El hermoso castillo de Everlove, una estructura imponente con muros de piedra gris y ventanales que reflejaban la luz del sol de mediodía, era el escenario de lo que se había anunciado como la boda del año. Las dos familias más influyentes de la ciudad, los Hamilton y los White, estaban a punto de unir sus destinos en una ceremonia que prometía deslumbrar a todos. La pompa, el lujo y la elegancia se respiraban en el aire. Sin embargo, al ser ya la una de la tarde, los presentes empezaron a notar que algo no estaba bien.
Los invitados murmuraban entre sí, lanzando miradas nerviosas hacia el altar vacío, donde solo descansaban unos candelabros dorados. La hora prevista para la ceremonia ya había pasado con creces y no había señales de la novia ni del novio. Las cámaras de los medios de comunicación, posicionadas a un costado, comenzaban a captar todo lo que ocurría, listos para transmitir en vivo lo que sin duda sería el evento más esperado del año. Pero, a medida que los minutos pasaban, las redes sociales estallaban en especulaciones.
-¿Dónde está el novio? -preguntó una voz al fondo de la sala, y rápidamente la pregunta se extendió por todo el salón.
-Tal vez algo le pasó -dijo otro invitado, tocando su copa de champagne.
Los murmullos crecieron y los medios comenzaron a difundir teorías sobre lo que podría estar sucediendo. Entre las especulaciones, una de las más comentadas fue la de un periodista que mencionó que la boda estaba en peligro debido al drama que rodeaba a los Hamilton y los White.
-Si Rose no hubiera regresado... -comentó un hombre en voz baja, dirigiendo su mirada hacia un grupo cercano-. Tal vez este matrimonio nunca hubiese ocurrido.
La historia era conocida por todos, pero no por todos la comprendían. Rose Hamilton, la hija mayor de la familia Hamilton, había desaparecido cuando era solo una niña. Durante años, su familia vivió sin saber qué había pasado con ella, hasta que, hace cinco años, la encontraron en un pueblo lejano, viviendo una vida sencilla y sin educación alguna.
El regreso de Rose había alterado todo el equilibrio que existía entre las dos familias. Antes de su llegada, Isabel, la hija del hermano menor de Henry Hamilton, había sido la heredera natural de la familia. Isabel y Asher White, el prometido de Rose, habían crecido juntos, habían sido novios de la infancia, y su relación parecía inevitable. Hasta que Rose apareció.
Las especulaciones eran inevitables y las conversaciones no tardaron en girar en torno a la rivalidad que se había desatado entre las dos primas, cuyas vidas, hasta ese momento, habían estado entrelazadas de formas que nadie podía comprender completamente.
-Se dice que Asher ha huido con Isabel -comentó otro invitado, sus palabras llenas de morbo-. Se rumorea que están rumbo a otra ciudad.
El salón entero pareció quedarse en silencio por un momento, y luego la conversación continuó, llena de risas y comentarios cargados de sarcasmo.
-La familia White solo se casaría con la primera hija de Henry Hamilton. Como Isabel era la única hija de su hermano menor, se asumió que ella sería la esposa de Asher -dijo una mujer, mirando alrededor mientras tomaba un sorbo de su copa. -Fue Walter, el hermano menor de Henry, quien decidió darle a Isabel para que los Hamilton la criaran como su propia hija. Isabel siempre fue la elegida.
Otro invitado intervino con una risa sardónica.
-Claro, Rose, la pobre pueblerina, fue encontrada años después, como si fuese un accidente que nunca debió ocurrir. Y aunque ahora está aquí, no está a la altura de su posición. Su regreso solo complicó todo.
Un estallido de risas recorrió la sala, mientras los murmullos aumentaban en intensidad. No tardaron en llegar los comentarios burlones.
-¿Te imaginas lo que debe estar sintiendo Rose ahora? Nació en una familia prestigiosa, pero parece que no ha encajado, ni con su familia ni con su sociedad -dijo una mujer con tono sarcástico. -Ahora se ha convertido en la burla de todos.
El grupo comenzó a reírse sin reservas, como si la situación fuera solo una broma pesada. A pesar de las sonrisas forzadas y las palabras crueles, todos sabían que algo no estaba bien. La gente miraba hacia las puertas de entrada, esperando que la ceremonia continuara, pero el tiempo seguía pasando sin que nada sucediera.
Y, mientras las risas resonaban en el castillo, Rose Hamilton estaba atrapada en su propio drama personal. La boda que la mayoría de la ciudad esperaba no solo había sido suspendida, sino que también se había convertido en una representación de su propia caída. Sin quererlo, Rose se había convertido en la víctima de una historia que nunca eligió.
Rose se encontraba en la habitación donde esperaría salir hacia el altar. El vestido de novia de encaje blanco abrazaba su figura, su velo caía sobre sus hombros como una caricia etérea, y sus manos, descansando sobre el tocador, temblaban levemente. Sin embargo, el momento en el que debía caminar hacia el altar nunca llegó.
Miró su reflejo en el gran espejo frente a ella. Su cabello negro caía en suaves ondas, enmarcando su rostro de piel blanca, y sus ojos avellana, usualmente serenos, reflejaban una tristeza profunda. No era la tristeza de una novia nerviosa, sino la de alguien que intuía que aquel día solo le traería desgracia.
Afuera, el caos reinaba. Murmullos, preguntas sin respuesta y suposiciones se extendían entre los invitados, pero Rose permanecía ajena a todo.
Entonces, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Clarisa, su mejor amiga, entró con expresión furiosa. Su vestido de dama de honor se ceñía a su cuerpo con elegancia, pero la ira en su mirada era lo que más destacaba.
-Esto es imperdonable -soltó sin preámbulos-. En este día tan importante, Asher decide retrasarse por tanto tiempo. ¿Al menos es consciente de lo que dirá la gente de esto?
Rose no apartó la vista del espejo. Su reflejo se mantenía impasible, casi como si estuviera viendo a una extraña en lugar de a sí misma.
-Asher no va a llegar -susurró.
Clarisa parpadeó sorprendida, su enojo dio paso a la confusión.
-¿Acaso está tratando de huir del compromiso? -preguntó, cruzándose de brazos.
Rose no respondió. En cambio, tomó su lápiz labial y empezó a deslizarlo sobre sus labios con calma. Sus movimientos eran mecánicos, como si el acto de pintarse la boca fuera lo único que podía controlar en ese momento.
A su lado, su teléfono vibró levemente, pero la pantalla ya estaba encendida. Clarisa se inclinó apenas y su mirada cayó sobre el mensaje que la traicionera luz azul iluminaba.
"Rose, Isabel trató de quitarse la vida. Estoy en el hospital. Espero lo entiendas. ¿Podemos posponer la boda? No puedo dejarla sola."
El aire en la habitación se volvió pesado.
Clarisa se quedó en silencio por un momento, como si intentara procesar lo que acababa de leer. Luego, apretó los puños con fuerza.
-No puede ser... -murmuró-. Esto es una broma, ¿verdad? ¿Cómo puede hacerte esto?
Rose dejó el lápiz labial sobre la mesa con una delicadeza que contrastaba con el torbellino que sentía dentro.
-No hay boda, Clarisa -dijo con voz neutra.
Sus palabras no llevaban enojo, ni desesperación, ni súplica. Solo la resignación de alguien que, desde hace mucho, entendió que en aquella familia, ella nunca sería la primera opción.
-¿Dónde están mis padres? -preguntó Rose, con la voz serena pero cargada de una tristeza latente.
Clarisa, que aún mantenía su enojo visible en la forma en que apretaba los labios, bajó la mirada con cierta culpa antes de responder.
-Se han ido.
En ese instante, Rose entendió todo. Claro que se habían ido. Sabía perfectamente a dónde.
-¿Acaso ellos...? -empezó a decir Clarisa, pero no pudo terminar la pregunta.
-Sí -confirmó Rose, con una pequeña sonrisa amarga-. Fueron con ella.
La realidad se desplegaba frente a sus ojos como una cruel revelación. El día de su boda, su prometido no estaba. Sus padres no estaban. Su hermano menor tampoco. Las personas que debían ser su apoyo en un día tan importante, las que debían sostenerla y acompañarla, la habían dejado sola para correr hacia Isabel.
Clarisa se movió inquieta, visiblemente molesta.
-Esto es increíble -dijo con una furia contenida-. No puedo creer que tus padres no se den cuenta y caigan ante las falsedades de una mujer tan viciosa como Isabel. ¿Es que no ven lo que está haciendo? Siempre es la víctima perfecta. Y Asher... -apretó los puños-. Debería haber sabido que no se podía confiar en ese hombre.
El ruido del exterior se hizo cada vez más fuerte. Los murmullos se convertían en conversaciones, las conversaciones en risas, y las risas en burlas. Los medios estarían disfrutando cada segundo del espectáculo que, sin quererlo, se había convertido en su desgracia pública.
Rose levantó el rostro, con su expresión serena pero sus ojos brillando con una mezcla de resignación y determinación.
-Clarisa -dijo con suavidad-, por favor, ayúdame con los invitados.
Su amiga la miró con duda, pero al final asintió, con la mandíbula tensa.
-Está bien, pero no pienso quedarme callada -advirtió antes de girarse y salir de la habitación, cerrando la puerta tras ella.
El silencio se adueñó del lugar de inmediato.
Por primera vez en lo que parecía una eternidad, Rose estaba completamente sola.
De repente, el sonido de su celular rompió la quietud.
Asher.
El nombre parpadeaba en la pantalla como un recordatorio cruel de todo lo que había sucedido. Llamaba, quizás esperando una respuesta comprensiva, quizás esperando que ella dijera "lo entiendo". Pero Rose no hizo el intento de tomar el aparato. No quería escucharlo, no quería oír su voz pidiéndole paciencia. No quería saber nada de él.
En cambio, llevó las manos a su velo y lo retiró lentamente, dejando que la delicada tela resbalara por sus brazos hasta caer al suelo con suavidad.
Luego volvió a mirar su reflejo en el espejo.
La imagen frente a ella era impecable: el vestido blanco aún reluciente, el maquillaje sin un solo error, el cabello en perfectas ondas. Pero debajo de esa fachada sin emociones, su corazón había experimentado su parte de altibajos, plagado de agujeros que nadie parecía notar.
Nadie parecía importarle.
Rose se puso de pie y decidió salir de ese lugar.
...
En el interior del auto se desprendía un aire de absoluta elegancia. Los asientos de cuero negro estaban impecablemente cuidados, y el ambiente se mantenía en un silencio solemne, solo roto por la voz tranquila de Carlos Smith, Secretario General.
-Señor, hemos recibido noticias del Ministerio de Relaciones Exteriores. El Primer Ministro de Forwill estará aquí a las 9:30 de esta noche. Cuando llegue el momento, deberá asistir al salón del Ministerio para reunirse oficialmente con ellos.
El hombre que iba en el asiento trasero apenas reaccionó. Su presencia era imponente, aunque no pronunciara muchas palabras. Su postura era impecable, con la cabeza y el cuello erguidos, exudando un aire de dominio natural.
-Sí -respondió con un tono ligero, sin apartar la mirada del documento que sostenía entre sus dedos.
Sus ojos negros y fríos no reflejaban ninguna emoción. Su presencia sola imponía respeto, y su madurez y nobleza se sentían incluso en su silencio.
Cuando el automóvil pasó frente al castillo, sus ojos se alzaron levemente, observando la multitud reunida en el exterior. Con un ligero movimiento de la mano, le indicó al chofer que se detuviera.
El conductor frenó de inmediato, sorprendido por la repentina orden.
Carlos también se giró, sin poder disimular su desconcierto.
-¿Qué sucede, señor?
El hombre mantuvo la mirada fija en el castillo durante unos segundos antes de hablar.
-¿Qué es este lugar?
Carlos tardó un segundo en procesar la pregunta antes de responder con precisión:
-Es el castillo Everlove, señor. Es conocido por las muchas historias románticas que circulan alrededor de él, por lo que lo llaman el "Castillo del Amor". Actualmente, se está llevando a cabo una boda entre dos de las familias más poderosas de la ciudad, los Hamilton y los White. Se dice que incluso el alcalde va a asistir.
Carlos hizo una pausa y luego preguntó con cierta prudencia:
-¿Le gustaría entrar y echar un vistazo?
El hombre guardó silencio, su mirada oscura aún fija en la edificación. No mostraba emoción alguna, pero su análisis era evidente.
Finalmente, giró el rostro con indiferencia y murmuró:
-No hay necesidad.
Apartó la vista con frialdad y ordenó:
-Vamos.
-Sí, señor -respondió el chofer de inmediato, reanudando la marcha.
El automóvil negro giró en la siguiente calle, alejándose del bullicio de la boda. Sin embargo, al adentrarse en el camino trasero del castillo, la escena cambió por completo.
El lugar estaba desolado, sumido en una inquietante calma, a excepción de una solitaria figura vestida de blanco.
Los ojos del hombre en el asiento trasero se entrecerraron con frialdad mientras observaba la escena con distancia. A unos cien metros, una mujer con un vestido de novia había salido por la puerta trasera del castillo.
Se veía delicada, pero su expresión estaba perdida, como si no supiera hacia dónde ir.
Su mirada se alzó lentamente.
Esos ojos avellana, claros y fríos, estaban rotos, como un cristal agrietado al borde de la fractura.
Aunque llevaba su traje de novia, su largo cabello oscuro caía libremente sobre sus hombros. No llevaba velo. No tenía coronas de flores ni joyas que la adornaran. Solo una silueta frágil envuelta en un blanco impoluto.
El vestido ondeaba ligeramente con la brisa de la tarde, dándole un aspecto etéreo, casi irreal. Era como un espectro perdido en el tiempo, un fantasma sin hogar.
El hombre, con la mirada fija en ella, pronunció de repente:
-Espera.
El chofer detuvo el auto bruscamente.
Carlos, su secretario, levantó la vista y siguió la dirección de la mirada de su jefe.
En cuanto vio a la mujer de blanco, sus ojos se abrieron con sorpresa.
-Esa es... la señorita Hamilton. -Su voz reflejaba su incredulidad-. No debería estar casándose en este momento.
Era evidente que algo no estaba bien. Una novia sola, vagando sin rumbo en la parte trasera del castillo, lejos de la celebración que debía estar ocurriendo dentro.
Carlos abrió la boca para hacer otra pregunta, pero su jefe lo interrumpió con una orden inesperada:
-Golpéala con el auto.
Un escalofrío recorrió la espalda de Carlos.
-¿Señor? -preguntó, pensando que tal vez había oído mal.
Pero la expresión del hombre permaneció inmutable.
-Lo que escuchaste.
Carlos tragó saliva y miró nuevamente a la mujer.
El viento levantó un poco la tela del vestido de Rose, dándole una apariencia aún más frágil y desprotegida.
¿Qué demonios estaba pasando aquí?
El sonido del motor rugió en la calle desierta.
Carlos se quedó atónito.
El conductor también.
Ambos se miraron con incredulidad, como si hubieran escuchado mal la orden.
El conductor observó el rostro del hombre a través del espejo retrovisor, esperando ver algún indicio de que tal vez estaba bromeando. Pero no.
Carlos no pudo evitar mirar hacia atrás.
El hombre en el asiento trasero había detenido los dedos con los que giraba las cuentas de sándalo. Sus ojos eran fríos, afilados como cuchillas. No parecía haber escuchado mal.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en el rostro de Carlos.
El conductor tragó saliva, sus manos temblaron sobre el volante.
Pero cuando su jefe daba una orden, no había lugar para la vacilación.
Apretó el volante, respiró hondo y pisó el acelerador.
Pero al final, no tuvo el valor de moverse demasiado rápido.
Rose escuchó el sonido de un motor acercándose.
Giró la cabeza con lentitud, con la mente aún sumida en la confusión y el dolor emocional que la consumía.
Y entonces lo vio.
Un auto negro se dirigía hacia ella.
Su corazón se detuvo.
Pero ya era demasiado tarde...
El impacto no fue brutal, pero suficiente para hacerla tambalear.
El golpe en su cintura la lanzó al suelo. Su cuerpo se desplomó sobre la grava y sintió el ardor en su pantorrilla al rozar el pavimento.
El dolor la dejó sin aire.
El auto se detuvo.
El conductor estaba a punto de abrir la puerta cuando, de repente, la puerta del asiento trasero se abrió primero.
Y de allí emergió él.
Un hombre alto, de porte imponente, con un aire de autoridad y frialdad que parecía cortar el viento.
Cada paso suyo era mesurado, como si el mundo entero se detuviera para esperar su llegada.
Rose permaneció en el suelo, paralizada por el dolor, pero más aún por la presencia de aquel hombre.
Una sombra la cubrió.
Y entonces, una mano delgada se extendió hacia ella.
En su muñeca, un collar de cuentas de sándalo negro se balanceaba con un ligero movimiento, desprendiendo una sensación de frialdad.
Su voz resonó, baja y profunda, con una tranquilidad que erizaba la piel.
-Señorita, ¿puedo preguntarle si necesita ayuda?
Rose alzó la vista, y sus ojos se encontraron. Una mirada gélida, insondable, como la de un depredador que analizaba a su presa.
El sol brillaba sobre él, envolviéndolo en un halo dorado. Pero su expresión era fría. Inexplicablemente, su corazón palpitó con fuerza.
El hombre entrecerró los ojos al notar su reacción.
Y luego, como si todo esto hubiera sido un juego para él, la comisura de sus labios se curvó en una ligera y enigmática sonrisa.
-Señorita, ¿puedo preguntarle si necesita ayuda? -repitió, con una calma escalofriante.
Rose parpadeó, volviendo de golpe a la realidad.
Miró el auto negro que seguía estacionado detrás del hombre y sintió cómo la rabia, mezclada con dolor, se acumulaba en su pecho.
-Fuiste tú quien me atropelló -dijo con voz temblorosa, apretando los dientes.
Si no me ayudas tú, ¿quién lo hará?
Él era el responsable de todo.
Las comisuras de los labios del hombre se curvaron levemente.
Rose sintió un escalofrío recorrer su espalda.
Su mano, que había permanecido extendida, se acercó un poco más, esperando su respuesta.
Dudó un momento, pero finalmente cedió y colocó su mano sobre la de él.
Originalmente, había pensado que solo la ayudaría a levantarse.
Pero en el instante en que sus dedos se rozaron, el hombre se inclinó hacia ella y, con un solo movimiento, la rodeó por la cintura con su brazo fuerte.
Rose soltó un pequeño jadeo de sorpresa. Antes de que pudiera reaccionar, sintió que su cuerpo era levantado del suelo con facilidad.
Su rostro quedó peligrosamente cerca del pecho de aquel desconocido.
El perfume frío y sofisticado que lo envolvía llenó sus sentidos, haciéndola sentir mareada.
Desde su posición, pudo ver su mandíbula afilada y perfecta, delineada con una frialdad casi inhumana. Rose entró en pánico.
Carlos y el conductor también quedaron impactados.
¿Su jefe... abrazando a una mujer?
Eso era prácticamente impensable.
Rose se debatió en sus brazos, luchando por liberarse.
Pero la gran mano del hombre, que descansaba sobre sus piernas con firmeza, presionó suavemente sobre su herida.
Un dolor punzante la recorrió. Rose ahogó un gemido y dejó de moverse.
Él notó su rendición y, sin cambiar su expresión indiferente, la cargó con facilidad hasta la parte delantera del coche.
Carlos, aún en estado de shock, reaccionó rápidamente y abrió la puerta trasera.
El hombre la introdujo en el asiento con una delicadeza que no coincidía con su fría presencia.
En ese preciso momento...
Un grupo de personas salió por la puerta trasera del castillo.
Voces, murmullos, pasos apresurados.
Rose sintió su cuerpo tensarse.
Si esas personas la veían, si la encontraban con él...
Su corazón latió con fuerza mientras sus ojos se encontraron con los del hombre.
Y en esos ojos gélidos, brilló un destello calculador.
Él ya había previsto todo esto.