

Damián la miró fijamente durante cinco segundos eternos, midiendo la fuerza de su amenaza. Vio en los ojos de Renata que no estaba respondiendo por impulso; estaba jugando con sus mismas reglas y le acababa de voltear la tortilla en su propio terreno.

Sin decir una palabra, Damián sacó la tableta, tocó la pantalla un par de veces y, en menos de tres segundos, el aire helado se detuvo y las luces del departamento volvieron a su tono cálido y natural.

-Hecho -dijo él, con la voz entrecortada por el coraje contenido-. Tienes acceso de coadministradora. Conecta el cable.

Renata sonrió de verdad por primera vez en la mañana. Enchufó el cable de vuelta en el aparato, la puerta del recibidor hizo un chasquido liberador y Damián no esperó ni un segundo para salir disparado hacia el ascensor.

-Que tengas un excelente día en la junta, querido socio -le gritó Renata desde la entrada, viéndolo desaparecer entre las puertas de metal.

La guerra por el penthouse apenas estaba empezando, y le acababa de quedar claro a Damián que su flamante esposa no se iba a dejar congelar tan fácilmente.

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