-Mis queridos pupilos, el día de hoy hablaremos sobre nuestros seres protectores y sagrados. Nuestro pueblo ha crecido bajo la protección de muchos espíritus que cuidan de nosotros en todo momento. Es por eso que China se siente un pueblo dichoso cada vez que vamos a los templos y le oramos a estos seres magnánimos de luz. Joven Shun, ¿podía comenzar la lectura?
El niño se aclaró la garganta, se puso de pie y comenzó a leer las escrituras.
-Fenghuang... ave legendaria y sagrada por excelencia para el pueblo de China. Se dice que éste mítico ser representa la unidad de todos los pueblos desde la prehistoria. También tiene la fama de brindar buena suerte a todo aquel que crea en él, por ello es que mucha gente ha plasmado la imagen de su figura en los grandes templos y también en los altares de sus casas para pedirle protección. Asimismo es una costumbre que se utilicen los colgantes de jade con la moldura del Fenghuang para protegerse mientras se está fuera de casa.
-Eso es todo príncipe Shun, a ver continúa la lectura príncipe Jin -dijo el Laoshi* de los tres pequeños soberanos de Ciudad Prohibida.
-Pero por supues...
–Yo, yo por favor, Laoshi ¡Que sea mi turno! ¿Si? -intervino Yun, mientras levantaba su mano con insistencia.
-Joven príncipe, tienes que esperar tu turno, las cosas no pueden ser como tú quieres todo el tiempo -sermoneó con suavidad.
-No es lo que me dice Padre cuando le pido algo -hizo un puchero.
-Ugh... está bien, continúa tú -contestó resignado; siempre era lo mismo con el más pequeño de los Qing.
-Eres un consentido y un caprichoso, hermano -bufó Shun, el mayor de los tres.
-Cállate y escucha la lectura -contestó Yun y se aclaró la garganta -. Se dice t-ambién que desde tiempos antigu-os que el Fen-ghu-ang es el protect-t-or de la Empera...triz, siendo su am-m-uleto de la bu-ena suerte en to-do momen-to.
-Bien... suficiente Yun, ahora sí le toca a Jin. -El laoshi interrumpió la lectura.
-¡Pero si apenas voy comenzando! -alegó Yun.
-Ya sabes que cuando le quitas un turno a tus hermanos te acorto el tiempo -Lo vio con autoridad para que el pequeño pasara el libro a su hermano.
-No es justo. -A regañadientes pasó el libro y se cruzó de brazos.
-Continúa Jin, por favor. Te escuchamos -El Laoshi juntó sus manos para prestar atención al príncipe.
-De acuerdo -sonrió el príncipe Jin y prosiguió la lectura-. El significado del Fenghuang es del todo positivo para el pueblo chino y representa honestidad y lealtad, sobre todo si en una casa está su imagen. Además su espíritu sólo está presente cuando el gobernante es justo y no hay corrupción de por medio. Se dice que el Fenghuang posee los cinco colores de los elementos que son...
El pequeño príncipe dejó de prestar atención a la lectura y dirigió su mirada al gran ventanal, ya que el viento mecía con suavidad las cortinas color crema del gran salón de estudios. De pronto un destello colorido más veloz que un relámpago pasó ante su vista y su alma se llenó de curiosidad al instante.
Yun volteó a ver a su hermano Jin, que estaba sumergido en su turno de lectura. Luego vio a Shun, que como todo un niño bueno hacía anotaciones en su cuaderno y el Laoshi se limitaba a observar a quien en ese momento le tocaba leer; realmente estaba muy orgulloso de sus pupilos reales.
Sin pensarlo dos veces, el más pequeño se levantó de la mesa con cuidado para pasar desapercibido, caminó de puntillas y salió del salón. Evadió en el camino a unos cuantos guardias y sirvientes escondiéndose detrás de los muebles, de las vasijas y de las columnas ornamentadas del palacio; esas eran las ventajas de ser pequeño; aunque eso no lo libró de que su corazón sintiera el miedo de lo que conocía como desobediencia.
En una carrera se colocó sus sandalias, que estaban justo enfrente de la puerta que daba al exterior junto a las de sus hermanos y se dirigió hacia el jardín trasero, donde había visto aquel extraño destello. Caminó por los alrededores y con infortunio no vio nada. A lo mejor su vista le hizo una mala jugada y quizá sí fuera un relámpago. Cabizbajo por la decepción se encaminó con paso lento hacia el interior del palacio.
Ya casi llegaba a la puerta principal cuando lo volvió a ver, destellaba con una luz cálida y gentil que provenía de lo alto; justamente de la copa de aquel árbol rosado, tan antiguo como hermoso. Sin pensarlo dos veces, Yun corrió hacia ese árbol de cerezo, que para el niño era tan alto como el cielo.
Miró hacia arriba y un poco de vértigo invadió sus sentidos. Tragó grueso, pero ningún tipo de malestar le impediría llegar hasta aquel destello que parecía llamarlo. Se trepó como pudo y divisó el aura luminoso en la copa o ...quizá más arriba. A cada poco miraba hacia abajo, no había manera de que avanzara; esto comenzaba a frustrarlo sobremanera.
No pretendía quedarse solo en las faldas del árbol, la necesidad de aquel descubrimiento era más de la que pudo imaginar, porque en cuestión de un par de minutos ya había avanzado a la mitad del árbol. Yun sentía que a cada paso estaba tan cerca de llegar, algo le decía que faltaba muy poco para saber qué era aquella luz que parecía llamarlo.
-Se puede saber ¿Por qué abandonaste la clase así de repente, joven príncipe? -El Laoshi lo miraba desde arriba con mirada retadora.
-Es que, no creerás lo que...
-... Solo baja ahora, o el Emperador se enojará conmigo si te ve allí y no en clase -sermoneó el Laoshi al principito y él bajó de inmediato sintiendo que se había perdido algo emocionante.
-Vamos adentro -Le dio un leve empujón para animarlo a que entrara al palacio-. La lectura aún no termina y ya es tu turno de seguir, como tanto querías.
Mientras tanto, en lo alto del cerezo, uno de los árboles más antiguos del palacio, un ave de color rojo con diversas plumas coloridas y una larga cola, observaba cómo el principito entraba a su hogar y sus plumas volvieron a relucir con la luz del atardecer.
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Glosario:
Laoshi: profesor o tutor.
Fenghuang: ave fénix chino
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La población china no podía salir de su descontento tras enterarse de la catástrofe que acababa de iniciar en la dinastía Qing, al caer con una extraña enfermedad An, la esposa del Emperador Heng y Emperatriz muy querida por todos en Ciudad Prohibida.
La mujer sufría vómitos, espasmos y dolores en todas sus articulaciones, además de fiebres tan altas que no bajaban con ningún método de curación, sin dejar de lado aquella opresión en el pecho, que parecía que de un momento a otro su corazón se detendría en su totalidad.
El gobernante, a viva voz había dado el comunicado a todo el pueblo, ofreciendo una acaudalada recompensa a aquel, que encontrara la cura inmediata para tan cruel y doloroso padecimiento.
Curanderos llegaban de toda China, para ofrecer brebajes y pócimas que no fueron más que patrañas para el Emperador y sus tres hijos; eso sólo aumentaba la pena y el desconsuelo de la dinastía Qing.
Los días pasaban y An empeoraba, nadie acertaba la solución. Cuando el Emperador se había casi dado por vencido, apareció de la nada un hombre mayor, pidiendo audiencia con él. Hacía llamarse el más sabio entre los sabios y decía tener solución que tanto Heng y sus hijos anhelaban: la sanación de su amada esposa y madre de sus hijos.
El hombre encorvado hizo reverencias y pidió permiso para quemar un incienso y utilizar un cristal "mágico" frente a la convaleciente mujer.
Con la duda revoloteando sus pensamientos, Heng aceptó. Cualquier cosa era mejor que no hacer absolutamente nada por An, y se dió cuenta de lo desesperado que estaba a ese punto.
-Mi señor, gracias por haber dejado trabajar a la magia de la sabiduría. Un ser, maligno como el mismo infierno ha dejado caer una maldición sobre su familia, y su esposa fue la víctima principal.
-¿Cómo es eso posible?, si todo el mundo que me conoce sabe que yo no tengo enemigos. -Heng reclamó indignado.
-Secundo esa afirmación, todo aquí deja sembrada la duda. -Se atrevió a hablar Shun, el hijo mayor y futuro sucesor de Heng.
-Mis señores, quizá alguien en secreto lo hizo, alguien con oscuras intenciones, pero lo importante aquí es que existe una sola cura para el terrible mal que aqueja a su esposa -decía con reverencias.
Ni el emperador, ni su consejero, mucho menos los tres hijos del poderoso gobernante se creían del todo las palabras de aquel hombre.
-Yo nunca he sabido de tu existencia, tampoco mi consejo y ahora vienes jactándote de una sabiduría que no has demostrado ante nadie ¡Prueba tu honor! -reclamaba Heng, mientras Shun, Jin y Yun asentían en silencio.
-Mi señor, lo que le digo no es falacia. Mi sabiduría usted pedirá con frecuencia en un futuro, sólo déjeme decirle que es genuina y eficaz. Acá está la solución -extendió al emperador un delgado pergamino.
Heng tomó de inmediato el pergamino y lo leyó en silencio para luego elevar su mirada con desconcierto y desaprobación en su semblante.
-¿La pluma del Fenghuang? Pero si esa criatura es una leyenda, nadie tiene pruebas fehacientes de que pueda aparecer de forma física. -Heng se llevó una mano al rostro.
Los tres hermanos escuchaban y se veían entre sí. Pronto comenzaron a dialogar entre susurros, en una especie de discusión silenciosa.
-Debe creerme por favor -suplicaba el hombre-. Como el Fenghuang se esconde de las multitudes y escándalos, solo un valeroso y audaz puede traer esa la pluma. La maldición se acabará, pero esto tiene que ser antes del ocaso de pasado mañana o su señora... No verá la luz de un nuevo día.
-¡Padre! Pido autorización para hacer una propuesta -habló Yun ante la mirada de todo el consejo.
-Habla hijo mío -dijo Heng con pesadez.
-Tuvimos un breve diálogo, y en vista de que Shun y Jin tienen más obligaciones acá contigo, yo me ofrezco a buscar al Fenghuang y arrancarle todas las plumas que sean necesarias para que madre se salve -ofreció Yun con convicción.
-No hijo, no puedes exponerte, el precio puede ser tu vida o peor aún, talvez tu alma le termine perteneciendo por completo a las fuerzas oscuras. Yo enviaré a uno de mis más fuertes y adiestrados ninjas para esa misión.
-Yo siento que nunca he hecho lo suficiente por madre, ni por tí ¡Necesito probar que soy digno hijo de la dinastía Qing! –exclamó con firmeza y la frente en alto.
Los príncipes Shun y Jin asintieron con cierto temor ante las palabras de su hermano y voltearon a ver al anciano, quien esbozó una sonrisa suave y rasposa.
-Vaya, el muchacho es valeroso -esbozó el viejo con una sonrisa.
Heng no esperaba que esta situación se complicara más, pero después de ir por un momento a meditar al a meditar santuario, regresó y con todo el dolor de su alma le dió su aprobación a su hijo Yun para que emprendiera tan arriesgada misión.
-Señor, no se arrepentirá, ha tomado una sabia decisión -reverenció con satisfacción.
-Seguiré incrédulo hasta no ver que mi hijo y mi esposa estén sanos y salvos, hasta entonces no podrás salir de aquí y estarás custodiado por guardias en todo momento, hasta que se cumpla lo que dices -sentenció Heng y dos corpulentos guardias se llevaron al anciano.
Heng se quedó en silencio, viendo como su hijo menor preparaba un ligero equipaje y armamento necesario; al estar listo, con el pergamino en la mano, se acercó a él.
-Padre, no les fallaré, sabes que sé defenderme y traeré la pluma cueste lo que me cueste –dijo con una mano en su pecho.
El condolido emperador le dio su bendición a Yun, luego Shun y Jin hicieron lo mismo y el decidido joven emprendió su camino en su carruaje de cuatro caballos. Heng se hincó frente a su esposa, Shun y Jin lo acompañaron sin decir más palabras y rezaron por un largo tiempo.
A penas Yun salió de la gran puerta y pasó el puente que marcaba la salida del hogar, sintió como su corazón palpitaba de miedo y euforia a la vez, porque nunca se había retirado tanto de esa estancia.
Ni siquiera los guardias reales se percataron de que en aquel carruaje albergaba al más joven de los príncipes de Ciudad Prohibida, quien se encaminaba a una misión descabellada para la mayoría de personas.
Por un segundo, Yun volteó a ver cómo se alejaba del palacio y se adentraba a lo desconocido, aunque pronto guardó la compostura para no ser reconocido, al menos hasta salir de la ciudad.
«Dos ocasos » –suspiró con su mentón apoyado en la mano–. Por todos los cielos, es muy poco tiempo.
No había pasado mucho desde que Yun emprendió su camino, iba tranquilo porque se vistió con ropaje de sirviente y tomó uno de los carruajes más rústicos para no ser reconocido. Mientras salía hacia el pueblo se dedicó a leer el acertijo.
"Su cabeza es el cielo, los ojos brillan como el sol.
Su lomo es cual luna y las alas viento son.
En sus patas tierra fértil se puede ver,
y de los planetas en su cola tiene el poder.
Si la ayuda del Fenghuang desea,
puede que su corazón la respuesta posea".
«Por los dioses, esto está enredado. Entonces quizá deba buscar elementos que se relacionen, quizá deba ir a una solitaria montaña, recitar el acertijo, invocar al Fenghuang y así aparecerá. Sí... eso haré», caviló no muy seguro de su plan, pero por algo se comenzaba.
Decidió ir a las afueras del pueblo de Ciudad Prohibida, a algún lugar con mucha naturaleza y encontrar los objetos que tuvieran que ver con el Fenghuang.
Recorrió caminos empolvados durante horas, había pasado por dos pueblos diferentes y tan solo había reunido plumas de diversos tipos y tamaños, también tierra donde habían sembradíos de arroz, pero aún le hacía falta buscar mucho más.
Yun no supo cuánto se había alejado, hasta que no encontró más pueblos, vió su mapa y se dio cuenta que había llegado a una zona extremadamente solitaria. El miedo se apoderó de él. Nunca se imaginó alejarse tanto de la civilización.
Sus caballos necesitaban descanso y comida, así que se detuvo cerca de un río, para que los animales bebieran y pastaran, mientras él seguía buscando similitudes con ese ser legendario.
Pronto se dio cuenta que algo o alguien estaba dentro del río. ¿Sería humano o animal? Tendría que acercarse despacio para averiguarlo.
«Vaya, este río sí que tiene profundidad para que alguien se sumerja», analizó con los nervios de punta.
-¿Quién anda allí? -dijo amenazante.
Yun dio unos pasos atrás y tocó la cacha de su filoso puñal, el cual guardaba en su cinturón.
La cabeza de una persona comenzó a salir del agua, pero no se distinguía su género, menos su edad. Todos los sentidos de Yun se alertaron de inmediato.
De pronto el joven se dio cuenta que era una muchacha de tez bronceada, cabello castaño claro, y no solo eso, en cuestión de segundos ella le estaba apuntando con una flecha.
«Esta mujer me va a matar», pensó Yun, sintiendo que su fin se podría acercar al alcance de aquella flecha.
La extraña joven no dejaba de apuntarle con esa flecha y Yun temía lo peor, de pronto se dio cuenta de algo inusual: la muchacha tenía la boca llena de agua, por lo que sus mejillas lucían infladas. Eso parecía extraño pero poco amenazante.
No le había dado importancia a ese detalle y continuó con su postura de defensa, hasta que sintió un húmedo toque en la frente y al instante su cara se empapó de agua. Él esperaba un flechazo, en cambio la chica le había prácticamente escupido para luego reírse de él.
–Pero qué graciosa... –frunció el ceño, mientras se apartaba el agua de la cara y se retiró de la cabeza su coolie, que estaba goteando –Estuve a punto de atacarte con un arma, no vuelvas a hacer eso, ¡estás loca! –la regañó.
–Bueno, el intruso aquí eres tú, yo estoy donde siempre acostumbro, vivo en una aldea cerca de aquí –contestó mientras se cruzaba de brazos.
–Pues... no deberías andar sola, ni hablar con desconocidos y mucho menos apuntar con flechas a personas pacíficas como yo –le espetó, pero la chica continuó sonriendo, cosa que irritó más al jovencito.
–No podía adivinarlo -se defendió la chica-, oye... ¿Qué haces aquí?, es que por estos lados casi nadie viene y si lo hacen son maleantes. No es por presumir, pero siempre he sabido defenderme de esa gente –esbozó una risita orgullosa.
-Ya noté que usas armas... yo estoy de paso, no es importante de dónde vengo ni a dónde voy -dijo cortante y con los brazos cruzados.
Con un ágil movimiento, la muchacha salió del agua y dejó ver una increíble figura, marcada por el agua que pegaba su gastado qipao rojo a la piel. Su flequillo destilaba pequeñas gotas, que resbalaban por su rostro de finas facciones y tintineaban cual cristales a la luz del sol, era una visión mágica.
En un abrir y cerrar de ojos, el príncipe sintió sus mejillas arder como el fuego y volteó su vista para otro lado. Se colocó su coolie, pero de inmediato se percató de que no estaban solos, volteó a ver a la chica y ella ya estaba de nuevo en posición de ataque, apuntando con su flecha.
Yun estaba a la expectativa, podrían ser personas inofensivas, pero esa pinta... definitivamente dictaba otra cosa. Todos eran jóvenes y mal vestidos, algunos llevaban tatuada la piel, pero eran sus miradas las que irradiaban maldad y quizá hasta portaran armas blancas.
–¿Y ustedes qué quieren? –soltó el príncipe, con el ceño fruncido.
-Tranquilo, tranquilo... sabes, tenemos hambre, solo queremos unos centavos y nos iremos –respondió uno de ellos.
A Yun no le dio tiempo de responder nada, porque uno de los maleantes estaba hurgando el carruaje, quizá en busca de objetos de valor, acto seguido, mientras el hombre se reía, ya había sido herido en el brazo con una flecha, la chica sonrió triunfante.
–¡Infeliz, te voy a dar tu merecido! –gritó el hombre mientras con un gemido de dolor se arrancaba la flecha del brazo.
–Quiero ver que te atrevas –respondió Yun desafiante, quien se movilizó para quedar al lado de la chica y ella sonrió con valentía.
Todo el grupo se dejó ir sobre ellos con sus armas filosas, mientras Yun y la arquera desconocida comenzaron a defenderse con patadas, puñetazos y el arma blanca que él tenía consigo, pero no bastaba, ya que eran unos diez hombres contra dos individuos.
Mientras algunos salían heridos por la pareja de guerreros, otros les golpeaban con mucha fuerza.
Uno de los hombres saltó bastante alto asestó un navajazo en dirección de Yun, quien se dio cuenta de inmediato y utilizó la suya para detener el golpe. Ambos se quedaron haciendo fuerza con dichas armas hasta que, de una patada en la cara la chica lo mandó a volar y Yun sonrió ante la carcajada victoriosa de ella.
Yun y la chica se sonrieron por un momento, pero alguien tomó del cuello a su compañera de combate y la levantó para ahorcarla. Él de inmediato golpeó a un par de contrincantes que le intentaban bloquear el paso y saltó con velocidad sobre sus cabezas para llegar al otro lado y terminar de golpearlos por la espalda.
Al noquearlos él comenzó a correr en ayuda de la chica, quien yacía sentada, respirando fuerte para recuperar el aliento. Él le ofreció su mano para levantarse y al estar de pie, ella se sacudió su quipao que estaba lleno de tierra.
Antes de que pudieran formular conversación, él se dio cuenta que todo era una emboscada para llevarse su carruaje. El líder de aquella tropa había huido con todo lo que Yun llevaba para subsistir, esto lo enfureció sobremanera.
De un momento a otro, los hombres que quedaron allí, al voltear a donde los dos chicos se encontraban, Yun percibió en aquellas miradas temor o quizá pánico, ya que, acto seguido intentaron huir como cobardes; él quedó perplejo con esas acciones.
«¡Pero qué demonios! ¿Algo los habrá asustado?».
El príncipe no pudo seguir con sus pensamientos ya que en un cerrar de ojos, los maleantes fueron cayendo a causa de una flecha en la espalda y quedaron tendidos en el suelo. Él volteó a ver a la muchacha, que ahora tenía el rostro perlado de sudor y encendido por el rubor del trajín de la batalla.
–Te dije que sé defenderme –dijo la muchacha con la respiración entrecortada.
–Ya lo noté, en efecto sí sabes combatir –respondió Yun con una sonrisa, la que se opacó de inmediato al pensar en todo lo que aquel hombre se había llevado.
–¡Por Buda!... Ahora sí que estoy perdido –se lamentó con desesperación, mientras se quitaba el sudor de la frente–. He venido completamente solo hasta aquí, con el tiempo contado y el pueblo más cercano está tan lejos que pasarían días hasta regresar allá.
–¿Tanta prisa llevas? –se acercó ella para conversar.
–Demasiada para ser sincero –Yun sacó la hoja con el acertijo y se detuvo a verla–. Y ahora tendré que comenzar de cero con mi misión.
-¿Qué tipo de misión? A lo mejor puedo ayudarte -trató de alentarlo la trigueña.
-Prometí no hablar de eso, además parte de la misión es resolver esta jornada solo.
-Entiendo, pero ahora necesitas ayuda, te has quedado sin nada -la chica lo veía con cierta preocupación que a Yun le extrañó.
-Bueno, si quieres puedo encaminarte hasta tu aldea, ya que dices que está cerca, luego yo seguiré mi camino y quizá tu gente me pueda orientar -esbozó Yun con suavidad.
-Eso estaría genial, así podremos conocernos mejor -la chica se veía emocionada y Yun un poco enrarecido por la actitud de ella.
Los dos jóvenes comenzaron a caminar entre esos senderos de tierra, rodeados de naturaleza y aire fresco. En otras circunstancias, un paseo por estos lugares no estaría nada mal.
No caminaron demasiado, la aldea de la muchacha estaba justo al pasar una pequeña hilera de arbustos.
Literalmente aquella aldea tenía cinco cabañas de madera y un solo sembradío de arroz. Se veía que vivían en condiciones de pobreza y Yun no podía creer que existiera tal sitio, pero efectivamente su mapa lo marcaba como Aldea Yumai.
-Bueno, ya llegamos –esbozó el joven mientras seguía observando el lugar.
-Gracias, eres muy amable y educado, por cierto ¿Cómo te llamas? -mostró una amplia sonrisa, mientras peinaba un mechón de su cabello lacio.
El muchacho dudó si decirle su verdadero nombre, ya que este lo delataría en su clase social, pero al final decidió hacerlo, puesto que ese lugar era lejano y nadie pensaría que un príncipe llegara por esos alrededores, y menos con las vestimentas que llevaba.
-Bonito nombre, es inusual... el mío es Wú Siu. -A Yun le sorprendía la confianza de esta muchacha.
-Ha sido todo un gusto.- Yun le estrechó la mano por cortesía.
-¡Siu!, ¿quién es ese hombre? -una señora, que parecía preocupada la llamaba desde una de las cabañas y otros rostros se asomaban para ver que estaba pasando.
-Ve con ella, yo me iré -le dijo a la chica.
-¿Ya te vas tan pronto? -los grandes ojos de Siu parecían pedirle que no se fuera tan rápido.
Definitivamente ella tenía algo místico y embelesante, o algo en sus palabras que le irradiaban a Yun aires de confiabilidad y aún no se explicaba el por qué de esto ya que jamás se había sentido de esa manera acerca de alguna persona.
-Disculpe, ¿qué se le ofrece? –un hombre se acercó a cuestionar a Yun.
–Soy viajero, solamente encaminé a la jovencita de vuelta, yo seguiré mi camino y no molestaré más –dijo haciendo una reverencia de respeto e inmediatamente el hombre suavizó la mirada ruda que tenía.
–Padre, este joven acaba de ser emboscado en la salida de la aldea, lo han dejado sin nada –dijo Siu, casi suplicándolde al señor que lo ayudara.
–Malditos rufianes, esa gente busca lugares solitarios para robar a los viajeros –respondió el hombre con decepción y su esposa asintió.
–Aunque a veces cosas extrañas ocurren con esos maleantes, es cuestión de esperar –dijo la señora.
«¿Qué cosas?, ¿como el hecho de que huyeran sin razón? Eso sí que fue extraño».
–Lo sé, si tan solo pudiera conseguir mi transporte de nuevo, pero algo se me ocurrirá, por lo pronto continuaré con mi camino –esbozó Yun.
–Joven, si necesita resguardarse de la fría noche, no dude en pedir posada acá con nosotros. No tenemos lujos pero sí comida caliente y resguardo –ofreció la señora con una sonrisa.
–Muchas gracias, créanme que les recompensaré gratamente por su amabilidad, ahora debo partir –el príncipe hizo una reverencia de despedida, sonrió a la amable familia y se dio la vuelta.
–Que el espíritu del Fenghuang te proteja –dijo Siu, a lo cual Yun volteó de inmediato, sorprendido de aquellas palabras.
–¿Qué has dicho? –interrogó a la joven, sintiendo su corazón acelerarse.
«¿Estará más cerca de lo que pienso?».
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Glosario:
Coolie: sombrero de paja de bambú, con forma de cono, para el sol.
Qipao: vestido tradicional chino por excelencia.
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