1-Martha
Tengo tres meses sin dirección, me siento como lanzada en una balsa en mar abierto a la deriva, sin agua, ni comida, sin salvavidas, me siento morir mientras nadie cree en mi inocencia.
Me culpan por algo que no hice.
Me culpan a mí, que no mataba a una cucaracha porque me parecía despreciable ver morir a alguien. Si tan solo recordará esa noche en la que mi vida se derrumbó como un castillo de naipes.
-Pónganse de pie para recibir al honorable, juez Carter- habla en voz alta y clara un oficial del juzgado, mis piernas tiemblan, aun así, me pongo de pie
Aún no puedo creer que esto me estaba pasando parezco disco rayado, pero, esto debía de ser un error una broma de cámara escondida, ¡que por favor griten corte! y todos se rían, pensé en mi fuero interno, pero nadie dijo nada, nadie interrumpió al juez y me sacó de aquí corriendo.
-Buenos tardes- saluda educadamente -soy el juez James Carter, de la corte principal de Washington -expresa como cada vez que entra -estamos aquí para escuchar el veredicto al que llegó el jurado presente -los señala y trago saliva -¿es verdad que llegaron a una decisión unánime? -preguntó muy serio.
Todos los jurados asienten en acuerdo y comienzo a sudar, le pasan el sobre al juez y cuando termina de leer lo devuelve al jurado.
-Contra el caso del estado contra Martha Winkeljohann, por la muerte y desaparición de Miguel Hidalgo -habla la vocera del jurado.
Y me desconecté...
¿Has pensado a veces que si te pellizcas despiertas de un mal sueño?
Me pasaba mucho de pequeña, cuando veía una mala película que me producía pesadillas por semanas era una niña tonta que no quería hacerle caso a su mamá cuando le decía que no viera esas películas de adultos, para calmar mi mente mi madre me decía que si me pellizcaba podía despertar y me vería en mi cuarto y todo estaría bien. Los monstruos existen sólo en tu mente Martha, me repetía una y otra vez para poder conciliar de nuevo el sueño.
Pero este monstruo está en la vida real y me arrebato mi vida entera.
¿Soy yo ese monstruo del que hablan?
Esta vez no me funcionó lastimarme para despertar, no era un sueño, mi pesadilla era de la vida real.
Cada noche en mi celda me pellizqué en el brazo, golpeaba mi mejilla frente al espejo, me miraba y le pregunté a mi reflejo:
- ¿Qué hice? -me preguntaba mi yo del espejo.
- ¿Fuiste tú? -me devolvía la pregunta mientras tanto me veía extrañada.
- ¿Eres culpable de lo que te acusan, Martha?
No me reconocía, ya no era yo la que me devolvía el reflejo del espejo.
Todos me dicen lo culpable que soy y siento vértigo al oír sus reclamos y exigencias, pero yo no fui. Ya no sé cómo repetirlo, las únicas personas que me creen es Julio y Sofía.
No pude haberlo hecho.
No soy así, no soy esa clase de persona.
Yo amé a mi esposo, aun lo amo.
No sé qué pasó esa noche. Esa fatídica noche.
Comienzo a dudar de mí, de mi cordura, el no saber que pasó me tiene totalmente tambaleante psicológicamente por todo lo que ha pasado en poco tiempo.
Estoy viviendo una verdadera pesadilla desde hace tres meses, tengo que despertarme, debo despertarme, no quiero más esto. Esto tiene que ser un mal sueño, mi esposo está vivo y a mi lado cuando me despierte y me dirá lo tonta que fui por soñar algo así, me abrazara y me besara como otras veces, como siempre.
-En el cargo de homicidio culposo se declara a la acusada culpable -retumbó la voz de la vocera trayéndome al presente y mi inminente desgracia.
-Soy inocente, su señoría -hablé en un hilo de voz.
Es lo que soy. Soy inocente.
Estaba nerviosa, mi jefe Julio se veía nervioso, habías dos personas del periódico que yo conocía personalmente tomando notas y me miraban angustiados y con pena, pero anotando todo para la cuantiosa noticia que le producía mí caso.
Tengo unas terribles ganas de gritar como una desquiciada por mi libertad y mi inocencia.
Me siento mareada y a punto de vomitar, aunque no he desayunado nada.
Estábamos todos de pie en este juzgado frío e impersonal, el aire acondicionado estaba funcionando bastante bien y aun así una película de sudor cubría mi frente, apreté mi mono naranja para mantener mis nervios a raya, sentía la mirada pesada de alguien, pero no me atreví a voltear y mirar a nadie.
-Oficial tome en custodia a la acusada, esperara en la cárcel hasta dictar su sentencia- el juez se toma su tiempo para leer mientras quiero comerme mis uñas.
Su martillo es lo último que escuché porque mis oídos comenzaron a zumbar con un pitido molesto, puntos negros aparecieron en mi visión, perdiendo el control de mi cuerpo, no sentí dolor al caer al piso, las personas a mi alrededor dicen que gritaba de angustia y no lo recuerdo.
-Martha, apelaré tu caso, los abogados van a trabajar en eso -me decía mi jefe sumamente impotente por no poder ayudarme.
Pero no más impotente que yo.
Mi hijo.
¡Dios, mío!
¡Mi Dieguito!
-¡Soy inocente! -grité y grité mi verdad desde mi celda mientras lloraba desconsolada- mi hijo me necesita.
Siento que me necesita, siento que mi hijo me extraña igual o más de lo que yo lo extraño.
Ya habían apagado las luces y las presas gruñían molestas por mis gritos desesperados.
-Dile eso a otra -rechina molesta mi compañera de celda, Isolda.
-¡Soy inocente! -repetí con vehemencia -no maté a mi esposo, debes creerme.
-Yo no debo hacer nada- alegó casi aburrida -las que están aquí son culpables de algo -argumentó molesta -son culpables porque cometieron un crimen o por confiar en quienes no debían.
-Mi esposo me amaba, yo lo sé -murmuré - y, soy inocente.
-Ahora cuéntame una de vaquero -se burló y bufó perdiendo su paciencia conmigo.
Mi compañera de celda era una mulata alta de casi metro noventa, de huesos grandes, tenía trenzas en su cabello oscuro, ojos también oscuros y enigmáticos, una boca voluptuosa y de nariz grande. Seguramente buscaba que me matarán por desafiarla con ella.
-No es un cuento- le aseguré -, no me pegaba, no peleaba y en ocho años de matrimonio todo fue perfecto entre nosotros.
-¿Tanta perfección no te asustaba? - añadió seriamente curiosa -entonces... -ladeo la cabeza y me vio de forma extraña- ¿qué fue lo que te pasó?
-Es una larga historia -balbucee al punto del llanto nuevamente sólo de recordarlo.
-Tendrás mucho tiempo metida en esta celda conmigo, cuando quieras, habla... - suavizó su rostro y su tono de voz.
-Hace tres meses mi esposo y yo...
Y comencé a contarle a una perfecta extraña mi vida entera, porque por los próximos años no tendría más nada que hacer.
Martha
4 meses antes
Salgo apurada de la ducha para preparar el desayuno, mi esposo sigue dormido un rato más, bajo las escaleras apuradas y comienzo a sacar del refri lo necesario para el desayuno de mis caballeros. Lo primero que hice fue poner una cafetera hasta el tope de café, piqué fruta, batí unos huevos y tosté unos panes, envase cereal y leche para Diego y luego busqué el cortador en forma de animales que tengo, metí unos palillos para atrapar la comida y envase todo, vi la hora y decidí despertarlos.
-Miguel, vamos -llegue despertando a mi esposo de forma amorosa como hacía siempre -es hora de levantarse, cariño.
-Martita, no jodas tan temprano. Ya voy -su voz amortiguada en la almohada.
Me dolía como me trataba a veces, pero se lo achacaba a que estaba más dormido que despierto siempre que se acuesta tarde por trabajo pasa.
Salí de nuestro cuarto y me fui a despertar a mi príncipe, como salí de la ducha recién tenía una toalla en mi cabello y una bata esponjosa rodeando mi cuerpo de color rosa, entre en la habitación de mi pequeño y lo desperté cuidadosamente y lo metí a bañarse rápidamente, le ayudé a cepillarse los dientes, lo vestí y bajamos cuando Miguel a penas se levantaba e iba al baño.
Giré mis ojos mentalmente queriendo quejarme, pero la deje pasar y continúe mi recorrido con Dieguito hasta llegar a la cocina, le di su vasito de jugo de naranja recién exprimido y terminé mi faena con mi segunda taza de café, me fue a alistar cuando Miguel ya bajaba con su traje listo y planchado que había recogido ayer de la tintorería.
-Vas tarde, reina -dijo a modo de reprimenda y me mordí la lengua.
Tal vez si él me ayudará un poco no estaría corriendo, pero intento entender que llega cansado y quiere dormir un poco más por lo tarde que llega así que lo dejo pasar, subo y me acomodo frente al espejo, mi cabello color castaño claro con reflejos amarillos lo coloque en una cola en la base de mi nuca, me coloque unos jeans anchos y una camisa de seda color crema y tomé mi abrigo, mi cartera y bajé volando las escaleras hasta llegar a la cocina donde estaba Miguel con nuestro hijo desayunando.
-Ya me voy, osita -me besa en la mejilla, luego termina de comer su tostada.
-Nos vemos en la noche, no llegues tarde -le advertí - adiós cariño - besé a mi niño en la coronilla.
-Jamás- besó de nuevo mi mejilla, tomó su maletín y se largó.
Lo último que escuché fue la puerta de entrada y su auto arrancar y perderse a lo lejos, desperté de mi ensueño y tomé a mi bebé para llevarlo a su guardería. Luego conduje a mi trabajo en un periódico como asistente del editor, así que me toca tenerlo todo en orden y a los periodistas a raya.
-Martha, buenos días- saluda Vero una de las mejores periodistas del periódico y del mundo- ¿el jefe está de humor?
-¿Cuándo has visto a Julio de humor? -pregunté a modo de broma.
-Según mis fuentes perdió su humor en 1984 -me comentó con camaradería, nos reímos entre dientes cuando Vero se queda callado y sería.
Me giré y vi a mi jefe con cara de perro con rabia regañando con la mirada a Vero.
-¿Quién perdió su humor, señoras? - preguntó alzando una ceja para enfatizar que ya nos había escuchado.
-Tengo un esposo Julio, tu cara no me hace nada -repliqué poniéndome de pie y con una mano en la cintura -no me das miedo y hablábamos de ti - dije con media sonrisa.
-Tienes un esposo que es un idiota - soltó él, vire mis ojos.
Julio César jamás se ha llevado con mi esposo, Miguel, nunca he entendido el porque de esa aberración entre ellos.
-Sí, bueno. Eso no importa ahora -le señalé en advertencia - Vero tiene algo que decirte.
-No se paren por mí por favor - se excusa con una sonrisa pícara -amo ver a los esposos de trabajos pelear.
En el trabajo decían que Julio y yo éramos esposos de trabajos, ese hombre no encontraría su cabeza sin mí, llevaba trabajando aquí desde que salí de la universidad, eran casi 10 años con todos los altibajos del lugar, sino hubiera sido por mí Julio César jamás se hubiera metido en el mundo de las noticias online, nos adaptamos a la nueva era y aunque aún publicamos en papel nuestras ventas por suscripciones a la página son cada vez mejores.
-Déjate de bobadas, mejor dime ¿qué tienes para mí? -preguntó hastiado, aunque sabemos que no es así.
Julio tiene alrededor de 38 años, tiene el cabello rubio de ojos cafés oscuros, mide 1,80 y le gusta hacer ejercicio cuando el trabajo lo suelta y aunque tenga dos matrimonios fallidos dice que su familia está aquí, en el periódico, él todo cascarrabias como es, nos quiere y nosotros a él.
-Pasemos, está primicia pocos pueden saber - Vero voltea a verme con sus ojitos de perrito de disculpas -lo siento Martita, sabes que no lo digo por ti.
Le restó importancia con un gesto de la mano y una sonrisa, sé cómo es de competitivo el mundo del periodismo.
-Iba por café, de todas formas...
Fui a nuestra área de relajación y llegué directamente a la cafetera que está vacía.
-Chicos, en serio si se terminan el café monten otra jarra sino Julio no lo calienta ni el sol después.
-Martita, fui yo -se excusó una chica de cabellos púrpura -lo siento, ya me iba a parar hacerlo, estaba terminando mi café.
-Está bien Flor, pero que no se te olvide a la próxima -le piqué un ojo en complicidad.
Flor se relajó en segundos y siguió bebiendo café, las personas que trabajaban aquí sabían que yo no los regalaría a menos que el bienestar de la empresa se vea afectado y eso era casi nunca, quien casi siempre pierde los papeles es Julio Cesar Hill.
Les llevé una taza de café a Vero y Julio y estos me agradecieron, fui al baño luego de eso y entre a un cubículo hacer de mis necesidades, salí y estaba lavándome las manos cuando me vi en el espejo, tengo 28 años y un hermoso hijo de tres años, mi figura había cambiado un poco por su nacimiento, pero no me arrepiento de esos tres kilos de los que no me he podido deshacer, ni de las estrías que me dejó en los muslos, Diego es lo mejor que me pudo pasar siempre. Veo mis cejas gruesas y mis pestañas abundantes, mis ojos grises y mi boca no tan pulposa como otras mujeres, siempre me hacía maquillajes suaves, algunos brillos de labios sabor a durazno y un poco de máscaras de pestañas, tenía un poquito de arrugas alrededor de mis ojos mostrándome que los años no pasan en vano, toqué mis caderas un poco más anchas que hace 10 años cuando conocí a Miguel.
En ese momento llega un texto a mi celular y lo sacó de mis jeans, es lo bueno de trabajar aquí, no necesito trajes de negocios, no soy muy amigas de ellos, aunque tenga varios en mi closet, reviso quien me escribió y es Sofía mi mejor amiga, nos conocemos desde adolescentes y aún éramos muy cercanas.
Sof: ¿Lista para la noche de hoy? :)
Yo: Si, más que lista. Paso a llevarte a Diego.
Sof: Te espero.
Mi amiga era demasiado buena conmigo, aún no tenía hijos ni esposo, pero siempre estaba atenta por si nosotros necesitábamos una noche libre al mes, una vez al mes dejaba a Diego con ella para tener una cita con Miguel él y yo solos.
En unas semanas era nuestro aniversario, pero jamás nos perdíamos una cita, pasará lo que pasará. Salí de mi trabajo como una bala a buscar a Diego Manuel, luego fui a la casa de mi amiga.
Sofía vivía en un complejo cerrado igual que yo, pero lejos de mi casa, esa casa le gustó mucho y yo la ayudé con el papeleo, me estacione frente a la pequeña casa de dos plantas y baje a Dieguito, amaba a mi amiga y le decía tía.
-Hola, Sof- saludé cuando me recibió.
Nos abrazamos y pasé a su casa, iba temprano a mi cita así que me tomé un café antes de irme a alistar para la cita que tenía con mi esposo.
Estar en casa de Sofía era revitalizante, mi mejor amiga y yo siempre hemos sido inseparables desde la universidad y siempre venía cuando necesitaba estar lejos de las responsabilidades, a veces necesitaba mi espacio y este era uno de mis santuarios cuando eso pasaba, ser mamá, esposa, empleada y mujer era sumamente difícil y a veces se nos hace cuesta arriba.
-¿Qué tienen pensado para hoy? -me pregunta Sofía, sacándome de mi ensoñación
-Me tocó planear a mí esta vez, así que iremos a cenar y luego al cine en el restaurante chino nuevo de la ciudad- le comenté y sonríe sin mostrar sus dientes.
-Cuando tenga un esposo quiero que sea como Miguel -respondió soñadora, cambiando de tema.
-Claro que lo vas a conseguir, nena- me expresé positivamente.
Mi amiga Sofía es hermosa, de caderas anchas y ropa más ajustada que la mía, abdomen plano por el gimnasio, era de piel morena y cabello liso color rojizo de ojos oscuros, era muy atractiva, pero con una suerte fatalista en el amor.
-No sé, Martha -respondió triste -quiero una relación seria con un buen esposo y económicamente estable, no quiero sobras -dijo eso último con dientes apretados y algo de rabia brillando en sus ojos.
La observé atenta a sus palabras, hace unos años salió con un hombre casado, no dio muchos detalles, pero me aseguró que eso se había acabado casi cuando comenzó, que era todo un imbécil y le creí. Mi amiga se merece algo mejor que como dice ella "las sobras" nunca me gustó eso de que saliera con un hombre casado, pero no era mi vida solo pude aconsejarla hasta donde pude.
-¿Qué pasó con el chico con el que salías? -le pregunté tratando de recordar su nombre y no lo recordaba o no me lo había dicho o yo estaba muy olvidadiza últimamente.
-Quise algo serio y se espantó, como todos-agregó melancólica y molesta.
-Los hombres son unos idiotasla- apoyé.
-El tuyo es un sol -agregó ella, es cierto, Miguel era la excepción a la regla de los hombres idiotas, aunque, tenga sus fallas y me gustaría que me ayudara más en algunas cosas, pero Sofia piensa que exagero.
-No me quejo, Miguel es el mejor esposo que pude conseguir- estuve de acuerdo con ella.
Miguel es un poco más alto que yo que mido metro setenta y dos, es de cabello color oscuro y de ojos pequeños color miel, le gustaba ejercitarse antes de tener a Diego, tiene un mentón fino y poco barba por no decir que ninguna, tiene una nariz ancha y labios finos, no es una lindura de hombre, pero siempre esta presentable, usa colonias que llaman la atención, usa trajes para ir a su trabajar de contador, últimamente usaba su cabello un poco más largo que antes y era muy atento, como estas cosas que hacíamos una vez al mes.
Fue su idea las citas de una vez al mes, algo para avivar la pasión y al final de la noche es como un león salvaje, me gustó su iniciativa para no caer en la rutina así que una vez al mes nos turnamos para decidir a dónde ir y que hacer, aunque van tres meses en las que yo decido porque a Miguel no le da mucho tiempo organizar todo.
-Me voy amiga, quiero estar lista para mi cita con Miguel- le avisé cuando me terminé mi café.
-Yo me encargo de Diego, no te preocupes -adoro a ese pequeño.
Como no tenía padres mi única familia eran Miguel y Diego, Julio mi jefe y, Sofía mi mejor amiga desde siempre. Mis padres murieron en un accidente de carro, me crie con mis abuelos paternos que murieron hace dos años, gracias a Dios murieron de causas naturales y casi al mismo tiempo dejándome una pequeña herencia que puse en un fideicomiso para diego cuando cumpliera la mayoría de edad.
Estaba pensando en ello mientras manejaba a la casa para ponerme más guapa para mi Miguel.
Entré en casa rápidamente y me quité la ropa mientras subía las escaleras, me bañé lo más rápido posible y depile rápidamente todo mi cuerpo, salí y busqué el nuevo vestido que compré hace unos días, es de cuello alto con la espalda descubierta de color borgoña y me llega a medio muslo, lo coloqué con cuidado en la cama junto con mis tacos negros, me puse unos pendientes de diamantes que Miguel me regalo el año pasado en nuestro aniversario, jamás se le olvida nuestras fechas especiales y aunque sé que trabaja mucho es un hombre atento y detallista.
Decidí hacer unas suaves ondas en mi cabello liso color chocolate y me maquille a conciencia, ahumé mis ojos con una sombra marrón y negra, puse un poco de dorado e iluminador y me puse una de esas pestañas para realzar mis ojos verdes claro, me vi en el espejo mientras veía mis muslos descubiertos, tenía un poco de celulitis, pero no tenía tiempo para el gimnasio, tenía algunos rollitos en mi barriga a causa de mi embarazo que disimule con una faja cómoda, me puse unas medias del color de mi piel blanca que agarre con un liguero y luego me puse el vestido, estaba aplicando mi labial rojo favorito cuando llego Miguel.
-Estas hermosa, amor mío -me saluda con un beso en la coronilla.
-Gracias, señor Hidalgo -le dije muy coqueta mientras se alejaba.
-Me doy una ducha y nos vamos -me dijo aflojando su corbata.
Miguel era el contador de una empresa farmacéutica, llevaba muchos años allí a veces el trabajo era duro, llegaba tarde y luego de largas jornadas era difícil mantener la llama de la pasión encendida por eso él ideó este plan. Estas citas para nosotros, teníamos 6 meses haciendo esto y me parecía maravilloso. Nos sentíamos como una pareja empezando su relación y eso me enamoraba más de él.
Luego de media hora en donde le escogí su traje negro con camisa blanca bien planchada y corbata roja nos vimos al espejo, mi labial era del mismo tono que su corbata, me puse algunas pulseras de oro que me había dejado mi madre como herencia y acomodé su corbata.
-Estas radiante, osita -besó mis labios en un beso rápido y nos fuimos.
Eran las siete cuando llegamos al restaurante y ya yo había hecho reservación desde hace tres semanas quería que todo fuera perfecto esta noche, dimos nuestros nombres y nos sentamos a degustar la verdadera cocina oriental.
Luego nos fuimos al cine y vimos una película de terror era lo que a Miguel le gustaba, yo pasé toda la película debajo de su brazo tapando mi rostro y brincando cada vez que se escuchaba algo espeluznante.
Cuando nos subimos al auto me vio esperando instrucciones para el siguiente lugar así que le dije que se me ocurrió no terminar aún la velada, iríamos por una copa, accedió felizmente y fuimos a un pequeño bar discreto en el centro.
El bar era concurrido más que todo por jóvenes y la música era para bailar y muy alta, me gustó el ambiente así que lo arrastré a la pista de baile y enseguida pusieron un tal bad bunny así que me moví lo más sugerente que pude, quería volverlo loco y que la pasión no se apagará por unas semanas más.
Muchos creen que mantener un matrimonio es fácil, pero no es así. La monótona vida que a veces llevamos nos hunde y no es lo que quiero. Yo amo a mi esposo y no me voy a dejar vencer por la vida cotidiana a la que hemos llegado, le baile sugerente meneando mis caderas como pocas veces hacía en público.
-Martha, estas dando un espectáculo, vámonos a la casa -me agarró por los hombros y me llevó a la barra.
Miguel es un hombre reservado así que pocas veces demostrábamos cariño en público, siempre se lo respeté, pero estaba bailando no desnudándome. Vi a mi alrededor y varios hombres me veían lascivamente haciendo calentar mis mejillas de vergüenza. Decidí que él tenía razón y era mejor irnos, la noche no terminó como esperaba en el bar, espero que cambie en la casa. Una vez en la casa me meto al baño y me quito el vestido, dejo mi ropa íntima intacta y salgo, Miguel se estaba quitando los zapatos cuando me vio salir del cuarto de baño.
-¿Me veo bien? -asintió sin decir nada, mientras dejó caer el zapato -me vestí así para ti- aclaré, Miguel a veces es muy celoso -también bailé así para ti en el bar.
-Me pone mal que te vean otros hombres, Martha -arrugó el ceño mientras me explicaba.
-Pero eso es solo tuyo, Miguel -dije insinuándome.
No quería arruinar nuestra noche de citas, quería que las cosas con él fueran perfectas como siempre, aunque Miguel siempre fue comprensivo y pocas veces se enojó conmigo por tonterías. Lo entendía sentía celos de otros hombres, aunque no tenía por qué.
-Te amo, mi Miguel -le dije al oído en cuanto llegué a su lugar en la esquina de la cama-. Tenemos casi 9 años juntos y todavía te amo como el primer día de nuestra boda, amor mío.
-Yo también te amo, osita -besé suavemente sus labios queriendo que todo fuera bien de ahora en adelante como siempre.
Martha
Ya había pasado una semana desde nuestra cita de una vez al mes para avivar las llamas de nuestro amor, estaba trabajando incansablemente día tras días mientras todo volvía a la rutina, me gustaba mi trabajo. Estaba archivando unas facturas de los chicos cuando hacían sus viajes de investigación para el periódico cuando llegó mi jefe, Julio César.
-Martha, tengo entradas al teatro que no voy a usar ¿las quieres? -pregunto lanzando el par de boletos a mi pequeño escritorio, sin si quiera haber respondido si quería ir, pero sería una blasfemia decir que no quiero ir.
-¡Oh! ¿En serio? -las agarré rápidamente revisando su fecha y desde ya planeando para ir a ver.
-Sí, me aburre el teatro, pero sé que te gustan esas cosas, invita a tu marido o, una amiga. Mejor una amiga, detesto a tu marido -había tardado en lanzar una de sus perlas en contra de Miguel, cosa que me irrita.
Julio y Miguel llevan una relación de odio-odio y últimamente demasiado odio luego de que Miguel se había pasado de copas en una de las fiestas de Navidad y coquetear descaradamente con algunas periodistas y secretarías del lugar y Julio se enfadó muchísimo casi se van a los golpes, así que prohibió al año siguiente que las parejas vinieran con los empleados, no quería que se repitiera lo mismo, yo me enfadé por casi un mes con Miguel y casi lo botó de la casa, desde esa vez Julio toleró aún menos a Miguel, nunca entendí porque ese par no se llevaban bien, ambos eran atentos y caballerosos a su manera, pensé que congeniarían y me equivoqué horriblemente cuando vi que cada vez que se veían querían saltarse a la yugular.
-¡Ya basta, Julio! -lo regañe como siempre -¿Qué sucede con ustedes dos?
-Mereces a alguien mejor-chasqueo la lengua - si te contara...
-Lo elegí a él, es amoroso, atento y buen padre -añadí molestándome- en serio, acaba con eso.
-Está bien te dejo en paz, eso sí. Cuando lo dejes ya sabes que aquí estoy yo - lo vi seria pensando que hablaba en serio hasta que vi su rostro.
Y con eso supe que estaba bromeando de nuevo, me guiño el ojo y se metió en su oficina, le gustaba hacerme enfadar y porque en serio no toleraba este tipo de cosas. Luego de una jornada larga en el trabajo lleno de papeles y chismes dignos de un Oscar me fui a la guardería y pasé por Diego mi hermoso niño de tres años, en cuatro meses cumpliría sus 4 añitos y tenía una temática pensada, debía darme una escapada en el almuerzo para ir comprando todo.
Diego tenía mi color de cabello era de un castaño claro con reflejos rojizos, sus ojos eran grises y de tez blanca como yo, aunque tenía el carácter de su padre y sus gestos. A Miguel le molestaba un poco que nuestras amistades dijeran que es mi calco, pero así es.
Llegué a casa y vi el auto de Miguel ya estacionado así que entré por la cochera, pocas veces llegaba antes que yo así que me emocioné, entré a la cocina y enseguida Diego grito llamando a su papá, se removió en mis brazos como una anguila para que lo dejará bajar y lo dejé ir en busca de su padre.
-¡Hola, pequeño! -escuché como Miguel saludaba a nuestro pequeño -¡llegaste! - escuché su voz cerca.
Cuando me giré estaba en el marco de la puerta eufórico y acelerado.
-Hola, sí -saludé abriendo la nevera para tomar un poco de jugo de naranja, tenía mucha sed- ¿Qué haces aquí tan temprano?
-Quise llegar antes y tenerte una sorpresa preparada, quiero pedir comida, tomar un poco de vino y charlar - su espontaneidad a pesar de los años juntos era lo que me tenía enamorada de mí esposo, no lo hacía todo el tiempo, pero cuando lo hacía me tomaba de sorpresa.
-¡Oh! - exclamé sorprendida -esta... Bien, creo.
Pocas veces Miguel se salía de su rutina a menos que estuviera enfermo y saber que no quería que cocinara sino consentirme calentó mi corazón.
-No quiero que cocines, veamos una peli, comamos en la sala algo de comida india y relajémonos ¿Qué te parece?
-Me parece una maravillosa idea, amor.
Entre en la sala y ya estaba el televisor prendido en Netflix, había dos copas de vino ya servidas y las luces bajas.
-Ya tenías todo pensado, amor - observe al llegar a la sala.
Me senté al pie del sofá en el suelo, donde estaba la alfombra y tomé una copa de vino, lo vi manchado de carmín rosa y yo hoy no tenía maquillado los labios.
-Creo que no lavaste las copas bien, osita- replicó antes de que lo pudiera hacer yo.
Vi extrañada la copa y luego mentalmente le di la razón, hace un par de días tomé una copa de vino, que mente la mía que no lave la copa.
-Sí, eso debe ser -respondí pensativa - aunque, juraría que sí las había lavado.
-Bueno llamemos a ese restaurante - finalizó Miguel.
Me encogí de hombro y zanje el tema sin darle importancia, me levanté y voté el preciado líquido rojo en el fregadero y puse esa copa en el lavaplatos y tomé una nueva, me serví y me relaje en el suelo alfombrado de mi sala junto con mi esposo, viendo a Diego jugar con su camión de excavadora favorito mientras Miguel hacia el resto, le hice caso y me relajé.
-¿Te gustó la comida? - preguntó Miguel limpiando su boca con una servilleta cuando había terminado de comer.
-Estuvo delicioso, amor -bebí un poco más de vino y vi a Diego rendido en el sofá sosteniendo su excavadora con sus manos tan pequeñas y morí de ternura.
-Estaba pensando -Me dice sorbiendo de su copa –¿qué te parece si renovamos nuestros votos matrimoniales para este aniversario?
-¡Qué maravillosa idea, Miguel! -le di la razón, estaba buscando hacer algo especial para nuestro aniversario, no sé cómo no se me ocurrió eso.
En unas tres semanas cumplíamos 9 años de casados y me parecía muy tierno y romántico que él quiera renovar nuestros votos.
-Lo pensé mucho, osita- se acerca y me da un beso lento, saboreando el sabor del vino en mis labios -y quiero renovar nuestros votos, si hablamos con Sofía, se puede quedar con el niño para nuestra luna de miel y estar solos por dos semanas.
Esa idea no me gusto para nada, Diego tiene 3 años de edad y nunca me he separado de él salvo las noches de las citas con mi esposo.
-Pero... No me quiero separar de Dieguito -respondí obstinadamente -sabes que no me gusta separarme tantos días del niño.
-Te quiero para mí sola por dos semanas, vamos Martha -súplica besándome de nuevo y sé que ya ganó -concédeme ese deseo, sabes que lo necesitamos -acaricia mi cuerpo y yo ya estoy asintiendo hipnotizada por su toque.
-Está bien, cariño -accedí - qué tal si llevamos a Diego a su habitación y tú y yo...
Dejé la sugerencia en el aire y Miguel aceptó subir al pequeño dormilón, recogí todas las cajas de comida y limpié la mesa baja de la sala, apagué el televisor y luego me puse a lavar los trastes en especial la copa de vino que ya estaba manchada. A veces soy muy distraída y hago o no hago cosas que luego no recuerdo, barrí un poco y pasé un trapo húmedo a los suelos de madera, luego subí y allí estaba esperándome... El amor de mi vida.
Cuando conocí a Miguel no me gustó mucho, no era el tipo de chico con el que yo salía, pero supo ganarse mi amor y mi lealtad con detalles y regalos, nos casamos poco tiempo después y nos hemos apoyado mutuamente como pareja y como amigos, todo estaba relativamente normal entre nosotros, muchos de nuestros amigos se habían divorciado y me alegraba saber que aún le gustaba, que aún me amaba, eso calmaba mi angustia como cuando llega tarde y a veces pienso que puede estar con alguien más, pero este es Miguel. Mi Miguel, él jamás me haría algo así.
Nuestros amigos siempre dicen como él se ve bebiendo los vientos por mí y a veces hasta ganas de llorar me da, me alegra enormemente que él me siga amando.
Luego de nuestro encuentro romántico me quedo acurrucada en su pecho.
-Si algún día sientes que ya no me quieres puedes decírmelo -murmure.
-No quiero dejar de quererte ¿de dónde sacas eso? ¿Alguien te dijo algo? -cuestionó -seguro el bobo de tu jefe, creo que está enamorado de ti.
-¿Qué cosas dices? -pregunté alarmada por tal disparate -para que lo sepas Julio nos regaló entradas al teatro para mañana, no digas esas cosas. Es... Solo se me ocurrió, es todo...
A veces sentía miedo de que Miguel ya no me quisiera más, que las cosas entre nosotros cambiarán.
Lo besé cuando se me pasó la tontería, no sé por qué le decía eso y luego me fui al baño para asearme y ponerme mi ropa de dormir, al salir ya Miguel tenía su bóxer puesto y roncaba suavemente, me metí del otro lado de la cama y volví acurrucarme con él.
El hombre que elegí para ser mi para siempre.
Estábamos en el teatro disfrutando de las entradas que me regalo Julio, pero Miguel se quedó dormido antes de terminar el primer acto. Giré mis ojos y lo descarté mientras yo lloraba al ver el cisne negro y el despliegue del talentoso elenco. Era muy emotiva con estas cosas.
Al terminar del primer acto desperté a Miguel, dándole unos golpecitos en el hombro y mi humor empeoraba por segundos.
-¡Miguel, por Dios! -susurré lo más alto que pude sin querer llamar la atención de los demás espectadores ¡pero, si hasta roncaba! -hazme el favor y levántate.
Se despabiló algo asustado y limpió un hilo de baba que salía de su boca, hice una mueca de asco, estaba muy molesta por lo que me di media vuelta y fui donde se reunían los demás para tomar una copa y comer un tentempié. Agarré una flauta de champaña de la bandeja de una camarero y esté saludo con la cabeza y siguió su camino, los camareros iban con una chaqueta roja y camisa negra, pantalones negro, las mujeres una camisa roja manga larga y unos tirantes negros mientras se paseaban por el salón con las minifaldas de tachones cortas de color negro y tacones altos con sus bandejas en las manos con los canapés para los asistentes a la obra, me tomé la copa de un trago y la dejé con una de las lindas chicas que paseaban por el lugar y tomé un mini quiché.
Miguel se me acercó con cara de perro arrepentido y lo dejé dándole sus disculpas a la pared, me fui a buscar otra copa o algo más fuerte para pasar el coraje, estuve parte de la noche hablando con otras mujeres sobre la obra y antes de comenzar la segunda parte todos nos encaminamos de nuevo a nuestros asientos y Miguel me tomó del brazo y me retuvo mientras todos pasaban.
-Osita, vamos. Lo siento -se disculpó en un susurro para que los demás no nos escucharán discutir.
Ya no quería ver nada, la emoción se fue hace mucho, solo quiero irme a mi casa, cambiarme el hermoso vestido amarillo y largo hasta los pies por mis pijamas y cambiar estas sandalias altas y negros hermosas por unas pantuflas que no torturan mis pies y definitivamente quería desmaquillarme.
-¡Te dije que si no querías venir llamaba a una amiga! -exclamé enfadada subiendo el tono de voz más de lo debido, pero ya casi todos habían entrado.
-Lo sé, osita -hablo bajito y meloso -quería darte el gusto cariño, pero, estoy cansado del trabajo y ver gente en vivo con mallas no es mi idea de diversión.
-Te hubieras quedado con Diego Manuel -hice referencia a nuestro hijo.
Se acercó despacio, me dio un beso y luego otro y los acepté, pero mi enfado era más grande esta vez.
-Veamos el segundo acto, osita -me invitó tomando mi mano y entrelazando nuestros dedos.
-Mejor vamos a comer algo, a ti no te gusta esto- propuse de repente las ganas de ver el segundo acto-ya no quiero ver nada.
-¿Estás segura, osita? -preguntó cauteloso-puedo quedarme, haré el esfuerzo de no dormir más. Lo juro.
-No, quiero que también te intereses por mis gustos o me hubieras dejado venir sola.
Me di media vuelta y no dije nada más, el viaje al restaurante fue silencioso, me llevó simplemente a comer hamburguesas pues sabía lo mucho que las disfrutaba y lo poco que las comía por mi dieta.
Pedimos unos megas hamburgueses con doble de queso y tocino, nos sentamos en una mesa un poco apartada de todos en un silencio algo incómodo esperando nuestra orden.
Llega lo que pedimos y comencé a devorar mi comida sin esperar nada, no comía desde el mediodía solo tenía un quiché y mucho champagne en mi sistema.
-¿Está bien tu comida? -preguntó suavemente.
-Está deliciosa - contesté viéndolo a los ojos y limpiando mi boca- gracias -hablé con voz pequeña.
-Me gusta complacerte -dijo simplemente dándole otra mordida a su comida.
Moje en salsa de tu tomate varias papas y gemí del gusto, tenía unos seis meses que no comía comida grasosa, intentó cuidar mucho lo que como.
Con comida en el estómago pensé mejor las cosas y tal vez me excedí, a él no tiene porqué gustarle lo que, a mí, puede que existan familias así, pero yo no soy de ese tipo de personas, hubiera estado bien para mí que yo fuera sola pues a Sofía tampoco le gustaban ese tipo de eventos.
Estoy tomando un poco de cola pasando un bocado de mi exquisita hamburguesa cuando Miguel hace algo loco incrusta entre sus dientes dos pajillas y hace como foca y me hace reír como loca, dejé escapar un poco de soda y me ahogué al tragar, luego reí mucho. Hace mucho tiempo Miguel no hacía tonterías para contentarme.
-Estás loco -le señalé -eso no se hace.
Algunas personas en el restaurante nos veían y sonreían, otras nos miraban como extraterrestre y a mí me fascinaba este Miguel.
-Pero te hice reír- rio conmigo, luego se puso un poco más serio quitando la pajilla de su boca -ya no estés enojada, osita. Se que dañe tu noche y lo siento.
-Creo que también exagere, lo siento amor -me disculpé de corazón.
-No importa, prefiero más terminar la noche así, contigo sonriendo y comiendo lo que más te gusta.
-Gracias, estuvo perfecto. Te amo Miguel.
-Yo también, osita - tomo mi mano y la besó y mi mundo volvió a ser el perfecto que era.
-No sé qué haría sin ti, cariño- le dije sinceramente.
-Falta mucho para averiguar eso, osita -habló muy serio -faltan ¿qué? ¿Unos ochenta años? Cuando Diego le toque cambiarnos los pañales.
Reímos por su broma y al terminar de comer pagué para irnos, esta vez quise pagar y ser yo quien se disculpará en serio. No quiero discutir por tonterías como estas, otro día le digo a Julio que mejor no me dé nada o voy sola. Esta clase de conflictos entre él y yo no me gusta, por eso los evito a toda costa.