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La exesposa del CEO

La exesposa del CEO

Autor: : Strella77
Género: Romance
Cuando Victoria Blake y Ethan Blackwell firmaron su divorcio, ninguno de los dos imaginó que sus caminos se volverían a cruzar. Años después, Ethan ha construido un imperio empresarial, pero enfrenta una competencia feroz que amenaza su éxito. A instancias de un amigo, decide proponer una alianza con el CEO de la empresa rival, sin saber que ese CEO es Victoria, su ex esposa, quien aún guarda resentimiento por su pasado juntos. Victoria, ahora una poderosa empresaria, está decidida a no dejarse vencer por su antiguo amor. Mientras los sentimientos del pasado resurgen y las viejas heridas se abren, ambos deberán aprender a navegar sus emociones y sus negocios. En medio de la tensión y el conflicto, descubrirán que tal vez, todavía hay algo que pueden reconstruir entre ellos.

Capítulo 1 El divorcio

«Ethan

-¿Están seguros de que desean firmar el divorcio? -preguntó el juez frente a nosotros, su mirada severa nos atravesaba como una sentencia inevitable.

Giré la cabeza hacia Victoria. Estaba serena, como si la decisión ya hubiera sido tomada hace mucho tiempo en su mente. Sin vacilar, tomó la pluma con la misma rapidez que lo haría al firmar un contrato millonario, dejando claro que no había vuelta atrás.

-Sí, es lo mejor -afirmó con voz firme, casi impaciente por terminar. Firmó los documentos que marcarían el fin de nuestro matrimonio sin titubear-. Firma, Ethan.

La miré unos segundos, preguntándome si alguna vez volvería a ver en sus ojos el brillo que solían tener cuando me miraba. Pero no había emoción. Solo determinación. Suspiré, aceptando que el tiempo de los "qué pasaría si..." había terminado.

Tomé la pluma con manos temblorosas y, al inclinarme para estampar mi firma, sentí un nudo en el estómago. Con cada trazo, el peso de los años juntos me golpeaba con una intensidad inesperada. Esa firma no solo me separaba de Victoria Blackwell, mi exesposa, sino que cerraba la puerta a todos los recuerdos que compartimos. Ahora volvería a usar su apellido de soltera. La división de bienes se haría en partes iguales, al igual que la de nuestros fracasos. Me pregunto si realmente habíamos sido justos el uno con el otro o simplemente habíamos fracasado en ver lo que cada uno necesitaba.

No éramos una pareja de grandes riquezas ni poseíamos un alto estatus social, pero durante un tiempo habíamos sido inmensamente ricos en amor. Eso, al menos, parecía cierto en algún momento. Recuerdo cuando creía que el amor era suficiente, pero ahora sé que no siempre lo es.

Cuando conocí a Victoria en la universidad, me sentí perdidamente enamorado de ella. Para mí y para el resto del mundo, era la mujer perfecta. Su belleza era deslumbrante, como un atardecer que nunca deja de sorprender. Cada vez que sonreía, iluminaba la habitación; y cuando me miraba, era como si el universo se redujera a ese instante. En esos días, pensaba que teníamos todo bajo control, que el futuro nos pertenecía.

Nos conocimos durante nuestras jornadas de estudio en la biblioteca. Victoria se sumergía en los libros, mientras yo me las ingeniaba para hacerla reír con mis chistes malos. Siempre lograba sacarle una sonrisa, aunque fuera pequeña. Eso me hacía sentir especial. Pero con el tiempo, las risas se volvieron menos frecuentes.

-Con el poder que me confiere el Estado, señor y señora Blackwell, yo los declaro oficialmente divorciados -la voz del juez rompió el silencio, cerrando el capítulo final de nuestra historia juntos.

Victoria y yo nos miramos. Había algo irónico en todo esto. La sensación de alivio en este momento se parecía al júbilo que sentimos el día de nuestra boda. Recuerdo aquel día lluvioso. Era como si el universo nos advirtiera de lo que estaba por venir, pero éramos jóvenes y estúpidos, cegados por el amor. Nos casamos bajo la lluvia, sin importarnos mojar nuestros trajes o arruinar la fiesta. Mientras los invitados corrían a refugiarse, nosotros nos quedamos allí, empapados, pensando que ese momento encapsulaba nuestra felicidad.

Hoy, al escuchar las palabras del juez, "Con el poder que me confiere el Estado...", sentí una especie de alivio similar, pero en una dirección completamente opuesta. Era como si ahora estuviéramos corrigiendo el error que habíamos cometido ese día bajo la lluvia. El final de nuestro matrimonio se sentía, de alguna manera, inevitable desde el principio.

-Al fin me libré de este infierno, Ethan. Espero no volver a verte jamás -dijo Victoria, extendiendo su mano hacia mí, sellando lo que habíamos acordado, el cierre definitivo de nuestro trato.

-Lo mismo digo, Victoria. Espero no volver a verte nunca más -respondí, tomando su mano. Intenté mantener una sonrisa, aunque la amargura se mezclaba con un extraño sentido de alivio.

Ella no perdió tiempo en salir de la sala del juzgado, caminando apresurada hacia el estacionamiento. Observé cómo su silueta desaparecía a lo lejos, preguntándome si alguna vez habíamos tenido una oportunidad real o si simplemente fuimos dos personas que querían cosas diferentes desde el principio.

Cuando llegué a mi auto, vi a Victoria peleando con el suyo. Era una escena demasiado familiar.

-¿Todo bien, exesposa? -pregunté, intentando mantener el sarcasmo como escudo. Ella se giró para mirarme, con los ojos encendidos por la frustración.

-Esta maldita cosa no arranca -espetó, dándole una patada al neumático.

No pude evitar sonreír ante su típica impaciencia. Le había dicho innumerables veces que llevara su coche a revisión, pero nunca tenía tiempo, o simplemente no quería escuchar.

-Si lo sigues pateando, nunca arrancará -dije, acercándome-. Abre el cofre, déjame echar un vistazo.

Ella suspiró y, aunque lo odiara, abrió el capó. Comencé a revisar el motor y vi que el problema estaba en el arrancador, pegado como siempre.

-Intenta encenderlo -le dije, y el coche rugió con vida. Ella me miró con alivio y resignación.

-Gracias... eres el mejor exesposo -dijo con una pequeña sonrisa.

-Sí, ya me voy. Lleva esta cosa al mecánico, Victoria.

-Lo haré. Adiós, Ethan.

La observé mientras se alejaba, y un extraño vacío se asentaba en mi pecho. No era tristeza, exactamente, pero algo en mí sabía que ese sería el último acto de "ayuda" que compartiríamos. Nuestra historia había terminado.

Suspiré y caminé hacia mi propio coche. El sonido del motor llenó el silencio mientras me dirigía a la casa que una vez compartimos. Aún quedaban algunas cosas por recoger antes de que todo se vendiera y los bienes se dividieran. Una fría transacción que marcaría el final de nuestra vida juntos.

Al llegar, Freddy ya me estaba esperando con una botella de champán en la mano, como si esto fuera motivo de celebración.

-¡Ethan, al fin eres un hombre libre! -dijo con una risa exagerada y un ridículo bailecito.

-Sí, ahora muévete. Tengo que recoger mis cosas -respondí, pasando junto a él.

-Aún no puedo creer que hayas aceptado vender la casa. Era tuya, tú la compraste.

-Freddy, nos casamos con bienes compartidos. Era justo que Victoria se quedara con la mitad de la casa -expliqué mientras él torcía el gesto, pero no dejaba de sonreír.

-Eres demasiado bueno con ella, siempre lo fuiste.

-No, si hubiera sido tan bueno, todavía estaríamos casados.

Freddy intentó responder, pero sus palabras quedaron atrapadas en su garganta cuando notó que Victoria había llegado también, caminando hacia la casa.

-Hola, Freddy -dijo ella con desdén, pasando a su lado sin mirarlo.

Nos miramos en silencio por un segundo antes de seguir adelante. Había algo casi cómico en la situación, dos exesposos recogiendo las piezas de lo que alguna vez fue su hogar.

-¿Qué hacemos con este cuadro? -preguntó uno de los empleados, sosteniendo el retrato de nuestra boda.

Victoria y yo nos quedamos mirando el cuadro. Mostraba un momento que parecía tan simple y feliz, antes de que todo se complicara. Era casi doloroso recordar cuánto habíamos creído en ese amor.

-Bótalo -dijimos al unísono.

Y con eso, cerramos otro pequeño capítulo. Ambos nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones, recogiendo lo que quedaba de nuestras vidas juntos.

Salí de la casa por última vez, sin volver a ver a Victoria. Sabía que ese sería el último recuerdo que tendría de ella.

-¡Vamos a celebrar! -dijo Freddy, ya con planes para mi "nueva libertad"-. Al fin te has librado de la bruja. Esto se tiene que celebrar a lo grande.

-Sí, está bien -respondí, sabiendo que mi vida, por fin, estaba tomando un rumbo diferente.

Conduje hacia mi nuevo departamento, listo para empezar de nuevo. Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que tal vez, la libertad no era tan amarga como había imaginado.

Capítulo 2 La celebración

★ Victoria

Mi matrimonio con Ethan estuvo lleno de altibajos: momentos crueles y breves destellos de gloria que, con el tiempo, se desvanecieron por completo.

Al principio, parecíamos tenerlo todo: la pasión, la ambición y un futuro lleno de promesas. Pero, lentamente, nos convertimos en extraños atrapados en una relación donde nuestras aspiraciones eran diametralmente opuestas.

Ethan soñaba con formar una familia, tener hijos, mientras que yo tenía una única ambición: mi carrera. Quería ascender, alcanzar metas, dejar mi huella en el mundo corporativo. Esa diferencia, que al principio parecía manejable, se convirtió en una grieta insalvable.

Ethan siempre me hizo sentir limitada, como si mi deseo de triunfar fuera una amenaza para su concepto de lo que debía ser una esposa. Las peleas comenzaron pequeñas, insignificantes, pero rápidamente se transformaron en batallas de voluntades. Cada discusión era un tira y afloja, cada silencio se sentía como una tregua incómoda en una guerra sin fin. La casa se llenaba de tensión, y pronto nos encontramos viviendo como compañeros de habitación, en lugar de como esposos.

Una noche en particular. Había recibido la oferta de una promoción increíble en el trabajo. El único inconveniente, si es que podía llamarse así, era que tendríamos que mudarnos a otra ciudad. Estaba emocionada. Era el tipo de oportunidad que había estado esperando toda mi vida. Pero Ethan no lo vio de la misma manera. Cuando le conté la noticia, su expresión cambió al instante. Lo que yo interpreté como un paso adelante, él lo vio como una traición.

-No puedo creer que estés considerando esto -me dijo, su voz goteaba desdén-. ¿Acaso nuestra vida juntos no significa nada para ti?

Su mirada me perforaba, llena de resentimiento. Esa noche dormimos en habitaciones separadas, una práctica que ya se estaba volviendo demasiado común. No sabía cómo habíamos llegado a ese punto, pero lo cierto era que nuestra incompatibilidad había quedado en evidencia demasiado tarde. Mi carrera siempre había sido mi prioridad, pero no fue hasta ese momento que entendí cuánto había impactado en nuestra relación.

El golpe final a nuestro matrimonio llegó poco tiempo después. Estaba en la oficina cuando recibí un sobre sin remitente. Al abrirlo, encontré una serie de fotografías de Ethan entrando a un hotel con otra mujer. Mis manos temblaron al sostener las imágenes, cada vistazo era como una puñalada en el corazón. Por mucho que nuestro matrimonio hubiera fallado, nunca pensé que él llegaría tan lejos. El dolor me dejó paralizada, incapaz de reaccionar.

Cuando llegué a casa esa noche, Ethan ya estaba esperándome. No podía articular palabra. Todo lo que pude decir fue: "Divorciémonos".

Para mi sorpresa, él no me cuestionó ni intentó justificar nada. Solo aceptó, sin resistencia, como si hubiese estado esperando que yo tomara la iniciativa. Esa falta de lucha, esa indiferencia, fue la confirmación más dolorosa de lo poco que quedaba de nuestro amor. Una vez que los papeles fueron firmados, supe que no había vuelta atrás.

Pasaron algunos días antes de que me atreviera a contarle a Alisson, mi mejor amiga, lo sucedido. Nos reunimos en una cafetería, y mientras yo jugaba con el anillo que ya no llevaba puesto, ella me observaba con preocupación y esperanza.

-Amiga, deja de pensar tanto -me dijo con una sonrisa que intentaba alegrarme.

-Al fin me divorcié de Ethan. Ahora soy una mujer libre -dije, mirando mi dedo anular.

Aún quedaba la marca del anillo, que era un recordatorio de las cadenas que había llevado durante años. Esa marca era una señal de todo lo que había perdido, pero también de lo que había ganado.

-No te ves muy feliz. Deberías estar saltando de alegría. Mañana nos vamos a otro país, tú y yo, a vivir la vida que nos espera, el éxito y todo lo demás -comentó con entusiasmo.

Había pensado en mudarme e iniciar de cero en otro lugar. Con la mitad de los bienes que me correspondían, planeaba invertir en una pequeña compañía. Mi sueño era verla crecer hasta ser reconocida mundialmente. La idea de ser mi propia jefa, de tomar decisiones audaces sin responder ante nadie, me llenaba de una alegría indescriptible.

-Sí, ya empaqué todo. Empezaré a subir las cosas a mi automóvil para que nada se me quede -dije, mientras cargaba una de mis maletas.

Las cosas que había recogido de mi ex casa esa mañana estaban en mi auto. Cada objeto que guardaba era un paso más lejos de mi vida con Ethan, un paso más hacia mi libertad.

-Deberíamos ir a beber para celebrar que ya no eres la señora Blackwell -sugirió Alisson.

En realidad, no tenía muchas ganas de celebrar. No porque estuviera triste, sino porque me sentía... vacía. El fin del matrimonio no me dolía, pero el proceso de reconstruirme me parecía abrumador. No obstante, accedí a la propuesta de Alisson. Ella siempre había sido una amiga incondicional, y su entusiasmo era contagioso.

Esa noche la pasaría en su casa, ya que al día siguiente nos iríamos a nuestra nueva vida.

Comenzamos la celebración bailando y bebiendo en casa. A medida que el alcohol corría por nuestras venas, las inhibiciones desaparecieron, y por primera vez en años, me sentí realmente libre. Libre de las expectativas de los demás, libre de las ataduras emocionales que me habían retenido en un matrimonio infeliz.

-Salgamos de casa, despidámonos de esta ciudad como es debido -dijo Alisson, mientras yo suspiraba y le daba un trago a mi bebida.

-Estás loca -dije, pero no me resistí mucho. Me dejé llevar por la adrenalina del momento.

Terminamos conduciendo por la ciudad, eufóricas, riendo y cantando al ritmo de la música. Pronto, llegamos a una discoteca donde la música vibraba a nuestro alrededor, y por una noche, todo parecía posible. Bailamos sin parar, ignorando las miradas y los intentos de algunos hombres por acercarse demasiado. No estaba lista para nada serio, ni siquiera para algo pasajero. Solo quería disfrutar de mi libertad recién adquirida.

No recuerdo cuándo volvimos a casa, ni cómo llegamos a la cama. Pero a la mañana siguiente, lo primero que sentí fueron unos brazos fuertes rodeando mi cintura. Era una sensación cálida, algo que no había sentido en mucho tiempo. Mi mente aún estaba nublada por el alcohol, pero lentamente, los recuerdos de la noche anterior comenzaron a difuminarse.

"¿Pasé la noche con un hombre?", me pregunté.

Bueno, ¿qué más daba? Era una mujer divorciada, y estaba a punto de dejarlo todo atrás. Me merecía un poco de diversión antes de empezar de nuevo. Pero cuando me giré, mis ojos se encontraron con unos que conocía demasiado bien: los impresionantes ojos grises de Ethan.

-¡Aaaaaaaa! -gritamos los dos al mismo tiempo.

Salté de la cama, completamente confundida. ¿Qué diablos hacía en la cama con mi exesposo? Mi corazón latía desbocado mientras intentaba recordar cómo había llegado allí.

-¿Qué haces aquí? -pregunté, tratando de mantener la calma, aunque mi mirada se dirigió involuntariamente a sus músculos. Estaba... impresionante.

-¿Qué hago aquí? ¡Tú estás en mi cama! -respondió Ethan, con su tono incrédulo.

-¿Tu cama? Esto no es posible... -miré a mi alrededor, y para mi horror, reconocí que no estaba en la casa de Alisson, sino en un apartamento de pésimo gusto decorativo.

Las paredes eran de un color insípido, y los muebles parecían sacados de diferentes catálogos, sin ninguna coherencia.

-Tus muebles no combinan -dije, sin poder evitarlo.

Ethan comenzó a reír, y por un segundo, volví a ver al hombre del que me había enamorado. Ese hombre que me hacía reír con solo una mirada, antes de que todo se desmoronara entre nosotros.

-Eres insoportable -dijo, con una sonrisa-. Ahora recuerdo por qué me divorcié de ti.

Me quedé en silencio, pero luego recordé la pregunta más importante de todas.

-Ethan, volvamos a lo importante. ¿Por qué estoy desnuda en tu cama?

-Porque tuvimos sexo. Aunque no recuerdo cómo sucedió. Pero eso no importa.

Sentí que el calor subía por mi cuello hasta mi rostro. ¿Cómo había pasado esto? ¿Cómo habíamos terminado, después de todo, en la misma cama?

-Sí, tienes razón, eso no importa. Tú y yo estamos divorciados, veamos esto como un adiós definitivo.

-Sí, veámoslo como un adiós -dijo, recostándose en la cama mientras yo me envolvía en la sábana.

Me giré una vez más para mirarlo, y en ese momento, noté las marcas en mi cuerpo, una clara muestra de la pasión que habíamos compartido la noche anterior. Las marcas rojas en mi piel me recordaban que, a pesar de todo lo que habíamos vivido, aún había una atracción entre nosotros. Me estremecí al pensarlo, pero sacudí la cabeza rápidamente, intentando borrar cualquier rastro de nostalgia o deseo.

-Bueno, esto no significa nada -dije, más para convencerme a mí misma que a él.

Ethan asintió, aunque sus ojos me seguían de una manera que hacía difícil creer que él también lo pensara.

-Nada en absoluto -respondió, su tono era despreocupado, pero había algo en su mirada que me hacía sentir que no todo estaba dicho entre nosotros.

Recogí mis cosas lo más rápido posible, evitando mirarlo de nuevo. No podía permitirme dudar, no después de todo lo que había costado llegar hasta aquí. Esta sería la última vez que nuestros caminos se cruzaran de esta manera. Ethan y yo habíamos terminado... o al menos, eso era lo que debía ser.

Capítulo 3 Un nuevo comienzo

-Voltéate.

-¿Por qué? -preguntó, mientras intentaba cubrirme los pechos con una mano y con la otra más abajo, buscando cualquier refugio para mi desnudez.

-¿Cómo que por qué? Estoy desnuda, ¡voltéate, no me veas así! -le exigí, alzando la voz, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

Mis nervios estaban a flor de piel. Él solo sonrió, pero se puso de pie lentamente, sin apartar su mirada de la mía.

-No te acerques -le advertí, dando un paso atrás en un intento desesperado por mantener la distancia.

Tropecé torpemente con uno de mis zapatos y, antes de que pudiera caer, él me atrapó con sus fuertes brazos. El contacto fue como un choque de electricidad recorriendo mi piel. Mi corazón latía desbocado.

-¿Por qué no? -murmuró, acercando su rostro al mío, sus labios rozaban mi oído, su aliento era cálido contra mi piel.

-Estamos desnudos... Y siento tu... "arma" en mi vientre -balbuceé, sin saber cómo nombrar lo que claramente estaba presionando contra mí.

Una risa suave escapó de sus labios, pero no fue burlona. Era como si disfrutara del efecto que tenía sobre mí. Ethan siempre había sido así, controlando cada situación, incluso esta.

-Dijiste que sería una despedida a nuestro matrimonio, pero no es justo. No recuerdo cómo llegamos a mi departamento... Así que, deberíamos...

Antes de que pudiera apartarlo, me atrajo más hacia su cuerpo y selló mis labios con los suyos. No quería corresponderle, o eso me dije a mí misma. Mi mente gritaba que lo empujara, que esto estaba mal, que estábamos divorciados. Pero mi cuerpo... mi cuerpo traicionaba todas esas palabras.

Su beso era desesperado, hambriento, como si quisiera robarse cada parte de mí antes de que me fuera para siempre. Y, sin poder evitarlo, le correspondí con la misma intensidad. Nos movimos hacia la cama, donde él me tumbó con cuidado, y estuvimos juntos una última vez, nuestras manos explorando, memorias de lo que una vez compartimos surgen entre sus caricias y besos. El cuarto se llenó de susurros y jadeos, y nuestras respiraciones se volvieron descontroladas.

Cuando todo terminó, me levanté rápidamente. El peso de la realidad cayó sobre mí de golpe. Esto había sido un error. Todo había sido un error.

-Esto estuvo muy mal, Ethan. Tú y yo... estamos divorciados.

Él permanecía en la cama, vistiéndose lentamente, sin dejar de mirarme, como si intentara captar cada movimiento mío, como si no quisiera olvidarme.

-Esta tarde me depositan el pago de la casa -dijo, mientras abrochaba su camisa-. ¿A qué número de cuenta te transfiero tu parte?

-Te lo enviaré por mensaje -respondí, incapaz de mirarlo directamente.

-Ok, déjame ayudarte con eso. -Me di la vuelta y sentí cómo subía la cremallera de mi vestido, sus dedos robaban mi espalda, enviando un escalofrío por mi cuerpo.

-Alisson se va a morir cuando le diga que estuve contigo -dije, tratando de romper el silencio.

Él sonrió.

-Freddy dirá que me has hechizado, bruja.

-Ja, ja, Freddy está loco.

-Es un buen amigo.

Asentí. Lo era, pero en ese momento, no podía pensar con claridad. Tenía que irme, alejarme de Ethan antes de que todo se volviera más complicado.

-Bueno, yo me tengo que ir, mi vuelo sale en unas horas.

-¿Vuelo? -La expresión de Ethan cambió. Sus ojos se entrecerraron-. Vicky, ¿vas a irte?

-Sí, me mudaré a otro país. De hecho, ya tengo las maletas en el auto. Alisson me alcanzará allá cuando termine sus pendientes. Pensábamos viajar juntas...

Detuve mis palabras al darme cuenta de que no le debía explicaciones. Ya no.

Aun así, una parte de mí quería que él me pidiera que me quedara. Que me rogara no irme, que me dijera que aún había algo entre nosotros. Pero no lo hizo.

-Que tengas un buen viaje -dijo, mientras acomodaba un mechón de mi cabello detrás de mi oreja.

Tragué en seco, con el corazón oprimido en el pecho.

-No hubiera funcionado, Vick. Tú y yo somos muy distintos.

-Sí, no hubiera... -susurré, con mis palabras llenas de resignación. Me dirigí hacia la puerta, sintiendo cada paso como si me estuviera alejando de una parte de mí misma-. Ten una buena vida, Ethan.

-Igual. -Se puso su camisa mientras se alejaba, evitando mi mirada.

Me giré y empecé a caminar hacia la salida de su departamento. Pero antes de que pudiera alcanzar la puerta, sentí su mano rodeando la mía. Me giró de golpe, pegándome contra la pared y, sin pensarlo, me besó con una pasión desenfrenada.

Respondí con la misma intensidad. Mis manos se movían por su cuerpo como si cada caricia fuera la última, como si intentara capturar ese momento para siempre. Me levantó y me sentó sobre la mesita del recibidor. Abrió mis piernas, posicionándose entre ellas mientras me sostenía por la cintura.

Su respiración era irregular, la mía también. Cuando tiró de mi ropa interior y entró en mí, solté un gemido que ahogué en su boca. Todo lo que podía pensar, lo único que gritaba mi mente, era: "Pídeme que me quede, Ethan". Pero no lo hizo.

Cuando terminamos, me acomodé la ropa y salí del departamento sin mirar atrás.

Llegué a mi coche estacionado frente a su edificio y me quedé mirándolo. "¿Cómo es que llegué aquí?", me pregunté. Todo lo que había pasado la noche anterior estaba borroso. Subí al auto y apoyé mi cabeza contra el volante. Y entonces, las lágrimas cayeron.

-¿Por qué no me pediste que me quedara, Ethan? Eres un idiota... -murmuré, golpeando el volante repetidamente.

Entonces, vi a Ethan acercarse a mi ventanilla.

-¿Todo bien? -preguntó con un tono suave-. ¿No puedes hacer que arranque?

-No, no puedo -respondí, secándome las lágrimas apresuradamente.

-Si quieres, te llevo al aeropuerto -ofreció, mirándome con compasión y algo más.

-Claro... llévame.

Me ayudó a subir las maletas a su auto, y condujimos en silencio. Ninguno de los dos parecía tener palabras para romper el muro que se había erigido entre nosotros.

Cuando llegamos al aeropuerto, lo miré por última vez.

-Gracias por traerme, Ethan.

-Vick... -Comenzó, pero se detuvo, como si no supiera qué decir-. Que tengas un buen viaje.

-Adiós, Ethan.

Nos despedimos en el estacionamiento. Lo vi alejarse mientras me dirigía a las puertas de la terminal. Me senté en las sillas de espera hasta que escuché el anuncio de mi vuelo. Tomé aire y murmuré para mí misma:

-Adiós, Ethan.

Pero entonces, lo escuché gritar mi nombre. Me giré y lo vi corriendo hacia mí. Cuando me alcanzó, me abrazó con fuerza, como si no quisiera dejarme ir.

-Lo lamento, Vick. Lamento que nuestro matrimonio no haya funcionado. Quizá nunca debimos habernos casado...

-Quizá... -le dije, apartándome de su abrazo-. Pero ya es demasiado tarde. Adiós, Ethan. Que tengas una buena vida.

Él me miró con intensidad, como si quisiera decirme algo más. Me dio un último beso en los labios, suave y triste. Y entonces, me fui.

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Diez años han pasado desde aquel día. No sé mucho de Ethan, solo lo que aparece en las revistas: es un gran empresario, sale con modelos... Su vida parece perfecta. La mía también ha cambiado.

Con la venta de la casa y algunas inversiones acertadas, fundé mi propia empresa, Interpraiss Blake, una marca textil reconocida mundialmente. No fue fácil al principio, pero cada desafío me hizo más fuerte.

Hoy, me siento en la cúspide del éxito. Pero a veces, en noches como esta, cuando todo está en silencio, no puedo evitar pensar en Ethan. Y me pregunto qué hubiera pasado si tan solo me hubiera pedido que me quedara.

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