Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > La culpa es del destino
La culpa es del destino

La culpa es del destino

Autor: : n30383
Género: Romance
El destino es el camino mas traicionero de todos, te lleva a dónde quieres ir pero a través de los senderos más peligrosos. Elizabeth es una mujer independiente, ambiciosa, tanto que para cumplir sus metas tuvo que dejar ir muchas cosas, entre esas, su primer amor. Cuando su vida se encuentra en el mejor de los momentos gracias al reconocimiento recibido por su trabajo y a una relación amorosa estable, todo se tambalea cuando un suceso pone en riesgo su vida y, por cuestiones del indomable destino, vuelve a estar frente al hombre que tanto amó en el pasado. Ahora, Elizabeth tiene que replantearse qué quiere realmente en su vida y, sobre todo, con quién quiere compartir su vida.

Capítulo 1 La culpa es del destino

El destino es el camino mas traicionero de todos, te lleva a dónde quieres ir, te lleva a dónde perteneces, pero lo hace a través de los senderos más peligrosos. Y esta mañana cuando abrí los ojos, no lo recordaba.

La alarma sonó a las seis y media de la mañana, tan eficiente como siempre. Después de gruñir un par de veces, no tuve más remedio que abandonar la cama. Mientras yo tomaba una ducha matutina, Dylan aprovechó de revisar sus correos eléctricos pendientes y mientras él se duchaba, yo bajé para hacer café. Mientras la cafetera hacia su magia, repasé mentalmente mi itinerario del día.

En primer lugar debía comprar con carácter de urgencia un nuevo teléfono celular, teniendo en cuenta que mi anterior equipo acabó convertido en chatarra; después debería ir a la oficina de la agencia telefónica para intentar recuperar mi número. Y por último, pero no menos importante, debo buscar comunicarme con mi jefe para retomar mi trabajo cuanto antes.

Sirvo una taza de café, la primera de muchas que me esperan en el día, para empezar a preparar el desayuno. Saco de la despensa una mochila de pan, para tostar algunos mientras saco de la nevera lo necesario para preparar un omelette. Cuando casi todo está listo, Dylan entra a la cocina luciendo radiante. Va vestido con una camisa blanca, con las mangas dobladas al codo y un pantalón de lino negro; parece un galán de cine clásico. Su cabello cobrizo, aún húmedo y perfectamente peinado, se ve un poco más oscuro lo que hace resaltar el gris de sus ojos. Yo sonrío con amplitud cuando lo veo atravesar el umbral de la puerta; lo recibo con un beso en los labios y una taza de café.

-Veo que estás mejor- Me dice sonriente, mientras acepta mi taza de café.

-Cocinar me hace bien- Admito -Y definitivamente el mantenerme alejada de las noticias también.

Dylan toma asiento en uno de los bancos de metal que están frente a la isla de la cocina y le da un sorbo al café.

-Es nornal que los medios especulen, Elizabeth- Deja nuevamente la taza sobre la isla -Todo el mundo tiene una versión de cada hecho, la versión que les interesa. Tú lanzaste tu ensayo, a algunos les encantó y otros simplemente te critican en internet; con el incidente de ayer pasa exactamente lo mismo, algunos creerán que fue tu culpa y otros no. Tienes que estar preparada para todo.

Aprieto mis labios formando una línea recta y asiento una vez, antes de tomar un sorbo de café. Dije que a partir de hoy vería las cosas con perspectivas diferentes y es justo lo que voy a hacer.

-Tienes razón, Dylan. Sencillamente me molesté que hicieran ver que yo era el problema.

Dejo sobre la isla dos platos de comida, Dylan me agradece con un gesto y yo me dispongo a sentarme frente a él.

-Buen provecho - Digo tomando una rebanada de pan tostado -Por eso quiero hablar con mi jefe, William debe estar preocupado y sobre todo en ascuas; necesito recuperar mi número, llamarlo y explicarle cómo exactamente están las cosas- Doy una mordida al pan y después de tragar digo -¿Hablaste con tu papá?

-Hablé con Dominic. Estaba impactado cuando vio la noticia. De hecho, fue él quien me sugirió lo de tener custodios a partir de ahora.

Yo dejo de masticar cuando las palabras de Dylan caen sobre mi como un balde de agua fría «¿por qué Dominic Platt tiene que decir lo que es bueno o no para nosotros?» Dejo el pan sobre la mesa, limpio mis manos para tomar la taza de café.

-¿Desde cuándo ese señor tiene el derecho de decidir algo para nosotros? Es tu jefe, no el mío.

-No seas mala agradecida, Elizabeth. Lo hace porque se preocupa por nosotros. El hecho de que tú te opongas a tener un guardaespaldas, no significa que no sea lo que necesitamos. Hace dos días, nuestras vidas corrieron peligro, necesitamos protección - Su nariz se ensancha mientras habla, mostrándose irritado de tener que decir lo mismo por enésima vez.

-Bueno, perdón. Al menos sabes que la idea de tener un guardaespaldas es algo que no me tiene para nada contenta- Después de masticar un bocado, agrego: -Y cuéntame ¿desde cuándo conoces a este amigo tuyo?

-Estudiamos juntos en primaria- Aclara después de tomar un sorbo de café -Después yo me fui a estudiar a Europa y perdimos contacto. Sin embargo, hace unas semanas, un amigo en común me habló de él y me dijo que se enteró que había inaugurado una agencia de seguridad. Así que cuando Dominic sugirió la idea, pensé en él.

Mientras soy una probada a mi omelette, escucho el celular de Dylan sonar. Este deja los cubiertos a un lado del plato y lo toma de su bolsillo.

-Cuando las cosas son ciertas, es él quien está llamando - Dice apuntando al celular.

Yo frunzo mis labios para oprimir un par de palabras no deseadas respecto al tema y sólo dejó que Dylan se aleje mientras atiende la llamada.

-¿Y bien? Te llamó para decirte que no viene, que no pudo salir de Nueva York ¿verdad?- Digo con un entusiasmo impostado.

-No, mi amor. De hecho me llamó para que le enviara la dirección, está en camino.

Pongo mis ojos en blanco y suelto un bufido cuando mi deseo se esfuma en el aire.

Después de desayunar, busco en línea modelos de teléfonos celulares, finalmente me decido por comprar uno igual al que perdí.

Más tarde, mientras estoy repasando unos audios que grabé de unas entrevistas que hice la semana pasada, escucho que Dylan llama a la puerta de la habitación.

-¿Sí?- Digo mientras retiro los auriculares.

-Ven, cariño. Augustus ya llegó, vamos para que lo conozcas.

«Augustus»

Cuando escucho ese nombre, todo a mi alrededor se desvanece, no puede ser tanta coincidencia. Tomo una bocanada de aire, asiento y me pongo de pie. Bajo en silencio junto a Dylan, cuando estoy en medio de las escaleras que conducen al recibidor, me doy cuenta que, en efecto, no es coincidencia, es casualidad.

Augustus, el mejor amigo de mi novio y el hombre que va a convertirse en mi sombra es, nada más y nada menos, que mi primer amor.

Capítulo 2 Una explosión de emociones

40 horas antes.

La ambición nos concede resultados gratificantes pero es terriblemente agotadora. Ahora mismo debería estar feliz, bien podría dar un vistazo a todo lo que he conseguido y fácilmente podría decir: «Muy bien, lo tengo todo. Mi vida está completa» Pero no es así.

El mes pasado estaba celebrando el lanzamiento de mi más reciente ensayo, "Voces femeninas, verdades universales", un trabajo acerca de varias mujeres catedráticas que me relataron su experiencia laboral en un mundo parcializado donde ellas han tenido que trabajar más duro que sus compañeros masculinos para, al final, conseguir retribuciones inferiores. Por primera vez mi nombre apareció en tabloides, en la prensa imprenta y en medios digitales. Mi ensayo alcanzó el primer puesto en ventas en trabajos literarios de este índole y en las últimas semanas se ha convertido en tema de discusión en muchos clubes de lectura feminista. Ayer, precisamente, mi editora me llamó para informarme que hay una editorial en España que quiere traducir mi trabajo. No terminé de procesar tal noticia, he vivido muchas cosas en los últimos días, así que le dije a mi editora que le devolvería la llamada lo más pronto posible. No lo he hecho.

En cambio, he decidido acompañar a mi novio a la celebración que han realizado en su trabajo, celebración que por cierto, es gracias a él. Dylan trabaja como asesor político desde hace un par de años, y este año ha tenido su más grande oportunidad trabajando para la campaña electoral de Dominic Platt, un empresario convertido en político que un día amaneció con ganas de ser congresista. Y todo apunta a que está a punto de conseguirlo. Justamente hoy ganó las elecciones primarias de su partido político y de allí surgió la celebración. Durante los últimos meses, Dylan ha trabajado día y noche para fijar la estrategia de la campaña, no solo una que funcione con los simpatizantes del partido, sino que capture la atención de los adversarios, como yo. Creo por eso Dylan y yo no hablamos de política, simplemente nos brindamos apoyo mutuo en nuestros proyectos laborales y nada más. Es lo mejor.

Así que si observamos nuestros logros en retrospectiva, realmente hemos conseguido muchas cosas en muy poco tiempo: estabilidad y reconocimiento laboral en nuestros trabajos soñados y un matrimonio en puerta. Y apenas tenemos veintisiete años.

Sin embargo, yo estoy lejos de conformarme con lo que he conseguido. Quiero más. Entiendo muy bien porque hay personas que desconfían de la ambición, dicen que se puede transformar en una enfermedad, una especie de deseo insaciable, como una adicción. Tal vez sea cierto, no lo sé, de lo que sí tengo certeza es que no puedo conformarme con lo que tengo, aunque quisiera, siento deseos de ir a por más.

Recuesto mi cabeza del asiento del coche, fijo la mirada sobre el techo, el cual cambia de colores a causa de las luces de la calle que se reflejan en este a medida que avanzamos. Fijo mi atención en una pequeña luz que se manifiesta en un punto exacto, con el ceño fruncido trato de adivinar qué es pero apenas muevo mi mano, me doy cuenta que es uno de los brillantes de mi brazalete. Así que empiezo a moverlo en varias direcciones para que la luz cambie de direcciones, como si fuese un pequeño reflector. Me siento tan tonta haciendo esto, que dejo escapar una risita por lo bajo.

-Creo que el vino ha empezado a surtir efecto- Dice Dylan quien todo este tiempo ha estado manejando en silencio.

Ya estoy acostumbrada, siempre me ha dicho que cuando maneja prefiere hacerlo en silencio, prefiere abocar toda su atención en la carretera; más de una vez me ha dicho que no entiende cómo hay gente que se toma tan a la ligera el manejar "No entiendo como hablan, escuchan música ¡y hasta cantan! es como si no se dieran cuenta que realmente es algo muy peligroso", supongo que tiene razón. Sin embargo, yo ni siquiera manejo. Aprendí porque necesitaba mi licencia para conducir antes de ir a la Universidad pero normalmente, prefiero viajar en taxi. Los Ángeles es una ciudad para moverse en taxi. Y creo que allí Dylan y yo discrepamos. Política y el tráfico angelino, dos temas vetados en nuestra relación.

Volviendo a las palabras de Dylan, creo que tiene razón. Aunque no diría exactamente que es el vino, creo que fue haber tomado sin tener nada en el estómago. No es mi culpa. Su amigo Dominic tuvo la brillante idea de ofrecer solo pasabocas marinos y yo, lamentablemente, no consumo ningún tipo de pescado. También es cierto que pude haberme mantenido lejos del licor, pero soportar la opinión de un montón de hombres que solo piensan sus propios interés mientras pretenden preocuparse por los derechos de otros, es más fácil de hacerlo con una dosis de bebida etílica en la sangre.

-Tengo hambre- Digo sintiendo que mi estómago ruge. No cabe duda que necesito ingerir alimento cuanto antes.

-No debiste tomar, si no ibas a comer nada- Me dedica una mirada condescendiente y yo pongo mis ojos en blanco.

-Tus amigos no deberían decir tantas estupideces, así yo no tendría que haber bebido para tratar de no recordar lo que decían.

Dylan me observa, estoy convencida de que debe estar pensando muchos argumentos para refutar mi comentario y tratar de convencerme que sus amigos, jefes o como quiera llamarlos, no dicen ningún tipo de estupideces pero no dice nada. Conoce muy bien nuestro trato: política cero.

-Vamos a cenar algo- Pronuncia por lo bajo. Yo sonrío triunfante.

«Si no puedes con el enemigo, únete a él». Sabiendo mejor que nadie que no voy a dar mi brazo a torcer, es mejor erradicar el problema que me trae apegada al asiento, con un leve mareo y riendo como una tonta mientras muevo mi brazo de un lado a otro sin sentido.

Llegamos al restaurante, The Borges, está en Beverly Hills, a un par de kilómetros de nuestro vecindario. Dylan no puede disimular la predilección que tiene por este lugar y por su menú orgánico, sus vajillas de cristal y sus platillos de dos mil dólares.

Bajamos del auto, y Dylan le entrega las llaves al muchacho que trabaja aparcando los coches. Apenas avanzamos dos pasos hacia los escalones de la entrada, me detengo abruptamente cuando me doy cuenta que he dejado mi cartera en el auto:

-¡Espera!- Me dirijo al muchacho que está a punto de subir al coche -He olvidado mi cartera- Le susurro a Dylan.

Desciendo dos escalones, los mismos que había ascendido y cuando empiezo a caminar hacia el coche, veo que una explosión surge de este, de la nada, originando una llamarada. Siento un golpe en mi cabeza.

Capítulo 3 Rojo

39 horas y cuarenta y cinco minutos antes.

Abro mis ojos lentamente, pero los cierro nuevamente cuando una sensación de vértigo me embarga. Escucho voces a mi alrededor, conversaciones que no puedo entender pero suenan a desesperación, incluso hay gritos a mi alrededor. Lo cierto es que nada de eso me hace sentirme mejor.

De repente, todo se volvió negro, después de un golpe en mi cabeza que resultó después de una explosión «¡el coche de Dylan!» Sí, lo vi arder en llamas. Intento nuevamente abrir mis ojos, para saber dónde estoy, qué ha ocurrido «Santo cielo, me siento terriblemente mal». Distingo el cielo estrellado de Los Ángeles, y unos fuertes brazos que me sostienen. Trato de extender mi mano pero me siento muy débil.

-Oh, Elizabeth ¡¿cómo te sientes?!- Dylan suena preocupado mientras acaricia mi rostro.

Trato de responder pero ni siquiera puedo entre abrir mis labios, creo que estoy en una especie de shock; siento mi mente muy ávida pero mi cuerpo no termina de reaccionar del todo.

Veo que el rostro de Dylan tiene algunas manchas negras, como marcas de carbón. Veo a mi alrededor, hasta donde me permite mi vista y hay residuos de carbón por todos lados, por la acera, los escalones, mi vestido. Bajo la vista hasta mis brazos y veo que están prácticamente cubiertos de negro. Mi pulso se acelera, cuando empiezo a imaginarme que estoy hecha un desastre y sobre todo, por qué estoy así, por qué estoy aquí. Cuando mi mirada se encuentra con el auto de Dylan, veo que está completamente incinerado. Aún no me siento capaz de hablar pero el pánico hace que empiece a llorar. Dos minutos, si hubiésemos demorado dos minutos más, ninguno de los dos habría sobrevivido. Sin embargo, yo estoy aquí, tirada en el piso, con mi vestido roto, el cuerpo cubierto de carbón y atravesando un shock emocional.

-No te muevas- Me aconseja Dylan cuando busco abrazarme a él.

Mi cuerpo me tiembla, esclavo del miedo que me produce la idea de lo que nos pudo haber ocurrido si no nos hubiésemos bajado del coche. Y yo, no debí regresar al auto, y el chico... «¿dónde estará el parquero? ¿estará vivo? ¿por qué ha sucedido todo esto?» Oculto mi rostro en el regazo de Dylan mientras él me abraza, no tan fuerte pero de una forma protectora. Supongo que tiene miedo de que me haya roto algún hueso. Recuerdo que con el impacto de la explosión caí al suelo, golpeé mi cabeza y no supe nada más hasta ahora.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, levanto mi trémula mano y toco la parte inferior de mi cabeza, empiezo a respirar de manera agitada cuando siento que está húmeda. Al abrir mis ojos para ver mis dedos, noto que están pintados de rojo «¡estoy sangrando!» Vuelvo a sentirme nauseabunda, todo empieza a darme vueltas nuevamente. Así que cierro mis ojos con fuerza, como si cerrándolos más fuerte, puedo hacer que el dolor desaparezca y que todo este incidente también lo haga «Ojala todo sea un sueño». Pero no lo es.

El sonido de la sirena que empiezo a escuchar es muy auténtico. Abro mis ojos alarmada y siento como Dylan me suelta, a la vez que una mujer vestida de azul se acerca a nosotros pero se dirige a mí al momento de hablar.

-Señora, todo va a estar bien- Del bolsillo de la blusa de su uniforme, saca una pequeña linterna y apunta directamente a casa una de mis pupilas.

La mujer se yergue nuevamente y le indica a dos paramédicos que me tomen. Cada hombre se acomoda a mi alrededor, uno por mis pies y el otro por mi cabeza y me toman en peso para subirme a una camilla.

-Debemos trasladarla al hospital para hacer todas las evaluaciones pertinentes- Escucho que la mujer se dirige a Dylan, mientras yo veo como todo a mi alrededor, a causa de las luces de las ambulancias y los carros policiales, se han tornado de rojo.

-Iré con ella- Dice Dylan con urgencia, en ese instante siento como me toma de la mano.

Veo el pánico salpicando su rostro en contraste con la luz roja que se refleja en su piel blanca, ahora pintada parcialmente de negro.

-Por favor- le dice la mujer en un tono un poco severo-, le agradezco que no mueva a la paciente. Aún no descartamos alguna fractura o contusión.

-Si hubiesen llegado antes, ya lo sabrían - Le refuta con amargura.

La discusión muere allí, creo que lo último que quiere la mujer es discutir ahora mismo, ni siquiera sé cómo Dylan tiene ánimos de responder de forma altanera cuando yo lo que quiero es que me saquen de una buena vez de este lugar.

-Mucho gusto, soy el oficial Smith- Escucho otra voz masculina pero desde mi posición no puedo ver quién es realmente -¿Puedo saber a qué hospital se dirigen?

-Saint Jude- Dice la mujer vestida de azul -Soy la Doctora Ross, por cierto- «Muy bien, es Doctora y se apellida Ross. Supongo que ya no tendré que llamarla por el color de su vestimenta» -Ahora, si me disculpa, nos urge trasladar a los pacientes.

-Por supuesto, no pienso quitarles más tiempo- A juzgar por la voz del hombre, se trata de una persona mayor -Sin embargo, me gustaría hablar con usted, señor Wellington-Cuando escucho el apellido de Dylan, sé que se está dirigiendo a él -Estamos manejando la hipótesis de que usted y la señorita Finlay, acaban de sufrir un intento frustrado de atentado. De hecho, hemos encontrado un artefacto explosivo conectado en la maleta del coche, por lo tanto, asumimos que sus vidas están en peligro. Me uniré a ustedes en el hospital. Sin embargo, por los momentos, mi equipo y yo seguiremos trabajando en el lugar de los hechos, creemos que aun podemos recolectar información que serviría de evidencia...

He dejado de escuchar lo que el hombre tenía para decir, solo puedo pensar en una cosa:

«Atentado».

La palabra se repite una y otra vez en mi cabeza, como un espiral, haciendo que con ella, todo gire a mi alrededor también, de repente, todo se vuelve negro nuevamente.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022