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La doble prometida

La doble prometida

Autor: : Salej
Género: Romance
Mía jamás imaginó que terminaría caminando hacia el altar fingiendo ser otra. Actriz sin fortuna, con un hermano enfermo y deudas que la asfixian, acepta la propuesta más absurda -y peligrosa- de su vida: suplantar a Lara, una heredera rebelde que desaparece horas antes de casarse con un millonario al que no ama. Según Lara, todo sería rápido: un par de días, solo lo justo para calmar a la poderosa familia del novio y cerrar un trato en secreto. Sonreír, fingir y marcharse... así de simple. Pero el plan se pudre desde dentro. Dos días se convierten en semanas. Semanas en meses. Y mientras Mía lucha por mantener intacta una mentira demasiado grande para sostenerla sola, descubre que algunas promesas no vuelven y que hay secretos que pueden crecer donde menos se espera. Héctor, el esposo que nunca quiso, es un hombre duro, controlador, imposible de engañar por mucho tiempo. Para él, su "esposa" es una formalidad incómoda... hasta que algo en Mía, algo que no pertenece a Lara, empieza a desarmarlo. Y lo vuelve peligroso de una forma nueva. Mientras la verdadera Lara permanece lejos -o quizás demasiado cerca-, Mía paga el precio de cada minuto robado: chantajes, traiciones y un amor que no debería existir. Pronto tendrá que elegir entre huir antes de que todo estalle o quedarse para enfrentar una verdad que podría devorarla.

Capítulo 1 El Velo y la Mentira

El velo le rozaba las pestañas como una telaraña, suave y pegajosa, recordándole a Mía Castellanos que cada paso hacia el altar era un paso más lejos de su propia vida. Sintió un cosquilleo en la nuca, justo donde la pequeña prótesis de silicona moldeaba la línea de su mandíbula para hacerla idéntica a Lara Salazar.

Era una pieza diminuta -apenas unos milímetros de gel translúcido, pegado con un adhesivo que ardía en la piel- pero suficiente para estrecharle el rostro, alargarle la barbilla y dibujar la sombra exacta bajo los pómulos, igual que Lara. Con cada respiración, sentía el borde áspero rozar su piel real, recordándole que no era más que una máscara bien colocada.

Si sudaba demasiado, si se movía en falso, si él la besaba demasiado cerca... la mentira se desprendería.

Respiró hondo. El aroma de las orquídeas blancas que decoraban la antesala era tan fuerte que le dio náuseas. Tragó saliva. Miró su reflejo en el espejo de cuerpo entero: una diosa de marfil y encaje, con la sonrisa congelada de quien ya no puede retroceder.

-Tienes que mirarlo como lo haría Lara -susurró Beatriz, la asistente de Lara, inclinándose sobre su hombro-. Altiva. ¡Como si todos aquí te debieran algo! Especialmente él.

Beatriz ajustó una perla en la diadema. Su aliento sabía a café amargo y a prisas mal disimuladas. Detrás de ellas, dos maquillistas revisaban cada línea de sombra, cada pestaña postiza. Una mancha, una gota de sudor, y el teatro se vendría abajo.

-Recuerda -insistió Beatriz, sujetándola por los hombros para que no temblara-: eres Lara. Fuiste a la escuela de ballet en París. Te rompiste el tobillo a los diecisiete. Odias las gardenias. No soportas el chocolate con leche. ¿Qué más?

Mía parpadeó. La cabeza le daba vueltas, no solo por el peso de la peluca rubia, sino por el miedo.

-Me dan náuseas los perfumes muy dulces -recitó, con la voz apenas audible.

Beatriz sonrió, satisfecha.

-Perfecto. Dos días. Solo tienes que engañar a todos durante dos días. Luego te vas. La transferencia se hará de inmediato.

El cheque, pensó Mía. El cheque que saldará las deudas médicas de su hermano. El cheque que compraría un mes más de vida. El precio de su conciencia.

Las puertas dobles del salón se abrieron con un crujido solemne.

La música de violines brotó como un río de cristal. Al fondo, una alfombra blanca -no roja, blanca como una lápida recién pulida- la condujo directamente al hombre que la esperaba: Héctor Rivera.

Era más alto de lo que imaginaba. El traje negro, perfectamente entallado, resaltaba la tensión contenida en sus hombros anchos. Sus ojos oscuros -más oscuros que en las fotos de revista- la recorrieron de pies a cabeza, fijos, sin pestañear, como si desnudara la mentira capa por capa.

Mía sintió el pulso en la garganta. Quiso bajar la mirada, pero Lara no lo haría. Alzó el mentón un par de milímetros. Forzó una sonrisa pequeña, casi burlona, que practicó frente al espejo durante horas.

Un paso. Otro. Cada tacón golpeó la alfombra como un disparo. A cada lado, una multitud de rostros: familiares, políticos, empresarios. Caras sonrientes, bocas murmurando felicitaciones, ojos brillantes de curiosidad y envidia. Nadie sospechaba que bajo esa piel de porcelana se escondía una actriz de tercera, entrenada para no tartamudear ni llorar.

Beatriz, oculta entre los invitados, hizo un leve gesto con la mano: Lenta. Erguida.

Mía respiró hondo. La seda del vestido le rozó los tobillos. Sintió el roce húmedo de una gota de sudor bajándole por la espalda, mezclándose con la cinta adhesiva de la prótesis.

Héctor no sonrió. Ni se movió. Esperó a que ella llegara hasta el arco de flores, apenas inclinó la cabeza y extendió la mano. Mía colocó la suya sobre la de él: firme, fría, como el mármol. Por un segundo, su pulgar rozó la piel bajo el puño de la camisa; un detalle minúsculo, pero suficiente para sentir la corriente eléctrica que vibraba entre ellos.

-Lara. -Su voz era grave, metálica. Casi áspera-. Llegaste tarde.

Mía reprimió un escalofrío. No era una pregunta, ni un reproche. Era un reto. Una grieta.

Ella parpadeó despacio, como Lara. -Tuve... un contratiempo -respondió, modulando la voz con precisión quirúrgica. Ni demasiado dulce ni demasiado insegura.

Los labios de Héctor se crisparon apenas. En su mirada, algo se endureció. Sabe que algo no encaja, pensó Mía. No aún, pero pronto...

El sacerdote carraspeó. La música se apagó. Un murmullo expectante llenó el salón como una marea.

Los flashes de las cámaras estallaron. Mía sintió cada destello como un pinchazo en la sien.

Yo, Lara Salazar, te acepto...

Las palabras le sabían a sangre y a mentiras. Cada frase memorizada se mezclaba con la imagen de su hermano en la camilla del hospital. Resiste, se ordenó. Dos días. Dos días. Después, desaparecerás.

Cuando Héctor le colocó el anillo, sus dedos rozaron la piel interior de su muñeca. Un toque fugaz, casi accidental, pero Mía sintió la presión de su mirada, clavada en ella como un bisturí. Había calor allí, pero también peligro.

Aplausos. Brindis. Sonrisas. La música resurgió como un vendaval. Mía apenas escuchó a la multitud felicitarla. Cada beso en la mejilla era un alfiler que la mantenía despierta. Cada copa alzada era un recordatorio de que estaba sola. Rodeada de gente, pero más sola que nunca.

Cuando Héctor se inclinó para besarla frente a todos, sus labios rozaron los suyos apenas. Fríos. Su aliento sabía a menta, pero el beso fue una amenaza disfrazada de promesa.

-Bienvenida a la familia, Lara -susurró contra su oído. La forma en que pronunció su nombre hizo que la espalda se le helara bajo la seda.

Mía sonrió. Mantuvo la pose. Fingió felicidad.

Y en algún lugar, bajo el velo, una lágrima tibia se abrió paso hasta perderse entre el maquillaje. Nadie la vio. Ni siquiera Héctor.

Pero tarde o temprano, lo vería todo.

Capítulo 2 El Baile de las Sospechas

Los aplausos aún retumbaban en sus oídos cuando Mía sintió cómo el peso del vestido la encadenaba a esa mentira brillante. Era tan hermoso como una trampa: cada capa de encaje, cada perla cosida a mano, cada puntada estaba hecha para sostener una ilusión. Y ella era la pieza más frágil de todas.

Las luces del salón la cegaban por momentos. La enorme lámpara de araña derramaba destellos dorados sobre las mesas, las copas tintineaban, los invitados se apiñaban para admirar a la pareja perfecta. Todos reían, cuchicheaban, lanzaban miradas envidiosas. Nadie veía el leve temblor en los dedos de Mía, ni la gota de sudor que amenazaba con despegar la diminuta prótesis de silicona que llevaba pegada a la línea de la mandíbula. Una pieza tan pequeña, apenas un molde que afinaba el contorno de su mentón, que le estrechaba el rostro para convertirla en Lara Salazar.

Era su escudo y su condena: si la tocaban demasiado, si la besaban donde no debían, si sudaba demasiado... todo se vendría abajo.

-¿Lista? -la voz de Héctor llegó a su oído como un golpe seco.

Él estaba a su lado, imponente, con ese traje negro perfectamente entallado. Tenía la postura de alguien que controla una habitación entera con solo mover un dedo. Extendió su mano hacia ella, esperando que cumpliera su papel. Mía respiró hondo, ajustó el velo para cubrir la raíz de la peluca y colocó su mano sobre la de él.

La orquesta comenzó a tocar un vals solemne. Los acordes se elevaron hasta el techo abovedado, rebotaron en los muros de mármol y volvieron cargados de expectación. Era el momento que todos esperaban: la novia radiante, el esposo impecable, el primer baile que sellaba una unión bendecida por el dinero y las apariencias.

-No tiembles -murmuró Héctor mientras posaba su otra mano firme en la curva de su cintura. El calor de su palma atravesó capas de satén y encaje. -Pareces... nerviosa.

-Es la emoción -mintió ella, en un susurro que esperaba sonara convincente.

Héctor arqueó apenas una ceja. La giró con un movimiento preciso y elegante. Mía sintió cómo los focos seguían cada paso, cada pestañeo, cada grieta diminuta en su actuación. Por dentro, rogaba que la prótesis siguiera en su sitio. Que la línea que la convertía en Lara no se derritiera con el calor de los reflectores.

-Te ves... distinta -soltó él de pronto, tan bajo que la música casi devoró sus palabras.

Un frío le recorrió la espalda.

-¿Distinta? -repitió Mía, obligándose a sostener la sonrisa. El barniz de la máscara no debía cuartearse. -Debes estar cansado.

Héctor no respondió de inmediato. La música parecía ralentizarse mientras la giraba, la atraía de nuevo hacia su pecho. Su perfume -una mezcla de cedro, menta y algo oscuro- le mareaba la cabeza.

-Estás... más suave -murmuró, rozando su oído con los labios. -Lara nunca deja de morder.

Mía reprimió un escalofrío. No muerdas, no contestes, no te traiciones.

-Hoy es un día especial -improvisó, dibujando una sonrisa ensayada frente a los flashes que chisporroteaban a su alrededor-. Hoy soy toda dulzura.

Él soltó una risa breve, seca, que murió antes de llegarle a los ojos. Sus dedos se clavaron un poco más en su cintura, como recordándole quién tenía el control.

La orquesta subió el tono, obligándolos a girar una vez más. Cada paso era una trampa: si tropezaba, si el velo se desplazaba, si alguien la rozaba demasiado ... adiós a todo. Pensó en su hermana esperándola lejos, en el dinero prometido, en la promesa de volver a ser nadie. Solo dos días. Dos días más.

Cuando la música murió, los aplausos la sacudieron como una ola. Héctor la soltó despacio, sin dejar de mirarla. Ella intentó no parpadear demasiado rápido, no bajar la mirada. Lara no se doblega.

Los invitados se arremolinaron a su alrededor como abejas. Tías perfumadas de flores marchitas, primos ansiosos de fotos, políticos con sonrisas de mármol. Todos querían un fragmento de la novia perfecta. Mía cedía una mejilla, una sonrisa, un "gracias" calculado. Mientras, sentía la peluca tirar de su cuero cabelludo y el borde de la prótesis rozar la piel ya irritada.

En medio de ese torbellino, Héctor se perdió entre un par de socios, pero sus ojos la encontraron desde lejos. La observaba. Nunca dejaba de observarla. Como si oliera algo podrido tras el velo blanco.

Entonces, una copa de champán apareció entre sus manos. La burbuja perfecta. El mozo se inclinó, deseándole felicidad. Mía la sostuvo, insegura. El frío del cristal se clavó en su palma húmeda.

Héctor regresó. A un paso de distancia, levantó su propia copa y la chocó con la de ella. El sonido fue limpio, casi frágil.

-No bebas demasiado esta noche -dijo él, sin apartar la mirada.

Mía forzó una carcajada leve. El borde de la copa rozó sus labios, pero no bebió.

-No bebo -respondió, automática, sin pensar.

Un silencio seco, tan fino que casi dolía, se extendió entre ellos.

Héctor ladeó la cabeza. Sus ojos, tan oscuros como un pozo sin fondo, la taladraron.

-¿No bebes? -repitió, como quien confirma un rumor ridículo.

Fue entonces cuando Mía sintió que el suelo se abría bajo sus pies. En su mente, imágenes: Lara brindando en fiestas, sosteniendo copas de vino tinto, riendo con la copa a medio vaciar. Un fallo estúpido, uno que ninguna capa de silicona podía cubrir.

-No... mucho -corrigió ella, tragando saliva-. Hoy solo quiero recordarlo todo.

Héctor no respondió. Solo rozó el borde de su copa con la yema del dedo, como acariciando la idea de descubrir qué había detrás de su nueva esposa.

El brindis terminó sin que ella probara una gota. Cuando Héctor se alejó para saludar a un grupo de inversores, Mía sintió cómo la copa temblaba entre sus manos. Se giró, buscando un rincón donde respirar.

Se apoyó contra una columna, escondida del bullicio. Sentía la piel arder bajo la prótesis, la raíz de la peluca picarle detrás de la oreja. No podía rascarse. No podía beber. No podía tropezar.

Dos días. Solo dos.

Pero cuando levantó la vista, allí estaba él de nuevo. De pie, medio oculto tras la penumbra, observándola como un halcón paciente. La copa aún en la mano, los labios tensos en una sonrisa que no era una sonrisa.

Era la promesa de que, tarde o temprano, alguien pagaría por cada mentira.

Capítulo 3 Entre Dos Vidas

La habitación del hotel parecía un santuario de lujo, pero para Mía era una celda disfrazada. Las cortinas de terciopelo burdeos apenas dejaban pasar la luz de la tarde, creando un juego de sombras que se deslizaban por las paredes tapizadas. El silencio era un manto pesado que amplificaba cada latido de su corazón y el roce constante del vestido contra su piel, sensible y tensa, era molesto.

El aire olía a jazmín y a madera vieja, un contraste extraño con la modernidad fría del mobiliario. Mía se dejó caer en el sillón frente al ventanal, observando sus dedos tamborileando nerviosos sobre el reposabrazos de cuero. Afuera, la ciudad vibraba con indiferencia, sus luces parpadeando como pequeñas estrellas sin alma, ajenas a las mentiras que se tejían dentro de ese cuarto.

El anillo que aún llevaba en el dedo brillaba tenuemente bajo la luz, una joya que no le pertenecía, símbolo de un pacto sellado con secretos y miedo. Cada vez que lo miraba, sentía una punzada de culpa y ansiedad, como si la piedra preciosa retuviera la esencia de la verdadera Lara Salazar y la mirara acusadora.

Flashback:

Lara apretó los puños, su rebeldía aún encendida como una llama que se negaba a apagarse. No quería rendirse, no quería esconderse detrás de una mentira, pero el peligro era real y latente, demasiado cerca para ignorarlo.

-No hay otra opción -dijo con voz áspera, mientras sus ojos oscuros buscaban en los de Mía una chispa de esperanza-. Solo dos días. La boda y la luna de miel. Después de eso, todo volverá a la normalidad.

Mía asintió, comprendiendo el peso que llevaba esa decisión. No era solo un trabajo, era la última carta que Lara podía jugar para salvar lo que amaba.

-Lo haremos bien -susurró Mía-. Juntas.

Pero en el fondo, Lara odiaba cada segundo de esa mentira que se avecinaba.

La puerta se abrió suavemente y una brisa fresca coló su aroma por el cuarto, mezclándose con el sudor frío que le humedecía la nuca a Mía. Héctor había salido a atender una llamada urgente, uno de esos malos hábitos que tenía desde siempre y que a Lara le hacía hervir la sangre. Él no podía desconectarse del trabajo, ni por un instante, ni siquiera en la luna de miel. Pero Mía, con su paciencia y comprensión, lo aceptaba sin reproches, o al menos eso fingía.

Ella se levantó, sus pasos apenas hacían ruido en la alfombra aterciopelada. Se acercó al ventanal, apoyó las manos contra el vidrio frío y miró la ciudad que se extendía hasta el horizonte, un mar de luces y sombras. Se preguntó cuánto tiempo más podría sostener aquella mentira, cuánto más soportaría el peso de una vida ajena.

Flashback:

Lara no recordaba exactamente cuándo comenzó a desvanecerse. Tal vez fue esa noche en la que Héctor la miró con ojos que ya no la veían, o el día en que recibió el ultimátum, una llamada cargada de amenazas que apretaba como un lazo invisible en torno a su cuello.

"Si quieres salvar lo que queda de tu vida, confía en mí", había dicho la voz al otro lado del teléfono, fría y calculadora.

Mía Castellanos no era solo una actriz cualquiera; era su último recurso, la única salida que podía comprar tiempo y esperanza.

En la habitación, Mía sentía la irritación creciente bajo la prótesis de silicona. El adhesivo comenzaba a ceder con el calor y el sudor, y cada movimiento la hacía consciente del peligro latente. Era como llevar una máscara de cristal, preciosa pero frágil, que podría romperse con el roce más leve.

Se llevó una mano al rostro, tocando el borde donde la prótesis terminaba y su piel real comenzaba. El roce áspero le provocó un escalofrío. Sabía que, en cualquier momento, ese velo podría caer.

La puerta se abrió y Héctor entró, con esa sombra de sonrisa que no alcanzaba a sus ojos. Se movía con la seguridad de quien domina el mundo, pero había en él una tensión invisible, una sospecha que no podía ocultar.

-¿Te encuentras bien? -preguntó, pero la frase sonó más como una prueba que una verdadera preocupación.

Mía forzó una sonrisa y asintió. -Perfectamente. Solo cansada de tanto protocolo.

Él no parecía convencido, pero no insistió. Se acercó, apoyó una mano firme en su cintura y le susurró al oído:

-Recuerda que hoy la perfección no es opcional.

Flashback:

La noche antes de firmar el contrato, Lara lloró por primera vez en meses. No por miedo, sino por rabia, por la humillación de tener que ceder su propia vida.

-Prométeme que nadie sufrirá por esto -susurró, con la voz rota, mientras sus manos temblaban en las de Mía.

La actriz la miró con ternura y determinación. -Te lo prometo. No dejaré que esta mentira destruya más de lo que ya lo ha hecho.

Pero ambas sabían que el precio sería alto y que las heridas no cerrarían fácilmente.

En la penumbra de la habitación, Mía se miró en el espejo grande y antiguo que colgaba de la pared. La mujer que reflejaba no era ella, ni tampoco Lara. Era un híbrido, una amalgama rota de dos vidas que nunca podrían fusionarse por completo.

Sintió la mirada invisible de Héctor clavada en ella, un halcón paciente que esperaba el más mínimo desliz para atacar. Y mientras la ciudad seguía su curso indiferente, la mentira continuaba tejiéndose con cada suspiro, cada gesto ensayado, cada palabra medida.

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