Prólogo.
Ambar:
-Señorita, haga lo que le piden por favor -decía el hombre frente a mi.
-Pero... No pueden hacerme ésto, yo no soy una mercancía a la cual pueden comprar -dije al borde del llanto.
Todavía no podía creerlo, mi padre había logrado venderme a los Reyes ¿Porque lo hizo? Se supone que soy su hija y no debía dejarme a la deriva.
-Haz lo que te dicen Ambar -Mi padre me sostuvo con fuerza del brazo- pagué demasiado por ti.
-Padre.. Yo no quiero irme.. Yo no conozco a los Reyes, no quiero ser su mujer.
-¡Pues lo harás! ¡Pagué mucho por ti bastarda!
-Le aconsejo que no trate a la señorita de esa forma -aquel hombre intervino- llega lastimada a palacio, perderá ambas manos por tocarla.
Si usted supiera señor, solo si supiera.
Mi padre me soltó, no había forma de huir, me cazarian como animal, no quiero morir. No así.
-Venga conmigo señorita.. Es momento de irnos.
No asentí, tampoco negué, me quedé quieta en mi lugar, joder ¿qué hice para merecer ésto? Salí de la casa con lo único que tenia puesto, un vestido largo que estaba desgastado y sucio. Afuera estaba esperando una carroza preciosa con caballos blancos, no tuve más remedio que subir a ella, no sabía realmente como sentirme, no quería estar con ellos.
La carroza empezó a andar rumbo a palacio dónde ellos me esperarían, maldito sea el día en que salí corriendo de casa ese día, si me hubiese quedado a soportar un poco más, no estaría pasando por nada de ésto. No había pasado mucho tiempo cuando pude ver a lo lejos el palacio, desde casa se veía hermoso, pero ahora que estaba cerca, era más enorme de lo que imaginaba. Las rejas se abrieron dándonos el acceso al mismo, ya estando en las puertas me ayudaron a bajar de la carroza, pude ver a una mujer algo mayor detrás de ella habían tres chicas más, una rubia, otra de cabellos oscuros y otra de piel oscura, las tres vestían prendas costosas y Lucian peinados hermosos, parecían doncellas incluso podría decir que princesas.
-¿Es ella? -ella le preguntó al hombre y el asintió.
Ell-a vino a mi, tomo mi rostro en su regordeta mano y empezó a mirarme detalladamente ¿Porque lo hacía?
-Tienes facciones delicadas -tomo mis manos- tus manos están estropeadas, tu cabello le hace falta un buen lavado.
-Lo siento pero no todas podemos darnos ese privilegio -dije molesta, me solté de sus manos sudorosas.
-Eres una altanera, espero que no des problemas -miró a las chicas- ellas son tus compañeras, las concubinas de los Reyes.
¿Qué? No puede ser ¿las tres? Entonces los rumores son ciertos, ellos tienen más de dos mujeres aquí.. Dios mio padre ¿qué hiciste?
|CAPÍTULO 1|
Polonia, año 1690.
Ambar:
Despertar era un verdaderos reto para mi ya que a penas escuchaba el cantar del gallo debía despertarme, mi espalda dolía todavía debido al trabajo de ayer en la taberna de Gorgol, como era de costumbre tenía que trabajar para poder comer, por suerte lo hacía una sola vez a la semana, cosa que me facilitaba un poco para hacer los quehaceres de la casa.
Me puse de pie a mirar por la ventana el lindo amanecer qué el día me entregaba, era una vista maravillosa, así como todos los días, empezaba una mañana tediosa. Tomé el balde con agua para lavarme el rostro y parte de mi cuerpo, me quite la bata de dormir para ponerme el vestido que usaba para hacer los quehaceres, ya estaba desgastado pero era el único que podía usar ya que el único bonito que tengo, esta guardado en mi cajón, era de mamá así que lo cuido como a mi vida.
Me hice una trenza y puse el pañuelo sobre mi cabello, salí de mi cuarto mirando hacia la habitación de mi padre quien dormía pasando la borrachera, como siempre. Empecé a despejar todo a mi paso ya que siempre llega y tira todo lo que encuentre, típico de el, abrí las ventanas de la cocina y la puerta que llevaba hacia el patio trasero, tome un poco de maíz para lanzarlo a las gallinas, el pasto para las ovejas y agua para mi mariposa, ya esta a punto de dar a luz su bebé.
-Hola mariposa -acaricie su enorme panza- ya falta poco, ánimo.
Mariposa fue entregada a mi padre cuando era pequeña y desde entonces ella es la que nos da la leche, siempre trato de cuidarla lo más que puedo para que siga dando mucha leche.
Cómo todos los días, la ordeñe hasta sacar suficiente para todo el día, ya listo ingrese de nuevo a la casa a encender la estufa con la leña, de todos los trabajos de que hacía, este era el que más odiaba ya que mi padre es tan inútil qué siempre trae leña mojada y es más difícil de encender. Al fin encendida, empecé a preparar el pan para el desayuno ya que a mi padre le gusta recién hecho, si era delicioso pero era mucho trabajo, por suerte se me ocurrió la idea de moler el trigo para solo tenerlo listo, fue una gran idea ya que me ahorro mucho más tiempo cocinando. Lo mismo hice con el arroz, los granos y demás alimentos, desde que hice eso me he ahorrado mucho más tiempo.
-Buenos días padre -le dije al verlo salir de su habitación quejándose.
-Dame de comer mujer.
Asentí, le deje la leche tibia sobre la mesa junto con el pan caliente, luego empezó a comer, como siempre tenía que esperar que el comiera para yo poder hacerlo, ya que odia qué esté con el.
Jamás me ha afectado qué el no me quiera, de hecho no me importa, pero lo que si me duele son sus comentarios hacia mi, la forma en que me trata y en la que me golpea, al igual en la forma tan inapropiada en la que a veces estando ebrio, me toca y tengo que soportarlo ya que me hundo en el miedo de no poder defenderme.
Verlo comer de esa forma me hizo tener náuseas, así que lo deje que comiera y yo ir a lavar la ropa al río.
-Hoy iras a la taberna a trabajar.
-Padre ¿Porque? Ya lo hice hace dos días, no me toca trabajar ahi.. -azotó la mesa asustandome.
-¡No respondas! ¿Cuántas veces tengo que decirte que si yo hablo, no debes responder?
-Lo siento..
Se puso de pie para venir hasta mi y tomarme de los brazos con fuerza, su aliento a cerveza me causaba repulsión.
-Tienes que trabajar para pagar lo que bebí anoche ¿entiendes? Soy tu padre y tu deber es obedecer Ambar ¿lo entiendes?
-Lo entiendo padre..
-Bien, me gusta cuando eres obediente -sus manos bajaron por mis brazos causándome repulsión.
-Padre no lo hagas.. -estaba asustada.
-Eres idéntica a la zorra de tu madre -apretó mis brazos- es una lástima que no pueda tocarte más allá, virgen me valdrías mucho más.
Dejo un beso en mis labios, luego se volvió a sentar a comer como si nada, casi siempre hacia esas cosas, eso estaba mal y me causaba tanto asco que el siendo mi padre hiciera eso cada vez que tuviera oportunidad.
Con mis lágrimas a punto de salir, empecé a recoger la ropa para ir hasta el río a lavarla, era un camino un poco largo así que debía ir rápido y regresar para hacer el almuerzo. Puse la cesta sobre mi cabeza y así pude ir caminando hacia el río, ya llegando me dispuse a lavar la ropa de mi padre y el único vestido que tenia.
Mientras lavaba las ropas miraba el castillo qué estaba en la colina, desde niña escuchaba rumores sobre ese lugar y sobre los Reyes, se dice que fueron hechizados para permanecer jóvenes para siempre y así poder ver morir a sus seres queridos, ambos Reyes fueron condenados a la juventud eterna por parte de una hechicera, hasta ahí es la historia, supongo que las personas se inventan cosas para llamar la atención de los demás, son solo historias.
También hay rumores de que tienen más de una concubina, ya que están buscando la indicada qué pueda romper el hechizo qué según tienen, de solo pensarlo me causaba escalofríos.
-Las personas y sus historias.. -murmure.
Después de lavar toda la ropa que no era mucha por cierto, volví a la casa después de un largo camino bajo el sol, me gustaba hacerlo ya que era temporada fresca y era agradable salir a pasear aunque no lo haga con frecuencia. Al regresar puse la ropa a secar en las cuerdas, ingrese a la casa a empezar a preparar el almuerzo.
No recuerdo mucho sobre mi infancia, ya que bloquee todos esos recuerdos y me enfoqué en aprender a valerme por mi misma, no tengo algún recuerdo de mi madre ya que según mi padre ella se fue con otro hombre con mucho más dinero dejándome aquí con el, así que me tocó vivir con el todos estos años. Mientras crecía tenía dudas sobre mi vida, del como crecía ya que no tenía a nadie a quien preguntarle del porque cada cierto tiempo salía sangre de mi intimidad, de los bultos en mi pecho y de lo ancho de mis caderas, me había asustado de esas cosas hasta que escuché a una señora en la calle diciendo que su hija ya había crecido, se había convertido en una señorita, entonces yo también lo era ya que tenia los mismos síntomas de su hija, así que caí en cuenta de que había crecido al igual que ella, con la gran diferencia de que ella era bonita y yo quizá no tanto.
Crecí con la idea de que no era tan bonita debido a que me parezco a mi madre según mi padre, qué odiaba mi rostro así que supuse que lo era al parecerme a ella. Así que evitaba a toda costa mirar mi reflejo en el río, quería creer que no merecía ser bonita así como lo son las chicas de mi edad.
-Faltan tomates -solté un suspiro- tengo que ir al pueblo por un par.
Tomé la pequeña cesta con unas monedas y salí a toda prisa de la casa, por suerte el pueblo no estaba tan lejos de casa así que sería rápido, quería aprender a cultivar verduras pero no sabía cómo, siempre se me morían las plantas así que me rendí en aprender.
-Ambar linda -la señora Meyer me sonrió- ¿qué se te ofrece?
-Solo vine por un par de tomates.
Ella asintió y metió los tomates en la cesta, le di la moneda y ella me dio de regalo un pan dulce, siempre que venía me daba uno ya que no se me permite comer dulce ya que a mi padre le molesta, siempre me como el pan a escondidas o solamente lo hago en el camino.
Se escuchaba el bullicio de las personas, mire hacia aquella dirección, venían los guardias de los Reyes en sus caballos.
-Los Reyes han peleado ésta vez por defender las fronteras -escuche a una mujer-, pero no los veo por ningún lado.
-¿Será que esta vez si han muerto?.
-Lo dudo, ya saben lo que se dice, que son inmortales.
-Son habladurías nada más.
Decidí no seguir escuchando nada más, debía regresar a cocinar antes de que mi padre llegara, llegando a la casa, escondí el pan dulce y seguí cocinando, tenía que estar la comida lista antes de que el llegara.
¿Serán ciertos los rumores? ¿Serán inmortales? No, no creo que sea así.
✨🌹✨
La noche había llegado, aquí estaba, trabajando en la taberna de Gorgol para pagar lo que mi padre se bebió, a pesar de que este lugar esté lleno de hombres borrachos y mal olientes, ninguno me ha faltado al respeto ya que todos aquí me han visto crecer y me respetan, cosa que aprecio mucho.
-Ambar lleva ésto a la mesa de Falco -asentí.
Tomé las enormes cervezas y las dejé sobre la mesa.
-Gracias linda -Falco sonrió con esos dientes de madera qué lo hacían ver gracioso-, deberías ir un día a la casa para que mi esposa te enseñe a leer y escribir, eso te ayudaría mucho.
-Lo aprecio, pero sabe lo que pasaría si aprendo a leer, no quisiera problemas.
-Entiendo -dio un trago-, escucha.. Se lo que hace tu padre contigo -se puso serio- No puedo hacerle nada por ahora, pero llego a descubrir de que ha querido lastimarte, voy a sacarle los dientes y me haré una dentadura nueva.
-No te preocupes.
Lamentablemente aquí en ésta nación no se pueden hacer acusaciones sin atrapar a la persona en dicho acto, así que a nadie le consta lo que mi padre hace conmigo. Mientras viva con el, el tiene poder y potestad sobre mi, también a decidir que hacer conmigo. Por eso es que jamás quiso que yo aprendiera a leer o escribir ya que según el, las mujeres solo servimos para estar en casa y tener hijos. No sabía realmente si era cierto, crecí con esa idea, aunque algo dentro de mi sabía que el estaba equivocado.
Trabaje en la taberna por unas dos horas, así pude cubrir lo que bebió anoche, me despedí de Gorgol y regrese a casa, al llegar a la puerta escuche cosas romperse, estaba borracho de nuevo. Con mucho miedo abrí la puerta de la casa y el estaba sentado esperándome.
-Padre.
-Ve a tu habitación..
Rápidamente entre a mi habitación y cerre la puerta, no pasó demasiado tiempo cuando entró dándole una patada a la puerta.
-Padre cálmate por favor..
Me tomo de los brazos y me lanzó a la cama para subirse encima de mi le arañe el rostro pero me dio una bofetada en el rostro, aun así me defendí como pude.
-¡No lo hagas! ¡Si me lastimas te colgaran! -se detuvo y se bajó de mi, luego salió de mi cuarto.
Sentí mi corazón latir con fuerza en mi pecho, tenía que salir y respirar, así que salí de mi habitación.
-¡¿A donde vas?! -me gritó, yo solo corrí con todas mis fuerzas directamente hacia el río, la luna estaba brillante, era mi única acompañante mientras huia de el, ya después de estar lejos me detuve a respirar un poco.
Me había metido al busque junto al río, estaba decidida qué pasaría la noche aquí, era mejor que estar dentro de esa casa.
-¿Qué haces aquí?
Solte un grito al escuchar esa voz, había un hombre en un caballo negro ¿será la muerte?
-Te hice una pregunta.
-Yo.. Yo vine a.. A bañarme al río.
-El río está bastante lejos -se bajó del caballo, tenia una especie de armadura puesta- ¿estas perdida?
-No -negué de inmediato- solo quería caminar un poco.
-Primero dijiste que ibas a bañarte al río -se acercó más a mi ya que no podía verlo bien- Así que ¿Cuál de las dos es mentira?
La luna me dejó verlo, quedé impresionada al ver al Rey Zarek frente a mi.
-¿Cómo te llamas?
-Ambar, su majestad -baje la cabeza, lo sentí posarse frente a mi, me asuste cuando su dedo subió mi rostro.
No podía ver sus ojos, pero sabía que eran del color del cielo.
-¿Ambar qué?
-Solo Ambar.. Su majestad.
-¿No tienes apellido?
-No su majestad, no tengo -se separó un poco de mi.
-¿Qué haces de noche por aquí? Puede ser peligroso.
-Solo quería respirar un poco, me sentía encerrada en casa..
-Voy a creerte Ambar -escuche su risa-, vete a casa, una señorita no debe estar a estas horas fuera de casa, no es apropiado.
-Lo siento yo.. -me quede callada al escuchar que venía otro caballo, este era blanco, en el estaba el Rey Stefan.
-Zarek te estaba buscando -se bajó del caballo, luego me miró- ¿Quién es ella?
-Solo Ambar -ambos se miraron, el le asintió a su hermano.
-Así qué.. Ambar -asentí- ¿Sabes que el bosque es peligroso?
-Lo sé, ya me iba -mis manos están sudando.
-¿Donde vives?
-Ah... Yo.. Vivo cerca de aquí.
Estaba estupefacta al verlos a ambos, son tan parecidos.
-¿La escoltamos? -El Rey Zeker le preguntó a su hermano.
-Claro -me miró- guíanos a tu casa Ambar, es tarde, no deberías estar por aquí.
-No es necesario en serio.. Puedo irme sola..
-Es una orden -dijo Stefan, no me quedo de otra que asentir y empezar a guiarlos de regreso a mi casa.
Yo iba adelante de ellos pero sentía que estaban mirándome a espalda, me sentía pequeña e intimidada, la luna dejaba ver las sombras de ambos, la mía no se veía ya que estaba tapada por la de ellos, vaya que eran muy altos.
Habíamos llegado a la casa, todo estaba el silencio, supongo que mi padre se fue o está dormido.
-¿Vives aquí? -el rey Stefan no dejaba de mirar mi cara con molestia ¿Porque?
-Aquí vivo su majestad -voltee a verlos-, muchas gracias por traerme, lamento si fui una molestia -hice una reverencia para ambos.
-No lo fuiste -dijo el Rey Zarek- nos vemos Ambar.
¿Nos vemos? ¿Que quiso decir con eso?
|CAPÍTULO 2|
Ambar.
Dos días después.
Hoy estaba limpiando la casa, recogiendo el desastre que mi padre dejó anoche de nuevo, a veces quisiera irme y dejarlo todo atrás, pero no tendía dinero, no tenia algún sitio a donde irme ya que no sabía si tenía familia así que no me quedaba de otra que soportar los tratos de mi padre hasta el día en que decida venderme a uno de sus amigos para ser una esposa fiel y obediente.
Mi cuerpo lo sentía agotado, debido a la falta de sueño y trabajo excesivo y pensar que siento un poco de alivio cuando duermo, sin embargo sentía miedo de que el entrara por esa puerta y me hiciera daño.
La puerta sonó, así que la abrí antes de que el se quejara, al hacerlo había un hombre, bien vestido, pude ver el escudo del palacio ¿qué habrá hecho mi padre ahora?
-Buenos días -dio un asentimiento, yo lo regresé- ¿se encuentra su padre?
-Si señor -me hice a un lado para que entrara, el lo hizo mientras miraba mi casa por dentro.
-Señor -Mi padre se puso de pie- qué honor tener al jefe de la guardia Real en mi casa.
-Vine por órdenes de los Reyes -estaba firme- seré directo señor, vengo por su hija.
-¿Mi hija? ¿Y para que la quiere?
-Son asuntos de la corona -dejó una bolsa de monedas sobre la mesa- ahí tiene quinientas monedas de plata.
Mi padre de inmediato tomo la bolsa y sacó las monedas para empezar a contarlas, mientras que yo estaba empezando a sentir miedo.
-No es suficiente -habló-, ella es virgen, vale mucho más ¿no es así?
-No se le dará más, es la última palabra.
-Puede llevársela -sonrió mirando las monedas.
-No puedes hacer eso padre -me puse frente a él al borde del llanto.
-Si puedo y te irás.
-Señorita, haga lo que le piden por favor -decía el hombre frente a mi.
-Pero... No pueden hacerme ésto, yo no soy una mercancía a la cual pueden comprar -dije al borde del llanto.
Todavía no podía creerlo, mi padre había logrado venderme a los Reyes ¿Porque lo hizo? Se supone que soy su hija y no debía dejarme a la deriva.
-Haz lo que te dicen Ambar -Mi padre me sostuvo con fuerza del brazo- pagaron demasiado por ti.
-Padre.. Yo no quiero irme.. Yo no conozco a los Reyes, no quiero ser su mujer.
-¡Pues lo harás! ¡Pagaron mucho por ti bastarda!
-Le aconsejo que no trate a la señorita de esa forma -aquel hombre intervino- llega lastimada a palacio, perderá ambas manos por tocarla.
Si usted supiera señor, solo si supiera.
Mi padre me soltó, no había forma de huir, me cazarían como animal, no quiero morir. No así.
-Venga conmigo señorita.. Es momento de irnos.
No asentí, tampoco negué, me quedé quieta en mi lugar, joder ¿qué hice para merecer ésto? Salí de la casa con lo único que tenia puesto, un vestido largo que estaba desgastado y sucio. Afuera estaba esperando una carroza preciosa con caballos blancos, no tuve más remedio que subir a ella, no sabía realmente como sentirme, no quería estar con ellos.
La carroza empezó a andar rumbo a palacio dónde ellos me esperarían, maldito sea el día en que salí corriendo de casa ese día, si me hubiese quedado a soportar un poco más, no estaría pasando por nada de ésto. No había pasado mucho tiempo cuando pude ver a lo lejos el palacio, desde casa se veía hermoso, pero ahora que estaba cerca, era más enorme de lo que imaginaba. Las rejas se abrieron dándonos el acceso al mismo, ya estando en las puertas me ayudaron a bajar de la carroza, pude ver a una mujer algo mayor detrás de ella habían tres chicas más, una rubia, otra de cabellos oscuros y otra de piel oscura, las tres vestían prendas costosas y Lucian peinados hermosos, parecían doncellas incluso podría decir que princesas.
-¿Es ella? -ella le preguntó al hombre y el asintió.
Ella vino a mi, tomo mi rostro en su regordeta mano y empezó a mirarme detalladamente ¿Porque lo hacía?
-Tienes facciones delicadas -tomo mis manos- tus manos están estropeadas, tu cabello le hace falta un buen lavado.
-Lo siento pero no todas podemos darnos ese privilegio -dije molesta, me solté de sus manos sudorosas.
-Eres una altanera, espero que no des problemas -miró a las chicas- ellas son tus compañeras, las concubinas de los Reyes.
¿Qué? No puede ser ¿las tres? Entonces los rumores son ciertos, ellos tienen más de dos mujeres aquí.. Dios mio padre ¿qué hiciste?
✨🌹✨
Me hicieron ingresar al palacio bajo la vista de los miles de sirvientes quienes me miraban con pena o odio, no sabía bien como descifrarlo. Seguí por el palacio a la mujer quien me guiaba a la parte de arriba del mismo.
El palacio por dentro parecía de fantasía, todo se veía costoso, las cortinas seguramente eran de las más caras del mundo, todo era bonito.
-Ésta será tu habitación -salí de mi ensoñación al escuchar a la mujer.
Abrió ambas puertas, luego yo entre a la habitación, lo primero que vi fue una enorme cama, la tela de la sabana era de color de las flores, no sabía bien cual, pero era bonito, habían tantas cosas de las cuales desconocía, me siento como una tonta sin saber que hacer.
-Despoja tus prendas -me dijo la mujer.
-¿Qué?
-Lo que escuchaste niña, quita esos trapos sucios de tu cuerpo, hay que lavarte de inmediato.
-No pienso dejar que me vea desnuda -fruncí las cejas molesta.
-Deja las tonterías, no tengo tiempo -se cruzó de brazos.
¿Era necesario hacer ésto? Que vergüenza.
No tuve más remedio que quitarme mi vestido viejo, solté las tiras y lo deje caer al suelo, me sentí incómoda por la forma en que ella me estaba escudriñando con la mirada, me sentía pequeña.
-Tus caderas son anchas, tienes cintura plana aunque estas muy delgada, se te miran las costillas -me mire mi costado, no noté nada-, tu piel es bastante blanca y al parecer no hay rastro de vello en tu cuerpo ya que estas libre de ello, interesante, tus pechos son firmes y de buen color, hay que lavarte.
-Si ya me miró ¿puedo vestirme? Me siento incómoda.
-Pasa al cuarto de baño -señaló una puerta- y te metes en la tina.
Entre donde me indicó, era un cuarto de baño, era bonito aunque demasiado grande para mi sola, en medio del mismo había una tina llena de agua y tenía flores dentro de ella, me metí y el agua estaba tibia.
-Tienes que sumergir tu cabello -me dijo la mujer, asentí sumergiendo mi cabello dentro de la tina con las flores, ya suficiente saque mi cabeza, la verdad es que se sentía bastante bien.
Al cuarto de baño entraron dos chicas.
-Ponte de pie, ellas van a lavarte.
-Pero.. Puedo hacerlo yo misma, no me siento cómoda con que otras personas toquen mi cuerpo -No quería que nadie me tocara.
-Obedece -su tono era de molestia- tienes que lavarte ahora, su majestades no suelen ser pacientes, rápido -le dijo a las chicas.
Ambas chicas con cara de pena empezaron a lavarme con trapos qué olían a lavanda, después de terminar con mi cuerpo, siguieron con mi cabello, vaya que si estaba sucio ya que el agua se tornó un poco oscura, la sensación era buena ya que sentía que estaban quitando un peso de encima.
Luego de terminar de bañarme secaron mi cuerpo con toallas del color de las nubes, me hicieron salir del cuarto de baño, sobre la cama había un vestido del color del césped y las hojas, éste era más claro y brillante, se veía que la tela era de las más costosas, siempre veía a las señoritas de clase alta usar vestidos así.
-¿Es mio?
-Todo un ropero es suyo señorita -dijo una de las chicas- la ayudaré a vestirse.
Solamente asentí, la chica empezó a vestirme como si yo no lo supera hacer sola, era simplemente incómodo, el vestido era pegado a mi torso y cintura hacían lucir mis pechos un poco grandes y apretados, no me siento cómoda realmente. Pusieron zapatos en mis pies bastante cómodos y del mismo color del vestido, estos si me gustaban.
-Señorita, aquí hay algunas cosas que puede usar para el cabello -me enseñó una pequeña caja donde habían cosas brillantes, casi tan brillantes como el sol.
-¿Qué son?
-Son tiaras, puede usarlas en el cabello, también hay Diademas puede escoger la qué más le guste.
-¿Escoger? -ella asintió- ¿esta bien si no uso ninguna? Temo poder romper alguna.
-Oh.. En ese caso, le haremos un bonito peinado a su cabello.
Me sentaron en una especie de silla pequeña que no tenía espalda, quedé en silencio al verme al espejo, me veía tan distinta y.. Limpia, mi cabello estaba bonito, no sabía como sentirme con eso.
La chica empezó a peinar mi cabello, me gusta suelto se ve bonito.
-Disculpa que insista pero ¿puedo dejarlo suelto? Siento que me gusta más así.
-Lo que usted diga señorita.
-Llamame Ambar, no me gusta ese señorita por favor.
-No debo -negó- será la concubina de los Reyes, debo tratarla con respeto.
-Entiendo.. ¿Cómo es tu nombre?
-Flora, señorita.
-¡Flora apresúrate! -se escuchó la mujer gritar al otro lado de la puerta.
-Vaya qué tiene los pulmones fuertes -ella rio un poco al igual que yo.
-Ya esta lista, luce muy bonita.
-Gracias.
La mujer entro a la habitación, hasta ahora no se como se llama, así que mejor no preguntaré, no quiero que me grite.
-Sígueme -asentí.
Ambas salimos de la habitación por un enorme y largo pasillo, estaba cansada además de que el vestido me apretaba la cintura, por el pasillo habían pinturas con muchos colores, odiaba no saber nada sobre estas cosas, me sentía una tonta total, no se lo que significa todo ésto.
A lo lejos pudimos ver a un par de hombres vestidos de guardias, estaban custodiando una puerta, al llegar ambos nos abrieron las mismas, al pasar era una especie de tienda de libros, habían muchos de ellos al igual que pinturas, vaya que lindo es todo ésto.
-Espera aquí, su majestades vendrán en un momento y no toques nada -asentí. La mujer salió de la habitación.
Yo quedé parada en medio de esta mirando todo con curiosidad, me causaba mucha curiosidad y molestia a la vez de no poder saber que dicen los libros. Sin poder evitarlo, camine hacia una pintura. Era de una hermosa mujer de cabellos del color de las flores y ojos color del cielo, usaba un vestido parecido al qué yo tenia, pero el de ella tenía más cosas encima, parecía una muñeca de esas que son de vidrio ¿o era porcelana?
-Es nuestra madre -di un respingo al escuchar la voz de un hombre, voltee y era el Rey Zarek, junto a él estaba su hermano.
-Hola Ambar.
-Hola.. -quería morderme los dedos, me resultan intimidantes verlos, son enormes, parecen bestias.
-Luces fantástica, déjame decirte que el verde te luce bastante bien -dijo Stefan.
-¿Es verde? -mire el vestido- con que así es el color de las plantas -murmure, luego mire a ambos- lo siento.
Ambos me miraban de una forma en la cual no supe identificar, me sentía nerviosa y con muchas preguntas en mi cabeza que esperaba que fueran respondidas.