Prólogo
Observaba el cristal del ventanal, la idea llevaba dándome vueltas en la cabeza de hace varías semanas, pero aún no me decidía. Revoloteo mis dedos sobre el escritorio. Una vez más tomé la laptop entre mis manos. El tintineo del puntero me hipnotizaba, pero no lograba plasmar mis ideas. El pueblo no salía de mis pensamientos, sentía cierta nostalgia cuándo los recuerdos me invadían. Está un poco apartado del bullicio de la ciudad. A diferencia de donde me encuentro, en la gran ciudad. Las personas eran muy activas, siempre había movimiento, tanto como a la luz del día y las noches estrelladas, aunque no se apreciaba como me gustaría, la contaminación de la ciudad imposibilita la maravillosa vista. Un arrebato de frustración, agarré la maleta y tiré todo lo esencial, me decidí. Partiría hoy mismo. Me iría al pueblo a la antigua casa de mi tía.
Tomé las llaves de mi Jeep entre las manos, le eché un último vistazo a mi apartamento. Cerré con seguro y me marché.
El viento de la fría noche golpeaba contra mi cara, las calles desiertas me permitían correr un poco, pero siempre cauteloso.
Después de tanto tiempo sentía cierta sensación de emoción en mi pecho, sintiéndome más vivo que nunca.
Cap. 1: A mi regreso
Estaba harto de aquella danza de cortejo. La deseaba, y estaba casi seguro de que ella también a él. Ya no eran niños. Eran personas adultas, maduras. No había necesidad de juegos. Se juró a sí mismo que, si esa noche lo rechazaba de nuevo, se largaría. Y esta vez no volvería. Aunque ella hiciera las mejores verduras salteadas de todo el estado Aragua.
Maldición. Se estaba engañando, y lo sabía.
Aunque ella le mostrara amablemente la puerta esa noche, volvería a verla al día siguiente. Concertaría una nueva cita, y luego otra, hasta que finalmente lograra franquear la puerta de su dormitorio.
Había algo en Clare Herrera que lo fascinaba.
No.
Se trataba de algo más que fascinación. Se estaba convirtiendo en una obsesión para él casi del mismo calibre que la escritura.
Conjure mentalmente una imagen de ella y al contemplarla sentí la reacción inmediata de mi cuerpo << A los cuarenta años, resultaba un poco extraño sufrir esa clase de problema >> mientras cambiaba de postura para aliviar la repentina tirantez de mis vaqueros.
Claro que, por otro lado, resultaba vagamente reconfortante saber que aún podía sufrir de aquel modo. Pero ¿Por qué tenía que ser precisamente con Clare Herrera? A fin de cuentas, aquella mujer no era precisamente un irresistible tarro de miel. No era ya joven, ni alta, ni de pechos opulentos. Clare tenía treinta y cuatro años, y era más bien baja y de líneas compactas. De nariz recta y firme. De mentón porfiado. De altos, prominentes pómulos. Y poseía una sonrisa cuya calidez insinuaba femeninos secretos y una pizca de malicia.
La única cosa realmente espectacular que había en ella era el color de sus ojos. Me sentía profundamente intrigado por aquellos ojos. Había pasado mucho tiempo intentando determinar su tono exacto, para acabar describiéndolos de forma aproximada como << Pardos>> Siendo escritor, debía ser capaz de dar con una expresión más precisa, y lo sabía. Pero resultaba difícil acertar con la palabra justa que describiera la extraña mezcla de tonos turquesa, verdes y dorados que caracterizaba los ojos levemente rasgados de Clare. Aquellos ojos le recordaban a un misterioso y exótico felino. Eran sensuales e indómitos. Clare podía decidir cuándo entregarse a un hombre, pero nunca se dejaría coaccionar por él, ni permitiría que dispusiera de ella contra su voluntad.
Su cabellera era mucho más fácil de describir. Era leonino. Definitivamente leonino. De un rubio pálido, entremezclado con hebras de un castaño suntuoso. Desde hacía semanas, anhelaba hundir las manos en aquella espesa y fragrante melena. Soñaba con asirla del pelo y mantenerla tiernamente cautiva, con tumbarla sobre un lecho de verde hierba y hacerle el amor hasta que se quedara sin fuerzas para rechazarlo.
Hasta que agotara sus energías y dejara de mortificarlo. Que se rindiera por completo.
Tenía que rendírsele. ¿Por qué no se daba cuenta? Era suya. Siempre lo había sido. No podía resistirse eternamente.
Fruncí el ceño. El extraño giro de mis pensamientos me producía un leve desasosiego. No era propio de mi, pensar en una mujer con tal urgencia, con semejante ansiedad.
- Al diablo con todo - Gruñí y abriendo los ojos, observé la luz mortecina del atardecer. Pronto el valle quedaría envuelto en espesas sombras. La peña en la que estaba tumbado iba perdiendo rápidamente el calor que había absorbido durante el día.
Un pájaro volaba en círculos allá arriba, buscando un último bocado antes de regresar a su nido en algún altísimo pino cercano. Escuché atentamente y creí oír el llamado de la compañera de aquella criatura, pero no podía estar seguro. Era difícil oír algo con el ruido de la cascada. El rugido constante del agua espumeante que se despeñaba precipicio abajo ahogaba casi todos los sonidos.
Cambie de postura sobre la inmensa peña, girándome de lado y apoyándome en un codo. Elevé una rodilla para equilibrarme. Asomándome por el borde de la roca, miré el agua caer. Era casi la hora del espectáculo luminoso.
Allá abajo, la cascada de la Prisionera se abría paso entre los riscos, emergiendo de algún misterioso manantial profundamente enterrado en el corazón de la montaña. El agua turbulenta formaba una densa y resplandeciente muralla blanca, de más de noventa metros de altura, que caía en vertical sobre el río. Pero sabía por experiencia que en verano, durante unos minutos, justo cuando se ponía el sol, aquel blanquísimo velo se volvía rojo como la sangre. El extraño efecto óptico que el atardecer producía en el agua nunca dejaba de asombrarlo.
Aguardé a que la primera pincelada de color apareciera en la neblina que ondeaba perpetuamente alrededor de la cascada de la Prisionera. El sol se hundió un poco más tras la montaña. El cielo se cubrió de resplandecientes jirones dorados, naranjas y amarillos. Los ondulantes, blancos penachos de agua, atraparon los delicados tonos de la luz y los reflejaron. Por un instante, el oro manó de los riscos.
Unos segundos después, el oro se volvió fuego. Y después, el fuego se convirtió en sangre.
Me senté, enlazando la rodilla con el brazo, contemple atentamente la larga cascada carmesí. El tiempo pareció quedar en suspenso. Entonces el sol desapareció por completo y la catarata recuperó su apariencia acostumbrada: pálida y reluciente en la penumbra del anochecer.
Levante la cabeza y miré, por encima de la cortina de agua, los tejados del pueblo que aparecía plantado en las márgenes del río. Tal vez hubiera sido un error volver, después de todo. ¿Qué había esperado encontrar allí? Nada había cambiado en La Colonia Tovar en los últimos veinte años.
La cascada seguía tiñéndose de rojo sangre al atardecer, como siempre, había descubierto que seguía odiando su pueblo natal, como siempre lo había odiado.
Lo único que diferenciaba aquel verano de los demás era la presencia de Clare Herrera. Al pensar en ello, me levanté y cruce el montón de peñas macizas que marcaba la cima de la cascada de la Prisionera.
Clare lo estaría esperando. Lo había invitado a cenar, y él había prometido llevar el vino.
Me pregunté amargamente si estaría abocado a pasar otra velada en estado de frustración sexual. Y luego volvió a reflejar <<¿Por qué toleraba semejante situación?>> Pero aquella pregunta era tan irresoluble como la de por qué había vuelto a la Colonia Tovar a pasar el verano.
- Tranquilo, Hunter, que voy a darte tu cena. Desde que estás conmigo, no te ha faltado ni una sola comida, ya lo sabes -le dije riendo con dulzura al enorme perro mestizo, que estaba sentado y expectante junto a mi silla. Tendí una mano para acariciarle las orejas y el animal, inclinándose hacia delante, apoyó su pesado hocico sobre mi muslo-. Cualquiera diría que estás muerto de hambre.
- Puede que lo estuviera antes de conocerte. - Michael miró con fastidio al perro. Aquel monstruo y él no se profesaban afecto, y ambos lo sabían. Procuraban comportarse civilizadamente el uno con el otro cuando Clare estaba delante, pero su relación acababa ahí-. O puede que su estómago sea un barril sin fondo. Es el perro más feo que he visto en toda mi vida, Clare. No es alegre. Ni simpático. Ni siquiera sabe hacer trucos. No tiene ni pizca de gracia. Y eso que a mí me gustan los perros.
Clare sonrió con benevolencia. Sus ojos brillaban alegremente.
-Él habla muy bien de ti cuando no estás.
-Apuesto a que sí. Me arrancaría la garganta en un abrir y cerrar de ojos si pudiera. - Michael sonrió fugazmente enseñando los dientes-. Solo me tolera porque no quiere ofenderte. Seguramente teme que le disminuyas la ración si toma la costumbre de destrozar a tus invitados a dentelladas.
-Si ha llegado a esa conclusión, él solito, no creo que puedas decir que es un perro tonto.
-Yo nunca he dicho que fuera tonto. Solo que es muy antipático.
-Sí -dijo Clare, pensativa-. No puede decirse que sea simpático. Claro que, a mí nunca me ha atraído particularmente la simpatía.
<< Si no>> añadió para sus adentros << no estaría aquí contigo, en mi casita de verano, Michael Escotet>>.
Michael era muchas cosas... pero definitivamente simpático no era. Se podría compararse con Hunter, fuerte, vivo y sin duda peligroso cuando lo provocaban.
Pero lo cierto era que ella sabía tan poco del pasado de Michael como del de su perro. Sabía que poseía un apartamento en Caracas, que tenía cuarenta años, y que los aparentaba. En su rostro había cierto número de inflexibles arrugas. Su pelo, casi negro, estaba entreverado de gris en las sienes. Aquello habría podido darle un aire distinguido de haber tenido esos rasgos agradables y regulares de los empresarios de éxito, de los médicos o de los abogados. Pero Michael no tenía esa clase de rasgos, y el hermoso efecto que producían las canas de su pelo le daba el aspecto de un lobo bregado en mil batallas.
En las escasas semanas que hacía que lo conocía, lo había visto invariablemente vestido con vaqueros, camisas de algodón descoloridas y zapatillas de deporte gastadas. Y de manera indefinible, aquel uniforme le iba como anillo al dedo.
-¿De dónde sacaste al monstruo? -preguntó Michael despreocupadamente, sirviéndose un poco más de menestra de verduras.
-Me lo encontré en el prado -sonreí recordando-. Nos miramos el uno al otro, y comprendimos que era cosa del destino.
-Ya. Lo más seguro es que él te echara un vistazo y comprendiera que eras pan comido. Para empezar, sospecho que seguramente había una buena razón para que ese perro estuviera en el prado.
-Estaba abandonado -ella acarició el pelo áspero del animal, y Hunter se recostó pesadamente contra su pierna. Sus ojos marrones, expectantes, la miraron con inconfundible adoración.
-No me extraña que alguien lo abandonara. Porque, ¿qué demonios es, si puede saber? Aparte de medio dragón, claro.
-No estoy segura. Una vecina me dijo que parecía una mezcla de mastín de Rodesia con algo más.
-Apuesto a que, antes de conocerte, se ganaba la vida como basurero.
Hunter enseñó los dientes ferozmente, y luego intentó disimular lanzando un bostezo perruno.
-¿Y tú cómo te ganabas la vida antes de convertirte en escritor? -preguntó Clare de pronto. Su curiosidad respecto a Michael crecía de día en día. Se sentía profundamente atraída por él, pero le desagradaba la idea de sentir atracción, por lo que no comprendía.
Estaba acostumbrada a controlar su vida y a sí misma.
-Con lo que surgiera. Estuve en el ejército un tiempo. Y después trabajé sobre todo en la construcción. Luego, mis libros empezaron a venderse.
Ella sabía que sus preguntas lo impacientaban. Aquella era una de las pocas que se había molestado en contestar. Clare paladeó aquel pequeño bocado de información.
-¿Quieres más arroz?
-Gracias. -Michael tomó el tazón con soltura-. No te ofendas, pero ¿solo sabes hacer verduras salteadas y arroz? Me has puesto lo mismo cada vez que he venido a cenar.
Clare sonrió.
-Es el único plato que pongo cuando tengo invitados. Nunca he tenido tiempo de aprender a cocinar de verdad. Además, me gustan las verduras. Procuro mantener mi peso bajo control.
-Supongo que es una suerte que a mí también me gusten las verduras. -Michael roció su nueva ración con salsa de soja.
-Parece que Hunter no es el único con un hambre de lobo.
-Yo tengo excusa -dijo Michael con la boca llena de arroz-. Esta tarde he estado trepando.
-¿Has vuelto a subir a lo alto de la cascada?
-Sí.
-Realmente te fascina ese sitio, ¿verdad?
-Uno de estos días te llevaré allí al atardecer. La vista es increíble. El agua capta los rayos del sol de tal modo, que se vuelve del color de la sangre.
Clare se estremeció.
-¿De ahí sacaste el título del libro que estás escribiendo?
-¿Fosca de sangre? Sí -sus ojos grises, de pesados párpados, escudriñaron el rostro de Clare mientras dejaba el tenedor y tomaba la copa de vino.
La mirada de Escotet ejercía un efecto desconcertante sobre Clare. Esa era una de las razones por las que había procurado mantenerlo a distancia desde que lo conoció en la oficina de envíos del pueblo, unas semanas antes. Había percibido algo turbador y peligroso en aquella mirada y, sin embargo, no había podido resistirse cuando, unos días después, él prácticamente se invitó a cenar en su casa.
Una cena había llevado a otra y ahora allí estaba Clare, casi un mes después, jugando a aquel inquietante tira y afloja sexual con un hombre al que no lograba conocer. El sentido común la aconsejaba que cortara por lo sano aquella relación antes de quedar atrapada, pero Clare se sentía incapaz de hacerlo. Sentía demasiada atracción hacia él, demasiada curiosidad, demasiada fascinación. Estaba decidida a saber más acerca de su vecino estival.
-¿Qué has hecho hoy? -preguntó Michael, como si percibiendo el rumbo que habían tomado sus pensamientos quisiera distraerla.
-Lo de siempre. -Clare sonrió y le dio a Hunter un trozo de brócoli. El perro lo engulló como si fuera un pedazo de la mejor carne-. Desayuné, redacté unos cuantos currículos y cartas para mandarlos a las agencias de empleo, recogí el correo, di un largo paseo con Hunter y leí unos cuantos capítulos de El precio del terror.
-Parece que estás teniendo unas vacaciones fantásticas, ¿no? ¿Se puede saber por qué elegiste este pueblucho? ¿Cómo es que no te fuiste a la costa?
Clare se removió incómoda. Ella misma se había hecho aquella pregunta más de una vez.
-No sé qué me hizo decidirme por esta parte del estado. Quería un lugar tranquilo. Un día estaba mirando un mapa, vi la Colonia Tovar y se encendió una lucecita en mi cabeza. Me decidí al instante.
-Y aquí estás, dándome de comer e intentando acabar de leer una de mis novelas. Supongo que los caminos del destino son inescrutables. Pero no es precisamente halagüeño para mí que estés tardando tanto en acabar mi libro -la boca de Michael se curvó hacia arriba en una irónica sonrisa.
Clare, que estaba dándole otro bocado a Hunter, alzó los ojos.
-No puedo leer mucho de una vez -dijo sinceramente-. Me da muchísimo miedo.
Michael se encogió de hombros.
-Será porque nunca antes habías leído novelas de terror.
-Reconozco que nunca han sido mis predilectas. Pero ahora que he leído más de la mitad de tu libro, por fin sé por qué he tenido el buen sentido de evitar el género de terror todos estos años. Tu novela me causa pesadillas si la leo antes de irme a la cama, Michael.
-Supongo que debería sentirme halagado por ello -contestó él suavemente-. A mí me pagan por asustar a la gente.
Clare frunció el ceño.
-¿Cómo puedes escribir esas cosas? ¿No te molesta? ¿No te asustas con tus propias fantasías?
-Cuando mis fantasías logran asustarme, sé que voy por el buen camino.
Clare sacudió la cabeza notando una extraña frustración.
-Me pregunto si alguna vez lograré entender del todo cómo funciona tu mente.
-¿Eso te preocupa? -preguntó Michael con suavidad. Se recostó en la silla, estiró las piernas bajo la mesa y apuró el vino. Bajo los párpados entrecerrados, su mirada era aguda e inquisitiva-. ¿Es esa la razón de que estemos jugando a este juego de mírame y no me toques? ¿Intentas averiguar cómo funciona mi mente antes de permitir que te lleve a la cama?
Clare se quedó muy quieta. Bajo su mano, Hunter se puso alerta y miró a Michael con ojos acusadores, como si lo retara a ofender de nuevo a su ama.
-No sabía que estábamos jugando a algo -dijo Clare adoptando la compostura que siempre le había servido en el mundo de los negocios-. Pensaba que nos estábamos haciendo amigos. Si crees que estoy jugando a algo, quizá prefieras marcharte.
Hunter no gruñó, pero sus labios se abrieron lo justo para enseñar sus dientes. Michael miró primero al perro y luego a Clare.
-Olvídalo -dijo levemente divertido-. No te librarás de mí tan fácilmente. Pero tampoco dejaré que te me escapes. Sabes perfectamente que estás haciendo todo lo posible por mantenerme en suspenso desde que nos conocimos. No dejas que me acerque, pero tampoco que me vaya.
Clare lo observó fijamente, cada vez más irritada.
-Ya veo. De modo que, ¿no estás interesado en hacer amigos? ¿Te has estado invitando a cenar varias veces por semana solo porque estabas inquieto y aburrido? ¿Crees que pasarás un verano más divertido en La Colonia Tovar si te buscas una amante?
Michael la miró largamente.
-Por si te interesa saberlo -dijo al fin cuidadosamente-, a mí la Colonia Tovar nunca me ha parecido divertido, con o sin amantes.
Clare se sonrojó percibiendo una intensidad salvaje tras sus palabras.
-Entonces, ¿por qué has vuelto después de casi veinte años de ausencia?
Michael se inclinó hacia delante y dobló los brazos sobre la mesa.
-Ya te he explicado por qué estoy aquí. Debo tomar una decisión respecto a la casa de tía Jesse, y necesitaba un lugar tranquilo para terminar Fosca de sangre. Así que este verano decidí matar dos pájaros de un tiro.
-Estoy convencida de que hay algo más.
Michael sacudió la cabeza lentamente.
-Puedes pensar lo que quieras. Pero te lo advierto, Clare: no tengo intención de dejar que me mortifiques todo el verano solo para entretenerte.
-No te preocupes -replicó ella-, estoy segura de que encontraré mejores cosas que hacer con mi tiempo. Ya te he dicho que tengo que tomar decisiones importantes respecto a mi carrera. Sin duda, será mejor que me concentre en ello en vez de en ti. Dejémoslo así. Los dos cometimos un error. Nos equivocamos. Esas cosas pasan, incluso a nuestra edad -se levantó y comenzó a recoger los platos con una sonrisa desafiante-. ¿Quieres postre?
-Sí, quiero postre -gruñó Michael en voz baja y, poniéndose en pie de un salto, se interpuso en el camino de Clare y la tomó bruscamente en sus brazos.
-Michael -ella cayó sobre él y abrió las manos sobre su pecho. Sus ojos brillaban de furia.
Hunter dejó escapar un gruñido áspero y feroz mientras Clare procuraba recuperar el equilibrio.
-Dile a tu perro que se largue -ordenó Michael, su cara a pocos centímetros de la de Clare.
-¿Y por qué iba a hacerlo? Solo intenta protegerme.
-De mí no tiene que protegerte. Tú puedes cuidarte sola. Dile que se pierda.
Clare vaciló un momento, aturdida por las amenazas implícitas de Michael y del perro, que parecían viciar el aire a su alrededor. Luego se impuso el sentido común.
-Tranquilo, Hunter -dijo con firmeza-. Buen chico. Échate, Hunter. No pasa nada. Vamos, pequeño. Échate.
El enorme perro parecía indeciso. Observó a su ama entre los brazos de Michael. Luego le lanzó a este una mirada desconfiada.
-Vamos -dijo Michael-. Ya has oído a tu ama. Ve a echarte. No voy a hacerle daño.
Con un último y quejumbroso gruñido, Hunter se dio la vuelta de mala gana y se dirigió a un rincón de la habitación. Allí se tumbó obedientemente, pero sin quitarle ojo a Clare.
-Lo estás poniendo nervioso -dijo ella-. Y a mí también.
-Lo mismo digo. Tú llevas semanas, volviéndome loco. -Michael deslizó los dedos entre su pelo, liberando la melena leonina de su atadura-. Hacía mucho tiempo que quería hacer esto -añadió complacido cuando el cabello de Clare cayó suelto sobre sus manos. Inclinó la cabeza y, al mismo tiempo, le alzó la barbilla con los pulgares.
Clare se quedó de pronto sin aliento. El misterioso destino al que había estado tentando un mes entero por fin la había acorralado. Tras postergar tanto tiempo lo inevitable, se sintió embargada por el deseo de rendirse a ello, de experimentarlo por entero.
Michael dejó escapar un suave gruñido cuando Clare alzó los brazos y le rodeó el cuello.
-Eso es, cariño. Por fin lo has comprendido. Así tiene que ser. ¿Por qué demonios has sido tan testaruda y esquiva todas estas semanas? -La besó con avidez, apretándola contra su cuerpo.
El beso fue exactamente lo que Clare esperaba y, sin embargo, le resultó extrañamente inesperado. Aquella caricia íntima era exótica, casi extraterrestre y, al mismo tiempo, lo más natural del mundo. Era como si Michael fuera una nueva y extraña forma de vida masculina que ella acababa de descubrir. Y, sin embargo, era como si ya lo conociera de otro tiempo y otro lugar; como si lo conociera y lo temiera.
El sabor de su boca era como Clare lo había imaginado y, al mismo tiempo, era nuevo, extraño y perturbador. Michael era tan exigente como ella sospechaba, pero descubrió dentro de sí el súbito deseo de responder a sus demandas con otras de su cosecha.
Los brazos de Michael se tensaron en torno a ella, y sintió la dureza de su pelvis restregarse contra ella. Michael la deseaba, no era ningún secreto. Algo brotó dentro de ella, y aquel apasionado beso amenazó con descontrolarse. Era como si hubiera estado esperando a aquel hombre y aquel beso toda su vida.
Apenas era consciente de los movimientos deslizantes, tentativos, acariciadores de las manos de Michael sobre su cuerpo hasta sus caderas. Sintió que con las puntas de los dedos le rozaba de pasada la prominencia de los pechos, y un sofoco sensual, se apoderó de ella. Cuando él la agarró de las nalgas y la apretó con fuerza contra su cuerpo fibroso y duro, Clare se estremeció y dejó escapar un leve gemido. Él se apartó lentamente, de mala gana, y empezó a hablarle mientras le iba sacando la camisa de los pantalones.
-Sabía que contigo sería así -susurró Michael inhalando la fragancia de su pelo. El deseo hacía que le temblaran las manos-. Apasionado, dulce y ávido al principio. Tengo la sensación de llevar esperándote mucho tiempo.
-Oh, Michael, quisiera...
-Shh, no intentes hablar. Ahora no -pasó un dedo sobre sus labios entreabiertos y le centellearon los ojos al contemplar su expresión indecisa-. La primera vez será rápida, dura, salvaje. Pero después nos tomaremos todo el tiempo del mundo. Pero no la primera vez. En este momento, te deseo demasiado -introdujo las manos bajo la camisa de Clare y las subió buscando las suaves curvas de sus pechos.
El leve sonido del corchete del sostén al abrirse hizo que Clare se apartara del borde de aquel abismo. Parpadeando rápidamente, procuró despejar la neblina que enturbiaba su mente. Experimentaba una extraña sensación de disolución, como si partes importantes de su ser estuvieran girando salvaje e incontroladamente. Se preguntó un instante si sería así como se sentía la polilla al acercarse a la llama. Un instinto primitivo y femenino se apoderó de ella devolviéndole la cordura.
-No -dijo con un suplicante hilillo de voz-. No, Michael -repitió, esta vez con mayor firmeza-. Ahora no. Esta noche no. Yo no... no estoy preparada. Quiero pensar. Esto no es lo que...
Él la acalló con un beso impaciente y con las palmas de las manos cubrió ávidamente sus pezones erectos.
-Te deseo.
-Eso no es suficiente.
-Tú también me deseas.
-Sigue sin ser suficiente. Por favor, suéltame, Michael.
Por un instante, Clare creyó que no iba a soltarla, y comprendió con inquietante lucidez que, si no lo hacía, ella se vería arrastrada de nuevo al borde del abismo y que esta vez saltaría con él a aquella sima de oscuridad aterciopelada.
Pero no estaba preparada para ello. Aún no. Había demasiadas cosas que no sabía ni comprendía respecto a Michael Escotet.
Entonces, de pronto, se encontró libre. Michael dio media vuelta y se apartó de ella bruscamente, pasándose una mano por el pelo negro. Se detuvo frente a la ventana de la casita y miró afuera, hacia la oscuridad nocturna. Hunter lo observaba atentamente, pero no se movió.
-¿Qué pasa contigo? -dijo sin girarse. La línea rígida de sus anchos hombros dejaba traslucir su irritación-. ¿A qué viene este constante tira y afloja? Es un juego de adolescentes. Y tú no eres una niña.
Clare cerró los ojos.
-No, en eso tienes razón. No soy exactamente una niña -abrió los ojos y miró su espalda-. Pero tú tampoco eres un niño. ¿A qué viene esa rabieta porque no quiera enrollarme contigo, como dicen los chicos? Tienes cuarenta años, Michael. Eres demasiado mayor para actuar como un adolescente que no consigue lo que quiere en el asiento trasero de un coche.
Michael se dio la vuelta. Sus ojos grises parecían iluminados por una indescifrable mezcla de emociones.
-Lo siento -dijo lacónicamente-. Supongo que he malinterpretado las señales.
-Supongo que sí -dijo ella secamente, sintiendo que se le encogía el corazón. No quería que la velada acabara de aquel modo.
Él no se movió. Por un instante, se miraron el uno al otro sin ofrecerse un modo amable de ponerle fin a aquella embarazosa situación.
-¿Qué quieres de mí? -preguntó Clare finalmente, sin poder evitarlo-. ¿Qué echemos un par de polvos? ¿Qué nos enrollemos una noche?
-¿Te parezco estúpido? Nadie con un poco de cerebro busca un rollo de una noche en estos tiempos.
-Cierto -dijo Clare-. Y bien, entonces, ¿qué quieres?
-¿No es evidente? -Se metió las manos en los bolsillos traseros del pantalón y empezó a pasearse por la pequeña habitación-. Quiero tener una aventura contigo.
-¿Una aventura que dure unos pocos días? ¿Varias semanas? ¿O todo el verano, tal vez?
Él le lanzó una mirada centelleante.
-Sí, tal vez todo el verano puede que más. Qué más da, cuánto dure, por todos los santos, mientras los dos estemos a gusto. Maldita sea, ¿quién demonios puede contestar a esa pregunta? ¿Es que siempre tienes que obtener respuesta para todo?
Clare entrelazó los dedos y se los miró.
-Soy una mujer de negocios -le explicó con suave tono de disculpa-. Me gustan las respuestas. Suelo mirar antes de arrojarme al vacío.
-¿Y fríes a preguntas a todos los hombres que se interesan por ti? ¿Tienes que analizarlo todo hasta la saciedad? ¿Obtener todas las respuestas antes de aceptar cualquier riesgo? No me extraña que no te hayas casado.
Clare alzó la cabeza rápidamente, sintiendo que la furia se apoderaba de ella.
-Sal de aquí, Michael.
Él dejó de pasearse por la habitación e hizo una mueca.
-Lo siento -masculló ásperamente-. Eso estaba fuera de lugar.
-Sí, lo estaba. Y ahora quiero que te marches. Inmediatamente.
Él volvió a pasarse los dedos por el pelo.
-Mira, olvida lo que acabo de decir, ¿de acuerdo? No tenía derecho a hacerlo.
-Ningún derecho, en efecto. Ahora vete antes de que azuce a mi perro contra ti.
Hunter gruñó obedientemente, se puso en pie y miró con fijeza a Michael.
-No me amenaces con tu maldito perro. -Michael le lanzó al animal una mirada desdeñosa y luego se acercó a Clare-. Si quieres echarme, hazlo tú misma.
-Eso, intento.
Michael se detuvo a unos pocos pasos de ella y la miró con rabia contenida y con algo más; algo que parecía desesperación. -He dicho que lo siento.
Clare alzó la cabeza.
-¿Por qué te molestas en disculparte? Estoy segura de que lo has dicho en serio.
-No, no lo he dicho en serio -estalló él-. Créeme, me arrepiento sinceramente de cada palabra. Ojalá hubiera mantenido la boca cerrada.
Clare se acercó a la puerta y la abrió.
-Bien. Ahora, por favor, vete.
-Clare, espera. Quiero hablar contigo.
-No tenemos nada que hablar.
Él avanzó lentamente hacia la puerta abierta.
-Me preguntó si te arrepentirás de esto tanto como yo.
-Seguramente no -dijo ella con aspereza-. Yo no tengo nada de que arrepentirme.
-Qué suerte. -Michael pasó a su lado y salió al exterior.
Clare cerró la puerta y se apoyó contra ella. Afuera, en el jardín, el motor del Jeep negro de Michael despertó rugiendo. Clare lo oyó un momento. Luego dejó escapar un profundo suspiro y miró a Hunter.
-Creo -le dijo al perro- que acabo de cometer uno de los mayores errores de mi vida. O he estado muy muy cerca de hacerlo. -Hunter se acercó y se reclinó contra ella, ofreciéndole silencioso consuelo. Clare acarició su pelaje con mano temblorosa-. A veces me asusta, Hunter. Pero también me fascina. No logro sacudirme la sensación de que lo conozco de otro lugar, o de otra época. Una parte de mí me dice que es peligroso, pero no consigo saber por qué. ¿Y por qué tengo esta extraña sensación de que me necesita? O, lo que es aún peor, ¿por qué lo necesito yo?
La bruma escarlata y el agua roja, atronadora, rugían más allá. La cascada se había transformado en sangre.
Allá arriba, en lo alto, se abrían las fauces negras de la caverna. Escondida entre sus densas sombras, permanecía la entrada a la pequeña gruta. La opresiva sensación de anhelo y desesperación que se apoderaba dolorosamente de él en oleadas sucesivas tenía su origen en aquel recóndito lugar.
Él iba abriéndose paso por la senda que se ocultaba tras la cascada. Sabía que no sería libre hasta que descubriera qué era lo que lo llamaba desde el interior de la caverna, fuera lo que fuera. No podía marcharse hasta que hubiera cumplido lo que se le pedía. Pero también sabía que no podía hacerlo solo. La necesitaba a ella, pero ella debía acudir a él voluntariamente, o ambos quedarían atrapados para siempre.
Michael se despertó de pronto, estremeciéndose a medida que aquel fragmento de sueño se desvanecía. Cada vez era peor. Había tenido aquel sueño muchas veces durante los veinte años anteriores, pero nunca de manera tan intensa, tan vívida y perturbadora como ese verano.
Se sentó al borde de la cama. Hizo amago de encender la lámpara, pero en el último instante cambió de idea. No necesitaba luz para saber que le temblaban las manos. Podía sentir su leve estremecimiento.
Aturdido, se puso en pie y bajó, desnudo, a la vieja y anticuada cocina. Abrió la maltrecha nevera y se quedó contemplando su contenido al tenue resplandor de la luz interior. Podía elegir entre unos restos de ensalada de atún, queso en lonchas, pepinillos y cerveza. Eligió la ensalada y la cerveza. Cerró la nevera y llevó la botella y el cuenco a la rayada mesa de roble donde, de niño, solía engullir sus azarosas comidas.
A la tía Jesse no le gustaba cocinar, ni para ella ni para el pequeño sobrino que había aterrizado en su puerta tras la muerte de su madre. Estaba mucho más interesada en su desahuciada carrera de poeta. Michael había aprendido muy pronto a almacenar comida en el frigorífico. Si se le olvidaba hacer la compra, Jesse y él no comían.
Al echar la vista atrás, se daba cuenta de que aquella experiencia casera le había servido como preparación para el futuro. Eso, al menos, se lo debía a Jesse.
Ahora, a los cuarenta, le resultaba más fácil sentir simpatía por las excentricidades de la tía Jesse, por su tempestuoso temperamento de poetisa, por su tendencia a sumirse en largos períodos de depresión y por su deseo de estar sola. Ella nunca había querido ni necesitado a nadie y, sin embargo, se había visto atada a Michael.
Por fin dejaron de temblarle las manos. Abrió hábilmente la botella de cerveza y bebió un largo trago pensando en lo mal que se había comportado aquella tarde. Seguramente había obtenido lo que se merecía.
¿Qué demonios le ocurría desde hacía unas semanas? Era incapaz de quitarse a Clare Herrera de la cabeza. Ella lo obsesionaba casi tanto como aquellos retazos de sueño. Pero había creído que respecto a Clare podía hacer algo, ya que frente al sueño se hallaba indefenso. Podía llevarse a Clare a la cama y satisfacer su obsesión por ella.
Pero esa noche había ido demasiado lejos. Había embrollado desatinadamente aquella situación, delicada y frágil como una telaraña, y todo se había desintegrado en un instante.
Se había comportado como un idiota. Pero lo hecho, hecho estaba. Él estaba acostumbrado a dejar sus errores atrás. Tenía mucha práctica. El problema ahora consistía en descubrir un modo de recuperar el terreno perdido al intentar abalanzarse sobre ella.
Porque de algún modo tenía que lograr que le permitiera volver a verla.
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-¿Quiere que le limpie el parabrisas, señorita Herrera?
Clare sonrió a través del cristal polvoriento al hombre larguirucho, vestido con un mono verde. Eddy Rivera esperó sosteniendo en el aire su útil con borde de goma.
-Sí, por favor, Eddy. Le hace falta.
-Ya lo creo. Si algo nos sobra por aquí en verano es polvo. ¿Está esperando a Michael para ir a la oficina de envíos?
La sonrisa de Clare se volvió áspera. Al parecer, todo el mundo en La Colonia Tovar sabía que Michael y ella habían estado saliendo juntos.
-Sí, así es. ¿Lo has visto esta mañana?
-No. -Rivera miró más allá de los surtidores, hacia el pequeño edificio de la oficina de envíos, al otro lado de la calle principal-. Aún no lo he visto. Hoy ha venido usted un poco pronto.
-Sí -admitió Clare suavemente-, es cierto.
Esa mañana, había bajado temprano al pueblo, precisamente porque quería encontrarse a Michael cuando este fuera a recoger su correo.
Para Clare, la oficina de envíos era terreno neutral. Le parecía menos arriesgado intentar restablecer las líneas de comunicación con Michael allí donde se habían visto por primera vez, en vez de arriesgarse a ir a la vieja y desvencijada casa que le servía de alojamiento.
Rivera la miró a través del parabrisas mientras repasaba lentamente el cristal. Rivera lo hacía todo con una letárgica falta de interés.
-He oído que Michael y usted se llevan muy bien.
-¿De veras? -dijo Clare fríamente. Lo último que quería era hablar de su relación con Michael. Sobre todo, con el dependiente de una gasolinera.
-Estaba claro que Michael iba a probar suerte con la primera mujer de primera que hemos visto por aquí en mucho tiempo. Él siempre se iba a por las mejores. Los chicos se preguntaban que a santo de qué picaba tan alto. Pero yo siempre le decía: << Qué demonios, hombre, ve por ellas. ¿Qué tienes que perder?>>. Nosotros solíamos pasar mucho tiempo hablando de mujeres.
Clare miró más despacio al hombre que le había estado llenando el depósito una vez a la semana durante el último mes. Por primera vez, cayó en la cuenta de que Eddy Rivera era más o menos de la edad de Michael, tal vez un año o dos menos. Y la asombró que aquellos dos hombres hubieran sido amigos mientras crecían, allí, en La Colonia Tovar.
Aquella idea le causó una honda impresión. Eddy Rivera parecía proceder de un mundo totalmente distinto al que habitaba Michael. Aquella constatación no procedía únicamente del mono verde y las pesadas botas de estilo militar que Rivera llevaba puestos. Ni del pelo rubio y ralo que le caía hasta la clavícula. Se debía a algo más, a algo que tenía que ver con la expresión de perpetua amargura que caracterizaba lo que tal vez, en otro tiempo, había sido un bello rostro. Rivera era de esos hombres que se pasaban la vida culpando a los demás y al desabrido universo por todo lo que le salía mal. Parecía un hombre que había visto muchos sueños convertirse en humo.
-¿Michael y usted eran amigos de pequeños? -aventuró ella.
-Claro. Solíamos salir por ahí juntos. Pero perdimos el contacto cuando se fue del pueblo. Yo pasé unos años en el ejército y luego volví aquí. Pero Michael, no. Michael probó suerte fuera de aquí. No había regresado hasta este verano. Me pregunto por qué habrá vuelto ahora. Nunca le gustó este sitio y, después de lo que hizo, la mayoría de la gente del pueblo no le tiene mucha simpatía.
Clare se dispuso a hacerle otra pregunta. Su curiosidad acerca de Michael había vuelto a desatarse. Pero antes de que pudiera abrir la boca, el ronquido familiar del Jeep llamó su atención.
-Ahí está. Parece que están bien sincronizados. -Rivera metió el limpiacristales en un cubo y se acercó a la ventanilla de Clare-. 2 bolívares por la gasolina.
-Gracias, Eddy. -Clare tomó el bolso sin apartar la vista del Jeep negro que se había detenido frente a la oficina de envíos.
Rivera tomó el dinero y miró a Hunter que, vigilante, permanecía sentado en el asiento del pasajero.
-Menudo perro se ha buscado.
Hunter bostezó mostrando todos sus dientes. Estaba acostumbrado a tales observaciones.
-Es un alivio tenerlo cerca, a veces -murmuró Clare acariciando la cabeza del animal.
-Sí, una mujer que vive sola, necesita un perro. Yo antes tenía uno. Un pastor alemán bien bonito. Pero se murió hace un par de años. -Rivera giró la cabeza para mirar a otro coche, un viejo Cadillac azul que acababa de pararse en el aparcamiento de la oficina de envíos.
-Será mejor que me vaya -dijo Clare girando la llave en el contacto.
-Si yo fuera usted, no entraría ahora mismo en la oficina de envíos -le advirtió Eddy-. A no ser que quiera verse metida en un auténtico embolado.
Había una sonrisa torcida en su cara, como si le causara un placer perverso desvelarle lo que iba a ocurrir.
-¿Pasa algo? -preguntó Clare.
-Puede ser. ¿Ve ese Cadillac azul de ahí enfrente?
-Sí.
Michael había entrado en la oficina de envíos. Al parecer, aún no había visto su coche aparcado al otro lado de la calle. O, si lo había visto, había preferido hacer caso omiso.
-¿Ve a esa señora que sale del Cadillac?
-¿Qué pasa con ella? -preguntó Clare, impaciente. Miró un momento a la mujer de pelo gris y aspecto regio que salía lentamente del lado del pasajero del Cadillac, ayudada por el conductor, un hombre alto y gordo de unos cincuenta años cuya barriga tensaba los botones de su camisa.
-Esa es la señora Velutini en persona. Los Velutini han sido los dueños de casi todo en este pueblo desde la época de mi bisabuelo.
-¿Ah, sí?
Rivera pareció notar su falta de interés. Apoyó una mano grasienta sobre el techo del Buick de Clare y se inclinó para mirarla achicando los ojos.
-Usted no sabe nada sobre la soberbia y poderosa señora Elizabeth Velutini. ¿Verdad?
-¿Y qué habría de saber sobre ella?
-Bueno, para empezar -dijo Rivera calmosamente-, que es la suegra de Michael Escotet.
-¿Su suegra?
-Sí. Y le diré algo más. Esa mujer odia a Michael con toda su alma. -Rivera se apartó del coche, aparentemente satisfecho por haber conseguido captar su atención-. La veré la semana que viene, señorita Herrera. Ha sido un placer hablar con usted.
-Adiós, Eddy. -Clare salió de la gasolinera sintiéndose aturdida. ¿La suegra de Michael? Pero si Michael no estaba casado...
Estaba segura de que no estaba casado. No podía estarlo. Si tuviera esposa se lo habría dicho. Michael Escotet no le jugaría esa mala pasada.
Pero, en realidad, había muchas cosas que ignoraba acerca de Michael Escotet, se dijo mientras aparcaba el Buick junto al Jeep de Michael. Era precisamente ese desconocimiento lo que le había impedido acostarse con él la noche anterior.
Apagó el motor y salió del coche. Una vocecilla la urgía a dar media vuelta y ahorrarse, lo que prometía ser una escena desagradable. Pero el deseo de conocer los hechos era mucho más fuerte.
-Quédate aquí, pequeño -le dijo a Hunter-. Gritaré si necesito ayuda.
Hunter estaba distraído intercambiando miradas de recelo con el hombre que conducía el Cadillac. Clare echó un vistazo al conductor, gordinflón y al instante apartó la mirada. La cara fofa de aquel hombre poseía los rasgos crueles y obtusos de un camorrista nato. Se convenció enseguida de que era la clase de hombre que, de niño, se entretenía arrancándoles las alas a las moscas.
Se apresuró a entrar en la oficina de correos. Al empujar las puertas de cristal, la tensión reinante en el local la golpeó como una marea. Había un silencio crispado. Varias personas estaban de pie, como clavadas al suelo. En lugar de intercambiar cotilleos y comentarios sobre el tiempo, como de costumbre, estaban calladas, mirando absortas la escena que se desarrollaba ante ellas.
Michael acababa de retirarse del mostrador con un montón de cartas en la mano. Miró hacia la puerta y vio a Clare. Por un instante, la traspasó con sus brillantes ojos grises, pero un segundo después volvió a fijar su atención en Elizabeth Velutini, que se había puesto directamente en su camino.
-Juan me había dicho que estabas aquí. Michael Escotet -la voz de la señora Velutini poseía el tono autoritario de una mujer acostumbrada a dar órdenes. Llevaba sus casi sesenta y seis años con rígido y gélido orgullo. Tenía el pelo recogido en un elegante moño y sus ojos castaños eran hermosos y penetrantes-. Al principio no me lo creí. Pero entonces recordé que lo único que no te ha faltado nunca ha sido el descaro.
Michael lanzó a la mujer una mirada heladora.
-En ocasiones el descaro era lo único que tenía. Discúlpeme, señora Velutini, me están esperando.
-¿Quién? ¿Esa tal Herrera? La compadezco. También he oído hablar de ella. ¿Sabe la clase de hombre que eres?
-No, pero, por otra parte, usted tampoco -dijo Michael con suave ferocidad.
-Bastardo -siseó la señora Velutini.
-No es usted la primera que sugiere semejante posibilidad, y probablemente no será la última. Pero, sin duda, respecto a mi hijo no puede decir lo mismo, ¿no es cierto? De hecho, si alguna vez la oigo decir algo sobre mi hijo, yo la...
-Buenos días, Michael. -Clare se arrancó del suelo y avanzó con su mejor sonrisa de circunstancias, como si no hubiera oído ni una palabra-. Me preguntaba si coincidiríamos esta mañana. Iba a llamarte luego para recordarte esa excursión a la cascada que me prometiste -dirigió su sonrisa hacia la empleada que aguardaba tras el mostrador y que observaba el altercado con la boca abierta-. ¿Tienes algo para mí hoy, Luisa? Tengo prisa.
Luisa cerró la boca mirando a Michael, a la señora Velutini y a Clare.
-Solo una carta -dijo, y la puso sobre el mostrador.
-Gracias. -Clare echó un vistazo a la letra masculina y familiar y se guardó la carta en el bolso. Tomó a Michael del brazo con despreocupación, percibiendo la tensión de sus músculos, y sonrió a Elizabeth Velutini, cuya cara había adquirido una mueca agria-. Haga el favor de disculparnos. Michael lleva días prometiéndome esa pequeña excursión. Y ya he preparado una cesta con el almuerzo.
-Es usted tan ilusa como mi hija. Pero por lo menos no es una, chica joven e ignorante. Parece lo bastante mayorcita como para cometer los errores que quiera. Recuerde mis palabras: cualquier mujer que se arrime a Michael Escotet comete un grave error -la señora Velutini dio media vuelta y salió de la oficina con aire desdeñoso.
Dejándose guiar por su instinto. Clare urgió a Michael a seguir a la mujer. Resultaba difícil hacer una salida triunfal si las supuestas víctimas no se lo tomaban en serio. Clare quería asegurarse de que nadie en la oficina pensara que a Michael lo había afectado lo más mínimo aquella escena.
-Hoy va a hacer calor -comentó alegremente mientras empujaba a Michael por la puerta basculante-. Estaba pensando en llevarme el bañador al picnic. Ah, y será mejor que compremos unas patatas fritas en la tienda. ¿Qué es un picnic sin patatas fritas? ¿Tienes alguna nevera que podamos usar?
Guardó silencio cuando salieron a la brillante luz del sol matutino. El hombre del Cadillac salió trabajosamente del coche para ayudar a Elizabeth Velutini a montarse en el asiento del pasajero. Al ver que lanzaba a Michael una mirada de odio, Clare giró en dirección contraria.
-Está bien -dijo Michael suavemente cuando llegaron junto al Jeep negro-. La operación de rescate se ha acabado -se apoyó en el capó y se dio un golpe en el dorso de la palma de la otra mano-. ¿Debo darte las gracias?
Clare se hizo sombra con la mano y miró el Cadillac, que se alejaba.
-Supongo que depende de las ganas que tuvieras de que te rescataran.
-Muchas. Hacía veinte años que no me las veía cara a cara con esa vieja arpía. He perdido la práctica. Pero creo que todavía podría vérmelas con Juan. Está hecho un saco de carne. Parece más lento que nunca.
-Imagino que Juan es el chofer.
-Juan Mendoza es el matón de Elizabeth Velutini. Hace todo lo que ella le dice. -Michael pareció perder interés en aquella pareja-. ¿Decías en serio lo del picnic o era solo una excusa para rescatarme?
Clare respiró hondo y se armó de valor.
-Eso depende de si Elizabeth Velutini es tu suegra o no.
Michael alzó las cejas sardónicamente.
-Parece que alguien te ha estado contando chismes.
-Fue Eddy Rivera, el de la gasolinera -admitió Clare.
-El bueno de Eddy. Bueno, en parte tiene razón. Me casé con la hija de Elizabeth Velutini hace veinte años -miró al Cadillac ya lejano.
-¿Y? -insistió Clare.
-¿Y qué? -Michael volvió a mirarla.
Clare suspiró.
-¿Todavía estás casado?
-No.
Clare disimuló su alivio sacudiendo la cabeza de mala gana.
-Si tuviera que esperar a obtener respuestas de ti, tendría que esperar hasta que se helara el infierno, ¿verdad?
Él sonrió levemente.
-Y a ti te gustan las respuestas, ¿no es cierto?
-Necesito unas cuantas antes de irme a la cama contigo -repuso ella con calma.
Michael no se movió. Su semblante se animó con repentina intensidad.
-¿Todavía consideras la posibilidad de irte a la cama conmigo?
-Sí.
Él se limitó a asentir, pero una alegría exultante brillaba en sus ojos grises.
-Si de verdad preparas un picnic, yo te daré unas cuantas respuestas sobre Elizabeth Velutini.
-Trato hecho. -Clare se dio la vuelta y se dirigió hacia su coche.
-Te recogeré dentro de una hora. Y ponte zapatillas de deporte -dijo Michael tras ella, alzando la voz-. Ahí arriba, en la cascada, el suelo resbala.