Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > La dulce sirvienta y el millonario
La dulce sirvienta y el millonario

La dulce sirvienta y el millonario

Autor: : Eva Alejandra
Género: Romance
Loana vive atrapada entre dos mundos: el humilde pueblo donde creció, y la imponente mansión donde su madre trabaja como sirvienta. Cada día, su vida transcurre en la sombra de los lujosos pasillos y las estrictas reglas de la aristocracia rumana. Pero todo cambia cuando conoce a Mihai, el hijo del dueño de la mansión, un joven atrapado en las expectativas de su familia y un futuro que no desea. Lo que comienza como un encuentro casual se convierte rápidamente en una conexión irresistible, un amor prohibido que desafía las barreras sociales que los separan. Mientras su relación se intensifica, Loana se ve arrastrada a un torbellino de emociones y secretos familiares que amenazan con destruir no solo su futuro, sino también el de Mihai. Con cada beso robado y cada mirada furtiva, el peligro crece. Loana debe decidir si sigue su corazón y arriesga todo por un amor que podría separarla de su familia y su vida sencilla, o si cede a las presiones sociales y elige el camino que su madre siempre le ha advertido. La dulce sirvienta y el millonario es una historia de amor intenso y sacrificio, donde las barreras de clase social se rompen y los secretos del pasado resuenan en el presente. ¿Hasta dónde estarías dispuesta a llegar por un amor que te desafía a abandonar todo lo que conoces?

Capítulo 1 El Encuentro Inesperado

Loana apretó los dientes y ajustó la bufanda alrededor de su cuello, mientras las gotas de lluvia golpeaban su rostro con fuerza. Su hermano menor, Vlad, estaba en casa, febril y débil, y ella no podía dejarlo solo. A pesar de que su madre había estado trabajando como sirvienta en la mansión del Señor Ionescu toda la mañana, Loana sabía que no podía esperar más. El niño necesitaba atención, y su madre nunca volvería a casa a tiempo.

Con un nudo en el estómago, Loana aceleró el paso. Sabía que era arriesgado, pero no podía dejar que su hermano sufriera sin ayuda. Desde la calle, vio la gran mansión, su imponente fachada de piedra y ventanas con cortinas de terciopelo rojo, como un reflejo de la riqueza que parecía estar al alcance de pocos. A pesar de que su madre llevaba años trabajando allí, la mansión seguía siendo un mundo desconocido para ella, un mundo lleno de secretos y reglas invisibles.

Al llegar al final del camino que conducía a la mansión, Loana miró rápidamente hacia atrás, asegurándose de que nadie la hubiera visto. Se desvió hacia un pequeño pasillo lateral cubierto de hiedra, donde las sirvientas entraban y salían sin ser vistas por los aristócratas de la familia. Este era su único acceso, uno por el que nunca debía ser vista. Entró con cautela, respirando hondo, y se deslizó por el estrecho pasillo de servicio, sintiendo la humedad de las paredes contra sus dedos.

El sonido de sus pasos era absorbido por la oscuridad. Cada rincón del pasillo, lleno de antiguos retratos y estatuas de mármol, parecía susurrar historias olvidadas de la familia Ionescu. Loana avanzó con el corazón acelerado, confiando en que su madre no estaría lejos. Pero cuando pasó junto a una de las puertas, una risa resonó en el aire.

Loana se detuvo en seco. Reconoció la voz. Era Mihai, el hijo del dueño de la mansión, el joven heredero de la familia Ionescu. Loana apretó los puños, temerosa de que él la hubiera oído, y trató de moverse con mayor sigilo, pero al dar un paso atrás, tropezó con un jarrón que cayó al suelo con un estruendo. El sonido recorrió el pasillo, y un segundo después, Loana sintió la presencia de Mihai detrás de ella.

-¿Qué tenemos aquí? -dijo Mihai con una sonrisa burlona. Loana se giró, y lo vio de pie en la entrada de la sala, sus ojos oscuros clavados en ella con una mezcla de sorpresa y diversión.

Loana, incapaz de ocultar su vergüenza, intentó disculparse rápidamente, su voz temblorosa:

-Lo siento, no quería... no quería causar problemas. Solo busco a mi madre, está en el servicio.

Mihai la observó fijamente, su rostro mostrando una mezcla de molestia y diversión. Su postura de arrogancia, la que Loana había visto tantas veces desde su lugar en la calle, estaba claramente presente. Loana sintió como su rostro se sonrojaba ante la mirada de Mihai. La diferencia de clases era evidente en el simple hecho de que él ni siquiera la reconocía como alguien de su mismo mundo. Ella, la sirvienta, la joven que solo tenía derecho a existir en los márgenes del lujoso mundo de la mansión.

-¿Qué haces aquí? -preguntó él, con un tono que no dejaba lugar a dudas: no estaba acostumbrado a que alguien de su estatus le hablara de esa manera. -¿Tu madre te ha dejado entrar sin permiso?

Loana miró hacia el suelo, avergonzada. No quería admitir la verdad, pero tampoco quería mentir. No tenía más opción que responder.

-No quería molestar a nadie... mi hermano está enfermo, y no pude esperar más.

Mihai frunció el ceño, claramente intrigado, pero su expresión pronto se transformó en una mezcla de irritación y una curiosidad que no lograba ocultar.

-¿Tu hermano está enfermo? -repitió, como si esa fuera una información irrelevante-. Y ¿por qué no lo llevas a un médico? No debería estar en manos de una sirvienta cuidar de él.

Loana apretó los labios, sintiendo el peso de sus palabras y su desprecio. No dijo nada más, pero su corazón latía con fuerza, una rabia silente burbujeando en su interior. Ella sabía muy bien cómo funcionaba ese mundo. Las personas como Mihai pensaban que los problemas de la gente como ella no importaban. Para él, ella no era más que una sombra que pasaba desapercibida.

Intentó dar un paso atrás, para escapar de la conversación incómoda y no seguir alimentando la vergüenza que sentía, pero Mihai la detuvo al alzar la mano.

-Espera -dijo, casi suavemente, como si de repente algo hubiera cambiado en él. Loana lo miró con cautela, sin comprender.

-¿A dónde crees que vas? -preguntó, ahora con tono más serio, y sin esperar respuesta, dio un paso hacia ella. Sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y algo que Loana no pudo identificar, un destello de curiosidad.

Loana lo miró, su respiración acelerada. No sabía cómo responderle. Quería escapar, pero al mismo tiempo, algo dentro de ella se resistía a alejarse.

Un pesado silencio llenó el aire entre ellos, como si el mundo de la mansión y el de Loana colisionaran en ese pequeño pasillo oscuro. Y, a pesar de todo lo que los separaba, algo inexplicable los conectaba de manera ineludible.

En ese instante, Mihai habló de nuevo, pero esta vez con algo más cercano a una curiosidad genuina que a la arrogancia habitual:

-No deberías estar aquí, no es seguro para ti. Ven, te acompañaré a encontrar a tu madre.

Loana dudó, pero, al ver la extraña suavidad en su tono, aceptó su ofrecimiento sin pensar en las consecuencias. Aunque el corazón le latía con fuerza, se dejó guiar por Mihai, sin saber que ese encuentro, tan inesperado e incómodo, sería el comienzo de algo mucho más grande, un amor prohibido que cambiaría para siempre sus vidas.

Y en ese pasillo oscuro, con las sombras de la mansión extendiéndose a su alrededor, Loana y Mihai dieron los primeros pasos hacia un destino incierto.

Capítulo 2 El Mundo de Mihai

Mihai caminó por los pasillos de la mansión con paso firme, pero su mente estaba lejos de allí. El bullicio de los sirvientes moviéndose rápidamente para preparar la cena, el olor a madera pulida y los adornos dorados que brillaban bajo la luz de los candelabros, todo eso le resultaba ajeno en ese momento. Como siempre, el peso de la mansión sobre sus hombros lo aplastaba, pero no de la forma en que sus padres esperaban.

Él, el heredero de los Ionescu, tenía que estar preparado para todo lo que implicaba ser el próximo líder de la familia. Eso significaba asistir a reuniones aburridas, manejar negocios, cumplir con las expectativas de un apellido que llevaba siglos en la alta sociedad rumana, y, sobre todo, encontrar una esposa adecuada. Al menos, esa era la única verdad que le repetían una y otra vez, como si fuera una oración que debiera aprender de memoria.

La mansión, con sus enormes salones decorados con cuadros de antepasados y su colección de muebles antiguos, le parecía cada vez más una prisión dorada. Mientras cruzaba el vestíbulo, donde el eco de sus pasos resonaba, Mihai pensaba en el lugar que lo rodeaba y en la vida que se esperaba de él. La lujosa sala de estar, con sus cortinas de terciopelo y la chimenea siempre encendida, había sido su refugio durante años, pero ya no era suficiente.

El reloj de la entrada marcó las seis de la tarde, y eso significaba que era hora de enfrentarse a su padre, el Señor Ionescu, un hombre al que siempre le había costado mirar de frente sin sentir una presión insoportable sobre su pecho. Su padre no aceptaba excusas ni debilidades. Desde que Mihai había tenido la edad suficiente para entender las expectativas, su vida había sido una constante lucha por ser el hombre que su padre deseaba, aunque él, en su interior, nunca había compartido esa visión.

-Mihai -lo llamó su madre desde el salón principal, su voz suave pero firme-, tu padre quiere hablar contigo.

Al entrar, Mihai encontró a su padre sentado en su gran sillón de cuero, con las manos entrelazadas y una expresión grave. El aire en la habitación estaba cargado de una tensión palpable. La luz de la tarde se filtraba a través de los grandes ventanales, iluminando el rostro serio de su padre.

-Siéntate -dijo el Señor Ionescu, su voz profunda y autoritaria.

Mihai se sentó sin decir una palabra, su mente corriendo a mil por hora, buscando una excusa, una forma de esquivar la conversación que sabía que se avecinaba. Pero nada podía detenerlo.

-Es hora de que empieces a asumir tus responsabilidades -dijo su padre de manera directa, mirando a su hijo con una severidad que hacía que Mihai se sintiera pequeño a pesar de su altura-. Este año cumpliste los veinte, y ya no puedes seguir jugando a ser un niño. La mansión, los negocios, todo esto, lo que tenemos, es tu legado. Y es hora de que comiences a prepararte para tomar las riendas.

Mihai sintió cómo una oleada de incomodidad lo invadía. El tono de su padre era tan serio que no dejaba lugar a dudas: había llegado el momento. Pero él no estaba listo. No quería, ni podía, ver su vida reducida a una serie de reuniones y decisiones económicas. No podía imaginarse a sí mismo tomando el control de todo eso.

-Lo sé -respondió, intentando mantener la calma, pero el malestar era evidente en su voz.

Su padre no pareció notar la vacilación. En su mente, Mihai ya estaba listo para todo eso, o al menos eso pensaba.

-Además, ya tenemos a la joven Elena esperando. Su familia es perfecta para un matrimonio con los Ionescu. Es una buena elección para tu futuro, Mihai. Ella es educada, tiene una familia respetable y un apellido que complementará el tuyo.

Las palabras de su padre fueron como una puñalada en su pecho. Elena era todo lo que Mihai no quería: una joven perfecta, adecuada para el matrimonio, pero completamente ajena a sus deseos y sentimientos. De alguna manera, la idea de pasar su vida con alguien como ella lo aterraba. No quería una esposa que fuera simplemente un accesorio social.

Mihai se obligó a morderse el labio para no mostrar su frustración. ¿Cómo le explicaba a su padre que no podía vivir de acuerdo con sus planes? ¿Cómo podía decirle que sus expectativas de un matrimonio arreglado, lleno de promesas de dinero y poder, no eran lo que él deseaba para su vida?

-¿Y qué pasa con mis propios deseos? -preguntó finalmente, la voz temblorosa de ira contenida-. ¿Qué pasa con lo que yo quiero?

El Señor Ionescu lo miró como si acabara de decir una barbaridad. Su mirada era fría, pero en ella había un destello de desaprobación que quemaba.

-Lo que tú quieres no importa, Mihai. Lo que importa es lo que la familia necesita. No estás aquí para jugar con tus sentimientos. Necesitas tomar en cuenta lo que te hemos enseñado. -El rostro del padre se suavizó ligeramente, pero su tono permaneció implacable-. No tienes opción. El destino de esta familia está en tus manos.

Mihai no pudo evitar soltar un suspiro de frustración. Sabía que la lucha contra su padre era inútil. Nada de lo que dijera cambiaría el curso de los acontecimientos. Las expectativas de su familia siempre lo habrían definido, independientemente de lo que él quisiera.

Con un movimiento brusco, se levantó de la silla, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba de rabia contenida. ¿Era esto lo que quería para su vida? ¿Un futuro sin ninguna posibilidad de escape?

Salió del salón sin decir una palabra más, y cerró la puerta con fuerza detrás de él. En ese instante, la mansión, que antes había sido su hogar, ya no le parecía acogedora. El lujo y la riqueza que siempre lo habían rodeado ahora parecían una cadena, algo que lo ataba a una vida que no deseaba.

Y así, mientras caminaba por los pasillos elegantes de la mansión, sintió el peso de todo lo que se esperaba de él. Las expectativas de su padre, de la sociedad, del apellido Ionescu, lo aplastaban con cada paso que daba. Y en ese momento, algo en su interior cambió. A partir de ese día, algo se agitó en su corazón, algo que no podía controlar. Algo que había comenzado a germinar en él el día en que conoció a Loana.

Pero eso aún estaba muy lejos de ser comprendido.

Capítulo 3 Primeros Encuentros

El sol de la mañana se filtraba tímidamente a través de las hojas doradas de los árboles que rodeaban la mansión, iluminando la fachada de piedra con su luz cálida. Loana se acercaba a la enorme puerta de entrada de la mansión con paso apresurado, un nudo en el estómago que le apretaba el pecho. Ayer, después de su encuentro con Mihai, había dejado su visita inconclusa, sin poder encontrar a su madre, quien trabajaba en la cocina. Su hermano seguía enfermo y su preocupación no la dejaba tranquila.

Hoy había decidido volver, con la esperanza de que su madre estuviera allí y pudiera llevarle algún remedio para el pequeño, quien se encontraba cada vez más débil. Caminó por el sendero de piedra, entre las plantas bien cuidadas, sintiendo una vez más el contraste entre su mundo y el de aquellos que habitaban la mansión. Su madre siempre le había hablado de la grandeza de ese lugar, pero Loana nunca había imaginado que estaría allí, cruzando sus puertas como una sombra, un espectro invisible entre los sirvientes y los lujos de la familia Ionescu.

Al llegar al pasillo de servicio, Loana vio a varias sirvientas trabajando apresuradas, pero su mente estaba ocupada en la necesidad de encontrar a su madre. El ruido de los pasos se desvaneció cuando, al girar la esquina, se topó con una figura familiar: Mihai.

Él la observó de inmediato, sus ojos oscilando entre la sorpresa y la curiosidad. Su presencia en ese pasillo no dejaba de ser extraña, y lo que lo sorprendió aún más fue verla allí, de nuevo, sola, con el cabello recogido y su rostro lleno de una expresión de ansiedad que no había notado la última vez.

-Tú otra vez -dijo Mihai, sin tratar de ocultar el desconcierto en su voz, cruzando los brazos mientras la miraba desde el umbral de la cocina. El tono de su voz era algo duro, pero no estaba tan molesto como el día anterior. Había algo en él, un interés sutil que Loana no lograba comprender del todo.

Loana lo observó por un instante, sorprendida por el hecho de que él la recordara. No entendía qué hacía él en esa parte de la mansión, tan lejos de las áreas de su padre, tan apartado de su mundo de riqueza y poder. Pero la pregunta se quedó atorada en su garganta, porque no se atrevió a cuestionarlo directamente.

-Vengo a buscar a mi madre -respondió ella, intentando sonar tranquila, aunque en su interior sentía una mezcla de incomodidad y ansiedad. Sabía que no debía estar allí, que su presencia no encajaba en ese mundo, pero el amor y la preocupación por su hermano la impulsaban a no retroceder.

Mihai la miró en silencio durante unos segundos, observando su ropa simple y su postura encorvada, como si intentara fundirse con las sombras del pasillo. Ella no era de los suyos, eso estaba claro, y eso solo le hacía sentirse más curioso. La mansión, tan llena de personas que se desvivían por agradarle, nunca había estado tan cerca de la gente común como Loana.

-¿Cómo te llamas? -preguntó él, de manera directa, pero sin la arrogancia que había tenido el día anterior. Su tono era más suave, aunque aún mantenía una capa de distancia.

Loana, sorprendida por la pregunta, levantó la vista para mirarlo a los ojos. No esperaba que él tuviera curiosidad por su nombre. En ese momento, un calor extraño recorrió su cuerpo, y el nerviosismo se apoderó de ella al darse cuenta de que él la estaba observando detenidamente.

-Loana -respondió ella, apenas susurrando, con la mirada fija en sus zapatos, como si la humildad de su nombre fuera una marca que no quería que él viera.

El silencio que siguió se extendió entre ellos, cargado de algo que no podían identificar. Mihai se sentía inquieto, como si, por un instante, la burbuja de su mundo estuviera a punto de estallar, pero se reprimió. Los momentos como ese eran raros en su vida, en la que siempre había sido el centro de atención, rodeado de personas que sabían exactamente qué hacer y qué decir.

-Loana... -repitió él, como si saboreara el nombre en sus labios, y luego frunció el ceño ligeramente-. ¿Por qué no te quedas? Mi madre no está aquí, pero seguro que las cocineras pueden ayudarte con lo que necesites.

La oferta parecía generosa, pero Loana sabía que era una invitación vacía, una cortesía que él no pensaba cumplir. Ella se sintió incómoda con su proximidad, notando la diferencia abismal entre ellos: la riqueza que lo rodeaba a él, la pobreza que la marcaba a ella. Decidió ignorar la invitación, no quería ni imaginarse en una posición en la que tuviera que hacerle algún favor a las sirvientas, o peor aún, sentirse aún más inferior a él.

-No, gracias -dijo rápidamente, girándose hacia el pasillo-. Mi madre debe estar trabajando, buscaré en la cocina.

Mihai observó cómo ella se alejaba rápidamente, una sensación extraña formándose en su pecho. Había algo en ella que lo atraía, algo que iba más allá de la incomodidad del primer encuentro.

Loana, por su parte, no pudo evitar sentir la mirada de Mihai sobre su espalda mientras caminaba. Había algo inquietante en él, algo que la hacía dudar, pero también sentía una especie de imán invisible que la conectaba a él. A lo lejos, escuchó a una sirvienta gritar su nombre, y la voz de Mihai se desvaneció mientras ella se adentraba en la cocina en busca de su madre.

Mientras Loana buscaba a su madre entre las cocineras, Mihai se quedó allí, pensativo, mirando cómo ella desaparecía en la distancia. Algo en su interior no podía dejar de pensar en la joven con la que se había cruzado dos veces en menos de 24 horas. El encuentro, aunque breve, había sembrado una semilla que comenzaba a crecer lentamente. Algo le decía que ese no sería el último encuentro entre ellos.

Pero también sabía que las barreras que separaban sus mundos eran enormes, y que, a pesar de su curiosidad, nunca podría cruzarlas.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022