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La esposa del Jeque.

La esposa del Jeque.

Autor: : B.Jeremy
Género: Romance
Leila, una joven de 16 años turca que vive en la extremada pobreza, en la tribu de los Khattab, toma la drástica decisión de acabar con su vida, saltando de un acantilado, luego de que sus padres, arreglaran un matrimonio por conveniencia con un hombre de 50 años, pero al llegar se da cuenta que no es la única. Farid de 20 años y futuro jeque de la familia Khattab, también está allí para acabar con su vida. Es así como Leila sabrá el secreto del joven y Farid la desgracia de ella, de pronto ambos pactan salvarse mutuamente, él de la muerte y deshonra, si su padre se entera de cómo es en realidad y ella de casarse con un anciano, comienzan una vida juntos, llena de amistad, felicidad y proyectos, toda la tribu los ve como la pareja perfecta, que se profesan un gran amor, sin saber que nunca consumaron realmente su matrimonio. Pero no todo es color de rosas, Marwan Khattab, le sede el lugar de jeque a Farid y con ello la responsabilidad de traer un nuevo integrante a la familia, por su parte Zayane comienza a hostigar a su nuera, ya que para la mujer de nada sirve el amor que se demuestran si los nietos no llegan, por tres años logran evadir sus responsabilidades, hasta que viajan a la ciudad para que Leila se realice una inseminación artificial, pero algo sucede con Farid y es entonces cuando aparece Hafid, su hermano gemelo. Leila no solo descubrirá el secreto mejor guardado de la familia Khattab, también se verá atada a una de las tantas tradiciones que allí aún se practican. ¿Podrá Leila superar todo lo que el destino le tiene preparado? ¿Hafid podrá continuar con la falsa que lo obligan a llevar haciéndose pasar por Farid? en un lugar donde las mujeres casi no tienen derechos, ¿podrá nacer un amor verdadero?

Capítulo 1 Sálvate.

Leila Assad caminaba por las calles de tierra y piedra de su pueblo bajo el sol abrazador, ese mismo que la vio nacer hace poco más de 16 años, el destino la hizo turca, la suerte la ubicó en la tribu del Jeque Khattab, y la desgracia la quiso en una de las tantas familias de campesinos pobres que allí viven.

Leila jamás se quejó de su suerte, ella creció sabiendo que en aquel lugar, las mujeres tenían pocos derechos y más cuando se era tan pobre como ella; el jefe de la tribu era quien decidía la mayoría de las cosas allí, en especial que se cumplieran con las leyes y tradiciones que regían su cultura, para suerte de las jóvenes de la tribu Khabattb, su jeque era un hombre piadoso, mucho más que la mayoría de los que poseían ese cargo, una de las grandes cosas que muchas mujeres le agradecían al jeque Khattab Marwan, era que había prohibido los casamientos de niñas menores de 16 años; ese día Leila festejo con su madre, un avance en los derechos de las jóvenes, un alivio para muchas, pero había algo que el jeque Marwan no podía evitar, y era que a partir de los 16 años siempre y cuando se tuviera la autorización de sus padres, las jóvenes podían contraer matrimonio, esto no sería malo para las que estén enamoradas, pero este no era el caso de Leila.

- Leila - dijo su madre el día que nació. - Mujer hermosa como la noche.

Leila se preguntaba ¿que tenia de hermosa la noche? quizás para los enamorados seria maravillosa, pero para ella solo era oscuridad, como toda su vida. Siguió con su camino, mientras pensaba, en todo y en nada a la vez. Sus pasos eran lentos, pero decididos, estaba disfrutando de su ultimo paseo, sintiendo el polvo acariciar sus dedos a través de las sandalias, ya rotas y desgastadas de tanto usarlas, y sí que las usaba, la joven no paraba en todo el día, ser la hija de Said Assad, era lo mismo que estar maldita, el hombre no apreciaba ni a su esposa, Misha, solo su hijo Jamil valía algo para el patriarca de la familia, después de todo era hombre; Leila vio con dolor, como su madre se marchitaba día a día, mientras ella crecía y comenzaba a tomar el lugar que según su padre, a todas las mujeres les correspondía, el hogar, lavar, limpiar, cocinar, atender a los hombres como si de reyes se trataran, claro que Laila no se quejaba, ya había aprendido lo que sucedía con su madre cuando lo hacía. Misha trato de darle amor a su hija, hizo todo lo que estuvo en sus manos, para que quizás su Leila tenga una oportunidad de tener una mejor vida, fue por eso por lo que, a escondidas, le enseñó a leer y escribir, algo que para Said no era importante para las mujeres, mucho menos para su hija.

La joven levanto el rostro y cerró los ojos, dejando que el brillante sol la dejara solo ver el rojo de sus parpados. Alguien la saludo, y ella le sonrió, para luego continuar con su camino, en su rostro no había lágrimas, esas no servían, no importaban, tampoco se la veía desesperada corriendo hacia su destino, no, claro que no, apenas tenía un poco más de 16 años, pero aun así la serenidad que trasmitía con cada paso demostraba que tan segura se sentía de la decisión que había tomado.

Cuando al fin llego a su destino, recreo la vista una vez más, o mejor dicho, por última vez, las rocas rojizas se mostraban a ella, con un color quizás más brillante que el que poseían siempre, bajo un poco su mirada y al final del acantilado pudo ver el rio que se movía a sus pies, se veía tan pequeño, pero Leila sabía que era el efecto de la altura que lo hacía ver así, respiro una vez más, lento y profundo, quizás pidiendo perdón por lo que pensaba hacer, o agradeciendo tener la fortaleza para hacerlo.

- Perdóname.

El corazón de la joven dio un brinco, al escuchar una voz masculina tan cerca de ella, giro su rostro a un lado, pero solo el desierto era visible, lo giro al lado contrario y solo vio un arbusto, o mejor dicho la copa de uno, por un momento la curiosidad de Leila pudo más, rodeo el arbusto que estaba burlándose de la gravedad, permaneciendo casi colgado en el aire de aquel peñasco, por un segundo su mente quedo en la cosa verde aquella, debía admitir que el arbusto era valiente y resistente, parte de sus raíces estaban expuestas a decenas de metros, flotando en el aire, mientras que unas pocas se aferraban a la roca del acantilado, definitivamente era un arbusto valiente que no estaba dispuesto a caer y dejar de existir. Cuando al fin quito su vista de esa distracción, se encontró con el responsable de la ronca voz que había escuchado, por un momento tuvo la necesidad de salir corriendo en dirección contraria, frente a ella estaba el hombre más guapo que sus inocentes ojos pudieron haber visto alguna vez, su cabello negro brillaba bajo el fuerte sol, su barba recortada le brindaba un aire de seriedad y su altura lo hacía ver imponente, dejo de ver las cualidades de aquel hombre al descubrir que era el hijo de Jeque Marwan, Farid Khattab, ¿Qué hacia el futuro jeque a la orilla de un acantilado? Su pregunta fue contestada en ese preciso momento, cuando el joven dio un paso adelante, donde solo el vacío lo recibiría, Leila no lo pensó demasiado, no tenía por qué hacerlo, toda la tranquilidad que tuvo hasta ese momento se esfumo, y sus músculos adoloridos hicieron un último esfuerzo, cuando tomaron la mano del hombre y lo jalo a su lado, ¿de dónde saco la fuerza para hacer aquello? Ni siquiera ella lo sabía, todo lo que podía saber era que el hijo del jeque estaba sobre ella y ambos en el suelo rocoso del risco.

- ¿Qué? - dijo sorprendido el hombre al tiempo que se ponía de pie rápidamente.

- Lo siento, por favor, perdone mi insolencia. - dijo de forma atropellada la joven.

Farid sonrió por un momento, jamás se acostumbraría a ver el miedo en los demás cuando lo tocaban sin su permiso, era algo que le parecía ridículo.

- Discúlpame tu, permite que te ayude, gracias por salvarme, no sé cómo resbale. - dijo mientras extendía su mano y Leila la tomaba con mano temblorosa.

- Disculpé Señor, pero... yo lo vi, usted no resbalo, solo las personas que desean terminar con su vida vienen aquí. - termino diciendo con voz suave, casi susurrando.

- No sé de qué hablas, yo solo vine a observar el paisaje, no sé qué es lo que crees... - el futuro jeque reparo en lo último que la joven dijo, ella tenía razón, solo los que desean morir, iban al acantilado, entonces ¿Qué hacia ella allí?

- ¿Qué hace una niña como tu aquí? - la vergüenza recorrió el rostro de Leila, había hablado de más, tarde se dio cuenta. - Te ordeno que me digas la verdad. - el rostro de Farid no demostraba vergüenza, duda, o incomodidad, él se veía como un Jeque, preocupado por su gente y en ese momento, preocupado por Leila.

- Creo que lo acabo de decir jefe, usted y yo no estamos aquí por error.

El viento movió la gastada tela del vestido de Leila, al tiempo que su cabello también bailaba con la brisa, Farid observo a la joven en silencio, era muy delgada, parecía un alambre, aunque no era alta, su cabello estaba opaco, se notaba que no lo cuidaba, aunque era largo, los callos en sus manos delataban que era alguien muy trabajadora, pero, sobre todo, vio lo joven que era, casi una niña.

- ¿Qué edad tienes? ¿Cuál es tu nombre?

- Leila Assad y tengo 15 años. - respondió al tiempo que llevaba la vista a sus delgadas y maltratadas manos, el escrutinio de Farid la ponía nerviosa.

- Soy Farid Khattab, aunque eso ya lo sabes, ¿verdad?

- Lo sé, usted es el jefe después del jeque Marwan.

- Bien, eso es bueno, no debes decir que me viste aquí. - quiso sonar con firmeza, como un jeque, pero su voz parecía más un pedido que una orden.

- No se preocupe jefe, yo no me iré de aquí. - la sonrisa que la joven le mostro le erizo la piel, se veía tan... miserable.

- No lo estas comprendiendo Leila Assad, no dejare que saltes, tú me salvaste, yo te salvo. - Farid solo veía a una joven carente de emociones, y eso lo asustaba, su padre hacia lo que podía para salvar a tantas como podía, cambiaba las leyes poco a poco, pero la tradición era fuerte, demasiado.

- Usted no puede salvarme. - contradijo sin perder su dolorosa sonrisa.

- ¿Qué es lo que te sucedió Leila? - Farid no comprendía como podía hablar con tanta tranquilidad, era una niña, él tenía 20 años y estuvo dos horas llorando en silencio a la orilla del precipicio antes de tomar coraje para saltar, en cambio la joven frente a él se veía decidida, rendida, derrotada.

- En menos de una semana, Mashal Rahz, ira a pedir mi mano y mis padres se la darán. - Farid vio como apretó sus manos, hasta que sus nudillos quedaron blancos, la impotencia de quienes no podía decidir, lo único que podían hacer las que se mantenían en silencio.

- Mashal Rahz ¿el dueño del mercado? - Leila solo movió su cabeza afirmando y Farid lo comprendió, conocía a Mashal, era un hombre de 50 años, viudo, con un hijo de 30 años y otro de 25 años, incluso ya tenía nietos, su estómago se retorció de solo pensar en ello.

- No es motivo para quitarse la vida. - trato de persuadir a la joven.

- ¿Y usted si tiene motivos? ¿Por qué deberían sus problemas ser mayores que los míos? - respondió con osadía, pues la muerte la esperaba y no tenía tiempo para perder con sutilezas.

- Lo son Leila, mi existencia es un problema, traeré la deshonra a mi hogar, a mi familia y a la tribu, lo único que me queda es saltar por ese acantilado o esperar a que mi padre me mate. - la honestidad bailaba con cada palabra, pero Leila había escuchado miles de veces que tan bueno era el futuro jeque de la tribu, no podía imaginar que él hiciera algo que trajera deshonra a su familia.

- Está mintiendo. - dijo, pero sabía que no era así, los ojos negros como el carbón del hombre así se lo hacían ver. Farid respiro profundo y exhalo lento.

- Bien, si, de todas formas, ni tú, ni yo saldremos de este lugar, creo que es justo decir mi verdad...soy gay Leila. - la joven pestaño con asombro un par de veces, tratando de comprender aquello, no podía estar bromeando con algo así.

- Comprendo. - se limitó a decir, Leila conocía las leyes y tradiciones, y por más que él fuera el hijo de jeque o el mismo jeque, algo así no sería permitido, lo matarían y expulsarían a su familia de la tribu. - Pero no es necesario morir, tampoco revelar la verdad. - trato de persuadirlo una vez más, no quería que el joven muriera a su lado, eso se podía tomar como el suicidio de enamorados, ya se imaginaba a todo el pueblo hablando de ello y maldiciendo su alma por llevarse al futuro jeque a otra vida.

- Me quieren casa con la hija de jeque Ryad, quedare al descubierto, el tiempo se me termino. - no, Leila volvió a pensar, Farid Khattab no podía morir el mismo día y en el mismo lugar que ella o todo sería un malentendido... aunque, pensándolo mejor, eso era algo que ellos podían aprovechar.

- ¡Nos podemos salvar! - dijo con la voz cargada de esperanza y los ojos brillando de alivio.

- ¿Qué?

- Sálvame Farid, Sálvame y sálvate, pide mi mano. - Farid dio un paso hacia atrás y Leila lo volvió a sujetar, ya que casi cae accidentalmente por el precipicio. - Creo que lo mejor es que te alejes de ahí. - la cara de la joven lo hizo sonreír de manera inconsciente.

- Bien Leila Assad, dime ¿Qué estás pensando?

- Puedes pedir mi mano, mi padre no se negará a ti y a cambio el jefe Marwan no podrá casarte con la hija de Ryad, por favor, Farid, sálvame de morir hoy, porque si mi destino es casarme con ese hombre tan anciano, realmente prefiero morir.

Farid la observo en silencio, era una buena idea, lo tenía que reconocer, no solo por poder salvarse, también podía salvarla a ella, se veía tan frágil y él sabía muy bien cuál era el destino que le esperaba si no saltaba de aquel precipicio, pero, aun así, era una adolescente que quizás no era consciente de lo que pedía realmente.

- Leila, ¿sabes lo que es una persona gay? - pregunto con vergüenza, crecer en esas tierras no era fácil, había temas que aun en este tiempo eran tabúes.

- Mataron a una de mis amigas por ello, se lo que es Farid. - Leila recordó cómo la gente gritaba y aplaudía al padre de su amiga, luego de que la asesinara, "Has traído honra a tu casa" "Muy bien, has hecho lo correcto" y por un segundo Leila se preguntó, ¿Qué tan correcto era matar a tu propia sangre?

- Leila si nos casamos, jamás podrás divorciarte de mí, y yo... nunca te tocare... como esposo. - dijo cada palabra mirando sus ojos color caramelo, debía saber si ella lo comprendía.

- Jamás te exigiré nada Farid, nunca te engañare por más que nuestro matrimonio sea solo en un papel, tú me salvaras y por ello te estaré agradecida por siempre.

- Tú me has salvado, Leila Assad, mañana a esta hora te esperare fuera del jardín de té, si no llegas me daré por enterado que te has arrepentido.

- ¿Qué te diré cuando llegue? - dijo segura de lo que haría.

- Me dirás que día me esperan tus padres.

- Así será Farid, hasta mañana.

Leila corría por las calles de tierra y piedra, su corazón latía debocado, y las ganas de gritar se agolpaban en su garganta, era la primera vez en la vida que Leila se sentía feliz, con esperanzas, con vida.

El jeque Marwan Khattab se encontraba en su hogar, en una habitación que funcionaba como oficina, aunque él la usaba más para pensar.

Desde que había asumido como jeque, poco a poco, como una vez le juro a su hermana, él estaba cambiando las leyes, aunque luchar contra las tradiciones era aún más difícil, ya algunas de sus normas le habían generado ganar enemigos, pero debía continuar y confiar que su hijo seguiría con su legado, ese que buscaba salvar a las mujeres, algo que no pudo hacer con su hermana, ¿Cuál fue el pecado de Leila Khattab? Enamorarse de un hombre pobre, un campesino, ¿Cuál fue la solución que encontró la pareja? Ambos escaparon ¿Cuáles fueron las consecuencias? fueron perseguidos y asesinados por la tribu, por su propio padre, 25 años habían pasado de aquel día, y Marwan aún seguía tratando de cumplir lo que le prometió a su hermana sobre su tumba. Pero habían tradiciones de las cuales ni el jeque podía escapar, ni su familia, y su hijo era el que ocupaba la mente del mayor en este momento, como se reusaba a casarse, sin importar a la joven que se le mostrara, los rumores comenzaban a circular, esos que aseguraban que algo estaba mal con Farid, y el hombre se pregunta si llegado el caso de que sean verídicos aquellos dichos, si su corazón soportaría aplicar las leyes y tradiciones en su propia sangre, ¿Cuántos pecados más tendría que cargar en su alma vieja y cansada? No lo sabía.

- Señor. - lo llamo un empleado de suma confianza que tenía Marwan.

- Pasa, ven, cuéntame ¿Qué has averiguado? - el jeque hizo una seña con su mano y el empleado ingreso en la oficina cerrando la puerta tras él.

- Vieron al joven Farid en el acantilado del norte. - el mayor respiro con fuerza, al tiempo que su piel se ponía de gallina, ¿sería que no tendría que matar a su hijo? ¿Farid era tan buen hijo que incluso le quitaría ese peso de encima?

- Él... - el jeque no podía decir aquellas palabras, no sin demostrar lo mucho que le dolía.

- El joven Farid se encontró con una joven, el empleado dice que ambos estaban dispuestos a saltar, pero luego hablaron y ella se fue... muy alegre, al igual que el joven Farid.

Marwan estaba confundido, muchos le habían asegurado que su hijo tenía algo mal, que no era "normal", pero ahora no comprendía que era lo que sucedía, hasta que unos golpes en la puesta le devolvieron la calma.

- Padre, ¿estas ocupado? Necesito hablar contigo. - dijo de forma agitada su hijo y Marwan le hizo un gesto con la mano al empleado para que se retirara.

- Para ti nunca estaré lo suficientemente ocupado hijo. - el corazón de Farid se agito y sintió vergüenza una vez más por traerle preocupación y problemas a su padre.

- No me casare con la hija de Ryad. - dijo con voz firme.

- Farid... no puedo despreciar la oferte del jeque Ryad... - Farid cerro sus ojos y recordó los ojos de Leila, la valentía en ellos, y como pasaron de estar opacos a brillar como si fueran caramelo derretido.

- Estoy enamorado y solo me casare con la mujer que amo. - sus palabras salieron tan seguras que sonaron a verdad todo en ellas, Farid no solo salvaría su vida, también salvaría a Leila.

Marwan observo sorprendido a su hijo, ¿acaso seria la joven con la que estuvo en el acantilado? ¿su hijo estuvo a punto de suicidarse por amor?

- ¿Quién es? - preguntó el mayor con verdadero interés.

- Leila Assad, la hija del campesino Assad.

Marwan guardo silencio, hacia 25 años que no escuchaba ese nombre, Leila, ¿acaso era una señal? Que su hijo se fijara en la hija de un campesino no era bueno, por lo menos no para la tribu, ¿Qué podía ofrecer una joven analfabeta al futuro jeque? Pero también estaba el hecho de que su hijo jamás había mostrado interés por una mujer.

- Leila Assad, ¿de dónde la conoces? ¿cómo sabes que la amas? ¿hace cuánto se ven? - Marwan no sabía que sería peor, que las especulaciones sobre la orientación sexual de su hijo sean ciertas o que su hijo haya deshonrado a una joven.

- No sabía que la amaba, la había visto a lo lejos, no sabía qué era lo que me llamaba la atención de ella, creo que es su alegría, pero era una niña, hace poco la volví a ver, tiene 16 años y sé que aún es una joven, pero cuando hoy me informaste que me casarían con la hija de Ryad, yo lo único que veía era su rostro, tanto que salí decidido a terminar con mi vida. - Farid bajo su cabeza por la vergüenza que sentía, no solo por mentirle a su padre, también por decirle que estuvo a punto de matarse.

- Y si es así... ¿Por qué aun estas aquí? - Marwan no pudo evitar ser duro con sus palabras, pero el dolor y el enfado le provocaba querer golpear a su mal agradecido hijo, la vida era el regalo más preciado que tenían y Marwan creía a verle explicado aquello.

- Por ella, Leila llego, pensaba matarse... por mí, ella me ha amado en silencio durante el último año y como sabe que nadie nos apoyara, no quería continuar. - Farid hizo una nota mental de informarle de esa mentira a Leila, cuando la encontrara en el jardín de té.

Marwan decidió ver aquello como una señal, que la joven tenga el mismo nombre que su hermana, que sea pobre, era repetir aquella trágica historia de hace 25 años atrás pero ahora el poderoso y rico era su hijo y la pobre y marginal era la joven.

- Si es así... debemos prepararnos para pedir su mano. - Farid miro con asombro a su padre, no creyó que aceptará aquello tan rápido.

- ¿Me das tu bendición padre? - pregunto aun incrédulo.

- Lo hago.

Farid respiro con alivio, con esa seguridad que le decía que viviría un día más, gracias a Leila, ella lo había salvado.

Capítulo 2 Sálvame.

Farid se levantó temprano en la mañana, tenía muchas cosas por hacer, la noche anterior había sido un caos en la mansión del jeque, los grito de su madre Zayane, se oyeron por todo el lugar, estaba seguro que cada uno de los empleados ya estaba al tanto de lo que sucedía, el futuro jeque de la tribu Khattab, se casaría con la hija de un campesino, que lo más probable sea que se convertiría en la vergüenza del pueblo, alguien sin estudios que no podría ayudar en nada al jeque, más que para tener descendencia, claro que Farid sabía que eso tampoco iba a ocurrir.

- Buenos días, madre. - saludo con una sonrisa conciliadora, pero solo obtuvo la mirada dura de Zayane.

- ¿Qué tienen de buenos? ¿acaso te alegra matar de un disgusto a tu madre? Porque te juro por Alá, Farid, tú te desposas con esa campesina y prepara mi entierro. - Farid se sintió dolido con aquello, pero también sabía que lo que verdaderamente mataría a su madre, fuera que su padre lo matara frente a sus ojos.

- Madre, créeme cuando te digo que, antes que tus ojos se cierren, seré yo quien parta de este mundo. - Zayane sintió un dolor tan grande en su pecho, que por un momento tuvo miedo, que las palabras dichas por su hijo se hicieran realidad.

- Deja de decir esas cosas, mejor ve, sal a pensar muy bien lo que harás.

Farid obedeció a su madre, pero no salió a pensar, fue rumbo a la mejor joyería que había en sus tierras, las cuales eran muchas, tan extensas que se necesitaría dos días de viaje en automóvil sin descanso para ir a un lado, y cuatro días para ir al contrario, ellos manejaban uno de los pueblos más grandes, Farid sabia la gran responsabilidad que tenía sobre sus hombros, o mejor dicho que tendrían, ya que una vez que se case con Leila, su padre le sedera el mando, él se convertirá en el jeque Khattab Farid.

Respiro saboreando el aroma de su tribu por primera vez en muchos meses se sentía bien, ingreso a la joyería y selecciono los anillos de compromiso, nada extravagantes, pero tampoco sencillos, fue en ese momento que reparo en que Leila le tendría que entregar un presente a él, el día del compromiso, esa era la tradición, él debía llevarle rosas a la novia y las alianzas de oro, las cuales estarían unidas por un lazo rojo que la madre de Leila debía cortar aprobando su compromiso y Leila debía hacerle un regalo que tuviera oro, se acostumbraba que fuera un reloj.

- Disculpe, además de las alianzas, necesito un reloj de oro, lo más económico que tenga.

Sabía que su madre se molestaría porque Leila le daría algo barato, pero Farid contaba con que su padre creyera que Leila realmente había comprado ella ese obsequio, las tradiciones y costumbres se debían cumplir si querían que el matrimonio fuera duradero y feliz, porque de eso estaba seguro Farid, el matrimonio de un jeque era para toda la vida, él ataría a una joven de 16 años a su lado, suspiro con culpabilidad, tomo las cosas y salió, el viaje había sido largo y agotador, ya casi era la hora que había pactado con Leila, dejo todo en su camioneta y solo bajo con la caja del reloj, mientras esperaba a su futura esposa, se planteaba si eso era realmente lo correcto, él tenía 20 años y ella 16 años, una niña aun, pero no podía retractarse, no ahora, él había dado su palabra y si bien le gustaban los hombres, él también era uno y tenía palabra, solo Leila podía retractarse y con un poco de tristeza, se dio cuenta que así era, Leila no llego, aun cuando Farid la espero una hora más de lo debido.

Subió a su camioneta y regreso enojado a su hogar, lo sabía, él lo sabía, ella era muy joven aun, seguro que pensó con cuidado las cosas, ¿Qué mujer se quería quedar con un hombre que jamás la tocaría? No, ninguna mujer desperdiciaría de esa manera su juventud, su vida, su felicidad, seguro que había conseguido que sus padres desistieran de casarla con el anciano, iba sumergido en sus pensamientos al momento que ingresó en la cocina, tanto así, que no reparo en que estaba la hija de una de las empleadas.

- Dile a Misha que por más bueno que sea este ungüento que le envió, si Said golpeo de esa forma a Leila no le aseguró que no le queden marcas. - la empleada hablaba en susurros con su hija, la joven no tendría que estar allí, dentro de la cocina de la familia del jeque.

Leila, el nombre de la joven, sonó en la cabeza de Farid como si lo hubieran gritado y no susurrado como estaba sucediendo.

- ¿Leila? ¿de qué Leila hablas Antara? - pregunto al tiempo que giraba para observar a ambas mujeres.

- Leila Assad, es la amiga de mi hija y nuestra vecina. - explico con nerviosismo la empleada.

- ¿Qué le sucedió? - pregunto lleno de preocupación, pero las mujeres solo se miraron y quedaron en silencio.

- ¿Acaso mi voz es una brisa sin importancia que pasa por este lugar? - dijo Farid con un poco de molestia.

- Es que ella... parece que estaba saliendo con alguien y el señor Said lo supo. - Farid miro a la joven con la confusión grabada en el rostro, ¿acaso Leila no les había dicho a sus padres que el iría a pedir su mano?

- ¿Podrías ser más precisa? - ordeno y la joven bajo la mirada al piso de piedras, si el señor Farid supiera lo que se decía, ¿exigiría que se restaurara la honra de la familia Assad?

- Disculpe a mi hija señor Farid, Leila es su amiga, por eso quiere protegerla, resulta que ayer alguien la vio en el acantilado norte... y... estaba con un joven, las malas lenguas dicen que el hombre estaba sobre ella en el suelo. - Farid abrió los ojos con sorpresa, alguien los había visto, pero habían mal interpretado todo. - Pero le juro señor Farid que Leila es una joven muy buena, ella jamás se entregaría a nadie... - la desesperación en la voz de la empleada Antara era lógica, a la joven podrían matarla solo por las habladurías.

- Por supuesto que Leila es una joven buena y obediente, y ayer no estaba haciendo nada malo, solo fue un accidente, el hombre tropezó y cayó sobre ella, pero claro, la gente dañina no espera a ver todo para que sus ojos entiendan, prefieren salir corriendo y que sus lenguas venenosas esparzan mentiras por todos lados. - Antara veía al hombre frente a ella y trataba de recordar si alguna vez el joven se había molestado tanto por un chisme, no lo recordaba.

- ¿Cómo sabe que el hombre tropezó? - la voz de la hija de Antara le hizo recordar de su presencia.

- Porque ese hombre era yo. - Farid salió de la cocina dejando a ambas mujeres con la boca abierta, pero el corazón tranquilo, por lo menos el nombre de Leila no estaría en boca de todos y nadie podrí reclamar nada.

Farid tenía una leve idea de donde vivía la joven, el día anterior Leila le había dado las indicaciones, fue así como se detuvo fuera de la casa de los Assad, la cual estaba cubierta por las altas paredes de rocas y una gran puerta pintada de azul como la mayoría de las casas, aun con la molestia dentro de él golpeó la puerta, siendo recibido por una mujer que aparentaba más años de los que tenía por la dura vida que llevaba.

- Jefe Farid. - dijo con asombro al tiempo que inclinaba su cabeza.

- Hola señora Misha, ¿podría entrar a su hogar?, necesito ver a su hija. - ante las palabras de Farid, el cuerpo de la mujer convulsiono al tratar de contener el llanto que pugnaba por salir, lo único que pensaba Misha era que los malos chismes habían llegado a los oídos del jefe y ahora venía a reclamar la vida de su joven hija.

Aun así, no podía negarle la entrada al futuro Jeque, con el corazón en la boca abrió el portón que le dio paso al patio delantero, Farid pudo observar que era grande, se notaba que los rumores eran ciertos, se decía que Said Assad había obligado a su esposa a comprar aquel lugar con su dote, algo que no era bien visto, ya que la dote que se le da a la novia el día que parte de su hogar es solo para ella, para que tenga un respaldo si en algún momento de la vida llega a quedar sola, pero la suerte no estuvo con Misha antes y tampoco ahora, ya que tenía una gran casa, pero era ella y su hija las que debían ocuparse de todo, cuando se veía que ese lugar necesitaba muchas más manos para que estuviera en orden.

- Señor Khattab, ¡Qué gran honor tenerlo aquí! - la voz ruidosa de Jamil no se hizo esperar, Farid podía ver que el hombre que tendría su misma edad, parecía que lo estaba esperando incluso con alegría.

- jefe Khattab, esperábamos su visita. - escucho la voz de Said, que se acercaba a él a paso apresurado.

- ¿Es así Said? - pregunto apretando los dientes, algo que el hombre hacia cuando algo le molestaba.

- Por supuesto jefe, se los rumores sobre mi hija... - la mirada fría de Farid lo silencio, mientras Misha no soporto más estar llorando en silencio y hablo.

- Mi señor, no son ciertos, yo conozco a mi hija, la eduque bien, ella no ha hecho nada malo. - comenzó a decir ahora dejando ver la desesperación que sentía, y es que, para esta madre, por más que la tradición reclamaran la vida de su hija, ella no lo permitiría, preferiría ser repudiada por todos o inclusive tomar el lugar de Leila en el castigo.

- No tiene nada que decir Misha, porque se perfectamente que Leila no hizo nada malo, solo fue un accidente, el hombre tropezó y cayó sobre ella. - Farid sonó tranquilo mientras le daba una mirada dulce a esa mujer que reflejaba tan bien el dolor de muchas de las mujeres que vivían allí, las cosas debían cambiar, su padre lo estaba haciendo bien, pero todavía quedaban un largo camino.

- ¿Qué? - Jamil no se veía contento con lo que Farid había asegurado.

- Es así. - repitió con firmeza Farid.

- No, no lo es, yo lo vi. - Farid observo con asco a Jamil, él era el hermano mayor de Leila, se supone que debía cuidarla y protegerla, sin embargo, parecía que quería que la joven muriera a toda costa.

- ¿Qué fue lo que tus ojos vieron Jamil? Y piensa muy bien lo que dirás. - la voz de Farid sonaba acerada, tanto que daba miedo.

- Seguí a mi hermana como mi padre ordeno, ella se casará pronto con Mashal, por lo que debemos cuidar que no quiera hacer nada indebido, fue allí donde la vi en el acantilado norte, con su amante, ellos pensaban suicidarse como enamorados, pero solo basto que Leila se entregara como una... - Farid levanto su mano y la dejo caer con toda su fuerza sobre el rostro de Jamil, quien lo vio con miedo desde el suelo polvoriento.

- Ten cuidado de como hablas de Leila, ella no hizo nada malo, no se entregó a nadie, ninguno de los dos se iba a suicidar, solo estaban hablando y él se resbalo. - dijo ahora con los ojos tan negros que Jamil tembló un poco más.

- ¿Es eso señor Khattab? ¿o es el hecho que usted quiere implantar las ideas de su padre? - dijo Said con los puños apretados al ver a su hijo aun en el piso y sin poder defenderlo, pues estaba frente al próximo jeque.

- Es así, porque yo estaba con Leila. - Said abrió sus ojos con asombro, jamás supo que su hija conociera al futuro jeque de la tribu. - Y otra cosa Jamil, Leila se va a casar, pero no con Mashal, Leila será mi esposa, de eso estábamos hablando, le pedí que les informara que vendría mañana jueves como manda la tradición por su mano. - Misha llevo ambas manos a su corazón, el cual latía con tal fuerza que creía que se saldría de su pecho, su hija se había salvado, sus plegarias fueron escuchadas.

- Le pido me disculpe jefe, no sabía que usted veía a mi hija. - dijo Said, aún más furioso con su hija por no decirle que tenia de pretendiente al futuro jeque, pero también dejando a la vista la clara insinuación.

- Lo repito Said, lava bien tus oídos, y presta mucha intención, yo NO visitaba a tu hija, me enamore de ella solo con verla de lejos, y ella se enamoró de mí, pero solo ayer fue que pudimos hablar, nuestro amor nos guio al mismo lugar, ahora tú y Jamil, le explicaran a la tribu que tan pura y buena es mi futura esposa, porque si estas habladurías ensucian así sea un poco su honra, tú y tu hijo pagaran por ello. - ambos hombres temblaban de miedo, pues en los oscuros ojos de Farid se veía que hablaba en serio.

Jamil se arrepentía de haber obedecido a su padre, y de haber esparcido ese chisme sobre su hermana.

Said era un hombre despreciable, a tal punto que entregaría a su hija al anciano Mashal, solo para sacar ventaja del mercado que este dirigía, además de que sabía que el mercader estaba interesado desde hacía años en su hija, era un maldito degenerado, si no fuero por la ley que el jeque Marwan puso en vigencia, hubiera casado a Leila cuando tenía 10 años, ahora el mercader había bajado la dote con la excusa de que era muy mayor, pero Said creía que si lo hacía ver que otros jóvenes deseaban a su hija, Mashal subiría la dote, ahora estaban perdidos, ambos, padre e hijo.

- ¿Dónde está Leila? - Farid no se olvidaba del porqué de su visita en aquel lugar.

- Ella no está en este momento. - dijo Said, y Farid vio la cara de odio con el que lo miraba Misha.

- Said, si yo dijera que fui mal recibido en tu hogar hoy, que tú y tu hijo me trataron mal, ¿crees que alguien pediría piedad por ti? - Farid tenía fama de ser bueno y generoso como su padre Marwan, eran la primera vez que amenazaba a alguien, pero debía ser así, él era el futuro jeque, no debía mostrar debilidad cuando estaba entre personas como Said y Jamil.

- Está en la habitación, la última a la derecha. - dijo Said y bajo la cabeza. - Yo creí lo que mi hijo dijo.

Farid no quería pensar el significado de esas palabras, pero supo que estaba mintiendo, no fueron solo palabras de Jamil, era Said quien había inventado cosas de más, lo descubrió cuando Jamil lo vio con reproche, pero ya luego se ocuparía de ellos, en ese momento ya no tenía fuerzas para fingir tranquilidad, Farid corrió hasta la habitación señalada, y sus ojos casi se salen cuando vio a una joven delgada, pequeña, de piel color oliva, acostada boca abajo con su espalda desnuda, la cual estaba herida horriblemente con decenas de latigazos.

- Leila. - dijo en un susurro lleno de horror. La joven apenas pudo abrir sus ojos, el dolor no la había dejado dormir en casi toda la noche.

- Farid, perdón por no llegar a nuestra cita. - dijo con una sonrisa, ella sonreía y la tranquilidad bailaba en sus pupilas.

- ¿Cómo puedes mostrar ese rostro en un momento como este? - respondió en un lamento mientras se acercaba a la cama de la joven y trataba de contener su furia.

- Porque sé que tú me salvarás Farid, tú serás el gran jeque Khattab, y mientras esté detrás de ti, nadie volverá a golpearme. - dijo en un suspiro mientras sus ojos se cerraban sin poder evitarlo, el dolor la había llevado a su límite, necesitaba descansar, su cuerpo se lo exigió y ella solo se dejó ir.

- Tu no estarás atrás de mí, tu estarás a mi lado Leila, y tu voz tendrá tanto poder como la mía, te lo juro.

Farid sabía que ella dormía, pero aun así acaricio su cabello y dejo salir su promesa, porque en ese momento comprendió que Leila estaría siempre a su lado, él sería su amigo, Farid prometió convertirse en el hermano que ella merecía tener; Misha estaba en la puerta, su alma podría descansar tranquila ahora, al fin estaba lista para irse de este mundo, su hija estaría bien, cuando Farid dio la vuelta, encontró a la que sería su suegra viéndolo con gratitud y comprendió que en esa casa, la única que amaba a Leila era su madre.

- Mi esposo y mi hijo tuvieron que salir. - dijo con vergüenza, ambos eran unos cobardes que no querían enfrentar en ese momento la furia de Farid.

- Es mejor así, no quiero que sepan esto. - Farid saco de su saco la caja negra y se la extendió, luego un sobre.

- ¿Qué es esto jefe? - preguntó curiosa la mujer.

- Me estoy asegurando que nada me separe de Leila y eso incluye la tradición, es un reloj de oro, si alguien pregunta, dirás que aun tenías un poco de tu dote y lo compraste con eso, y esto es para que compres medicina y un vestido que cubra sus heridas, hablare con Nelya, le diré que irán por todo lo necesario para la novia, vestido, invitaciones incluso para la noche de henna, yo pagare por todo. - el rostro de Misha se puso rojo y sus lágrimas llenaron sus ojos.

- Sé que esto no es lo correcto, no quiero faltarles el respeto, por lo menos a usted, pero entienda, Leila debe casarse conmigo, por favor, madre. - en el momento que el futuro jeque dijo aquella palabra, Misha comprendió que Farid ya daba por seguro la boda, lo que significaba que, si alguna de las dos partes se oponía, los jóvenes recurrirían al suicidio, para tratar de realizar su amor en otra vida.

- Será como tu digas.

- Una cosa más, solo me interesa su bendición, no la de Said, le juro que la cuidare con mi vida, Leila jamás llorará de tristeza a mi lado, le daré la vida que se merece, puede estar segura madre, ella será feliz a mi lado.

- Tienes mi bendición hijo. - dijo aquellas palabras sabiendo que el día que vengan por su hija, ella debía guardar silencio, como tantas mujeres, no se le tenía permitido hablar.

Farid estaba ansioso, las tradiciones y costumbres eran muchas, y él quería sacar a Leila de ese lugar lo antes posible, la noche paso lenta y tortuosa, hasta que al fin partió a la casa de Leila, la tradición exigía que fuera acompañado por la persona más vieja y también la más joven de su familia, por lo que iba con su madre y su padre, solo eran ellos tres, si Marwan hubiera tenido otro hijo antes que él, Farid podría haber escapado de su responsabilidad de jeque, pero solo eran ellos tres.

Llevaba las rosas más bonitas que pudo conseguir y las movía nervioso de un lado al otro, su padre lo veía divertido, creía que eran los nervios de ser rechazado, ¡como si alguien se atrevería a rechazar a un futuro jeque! lo que Marwan no sabía era que el joven temía que Said le dijera que había visitado la casa el día anterior, eso no era bien visto, en una cultura donde la fortuna y felicidad de un matrimonio se rige por las tradiciones nada podía estar fuera de lugar.

Apenas llegaron fueron recibidos por Misha, se la veía feliz, cansada, pero feliz. Luego de las presentaciones de rigor, llego la hora del café, por lo que Misha fue a la cocina, donde aguardaba Leila.

- ¿Cómo te encuentras? - gracias al dinero del jefe, su hija estaba bajo los efectos de calmantes, por lo que su rostro no dejaba ver malestar alguno.

- Feliz. - para Leila, era estar un paso más lejos de su padre y más cerca de la calma.

- ¿Cuál es el café de jefe Farid? - Leila apunto la taza. - Ponle sal.

- ¿Por qué? - pregunto sorprendida, las tradiciones para el matrimonio, aun no se las habían enseñado, tampoco tenía familiares que quisieran su presencia cuando se llevaba a cabo un compromiso, gracias a su padre Said, toda la familia era repudiaba.

- Es la tradición, ponle más, el novio debe de beberlo sin hacer ni un gesto de desagrado, siempre debe tener una gran sonrisa en su rostro y debe beberlo todo, eso demuestra el alcance de su amor por la novia y el deseo que tendrá de sobre ponerse a cualquier adversidad que tengan en su matrimonio. - Leila se preguntaba si Farid sabia de aquello o si lo desconocía como ella.

Con miedo le entrego el café, se preguntaba si Farid lo bebería, quizás puso demasiada sala, ¿y si lo escupía? ¿Si eso era suficiente para terminar el compromiso antes que comenzará? estaba a punto de salir corriendo de los nervios que sentía, pero se tranquilizó al ver el rostro de Farid, cada vez que bebía de su café su sonrisa se hacía más y más grande, y sus ojos brillaban, lo que Líela no se daba cuenta, era que Farid hacía aquello solo por estar viendo su rostro, estaba roja como un tomate y sus ojos color caramelo trasmitían la dulzura que al café le faltaba, una pequeña carcajada salió de los labios de Farid al tiempo que agradecía tan delicioso café, dejando de esta manera satisfecho a los presentes, al fin llego el momento en el que el compromiso fue aceptado, donde solo los padres hablaron, las alianzas unidas por un lazo rojo fueron cortadas con gran felicidad por Misha y Leila entrego el reloj de oro a Farid, nadie pregunto de donde salió el dinero, simplemente aceptaron todo con calma, para Said esta unión significaba que su suerte estaba a punto de cambiar, desconociendo al completo lo que Farid tenía preparado para él y su hijo.

Capítulo 3 Boda.

En el mes siguientes al compromiso se cumplió con las tradiciones faltantes, se informó primero de forma verbal del casamiento de Farid Khattab con Leila Assad, luego se envió las invitaciones junto con una toalla y cubiertos, otra costumbre que regía.

Al fin la noche de Henna llego, esa donde las mujeres despedían a la joven próxima a desposarse, todas sus vecinas y amigas se encontraban en el gran patio del hogar de Leila, donde ella era el centro de atención, vestida completamente de rojo, mostrando así lo feliz que estaba, su vestido no era ostentoso, pero era lo más hermoso que por aquel lugar se hubiera visto, la henna estaba por todos lados, para que tuviera un matrimonio lleno de felicidad, y las canciones que relataban el dejar la casa de sus padre para comenzar su vida de casada, la hicieron llorar como se esperaba, aunque Leila solo extrañaría a su madre, al final de la noche Farid llego, como debía ser, para limpiar las lágrimas de su futura esposa y dar por terminada la celebración, llamando la atención de todo el mundo, montando su caballo pura sangre de color negro, que realzaba su vestimenta tradicional, más de una de las amigas de Leila quedo con la boca abierta, el jefe Farid era un hombre muy hermoso, nadie lo podía negar.

Farid descendió de su caballo y camino con firmeza, sus hombros rectos y cabeza en alto, hasta quedar en frente de Leila, la joven apenas y le llegaba abajo del hombro, por lo que Farid bajo su mirada, llevo sus manos al velo rojo con hilos dorados que cubría el rostro de Leila y lo retiro con calma, se miraron a los ojos por un momento, para todos los presentes, se veían con amor genuino, pero ellos sabían que se veían con gratitud, uno le debía la vida al otro, Farid limpio con delicadeza sus lágrimas, acuno su pequeño rostro en sus manos y dejo un beso en su frente.

- Ve a descansar Leila, porque mañana, a penas salga el sol, vendré a robarte, y tú te iras conmigo. - Lo único que obtuvo como respuesta fue una sonrisa de la joven y un asentamiento de cabeza.

Farid cumplió su palabra, el sol apenas estaba saliendo, cuando fue por la novia, Leila casi no había dormido, luego de que su madre la bañara como era la costumbre, fue vestida con su vestido de novia, uno tan hermoso que Leila no lo podía creer, su color blanco puro le hacía doler los ojos cuando el sol se reflejaba en él, y el lazo rojo, que también por costumbre debía llevar, le hacía lucir una cintura aún más pequeña de la que tenía.

- Hija, Farid vino por ti. - dijo su madre conteniendo las lágrimas.

Leila camino hasta estar en frente del espejo, por lo que le dijo su madre, la tradición dictaba verse en el antes de salir de la casa de sus padres, así demostraría estar preparada para su nuevo camino y daría fortuna a todos los presentes, Leila no comprendía como podía hacer todo eso con solo mirarse al espejo, pero cuando al fin se vio, noto lo diferente que lucía, sus ojos brillaban con la esperanza que nuca tuvo, estaba feliz, tanto que estaba segura que su alegría acompañaría a todos los que allí se encontraban, pero en un momento vio el rostro de su madre reflejado en el espejo, y como está la observaba, por lo que sus ojos color caramelo se llenaron de lágrimas que amenazaban con salir.

- No llores, demuestra que estas lista para tu nuevo camino. - dijo Misha con amor en cada palabra.

Ahora Leila lo comprendía, ya había llorado en la noche de henna, ahora era tiempo de reír, con la voluntad que la caracterizaba, respiro profundo una vez más y cambio su vista a donde estaba su padre y hermano, viéndolos a través del espejo, las lágrimas de sus ojos se secaron de inmediato, y la alegría por salir de la casa de su padre regresó, si, Leila estaba lista para emprender su nuevo camino.

La fiesta duraría cuatro días, donde todo el pueblo comería y bebería en la gran finca del Jeque, demostrando de esta forma la felicidad que sentía por Farid y Leila, aunque los recién casados se retiraron cuando el sol del primer día se ocultó.

Ya era muy entrada la noche cuando la camioneta de Farid detuvo la marcha frente al que sería el hogar de los recién casados, ayudo como todo un caballero a que la delgada mujer descendiera del vehículo.

- Esto... es la mansión del jeque. - Leila jamás soñó con que ella pisaría aquel lugar alguna vez.

- Este es tu hogar de hoy en adelante Leila, mañana te presentare a los empleados, hoy nos han dejado solos. - dijo Farid, mientras la guiaba a su habitación.

Desde ese momento Leila debía permanecer en aquella mansión, era la costumbre que las novias dejaran sus hogares para partir al de sus suegros, donde ellas los respetarían y obedecería como si fueran sus padres y los suegros la deberían querer como una hija.

- ¿Por qué? ¿Por qué estamos solos? - Farid la vio con dulzura, era solo una niña, su madre no la había preparado para ser una mujer, quizás Misha creyó que aún tenía tiempo.

- Se supone que deberíamos consumar nuestro matrimonio, por eso la primera noche solo debemos estar nosotros en la casa. - Farid se rasco lo cabeza, aun no se le ocurría como justificaría la falta de sangre en la sabana la mañana siguiente.

- Ya entendí, mi madre me dijo que el matrimonio se consuma cuando tengamos sexo y así demostrar que soy pura y que tú has cumplido como esposo. - Farid podía ver un leve sonrojo en sus mejillas, a pesar de que la piel de Leila era de un color oliva, un poco más clara que la de él.

- Sí, bueno, aún estoy pensando como haremos eso. - la preocupación era evidente en la voz de Farid, mientras al fin ingresaban en la gran habitación que a partir de esa noche compartirían.

- ¿Esta es nuestra habitación Farid? ¿O vive alguien más contigo? - Farid comenzó a reír por las ocurrencias de la joven.

- ¿Cómo podría vivir alguien más aquí? ¿Tus ojos no ven que solo hay una cama? - explico con una gran paciencia.

- Lo siento Farid, soy un poco tonta.

- No lo eres Leila, todo esto fue tu idea, nos salvamos, gracias a esa gran mente tuya, aunque ahora... - Farid dejo salir un suspiro cansado antes de sentarse en la cama.

- ¿Ahora?

- ¿Qué se supone que haremos? Mañana debo colgar la sabana en la ventana, para que todos vean que tú eres pura y que nuestro matrimonio fue consumado.

- Ya lo tengo pensado. - la sonrisa en el rostro de Leila era rara, la mezcla justa de la astucia y la inocencia.

- Bien señora Leila Khattab, ¿Qué es lo que pensó esa mente astuta suya? - por un segundo Leila se congelo.

- ¿Khattab?

- Eres mi esposa, para todos lo serás Leila, desde este momento perteneces a la familia Khattab, quien desee vivir, deberá respetarte. - ambos se miraron y rompieron a reír, Farid había sonado demasiado a su padre el Jeque Marwan.

Leila fue al baño y se quitó el vestido de novia, para colocarse uno de los tantos pijamas que su madre le había comprado junto con las cosas de la boda, la joven vio varios de ellos y se preguntó qué era lo que su madre pensaba de ella, eligió el más sencillo y menos revelador, pero también tomo uno de seda blanco con encaje, que más que un pijama parecía ropa interior.

- Arrójame a la cama Farid, pero no seas bruto. - Leila quito el edredón y la sabana superior, luego se paró en frente a Farid quien la miraba con duda, pero hizo lo que ella le pidió, cayó casi en el medio de la gran cama.

- ¿Y ahora? - pregunto curioso el hombre.

- Date vuelta y no me mires. - le advirtió con seriedad, provocando que Farid riera, aun así, hizo lo que la joven le ordeno, escucho un pequeño gemido y se alteró.

- ¿Leila, que estás haciendo? - dijo con voz tensa.

- No me veas. - repitió y unos segundos después le volvió a hablar.

- Listo. - Farid dio la vuelta y encontró una mancha de sangre donde ella estaba sentada, también observo que el pijama que llevaba en su mano estaba un poco manchado y el pantaloncillo roto.

- ¿Qué hiciste Leila? - pregunto con la angustia creciendo en su interior.

- Hice un corte pequeño en mi muslo, nada grave, pero tendrás que dormir sobre mi sangre, ¿no te molesta verdad? - la joven sentía su cara arder de vergüenza.

- No pequeña Leila, no me molesta, gracias a ti no me están comiendo los gusanos en este momento. - Farid descubrió que Leila era muy inteligente.

La primer noche fue muy incómoda para ambos, cada uno se mantenía de un lado de la espaciosa cama, hasta que el sueño los venció, el primero en despertar fue Farid, descubriendo que estaba abrazado a Leila, levanto un poco su cabeza y observo a la joven a su lado, se veía tranquila, Leila siempre se veía tranquila, menos el día que le dio el café con sal, Farid recordó su cara completamente roja y sonrió, quizás si a él no le gustaran los hombre, Leila hubiera sido la esposa ideal, pero ahora la tendría a su lado por toda la vida, él la cuidaría, como un hermano mayor, como un amigo, como familia.

- Pequeña Leila, ya es hora de despertar. - el cuerpo de Leila se tensó al verse en los brazos de Farid, y poco a poco se alejó de él. - Tranquila Leila, jamás te haría algo indebido, tu virtud está más que segura a mi lado. - dijo Farid mostrándole una blanca sonrisa.

- No es que desconfíe de ti Farid, es que te estaba importunando, lo siento. - dijo mientras salía poco a poco de la cama, haciendo una pequeña mueca de dolor.

- Nada de eso, recuerda que eres mi esposa, no debes pedir permiso para estar a mi lado, ¿Qué es lo que te sucede? -no pudo evitar preguntar al verla caminar con cuidado, era obvio que algo le molestaba.

- Es el corte. - respondió y como siempre mostro su sonrisa.

- No debiste cortarte el muslo, podrías haberme dicho y yo...

- Farid, es mejor así, por lo que mi madre me dijo, se supone que luego del matrimonio, la esposa queda con un poco de dolor. - y allí estaba nuevamente el color rosáceo en sus mejillas.

- Lo dije antes y lo repito, tú tienes una mente brillante esposa. - aquel nombre provocó que ambos rompieran a reír, tan fuerte que los empleados los escucharon.

La sabana fue colgada y la tribu siguió festejando que al fin Farid Khattab tenía esposa, con el correr de los días Farid y Leila se convirtieron en los mejores amigos, pasaban muchas horas charlando, en el jardín, la terraza y el dormitorio, las risas de los jóvenes llenaba todo el lugar, la semana que pasaron solos con los empleados, les sirvió para conocerse mejor, Leila comenzó a admirar a Farid, y alentar sus ideas de cambiar ciertas leyes como su padre hacía, y Farid se encariño con la joven, la veía como la hermana que nunca tuvo. Se comprometió con ella a enseñarle a sumar y restar en su tiempo libre, además de ser como un profesor para la joven, Farid se encargaría de que tuviera todo aquello que su padre le había negado, comenzando por sus estudios.

- Leila, sé que algo te preocupa, ¿me dirás que es? - pregunto mientras disfrutaba del maravilloso té que su esposa preparo.

- No, no voy a molestarte, te prometí que no sería una carga para ti y lo cumpliré. - Farid acaricio el cabello lacio de la joven, era sincera, Farid sabía que Leila era honesta, un ser sin maldad.

- Soy tu esposo Leila, para todos, y para todo, menos para eso que tú sabes, debes decirme si algo te preocupa o te molesta, yo te ayudare, no eres una carga, eres mi igual, nos salvamos mutuamente, tú y yo, juntos Leila, siempre juntos. - la joven no podía evitar suspirara cada vez que su marido decía esas cosas.

Fue así que Leila le conto que su madre estaba enferma, pero que aún si él quería ayudarla, ya no había nada que hacer, el cáncer había avanzado demasiado, Farid apretó sus puños, no podía creer que Said no pagara el tratamiento, cuando su padre Marwan le había dado el dinero, ya que hacía un año el hombre fue a pedir ayuda por la enfermedad de su mujer, prefirió no decirle aquello a Leila, él le había jurado a Misha que su hija no lloraría nunca más por tristeza y haría todo lo que estuviera a su alcance para cumplirlo.

- Pensaba expulsar a tu padre y hermano de la tribu por lo que te hicieron. - dijo Farid al recordar las heridas en la espalada de la joven, que ya habían cerrado, pero que habían dejado cicatrices, cinco líneas que cruzaban su espalda, dejando en evidencia que esos cinco latigazos fueron más profundos que el resto.

- Gracias, pero si lo haces mi madre también deberá irse.

- No los expulsare, pero traeré a tu madre aquí, así podrás estar con ella y cuidarla. - el rostro de Leila brillaba y no pudo evitar saltar a los brazos de Farid para agradecerle, el joven jeque, simplemente la recibió, así los encontraron los padres del Farid, quienes luego de una semana de ausencia al fin regresaban a su hogar.

- Lo siento. - dijo Leila soltando de inmediato el cuello de Farid y agachando su cabeza.

Vivir en un lugar donde la cultura no ve bien las muestras de cariño en público era difícil, aunque para esta pareja eso era perfecto, ya que los libraba de tener que besarse delante de los demás, aun así, Leila sabía que estaba en falta al estar colgada del cuello de Farid, solo ellos sabían que no hacían nada.

- No debes de disculparte hija, son jóvenes, los comprendemos. - las palabras del jeque Marwan provocaron que los ojos de Leila se cubrieran de humedad, con rapidez camino hasta estar frente al hombre, que vio con asombro la cantidad de emociones contenidas que tenía la joven en sus grandes ojos color caramelo, volvió a bajar su cabeza y extendió sus manos, pidiendo en silencio el permiso de besar las manos de Jeque Marwan, quien gustoso se las entrego.

- Gracias... padre. - tanto Marwan como Farid, sintieron el cariño que había depositado en la palabra "padre" y con gusto el Jeque dejo que su nueva hija besara sus manos.

La vida de Leila había cambiado, parecía que al fin la fortuna le sonreía, o eso creía, en pocos días Farid estaba organizando todo para que su suegra se fuera con ellos, pero a la segunda semana de casados, Leila sufrió el golpe más fuerte que pudo recibir en toda su vida, su madre había muerto, Farid no pudo cumplir con su palabra de que Leila jamás lloraría de tristeza, pero se juró borrar la tristeza de sus ojos.

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