Bato mi melena castaña en todas direcciones intentando que se comporte, mientras calzo mis pies en unos stilettos color nude y me aplico brillo labial. No hay forma de domarlo, así que lo ato en una coleta alta, dejando algunos mechones sueltos para restarle formalidad. Voy tarde. Tarde para sustituir a mi madre en una reunión con una clienta que, en un descuido impropio de ella, agendó a dos personas al mismo tiempo. No puedo decirle que no a Emilia; en el fondo, ella es el motor de todo esto.
Bajo al salón y encuentro la imagen de siempre: mi abuela, Eloísa, bordando con precisión quirúrgica un encaje de pedrería, y mi madre, Emilia, organizando un caos de revistas y tarjetas. Somos las mujeres Palacios, las dueñas de Daydream Weddings. Mi abuela viste a la novia; mi madre planea el sueño. Y yo, recién graduada en diseño de modas, estoy aquí para demostrarles que podemos ser más que bodas. Esta reunión es mi oportunidad para transformar Daydream Weddings en Daydream Events.
-Valentina, ¿tienes la dirección? -pregunta mi madre sin levantar la vista-. No digas que no a nada. Si piden un imposible, ofréceles la alternativa más lujosa. Si te bloqueas, llámame.
-Todo bajo control, mamá. Lo he repasado mil veces. Siento que la que se va a casar soy yo.
Esa es mi realidad. He crecido entre altares ajenos y banquetes de ensueño, probándome vestidos de novia solo para ayudar a mi abuela con los alfileres. He alimentado el deseo de mi propio "final feliz", pero soy realista: mi radar de candidatos está desierto. Mi última relación fue en el instituto y terminó porque me negué a dar la "prueba de amor". Mi "flor" -como dice mi abuela- sigue esperando al indicado.
-Ya verás que así será, hija -dice mi madre con optimismo-. Llegará un hombre inteligente, de buena familia...
-Y también se le aparecerá el indeseable -interrumpe mi abuela desde su rincón-. Ninguna Palacios escapa al maleficio.
-Por Dios, mamá... -Emilia suspira-. Deja la leyenda. Valentina no va a pasar por eso. Uno atrae lo que piensa, mi niña está destinada a grandes cosas, una buena vida....
-Lo mismo decía yo de ti y no tengo que decirte como terminó.
Emilia se irguió y dedicó a la abuela la mirada más letal de su repertorio, la que siempre salía cuando estaba verdaderamente furiosa, sin embargo sus palabras aunque firmes salieron con total naturalidad, como un discurso aprendido de memoria.
- No es lo mismo Mamá, el padre de Tina falleció en un accidente y no hubo ningún otro. Yo rompí el maleficio.
Escucho un murmullo burlesco salir de la voz de mi abuela más no hago caso, no intervengo. He escuchado esa disputa un millón de veces. Para mí, las brujas y los maleficios pertenecen a los libros, no a la vida real.
Un portazo corta la tensión. Es Camila, mi mejor amiga y la administradora del negocio. Entra como un torbellino.
-Llegas tarde -la regaño, tendiéndole un té.
-Lo siento, Tini, pero es que no saben... -chilla y planta su mano frente a mi cara.
El brillo de la piedra me deja sin aire. Camila está comprometida. De repente, el salón se siente más pequeño. Soy la única soltera, la única sin un plan. Por un segundo, las palabras de mi abuela resuenan en mi cabeza: ¿Y si el maleficio es que yo ni siquiera conoceré a nadie?
-¡Felicidades, Mila! -logro decir, uniéndome al abrazo grupal.
-Tú eres la siguiente, Titi, ya lo verás-dice ella con un guiño-. Te conseguiremos un novio para mi boda. Esta noche salimos de copas para celebrar.
-¿Y tu prometido no se enojará?
-Él será nuestro chófer. ¿Quién crees que nos recogerá cuando el tequila nos impida caminar?
Esa es Mila. Siempre apoyando, siempre sumando.
Pero antes de salir, mi abuela me sujeta la mano. Su mirada es inusualmente seria.
-Cuídate, niña. Lo siento en el pecho. Hoy es la noche: los vas a conocer a los dos. Recuerda: el que parezca el mejor partido, es el equivocado. Las apariencias siempre engañan.
-Tranquila, abuela. Tendré cuidado.
El auto de Mila decidió morir en el peor momento. Estábamos a mitad de la vía, el sol pegaba con fuerza y mi reloj me gritaba que la oportunidad de mi vida se estaba esfumando.
-Debes irte, Valentina -dijo Cami, frustrada y un poco histérica -. No puedo dejar el coche aquí. Busca un Uber. -Dio un manotazo al volante y tomo su celular.
-¡No hay ninguno cerca! -chillé, viendo el mapa vacío en mi teléfono. -Desde que el auto murió estuve pensando en esa opción pero todo parecía jugar en mi contra. - No podemos perder esta cita.
-¡Mira ese! -señaló una camioneta negra imponente con un distintivo en el ventanal.
No lo pensé. El pánico a fallarle a mi madre y a perder mi ascenso pudo más que la lógica. Corrí, abrí la puerta trasera y me desplomé sobre el asiento de cuero, que olía a maderas y cítricos.
-¡Siento la tardanza! Mi madre no me avisó que ya estaba aquí -solté, fingiendo una seguridad que no tenía.
El hombre al volante se giró despacio. Por un segundo, el ruido de la ciudad desapareció. Tenía unos ojos color aguamarina, tan irreales que parecían retocados digitalmente. Su barba de tres días y la forma en que su mandíbula se tensó me dejaron sin aliento.
-Señorita... no estoy en servicio -dijo con una voz grave, peligrosamente sensual-. Se ha confundido de conductor.
Me quedé helada, pero el orgullo (y la desesperación) me obligaron a mantener mi mejor cara de póker.
-¿Cómo dice? -fingí revisar mi celular-. No puede hacerme esto, voy a una reunión de vida o muerte. Por favor -añadí, suavizando el tono.
Él suspiró, mirándome con una mezcla de irritación y una curiosidad que no pudo ocultar. Finalmente, encendió el motor.
-Dígame a dónde va. Si me queda de paso, la llevo. Pero a cambio, tendrá que decirme su nombre.
La negociación terminó en una sonrisa coqueta por su parte y un trato: si llegábamos en diez minutos, le daría mi Instagram.
Mientras sorteaba el tráfico como todo un experto, su mirada conecto con la mía una vez más por el retrovisor, se estaba divirtiendo con mi nervisosismo, se notaba y lo comprobé cuando escuché sus palabras.
-¿Cuál es la prisa, señorita? -preguntó mientras esquivaba el tráfico con una destreza envidiable-. ¿Tan importante es esa reunión como para asaltar el coche de un extraño? - la sonrisa cargada de diversión que mostró envío una descarga eléctrica a mi vientre bajo, no se cómo podía afectarme tanto un desconocido.
-Es mi oportunidad -confesé, y por alguna razón, su mirada por el retrovisor me hizo ser honesta-. Mi familia cree que solo sirvo para seguir sus pasos, pero hoy tengo que demostrar que puedo liderar mi propia división. Si no llego a ver a Christina Andrews, seguiré siendo solo "la hija de la jefa" para siempre. Es mi valía la que está en juego.
Él guardó silencio un momento, y noté cómo su expresión se suavizaba.
-Entiendo lo que es tener que demostrarle algo a una familia que no espera nada de ti -murmuró, casi para sí mismo-. Bien, Valentina. Te llevaré. Pero a cambio, tendrás que aceptarme un café algún día.
No pude evitar reírme, era ingenioso no le quitaba eso. -Ese no era el trato - solo eso dije aunque moría por aceptar su invitación.
-Bueno, tampoco sabía la importancia de la misión-
-Veamos primero que tan temprano llegamos -
Cumplió su promesa. Me dejó frente al hotel más lujoso de la ciudad con una precisión casi militar.
-Me llamo Valentina-le dije, bajando del auto con una elegancia que esperaba que estuviera notando-. Búscame como Tiny Daydream.
Caminé hacia la entrada sintiendo su mirada en mi espalda, pero no tuve tiempo de regodearme. Al entrar al lobby, el destino decidió que un encuentro no era suficiente. Iba tan distraída que choqué de frente contra un muro de tela fina y músculos firmes. Unos brazos fuertes me sostuvieron antes de que mis stilettos me traicionaran.
-Lo siento mucho -balbuceé, roja de vergüenza.
Me encontré de frente con unos ojos azules profundos y un traje que gritaba "millonario". El tipo parecía esculpido por un artista.
-No pasa nada, yo también venía en las nubes -respondió con una sonrisa perfecta-. ¿Estás bien?
-Sí, gracias a usted.
-¿Tan anciano me veo para que me hables de "usted"? -rio-. Me llamo Matt. ¿Qué tal un café para compensar el susto?
-Lo siento, voy tarde.
-Lastima, para luego será.
Ambos seguimos nuestros caminos, sin embargo mientras entraba al elevador fue inevitable pensar qué en menos de veinte minutos, dos hombres espectaculares habían invadido mi espacio.
Una punzada de inquietud me recorrió la espalda al recordar a mi abuela: "Hoy es la noch
e, los vas a conocer a los dos".
¿Sería posible? ¿O simplemente era el azar burlándose de las mujeres Palacios?
Emilia había tenido razón cuando describió a la clienta. Solamente cuando me hicieron subir a una suite privada en el corazón de Brickell, supe que Christina Andrews era de esas personas que no admitiría jamás mezclarse con la plebe y que nos borraría del mapa al mínimo error. Repasé mi apariencia en el espejo del lujoso ascensor. Gracias a Dios había optado por lucir uno de los modelitos de mi abuela Eloísa: un vestido ajustado de corte recto color rosa palo que, junto al blazer blanco y un cinturón nude, me daban un aspecto elegante y profesional.
Mi cabello rizado siempre desentona un poco con la rigidez estética de Miami, pero el recogido me daba la presencia necesaria para mis veintiséis años.
Las puertas de la lujosa caja se abrieron dejándome en una estancia que gritaba "dinero antiguo". El mármol pulido brillaba como diamantes y las paredes crema con apliques dorados creaban una atmósfera casi irreal. Pero lo más impresionante era la vista; la última pared había sido reemplazada por enormes ventanales que dejaban la ciudad a mis pies.
- Tú debes ser Valentina Palacios.
Giré mi cuerpo hacia la voz masculina. Un hombre joven, delgado y enfundado en un traje de diseñador, me evaluaba con una curiosidad brillante. Asentí y le tendí la mano en un gesto profesional.
- Así es, buenos días. ¿Usted es el asistente de la señora Andrews?
- Allan Duncan, asistente personal de la señora. -Tomó mi mano y me dedicó una sonrisa de complicidad-. ¿Qué desea tomar? La señora Andrews bajará en un momento. Ponte cómoda.
- Agua está bien, gracias, señor Duncan.
- Querida, llámame Allan. Un consejo: -se acercó, bajando la voz-. No te levantes de tu asiento cuando entre. Déjala hablar primero y ni se te ocurra ofrecerle la mano a menos que ella lo haga primero. A Christina le gusta sentir que el aire que respiras le pertenece por contrato.
Justo cuando iba a preguntarle el porqué, escuchamos el repiqueteo de unos tacones. Una visión que mezclaba la autoridad de Miranda Priestly con una elegancia gélida apareció en lo alto de las escaleras. Christina Andrews debía rondar los cincuenta, pero su piel estaba tan tensa por el botox que parecía una máscara de porcelana; solo su cabellera completamente blanca, cortada con una precisión quirúrgica, delataba su madurez.
Seguí el consejo de Allan. Me limité a hacer contacto visual con la mujer y me mantuve sentada en el sillón frente al ventanal. Ella se acomodaba frente a mí como una reina estudiando a un súbdito.
- Espero que Eloísa esté en lo correcto y estés preparada para esto, Valentina. -Su voz era como el hielo rozando el cristal-. Es de suma importancia que no haya errores. Mi familia no tolera la mediocridad.
- Buen día, señora Andrews. Podría comenzar a parlotear para intentar convencerla, pero prefiero mostrarle hechos. -A pesar de estar aterrada, abrí la carpeta-. He seleccionado salones exclusivos para el evento y un par de propiedades privadas. Incluso incluí la antigua hacienda de mi familia a las afueras; tiene un aura de tradición que encajaría con el apellido Andrews.
Christina ojeó los bocetos con desdén profesional, hasta que sus ojos se detuvieron en la foto de la hacienda. Por un segundo, una sombra de reconocimiento cruzó su mirada, pero desapareció tras su máscara de frialdad.
- Me agrada tu enfoque. -Cerró la carpeta-. La ceremonia es para mi hijo, Sebastián. La pedida de mano oficial con la familia de su prometida será en un mes. Si ese evento sale tal como lo deseamos, el contrato de la boda será suyo. ¿Cree que puede con ello?
- Por supuesto. Cuente con ello.
- Una condición más. -Christina se inclinó hacia adelante-. Dile a Emilia que te quiero a ti personalmente al frente de este proyecto. Debes ser exclusiva. Te pagaré cinco mil dólares a la semana desde hoy hasta el día del evento. Te necesito al cien por ciento concentrada en mi familia.
- Debo hablarlo con mi madre, es su negocio y ella debe aprobarlo...
- De Emilia me encargo yo. -Me interrumpió con una sonrisa gélida-. En cuanto a tu socia... duplicaré la cantidad para ambas. Diez mil dólares semanales para cada una. ¿Qué te parece?
Tragué el nudo en mi garganta. Era una cantidad obscena, pero la oportunidad era demasiado grande para dejarla pasar.
- Está bien, señora Andrews. Tenemos un trato.
Salí del hotel escoltada por Allan, quien resultó ser un tipo encantador de mi edad. En diez minutos supe que era abierta y orgullosamente gay, y que había sido él quien nos recomendó tras asistir a varias bodas organizadas por mi abuela. Me despedí de él encontrándome con Camila en la entrada.
- Tenemos trabajo, Cam. Diez mil dólares a la semana... para cada una. Ahora vamos a domar al dragón Emilia antes de que nos arranque la cabeza.
Pero Camila falló en su predicción. Emilia no estaba domada; estaba en llamas. Nos esperaba en la sala de la casa con el rostro pálido y el ceño fruncido. En cuanto pronuncié el nombre de "Christina Andrews", su vaso de agua estuvo a punto de resbalar de sus manos.
- ¡No! ¡Absolutamente no! -gritó mi madre, levantándose de un salto-. ¡He dicho que no vamos a aceptar ese contrato!
- ¡Mamá, es la oportunidad de expandirnos que siempre quisiste! ¡Es la familia más poderosa de la tecnología!
- ¡Es una locura! -rugió ella, y su voz temblaba de una forma que nunca había visto. En su pánico, sus ojos buscaron una excusa para detenernos-. ¿Cómo voy a confiarle un cliente de este calibre a un par de principiantes como ustedes? Van a arruinar el nombre de la empresa en una semana. No tienen ni idea de dónde se están metiendo, son un par de niñas jugando a ser empresarias.
- ¿Principiantes? -chilló Camila, ofendida por el veneno en las palabras de mi madre-. Tía Emilia, hemos sacado adelante las últimas cinco bodas mientras tú estabas en crisis de nervios. ¡Sabemos lo que hacemos!
- ¡Ustedes no saben nada! -sentenció Emilia, y el dolor me escoció en el pecho-. Valentina, si insistes en esto, quedas fuera de Daydream. No voy a dejar que manches el nombre que por tantos años me ha costado construir solo por tu ambición ciega.
Me quedé boquiabierta. ¿Mi propia madre me estaba echando por buscar el éxito? ¿O era algo más lo que la hacía temblar así? Antes de que el desastre fuera total, la voz de mi abuela Eloísa retumbó en el salón.
- Tú no puedes decidir eso, Emilia. -Eloísa entró mirándonos como a niñas revoltosas-. La empresa no es tuya, ha sido de las Palacios mucho antes de que nacieras. Tú tuviste tu oportunidad cuando nos trajiste a Miami huyendo de tus fantasmas, ¿por qué Valentina no tendría la suya?
- ¡Porque nos dedicamos a las bodas! ¡No a los caprichos de esa mujer!
- Y yo no quería salir de Venezuela, pero lo hice para apoyarte. -La abuela se plantó frente a ella con una autoridad que nos hizo callar a todas-. Vendí mi casa y aposté por ti. Ahora haré lo mismo por mi nieta. Valentina, tienes este evento para demostrarme de qué estás hecha. Yo voy a respaldarlas. -Miró a Camila-. Si tienen éxito, les daré mi porcentaje de Daydream a las dos. Pero si fracasan, le cederé todo a Emilia y ella decidirá su futuro.
Emilia se retiró echando chispas, pero vi en sus ojos algo que no era rabia, era puro terror.
- Esto fue un completo desastre... -me dejé caer en el sofá, enterrando el rostro en mis manos.
- Lo sé, pero todavía podemos ganar. -Camila me tomó de los hombros, tratando de recuperar el ánimo-. Mueve ese culo flaco a la ducha y ponte el vestido más sexy del armario. Braulio viene por nosotras en media hora; todavía debemos ir "de cacería".
- No tengo muchos ánimos, Cam.
- Tonterías. Si no cazamos al marido perfecto, al menos cazaremos una copa para pasar el trago amargo. ¡Mañana empezamos a trabajar para los Andrews y nada nos va a detener!
El silencio que siguió al portazo de la habitación de Emilia no era un silencio de paz, sino uno cargado de electricidad estática, del tipo que precede a los huracanes en el Caribe. En la planta alta, el eco de los preparativos de Valentina y Camila funcionaba como un metrónomo de la ansiedad: el golpe de un frasco de perfume sobre el tocador, el abrir y cerrar de armarios, y esas risas nerviosas que solo tienen las mujeres cuando saben que están a punto de desafiar al mundo.
Abajo, en la cocina de azulejos blancos y aroma a lavanda, Emilia Palacios permanecía inmóvil frente al fregadero. Sus manos, las mismas que habían bordado miles de sueños ajenos en encaje y tul, temblaban de forma imperceptible. No estaba lavando nada; simplemente dejaba que el agua fría corriera sobre sus dedos, tratando de apagar el incendio que sentía en la sangre.
Eloísa entró en la estancia con la parsimonia de quien ha visto caer imperios. No encendió la luz principal; la penumbra del atardecer de Miami era suficiente para lo que tenían que hablar. Se acercó a la tetera y, con movimientos ceremoniosos, comenzó a preparar una infusión de tilo y valeriana.
- Te va a dar un síncope si no dejas de apretar la mandíbula de esa manera, Emilia -dijo la anciana, su voz era como un hilo de seda: suave pero imposible de romper.
- ¿Cómo pudiste hacerlo, mamá? -Emilia se giró bruscamente, cerrando el grifo con un movimiento violento-. ¿Cómo pudiste darle alas frente a esa muchacha? Sabes perfectamente quién es esa mujer. ¡Tú estuviste allí cuando todo se derrumbó! ¡Tú me ayudaste a recoger los pedazos!
Eloísa suspiró, dejando que el vapor del té le acariciara el rostro surcado de arrugas que guardaban más secretos que una confesión.
- Precisamente porque estuve allí, sé que las jaulas de oro siguen siendo jaulas, Emilia. Valentina tiene veintiséis años. Mírala. Es una mujer brillante, audaz, con una visión que tú y yo ya no tenemos. Ha traído más contratos nuevos a Daydream en los últimos dos años que los que nosotras conseguimos en una década. ¿Hasta cuándo pensabas mantenerla en esta burbuja de mentiras?
- ¡No es una burbuja, es un búnker! -Emilia bajó la voz a un susurro sibilante, temerosa de que las paredes tuvieran oídos-. Cuando Allan llamó a la oficina, solo mencionó a los Haywood. Dijo que era para la familia de la novia de un magnate. Jamás, ni en mis peores pesadillas, imaginé que terminaría sentada en una suite frente a Christina Andrews. Y que esa mujer la quiera a ella... -Emilia se abrazó a sí misma, un escalofrío recorriéndole la columna-. Me da mala espina. Christina no da un paso sin haber calculado el daño colateral. Es un tiburón que huele la sangre a kilómetros, y mi hija acaba de lanzarse al mar con una herida abierta.
- Valentina no sabe nada de Arthur -le recordó Eloísa, golpeando suavemente su taza con la cuchara-. Para ella, su padre es ese piloto romántico que murió en un accidente heroico sobre el Atlántico. Es una historia hermosa, Emilia, pero las historias hermosas no resisten el peso de la verdad por siempre.
- ¡Es que no es solo la verdad! -Emilia comenzó a caminar de un lado a otro por la cocina-. Es que Valentina es... es demasiado parecida a él. Tiene esa misma forma de arquear la ceja cuando está decidida, esa determinación terca que raya en la arrogancia. Si Arthur la ve, si tan solo se cruzan en un pasillo de esa mansión... Dios mío, mamá, Arthur no es tonto. Puede que Christina lo haya mantenido cegado por años, pero la sangre no se puede ocultar con botox ni con dinero.
Eloísa dejó la taza sobre la mesa y se puso de pie, obligando a su hija a detenerse y mirarla a los ojos.
- Escúchame bien. Si tratas de prohibirle este contrato, la empujarás más rápido hacia ellos. Valentina es una Palacios, y si algo tenemos las mujeres de esta familia es que cuando nos dicen que el fuego quema, metemos la mano solo para comprobar la temperatura. Si te opones, ella buscará respuestas al porqué de tu odio. ¿Quieres eso? ¿Quieres que empiece a investigar quién era realmente el "piloto" que la engendró?
Emilia guardó silencio, las lágrimas finalmente asomando en sus ojos. El recuerdo de Christina Andrews presentándose en su apartamento hace veintiséis años, con su propia barriga de embarazo y el pequeño Matthew de la mano, volvió a su mente como una bofetada. Recordó el veneno en sus palabras: "Destruirás a una familia, Emilia. Serás la amante que arruinó al hombre más prometedor de este país. ¿Realmente quieres que tu hija crezca bajo esa sombra?".
- Esa mujer es la maldad pura vestida de seda -susurró Emilia-. Me ofreció dinero para deshacerme de Valentina. Me llamó "basura hambrienta". Huimos a Venezuela porque tuve miedo de que si Arthur sabía la verdad, ella le haría algo al bebé. Y ahora, después de tanto sacrificio, Valentina camina directo hacia su guarida con una sonrisa en la cara.
- Entonces deja de actuar como su carcelera y conviértete en su estratega -le espetó Eloísa-. Si no puedes evitar que entre en la boca del lobo, enséñale a afilar los colmillos.
En ese momento, el sonido de unos tacones altos bajando las escaleras a toda prisa interrumpió la tensa charla. Valentina entró a la cocina como un torbellino de juventud y desafío. Llevaba un vestido de seda negro, corto y minimalista, que contrastaba con su piel canela y sus rizos salvajes que caían sobre sus hombros. Se veía radiante, poderosa, con esa luz que solo tienen quienes creen que son dueños de su destino.
- Nos vamos, abuela -dijo Valentina, evitando mirar directamente a su madre, aunque la tensión era tan evidente que se podía masticar-. No nos esperen despiertas. Vamos a celebrar que Daydream acaba de entrar en las ligas mayores.
Detrás de ella, Camila entró luciendo igualmente espectacular, aunque con una expresión de cautela al notar el ambiente en la cocina.
- Diviértanse, niñas -respondió Eloísa con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos-. Pero escuchen bien: Miami es una ciudad pequeña para los que tienen mucho que ocultar. No beban de más y mantengan los ojos abiertos. A veces, las luces más brillantes son las que más ciegan.
Valentina se detuvo en el umbral de la puerta, con la llave del auto en la mano. Miró a su abuela y luego, por un segundo, sus ojos se cruzaron con los de su madre. En la mirada de Valentina había un "te demostraré que te equivocas", mientras que en la de Emilia había un ruego silencioso que no encontraba palabras.
- Sé cuidarme sola, abuela -respondió Valentina finalmente, dándose la vuelta.
Camila le lanzó una mirada de disculpa a Emilia antes de salir volando tras su amiga. El motor del auto de Valentina rugió en la entrada y, segundos después, el sonido se desvaneció en la distancia de la calle.
Emilia se dejó caer en una silla, cubriéndose el rostro con las manos.
- Se parece tanto a él cuando sonríe... -sollozó-. Arthur solía decirme que el mundo era suyo con esa misma seguridad.
- El mundo es de quien se atreve a tomarlo, Emilia -concluyó Eloísa, volviendo a su té-. Pero Valentina no sabe que ese mundo ya tiene dueña, y se llama Christina Andrews. Solo podemos esperar que, cuando se encuentren de frente, Valentina haya aprendido lo suficiente de nosotras para no dejarse romper.
Afuera, la noche de Miami empezaba a encender sus luces de neón, ignorando por completo que, en esa pequeña casa, se acababa de firmar el inicio de una guerra que llevaba veintiséis años esperando su momento para estallar.