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La heredera todopoderosa desenmascarada

La heredera todopoderosa desenmascarada

Autor: : axon Frost
Género: Moderno
Una vez que la verdadera heredera regresó, Catalina fue expulsada por sus "padres" y ridiculizada por su prometido. Ella se alejó y reclamó la dinastía que siempre había sido suya. Luego, reveló cada una de sus facetas. "¿Enfermedades misteriosas? Las curé". "¿Ataques de hackers? Patético". "¿Marcas de lujo? Yo soy quien creó esas piezas". Su antigua familia exigió una fortuna por "criarla". "¡Sigan soñando, ilusos!", resopló Catalina. Su ex suplicó por una reconciliación. "¡Lárgate! No eras digno de mí", espetó la chica. Mientras tanto, un magnate se enamoró perdidamente de ella. A pesar de su frialdad natural, se volvió apasionado y buscó nuevas formas de acercarse a su amada.

Capítulo 1 Expulsada de la familia Warren

"Catalina, ya no eres miembro de la familia Warren. Recoge tus cosas y vuelve con tus verdaderos padres, ahora mismo", dijo Ariela Warren, como si estuviera dictando una sentencia.

Estaba vestida con ropa costosa y sus joyas de oro destellaban fríamente bajo las luces, mientras observaba a Catalina Warren con desprecio. Con unos de sus brazos rodeaba protectoramente a otra joven, cuyos delicados rasgos guardaban un parecido asombroso con los suyos.

Esa chica levantó su rostro bañado en lágrimas y, con la voz temblorosa por una fragilidad calculada, chilló: "¡Mamá, por favor! Lo has malinterpretado todo. Catalina nunca me empujaría por las escaleras a propósito. ¿Cómo podría querer matarme?".

Ella era Lilia, la verdadera hija biológica de los Warren.

Un mes antes, Roger Warren sufrió un grave accidente automovilístico y requirió con urgencia una transfusión de sangre. Catalina, a quien todos habían creído su hija durante los últimos veinte años, se sometió a las pruebas de rutina, pero los resultados revelaron una verdad devastadora: no compartía lazos de sangre con la familia Warren.

El descubrimiento conmocionó al clan. Valiéndose de todos los recursos a su alcance, Roger y Ariela iniciaron una investigación y no tardaron en encontrar a su verdadera hija, Lilia, quien había crecido en un remoto pueblo pesquero, muy lejos del lujoso mundo en el que ellos vivían. Y así, Lilia regresó.

A partir de ese momento, la vida de Catalina se transformó en una pesadilla. Su hermana parecía amable e inocente en la superficie, pero a puerta cerrada orquestaba un plan tras otro, asegurándose siempre de dejarla malparada.

Además, Roger y Ariela no dudaban ni un segundo en ponerse del lado de su verdadera hija.

Repetían las mismas palabras una y otra vez, como si quisieran grabarlas a fuego en los huesos de Catalina: que le había robado a Lilia la vida que le pertenecía por derecho, que todo lo que había disfrutado le pertenecía a ella, razón por la que tenía una deuda impagable con ellos.

A Catalina, esa lógica le parecía absurda. Ella era una bebé, así que no pudo cambiar su lugar con la otra por su cuenta, ni había reescrito el destino. Una enfermera descuidada cometió un error dos décadas atrás, pero ahora le exigían que asumiera sola las consecuencias.

Solo entonces Catalina comprendió la verdadera naturaleza de los Warren. La verdad era simple y fea: Roger y Ariela llevaban tiempo queriendo deshacerse de ella. Solo lo habían pospuesto por temor a que el escándalo público pudiera afectar el inminente debut en la bolsa del Grupo Warren.

Al comprender la verdad, la chica decidió que mantenerse en ese ambiente tóxico carecía de sentido.

Posó su mirada en la rodilla de Lilia, donde un moretón suave, casi imperceptible, sobresalía sobre su piel, por lo demás impecable.

"Si de verdad quisiera matarte, te habría hecho saltar desde la azotea. Eso habría sido más rápido. Empujarte por las escaleras te deja viva y libre para acusarme. Sería una forma muy estúpida de cometer un asesinato", se defendió finalmente Catalina.

Aunque habló serenamente, el tono era tan frío que se propagó por la habitación.

Por un momento, nadie habló. Lilia, Roger y Ariela la observaron con incredulidad. Esa no era la Catalina que conocían: la chica obediente y callada que siempre había soportado la injusticia en silencio.

"Entonces... ¿de verdad quieres matarme?", susurró Lilia, con una expresión mezcla de sorpresa y angustia.

Sin embargo, un fugaz destello de triunfo brilló en sus ojos. Por dentro, se regocijaba del resultado, pues pensó que Catalina estaba cavando su propia tumba.

Esas simples palabras bastarían para que sus padres la despreciaran todavía más. Y eso significaba que su plan de expulsar a Catalina de forma permanente estaba siendo un éxito.

Ariela fue la primera en recuperarse. Señaló a Catalina con un dedo tembloroso y, con el rostro contraído por la ira, escupió: "¡Monstruo malagradecido! ¡Enloqueciste! ¡Llamaré a la policía ahora mismo y denunciaré tu intento de homicidio!".

"Adelante", contestó tranquilamente Catalina. Acto seguido, posó su mirada en Lilia, mientras una leve y enigmática sonrisa se dibujaba en sus labios. "No soy yo quien debería temer una investigación policial".

La expresión de la farsante vaciló, y un atisbo de pánico asomó por su semblante.

¿Qué quería decir Catalina con eso? ¿Alguien se había dado cuenta de algo? Rápidamente descartó la idea, convenciéndose de que su enemiga solo estaba fanfarroneando; al fin y al cabo, no había habido testigos que corroboraran sus acusaciones.

Con eso en mente, sollozó con más sentimiento y se aferró con más fuerza a su madre, lo que aumentó la furia de esta última.

"Bien, veamos lo terca que sigues siendo cuando llegue la policía", bramó Ariela, sosteniendo su teléfono con determinación.

Lilia sintió una oleada de pánico, pues temía que una investigación policial pudiera desentrañar la intrincada red de engaños que había urdido contra Catalina.

Justo cuando Ariela estaba a punto de marcar, una voz profunda resonó en el aire.

"Basta", dijo Roger, dando un paso al frente. Con una expresión grave y conflictuada, continuó: "Vivió con nosotros durante veinte años. Nos consideró sus padres. Aún podemos ofrecerle una alternativa".

Él sabía lo que estaba en juego. Una investigación policial atraería atención indeseada, y cualquier mácula en el prestigioso apellido Warren podría poner en peligro los intereses de la empresa.

Lilia se sintió aliviada de inmediato. Se hundió en su asiento y observó a Catalina con satisfacción. Sabía que ya no importaría lo que su enemiga fuera a decir.

Roger extrajo un pequeño fajo de billetes de su cartera y se lo tendió a Catalina, mientras le decía con un tono condescendiente: "Tu verdadera familia reside en esa empobrecida y remota Villa Nube. Toma esto para tu viaje y déjanos. A partir de este momento, no tienes ningún vínculo con la familia Warren".

Catalina se quedó mirando el dinero, y el desdén brilló en sus ojos.

Durante años, les había ofrecido a los Warren consejos valiosos que contribuyeron a construir su reputación. Les había aportado honor, contactos y beneficios. Y ahora, la desechaban con unos cuantos billetes. ¡Qué irrisorio!

"Quédatelo", contestó ella, manteniendo su postura y su dignidad intactas. "Quizás lo necesites para tus tratamientos para el cerebro y los ojos".

Acto seguido, clavó su mirada aguda e inflexible en Lilia, y remató: "Pero antes de irme, quiero la verdad. Cuéntanos: ¿cómo te caíste exactamente por las escaleras?".

Capítulo 2 No me interesa la herencia de los Warren

Media hora antes, Catalina bajó a buscar un vaso de agua cuando un grito repentino y desgarrador rompió la quietud de la casa. Era la voz de Lilia: aguda, aterrorizada, pidiendo ayuda sin lugar a dudas.

En cuestión de segundos, toda la familia Warren se sumió en el caos.

Nadie le hizo preguntas a Catalina. Nadie buscó pruebas. Sin dudarlo, todos la acusaron, le lanzaron palabras e insultos cada vez más intensos e hirientes.

La acusada permaneció callada, pero curvó ligeramente los dedos a su lado. Si estaba destinada a abandonar esa casa, lo haría, pero no permitiría que arrastraran su nombre por el lodo.

Roger frunció el ceño, irritado.

"Ya basta. ¿Eres tan desvergonzada como para retorcer la verdad? ¿En serio insinúas que Lilia se tiraría por las escaleras solo para incriminarte?", intervino Ariela, en un tono frío e indignado, antes de que su esposo pudiera hablar.

La aludida enterró más la cabeza en el abrazo de su madre, y le comenzaron a temblar los hombros por lo fuerte que sollozaba.

"Puede que no haya crecido con la mejor educación como tú", comenzó la mentirosa, con voz débil y temblorosa. "Pero sigo teniendo mi dignidad... y mis límites. Por favor, deja de humillarme, Catalina".

Mientras decía eso, lloraba. Le lanzó una mirada de reojo a su enemiga, pero en sus pupilas no había dolor, sino una provocación inconfundible. En su mente, la suerte ya estaba de su lado. Ahora, ya nadie le creería a Catalina.

Sin embargo, esta última mantenía una expresión extrañamente tranquila. No había pánico ni ira en su rostro. La única emoción en ella era un destello burlón en sus ojos, como si cada paso de esta farsa se hubiera desarrollado exactamente como ella había previsto.

Esa sutil compostura provocó una oleada de inquietud en el corazón de Lilia.

En ese momento, percibió un sonido. El inconfundible ruido sordo de alguien bajando las escaleras. Y luego, oyó su propia voz resonando en la habitación.

"¡Papá, mamá, ayúdenme! ¡Mi pierna...!".

Al instante, se le cortó la respiración, y levantó la cabeza de golpe.

En algún momento, sin que nadie se diera cuenta, el proyector del salón se había encendido. La enorme pantalla de la pared cobró vida, mostrando imágenes de la cámara de seguridad del pasillo.

Lilia aparecía en las escaleras, caminando con normalidad. Luego se detenía, antes de tirarse al piso y agarrarse la pierna, gritando con exagerada agonía.

La farsante se puso pálida.

Se quedó paralizada, con las pupilas encogidas por la incredulidad. ¿Había cámaras de vigilancia dentro de la casa? ¿Y nadie se lo había dicho?

Roger y Ariela se quedaron mirando la pantalla, estupefactos. La verdad era innegable. La caída de su hija biológica no fue más que una actuación meticulosamente preparada.

Desde el momento en que sonó el grito de Lilia, Catalina ya había previsto cómo se desarrollaría todo. Por eso se preparó de antemano. Sabía muy bien qué clase de persona era su hermana: alguien que nunca se detendría hasta acorralar a los demás sin escapatoria.

Así que decidió atacarla... y de forma decisiva.

Ante las pruebas irrefutables, Lilia se tragó la oleada de pánico que le arañaba el pecho. Apretó los dedos y forzó la voz, para que sus palabras salieran temblorosas.

"Lo siento, mamá... papá...", susurró. "Solo tenía miedo. Miedo de que solo quisieran a Catalina porque ha estado con ustedes durante tantos años. Solo quería... ponerlos a prueba".

Roger suavizó su expresión severa. Cuando pensó en todas las penurias que su hija biológica había soportado a lo largo de los años, un rastro de lástima se instaló en sus pupilas.

"¿Por qué harías algo así?", suspiró. "Por suerte, Catalina es lo bastante generosa como para no reprochártelo".

"No lo soy", lo interrumpió la aludida, con un tono frío e inflexible.

La leve sonrisa de sus labios no transmitía calidez alguna. Cualquier paciencia que hubiera tenido se había agotado hacía tiempo.

El resentimiento brilló en los ojos de Lilia. Se enderezó, saliendo de los brazos de Ariela, y su expresión cambió sin problemas a una de herida determinación.

"Le hice daño a Catalina", declaró con firmeza. "Haré las maletas y me iré de la mansión Warren de inmediato. Mamá, papá, no tendrán que volver a preocuparse por mí. Solo espero que Catalina pueda perdonarme. Eso es lo único que importa".

Esas palabras encendieron la furia de Ariela, quien se volvió bruscamente a Catalina y, con la furia brillando en sus pupilas, escupió: "¿De verdad tienes que ser tan implacable solo porque tienes razón? Si no le hubieras robado el lugar a Lilia en esta familia, ¿alguna vez habría estado tan ansiosa como para llegar a tales extremos?".

Catalina solo sintió cansancio, pues ya había visto esa obra demasiadas veces.

"Dije que me iba, y hablaba en serio. No hace falta que sigas con esta actuación ni que pongas a todos en mi contra. No me interesa la herencia de la familia Warren... ni pelearme por las reliquias sin valor que llaman legado", declaró con una sonrisa fría.

Con eso, se dio la vuelta y subió las escaleras.

En la sala se instaló un silencio sofocante. Las expresiones de Lilia, Ariela y Roger se ensombrecieron al mismo tiempo.

La mentirosa apretó los dientes, mientras en sus ojos centelleaba la furia.

No podía creerlo. Catalina se atrevía a actuar con tanta indiferencia, con tanta superioridad, precisamente aquí. En su mente, esta hija falsa debería haber estado arrodillada, llorando, suplicando perdón... rogando que la dejaran quedarse.

Momentos después, Catalina regresó, sosteniendo en la mano una pequeña y sencilla bolsa de lona. Nada más.

Roger y Ariela se quedaron visiblemente sorprendidos.

¿Eso era todo lo que tenía? ¿Tan poco? Intercambiaron miradas, convencidos de que solo estaba montando un espectáculo, con la esperanza de que la detuvieran y le pidieran que se quedara. Pero nunca tolerarían tanta arrogancia de alguien que ni siquiera era su hija biológica. Así que observaron en frío silencio.

Mientras Catalina caminaba hacia la puerta, Lilia sintió que una oleada de indescriptible satisfacción florecía en su pecho. Sin embargo, no creyó ni por un segundo que su enemiga se iría tan fácilmente. No tenía dudas de que... debía haber algo importante escondido en esa bolsa.

Capítulo 3 Los helicópteros

"¿De verdad te vas solo con eso?", preguntó Lilia, curvando lentamente los labios en una sonrisa. "¿O esperas que mamá y papá se apiaden de ti si pareces lo bastante miserable, Catalina?".

Antes de que la aludida pudiera reaccionar, su instigadora extendió la mano y le arrebató la bolsa de lona. La correa se rompió, y su contenido se derramó por el suelo de mármol: simples necesidades, nada extravagante.

Sin embargo, había algo entre todo eso que brillaba. Un pequeño joyero rodó a un lado, su tapa se abrió, revelando una pulsera llena de diamantes de color azul intenso que captaron la luz en un repentino y deslumbrante destello.

Todas las miradas se posaron en ella. A Lilia se le cortó la respiración, pues la reconoció al instante. Era la pieza de debut de Katherine, la legendaria diseñadora de joyas, una creación que en su día se valoró en cinco millones de dólares y que ahora se rumoreaba que valía el doble.

Lilia la había admirado innumerables veces en revistas de lujo, sin imaginar que la vería aquí, y mucho menos en posesión de Catalina.

"Catalina, esta es una pieza original de Katherine", exclamó Lilia, con la voz cargada de acusación y los ojos llenos de un deseo que no se molestó en ocultar. "¡Vale diez millones de dólares! ¿Cómo pudiste llevártela así sin más?".

Catalina se agachó con calma y recogió la pulsera.

Ahora que descansaba sobre su palma, los diamantes brillaban con suavidad, y su luz cambiaba con cada ligero movimiento.

La codicia parpadeaba de forma inconfundible en los ojos de los Warren. El matrimonio sabía que esa pulsera había pertenecido a Hazel Warren, la madre de Roger, quien se la dio a Catalina poco antes de morir. Pero ninguno de ellos había sabido nunca su verdadero valor.

"Exacto. ¿Qué derecho crees que tienes para llevártela? Ni siquiera eres nuestra hija biológica. Esa pulsera pertenece a la verdadera nieta de Hazel. Dásela a Lilia, ahora mismo", exigió Ariela, cuya expresión se ensombreció de inmediato.

Roger también endureció su expresión. No tenía intención de dejar que una fortuna saliera por la puerta con alguien a quien ya no reconocía como familia.

"Catalina, no deberías llevarte esa pulsera", dijo con severidad.

Por primera vez, la muchacha sintió una auténtica incredulidad, no por su codicia, sino por la profundidad de su desvergüenza. Levantó la vista y dijo con voz gélida: "¿Y qué te hace pensar que fue la abuela quien me dio la pulsera?".

Esa pieza nunca fue una compra, sino una creación.

Hazel era la única persona de la familia Warren que había tratado a Catalina con verdadera amabilidad. Fue su refugio, su calor, su remanso de paz en un hogar frío. Inspirada por ese vínculo, Catalina diseñó ella misma la pulsera, bautizándola como "Guardián de las Estrellas".

Tras el fallecimiento de Hazel, volvió de forma natural a su creadora.

Mientras Catalina hablaba, Lilia endureció su expresión. Sin embargo, bajó rápidamente la vista y suavizó su tono, diciendo: "Si de verdad no quieres devolverla, no te obligaré. Solo... lamento haber vuelto demasiado tarde. Ni siquiera pude ver a la abuela".

"¿Cuándo falleció la abuela?", le preguntó Catalina, tras una pausa, mirándola fijamente.

La interrogante cayó como una cuchilla sobre la otra, quien se quedó paralizada y con la mente en blanco. La verdad era que no lo sabía.

Roger y Ariela también se pusieron rígidos, pues ellos sí lo recordaban. Hazel había muerto hacía cinco años, mucho después de que Katrine ya hubiera alcanzado la fama.

Por aquel entonces, el negocio de los Warren apenas sobrevivía. Incluso poseer un millón de dólares habría sido impensable, y mucho menos cinco.

Eso significaba una cosa: Hazel nunca podría haber comprado esa pulsera.

Aun así, Lilia se negó a ceder, y elevó su voz con fuerza, en lo que fue casi un chillido de desesperación.

"Aunque no fuera la abuela quien compró la pulsera, ¡la pagó la familia Warren!".

En cuanto las palabras salieron de su boca, notó las extrañas expresiones en los rostros de sus padres y de su enemiga.

"No puedo creer que haya perdido el tiempo discutiendo con alguien tan tonto", comentó Catalina, soltando una risita tranquila y sin humor.

Sin mirar atrás, se dio la vuelta y salió de la casa.

Lilia se movió por instinto para seguirla, pero Roger la detuvo con una mano.

"No tiene sentido", dijo. "Esa pulsera no puede ser real".

Estaban convencidos de que la pieza tenía que ser falsa. ¿O de qué otra forma podría Catalina poseer algo tan valioso?

"Seguro que compró una imitación barata para presumir. No te preocupes, cariño. Te compraré muchas joyas de verdad", se sumó Ariela, curvando los labios con desdén.

Lilia asintió, aunque la decepción persistía en sus ojos. La pulsera parecía real, demasiado real. Aun así, se tranquilizó. Ahora era la única hija de los Warren, y todo lo que quisiera acabaría siendo suyo.

En ese momento, un estruendo atronador sacudió el aire. Los tres corrieron hacia la ventana mientras una hilera de helicópteros cruzaba el cielo con sus motores ensordecedores.

"¿Quién podría estar detrás de este despliegue tan extravagante?", murmuró Ariela incrédula.

Fuera, Catalina ya bajaba la ladera, con su pequeña bolsa colgada de un hombro, cuando el rugido la hizo detenerse.

Los helicópteros se dirigían directamente hacia ella. Poderosas ráfagas de viento azotaron la hierba mientras descendían, aterrizando sin problemas cerca.

La joven cerró los ojos por instinto. Cuando volvió a abrirlos, un hombre había salido de uno de los helicópteros. Iba vestido con un traje perfectamente confeccionado, y su presencia era imponente, inconfundiblemente llamativa. Con largas zancadas, se acercó a ella, con una leve sonrisa en los labios.

"Debes de ser mi hermanita", dijo con suavidad. "Me estabas esperando, ¿verdad?".

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