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La diva inalcanzable que dejó su mundo en ruinas

La diva inalcanzable que dejó su mundo en ruinas

Autor: : Miles Frost
Género: Moderno
Su exmarido declaró: "La persona que más admiraba era la piloto de carreras legendario". Ella esbozó una sonrisa burlona. "Siento romperte la ilusión, pero esa era yo". Él dijo: "¿Celosa porque gasté una fortuna en un joyero de renombre mundial para Violeta?". Ella soltó una carcajada desdeñosa. "Qué casualidad, ese diseñador fue mi aprendiz". Él se mofó: "Comprar una empresa al borde de la quiebra no te pondrá a mi altura. Despierta de una vez". Ella se encogió de hombros. "Qué raro, acabo de mandar tu empresa a la bancarrota". Atónito, él exclamó: "Cariño, vuelve. Te amaré para siempre". Ella arrugó la nariz. "Ni hablar. Guárdate tu amor de pacotilla". Luego tomó del brazo de un magnate y se fue sin volver la vista.

Capítulo 1 Divorcio

"¡Firma estos papeles de divorcio y lárgate de la casa de la familia Mitchell ahora mismo!", gritó Rodger Mitchell, clavando una mirada fría en su esposa, Emilia Harris, con unos ojos tan penetrantes que parecían capaces de atravesarla.

"Te juro que no empujé a Violeta. ¿Por qué no me crees?", preguntó ella, con voz temblorosa. Sus ojos enrojecidos brillaban con lágrimas contenidas, mientras un dolor insoportable le oprimía el pecho. "Ella se lanzó sola a la piscina... me tendió una trampa...".

"¡Ya he escuchado suficiente!". La paciencia de Rodger se agotó. Extendió la mano y le apretó cruelmente el cuello.

El pánico se apoderó de ella, dejándola sin poder respirar. A pesar de la presión asfixiante, lo miró directamente a los ojos, negándose a apartar la vista.

Una lágrima solitaria se deslizó y cayó sobre sus nudillos, quemándolo lo suficiente como para hacerlo retirar la mano de un tirón.

Jadeando, Emilia intentó respirar, pero otro tipo de dolor le apretó el pecho. Durante tres años le había dado todo... para terminar así.

¿En qué se había convertido su vida? Se había vuelto en el hazmerreír de todos. Para ellos, no era más que una tonta digna de lástima.

"Si firmas los papeles ahora mismo, te llevarás treinta millones, la casa de la playa y un auto deportivo nuevo. Si alargas esto, no te llevarás nada", amenazó Rodger con una fría indiferencia.

Emilia soltó una risa quebradiza y sarcástica. "¿Crees que esa oferta es generosa?".

La furia se encendió en los ojos de él y, por un momento, pareció dispuesto a volver a estrangularla, pero la cruda desesperación en la mirada de ella lo detuvo en seco.

Algo se retorció en lo más profundo de su pecho, aunque lo reprimió. Quizá fue verla así, indefensa y destrozada, lo que lo hizo vacilar por primera vez.

"No dejes que tu codicia arruine lo poco que te queda, Emilia. Casi le quitas la vida a Violeta, y aún no he empezado a hacerte pagar por ello", dijo Rodger, con un tono tan frío como una tormenta de invierno.

"¡Yo nunca la toqué! ¡Lo que pasó junto a esa piscina no es culpa mía!", exclamó Emilia, con la frustración hirviendo en su voz.

Podía gritar la verdad hasta quedarse sin pulmones, pero nadie allí estaba dispuesto a escucharla. Nadie en la familia Mitchell le daba el beneficio de la duda.

"¡Me estás llevando al límite! ¡Si no hubieras sido tan despiadada, ella no habría tenido un ataque tan repentino! ¡Sabías perfectamente el poco tiempo que le quedaba y aun así la trataste de esa manera!". La mirada del hombre ardía con acusación.

"¿De verdad quieres hablar de crueldad?", replicó ella, con un tono tan cortante como el hielo. "Cuando tuviste el accidente automovilístico y quedaste en estado vegetal, ella, que entonces aún era tu novia, te abandonó y se fue al extranjero. Si ahora se le acaba el tiempo, quizá sea solo el destino dándole lo que se merece".

"¡No te atrevas a hablar mal de ella!", ladró él, levantando la mano, listo para golpearla.

Sin embargo, Emilia se movió más rápido esta vez, agarrando su muñeca antes de que pudiera tocarla. Luego, alzó la mirada y lo observó con una determinación feroz.

Rodger nunca había visto esa faceta de ella, y la visión lo dejó helado.

Siempre le había parecido débil e insignificante. ¿Cuándo se había afilado hasta convertirse en alguien que podía plantarle cara así?

"¡Tú! ¿Quién te dio el valor...?". Antes de que Rodger terminara la frase, la palma de Emilia chocó contra su rostro con una fuerza sorprendente, dibujando una marca roja y brillante en su mejilla. La bofetada resonó, haciendo eco en la habitación.

"¡Ya tuve suficiente! A partir de este momento, no le debo nada a la familia Mitchell", declaró ella, arrancando su mano del agarre de él.

Justo en ese momento, el celular de Roger vibró con fuerza. Él contestó, y el ceño fruncido en su rostro se acentuó mientras escuchaba.

"¿Qué quieres decir con que el estado de Violeta ha empeorado? ¿Todavía nada de Asclepio? ¡Paga lo que sea necesario, tráelo aquí! ¡A ella se le acaba el tiempo!".

Asclepio, un tipo del que se rumoreaba que poseía habilidades médicas milagrosas y que por ello se había ganado ese título, era el único que podía curar la enfermedad de la aludida.

Rodger terminó la llamada, volviéndose hacia Emilia con una mirada que podría haber cortado el vidrio.

"¡Si le pasa algo a Violeta, me aseguraré de que pases el resto de tu vida pagándolo!". Con una mueca de desdén, lanzó su amenaza y se marchó furioso por el pasillo.

Las lágrimas brillaron en los ojos de la mujer, tiñéndolos de un rojo intenso. Mientras observaba su espalda alejándose, una risa hueca se escapó de sus labios.

Si no fuera por todo lo que ella había hecho, Rodger seguiría atrapado en una cama de hospital, perdido en un mundo de oscuridad.

Todo lo que ella le dio fue lealtad. Aun así, su dedicación no valía nada comparada con la admiración ciega que él reservaba para otra mujer: Violeta Morgan.

Un recuerdo cruzó por la mente de Emilia: la voz de esta última aún resonaba, momentos antes de que se lanzara al agua.

"Puede que me lo hayas quitado, pero recuperarlo no me costará más que un susurro".

Emilia nunca podría olvidar esa mirada de victoria en los ojos de Violeta ni la sonrisa socarrona que se dibujó en sus labios.

Una risa áspera y amarga se le escapó mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. En voz baja, murmuró: "Violeta, puede que esta vez hayas ganado. Pero tu destino está en mis manos".

La realidad era que el verdadero poder siempre había estado con ella. Detrás del nombre que todos susurraban con desesperación, Asclepio, se encontraba la propia Emilia, la única sanadora capaz de obrar milagros.

Una resolución de acero brilló en sus ojos. Tomando el bolígrafo, garabateó su firma en los papeles del divorcio, sin detenerse ni un segundo.

Todo había terminado. Absolutamente todo. El matrimonio que consumió tres años de su vida había acabado en ruinas.

Su mirada se desvió hacia el retrato de Arturo Mitchell, el difunto abuelo de Rodger.

"Arturo, me diste otra oportunidad en la vida. Hoy, esa deuda está saldada. Me voy sin deberle nada a tu familia", murmuró.

Acto seguido, recogió sus cosas sin hacer ruido. Con la cabeza en alto, Emilia salió de la casa de los Mitchell sin mirar atrás ni una sola vez.

Capítulo 2 Resurgir

En la bulliciosa entrada del hospital, Emilia caminó con paso firme, arrastrando su maleta.

Tan pronto como salió de la finca de los Mitchell, se dirigió directamente allí, pues se enteró de que su mejor amiga, Sloane Stewart, se encontraba internada.

Apenas había llegado al pasillo cuando el hermano menor de Rodger, Sebastián Mitchell, se le interpuso en el camino.

Él siempre se había esmerado en burlarse de ella, aprovechando cada oportunidad para lanzarle pullas.

"¡Tienes agallas para aparecerte por aquí!", soltó su excuñado, con la mirada cargada de ira. "¡Violeta casi muere por tu culpa!".

La expresión de Emilia no vaciló.

"Lo que le pase a Violeta no es asunto mío", respondió, con una voz más fría que el acero. "Ahora apártate".

"¿Y por qué iba a hacerlo? Viniste a causar más problemas, ¿no?", contestó Sebastián, con el rostro contraído por la rabia.

"Te doy una última oportunidad. Quítate de mi camino", advirtió la joven, endureciendo la mirada con un brillo peligroso.

El hombre cuadró los hombros, sin intención de ceder un ápice. "¡De aquí no me muevo!".

Sin decir más, Emilia lo sujetó del brazo y lo derribó al suelo con una fuerza inesperada.

Un golpe seco resonó en el pasillo, seguido por el quejido de dolor del muchacho, quien apenas tuvo tiempo de procesar lo que había pasado.

Sin mirarlo, la mujer pasó por encima de él, ignorándolo mientras se retorcía en el suelo.

A sus espaldas, resonó la voz de Sebastián, torcida por la rabia: "¡Emilia! ¡Te arrepentirás de esto!".

Más adelante, en el corredor.

"¡Vaya, vaya, mira eso!". Wilbur Collins soltó un silbido, con los ojos abiertos de par en par por la sorpresa. "¿Desde cuándo la señora Mitchell se volvió tan temible? Siempre creí que era dulce y callada. Parece que nos engañó a todos".

Elías Dixon, con una expresión indescifrable, mantuvo su fría mirada fija en Emilia, siguiendo cada uno de sus movimientos. Había algo en su audacia y rapidez que había captado su atención.

"¿Todavía la estás mirando, Elías? No me digas que te interesa", bromeó Wilbur con una sonrisa pícara.

Sentado en su silla de ruedas, el aludido mantuvo la mirada fría. Sus delgados dedos tamborileaban un ritmo constante sobre su muslo.

Varios años atrás, una emboscada casi le había costado la vida, dejándolo destrozado tras el accidente. Aunque el choque no lo había matado, Elías no volvería a caminar jamás.

Sin un milagro de Asclepio, se enfrentaba a una vida atado a esa silla de ruedas.

Cada vez que recordaba cómo su búsqueda lo había llevado directamente a Infierno, el infame sindicato de asesinos, una chispa fría y despiadada se encendía tras su mirada entrecerrada. No tenía ninguna duda al respecto. Señor del Infierno, líder de esa organización, era parcialmente responsable de su desgracia.

"¿Alguna novedad sobre Asclepio?", preguntó Elías.

La sonrisa habitual de Wilbur se desvaneció en cuanto las palabras salieron de los labios del otro hombre, y su expresión se tornó grave.

"Rastrear a Asclepio es como perseguir una sombra. Desapareció por completo hace cuatro años. Sin rastro, sin pistas. Si quieres mi opinión, encontrarlo ahora es casi imposible...".

Bajó la vista hacia las piernas inmóviles de Elías, con el ceño fruncido por la preocupación.

La única persona capaz de curarlo era ese médico arrogante, el que se atrevía a llamarse a sí mismo Asclepio.

Una sombra cruzó el rostro de Elías, y su voz apenas fue un susurro al decir: "Vámonos".

Ya no quedaba esperanza en él, solo una aceptación amarga. La vida en silla de ruedas sería su nueva realidad.

La mano de Wilbur estaba a punto de agarrar el mango de la silla de ruedas cuando sonó su celular.

"Sí, ¿qué pasa?", respondió, tratando de sonar despreocupado.

A medida que escuchaba la llamada, su expresión cambió: primero sorpresa, luego incredulidad, y finalmente algo muy parecido a la emoción.

Una vez que terminó la llamada, Wilbur se volvió hacia Elías, con una chispa juguetona en los ojos. "Bueno, tengo dos noticias. ¿Cuál quieres primero, la buena o la mala?".

Su interlocutor miró al frente, con los labios apretados en una línea dura. Parecía completamente desinteresado.

Wilbur gimió, lanzándole una mirada de falsa derrota. "Al menos podrías fingir que te importa".

"No me importa ninguna de las dos", contestó Elías, con voz plana y fría.

"¿Estás seguro?", la sonrisa del otro hombre se ensanchó, con un destello de picardía en sus ojos.

Bajando la voz, se inclinó y susurró: "Asclepio acaba de reaparecer".

Por una fracción de segundo, el tiempo se detuvo. Una sacudida de incredulidad golpeó a Elías. Apretó las manos en puños, con la tensión escrita en todo su cuerpo.

Ya había aceptado que la esperanza había muerto, y nadie habría podido prever un giro como ese.

Capítulo 3 La oportunidad

"¿Me estás tomando el pelo? ¿Cómo es que no reaccionas a eso?", dijo Wilbur, mirando a Elías, que parecía completamente tranquilo.

Al fin y al cabo, Asclepio era el único médico con una posibilidad real de curar las piernas de su amigo.

La verdad era que Elías solo parecía sereno por fuera. Por dentro, no estaba nada calmado. Bajo la superficie, sus pensamientos se agolpaban.

Wilbur se encogió de hombros.

"No eres nada divertido". No se molestó en alargar más el asunto y continuó: "La historia es esta: Asclepio por fin ha reaparecido. El problema es que va a elegir a un paciente al azar con un caso complicado en el hipódromo más grande de Oticester. Solo una persona recibirá el tratamiento. Imagínate cuánta gente desesperada se presentará allí. Las probabilidades de que te elijan son mínimas, en el mejor de los casos...".

Wilbur miró de reojo a su amigo y dejó escapar un largo suspiro.

Con unas probabilidades tan bajas, era difícil mantener el optimismo; una mala noticia, sin duda.

"Es mejor tener una pequeña posibilidad que ninguna", respondió Elías con voz fría y serena.

Wilbur asintió, tratando de sonar optimista.

"Tienes razón. Solo tendremos que esperar lo mejor cuando llegue el momento. Quizá tengas suerte". Luego, empezó a empujar la silla de ruedas por el pasillo. "Hay que tener agallas para llamarse Asclepio...".

Elías, con una mirada distante, preguntó: "¿Crees que se ha ganado ese título?".

"Si alguien lo ha hecho, es él. Las habilidades de ese hombre son legendarias, especialmente con casos difíciles", respondió el otro, con energía y una mirada llena de admiración. "Lo digo en serio, está en otro nivel".

Una ligera arruga apareció entre las cejas de su amigo, casi imperceptible, mientras el rostro decidido y gélido de Emilia pasaba por su mente. Todo lo demás que dijo Wilbur pasó a un segundo plano.

...

Mientras tanto, en una suite privada del hospital, Rodger estaba de pie junto a la cama de Violeta, con la preocupación nublando su expresión cuando contemplaba sus pálidos rasgos.

De repente, Sebastián irrumpió en la habitación, con la frustración grabada en el rostro.

"¡Rodger! ¡Emilia ha ido demasiado lejos esta vez! ¿Dónde está? ¿Acaso no ha empezado ya a causar problemas?".

Rodger le lanzó una mirada cortante, silenciándolo en un instante. "Basta, Sebastián".

El aludido retrocedió, pero no pudo evitar murmurar: "¿Ella es la razón por la que Violeta está así, y tú sigues defendiéndola?".

"No la estoy defendiendo. ¡Solo quiero que te calles para que Violeta pueda descansar!". La paciencia de Rodger se agotó, y las venas le palpitaban en las sienes.

Sebastián se dio cuenta y su tono se suavizó. "Oh, lo siento, Rodger. Entendí mal".

En ese momento, las pestañas de Violeta temblaron y abrió los ojos despacio.

Lo primero que hizo fue agarrar el brazo de Rodger, con pánico en la voz. "Rodger, ¿dónde está Emilia? Me resbalé y terminé en la piscina, ella no tuvo nada que ver...".

La mujer bajó la mirada, mordiéndose el labio, creando una imagen de inocencia y dolor.

En ese instante, la frustración de Sebastián estalló. "¡Violeta! ¡Yo vi cómo te empujaba! ¡Casi mueres por su culpa! ¿Por qué sigues defendiendo a Emilia?".

Parecía que Violeta quería defender a Emilia, pero lo único que hizo fue morderse el labio y fingir una fragilidad desgarradora.

La expresión de Rodger se suavizó. La acercó y la envolvió en un abrazo reconfortante.

"Mientras yo esté cerca, no te pasará nada malo. Localizaré al médico milagroso y haré que te cure. Te lo prometo".

Una sonrisa temblorosa se asomó en los labios de Violeta.

"Siempre has sido tan bueno conmigo, Rodger. Nunca quise dejarte, es solo que...". Su voz vaciló como si la emoción la abrumara, los recuerdos eran casi demasiado para soportarlos.

En aquel entonces, Rodger podría haber quedado en estado vegetal para siempre, por lo que ella lo abandonó y se fue al extranjero.

Su estancia en el extranjero comenzó sin preocupaciones, pero hace un año su vida dio un vuelco. Una rara enfermedad la atormentaba, dejándola en agonía cada vez que se manifestaba.

Todos los médicos que la atendieron fracasaron, hasta que escuchó rumores de que Asclepio era el único que podía ayudarla.

Con la esperanza de curarse, Violeta volvió a casa, ya que los últimos rumores sobre el doctor milagroso lo situaban en esta ciudad.

En el camino, decidió que también podía recuperar a Rodger, ahora completamente sano, y usarlo para encontrar a Asclepio.

"No tienes que explicar nada. Nunca te guardé rencor por nada de eso". El hombre le secó las lágrimas.

De repente, su celular vibró. Irritado, contestó, pero mientras escuchaba, su frustración desapareció, sustituida por un estallido de esperanza.

Sebastián se acercó, ansioso. "¿Qué pasa, Rodger? ¿Ocurrió algo?".

Sonriendo, el aludido tomó la mano de la mujer.

"¡Asclepio reapareció! Violeta, por fin tenemos una oportunidad real. No dejaré que sufras más. Haré lo que sea necesario para salvarte".

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