El interminable día terminaba sin que hubiese decidido que haría, el sol comenzaba a ocultarse tras la vereda, las aves revoloteaban en busca de sus nidos, el silencio y las sombras se iban apoderando de todo a mi alrededor. Un sentimiento de inseguridad me embargaba mientras trataba de pensar en mis próximos pasos. Las campanadas de un reloj, me anunciaban que la jornada llegaba a su fin. Jamás imaginé que estuviera pasando por esta cantidad de hechos inesperados. ¿Qué iba a hacer? ¿Qué fue lo que quiso decir mi abuela con esa sentencia?
Esas preguntas revoloteaban en mi cabeza sin cesar, entre otras tantas, que todavía no sabía si iba a poder darles respuestas, todo era tan excitante, extraño, misterioso y emocionante para mí que no comprendía todavía lo que me estaba pasando, y mucho menos cómo asumir eso que tenía encima de mis hombros, es decir lo que había dejado mi desconocida abuela.
Todavía parada en la escalinata, observaba a los últimos invitados perderse en la lejanía. Dejaré todo para mañana, no va a pasar nada en una noche, me dije. Deslicé mi mano por el cabello tratando de espantar esa preocupación que tenía reflejada en mi frente, que por alguna razón me hacían temer lo peor debido a las extrañas sensaciones que experimentaba.
Giré sobre mis pasos observando la inmensa casa que era de mi propiedad. ¿Seré en verdad su nieta, o se habrán confundido? Nunca nadie la mencionó, ni siquiera mis padres. De lo poco que recordaba de mi vida a su lado, estaba segura de que ellos nunca hablaron de mi abuela. ¿Por qué? Es algo que no comprendo todavía.
Todo había sucedido tan de repente, sin previo aviso, que mis sentidos se encontraban aturdidos ante la inmensidad de informaciones y vivencias a las que estaban siendo sometidos en tan corto espacio de tiempo. No podía creer que en un día había encontrado a mi abuela y la había perdido al instante. ¿Cómo me pueden estar pasando esas cosas a mí? ¿Por qué papá no puso a mi abuela como mi guardiana en vez de arreglar que fuera a estudiar a ese convento? ¿Cuáles eran esos secretos que me habían ocultado?
El reencuentro y despedida en el mismo instante. El desconocimiento total de todo lo que me rodeaba. Y esa historia nunca antes revelada que saltaba ante mí, apremiante, dejándome apenas tiempo para respirar no me dejaban pensar con claridad. Sobre todo, la incógnita de lo que estaba por conocer y que me hacía imaginar lo peor sin saber por qué era lo que más me preocupaba. Existía algo en esta casa que no podía explicar. Me sentía observada, vigilada, casi desnudada por miradas que por mucho que giraba mi cabeza en busca de las personas que me miraban, no podía ver a nadie. Mi vida de pronto empezó a desfilar por delante de mis ojos.
Retrospectiva:
Mi nombre es Ángel, soy hija única, mi niñez transcurría apaciblemente en un pequeño poblado de apenas una docena de casitas de campo con hermosos jardines, donde las personas eran muy amables y cariñosas. Tenía los mejores padres que se pudieran desear, se la pasaban todo el tiempo conmigo, no me dejaban sola un momento, me educaban ellos mismos, y jugaban sin cansarse.
-Ángel, ven acá tenemos que hablar.
Escuché la voz de papá llamándome desde el salón. Salí corriendo porque pensaba que era otra de sus bromas donde al final jugábamos sin parar. Sin embargo, al desembocar sonriente en la habitación, las miradas de mis padres me desconcertaron. Sus ojos estaban rojos como si hubieran llorado mucho, mamá corrió a mi encuentro y me abrazó muy fuerte, luego nos sentamos al lado de papá que nos abrazó a las dos.
A mi corta edad, comprendía que algo muy serio pasaba para que ambos se comportaran así, por lo que los abracé atrás sin preguntar nada. Permanecimos así por un gran rato, hasta que nos separamos, y fue papá quien empezó a hablar.
-Mi angelito, ¿sabes que papá te ama? ¿Verdad?
-Sí, papi.
-¿Y mamá te ama también?
-¡Lo sé, los dos me aman y yo los amo más!
Respondiendo como acostumbraba a hacer cuando jugamos al juego de ver quien se quería más. Sin embargo, ellos siguieron serios y hasta se enjugaron algunas lágrimas. Me quedé quieta sintiendo que algo estaba muy mal.
-Cariño, te decimos qué te amamos, y queremos que jamás lo olvides. Como tampoco debes olvidar que todo lo que hacemos lo hacemos por tu bien.
-Bebé de mamá, mañana deberás ir a estudiar...
-¿Mañana? ¡Pero si es domingo mamá, no hay clases! -La interrumpí.
-A esta escuela nueva que vas si hay -dijo papá y me giré a verlo.
-¿Escuela nueva? -pregunté sin entender de qué hablaban.
-Sí, a partir de mañana irás a una escuela nueva. -Habló mamá con suavidad y cariño.
-Ya tengo una escuela, ¿para qué necesito otra? -pregunté.
-Es una escuela muy linda donde te cuidarán muy bien. -Explicó papá.
Me quedé observándolo muy seria, mientras en mi pequeña mente de niña me hacía varias conjeturas. ¿Por qué tenía que ir a una escuela nueva, si la mayoría de las clases me las daban ellos en la casa. Solo iba a la escuela cuando papá daba clases y no me separaba de él. Si salíamos al receso al patio a jugar, él iba y se paraba a vigilarme, por lo que apenas tuve roce con mis compañeros. No obstante, eso no quita que quiera cambiarlos.
-¡No quiero otra escuela papá! -Protesté vehementemente, con la convicción que como siempre me complacerían.
-Lo siento cariño, pero tienes que ir por tu bien. -Respondió firme papá para mi asombro y mamá aceptó al decir que sí con la cabeza cuando la miré. -Y aunque esté un poco lejos de aquí, deberás ir.
-¡Quiero quedarme con ustedes! ¡Quiero quedarme con ustedes! ¡No quiero otra escuela nueva! -Gritaba mientras pataleaba sin parar.
-¡Ángel, compórtate! -Me regañó papá muy firme, me quedé quieta al instante. ¡Era la primera vez que lo escuchaba regañarme así!
-Amor, no le grites -vino en mi auxilio mi madre. -Ella es aún pequeña, no puede entender la gravedad de la situación.
-Lo sé, lo sé. Perdóname cariño, pero es necesario que vayas. Lo harás mañana mismo, a primera hora, iré a arreglar todo.
El tono que empleó mi padre, decía claro que no era para rebatir, era prácticamente una orden. Me abracé de mamá y me quedé así acurrucada en sus brazos, llorando asustada.
-Es una escuela muy linda -comenzó a explicarme con tono dulce mamá. -Hay muchas monjitas que te querrán mucho.
-¿Está muy lejos de la casa?
-Un poco, pero es por tu bien.
-¿Vendrás a verme?
-Mejor que eso, tú vendrás todos los fines de semana, y las vacaciones. También hablaremos contigo todos los días -explicaba mamá tratando de darle a su voz un tono de suavidad y tranquilidad que yo podía entender que no sentía. -Cambia esa carita, vamos, todo va a estar bien. ¿Sabes que esa era la escuela de mamá? -Cambió enseguida como siempre que estaba llorando por algo, me hacía una historia y era suficiente para que yo dejara de hacerlo.
-¿De veras? -pregunté separándome de su pecho para mirarla a los ojos, ella sonriente asintió.
-Sí, es por eso quiero que vayas allí, no vas a estar solita. Ya verás, te va a gustar mucho como me gustó a mí. Te dije que estarás acompañada, no sola.
-¿No? ¿Hay más niños?-pregunté ilusionada. -¿Podré ir a la escuela con ellos?
Había comenzado a ilusionarme esa idea. Cómo les dije antes, no tenía contactos con los niños de mi edad apenas.
-Sí, sí, te vas a divertir y siempre, siempre, estaré allí cuando me llames. Además, irás a los ejercicios, correrás todo lo que quieras en el enorme patio, ¡ah! Tiene una biblioteca llena de historias de fantasía como te gustan.
-¿De veras mamá, podré leerla todas? ¿Tú las leíste?
-Sí, me las leí todas, todas. Es más, me encargué de comprar muchas de ellas, si buscan bien entre sus páginas podrás encontrarme allí.
-¿Dentro de un libro?
-Sí, dentro del libro estaré escondida acompañándote.
La entrada de papá, interrumpió nuestra conversación. Él vino, me cargó y comenzó a jugar conmigo. Tengo un lindo recuerdo de esa noche. Jugamos todo lo que quise, comí mi comida favorita que mamá cocinó, y hasta el pastel de manzana que adoraba me lo hizo y me dejó comer todo lo que quise. Luego dormimos los tres abrazados en la cama de mis padres.
Al otro día en la madrugada, mamá me levantó, me vistió muy abrigada y como si escapáramos en medio de la oscuridad en brazos de mis padres caminamos un gran trayecto hasta que un carruaje negro nos recibió. Montamos y salimos a andar con mucho sigilo, ellos miraban insistentemente hacía todos lados y mamá murmuraba unas extrañas palabras todo el tiempo. Yo me dormí todo el trayecto, por lo que no tuve clara visión de cuán lejos estaba de mi casa el colegio, eso lo supe después.
Tenía ocho años cuando fui llevada a esa escuela de monjas para mi educación. Era visitada cada semana por ellos y salía en tiempo de verano a mi casa por un mes de vacaciones y algunos fines de semana que de a poco fueron esparciéndose más porque ellos no iban a recogerme. Al inicio fue algo duro para mí adaptarme a la vida del colegio, pero el alma caritativa de las monjitas, así como su agradable forma de ser, me hizo amarlas muy pronto hasta llegar a extrañarlas cuando me pasaba días en casa. Sobre todo a Sor Inés y a Sor Caridad, se encargaron de hacer mi estancia muy grata, era como si de pronto tuviera dos queridas tías.
La vida en verdad no era terrible, estudiábamos, jugábamos, hacíamos nuestros deberes, y acompañábamos a las monjitas fuera del recinto a hacer obras de caridad, o vender algunas cosas del huerto que teníamos. También como me dijera mamá existía una biblioteca que en mis primeras visitas me pareció que contenía todos los libros del mundo. Según fui creciendo y leyéndolos, me di cuenta de que era un pequeño y pulcro lugar donde recibían los libros que les donaban y que yo devoraba una y otra vez.
A la edad de trece años me encontraba en mi habitación del colegio, ansiosa porque esperaba a mis padres que vendrían a buscarme para irme de vacaciones desde el día anterior. Cuando ante mí apareció una monjita toda apesadumbrada, que al verme suspiró muy fuerte. Se acercó y me abrazó por un rato. Luego se separó y mientras pasaba su mano con cariño acomodando mi cabello detrás de mi oreja me dijo.
-Linda, debes acompañarme, la madre superiora quiere hablarte en su despacho.
Y se limpió una lágrima tratando de que no la viera. Algo me decía que no era nada bueno lo que pasaría en esa oficina. No sé explicarlo, sencillamente lo sabía, ¡algo malo me esperaba en ese lugar!
-Muy bien, Sor Inés. -Contesté intrigada y asustada, me incorporé para seguirla.
Mientras nos dirigimos a la dirección del colegio, ella me tomaba de la mano con cariño sin mencionar una sola palabra, mientras movía la cabeza y hacía un gran esfuerzo para no llorar. Al llegar se encontraban todas las hermanas allí con lágrimas en los ojos, me hicieron sentar con mucha delicadeza.
-Hija -comenzó a hablar la madre superiora- siento mucho tener que darte esta noticia. Pero tus padres han fallecido en un accidente y debes prepararte para ir al entierro de tus padres
-¡No, no madre, eso no debe ser cierto! -Grité retrocediendo asustada.
-Lo siento mucho, hija, lo siento- dijo Sor Inés y me abrazó muy fuerte llorando a la par conmigo.
-Debes de calmarte Ángel -me pedía la madre Superiora, pero por mucho que lo intentaba no podía.
Luego de un buen rato que me dejaron desahogarme, y que me sentaran, trajeron un vaso de agua obligándome a beberlo. Me llené de valor y pregunté.
-¿Cómo pasó?
-Lo siento tanto, hija, pero nadie sabe exactamente cómo pasó. -explicaba la madre Superiora también muy afligida. -Los agentes que trajeron la información solo dijeron que habían muerto en extrañas circunstancias.
-¿Extrañas circunstancias? ¿Qué quiere decir eso?
-No lo sabemos querida, ni ellos dieron una explicación. Ahora tienes que reponerte e ir a despedirte de ellos y hacer todo lo demás.
La madre Superiora, hablaba y hablaba, pero mi mente se había quedado detenida en aquella frase "extrañas circunstancias" ¿Qué quería decir aquello? ¿Qué tipo de muerte es esa? De seguro no era cierto, sí, me dije. No están muertos, solo no saben donde están. Y así de a poco me fui llenando de una esperanza llena de miedo. Y mientras las monjitas hablaban, recogían mis cosas y me preparaban para el viaje, yo solo pensaba en la posibilidad de que todo fuera una horrible pesadilla de la que muy pronto despertaría.
Muy pronto la realidad lo equivocada que estaba, cuando dos ataúdes me recibieron al llegar a la iglesia de mi pequeño pueblo, y escuchaba a todos murmurar esa frase, "extrañas Circunstancias" Nunca supe que quería decir aquello, ni tampoco me importó en aquel momento, lo único que tenía presente era.
¡Que se habían ido para siempre dejándome sola en el mundo!
No hay nada más terrible que entrar a un lugar donde reposan los restos de los seres queridos, que más amas en el mundo. La sensación de vacío, impotencia y abandono que sientes no se puede comparar con nada más. Aun con mis pocos años, experimentaba todas estas sensaciones juntas. El trayecto de regreso a mi pueblo en aquel carruaje lúgubre, lo hicimos en silencio.
Nos seguía otro enorme que utilizaba la escuela para cuando cargaba cosas para ir al mercado, el cual emitía unos chillones ruidos que los hacía sentir en medio de la noche tenebrosos y escalofriantes. Llegamos al pueblito de pocas casas, junto al amanecer. El escándalo de los carruajes hizo que todos se despertaran. Avanzamos por la única calle existente, hasta detenernos delante de la iglesia que permanecía abierta.
Descendí con ayuda de Sor Inés, que me tomó de la mano, junto a Sor Caridad y así, subimos los cuatro escalones de la entrada, y vimos aquella escena que jamás pensé ver en toda mi vida. Hasta ese momento todavía albergaba la esperanza de que todo fuera un error. Y mientras avanzamos despacio, sintiendo como mis pies pesaban con cada paso más y más. Me iba dando cuenta que sí, que no era mentira, que todo lo que dijeron era cierto.
¡Mis padres habían muerto y me dejaron sola!
Nos detuvimos al llegar al final, allí donde dos enormes velas blancas en grande candelabros se consumían con la llama. Era la única luz a esa hora en que todavía no había aparecido el sol, lo cual le daba a todo un aspecto macabro y tenebroso. Avancé sola dos pasos hasta situarme en medio de ambos con el corazón latiendo aceleradamente como si se me fuera a salir cuando los viera. Pero ambos ataúdes estaban sellados, y tampoco tenían una foto encima, por lo que no podía determinar si en verdad eran ellos, y si lo eran. No sabía quién era quién. Retrocedí ante el ataque de terror que me sorprendió, al darme cuenta de que todo era cierto, ¡cierto!
Las monjas corrieron a abrazarme y se mantuvieron así hasta que la voz de un hombre hizo que saltáramos asustadas, al girarnos vimos al padre de la iglesia vestido de negro. Al percatarse de que era yo, vino rápido a mi encuentro y me abrazó también. Al separarse lo miré a sus ojos, y fue entonces que supe que no existía un error, esos dentro de las cajas eran mis padres. Nadie decía nada, solo el silencio nos acompañaba. Giré de nuevo hasta colocarme de frente a ellos, volví a acercarme y me quedé allí.
Ante los sarcófagos de mis padres, y bajo las miradas de Sor Inés, Sor Caridad las dos monjitas que me habían acompañado, y del padre de la iglesia. Observaba en silencio a aquellas cajas que me impedían ver a mis adorables papás que estaban selladas.
-¿Puedo verlos? -pregunté con un hilo de voz.
-Desgraciadamente no, querida. -Contestó el padre suavemente acercándose hasta colocarse a mi lado, y siguió hablando bajo como si no quisiera molestar a los muertos, pensé yo que tenía que hacer un esfuerzo para escucharlo. -Como sabes, murieron en extrañas circunstancias y nos prohibieron abrir los sarcófagos. Los policías que los trajeron, dijeron que no estaban en condiciones de que nadie los viera y que debíamos sepultarlos lo antes posible. He esperado que llegaras con ellos aquí, pero me temo mi niña, que solo podemos hacer la ceremonia y llevarlos a su morada final.
Término de explicarme todo aquello que no entendí. ¿Mi mente seguía atascada en "circunstancias extrañas" Por lo que al padre terminar de explicar todo aquello, lo miré y pregunté.
-¿Qué quiere decir eso? -pregunté desesperada ante la frase. -Todo el mundo dice extrañas circunstancias, pero nadie me dice cuáles son las extrañas circunstancias.
Terminé de hablar y caí de bruces delante de las cajas, llorando desconsoladamente, mientras pensaba. ¿Qué cosa horrible les pasó a mis padres que nadie es capaz de decírmelo? ¿Los asesinaron, es eso? Me pregunté ante la incógnita que me provocaba todo aquello. Sor Inés corrió a levantarme mientras Sor Caridad, trataba de limpiar mi rostro.
-Tienes que calmarte querida -me habló Sor Inés dulcemente. -No es que no quieran decirte, es que nadie sabe. La policía no le dijo cuáles eran. Vamos, mira ya están llegando los demás.
Hice un gran esfuerzo para dejar de llorar, investigaría yo misma, me dije. Y mientras la misa transcurría de a poco me fui dando cuenta de que me había quedado sola en el mundo. Pues, ahora que lo pensaba, nunca había conocido otro familiar que no fueran mis padres. Es más, las pocas veces que mi curiosidad me llevó a realizar esas preguntas a mis ellos, obtenía como respuesta el silencio, por tal motivo, con el tiempo me dejó de preocupar el tema. Era tan feliz junto a ellos, que no sentí la necesidad de alguien más. Su amor era tan grande que llenaba cada uno de mis requerimientos, quedando sin saber nada de si tenía o no familia, solo existían las monjas.
Sin darme apenas cuenta de lo que hacía, en mi temor y conocimiento que no tenía a nadie más en el mundo, las tomé de sus manos. Ellas me sonrieron y apretaron con fuerza infundiéndome valor, y sin decirlo, me respondieron con su mirada.
-¡No estás sola, nos tienes a nosotras!
La ceremonia se hizo como de rigor, los pocos habitantes del poblado habían asistido. Todos me dieron las condolencias y me dedicaron una mirada de lástima, y me acompañaron al entierro de mis padres. Siempre de la mano de mis dos queridas y angelicales hermanas que no se separaron de mí un solo instante.
Al terminar en el cementerio, fuimos a visitar mi casa. No lo podía creer, se sentía tan vacía, tan falta de vida. Corrí a su habitación dejándome caer en su cama, todavía podía percibir el olor a ellos. Envolví las sábanas, las fundas y todo lo que aún mantenía su esencia. Las monjitas sin hablar no decían nada, se dedicaron a empacar todo.
Nos había acompañado un enorme carruaje, con dos mozos que comenzaron a subir todo lo que existía dentro de la casa en él. Yo los miraba hacer observando cómo de a poco la casa se vaciaba y al mismo tiempo sentía que lo hacía mi alma. Al terminar tuvimos que ir a la iglesia de nuevo, para recoger y hablar algo importante y regresar.
-Ya estamos aquí, padre -Dijo Sor Inés al entrar en una habitación detrás de la capilla después de tocar.
-Pasen por favor y tomen asiento.
Era un pequeño despacho con un buró, muchos libros y un gran crucifijo en la pared detrás de donde se sentaba el padre.
-¿Para qué quería vernos? -preguntó sor caridad.
-Quería entregarles esto. -Dijo extrayendo de una gaveta un viejo sobre amarillo-lo dejaron hace muchos años tus padres conmigo Ángel.
-¿Mis padres?
Muy nerviosa lo hice, tenía un mundo de papeles que no entendía y se lo di a Sor Caridad, a mi solo me llamó la atención una foto de ellos, y un sobre. Lo abrí nervioso para encontrarme con una hermosa carta de mis padres, donde me decían lo mucho que me amaban y que confiara en las monjas que ellas sabrían qué hacer.
-No tienes de qué preocuparte -dijo el padre- aunque no abrí ni leí esos papeles. Ellos me dijeron que se trataban, ahí está arreglado todo para que permanezcas en el colegio hasta la mayoría de edad. Todo está pagado hasta entonces.
-¿De veras?
-Sí, también sé que te dejaron una pequeña fortuna para cuando salgas del colegio puedas hacer frente a la vida que elijas vivir.
Mientras él hablaba, yo solo miraba la carta de mis padres abiertas en mis manos. Las monjas revisaban todos los papeles y se sorprendieron al ver la suma que dejaron en donación junto al pago para el colegio y comenzaron a alabarlos. Los escuchaba en silencio sin comprender bien todavía lo que explicaba. Porque mi mente solo estaba detenida en el hecho de que estaba sola en el mundo, no tenía familia a no ser los del colegio. Ni siquiera después de muertos me dejaron dicho si poseía alguno, por ello levanté la cabeza y le pregunté al padre casi con un hilo de voz.
-Disculpe que interrumpa hermanas. Necesito hacerle una pregunta al padre. ¿Puedo?
-Sí, sí hija, claro que sí. ¿Dime que quieres saber? Si está en mi posibilidad te ayudaré.
-Padre, ¿sabe usted si tengo otro familiar?-pregunté con timidez, bajando la cabeza, para escuchar lo que me contestó.
-Lo siento mucho, querida. Conocía solamente a tus padres. Jamás me hablaron de otro familiar que no fueras tú. Eras el único tema de conversación que teníamos entre nosotros. ¿Nunca te hablaron de ellos? -preguntó atrás él.
-No nunca. Al parecer no tengo. -dije entendiendo de que en verdad estaba sola en este vasto mundo sin saber qué hacer. -Muchas gracias.
-De nada, pequeña, quisiera poder ayudarte más, pero no sé nada. A lo mejor eran huérfanos.
-Puede ser, mamá me dijo que ella había estudiado en el colegio que estoy que es para huérfanos.
-¿De veras? -Saltó Sor Inés- ¿Por qué nunca lo dijiste? La buscaremos en los registros, si es verdad daremos con ella.
-No la ilusiones Sor Inés, sí estudió con nosotras eso quiere decir que no tenía a nadie más. ¿Y tu papá te dijo que también estudió con nosotras?
-No, él no dijo eso ni mamá tampoco. Ya veo, estoy sola en el mundo como todos los niños del colegio, ahora soy igual que ellos, sin padres. Soy una huérfana. - Y me eché a llorar desconsoladamente.
-No estás sola querida, somos una gran familia, puedes quedarte con nosotras si quieres la vida entera. -Hablaba Sor Caridad, mientras me estrechaba en sus brazos.
Después de este día, me encerré por mucho tiempo en mi dolor, la perdida de mis dos seres queridos me causó un profundo trauma del cual me era imposible salir, solo la lectura era capaz de ayudarme a escapar de esa realidad. Podía pasarme el día y la noche leyendo sin parar. Las monjitas no me dejaban, me obligaban a participar de las actividades, a acompañarlas a donde quiera que iba. Yo tenía un talento natural de poder aprender con gran facilidad todos los dialectos e idiomas, y eso se convirtió en mi nueva pasión, aprender idiomas junto a ellas.
Por ese tiempo viajaba mucho con ellas, que lo hacían por casi todo el país, en su lucha por obtener donaciones para el colegio. Se habían percatado que yo con mi gran facilidad, las ayudaba a entenderse con todos y las personas al verme eran propensos a abrir sus bolsillos con mayor facilidad, así que de a poco el ritmo de mi vida me fue sacando de mi depresión.
Con el paso del tiempo, mis heridas comenzaron a cicatrizar lentamente con la ayuda de mis maestras y amigas. Su paciencia, amor y comprensión lograron que me fuera habituando a la idea que esta era ahora mi vida, mi familia, todo lo que me quedaba en el mundo, lo cual acepté con resignación y paz con el transcurso de los años.
Era realmente feliz, me sentía segura en aquel lugar que me protegía del mundo cruel. Según fui creciendo ya no era solo una huérfana más del colegio, me trasladaron para una de las pequeñas habitaciones en que habitaban las monjas. Convirtiéndome en una trabajadora más, las ayudaba en todo sin dejar de estudiar yo. Porque no sentía que tuviera la vocación de convertirme en una monja como en ocasiones me lo insinuaba la madre superiora.
Después de mi mayoría de edad, debía decidir qué hacer. Por horas deseaba complacerlas y convertirme en monja, en otras tenía ansias de salir a recorrer el mundo, y así me encontraba en esta batalla, cuando un hecho cambiaría para siempre lo que sería mi vida a partir de ahí.
Recién había cumplido mis veintitrés años, hacía cuatro que había terminado mis estudios para ser maestra, pero todavía no me decidía a dejar el colegio. No conocía nada del mundo exterior, tampoco poseía vocación para ser monja, me encantaba enseñar a los niños, motivo por el cual me encontraba aún en el colegio. Impartía clases a los más pequeños de arte, literatura e idiomas.
En aquel entonces solía todavía pasarme interminables horas en la pequeña biblioteca, puedo decir sin exagerar, que prácticamente me había leído todos los libros, algunos de ellos varias veces. A través de ellos disfrutaba las aventuras del mundo. Me imaginaba viviéndolas personalmente y creo que era uno de los motivos por lo que nunca me decidí a tomar los votos y convertirme en una monja. Ansiaba salir a ese mundo extraño a vivir todas experiencias que ellos contaban. Allí me encontraba una tarde de otoño cuando tocaron a la puerta.
-Señorita Ángel, la solicita la madre superiora. -Vino corriendo una de las niñas que estaba en el colegio.
-¿A mí? -pregunté intrigada. ¿Qué querría a esa hora de la noche la madre superiora conmigo?
-Sí, debe presentarse con urgencia en el despacho de la madre superiora -contestó y agregó. -Eso fue lo que me mandó a decirle sor Inés.
-Está bien, muchas gracias, linda.
Intrigada dirigí mis pasos allá tocando la puerta al llegar, escuchando su amable voz invitándome a entrar. Estaba acompañada de una misteriosa persona, que por estar la habitación en penumbras me causó algo de temor. Al verme se puso de pie, apreciando que se trataba de un hombre muy delgado con una joroba en su espalda que lo hacía permanecer inclinado, apenas se podía divisar su rostro por el enorme sombrero que llevaba. Estaba completamente vestido de negro, que le daba aún más un aspecto tenebroso.
-Buenas tardes, señorita Ángel.
-Buenas noches, señor...
-Es el abogado de tu familia, querida -me explicó la madre superiora.
-Es un placer, al fin conocerla señorita Ángel. Y como bien le dijo la madre superiora, soy el abogado Edmundo que representa a su familia.
Explicó y saludó con una profunda voz de barítono que desentonaba con la delgadez de su figura. Al avanzar a mi encuentro ofreciéndome su huesuda mano, la pálida luz de las velas dio de lleno en él. Y fue entonces que pude apreciar su afilada y prominente nariz; que contrastaba con unos grandes ojos negros muy brillantes; una fuerte mandíbula daba a entender un carácter firme y decidido; sus labios muy finos me sonrieron amablemente dejando apenas al descubierto una hilera de dientes muy blancos, demostrándome respeto al tiempo que tomaba mi mano dándome un suave apretón, para luego dejarla sentarse e invitándome a mi hacerlo a su lado.
Todavía no podía comprender qué querría un abogado, a tantos años después de la muerte de mis padres. Que recordara, todo lo habían dejado debidamente arreglado, jamás tuve que hacer ningún procedimiento para arreglar nada. Los cheques del banco llegaban puntualmente cada mes sin que tuviera que hacer nada. ¿Qué querría este señor aquí ahora?
¡Me quedé de una pieza! Lo observaba incrédula ante esa revelación. De seguro debe de estar equivocado.