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La doble vida de la secretaria

La doble vida de la secretaria

Autor: Mundo Creativo
Género: Romance
De día, Chloe Silva es la secretaria asistente más eficiente e invisible de Thorne Group. Con ropa holgada, gafas grandes y una actitud reservada, soporta las exigencias de Julian Thorne, el frío e inalcanzable CEO de la compañía. De noche, desesperada por pagar las deudas médicas de su abuela, Chloe se transforma en "Luz": la dulce y misteriosa niñera que cuida a Emma, la pequeña hija de Julian, quien no hablaba con nadie desde el abandono de su madre... hasta que la conoció a ella. Atrapada entre dos trabajos y dos identidades, Chloe debe mantener el secreto bajo una estricta regla: no quitarse la mascarilla ni revelar su rostro en el penthouse. Pero cuando los sentimientos de Julian empiezan a dividirse entre la inteligencia de su secretaria y la calidez de la niñera de su hija, el juego de las dos vidas se vuelve una bomba de tiempo. ¿Qué pasará cuando el hombre más temido de los negocios descubra que la mujer que cuida a su hija y la que le salva la empresa son la misma persona?
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Capítulo 1 El precio de una vida

El olor a medicina y pasillo de hospital siempre le daba mala gana a Chloe. Parada frente a la caja del Hospital Central, sentía la cabeza a punto de estallar. Miraba el papel en sus manos y no podía creer la cifra.

-Son doscientos mil dólares, señorita Silva -le dijo el encargado sin el menor drama en la voz-. Es la cuenta de la operación de emergencia de su abuela y los tres meses de tratamiento que vienen. Si no nos da un adelanto del treinta por ciento antes del viernes, la pasamos a la sala pública.

Esa cantidad era una locura. Su abuela Elena era la única familia que le quedaba, la mujer que la había sacado adelante a pura fuerza de voluntad. Ahora que los riñones no le daban para más, la única forma de salvarla era pagando esa montaña de dinero.

Chloe salió a la calle con el estómago hecho un nudo. Mientras esperaba el autobús, sacó su teléfono con la pantalla rota y revisó su correo. Tenía un mensaje nuevo:

De: Recursos Humanos – Thorne Group

Para: Chloe Silva

Asunto: Selección de personal

Estimada Srta. Silva:

Nos complace informarle que ha sido seleccionada como Asistente Ejecutiva Junior en el departamento de presidencia. Su contrato empieza mañana a las 8:00 a.m. con un sueldo inicial de $3,500 mensuales.

En cualquier otra circunstancia, Chloe habría saltado de la alegría. Un puesto en Thorne Group, la empresa más poderosa de la ciudad, era una oportunidad de oro. El problema era el jefe: Julian Thorne. Un tipo joven, multimillonario, frío como un hielo y famoso por despedir a cualquiera que cometiese el más mínimo fallo.

Pero $3,500 al mes no le servían para la emergencia del viernes. Necesitaba sesenta mil dólares ya mismo.

Llegando a su departamento, le entró una llamada de Elite Care, una agencia de empleos de lujo donde se había registrado hacía meses.

-¿Chloe Silva? Habla la Sra. Méndez -dijo la mujer al otro lado-. Tengo un trabajo urgente de niñera nocturna, de 8:00 p.m. a 6:00 a.m. Es para cuidar a la hija de cuatro años de un empresario muy importante. La niña tiene un problema emocional serio y no quiere ver a nadie.

-¿Cuánto pagan? -fue directo Chloe.

-El sueldo es de $10,000 al mes. Y si firmas el contrato hoy, te damos un bono de entrada inmediato de $20,000.

A Chloe casi se le sale el corazón del pecho. ¡Veinte mil dólares de un solo golpe! Con eso y un préstamo en el banco usando su nuevo contrato de la empresa, completaba el dinero de la abuela.

-Acepto. ¿Dónde firmo?

-Hay condiciones raras -le advirtió la Sra. Méndez-. El cliente exige total secreto. Nada de fotos, nada de andar preguntando cosas de la familia y nada de hablar con la prensa. Además, vas a tener que usar un uniforme médico gris flojo y una mascarilla quirúrgica todo el tiempo. La niña le tiene fobia a los rostros desconocidos, así que no te puedes quitar la mascarilla por nada del mundo dentro de la casa.

Para Chloe, taparse la cara era lo de menos si eso salvaba a su abuela. Firmó los papeles por el celular y, en menos de una hora, ya tenía el dinero depositado en su cuenta bancaria.

A las siete y media de la noche, se puso el uniforme gris que le mandaron a la casa. Se recogió el cabello, se acomodó bien la mascarilla tapándose desde la nariz hasta la barbilla y solo se dejó los ojos al descubierto. Agarró un taxi directo a The Grand Apex, el edificio más caro y vigilado del centro.

El ascensor la dejó directamente en el penthouse del piso cuarenta y cinco. El lugar parecia de película: pisos de mármol, techos altísimos y una vista increíble de toda la ciudad iluminada.

El mayordomo, un señor mayor muy serio llamado Arthur, la recibió en la puerta.

-Señorita "Luz" -le dijo, usándole el apodo que le dio la agencia-. Qué bueno que llega a tiempo. Ya sabe las reglas: nada de chismes, ojo a la niña todo el tiempo y no busque conversación con el patrón.

-Entendido, señor.

-Pase por aquí, le voy a enseñar el cuarto de la niña antes de que llegue el jefe.

Pero no alcanzaron a dar ni cinco pasos cuando se escuchó el portazo de la entrada y el sonido de unos zapatos elegantes caminando sobre el piso de mármol.

-Arthur -dijo una voz grave, de esas que imponen respeto al instante-. ¿Ya llegó la nueva niñera?

Chloe se quedó tiesa. Conocía esa voz de sobra; la había escuchado mil veces en los videos de la empresa mientras se preparaba para las entrevistas.

Se giró despacio y sintió que se le helaba la sangre.

Quitándose el abrigo oscuro y aflojándose la corbata venía caminando Julian Thorne. Su nuevo jefe en la empresa. El mismo hombre frío e implacable con el que le tocaba verse la cara al día siguiente a primera hora.

Julian se les acercó con paso firme. Sus ojos grises, afilados como cuchillas, se le clavaron encima a Chloe. La miró de arriba abajo, se le quedó viendo fijamente a los ojos -lo único que la mascarilla dejaba ver- y levantó una ceja.

A Chloe el corazón le empezó a latir a mil por hora. Detrás de la tela de la mascarilla se quedó sin aire. Si Julian la reconocía al día siguiente en la oficina o descubría que su nueva secretaria trabajaba de niñera en su casa por las noches, la iba a dejar en la calle de inmediato, y la vida de su abuela se iría por el caño.

Sin pensarlo dos veces, Chloe agachó la cabeza rápido y se quedó muda, rogándole a Dios que el disfraz y las luces bajas de la sala alcanzaran para guardar su secreto.

Capítulo 2 El tirano de la oficina

Apenas durmió tres horas. Entre los nervios, el viaje de regreso en taxi a su pequeño departamento y el miedo constante a que Julian Thorne hubiera descubierto quién era detrás de esa mascarilla gris, Chloe sintió que la noche pasó volando. Pero el dolor de cabeza no le dio tregua: el deber la llamaba. Hoy era su primer día formal en Thorne Group, y no podía darse el lujo de llegar ni un minuto tarde.

Se paró frente al espejo del baño a las seis de la mañana. Tenía unas ojeras terribles. Sabía muy bien que en un ambiente corporativo como ese, las miradas y los chismes volaban rápido. Si quería sobrevivir a su doble vida, tenía que pasar completamente desapercibida. Nadie en esa empresa debía recordar su rostro, y mucho menos relacionarla con la misteriosa niñera que anoche estuvo parada en el penthouse del jefe.

Abrió el armario y sacó la ropa que había preparado estratégicamente. Nada de faldas ajustadas ni vestidos elegantes. Se puso un pantalón de vestir negro, dos tallas más grande de lo que necesitaba, y una blusa de manga larga color crema, holgada y abotonada hasta el cuello. Para rematar, recogió su cabello castaño en un moño apretado y bajo, y se colocó unos lentes de marco negro bastante gruesos que casi le cubrían la mitad del rostro. Miró su reflejo y sonrió con amargura: parecía diez años mayor y absolutamente invisible. Justo lo que necesitaba.

A las siete y cuarenta y cinco de la mañana, Chloe cruzó las puertas giratorias del imponente edificio de Thorne Group. El vestíbulo era un hervidero de empleados caminando a toda prisa, vestidos con trajes impecables y sosteniendo vasos de café caro. El lujo del lugar imponía respeto, pero el ambiente se sentía pesado, como si todos vivieran al borde de un ataque de nervios.

Subió en el ascensor hasta el piso treinta y cinco, donde se encontraba la presidencia. Al salir, una mujer de unos treinta y cinco años, vestida con un traje sastre impecable y una postura rígida, la estaba esperando con una carpeta en la mano.

-¿Chloe Silva? -preguntó la mujer, mirándola de arriba abajo con una ceja levantada, deteniéndose un segundo en sus lentes gigantes y su ropa holgada.

-Sí, buenos días.

-Soy Marta, la secretaria ejecutiva principal del señor Thorne -dijo sin perder el tiempo en saludos amables-. Camina conmigo. Te voy a explicar cómo funcionan las cosas aquí antes de que llegue el jefe, porque cuando él cruza esa puerta, nadie tiene tiempo para preguntas tontas.

Chloe apretó su bolso contra el costado y siguió a Marta por el pasillo de piso alfombrado.

-Tu puesto es de asistente junior -comenzó a explicar Marta a paso rápido-. Te encargas de filtrar llamadas, revisar la correspondencia inicial, coordinar los archivos de la junta directiva y asegurarte de que el café del señor Thorne esté en su escritorio a las ocho y diez en punto. Ni a las ocho y nueve, ni a las ocho y once. A las ocho y diez.

-Entendido -asintió Chloe, tomando nota mental de cada detalle.

Marta se detuvo frente a un escritorio de madera oscura ubicado justo al lado de una imponente puerta de cristal ahumado.

-Escúchame bien, Chloe. Este no es un trabajo común -dijo Marta bajando la voz, adoptando un tono casi confidencial-. El señor Julian Thorne no es un hombre paciente. Aquí no hay espacio para equivocaciones. Un error en una cifra, una llamada mal transferida o un papel traspapelado y estás en la calle antes de que termine el día. La semana pasada despidió al asistente anterior porque se le olvidó incluir un anexo en un informe de inversión. No le importa quién seas ni de dónde vengas; para él solo importan los resultados.

-He escuchado que es muy exigente -comentó Chloe intentando sonar neutral.

-"Exigente" es decir poco. Es un tirano -soltó Marta sin rodeos-. No habla de su vida privada, no tolera la impuntualidad y aborrece la familiaridad. Así que te recomiendo algo: mantén la cabeza baja, responde solo lo que te pregunten y haz tu trabajo sin hacer ruido. Cuanto menos te note el señor Thorne, más tiempo vas a durar aquí.

Esas palabras le cayeron a Chloe como un bálsamo. Saber que Julian odiaba la familiaridad y que prefería ignorar al personal secundario era la mejor noticia del día. Si se mantenía callada, eficiente e invisible, la probabilidad de que él conectara la mirada de su nueva secretaria con los ojos de la niñera nocturna era casi nula.

De pronto, un murmullo tenso recorrió el pasillo largo. Los empleados que estaban cerca de los cubículos se pusieron de pie de inmediato o se pegaron a sus computadoras, evitando mirar hacia la entrada del piso. Marta se puso recta como una vela y le dio un leve toque en el brazo a Chloe.

-Llegó -murmuró Marta.

Chloe se giró despacio. Al fondo del pasillo, las puertas del ascensor ejecutivo se abrieron.

Julian Thorne caminaba con el mismo paso firme, elegante e intimidante de la noche anterior. Vestía un traje de tres piezas gris oscuro que le quedaba a la medida, una camisa blanca impecable y la corbata perfectamente ajustada al cuello. Llevaba un maletín de cuero negro en una mano y la mirada clavada al frente, con un rostro frío que no transmitía el menor gesto de calidez.

A Chloe se le aceleró el corazón. Verlo ahí, a plena luz del día y rodeado de la elegancia del mundo corporativo, producía un impacto brutal. Era exactamente el mismo hombre al que anoche ella había mirado desde la penumbra del penthouse, cubierta con una mascarilla quirúrgica.

Julian pasó frente al escritorio de Chloe sin siquiera voltear a mirarla. Marta dio un paso al frente y se inclinó levemente.

-Buenos días, señor Thorne. Los informes de la junta ya están sobre su mesa y la señorita Silva, la nueva asistente junior, ya se ha incorporado hoy.

Julian se detuvo un segundo justo antes de abrir la puerta de su despacho. No se giró del todo. Solo giró un poco la cabeza, dejando ver su perfil afilado. Sus ojos grises barrieron el escritorio de entrada y se posaron un instante sobre Chloe.

Chloe agachó la mirada de inmediato, ajustándose los lentes gigantes sobre la nariz y fingiendo revisar unos papeles con absoluta concentración. Mantuvo los hombros encorvados dentro de la blusa ancha, luciendo lo más insignificante posible.

-Marta, quiero el reporte de pérdidas de la filial en el norte en diez minutos -dijo Julian con esa voz grave y cortante que hacía temblar a cualquiera-. Y que la nueva secretaria no me pase ninguna llamada externa a menos que sea de la junta directiva.

-Entendido, señor Thorne.

Sin decir una palabra más, Julian entró a su oficina y la puerta de cristal ahumado se cerró con un clic seco.

Marta soltó un largo suspiro de alivio, como si hubiera estado aguantando la respiración todo ese tiempo. Miró a Chloe y le dio una palmadita en el hombro.

-Bien hecho. Ni siquiera te preguntó el nombre. Sigue así y vas a sobrevivir la semana.

Chloe dejó salir el aire que tenía atorado en el pecho. Sus manos, ocultas debajo del escritorio, estaban temblando levemente. Miró hacia la puerta cerrada del despacho de Julian y luego hacia el reloj de pared. Eran apenas las ocho y quince de la mañana. Tenía por delante casi diez horas de trabajo en la empresa y, tan pronto diera las seis de la tarde, tendría que correr a cambiarse para volver al penthouse a cuidar a la hija de ese mismo hombre.

Estaba caminando sobre el filo de una navaja, pero mientras lograra mantener la distancia y su disfraz funcionara, no iba a dejar caer la guardia. La vida de su abuela dependía de que jugara bien sus cartas en esta cuerda floja.

Capítulo 3 La sombra en el penthouse

El cansancio le pesaba en los huesos como si llevara sacos de cemento encima. Salir de Thorne Group a las seis de la tarde había sido una verdadera carrera de resistencia. Tras aguantar ocho horas de gritos ahogados, llamadas urgentes y el ritmo endemoniado que imponía Julian en la oficina, Chloe apenas tuvo tiempo de pasar por un baño público de la estación del metro para quitarse el disfraz de secretaria. Se soltó el moño apretado, guardó las gafas gigantes en el bolso y se cambió la ropa holgada por el uniforme médico gris.

A las siete y cincuenta y cinco en punto, estaba de pie nuevamente frente a las puertas del ascensor privado en el piso cuarenta y cinco de The Grand Apex. Se ajustó la mascarilla quirúrgica sobre la nariz, comprobó que el elástico le apretara bien detrás de las orejas y dejó salir un suspiro pesado que le empañó levemente la mirada.

Las puertas doradas se abrieron en silencio. El penthouse la recibió con el mismo lujo frío de la noche anterior. La luz de la sala era tenue, iluminada solo por los destellos de las torres vecinas que se colaban por los ventanales de piso a techo.

Arthur, el mayordomo, la esperaba de pie junto a la entrada, pulcro y rígido como una estatua.

-Puntual, señorita "Luz". Eso habla muy bien de usted -dijo el anciano, haciéndole una leve inclinación de cabeza-. Acompáñeme, por favor. Es momento de explicarle las normas de la casa antes de presentarle a la niña.

Chloe caminó detrás de él, intentando que el hule de sus zapatos planos no hiciera ruido sobre el mármol reluciente.

-Como le mencioné ayer, el señor Thorne es un hombre sumamente ocupado y celoso de su intimidad -comenzó a detallar Arthur mientras cruzaban un pasillo adornado con pinturas carísimas-. Las reglas aquí no son negociables. Primera: usted no circula por las áreas privadas de la casa a menos que sea estrictamente necesario para el cuidado de Emma. Segunda: no se le permite hacer preguntas sobre la vida personal del señor Thorne, ni sobre la madre de la niña. Tercera: bajo ninguna circunstancia se quita la mascarilla delante de la pequeña o de cualquier persona en esta residencia. La agencia ya le debió dejar claro que cualquier falta a esta cláusula implica la rescisión inmediata del contrato y una demanda por daños.

-Lo tengo muy claro, señor Arthur -respondió Chloe con la voz ahogada por la tela del cubrebocas-. No vengo a hacer preguntas, solo a hacer mi trabajo y cuidar a la niña.

-Me alegra escuchar eso -dijo Arthur, deteniéndose frente a una gran puerta de madera clara al final del pasillo-. La pequeña Emma ha pasado por momentos muy difíciles. Desde que la señora Vanessa abandonó la casa hace un año, la niña cerró su mundo. No habla con nadie, apenas come y sufre de horribles terrores nocturnos. Los médicos dicen que es un trauma por abandono. Su padre ha contratado a media docena de niñeras en los últimos meses, pero Emma las rechaza a todas. Se pone histérica si ve rostros extraños. Por eso el requisito del barbijo y la vestimenta neutra.

A Chloe se le encogió el corazón. Detrás de todo ese lujo desmedido y las cifras millonarias, había una niña de cuatro años sufriendo en soledad. Como alguien que había perdido a sus padres siendo muy joven, conocía de sobra el vacío que se siente cuando el mundo se te derrumba y te quedas sin un punto de apoyo.

Arthur tocó la puerta suavemente antes de girar la manilla.

-Emma, querida... es la señorita Luz. Viene a hacerte compañía esta noche.

La habitación era enorme, decorada con tonos pasteles, pero se sentía extrañamente triste. Había estantes llenos de juguetes caros y peluches gigantes que parecían no haber sido tocados en meses. En una esquina, sobre una alfombra esponjosa, una pequeña de cabello castaño rizado y pijama rosa estaba sentada de espaldas, abrazando sus rodillas y mirando fijamente hacia la ventana.

Chloe dio un paso lento hacia adelante.

-Hola, Emma -dijo con la voz más suave y dulce que pudo poner, bajándose a la altura de la niña al ponerse de rodillas sobre la alfombra-. Me llamo Luz. Voy a estar contigo mientras tu papá trabaja, ¿sí?

La niña ni se inmutó. No volteó a mirarla, ni emitió un solo sonido. Se quedó rígida, apretando un conejito de felpa descolorido contra su pecho.

Arthur suspiró con resignación desde la puerta.

-Es así casi todo el tiempo. Si logra que tome su vaso de leche caliente antes de las nueve, habrá hecho un milagro. Estaré en la cocina por si necesita algo.

El mayordomo salió y cerró la puerta en silencio, dejando a Chloe a solas con la pequeña.

Chloe no la presionó. Se sentó en el suelo a un par de metros de distancia y comenzó a hablarle en un tono pausado, contándole cosas sencillas sobre el clima o inventando historias cortas sobre las luces de los autos que se veían a lo lejos por la ventana. Pasaron cuarenta minutos y Emma no reaccionaba, pero tampoco lloraba ni se alejaba, lo cual ya era un avance.

A las nueve de la noche, Chloe se levantó despacio para ir a la cocina por el vaso de leche. Caminó por el pasillo en penumbra, cuidando cada paso. Al llegar a la enorme cocina de acero inoxidable y granito, sirvió la leche en un vasito infantil con boquilla y la calentó unos segundos en el microondas.

Cuando regresaba por el pasillo central, escuchó la puerta principal del penthouse abrirse con un golpe seco.

A Chloe se le congeló la sangre. El pulso se le disparó a mil por hora.

Se pegó a la pared del pasillo, escondida detrás de una gran columna de mármol. Desde allí vio cómo Julian Thorne cruzaba el recibidor. Venía sin el saco del traje, con las mangas de la camisa blanca arremangadas hasta los antebrazos y la corbata floja sobre el cuello. Se le veía agotado, con el rostro tenso y una línea marcada de preocupación entre las cejas. Era el mismo hombre duro que cinco horas atrás le gritaba a los ejecutivos en el piso treinta y cinco de la empresa.

-Arthur -llamó Julian con esa voz profunda que le hacía vibrar el pecho a Chloe-. ¿Dónde está la nueva niñera? ¿Ya se fue?

Arthur salió de inmediato de la zona del comedor.

-No, señor Thorne. La señorita Luz está en el cuarto de la pequeña. Llegó muy puntual.

Julian se pasó una mano por el cabello oscuro, despeinándolo un poco, y dejó salir un resoplido cansado.

-Espero que esta sí dure más de dos días. No tengo cabeza para seguir lidiando con agencias de empleo mientras la junta directiva me exige cerrar la fusión con los inversores alemanes antes del viernes. Si esta mujer no logra que Emma coma o duerma bien, despídala y pida un reemplazo el fin de semana.

-Entendido, señor. ¿Le sirvo la cena en el estudio?

-No tengo hambre. Estaré revisando los informes de la oficina. Que la niñera no haga ruido al salir.

Julian caminó a pasos largos hacia el pasillo de la derecha, donde quedaba su despacho privado, y cerró la puerta de un portazo.

Chloe permaneció inmóvil detrás de la columna, apretando el vaso de leche entre sus manos temblorosas. Escuchar a su jefe hablar de ella como si fuera una pieza de repuesto intercambiable le hizo hervir la sangre, pero al mismo tiempo le recordó la cruda realidad de su situación.

Ese hombre frío e implacable era la fuente de todo su dinero. Él firmaba su cheque de secretaria de día y pagaba su sueldo de niñera de noche. Si Julian llegaba a descubrir que la chica con gafas gigantes que le organizaba los archivos en la oficina era la misma que estaba parada en su pasillo usando un barbijo gris, no dudaría ni un segundo en echarla a la calle de ambos sitios. Y la operación de su abuela Elena se vendría abajo.

Chloe ajustó la mascarilla sobre su rostro con rabia contenida, trágándose el miedo y el orgullo. Regresó a la habitación de Emma, cerró la puerta con llave y se prometió a sí misma que no cometería ni un solo error. Iba a cuidar a esa niña con la vida, iba a ser la mejor secretaria de la empresa y mantendría su secreto bien guardado, así tuviera que vivir entre sombras en ese frío penthouse.

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