-Firma aquí y desocupa tu escritorio antes de las cinco, Mónica.
La voz de Adrián sonó fría, casi mecánica, rebotando en las paredes de cristal de su oficina. Ni siquiera se molestó en levantar la mirada del documento que deslizaba sobre el escritorio de caoba.
Mónica se quedó inmóvil, con la pluma suspendida en el aire. Miró el papel y luego los ojos grises de su jefe. No había una pizca de duda en ellos.
-¿Me estás despidiendo, Adrián? ¿Por un error que cometió el equipo de finanzas? Yo solo consolidé el informe. Te advertí que los números no cuadraban.
-Tú firmaste la última página, Mónica. En el Grupo Financiero Voraz, la última firma es la que va a la guillotina. No tolero la incompetencia, y mucho menos los pretextos. Firma.
Mónica soltó una risa amarga, dejando la pluma sobre la mesa con un golpe seco.
-Es una excusa perfecta y lo sabes. Querías recortar personal de mi división y encontraste el chivo expiatorio ideal. Llevo seis meses trabajando catorce horas diarias para esta empresa.
-Y cobraste cada uno de tus sueldos, supongo -Adrián se reclinó en su sillón, entrelazando los dedos-. No confundas esto con algo personal, Mónica. Eres una analista promedio, perfectamente reemplazable. El mercado está lleno de jóvenes con ganas de trabajar y sin tantas quejas. Recursos Humanos ya tiene tu liquidación.
-Eres un monstruo corporativo, Adrián. No tienes la menor empatía.
-La empatía no cotiza en la bolsa de valores. Te quedan cuarenta minutos para salir del edificio. Adiós, Mónica.
Mónica apretó los puños para evitar que las manos le temblaran de rabia. Se puso de pie, enderezando la espalda con toda la dignidad que le quedaba.
-Algún día vas a mirar hacia abajo desde tu pedestal, Adrián, y no habrá nadie para sostenerte cuando te caigas.
-Afortunadamente, no planeo caer de ninguna parte. Que tengas una buena tarde.
El silencio de la oficina se cerró detrás de ella cuando cruzó la puerta.
Tres horas más tarde, Mónica empujaba con la cadera la puerta de su pequeño apartamento en los suburbios de la ciudad. Llevaba los brazos ocupados con una caja de cartón mugrienta que contenía sus pocas pertenencias de la oficina: una taza con su inicial, un par de libretas y una planta suculenta medio seca.
Dejó la caja sobre la barra de la cocina y se dejó caer en el sofá. El espacio se sentía ridículamente pequeño comparado con la opulencia de la firma, pero era lo único que tenía. El alquiler vencía en diez días y acababa de quedarse sin ingresos.
-Analista promedio... -susurró para sí misma, sintiendo que las lágrimas del orgullo herido finalmente amenazaban con salir-. Idiota arrogante.
El timbre de la puerta interrumpió sus pensamientos. Mónica frunció el ceño. No esperaba a nadie, y menos a esa hora de la noche.
Se levantó de mala gana y abrió. Al otro lado del umbral se encontraba un hombre de unos sesenta años, impecablemente vestido con un traje de sastre de tres piezas que gritaba dinero. Dos hombres Corpulentos, con trajes oscuros y auriculares, permanecían de pie unos pasos más atrás en el pasillo común.
-¿Señorita Mónica Voraz? -preguntó el hombre mayor con una voz profunda y educada.
Mónica dio un paso atrás, desconfiada.
-Solo Mónica. No uso ese apellido... ¿Quién es usted? ¿Y qué hace en mi edificio?
-Mi nombre es Ernesto Sandoval, abogado principal y albacea del consorcio Voraz. Lamento irrumpir de esta manera, pero es un asunto de máxima urgencia. ¿Puedo pasar?
Mónica miró al hombre y luego a los guardaespaldas.
-¿Viene de parte de la empresa? Si es por el despido de hoy, ya firmé todos los documentos con Recursos Humanos. No tengo nada más que hablar con Adrián.
-El director ejecutivo Adrián no tiene la menor idea de que estoy aquí, señorita -Ernesto sonrió con suavidad, mostrando una formalidad imponente-. Mis asuntos van mucho más allá de las decisiones de ese muchacho. Vengo en representación de su abuelo.
Mónica se congeló.
-Mi abuelo murió cuando yo era una niña. Mi madre siempre me dijo que no nos quedaba familia. Debe estar equivocado de dirección.
-Su madre le mintió para protegerla, Mónica. El hombre que falleció la semana pasada, el fundador del imperio en el que usted trabajaba... Guillermo Voraz, era su abuelo biológico.
El apartamento pareció quedarse sin aire. Mónica se sostuvo del marco de la puerta, sintiendo un repentino mareo.
-¿Guillermo Voraz? ¿El magnate? Eso es ridículo. Yo vivía con cupones de descuento mientras ese hombre salía en las portadas de Forbes. Si fuera su nieta, ¿por qué me dejaría crecer en la clase trabajadora? ¿Por qué me ignoraría?
-No la ignoró. La observó cada día de su vida -Ernesto metió la mano en su maletín de piel y sacó un sobre lacrado de color marfil-. Guillermo Voraz tuvo una familia legítima sedienta de poder. Hijos y nietos que habrían destruido a cualquiera con tal de heredar un dólar más. Cuando su madre se alejó del negocio familiar, Guillermo estuvo de acuerdo. Sabía que la única forma de que usted creciera a salvo de los buitres corporativos era manteniéndola en el anonimato. Fuera del mapa.
-¿A salvo? -Mónica alzó la voz, la indignación mezclándose con la confusión-. ¡Hoy mismo me echaron a la calle como si fuera basura!
-Y es exactamente el momento que su abuelo estaba esperando -Ernesto extendió el sobre hacia ella-. El señor Guillermo sabía que usted querría ganarse la vida por sus propios méritos, por eso entró a la empresa desde abajo. Pero él dejó instrucciones muy claras. El día que la empresa le diera la espalda, el juego del anonimato terminaría.
Mónica tomó el sobre con manos vacilantes. Rompió el sello de cera y desplegó el documento oficial. Sus ojos recorrieron las cláusulas legales impresas en papel de alta seguridad.
-Esto... esto dice que...
-Dice que usted es la heredera universal del patrimonio personal de Guillermo Voraz -completó Ernesto, cruzando las manos a la espalda-. Lo que incluye, de manera inmediata, el cuarenta por ciento de las acciones del Grupo Financiero Voraz. Usted es, a partir de este momento, la socia mayoritaria del holding.
Mónica soltó el papel sobre la barra de la cocina, retrocediendo como si el documento quemara.
-¿El cuarenta por ciento? Eso significa que...
-Significa que usted posee más control sobre la firma que toda la junta directiva junta. Y, por supuesto, mucho más que el director ejecutivo actual.
Mónica procesó la información en segundos. La imagen de Adrián sonriéndole con desprecio en su oficina de cristal cruzó por su mente. "Eres una analista promedio, perfectamente reemplazable".
Un fuego nuevo, ardiente y desconocido, comenzó a encenderse en el pecho de Mónica. La tristeza por el despido desapareció, reemplazada por una fría determinación.
-Adrián tiene una reunión con el consejo mañana por la mañana -dijo Mónica, su voz cambiando por completo, perdiendo la timidez-. Van a votar la reestructuración de mi antigua división.
-Lo sé -Ernesto sonrió con complicidad-. En El Pabellón de Cristal, a las nueve de la mañana.
-¿Tengo acceso a ese lugar con estas acciones?
-Señorita Voraz, usted es la dueña de ese lugar. Si lo desea, puedo tener un automóvil oficial esperándola abajo a las ocho y media. Su suite ejecutiva ya está siendo preparada.
Mónica miró la caja de cartón en la cocina, luego el testamento de su abuelo, y finalmente al abogado. Se enderezó el saco arrugado de su traje sastre barato.
-Dígale al chofer que llegue a las ocho, Ernesto. No me gusta llegar tarde a mi primer día como jefa.
A las ocho en punto de la mañana, un imponente sedán negro de vidrios blindados se detuvo frente al viejo edificio de apartamentos de Mónica. El contraste era casi ridículo. El chofer, vistiendo un traje oscuro y guantes pulcros, bajó rápidamente para abrirle la puerta trasera.
Mónica subió en silencio. Llevaba un traje sastre negro que había comprado con sus primeros ahorros; no era de diseñador, pero le entallaba a la perfección. Tenía el cabello recogido en una coleta alta y la mirada fija al frente. En su regazo, sus manos apretaban la carpeta de piel que contenía el testamento original de Guillermo Voraz.
-¿Nerviosa, señorita Voraz? -preguntó Ernesto Sandoval desde el asiento contiguo.
-Tengo el corazón en la garganta, Ernesto -admitió Mónica, sosteniéndole la mirada-. Pero tengo más rabia que miedo. Eso ayuda.
-Excelente. La rabia es un gran motor en el mundo de los negocios, siempre y cuando se mantenga fría. No olvide quién es usted hoy.
El trayecto hacia el distrito financiero fue rápido. Al llegar al complejo del Grupo Financiero Voraz, el auto no se detuvo en la entrada principal, donde los empleados comunes hacían fila para registrarse. El vehículo descendió por una rampa privada hacia el sótano ejecutivo.
Mónica bajó del auto y siguió a Ernesto hacia el ascensor de alta seguridad. El abogado deslizó una tarjeta dorada con banda magnética y colocó su huella en el lector biométrico. El ascensor ascendió de inmediato, saltándose los cincuenta pisos de la torre de oficinas, y se detuvo con un suave timbre en un nivel subterráneo conectado por un puente acristalado.
Frente a ellos se abría El Pabellón de Cristal.
La estructura era una obra de arte arquitectónica: una enorme extensión de oficinas suspendida sobre un jardín zen interior, rodeada de paneles de vidrio templado inteligente que cambiaban de opacidad con solo un comando de voz. Aquí no había cubículos, ni ruido de teléfonos, ni olor a café barato. El aire olía a madera de cedro y a alfombras nuevas. Era el santuario donde se tomaban las decisiones que movían la economía del país.
Mónica caminó por el pasillo central, escuchando el eco firme de sus tacones. A lo lejos, las puertas dobles de madera noble de la Sala del Consejo estaban entornadas. Se escuchaba el murmullo de varias voces masculinas y, por encima de todas, la voz fría y modulada de Adrián.
-...y con la salida de la división baja que ejecutamos ayer, proyectamos un ahorro del doce por ciento en el gasto operativo de este trimestre -decía Adrián, con tono impecable-. El holding no necesita mantener grasa innecesaria.
Mónica se detuvo a un metro de la entrada. Miró a Ernesto, quien le dedicó un asentimiento de cabeza.
Sin golpear, Mónica empujó las puertas dobles con ambas manos. El impacto de la madera contra los topes de hule resonó en toda la estancia.
Los doce miembros del consejo de administración se callaron al unísono, girando la cabeza hacia la entrada. Adrián, que estaba de pie junto a una enorme pantalla táctil interactiva mostrando gráficos de barras, se congeló con el control remoto en la mano.
La sala era el epítome del lujo: una mesa ovalada de mármol negro, sillones de piel y luz natural filtrándose desde el techo acristalado.
Adrián parpadeó, incrédulo, antes de que su rostro recobrara la máscara de hielo habitual. Frunció el ceño y dio un paso hacia el frente.
-¿Qué significa esto? -su voz cortó el aire como un cuchillo-. Señorita Mónica, creo que fui bastante claro ayer. Usted ya no pertenece a esta empresa. Su acceso al edificio debió ser revocado a las cinco de la tarde. ¿Cómo demonios entró aquí?
Mónica no retrocedió ni un centímetro. Avanzó hacia el interior de la sala, ignorando las miradas confusas y molestas de los hombres de negocios presentes.
-Entré por el ascensor ejecutivo, Adrián. Y no grites, que no estamos en los cubículos de análisis.
-Esto es el colmo de la insolencia -Adrián soltó el control sobre la mesa de mármol y caminó directo hacia ella, deteniéndose a menos de un metro. Su altura y su presencia física solían intimidar a cualquiera, pero Mónica mantuvo la barbilla en alto-. No sé qué clase de juego mental estás intentando jugar para retener tu empleo, pero estás cometiendo un delito federal. Esto es propiedad privada de alta restricción. Sal de aquí ahora mismo por las buenas, o te aseguro que saldrás esposada.
-¿Ah, sí? Inténtalo -desafió Mónica, cruzándose de brazos.
Adrián apretó la mandíbula. Presionó con fuerza el intercomunicador empotrado en la pared de la sala.
-Seguridad, Pabellón de Cristal, sala A. Tengo una intrusa. Muévanse de inmediato.
En menos de treinta segundos, la puerta se abrió de nuevo y dos guardias uniformados de gran estatura entraron a la sala, con las manos apoyadas en sus cinturones de equipo.
-Saquen a esta mujer del complejo. Si se resiste, llamen a la policía local -ordenó Adrián, señalando a Mónica sin mirarla a los ojos.
Los guardias dieron un paso hacia ella, pero antes de que pudieran ponerle un dedo encima, Ernesto Sandoval dio un paso al frente desde las sombras del pasillo, interponiéndose en el camino.
-Yo no haría eso si fuera ustedes -dijo Ernesto con una voz tan calmada que resultó aterradora.
Los guardias se detuvieron en seco al reconocer al hombre. Adrián también dio un paso atrás, visiblemente descolocado por la presencia del veterano abogado.
-¿Licenciado Sandoval? -preguntó Adrián, suavizando un poco el tono, aunque manteniendo la hostilidad-. ¿Qué hace usted aquí? La lectura formal del testamento de don Guillermo está programada para la próxima semana en su bufete. No entiendo qué hace involucrado en este altercado con una ex-empleada resentida.
-No hay ningún altercado, director ejecutivo -respondió Ernesto, abriendo su maletín de piel y sacando un documento con el sello dorado del notario del Estado-. Y no hay necesidad de esperar a la próxima semana. Como albacea principal del patrimonio Voraz, tengo la facultad legal de ejecutar las disposiciones de control de manera inmediata si la estabilidad de la empresa lo requiere.
Adrián miró el documento y luego a Mónica. Una sombra de sospecha comenzó a dibujarse en sus ojos grises.
-¿De qué está hablando? ¿Qué tiene que ver ella con el testamento de mi tío abuelo?
-Mucho más de lo que a usted le gustaría, joven Adrián -Ernesto dio la vuelta a la mesa de mármol, colocándose en el centro de la sala para que todos los miembros del consejo pudieran escucharlo con claridad-. Señores del consejo, les presento formalmente a Mónica Voraz. Hija única de Alejandra Voraz, y nieta directa de nuestro fundador, el señor Guillermo Voraz.
Un murmullo unánime estalló en la sala. Los directores comenzaron a hablar entre ellos, revisando carpetas y mirándose con asombro.
Adrián soltó una carcajada seca, carente de cualquier pizca de humor.
-Eso es ridículo. Una mentira absurda. Alejandra Voraz murió hace años y nunca tuvo descendencia. Esta mujer es una impostora que usó su puesto de analista para recolectar información y armar un fraude. ¡Guardias, sáquenla!
-¡Quietos! -la voz de Mónica resonó con una fuerza que sorprendió incluso a Adrián. Los guardias dudaron y se quedaron en su lugar-. Mire bien los sellos, Adrián. Mira las pruebas de ADN certificadas que están anexadas al documento. Mi abuelo me ocultó para protegerme de personas como tú, pero se aseguró de dejar todo legalmente blindado antes de morir.
Ernesto extendió el documento hacia el miembro más antiguo del consejo, un hombre de cabello cano que había sido la mano derecha de Guillermo durante décadas. El hombre se colocó los anteojos, leyó la primera página y su rostro palideció.
-Es... es la firma de Guillermo -dictaminó el viejo director, levantando la vista hacia Mónica con una mezcla de respeto y temor-. Y el sello del tribunal supremo. Es auténtico, Adrián. Ella es la heredera.
Adrián le arrebató el documento de las manos al director, leyendo las líneas con desesperación. Sus ojos se movían de izquierda a derecha a toda velocidad, buscando un vacío legal, una falla, cualquier cosa que pudiera salvar su posición. Pero el trabajo de Sandoval había sido perfecto.
-El cuarenta por ciento... -susurró Adrián, y por primera vez en su vida, Mónica vio una grieta en su armadura de autosuficiencia. El color se había evaporado de sus mejillas-. Le dejó el cuarenta por ciento de las acciones preferentes.
-Lo que me convierte en la socia mayoritaria de este holding -concluyó Mónica, dando un paso firme hacia la cabecera de la mesa, el lugar exacto que Adrián había estado ocupando hace unos minutos.
Mónica estiró la mano y tomó el control remoto del proyector que Adrián había dejado sobre la mesa. Con un movimiento rápido de los dedos, apagó la pantalla táctil, borrando los gráficos de despidos que él tanto presumía.
-Señorita Mónica... esto debe ser un error de interpretación -intentó intervenir uno de los directores, tratando de sonar conciliador-. Quizás deberíamos suspender la sesión y...
-La sesión no se suspende -lo cortó Mónica, clavándole una mirada fría-. La sesión continúa, pero con un cambio de agenda. Como accionista mayoritaria, mi primera acción es revocar la orden de reestructuración y despido de la división baja. Nadie se va de esta empresa hasta que yo revise personalmente las auditorías.
Adrián tiró los papeles sobre la mesa, la rabia contenida finalmente estallando en sus ojos. Miró a los guardias con furia.
-Fuera de aquí. Los dos. Ahora -les rugió. Los guardias se retiraron de inmediato, cerrando las puertas detrás de sí.
Adrián rodeó la mesa, colocándose frente a Mónica. La distancia entre ambos era tan corta que ella podía sentir el calor de su respiración alterada.
-¿Crees que puedes llegar aquí, mostrar un papel y revertir meses de estrategia financiera? -le siseó Adrián, con la voz temblando de furia contenida-. Puede que tengas las acciones, Mónica, pero no tienes la menor idea de cómo dirigir este monstruo. Las acciones dan dinero, no inteligencia. Sigues siendo la misma analista inexperta que despedí ayer.
-Y tú sigues siendo el mismo CEO soberbio que depende del dinero de mi familia para mantener su puesto -respondió Mónica, sosteniéndole la mirada fija, sin pestañear-. Ayer me dijiste que la empatía no cotizaba en la bolsa, ¿te acuerdas? Bueno, resulta que las acciones sí cotizan. Y yo tengo más que tú.
Adrián apretó los dientes, sus nudillos apoyados en la mesa de mármol se volvieron blancos por la presión.
-Esto no ha terminado -amenazó en un susurro que solo ella pudo escuchar-. Voy a impugnar ese testamento. Voy a revisar cada firma, cada rastro de sangre. Te voy a sacar de esa silla, Mónica.
Mónica sonrió de medio lado, una imitación perfecta de la sonrisa fría que él le había dado el día anterior. Se acomodó en el gran sillón presidencial de piel negra, cruzando las piernas con elegancia.
-Puedes intentarlo, Adrián. Pero mientras lo haces, ve por mi café. Negro, sin azúcar. Y asegúrate de que esté caliente para cuando termines de explicarme los verdaderos números del trimestre. Siéntate. La reunión acaba de empezar.
El eco de los tacones de Mónica sobre el mármol del Pabellón de Cristal ya no sonaba a una empleada que caminaba con prisa para no llegar tarde a su cubículo. Ahora era el pulso que dictaba el ritmo del edificio.
Acompañada por Ernesto Sandoval, Mónica se detuvo frente a las imponentes puertas de vidrio esmerilado que daban acceso a la oficina presidencial. El letrero cromado en la entrada todavía rezaba: Guillermo Voraz – Presidente Fundador. Adrián había estado usando una oficina contigua, esperando el momento legal idóneo para mudarse al santuario del viejo magnate. Ese momento nunca llegaría para él.
Ernesto pasó una tarjeta de titanio por el lector magnético y las puertas se deslizaron suavemente, revelando un espacio que parecía sacado de una revista de alta arquitectura. La oficina era inmensa. Tenía un escritorio de nogal negro pulido, ventanales de piso a techo con vista directa a los jardines privados del Pabellón, sillones de piel de diseñador y una pequeña barra de licores empotrada en la pared.
-Es suya, señorita Voraz -dijo Ernesto, dando un paso al lado para dejarla pasar-. Todo lo que ve aquí, y lo que está en los servidores privados de su abuelo, le pertenece. Su asistente personal llegará en diez minutos. He seleccionado a alguien de absoluta confianza.
Mónica caminó lentamente hacia el escritorio. Pasó las yemas de los dedos por la superficie fría de la madera. Se sentía extraña, como si estuviera habitando el cuerpo de otra persona. Apenas veinticuatro horas antes estaba empacando sus pertenencias en una caja de cartón barata.
-¿Ernesto? -llamó Mónica sin darse la vuelta.
-¿Sí, señorita?
-¿Mi abuelo realmente se sentaba aquí a pensar en mí?
Ernesto suspiró con suavidad, con una calidez que rara vez mostraba en los pasillos de la empresa.
-Don Guillermo pasaba horas mirando esos jardines. Muchas veces me dijo que el mayor éxito de su vida no fue construir este holding, sino asegurarse de que su única nieta creciera con la humildad y la fuerza que a sus otros parientes les faltaba. Él sabía lo que hacía. No tenga duda de eso.
Mónica asintió, tragándose el nudo que se le formaba en la garganta. Se sentó en el imponente sillón ejecutivo. Le quedaba un poco grande, pero la sensación de poder era innegable.
-Déjame sola un momento, por favor -pidió-. Necesito revisar los primeros informes.
-Por supuesto. Estaré en la sala de asesores si me necesita.
Ernesto salió de la oficina y las puertas de vidrio se cerraron, aislando a Mónica en un silencio sepulcral. Sin embargo, la paz duró menos de dos minutos.
Las puertas se abrieron de golpe, estrellándose contra los marcos con un estruendo que hizo vibrar los cristales. Adrián entró como un torbellino de furia. Ya no llevaba el saco del traje; la camisa blanca estaba ligeramente desabrochada en el cuello y sus ojos grises chispeaban con una rabia contenida que amenazaba con desbordarse.
Sin pedir permiso, caminó a grandes zancadas hacia el escritorio, apoyó ambas manos sobre la madera de nogal y se inclinó hacia Mónica, invadiendo su espacio personal.
-¿Te sientes cómoda en esa silla, Mónica? -preguntó, con la voz pastosa por la ira, un susurro peligroso y cargado de veneno.
Mónica no se movió. Se reclinó en el sillón, entrelazó los dedos sobre su regazo y lo miró con una calma que pareció enfurecerlo aún más.
-Bastante cómoda, Adrián. La madera es excelente. ¿A qué se debe esta interrupción? Creo que mi asistente aún no ha programado tu cita.
-Déjate de estupideces y juegos de palabras -siseó él, golpeando el escritorio con el puño-. No sé qué clase de magia negra hiciste con Sandoval para falsificar esos documentos, pero no me voy a tragar este cuento de hadas de la nieta perdida que viene a salvar la empresa. Eres una oportunista de la peor clase.
-Mide tus palabras, Adrián -advirtió Mónica, endureciendo la mirada-. Estás hablando con la dueña de la empresa. Un poco más de respeto si quieres conservar tu puesto de director ejecutivo.
Adrián soltó una carcajada amarga, llena de desprecio.
-¿Tu empresa? ¡Por favor! Hace seis meses suplicabas por una oportunidad en el piso de analistas. Revisabas mis hojas de cálculo y temblabas cada vez que entraba a la sala de juntas. ¿Y ahora esperas que me arrodille ante ti porque apareciste con un testamento conveniente justo cuando el viejo murió? Qué coincidencia tan perfecta. Qué sincronización tan corporativa.
-No hubo ninguna coincidencia -respondió Mónica, levantándose del sillón para quedar a su misma altura. Aunque él era más alto, ella no retrocedió-. Mi abuelo me protegió de víboras como tú y de tu familia. Sabía que si ponía mi nombre en el registro desde el principio, ustedes habrían buscado la forma de destruirme o de comprarme. Me dejó trabajar desde abajo para que conociera la realidad de esta empresa, no la fantasía en la que tú vives desde tu oficina privada.
-¡No me vengas con discursos moralistas! -Adrián rodeó el escritorio, rompiendo la distancia de seguridad entre ambos. Su presencia era abrumadora, pero Mónica mantuvo la barbilla en alto-. Conozco a las personas como tú. Viste una debilidad, viste un hueco legal y te metiste como una rata para quedarte con el trabajo de toda una vida. El viejo Guillermo estaba senil en sus últimos meses. Cualquiera pudo haberle hecho firmar ese papel.
-Mi abuelo estuvo lúcido hasta el último segundo, y tú lo sabes mejor que nadie -reparó Mónica, su voz cortando el aire con precisión-. Lo que te duele no es que el testamento sea falso. Lo que te revienta el ego es que la mujer a la que humillaste ayer, la "analista promedio" a la que echaste a la calle como si fuera basura, hoy es la persona que decide si mañana tienes trabajo o no.
Adrián la tomó del brazo por un reflejo de frustración, pero Mónica se soltó con un movimiento brusco, clavándole una mirada que destilaba fuego.
-No me vuelvas a tocar -le advirtió en un tono tan gélido que hizo que Adrián bajara la mano lentamente.
El CEO respiró hondo, tratando de recuperar el control que siempre lo caracterizaba, pero el temblor en su mandíbula lo delataba.
-Esto es un error, Mónica. Y lo vas a pagar caro. La junta directiva te tolera hoy porque están asustados por los abogados de Sandoval, pero no te respetan. En cuanto cometas el primer error financiero, en cuanto las acciones bajen un solo punto por tu incompetencia, te van a devorar viva. Y yo voy a estar ahí para firmar tu salida definitiva, esta vez sin indemnización.
-Entonces siéntate a esperar, Adrián, porque ese error no va a llegar -Mónica caminó hacia el enorme ventanal, dándole la espalda, un gesto de absoluta superioridad-. Conozco los números de esta empresa mejor que tú. Mientras tú te dedicabas a cenar con inversionistas en restaurantes de cinco estrellas, yo pasaba las noches analizando los balances reales. Sé dónde estás inflando los presupuestos y sé qué divisiones estás ahogando para colgarte medallas que no te corresponden.
Adrián se quedó en silencio un momento, procesando sus palabras. La arrogancia en su rostro dio paso a una expresión de fría hostilidad calculadora.
-¿Crees que puedes manejar el holding Voraz solo con balances contables? Esto es una guerra de lobos, Mónica. Mañana por la mañana tenemos la conferencia de prensa para anunciar los resultados trimestrales. Los periodistas van a preguntar por el cambio repentino en el consejo. ¿Qué les vas a decir? ¿Que eres la nieta milagrosa? Te van a despedazar.
Mónica se dio la vuelta despacio, apoyándose contra el marco del ventanal.
-A la prensa le encanta una buena historia de éxito y herencia, Adrián. Les voy a decir la verdad: que el Grupo Financiero Voraz vuelve a estar en manos de un Voraz. Y que el director ejecutivo actual está bajo período de prueba.
-¿Período de prueba? -Adrián dio un paso al frente, la indignación brillando de nuevo en sus ojos-. ¡Yo salvé este trimestre! ¡Yo reestructuré la deuda de los hoteles de Nueva York! No puedes ponerme bajo período de prueba.
-Puedo y ya lo hice -Mónica caminó de regreso a su escritorio y tomó una carpeta azul que acababa de dejar Sandoval-. Aquí está la orden firmada por la socia mayoritaria. Cada decisión que tomes, cada contrato que intentes firmar y cada despido que se te ocurra planear, tiene que pasar por este escritorio primero. Si respiras sin mi autorización en este edificio, estás fuera.
Adrián la miró con una mezcla de odio puro y una fascinación involuntaria que intentó reprimir de inmediato. La mujer tímida que agachaba la cabeza en los pasillos había desaparecido por completo; en su lugar había una ejecutiva implacable que manejaba los tiempos del diálogo con una maestría que él no esperaba.
-Disfruta tu pequeño momento de gloria, Mónica -dijo Adrián, caminando hacia la puerta con pasos lentos y deliberados. Se detuvo antes de salir y la miró de reojo-. Pero recuerda esto: en este Pabellón de Cristal, las paredes son transparentes. Te estaré vigilando. Cada segundo, cada movimiento, cada respiración. Al primer tropiezo, recuperaré lo que es mío.
-No puedes recuperar lo que nunca te perteneció, Adrián -respondió Mónica, sentándose de nuevo en el sillón presidencial-. Ahora sal de mi oficina. Tengo mucho trabajo que hacer para arreglar tus desastres.
Adrián apretó los puños, abrió la puerta de vidrio de un tirón y salió de la oficina, dejando una estela de tensión en el aire que tardaría horas en disiparse.
Mónica se reclinó en su asiento y soltó el aire que había estado reteniendo. Las manos le temblaban ligeramente, pero la adrenalina que corría por sus venas era embriagadora. La guerra en el Grupo Financiero Voraz acababa de comenzar, y ella no pensaba perderla.