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La cosecha del corazon Roto

La cosecha del corazon Roto

Autor: : DaniM
Género: Romance
Cecilia Martínez, una sommelier de prestigio internacional cuya vida profesional está marcada por la perfección y la frialdad técnica, llega al Viñedo San Miguel en el sur del país huyendo de un doloroso vacío personal. Contratada para una simple evaluación, pronto descubre que el viñedo no está solo estancado por la desidia, sino al borde del colapso financiero. El dueño, Tomás Guerra, es un hombre rudo y consumido por la culpa tras la muerte de su esposa, Elena. Vive atrincherado en la hostilidad, convencido de que la tierra y el vino solo traen dolor. Él ve en Cecilia, la "experta de la ciudad", una burócrata más enviada para certificar la defunción de su negocio. Sin embargo, a medida que Cecilia insiste en adentrarse en la tierra, descubre que Tomás esconde un secreto vital: la "Lágrima de Sol", una cepa mutante resistente a la sequía que Elena desarrolló en secreto, y que representa la única esperanza de salvar la propiedad. La evaluación se convierte en una carrera desesperada cuando Vinos del Sur, una corporación ambiciosa, revela que está al tanto de la cepa. Con un plazo inminente, drones de vigilancia y sabotajes con veneno químico, Cecilia y Tomás deben unir sus fuerzas. La lucha por proteger la cepa madre -el legado de Elena- los obliga a exponer sus propias heridas y a trabajar juntos en la intimidad de la bodega. Cuando el enemigo ataca directamente, encerrándolos en la cámara de guarda donde se encuentra la única barrica de la "Lágrima de Sol", ambos se ven forzados a tomar una decisión desesperada para salvar la prueba de su secreto. A través del fuego lento de la pasión y la paciente conexión con la tierra, descubren que el proceso de rescatar el viñedo es, en realidad, el camino para sanar sus corazones rotos y redescubrir el significado de la vida.

Capítulo 1 El sabor de la ceniza

El último Grand Cru Classé de la noche tenía un color rubí profundo, casi hipnótico bajo las luces ámbar del salón privado en el restaurante más exclusivo de la capital. Cecilia Martínez sostuvo la copa por el tallo, inclinándola con una precisión quirúrgica que años de práctica habían convertido en un reflejo involuntario.

-Observen el ribete -dijo, su voz suave pero perfectamente modulada para llenar el silencio expectante de los veinte ejecutivos que la rodeaban-. Denota una madurez incipiente, pero la promesa de una larga vida por delante.

Llevó la copa a su nariz. Inhaló. Su cerebro, una enciclopedia olfativa entrenada para diseccionar hasta la más mínima molécula aromática, comenzó a catalogar: moras silvestres, un toque de regaliz, la humedad del suelo del bosque después de la lluvia, y esa nota inconfundible y costosa del roble francés nuevo. Era un vino perfecto. Un vino de mil dólares la botella. Un vino que debería haberle hecho acelerar el corazón.

No sintió nada.

Absolutamente nada.

Era como oler agua destilada. O peor, como oler una fotografía de un vino, algo bidimensional, carente de alma. Bajó la copa y sonrió, esa sonrisa de porcelana que usaba como armadura.

-En boca, encontrarán taninos sedosos pero firmes. Un final largo y persistente. Disfruten.

Los aplausos fueron educados, seguidos por el murmullo de la aprobación corporativa. Cecilia se retiró hacia las sombras cerca de la cocina mientras los camareros comenzaban a servir la cena. Se sentía como una ilusionista que acababa de realizar un truco barato, consciente de que la magia había abandonado el edificio hacía mucho tiempo.

Había pasado los últimos diez años construyendo esto. La reputación impecable, los artículos en revistas internacionales, la agenda llena de clientes que pagaban fortunas solo para que ella validara sus elecciones. Pero esa noche, rodeada del lujo climatizado de la ciudad, se dio cuenta de que su propio paladar se había vuelto cínico. Había perdido la conexión con la tierra, con el caos y la imprevisibilidad que hacen que un vino esté vivo. Su vida personal no era muy diferente: una sucesión de relaciones "de etiqueta", impecables en la superficie, pero que al descorcharse revelaban estar picadas, avinagradas por el abandono y la falta de tiempo. El divorcio de hace dos años había sido simplemente el último corcho defectuoso.

Necesitaba aire. No el aire reciclado del restaurante, sino aire que oliera a algo real, aunque fuera estiércol y polvo.

La decisión, que había estado fermentando lentamente durante meses en la oscuridad de su subconsciente, finalmente se clarificó esa misma noche. Cuando el último cliente se fue, Cecilia no fue a su ático minimalista en el centro. Fue a su oficina, redactó correos electrónicos cancelando compromisos de los próximos seis meses, y luego condujo hasta su casa para hacer una maleta. No sabía exactamente qué estaba buscando, pero sabía con una certeza visceral dónde no estaba.

Tres días después, el paisaje urbano de acero y vidrio era solo un recuerdo borroso en el espejo retrovisor de su SUV alemán. La autopista de tres carriles se había convertido en una carretera nacional de dos, y finalmente, en un camino de tierra compactada que serpenteaba hacia el sur profundo, donde el sol golpeaba con una intensidad diferente, más cruda.

El GPS de su coche, con su voz robótica y tranquilizadora, había dejado de funcionar hacía veinte minutos, perdiendo la señal entre las colinas onduladas y secas que la rodeaban. Cecilia apagó el aire acondicionado y bajó la ventanilla. El calor entró como una bofetada física, cargado con el aroma penetrante de la jarilla y la tierra sedienta.

Era finales de verano. La época crucial. La vendimia debería estar en su apogeo, o a punto de comenzar.

Según los escasos informes que había podido conseguir a través de un contacto de un contacto, el Viñedo San Miguel había sido, hace dos décadas, una joya oculta. Pequeño, familiar, obsesionado con la calidad sobre la cantidad. Pero los últimos cinco años habían sido un silencio enológico. No había nuevas añadas en el mercado, ni presencia en ferias, nada. Su contacto le había advertido: "El dueño, Tomás Guerra, no está buscando ayuda. De hecho, creo que está buscando activamente que lo dejen en paz. El lugar se está hundiendo, Cecilia. ¿Por qué quieres ir allí?".

Ella no había sabido responder entonces. Ahora, mientras las piedras del camino golpeaban los bajos de su coche inmaculado, pensó que quizás era precisamente eso lo que le atraía. Un lugar que no fingía ser perfecto. Un lugar roto, como ella.

Una curva cerrada reveló finalmente su destino. Frenó, levantando una nube de polvo rojizo que tardó unos segundos en disiparse.

No era la imagen romántica de la Toscana que aparecía en las películas. La entrada estaba marcada por dos pilares de piedra tosca, uno de los cuales estaba peligrosamente inclinado. Un portón de hierro forjado, comido por el óxido en las bisagras, estaba abierto a medias, como una boca reticente. El cartel de madera que colgaba de un solo alambre era casi ilegible, la pintura quemada por años de sol implacable: "Viñedo San Miguel".

Cecilia metió el coche despacio, sintiendo cada bache en su propia columna vertebral. A ambos lados del camino, las hileras de vides se extendían como un ejército derrotado. Incluso para un ojo no entrenado, el abandono era evidente. Había demasiadas malas hierbas compitiendo por el agua en la base de las cepas. Los sarmientos no habían sido podados correctamente en invierno y ahora crecían en una maraña caótica, sombreando excesivamente los racimos que luchaban por madurar.

Vio uvas. Pequeñas, tintas, probablemente Malbec o Cabernet Franc, pero muchas estaban pasificadas antes de tiempo, arrugadas por la falta de riego preciso. Le dolió el estómago. No era el dolor de una profesional viendo un mal trabajo; era un dolor más profundo, como ver a un animal noble morir de negligencia.

Al final del camino se alzaba la casa principal y, a su lado, la estructura de piedra más grande de la bodega. La casa, una construcción colonial de adobe y tejas, tenía las persianas cerradas, dando la impresión de estar dormida o muerta. No había coches a la vista, ni maquinaria agrícola en movimiento. El silencio era absoluto, solo roto por el zumbido incesante de las cigarras, un sonido que amplificaba la sensación de calor abrasador.

Cecilia aparcó frente a la casa. Apagó el motor y el silencio se abalanzó sobre ella, pesado y denso. Miró sus manos sobre el volante; estaban perfectamente cuidadas, las uñas con una manicura francesa impecable. De repente, le parecieron ridículas. Manos que nunca habían tocado la tierra, solo copas de cristal fino.

Respiró hondo, armándose de valor, y abrió la puerta. El calor la envolvió, pegándole la camisa de seda a la espalda al instante. Sus mocasines de piel italiana crujieron sobre la grava.

-¿Hola? -llamó. Su voz sonó extrañamente frágil en medio de la vastedad del paisaje.

Nadie respondió. Caminó hacia la bodega, guiada por el instinto. La enorme puerta de madera estaba entreabierta, exhalando un aire fresco que olía a humedad, vino viejo y, curiosamente, a rancio. A vinagre.

Cecilia se detuvo en el umbral, esperando que sus ojos se adaptaran a la penumbra interior. Fue entonces cuando lo vio.

Había un hombre al fondo, cerca de una hilera de barricas de roble que parecían llevar años sin moverse. Estaba de espaldas a ella, inclinado sobre una mesa de trabajo desordenada. Llevaba una camisa de trabajo gris, manchada de sudor y tierra, y unos vaqueros desgastados. Su postura era tensa, los hombros cargados como si sostuvieran el techo de la bodega.

-¿Señor Guerra? -intentó de nuevo Cecilia, dando un paso hacia el interior.

El hombre se detuvo en seco. No se giró inmediatamente. La tensión en sus hombros aumentó, como la de un animal acorralado que detecta una intrusión. Lentamente, muy lentamente, se dio la vuelta.

Tomás Guerra no se parecía a la foto de hace diez años que ella había encontrado en un viejo anuario de viticultores. Aquel hombre sonreía con esperanza. Este hombre tenía una barba de varias semanas, entrecana y descuidada, que ocultaba la mitad de su rostro. Pero eran sus ojos los que detuvieron a Cecilia. Eran oscuros, profundos y estaban completamente vacíos de bienvenida. Había una dureza en su mirada que no era agresividad, sino algo más antiguo y calcificado: una profunda y arraigada indiferencia hacia cualquier cosa que viniera del mundo exterior.

Él la miró de arriba abajo, registrando la ropa cara, los zapatos limpios, la postura de ejecutiva de ciudad. Su expresión no cambió, pero el desprecio fue palpable en el aire denso de la bodega.

-Se ha perdido -dijo él. Su voz era grave, rasposa, como si no la hubiera usado en días-. La autopista está a veinte kilómetros al norte.

Cecilia enderezó la espalda, recurriendo a su entrenamiento profesional para no dejarse intimidar.

-No estoy perdida, señor Guerra. Soy Cecilia Martínez. Acordamos por correo que vendría hoy para una evaluación preliminar de la propiedad.

Tomás soltó una risa corta y seca, sin humor. Dejó caer una llave inglesa pesada sobre la mesa de metal. El estruendo resonó violentamente en la silenciosa bodega, haciendo que Cecilia diera un pequeño respingo involuntario.

-Ah, sí. La experta de la capital -dijo él, pronunciando la palabra "experta" como si fuera un insulto. Caminó hacia ella, deteniéndose a una distancia que invadía ligeramente su espacio personal. Olía a sudor rancio, a vino picado y a una tristeza abrumadora-. Mire a su alrededor, señorita Martínez. No necesita una evaluación. Esto está muerto. Y no necesito que nadie venga a redactar el certificado de defunción con palabras elegantes.

Se dio la vuelta para regresar a su mesa, dando por terminada la conversación.

-La puerta de salida es la misma por la que entró. Cierre bien al irse.

Capítulo 2 La persistencia del polvo

Cecilia no se movió.

La orden de marcharse había quedado flotando en el aire viciado de la bodega, una sentencia definitiva lanzada por un hombre que parecía acostumbrado a que su palabra fuera el final de cualquier discusión. Pero Tomás Guerra no conocía a Cecilia. No sabía que su carrera se había construido sobre la base de decir "no" a hombres poderosos que creían saber más que ella sobre lo que tenían en la copa. No sabía que, bajo la seda de su blusa y la fragilidad aparente de su silueta, había una columna vertebral forjada en la disciplina de quien ha tenido que probar su valía mil veces.

Tomás ya le había dado la espalda, retomando su tarea inútil con la llave inglesa, golpeando un perno oxidado con una violencia que parecía más terapia que mecánica.

-El contrato de consultoría fue firmado por su abogado hace tres semanas, señor Guerra -dijo Cecilia. Su voz no tembló. Resonó limpia y fría contra las paredes de piedra-. Incluye una cláusula de penalización por cancelación anticipada que, a juzgar por el estado de sus techos, dudo que quiera pagar.

El ruido metálico cesó de golpe. El silencio regresó, más pesado que antes.

Tomás giró la cabeza lentamente, mirándola por encima del hombro. Sus ojos oscuros se entrecerraron, reevaluando la amenaza. Ya no veía a una turista perdida; veía a un problema burocrático.

-Mi abogado es un optimista -gruñó Tomás, girándose completamente y limpiándose las manos llenas de grasa en un trapo que colgaba de su cinturón-. Cree que esto se puede salvar. Yo soy realista.

-Usted no es realista -replicó ella, dando un paso hacia adelante, invadiendo la zona de confort que él había delimitado-. Es un hombre que ha dejado que la podredumbre noble se convierta en podredumbre gris. Hay una diferencia. Una se puede vinificar; la otra es basura.

Fue un golpe bajo, técnico y preciso. Vio cómo la mandíbula de Tomás se tensaba bajo la barba descuidada. Por un segundo, pensó que la echaría físicamente de allí. Pero él simplemente soltó un bufido de desdén.

-Haga lo que quiera -dijo, tirando el trapo sobre la mesa-. Pasee, mire, escriba su informe. Pero no espere que le sirva el té. Y no toque nada que parezca que se va a romper, lo cual incluye el noventa por ciento de este lugar.

Sin decir más, Tomás pasó por su lado como si ella fuera una columna más de la estructura, y salió hacia la luz cegadora de la tarde, dejándola sola en la penumbra.

Cecilia soltó el aire que había estado conteniendo. Sus manos, ahora sí, temblaban ligeramente. No por miedo, sino por la adrenalina del enfrentamiento. Miró a su alrededor. La bodega era un cementerio de intenciones. Tanques de acero inoxidable vacíos y sin brillo, mangueras enrolladas malamente en el suelo como serpientes muertas. Pero la estructura... la estructura tenía "huesos". Los arcos eran sólidos, la temperatura natural era buena. Había potencial, enterrado bajo capas de apatía.

Salió de la bodega, entrecerrando los ojos ante el sol de las tres de la tarde. El calor era sofocante, seco, implacable. Tomás había desaparecido, probablemente refugiado en la casa principal o en algún rincón del campo.

Cecilia caminó hacia su coche, abrió el maletero y sacó unas botas de trabajo que había comprado apresuradamente antes de salir de la ciudad. Se quitó los mocasines italianos allí mismo, sobre la grava, y se calzó las botas. Se sentían extrañas, pesadas y toscas, pero le daban una sensación de anclaje. Se quitó el blazer, quedando en una camisa blanca de lino, y se adentró en las hileras de vides.

El viñedo estaba sufriendo. Lo podía oír en el crujido de las hojas secas bajo sus pies. Caminó por el callejón central, tocando las plantas. La mayoría presentaba un estrés hídrico severo. Las hojas basales estaban amarillas, sacrificadas por la planta para intentar salvar los frutos.

Se detuvo frente a una cepa de Malbec. Los racimos eran pequeños, los granos irregulares. Arrancó una uva y se la llevó a la boca. La piel era gruesa, casi correosa, defensiva. Mordió. La acidez fue punzante, agresiva, pero debajo de eso... debajo de la falta de agua y el cuidado, había una concentración de fruta negra explosiva.

-No estás muerta -susurró Cecilia, escupiendo las semillas en su mano-. Solo estás furiosa.

-Cuidado con las serpientes, señorita. Les gusta la sombra de las cepas viejas.

Cecilia dio un salto, girándose bruscamente.

Un hombre mayor, de piel curtida como el cuero viejo y con un sombrero de paja deshilachado, la observaba desde la hilera contigua. Se apoyaba en una pala con la tranquilidad de quien tiene todo el tiempo del mundo. Sus ojos, rodeados de una red infinita de arrugas, eran amables, contrastando radicalmente con la mirada de su patrón.

-Rogelio -se presentó el hombre, tocándose el borde del sombrero-. Soy el capataz. O lo que queda de uno. Usted debe ser la experta de la ciudad.

-Cecilia -corrigió ella, recuperando la compostura-. Y no soy de la ciudad, al menos no hoy. ¿Usted es el único que trabaja aquí?

Rogelio asintió, mirando el horizonte de viñas descuidadas con una mezcla de cariño y resignación.

-El patrón y yo. A veces vienen jornaleros por día si hay dinero, pero últimamente... -dejó la frase en el aire-. El dinero escasea tanto como la lluvia.

-El señor Guerra dice que el viñedo está muerto -dijo Cecilia, probando el terreno.

-El patrón dice muchas cosas desde que la señora Elena se fue -dijo Rogelio en voz baja, como si pronunciar ese nombre pudiera invocar una tormenta-. El dolor le ciega, señorita. Él ve muerte porque es lo único que lleva dentro. Pero la tierra... la tierra es terca. Como él.

Cecilia miró la uva que aún tenía en la mano.

-¿Dónde puedo quedarme? -preguntó, decidiendo ignorar por el momento la historia de Elena, aunque archivó el dato mentalmente-. No vi hoteles en los últimos cuarenta kilómetros y dudo que el señor Guerra me ofrezca la habitación de invitados.

Rogelio sonrió, mostrando unos dientes manchados de tabaco.

-La casa grande está cerrada para todos, incluso para él a veces. Pero está la "Casita de Piedra". Era la antigua casa de los guardeses, al final de la propiedad, cerca del arroyo seco. No es el Ritz, pero tiene techo y una cama.

-Me sirve -dijo Cecilia.

La "Casita de Piedra" era, siendo generosos, una ruina habitable. Una construcción pequeña de una sola habitación, con paredes de piedra gruesa y un techo de vigas de madera que olía a humo y lavanda seca. Había una cama de hierro con un colchón que parecía una loma geográfica, una mesa de pino y una pequeña cocina de gas.

Cecilia pasó las siguientes cuatro horas limpiando. Fue una limpieza furiosa, física. Barrió nidos de arañas, fregó el suelo de baldosas rojas hasta que el agua del cubo salió negra, y sacudió las sábanas viejas que encontró en un armario hasta que sus brazos dolieron.

No pensó en el vino. No pensó en su divorcio. No pensó en su reputación. Solo pensó en polvo y agua.

Cuando cayó la noche, el viñedo se transformó. El calor brutal del día se evaporó, dejando paso a un frío seco y penetrante que bajaba de las montañas. El silencio era absoluto, una manta pesada que cubría el valle.

Cecilia se sentó en el pequeño porche de la casita, envuelta en un chal, bebiendo una botella de agua tibia. No había comido nada desde el almuerzo ligero en la carretera, pero su estómago estaba cerrado. Miró hacia la casa principal, a unos quinientos metros de distancia. Solo había una luz encendida, en la planta baja. Una luz amarilla, solitaria, como un faro en un mar de oscuridad.

Se preguntó qué estaría haciendo Tomás Guerra. ¿Bebiendo? ¿Lamentándose? ¿O simplemente existiendo, esperando que el tiempo pasara lo suficientemente rápido para llevarse todo por delante?

El insomnio, su viejo compañero de cama, la empujó a caminar.

Tomó una linterna que había encontrado en la cocina y salió. La grava crujía bajo sus botas. La luna estaba en cuarto menguante, ofreciendo poca luz, por lo que las hileras de viñas parecían espectros retorcidos alzando sus brazos al cielo.

Sin un rumbo fijo, sus pies la llevaron de vuelta hacia la bodega grande. La estructura se alzaba imponente contra el cielo estrellado. Cecilia se detuvo. No tenía intención de entrar, pero algo llamó su atención.

Un zumbido.

Capítulo 3 Raíces en la piedra

Era un sonido bajo, constante, casi imperceptible si no se prestaba atención. Un zumbido eléctrico.

Cecilia frunció el ceño. Tomás le había dicho que la bodega estaba inoperativa, que las máquinas estaban paradas. "Muerto", había dicho.

Se acercó a la pared lateral de la bodega. El zumbido se hizo más claro. Sonaba como un compresor de aire acondicionado industrial, pero uno moderno, eficiente, no la maquinaria vieja que había visto antes.

Rodeó el edificio, guiada por la curiosidad y el sonido. En la parte trasera, oculta por unos arbustos de romero gigantescos que habían crecido salvajemente, encontró una puerta pequeña de metal. No era de madera vieja como las demás. Era una puerta de seguridad, moderna, con un panel digital apagado pero funcional.

El zumbido venía de detrás de esa puerta.

Cecilia acercó la mano al metal. Estaba frío. Helado. Mientras que el resto de la bodega conservaba el calor residual del día en sus piedras, esa puerta estaba refrigerada activamente.

Alguien estaba manteniendo algo a una temperatura muy específica ahí dentro.

Apagó su linterna instintivamente al escuchar el sonido de la grava siendo aplastada al otro lado del edificio. Pasos. Pesados y lentos.

Se agachó detrás de los arbustos de romero, el aroma intenso de la hierba llenando su nariz. Se asomó entre las ramas.

Tomás Guerra apareció doblando la esquina. Llevaba una linterna en una mano y un manojo de llaves en la otra. No parecía borracho ni desolado. Parecía alerta. Se detuvo frente a la puerta de metal, miró a su alrededor hacia la oscuridad del viñedo -su mirada pasó peligrosamente cerca de donde Cecilia se escondía- y luego insertó una llave física en la cerradura, ignorando el panel digital.

Abrió la puerta.

Una luz azulada, tenue y clínica, se derramó desde el interior hacia la noche. Cecilia contuvo la respiración. Antes de que Tomás entrara y cerrara la puerta tras de sí, ella pudo vislumbrar el interior por una fracción de segundo.

No había polvo allí. El suelo brillaba, impoluto. Y al fondo, alineadas como soldados en formación perfecta, había una sola fila de barricas. Pero no eran barricas normales. Eran barricas nuevas, de un roble tan claro que casi parecía blanco, marcadas con una tiza roja que brillaba bajo la luz artificial.

Tomás entró y la puerta se cerró con un clic hermético, tragándose el zumbido y la luz.

Cecilia se quedó sola en la oscuridad, con el corazón latiéndole en la garganta. Rogelio le había dicho que Tomás había dejado de producir, que vivía en el pasado. Tomás le había dicho que el viñedo estaba muerto.

Ambos mentían.

Allí dentro, en el secreto de la noche, Tomás Guerra estaba criando algo. Y a juzgar por el celo con el que lo escondía, era algo mucho más valioso, o peligroso, que un simple vino.

El amanecer en el Viñedo San Miguel no fue un despertar suave. Fue una invasión. El sol no salió tímidamente; estalló sobre la cordillera, inundando la "Casita de Piedra" con una luz blanca e implacable que se coló por las rendijas de las contraventanas de madera.

Cecilia abrió los ojos, sintiendo cada resorte del viejo colchón marcado en su espalda. Su cuerpo, acostumbrado a las sábanas de hilo egipcio y a colchones con memoria, protestaba en silencio. Se quedó unos segundos mirando las vigas del techo, desorientada, hasta que el olor a polvo y lavanda seca le devolvió la memoria.

No estaba en su ático. No tenía una reunión de directorio a las nueve. Tenía un misterio refrigerado a quinientos metros y un dueño hostil que probablemente esperaba que ella ya hubiera hecho las maletas.

Se levantó y se preparó con la eficiencia militar que regía su vida. Como no había agua caliente, se duchó con el chorro helado que salía de la tubería oxidada, jadeando mientras el agua fría despertaba cada terminación nerviosa de su piel. Se vistió con ropa de trabajo: pantalones de lona beige, una camisa de algodón grueso y las botas nuevas que ya empezaban a acumular una fina capa de polvo rojizo. Se recogió el cabello en una coleta tirante. No se maquilló, salvo por una capa de protector solar.

Al salir, el aire de la mañana era engañosamente fresco. Caminó hacia la casa principal. No había rastro de Tomás, pero la puerta de la bodega grande estaba abierta de par en par.

Cecilia entró, sus ojos buscando instintivamente la puerta de metal del fondo, oculta tras los arbustos. Desde su posición actual, era invisible. La bodega olía a café recién hecho, un aroma rico y oscuro que contrastaba con el olor a humedad del día anterior.

Tomás estaba allí, de pie junto a la mesa de trabajo, revisando unos papeles arrugados con el ceño fruncido. Tenía una taza de peltre en la mano y las mismas ojeras profundas. Al verla entrar, no hubo sorpresa en su rostro, solo una resignación cansada.

-Sigues aquí -dijo, sin levantar la vista del papel.

-El contrato es por tres meses, Tomás. Ya lo hablamos -respondió ella, acercándose a la mesa. Notó que ocultaba sutilmente el documento bajo una revista de maquinaria agrícola-. Buenos días.

Él gruñó algo ininteligible y tomó un sorbo de café.

-No tengo tiempo para visitas guiadas hoy, señorita Martínez. Tengo una bomba de riego que reparar en el sector norte y...

-No necesito una visita guiada -le interrumpió ella con calma-. Necesito una pala, un barreno para muestras de suelo y un mapa catastral de la propiedad.

Tomás levantó la vista lentamente. Por primera vez, hubo un destello de curiosidad genuina en sus ojos opacos, aunque rápidamente lo disfrazó de burla.

-¿Vas a hacer jardinería?

-Voy a hacer calicatas -dijo ella, usando el término técnico para los pozos de exploración de suelo-. Si voy a salvar este viñedo, necesito saber qué hay debajo. No me importa lo que dicen los papeles de hace veinte años. Necesito saber cómo está el suelo hoy. La compactación, la salinidad, la actividad microbiológica.

Tomás soltó una risa corta.

-El suelo es piedra y arcilla, Cecilia. Siempre lo ha sido. No necesitas romperte las uñas para saber eso.

-Déjeme preocuparme por mis uñas. ¿Dónde están las herramientas?

Tomás la sostuvo la mirada un momento más, evaluándola. Probablemente pensaba que duraría una hora bajo el sol antes de rendirse. Finalmente, señaló con la cabeza hacia un rincón oscuro de la bodega.

-Ahí está el equipo. El mapa está en la pared de la oficina, si es que las termitas no se lo han comido. Si te da una insolación, grita fuerte. Rogelio anda cerca. Yo estaré ocupado.

Tomás tomó su caja de herramientas y salió, dejándola sola. Cecilia esperó a que el sonido de sus pasos se desvaneciera antes de soltar el aire. Miró hacia el fondo de la bodega, hacia el secreto escondido. La tentación de ir e intentar abrir esa puerta era abrumadora, pero sabía que era estúpido. Estaba cerrada, y forzarla solo conseguiría que la echaran legalmente por allanamiento.

Necesitaba ganarse el derecho a estar allí. Y eso empezaba por la tierra.

Dos horas después, Cecilia se arrepentía de su bravuconería, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

El sol del mediodía caía a plomo sobre el sector oeste del viñedo, una ladera inclinada donde las cepas viejas de Cabernet Sauvignon parecían esqueletos retorcidos. Cecilia estaba dentro de un agujero de un metro de profundidad que ella misma había cavado.

Le dolía todo. Las manos le ardían a pesar de los guantes, y sentía el sudor correr por su espalda como un río incesante. Pero tenía una misión.

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