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La deuda de la Carne

La deuda de la Carne

Autor: : Mundo Creativo
Género: Romance
"No firmaste para ser mi invitada, Mia. Firmaste para ser mi propiedad. Y ahora quiero que mires en ese espejo cómo tu propio cuerpo me da la razón mientras suplicas por más". El hermano de Mia cometió el error más letal que un hombre puede cometer: robarle a Leonid Volkov. Leonid es el rey indiscutible del inframundo, un depredador frío, calculador y despiadado que no perdona a nadie. Sin embargo, cuando Mia se presenta en su despacho para rogar por la vida de su hermano, el monstruo le ofrece un trato impensable. Treinta días. Treinta días encerrada en su fortaleza de cristal y mármol. Treinta días de sumisión absoluta, donde cada centímetro de su piel, cada gemido y cada aliento le pertenecerán a él. Mia acepta, convencida de que su odio será su escudo y de que podrá resistir cualquier tortura física. Pero Leonid no es un torturador convencional; es un maestro del control y el placer oscuro. En su mansión no hay cadenas de hierro, sino sedas, espejos, juguetes prohibidos y una regla inquebrantable: ella no usará ropa, solo lo que él decida ponerle. Pronto, el verdadero infierno de Mia no es el cautiverio, sino la traición de su propio cuerpo. Bajo las manos expertas y exigentes de Leonid, el miedo se transforma en una anticipación febril, y el odio se funde con un deseo incontrolable. Él está decidido a quebrar su mente a través del placer puro, desnudando sus fantasías más sucias y obligándola a aceptar su propia oscuridad. El tiempo corre. El contrato tiene fecha de caducidad. Pero cuando el día treinta llegue, ¿querrá el pájaro salir de la jaula, o preferirá arder eternamente en los brazos de su captor?

Capítulo 1 El precio de la sangre

El ascensor de cristal subía en un silencio sepulcral, devorando los pisos del rascacielos más exclusivo de la ciudad a una velocidad vertiginosa. A través de los amplios ventanales, las luces nocturnas se difuminaban como pequeñas brasas ardiendo en la oscuridad de la metrópolis, pero Mia apenas podía registrar la imponente vista. Su corazón latía con la fuerza bruta de un animal atrapado contra sus costillas, enviando pulsadas de pánico puro y helado a través de sus venas.

Las palmas de sus manos estaban húmedas, y la tela de su modesto abrigo negro le parecía de repente demasiado áspera, demasiado asfixiante. Tragó saliva, intentando humedecer su garganta reseca. Ciento cincuenta pisos. Ese era el abismo que ahora la separaba del mundo real, del mundo de la gente común, para adentrarla en el dominio de un dios implacable.

A su lado, dos hombres que parecían tallados en granito mantenían la vista fija al frente. No llevaban armas a la vista, pero la forma en que la tela de sus trajes a medida se tensaba sobre sus hombros dejaba claro que no las necesitaban para romperle el cuello. Eran los perros guardianes del infierno, y la estaban escoltando directamente hacia el diablo.

«Todo sea por Julian. Todo sea por Julian», se repitió Mia como un mantra desesperado, cerrando los ojos por una fracción de segundo.

Su hermano mayor, el eterno soñador, el idiota compulsivo. Julian había cruzado la única línea que todos en los bajos fondos sabían que era una sentencia de muerte inmediata: le había robado a la Bratva. Peor aún, le había robado directamente al líder de la organización, Leonid Volkov. Dos millones de dólares desaparecidos de una cuenta puente. Un error de cálculo, una ambición estúpida, y ahora Julian estaba desaparecido desde hacía cuarenta y ocho horas. La policía no iba a buscarlo; la policía le trabajaba a Volkov.

Un suave campaneo anunció la llegada al último piso. Las puertas metálicas se abrieron con un siseo, revelando un vestíbulo inmenso forrado en mármol negro veteado en oro. El contraste de la temperatura fue instantáneo; el aire allí arriba era gélido, cargado con el sutil y embriagador aroma a madera de cedro, cuero caro y un rastro de ozono, como la electricidad estática antes de una tormenta devastadora.

-Camine -ordenó uno de los guardias, con una voz carente de cualquier entonación humana.

Mia obligó a sus piernas a moverse. Sus tacones resonaban contra el mármol, un sonido patético y hueco en medio de tanta inmensidad. Cada paso que daba hacia las inmensas puertas de roble oscuro al final del pasillo era un paso más lejos de su libertad. No tenía un plan real. Solo tenía la cuenta de ahorros de toda su vida, las escrituras del pequeño apartamento que sus padres les habían dejado, y la ingenua esperanza de que la compasión pudiera existir en el corazón de un monstruo.

Los guardias empujaron las pesadas puertas dobles sin tocar a la puerta. El despacho era gigantesco, flanqueado por libreros que llegaban hasta el techo y un ventanal que ofrecía una vista panorámica de la ciudad que él gobernaba. Sin embargo, la atención de Mia fue arrastrada, con una fuerza gravitacional imposible de resistir, hacia la figura sentada detrás del inmenso escritorio de caoba.

Leonid Volkov.

No estaba haciendo nada en particular. No sostenía un arma, no estaba gritando, ni siquiera estaba revisando documentos. Simplemente estaba sentado, con las manos entrelazadas sobre la superficie pulida, esperando.

Mia se detuvo en seco a unos tres metros del escritorio. La respiración se le atascó en la garganta. Las historias y los rumores de los callejones se quedaban cortos. Leonid no parecía un matón de la mafia; parecía un aristócrata de la muerte. Su cabello oscuro estaba peinado con una precisión milimétrica. El traje de tres piezas que llevaba parecía esculpido directamente sobre su cuerpo ancho y poderoso, de un color gris plomo que absorbía la luz de la habitación. Pero fueron sus ojos los que paralizaron a Mia por completo. Eran de un azul tan claro, tan gélido y desprovisto de piedad, que parecían transparentes.

La miró. Solo eso. Un escrutinio silencioso, pesado y calculador que recorrió a Mia desde la punta de sus gastados zapatos hasta la cima de su cabello castaño y alborotado. La miró como un hombre que evalúa el peso y la pureza de un diamante sin pulir. O peor, como un depredador que ya ha decidido cómo va a devorar a su presa.

-Mia Rossi -pronunció Leonid.

Su voz era un barítono profundo, suave como el terciopelo pero con un filo cortante escondido debajo. No fue una pregunta, fue una afirmación absoluta. No levantó la voz, pero el sonido vibró en el pecho de Mia, haciendo que un escalofrío involuntario le recorriera la espina dorsal. Su acento ruso era apenas perceptible, una sombra elegante en su perfecta pronunciación.

-Señor Volkov -logró articular ella. Odiaba cómo su voz temblaba. Aclaró su garganta, alzando la barbilla en un intento inútil de proyectar una valentía que no poseía-. Estoy aquí por Julian. Mi hermano.

-Sé por qué estás aquí, Míshka -respondió él, utilizando el diminutivo ruso con una familiaridad que a Mia le resultó escalofriante-. Lo que no entiendo es por qué crees que tu presencia en mi oficina va a cambiar el destino de un hombre que ya está muerto en todo menos en la respiración.

La crudeza de sus palabras golpeó a Mia como una bofetada física. El aire pareció abandonar la habitación.

-No lo mate -suplicó ella, dando un paso impulsivo hacia adelante. Los guardias detrás de ella hicieron un movimiento, pero Leonid levantó un solo dedo de la mano derecha. Los hombres se detuvieron en seco, convertidos en estatuas.

Leonid no apartó sus gélidos ojos de los de ella.

-Me robó dos millones de dólares, Mia. El dinero es lo de menos. Lo que tu hermano robó fue el respeto que mi nombre exige. Si dejo que un ladrón de poca monta respire, mañana tendré a una docena de idiotas intentando lo mismo. La sangre se paga con sangre. Es la única moneda que la calle entiende.

-¡Tengo dinero! -exclamó ella, metiendo una mano temblorosa en el bolsillo de su abrigo para sacar un sobre manila arrugado. Lo arrojó sobre el escritorio. El sonido del papel contra la madera resonó patéticamente-. Hay cuarenta mil dólares ahí. Son los ahorros de toda mi vida. También tengo las escrituras de mi casa. Puede venderla, puede quedarse con todo. Trabajaré el resto de mi vida para pagarle el último centavo, con intereses. Solo... solo devuélvame a Julian.

Leonid miró el sobre arrugado. Ni siquiera hizo el ademán de tocarlo. Una sonrisa lenta, apenas perceptible y desprovista de cualquier rastro de humor, curvó la comisura de sus labios.

Se puso de pie.

El movimiento fue tan fluido y silencioso que resultó antinatural para un hombre de su tamaño. Mia tuvo el impulso primario de retroceder, de salir corriendo hacia las puertas, pero sus pies estaban clavados al suelo. Leonid rodeó el inmenso escritorio con pasos medidos, como un felino acechando en la oscuridad. A medida que se acercaba, su imponente estatura se hizo asfixiante. Superaba a Mia por más de una cabeza.

Se detuvo justo frente a ella, invadiendo su espacio personal por completo. El calor que emanaba de su cuerpo era abrasador, una contradicción directa con la frialdad de su mirada. Mia tuvo que alzar el rostro para sostenerle la mirada, sintiendo cómo el aroma a cedro y poder la envolvía, nublando sus sentidos.

-Cuarenta mil dólares y un apartamento en ruinas en los suburbios -murmuró Leonid, su voz bajando de volumen hasta convertirse en un susurro oscuro y privado entre los dos-. ¿Crees que soy un prestamista de barrio, Mia? ¿Crees que mi orgullo vale tan poco?

-Es todo lo que tengo -susurró ella, sintiendo que las lágrimas de impotencia quemaban detrás de sus ojos. Se negó a dejarlas caer. No frente a él.

Lentamente, Leonid levantó una mano. Mia se tensó, esperando un golpe, pero en lugar de eso, él deslizó el dorso de sus largos dedos por la mejilla de ella. El contacto fue electrizante. La piel de él estaba fría, pero donde la tocó, Mia sintió un rastro de fuego líquido. Su cuerpo entero se estremeció de una manera que nada tenía que ver con el miedo y todo que ver con una traición biológica e instintiva.

Leonid notó el estremecimiento. Sus pupilas se dilataron levemente, devorando el azul claro de sus irises.

-Te equivocas, pequeña -dijo él, deslizando su mano hasta atrapar la mandíbula de Mia. Su agarre no fue brutal, pero sí inquebrantable. Con un movimiento firme, inclinó el rostro de ella hacia arriba, obligándola a exponer su cuello, a mostrar su vulnerabilidad absoluta-. Tienes algo más. Algo que tiene mucho más valor para mí que el patético intento de tu hermano por ser un criminal.

Mia intentó retroceder, pero él apretó ligeramente el agarre, impidiéndoselo. El pulgar de Leonid trazó la línea de su labio inferior, un gesto íntimo y aterrador que hizo que la respiración de la joven se volviera irregular.

-No lo entiendo... -jadeó ella.

-Tu hermano me robó, Mia. Eso significa que le pertenece a la Bratva. Su vida es mía -La voz de Leonid era hipnótica, un veneno dulce inyectado directamente en sus venas-. Pero soy un hombre de negocios. Y todo en esta vida es negociable, si se ofrece el activo correcto.

-¿Qué quiere? -La pregunta salió de los labios de Mia como un hilo de voz quebrado.

Leonid se inclinó un poco más. Sus rostros estaban tan cerca que ella podía sentir el aliento cálido de él chocando contra su propia piel estremecida. Los ojos del monstruo brillaron con una promesa oscura, hambrienta y definitiva.

-A ti -susurró Leonid Volkov, sellando su destino-. Quiero treinta días de tu vida, Mia Rossi. Y cuando digo treinta días, me refiero a cada segundo, cada aliento, cada pensamiento y cada rincón de tu cuerpo. Acepta mis términos, y tu hermano caminará libre esta misma noche. Recházalos, y te enviaré su cabeza en una caja mañana por la mañana.

El silencio que siguió a la sentencia fue ensordecedor. Mia miró los ojos gélidos del hombre frente a ella y supo, con una certeza aplastante, que no había escapatoria. Acababa de cruzar las puertas del infierno, y el diablo no quería su dinero.

La quería a ella.

Capítulo 2 El contrato

Las palabras de Leonid Volkov quedaron suspendidas en el aire helado del despacho, pesadas y definitivas como la caída de una guillotina.

«A ti. Quiero treinta días de tu vida».

Mia dejó de respirar. El silencio en la inmensa habitación de mármol y caoba se volvió absoluto, roto únicamente por el martilleo ensordecedor de su propio pulso en sus oídos. Sus ojos, muy abiertos por el terror y la incredulidad, buscaron algún rastro de burla en el rostro del jefe de la Bratva, alguna señal de que todo esto era una macabra prueba de lealtad para su hermano. Pero en el azul glacial de la mirada de Leonid no había humor, ni piedad, ni vacilación. Solo existía la oscura y absoluta certeza de un hombre que siempre obtenía exactamente lo que exigía.

El calor de los dedos de él, que aún sostenían su mandíbula con una firmeza inquebrantable, contrastaba con el frío paralizante que invadía el cuerpo de la joven.

-No puedes hablar en serio -susurró Mia, su voz temblando hasta el punto de casi romperse-. Esto no es la Edad Media. No puedes... no puedes comprar a una persona.

Leonid soltó su rostro con una lentitud deliberada, dejando que la yema de su pulgar rozara el labio inferior de ella en una caricia que pareció quemarle la piel. Retrocedió medio paso, la distancia justa para permitirle a Mia respirar, pero no la suficiente para que dejara de sentirse completamente acorralada por su imponente presencia.

-¿Comprar? -La voz de Leonid era un ronroneo bajo y peligroso-. No te estoy comprando, Míshka. Tu hermano ya te vendió en el momento en que decidió meter la mano en mis cuentas. Yo solo estoy formalizando la transferencia de bienes.

Con un movimiento fluido y carente de prisa, Leonid regresó detrás de su imponente escritorio de caoba. Abrió uno de los cajones con una llave dorada y extrajo una pesada carpeta de cuero negro. La arrojó sobre la superficie pulida. El impacto produjo un sonido seco que hizo saltar a Mia en su lugar.

-Acércate -ordenó él.

Mia dudó. Sus piernas se sentían como plomo, ancladas a las baldosas de mármol. El instinto de supervivencia le gritaba que diera media vuelta y corriera hacia los ascensores, pero la imagen mental del rostro ensangrentado de Julian parpadeó en su mente, anclándola a su condena. Tragó el nudo de lágrimas amargas que amenazaba con asfixiarla y obligó a sus pies a moverse hacia adelante, hasta quedar frente al escritorio.

Leonid abrió la carpeta. Dentro, iluminado por la luz tenue y sofisticada del despacho, descansaba un documento impreso en un papel grueso y amarillento. No era un borrador improvisado; era un contrato real, detallado, redactado con una precisión legal y perversa que helaba la sangre.

-Léelo -dijo Leonid, recostándose en su sillón de cuero y cruzando las manos sobre su regazo. Su postura era la de un rey observando a un prisionero suplicar por su vida-. O, si prefieres ahorrar tiempo, te resumiré las tres cláusulas principales que gobernarán tu existencia durante los próximos treinta días.

Mia bajó la mirada hacia las letras impresas. Su nombre completo, Mia Rossi, estaba mecanografiado en la primera línea. Él ya lo tenía preparado. Leonid Volkov había sabido que ella vendría a suplicar, y había orquestado cada segundo de este encuentro. La bilis le subió por la garganta ante la magnitud de la manipulación.

-Cláusula número uno: El Despojo -La voz de barítono de Leonid llenó el silencio, resonando en el pecho de Mia-. A partir del momento en que tu firma toque este papel, renuncias al derecho de cubrir tu propio cuerpo bajo tus propios términos.

Mia levantó la cabeza de golpe, con los ojos ardiendo de indignación y pánico.

-¿Qué significa eso?

-Significa exactamente lo que escuchas -respondió él, su mirada recorriendo el modesto y recatado abrigo de Mia con un desdén calculador-. Toda la ropa con la que entraste a este edificio será incinerada. Tu vestuario será provisto exclusivamente por mí. Consistirá únicamente en lo que me plazca verte usar, sea seda, encajes transparentes, o absolutamente nada. Si ordeno que camines por mis pasillos privados desnuda, lo harás con la cabeza en alto. Tu vergüenza ya no te pertenece.

Un rubor violento y caliente se apoderó de las mejillas de Mia. La imagen mental de estar completamente expuesta ante esos ojos fríos y calculadores la hizo cruzar los brazos sobre su pecho, un acto reflejo de protección que hizo que la comisura de los labios de Leonid se curvara ligeramente, complacido por su terror.

-Estás enfermo -escupió ella, el odio logrando atravesar momentáneamente el velo del miedo.

-Cláusula número dos: Disponibilidad Absoluta -continuó Leonid, ignorando su insulto con la tranquilidad de quien no le teme a un insecto-. Durante las setecientas veinte horas que durará tu estancia, mi tiempo es tu única religión. No tienes horarios de sueño, no tienes privacidad, no tienes voluntad. Si me despierto a las tres de la madrugada con la necesidad de sentir tu boca, tu única respuesta será arrodillarte. Si estoy en medio de una reunión de negocios en este mismo despacho y deseo que estés debajo de mi escritorio en absoluto silencio, obedecerás.

Leonid se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos sobre la mesa. La distancia entre ellos volvió a acortarse, y la intensidad letal de su aura pareció devorar el oxígeno.

-Y la cláusula tres -susurró él, bajando el tono de voz hasta convertirlo en una promesa oscura e íntima-. La regla del espejo.

-No... -jadeó Mia, sacudiendo la cabeza lentamente, las lágrimas finalmente desbordando y trazando caminos calientes por sus mejillas.

-En mi mundo, la desobediencia se castiga con sangre -explicó Leonid, poniéndose de pie de nuevo. Rodeó el escritorio lentamente, sus pasos silenciosos acechándola-. Pero en mi casa, tus faltas se castigarán de una forma mucho más profunda. No voy a golpearte, Mia. Voy a sobreestimularte. Si me desafías, te ataré y te llevaré al borde del clímax una y otra vez, utilizando hielo, cuero o mis propias manos, y te negaré el alivio hasta que llores suplicando que te deje terminar.

Se detuvo justo detrás de ella. Mia sintió el calor inmenso de su pecho contra su espalda, aunque él no llegó a tocarla. La proximidad la hizo temblar de pies a cabeza. Un escalofrío que no era solo terror, sino una respuesta biológica traicionera, recorrió su columna vertebral. Su cuerpo, sin su permiso, reconoció al depredador alfa y respondió con una sensibilidad exacerbada.

-Y cuando lo haga -susurró Leonid al oído de ella, su aliento acariciando el lóbulo de su oreja-, habrá un espejo frente a ti. Para que no puedas cerrar los ojos. Para que tengas que mirar tu propio rostro descompuesto por el deseo y asimiles que, por mucho que me odies en tu mente, tu cuerpo será mi esclavo más fiel.

El silencio volvió a caer sobre ellos, espeso, cargado de una tensión eléctrica y enferma.

Leonid regresó a su silla, sacó una estilográfica de oro del bolsillo interior de su saco y la dejó sobre el documento. La pluma metálica tintineó contra la madera.

-Tienes dos opciones, Mia -La frialdad absoluta regresó a su rostro, cerrando la puerta a cualquier atisbo de humanidad-. Toma la pluma, firma la última página y acepta tus treinta días en el infierno. O date la vuelta, toma el ascensor, y te garantizo que antes de que llegues a la planta baja, uno de mis hombres le enviará a tu querido hermano un mensaje directo al cerebro en forma de bala.

El mundo entero pareció reducirse a ese pedazo de papel amarillento y a la pluma de oro.

Mia respiró entrecortadamente. Cerró los ojos, intentando visualizar una salida, una estrategia, un rescate. Pero no había nada. No había caballeros de armadura brillante en su mundo. Solo existía la mafia, la deuda y este monstruo de traje gris que la miraba como si ya hubiera devorado su alma.

«Perdóname, mamá. Perdóname», pensó Mia.

Lentamente, con las manos temblando tan violentamente que apenas podía coordinar sus movimientos, extendió el brazo. Sus dedos rozaron el metal frío de la estilográfica. Pesaba muchísimo, más que cualquier objeto que hubiera levantado en su vida, porque contenía el peso de su propia libertad.

Agarró la pluma. Abrió la carpeta hasta la última página, donde una línea negra esperaba su rendición.

No volvió a mirar a Leonid Volkov. Sabía que, si miraba esos ojos azules de nuevo, se desmayaría de terror. Presionó la punta de oro contra el papel, la tinta negra fluyendo como la sangre que estaba evitando derramar, y trazó su nombre.

Mia Rossi.

Cuando levantó la pluma, el sonido de la respiración de Leonid pareció cambiar en el ambiente. Un cambio imperceptible, pero definitivo. La tensión en el aire no desapareció, sino que se transmutó, volviéndose más densa, más oscura, más hambrienta.

Leonid tomó la carpeta y la cerró con un chasquido.

-Excelente decisión -dijo él, su voz vibrando con una satisfacción depredadora-. El contrato está sellado.

Presionó un botón en el intercomunicador de su escritorio.

-Tráiganlo -ordenó en ruso al aparato. Luego, levantó la mirada hacia Mia, y una sonrisa letal se dibujó en sus labios-. El tiempo empieza a correr, Míshka. Bienvenida a tu jaula.

Capítulo 3 La firma y el abismo

La tinta negra sobre el papel grueso parecía palpitar, como si hubiese absorbido el pulso errático y desesperado de Mia. Mia Rossi. Su nombre. Su condena. Las letras se difuminaron ligeramente bajo el rastro de una lágrima solitaria que no pudo contener y que cayó justo sobre el trazo final de la «i».

Leonid observó la gota de agua salada manchar el documento con una fascinación oscura. No se movió para consolarla; en su mundo, el miedo no era algo que se mitigara, era algo que se consumía. Con una lentitud exasperante, deslizó la carpeta hacia sí mismo, cerrándola con un chasquido sordo que resonó en el despacho como el cierre de un ataúd.

El eco de la orden que él había dado por el intercomunicador -«Tráiganlo»- aún flotaba en el aire gélido, mezclándose con el aroma a cedro y poder absoluto. Mia retrocedió un paso, alejándose del escritorio como si la madera estuviera al rojo vivo. Sus rodillas temblaban con tal violencia que tuvo que clavar las uñas en las palmas de sus manos para mantenerse en pie.

No tuvo que esperar mucho.

El pesado repiqueteo de pasos arrastrados resonó en el pasillo exterior. Las monumentales puertas de roble oscuro se abrieron de golpe, empujadas por los mismos dos mastodontes trajeados que la habían escoltado a ella minutos antes. Entre ellos, sostenido casi en el aire por los brazos, colgaba la figura rota de un hombre.

-¡Julian! -El grito desgarrador brotó del fondo de la garganta de Mia.

Se abalanzó hacia adelante, olvidando por un instante dónde estaba y con quién estaba. Los guardias soltaron a su hermano, dejándolo caer como un saco de escombros sobre el inmaculado mármol negro. Mia cayó de rodillas a su lado, ignorando el dolor del impacto contra la piedra fría.

El aspecto de Julian era una pesadilla viviente. El rostro que una vez había sido apuesto y arrogante estaba ahora hinchado y deformado por los golpes. Su labio inferior estaba partido, manchando de rojo oscuro la barbilla y el cuello de su camisa, que alguna vez había sido blanca y ahora era un mapa de sangre seca y sudor rancio. Tenía un ojo completamente cerrado por un hematoma violáceo y respiraba con un silbido húmedo que delataba, al menos, un par de costillas rotas.

Apestaba a miedo, a cobre y a encierro.

-Julian... por Dios, mírame -sollozó Mia, acunando el rostro de su hermano con manos temblorosas. Sus dedos se mancharon de su sangre-. Estoy aquí. Ya pasó.

Julian tosió, escupiendo un coágulo rojo sobre el mármol, y parpadeó con su único ojo útil. Su mirada, nublada por el dolor y la desorientación, tardó unos segundos en enfocar el rostro de su hermana. Cuando lo hizo, un pánico renovado, mucho más profundo que el dolor físico, distorsionó sus facciones.

-¿Mia? -jadeó él, su voz era un crujido áspero-. No... ¿qué haces tú aquí? ¡Vete! ¡Tienes que irte de aquí!

Julian intentó empujarla con brazos débiles, mirando con terror puro por encima del hombro de la joven, hacia la figura inmóvil que observaba la escena desde la sombra de su escritorio. Leonid Volkov los miraba con la misma expresión de desinterés con la que uno miraría a dos insectos debatiéndose en el suelo. No había placer sádico en su rostro; solo una frialdad absoluta, lo que lo hacía mil veces más aterrador.

-Ya no importa, Julian -susurró ella, intentando forzar una sonrisa valiente que se rompió antes de formarse. Acarició el cabello apelmazado de su hermano-. Vas a irte. Ellos te van a dejar salir ahora. Estás libre.

Julian se paralizó. Su respiración sibilante se detuvo por un segundo mientras su cerebro procesaba las palabras de su hermana menor. Sus ojos bajaron de su rostro empapado en lágrimas hacia el inmenso despacho, y finalmente se clavaron en la inmaculada figura del líder de la Bratva.

-No... -El susurro de Julian fue un gemido ahogado-. Mia, ¿qué hiciste? ¿Qué le prometiste?

-He saldado tu deuda -La voz que respondió no fue la de Mia, sino la de Leonid.

El barítono del ruso cortó el aire como un cuchillo de carnicero. Se alejó del escritorio con pasos silenciosos y felinos. Sus zapatos de diseñador no hacían ruido contra el mármol, pero su presencia pesaba como toneladas de acero. Se detuvo a un metro de ellos. Desde esa perspectiva, arrodillada en el suelo con la sangre de su hermano en las manos, Mia se sintió más pequeña e insignificante que nunca.

Leonid miró a Julian con una repulsión gélida.

-Tu vida no valía los dos millones que me robaste, basura -dijo Leonid, cada palabra destilando un desprecio letal-. Iba a despellejarte vivo esta noche y enviar tus restos a los buitres del puerto. Pero resulta que tu hermana posee un activo que me interesa mucho más que tu miserable existencia.

Julian intentó levantarse, la furia de la humillación inyectando una última y patética chispa de adrenalina en su cuerpo destrozado.

-¡Hijo de perra! -escupió el hombre, logrando ponerse sobre una rodilla y alzando un puño-. ¡No la toques! ¡Te mataré si le pones una mano enci...!

Antes de que Mia pudiera gritar, antes de que Julian pudiera siquiera equilibrarse, Leonid se movió. Fue una ráfaga de violencia pura y elegante. El jefe de la Bratva no utilizó los puños. Simplemente levantó una pierna y conectó una patada brutal, fría y calculada, directamente en el pecho de Julian.

El crujido de las costillas resonó en todo el despacho. Julian salió despedido hacia atrás, deslizándose por el mármol hasta chocar contra las pesadas puertas. Quedó tendido en el suelo, tosiendo sangre, incapaz de respirar.

-¡No! -gritó Mia, intentando correr hacia él, pero una mano gigantesca y firme atrapó su brazo izquierdo.

El agarre de Leonid era como un grillete de acero fundido. La detuvo en seco, tirando de ella hacia atrás hasta que la espalda de Mia chocó contra el pecho sólido y cálido del ruso. Ella forcejeó, pateando y sollozando, pero él ni siquiera se inmutó ante sus esfuerzos. La inmovilizó con una facilidad que la hizo sentir humillada.

-Levántenlo -ordenó Leonid a sus hombres, sin soltar a la chica que se retorcía contra él-. Sáquenlo de mi vista. Tírenlo en un callejón cualquiera.

Los dos mastodontes agarraron a Julian por las axilas, levantándolo en vilo. Julian apenas estaba consciente, sus ojos rodando hacia atrás, pero logró enfocar a Mia por última vez.

-Julian, escúchame -gritó Mia, dejando de forcejear. Las lágrimas corrían libres por su rostro, pero su voz adquirió una fuerza desesperada-. ¡No vuelvas! ¡Prométeme que no intentarás buscarme! ¡Vete lejos, huye! ¡Si vuelves, todo esto no habrá servido de nada!

Su hermano intentó balbucear su nombre, pero los guardias ya lo estaban arrastrando hacia el pasillo oscuro.

Leonid, aún sosteniéndola, levantó la barbilla ligeramente y asintió a los hombres.

Los guardias dieron un paso atrás, llevando a Julian consigo, y agarraron los enormes tiradores de bronce. Las puertas de roble macizo comenzaron a cerrarse lentamente, reduciendo el campo de visión de Mia a una franja cada vez más estrecha del rostro ensangrentado de su hermano.

Bam.

El impacto de las puertas al cerrarse sonó como el disparo de un cañón en el estómago de Mia. El eco rebotó contra los altos techos, contra los ventanales y contra las paredes llenas de libros, hasta extinguirse en un silencio absoluto y asfixiante.

Se habían cerrado. Estaban cerradas.

Julian se había ido. Y ella estaba sola.

Completamente sola.

De repente, la inmensidad del despacho pareció encogerse. El oxígeno se volvió escaso. Mia se quedó inmóvil, mirando la madera lisa de las puertas, esperando estúpidamente que se volvieran a abrir, que alguien entrara riendo y dijera que todo era una broma de mal gusto. Pero lo único real era la mano que aún sostenía su brazo, quemando su piel a través de la tela del abrigo.

Leonid no la soltó. Por el contrario, deslizó su otra mano por la cintura de Mia, atrayéndola aún más contra su cuerpo. La diferencia de tamaño era abrumadora. Mia podía sentir el latido rítmico y tranquilo del corazón del monstruo contra sus omóplatos, una calma que resultaba infinitamente más aterradora que la ira.

-Se acabó el tiempo de llorar por los muertos, Míshka -susurró él, bajando el rostro hasta enterrarlo en el hueco del cuello de ella. Inspiró profundamente, como si estuviera memorizando su aroma de terror y vainilla-. El contrato ha comenzado.

Mia cerró los ojos, un gemido de derrota escapando de sus labios temblorosos.

Con un movimiento brusco pero preciso, Leonid la hizo girar sobre sus talones. Mia quedó frente a frente con él, atrapada entre su cuerpo y la inmensidad de la jaula de cristal en la que se acababa de encerrar. Sus ojos azules brillaban con una intensidad oscura, desprovistos de su característica frialdad; ahora, estaban encendidos con el fuego de la posesión.

-Cláusula número uno -recordó Leonid, su voz vibrando con una autoridad que no admitía réplica. Llevó sus manos a las solapas del modesto abrigo negro de Mia-. El despojo. Quítate esto. Ahora.

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