En la fastuosa fiesta de la hacienda Montenegro, mi hermano Javier, mesero, trabajaba diligentemente para financiar mis estudios.
Lo observaba desde una esquina, sintiéndome un poco fuera de lugar entre tanta opulencia.
De repente, un grito agudo rompió la noche.
Sofía Montenegro, la hija consentida, empapada en mezcal, vociferó, culpando a Javier por su vestido arruinado.
Sus ojos crueles hicieron una seña a dos hombres corpulentos.
Se llevaron a Javier, y mi corazón se encogió.
Corrí tras ellos, pero me detuvieron en una puerta, escuchando los golpes y los gritos ahogados.
Luego, el silencio.
Cuando me dejaron pasar, Javier yacía en el suelo, sin vida.
Sangre. Mucha sangre.
"No...", fue mi susurro ahogado.
El mundo se detuvo.
Sofía lo había matado.
Por un estúpido vestido.
Un dolor desgarrador me atravesó.
¿Cómo podía la vida de mi hermano, mi único apoyo, valer tan poco ante tanta crueldad desmedida?
Lloré sobre su cuerpo frío hasta que no me quedaron lágrimas.
En ese momento, juré venganza.
Sofía Montenegro pagaría.
Destruiría todo lo que ella amaba, comenzando por Mateo Rivas, su prometido.
Conseguí el puesto de su asistente personal.
La venganza había comenzado a servirse.
La fiesta en la hacienda Montenegro estaba en su apogeo.
Música, risas, el olor a agave y comida cara flotaban en el aire.
Javier Vargas, mi hermano, trabajaba como mesero.
Era su forma de conseguir dinero extra para mis estudios.
Yo lo observaba desde una esquina, sintiéndome un poco fuera de lugar entre tanta gente rica.
Javier me sonrió desde lejos.
De repente, un grito agudo.
Sofía Montenegro, la hija consentida de la familia, estaba empapada en mezcal.
"¡Mi vestido! ¡Es un diseñador exclusivo, imbécil!"
Javier, pálido, intentaba disculparse.
"Fue un accidente, señorita Sofía, yo..."
"¡Cállate! ¡Arruinaste mi noche!"
Sus ojos eran fríos, crueles.
Vi cómo hacía una seña a dos hombres corpulentos, sus guardaespaldas.
Se llevaron a Javier.
Mi corazón se encogió.
Algo malo iba a pasar.
Corrí tras ellos, pero me detuvieron en la puerta de un cuarto trasero.
Escuché golpes. Gritos ahogados.
Luego, silencio.
Cuando finalmente me dejaron pasar, encontré a Javier en el suelo.
Sangre. Mucha sangre.
Sus ojos estaban abiertos, sin vida.
"No..." susurré.
El mundo se detuvo.
Sofía Montenegro lo había matado. Por un estúpido vestido.
Un dolor desgarrador me atravesó.
Lloré sobre su cuerpo frío hasta que no me quedaron lágrimas.
En ese momento, juré venganza.
Sofía Montenegro pagaría por lo que hizo.
Destruiría todo lo que ella amaba.
Los días siguientes fueron una niebla de dolor y planificación.
Descubrí que la gran obsesión de Sofía era Mateo Rivas.
CEO de "Consorcio Rivas", una constructora enorme.
Carismático, poderoso. El prometido de Sofía.
Ese sería mi camino.
Con mi título recién obtenido y una fachada de inocencia, busqué trabajo.
Investigué a Mateo, sus gustos, sus necesidades.
Me presenté a la entrevista para ser su asistente personal.
Usé mi inteligencia, mi supuesta dulzura.
Y mi belleza, que siempre había sido una herramienta.
Conseguí el puesto.
Isa Vargas, la hermana de un mesero asesinado, ahora era la sombra de Mateo Rivas.
El primer paso de mi plan estaba en marcha.
La cena de gala benéfica en el "Hotel Emperador Azteca" era la oportunidad perfecta.
Sofía estaría allí, ostentando a Mateo.
Yo estaría allí, trabajando, invisible.
Durante la noche, me aseguré de que la copa de Mateo nunca estuviera vacía.
Un poco más de vino aquí, un trago de tequila allá.
Él era sociable, hablaba con todos. No notó mi estrategia.
Al final de la noche, estaba visiblemente afectado por el alcohol.
"Señor Rivas, ¿se siente bien?" pregunté con fingida preocupación.
"Un poco... mareado, Isa. Demasiada gente, supongo."
"Permítame ayudarlo a su suite. La suite presidencial, ¿verdad?"
Asintió, apoyándose ligeramente en mí.
Lo llevé a la suite. Era opulenta, enorme.
Lo ayudé a sentarse en un sofá.
"Gracias, Isa. Eres muy eficiente."
"Solo hago mi trabajo, señor."
Esperé a que su respiración se hiciera más profunda, casi roncando.
Tomé su teléfono de la mesa.
Busqué el contacto de Sofía. "Mi Princesa", decía.
Qué ridículo.
Llamé.
"¿Mateo, cariño? ¿Dónde estás? Te estoy esperando." Su voz era melosa y demandante.
No dije nada.
Acerqué el teléfono a Mateo, que murmuraba algo ininteligible en su sueño etílico.
Luego, simulé gemidos suaves, susurros entrecortados.
"Oh, Mateo..."
"Mmm, más..."
Ruidos de besos, el roce de tela.
Colgué antes de que Sofía pudiera decir nada más.
Dejé el teléfono de Mateo donde estaba.
Me desabroché los dos primeros botones de mi blusa. Lo justo.
Revolví un poco mi cabello.
Me senté en una silla, en un rincón discreto pero visible si alguien entraba.
Y esperé.
La venganza había comenzado a servirse.
No tuve que esperar mucho.
Unos quince minutos después, la puerta de la suite se abrió de golpe.
Sofía Montenegro irrumpió como una furia.
Sus ojos escaneaban la habitación, buscando.
"¡Mateo! ¿Qué demonios fue esa llamada?"
Mateo se sobresaltó, despertando confundido.
"¿Sofía? ¿Qué... qué pasa?"
"¡No te hagas el inocente conmigo! ¡Escuché todo!"
Él se frotó la cara, intentando aclarar su mente.
"¿Escuchaste qué? Estaba durmiendo."
Sofía no le creyó. Se acercó a él, amenazante.
"¿Con quién estabas, Mateo? ¿Quién era esa zorra?"
Yo seguía en mi rincón, observando.
Era el momento.
Desde mi bolso, saqué una pequeña botella de loción cara, una que sabía que Sofía usaba.
La dejé caer al suelo alfombrado.
El ruido fue sutil, pero suficiente en la tensa atmósfera.
Sofía se giró bruscamente hacia el sonido.
"¿Qué fue eso?"
Mateo, ahora más alerta y queriendo evitar una escena mayor, reaccionó rápido.
"Debe ser el servicio a la habitación. Pedí algo antes. Seguramente el botones fue torpe."
Mintió. Bien.
Sofía lo miró con desconfianza, pero la explicación parecía plausible.
"Voy a ver," dijo ella, dirigiéndose hacia la zona donde yo estaba, cerca del baño.
Me levanté rápidamente y entré al baño antes de que me viera.
Abrí el grifo, me mojé la cara y el cabello.
Salí del baño justo cuando Sofía se acercaba.
Fingí tropezar, casi cayendo.
"¡Oh! Lo siento, señorita Montenegro. Resbalé, el suelo está algo húmedo."
Mi blusa estaba ligeramente más desabrochada por el "accidente", mi cabello goteaba.
Parecía vulnerable, asustada.
Sofía me miró de arriba abajo con desprecio.
"¿Y tú quién eres? ¿Qué haces aquí?"
Antes de que pudiera responder, Mateo intervino.
"Es Isa, mi asistente. Se quedó para asegurarse de que llegara bien a la suite."
Luego, se dirigió a mí, con un tono de preocupación fingida.
"Isa, ¿estás bien? Pareces asustada de Sofía."
Era mi oportunidad.
Miré a Mateo, con los ojos llenos de lágrimas falsas.
"Señor Rivas... yo... este trabajo es muy importante para mí. Tengo muchas deudas."
Hice una pausa dramática.
"Desde el... el trágico accidente de mi hermano Javier... él era todo lo que tenía. El único que me ayudaba."
La mención de Javier era una daga, incluso para mí. Pero era necesaria.
Mateo me miró, su expresión cambiando.
Vi un atisbo de compasión. Quizás intriga.
"Entiendo," dijo suavemente.
Luego, con un tono más firme, se dirigió a su chófer, que había entrado discretamente.
"Ramón, lleva a la señorita Vargas a su casa. Usa la camioneta blindada."
Un gesto de protección. Perfecto.
Sofía bufó, pero no dijo nada. Sabía que había perdido esta batalla.
Mientras salía, escoltada por Ramón, miré a Mateo por encima del hombro.
Él me sostenía la mirada.
Sí, había sembrado la duda. Y algo más.