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La hija de mi esposa, mi tormento

La hija de mi esposa, mi tormento

Autor: : Emily Rose
Género: Romance
Tras la repentina muerte de su madre, Valeria queda bajo el cuidado de Alejandro, el hombre que hasta hacía poco era solo su padrastro. Él es un empresario de éxito, frío y autoritario, veinte años mayor que ella, y nunca pensó que tendría que hacerse cargo de la hija de su difunta esposa. Valeria, que está acostumbrada a la libertad y a la rebeldía, choca de inmediato con las estrictas normas de Alejandro. Lo detesta... hasta que descubre que bajo esa fachada de dureza se esconde un hombre atormentado, marcado por la pérdida y un oscuro secreto. Lo que comenzó como rechazo pronto se transforma en una atracción peligrosa e imposible de ocultar. Ella sabe que amarlo está mal, y él sabe que desearla es un pecado. Pero, cuando el deseo se enciende, ¿quién puede detener lo prohibido?

Capítulo 1 El día en que todo cambió

El sonido de las campanas de la iglesia retumbaba en mis oídos como un eco lejano, marcando un ritmo que no coincidía con los latidos desbocados de mi corazón.

Afuera, la lluvia caía con fuerza, golpeando los ventanales como si el cielo entero llorara la misma pérdida que yo.

Delante de mí, el ataúd de madera clara estaba cubierto de lirios blancos, las flores favoritas de mi madre.

El perfume dulce se mezclaba con el incienso, envolviendo el ambiente en un aroma sofocante que me hacía sentir que apenas podía respirar.

No lloraba. No porque no quisiera, sino porque las lágrimas simplemente se me habían agotado.

Desde que me dieron la noticia del accidente, una especie de vacío se instaló en mi interior, como si alguien hubiera arrancado de raíz mi alma y me hubiera dejado hueca.

Tenía diecinueve años. Y me había quedado sola en el mundo.

A mi lado, algunas voces murmuraban condolencias, frases repetidas, huecas, que no lograban atravesar la barrera de mi dolor.

«Lo siento mucho», «tu madre era una gran mujer», «ahora descansa en paz...»

Eran palabras que rebotaban en mis oídos sin sentido. Y entonces, mi mirada se encontró con él.

De pie, frente al altar, estaba Alejandro. Mi padrastro. Vestía un traje negro impecable, la corbata perfectamente anudada, y su rostro, serio y pétreo, no mostraba ni una grieta.

No temblaba, no lloraba, no mostraba ningún signo de emoción. Era la encarnación de la serenidad.

La gente lo miraba con respeto, como si él fuera el que más lo estaba pasando mal, como si su entereza fuera admirable. Pero a mí me hervía la sangre.

Lo odiaba. Odiaba esa calma, esa frialdad, esa manera de recibir las condolencias con un apretón de manos y un leve asentimiento, como si hubiera ensayado el papel del viudo perfecto.

Yo quería verlo roto, devastado, de rodillas como yo lo estaba por dentro. Quería verlo humano. Pero Alejandro parecía hecho de mármol.

-Valeria -su voz grave me sacudió de golpe-. Es hora de irnos.

Me volví hacia él, con los ojos ardientes por la rabia. ¿Irnos? Apenas acababan de cerrar la lápida y él ya hablaba de marcharse, como si todo fuera un trámite más en su agenda.

-No voy a vivir contigo -le escupí, con un hilo de voz que temblaba entre la furia y la desesperación.

Sus ojos grises se clavaron en mí. No había enojo en ellos, tampoco compasión. Solo firmeza, una dureza que no admitía réplica.

-No tienes opción. Tu madre lo dejó escrito en su testamento. Estoy a cargo de ti hasta que seas independiente.

Era una sentencia. Una cadena invisible que se cerraba a mi alrededor.

---

La mansión Cruz se alzaba imponente al final de una larga avenida privada, rodeada de altos muros de piedra y árboles perfectamente podados.

La conocía de visitas pasadas, cuando mi madre aún vivía, pero nunca había pasado más de una tarde allí. Ahora, la perspectiva de dormir entre sus paredes heladas me hacía sentir atrapada.

Las puertas de hierro se abrieron automáticamente al paso del automóvil negro que Alejandro conducía.

Yo me encogí en mi asiento, observando cómo el camino empedrado nos llevaba hasta la entrada principal.

Dos columnas blancas daban la bienvenida, sosteniendo un pórtico elegante que parecía sacado de una revista de arquitectura.

Al bajar, una ráfaga de viento frío me golpeó. La lluvia había cesado, pero el cielo seguía gris, igual que el edificio frente a mí.

-Bienvenida a tu nuevo hogar -dijo Alejandro, con un tono que no sonaba a bienvenida en absoluto.

Entramos al vestíbulo. El mármol blanco relucía bajo la luz de las lámparas de araña. Cuadros de paisajes colgaban de las paredes, cada cosa en su lugar, perfecto, ordenado y vacío.

No había ni un solo rastro de mi madre. Ni una foto, ni un recuerdo, nada que gritara que ella había vivido allí.

El eco de mis pasos me hizo sentir como una intrusa en un museo.

-Señorita -una mujer uniformada apareció enseguida, inclinando la cabeza-. Su habitación está lista.

Asentí en silencio, siguiéndola por la amplia escalera que conducía al segundo piso. Alejandro caminaba detrás, como una sombra que no podía sacudirme.

Al entrar en la habitación, me encontré con un espacio impecablemente decorado. Cama amplia con sábanas blancas, un escritorio nuevo, cortinas de terciopelo en color beige.

Todo perfectamente dispuesto, como si hubiera sido diseñado por un decorador de interiores. Y, sin embargo, no había vida. No era mi cuarto.

Solté mi pequeña maleta en el suelo y comencé a sacar mis cosas. Mis jeans doblados, mis camisetas arrugadas, mis pocos libros. Cosas normales que contrastaban con aquella perfección asfixiante.

No escuché que la puerta se abriera hasta que lo vi. Alejandro entró sin llamar, ocupando el umbral con su imponente presencia.

-Hay reglas en esta casa -dijo con voz grave -. No quiero fiestas, ni salidas sin avisar. Aquí hay horarios. Se cena a las ocho y espero respeto.

Me giré hacia él, con el ceño fruncido y el corazón golpeando en mi pecho.

-¿Respeto? -espeté con sarcasmo-. No eres mi padre.

Un músculo se tensó en su mandíbula, pero su expresión permaneció inmutable.

-No lo soy -admitió sin titubear-. Pero mientras vivas aquí, tendrás que acatar mis reglas.

El silencio se volvió pesado. Yo lo miraba con odio, pero en el fondo algo más me descolocaba: la forma en que sus ojos grises me atravesaban, esa intensidad que me erizaba la piel sin que yo lo quisiera.

Sacudí la cabeza, intentando borrar la absurda idea que se cruzaba por mi mente. Era mi padrastro. El esposo de mi madre muerta. Pensar en él de otra manera era un sacrilegio.

Él sostuvo mi mirada unos segundos más y luego, sin una palabra, salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

---

Esa noche me tumbé en la cama, incapaz de conciliar el sueño. El silencio de la mansión era sepulcral, roto solo por el tic-tac lejano de un reloj.

Me revolvía entre las sábanas, recordando una y otra vez el funeral, la voz de mi madre, su risa, sus caricias. El dolor me oprimía el pecho hasta dejarme sin aire.

Y, contra mi voluntad, la imagen de Alejandro se colaba entre esos recuerdos. Su mirada intensa, su voz grave, su presencia imponente.

Me odiaba por eso.

Me repetía que lo detestaba, que lo culpaba de no haber cuidado a mi madre, de no haberla salvado. Me convencía de que era solo rencor lo que me hacía temblar cuando estaba cerca.

Pero en el fondo, muy en el fondo, sabía que no era solo odio.

Algo dentro de mí se estremecía cada vez que pensaba en él. Algo prohibido, algo que no debería sentir.

Cerré los ojos con fuerza, intentando acallar esa voz interna. Pero mientras el sueño me arrastraba lentamente, lo último que vi en mi mente fue el rostro de Alejandro, serio y distante, como si me vigilara incluso en la oscuridad.

Capítulo 2 El nuevo comienzo

El sonido de mi despertador me pareció una cruel burla. Había pasado gran parte de la noche en vela, atrapada entre recuerdos dolorosos y pensamientos que no quería admitir ni en voz baja.

Abrí los ojos con dificultad y me quedé un momento mirando el techo blanco de la habitación.

No había posters de mis bandas favoritas, ni las luces de navidad que solía colgar en mi cuarto, ni el aroma a café con canela que mi madre solía preparar los domingos. Solo silencio y frío.

Me levanté a regañadientes y me puse unos jeans y una camiseta cualquiera. Mientras cepillaba mi cabello frente al espejo, sentí el nudo en la garganta. Era extraño mirarme y no reconocerme del todo.

Ya no era la misma chica despreocupada que hasta hacía unas semanas hacía planes con su madre para irse de viaje en verano. Ahora era... otra persona.

Una que vivía en una mansión que no sentía suya, bajo el mismo techo que un hombre al que no quería ni ver.

Bajé las escaleras lentamente, con la esperanza de que Alejandro ya hubiera salido. Pero no tuve suerte.

Allí estaba, sentado en la cabecera de la mesa larga de roble, con un periódico en las manos y una taza de café humeante a su lado.

Vestía de traje, como siempre, y parecía sacado de la portada de una revista de negocios. Ni una arruga, ni un gesto fuera de lugar.

-Buenos días -dijo sin apartar la vista de las páginas.

Me dejé caer en una silla, sin intención de fingir cortesía.

-Hola.

La empleada de la casa apareció enseguida, sirviéndome un vaso de jugo y un plato con fruta perfectamente cortada.

Todo demasiado perfecto, demasiado ajeno. Yo quería una simple taza de cereal, como las que me servía mi madre mientras hablábamos de cualquier tontería.

Traté de comer un poco, pero el silencio era tan incómodo que apenas podía pasar bocado. Entonces, Alejandro dobló el periódico con calma y me miró.

-Hoy iremos a la universidad para tu inscripción -dijo con ese tono grave que parecía dictar órdenes más que sugerencias.

Fruncí el ceño.

-¿Qué? ¿A la universidad?

-Sí. He hecho los trámites necesarios. Retomarás tus estudios.

-Yo no necesito que hagas nada por mí -le respondí, dejando el tenedor con fuerza sobre el plato-. No quiero que decidas mi vida.

Alejandro no se inmutó.

-Eres demasiado joven para tomar decisiones importantes. Y ahora estoy a cargo de ti. Terminarás una carrera.

-¡No eres mi padre! -exploté, la voz me salió más fuerte de lo que esperaba.

Él apoyó los codos sobre la mesa y entrelazó las manos, mirándome fijamente. Sus ojos grises parecían atravesarme.

-No soy tu padre -admitió sin vacilar-, pero soy tu tutor legal. Y como tal, velaré por lo que creo que es lo mejor para ti.

Apreté los puños, luchando contra las lágrimas de frustración. Era como hablar con una pared. Podía gritar, protestar, patalear, y aun así él seguiría firme, imperturbable.

Me levanté de golpe y salí de la mesa sin terminar el desayuno. Lo escuché suspirar detrás de mí, pero no dijo nada más.

---

El campus de la universidad era bullicioso, lleno de estudiantes que corrían de un lado a otro, riendo, charlando, cargando libros. Me sentí fuera de lugar, como si yo no perteneciera allí.

Alejandro caminaba a mi lado, impecable en su traje oscuro, atrayendo miradas curiosas a cada paso. Algunas chicas lo observaban con disimulo, y eso me hizo hervir de rabia por motivos que no quería analizar.

-¿De verdad tenías que traerme tú? -murmuré con fastidio.

-No confío en que hagas las cosas sola -respondió sin mirar.

Rodé los ojos. ¿Quién se creía para tratarme como una niña incapaz?

Entramos al edificio principal, donde nos entregaron mi nuevo horario de clases. Tomé el papel y mis ojos recorrieron la lista de materias... hasta que un nombre me dejó helada.

«Derecho Empresarial II. Profesor: Alejandro Cruz.»

Me dio un escalofrío de golpe. Miré el papel una y otra vez, convencida de que era un error.

-Esto no puede ser... -susurré.

Alejandro arqueó una ceja al notar mi expresión.

-¿Qué sucede?

-¿Qué sucede? -le mostré el horario con las manos temblorosas-. ¡Aquí dice tu nombre!

Él lo miró por encima y asintió con calma.

-Sí. Soy profesor invitado en esta facultad desde hace años.

Lo miré boquiabierta.

-¿Quieres decir que... vas a ser mi profesor?

Una sonrisa apenas perceptible se dibujó en sus labios, una sonrisa fría y peligrosa.

-Exacto.

Me quedé paralizada, sintiendo cómo el suelo se desmoronaba bajo mis pies. No solo tendría que soportarlo en casa, imponiéndome reglas y controlando mi vida.

También tendría que verlo todos los días en la universidad, sentado frente a un aula, dictándome órdenes académicas. Era demasiado.

-No pienso asistir a esa clase -dije con rabia.

-No es negociable -respondió con firmeza-. Si quieres avanzar, tendrás que tomarla.

Lo odiaba. Lo odiaba con cada fibra de mi ser.

---

Ya en casa, encerrada en mi habitación, no podía dejar de pensar en lo que había pasado. Caminaba de un lado a otro, mordiéndome las uñas, incapaz de calmarme. La idea de tenerlo como profesor me resultaba sofocante.

Me tumbé en la cama y abrí mi cuaderno. Empecé a escribir, un hábito que había heredado de mi madre. «Querido diario», escribí, aunque sabía que no se trataba de un diario real. Solo era un cuaderno en el que vertía mis pensamientos para no ahogarme.

Escribí sobre la rabia que sentía hacia Alejandro, sobre cómo me trataba como a una niña incapaz de decidir. Escribí sobre la universidad, sobre lo atrapada que me sentía. Y entonces, sin querer, escribí sobre sus ojos. Sobre su voz, sobre la forma en que imponía respeto sin necesidad de gritar.

Me detuve horrorizada. Arranqué la hoja y la hice pedazos. No podía permitir ni un pensamiento de ese tipo. Era mi padrastro, el esposo de mi madre muerta. Pensar en él de otra manera era un sacrilegio.

Apagué la luz y me tapé hasta la cabeza con las sábanas. Pero en la oscuridad, su rostro volvió a aparecer en mi mente, serio, frío, observándome como si siempre estuviera allí, incluso cuando no lo veía.

Y lo supe:

Lo que sentía no era solo odio y esa verdad me aterraba más que cualquier otra cosa.

Capítulo 3 Líneas que no deberían cruzarse

El lunes amaneció con un cielo despejado que contrastaba con mi estado de ánimo. Me vestí con desgana, eligiendo unos vaqueros rotos y una blusa negra.

No era un uniforme, pero sabía que a Alejandro no le gustaba verme desaliñada. Y, en el fondo, quizá lo hacía adrede.

Bajé a desayunar y lo encontré, como siempre, impecable, revisando documentos en su laptop mientras bebía café. Ni siquiera levantó la vista cuando me senté frente a él.

-Llegas tarde -dijo sin emoción.

Rodé los ojos.

-No tenía idea de que desayunar aquí tenía horario.

-Todo en esta casa tiene horarios. -Finalmente levantó la mirada y me observó con severidad-. Y en la universidad también. Si piensas llegar tarde a mis clases, mejor empieza a cambiar de hábitos desde ahora.

Sentí la sangre hervirme.

-No pienso seguir tus estúpidas reglas. No en tu casa y mucho menos en la universidad.

Él dejó la taza con calma sobre la mesa, se inclinó hacia delante y habló en un tono tan bajo que me puso la piel de gallina.

-Vas a seguirlas, Valeria. Porque si no, te aseguro que haré tu vida mucho más difícil de lo que imaginas.

Lo miré con rabia, pero también con una mezcla peligrosa de nervios y algo que no quería admitir: atracción.

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En el campus, fingí que no me importaba verlo entrar al aula con paso seguro, llevando bajo el brazo una carpeta y vistiendo un traje gris oscuro que resaltaba aún más su porte imponente.

Varias chicas susurraban a mi alrededor comentando lo atractivo que era el profesor Cruz. Yo apreté los puños bajo el escritorio.

-Buenos días -saludó con una seriedad, que retumbó en las paredes como un eco.

Todos respondieron al unísono con un «Buenos días, profesor». Yo permanecí en silencio, desafiándolo con la mirada.

Él pasó lista, y cuando pronunció mi nombre, lo hizo con un énfasis que nadie más notó, pero que a mí me atravesó como una daga.

-Valeria Montenegro.

-Presente -respondí seca, sin apartar la vista de él.

Durante la clase, no podía concentrarme. No era por la asignatura, sino porque, cada vez que Alejandro caminaba por los pasillos del aula, su perfume, una mezcla de madera y especias, me envolvía.

Además, cada vez que se inclinaba para escribir en la pizarra, su silueta me resultaba muy atractiva.

Me aborrecía por pensar en eso. Intentaba convencerme de que solo lo observaba porque lo detestaba, porque buscaba errores en su fachada perfecta. Pero la verdad era que mi cuerpo reaccionaba a su presencia de formas que no podía controlar.

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Al terminar la clase, salí apresurada, decidida a evitar cualquier conversación con él. Pero lo escuché llamarme en el pasillo.

-Valeria.

Me detuve a regañadientes y me giré.

-¿Qué quieres?

-Necesito hablar contigo sobre tu rendimiento.

-¿Mi rendimiento? ¡Si es la primera clase!

-Justamente. No prestaste atención, no participaste, y tu actitud es inaceptable.

Lo miré con incredulidad.

-¿Inaceptable? ¿Me vas a poner una sanción por no sonreírte?

Su mandíbula se tensó.

-Voy a exigirte lo mismo que a todos. Ni más, ni menos.

-¿Y en casa también me vas a dar calificaciones? ¿Vas a ponerme un cero si no ceno a las ocho en punto?

Me acerqué a él, demasiado cerca, retándolo. Sentía la adrenalina recorrerme, mezclada con una emoción peligrosa.

Alejandro bajó la voz.

-Ten cuidado, Valeria. Estás jugando con fuego.

Su mirada me atravesó, y por un instante el aire se volvió pesado. El pasillo estaba lleno de estudiantes, pero yo solo podía sentirlo a él, tan cerca que bastaba un paso más para que su cuerpo rozara el mío.

Mi respiración se aceleró sin que pudiera evitarlo. Y en ese segundo, lo vi dudar. Vi cómo sus ojos bajaban fugazmente a mis labios antes de apartarse bruscamente.

-Nos vemos en casa -dijo con voz firme, dándome la espalda.

Yo me quedé clavada en el suelo, con el corazón a mil y las piernas temblando.

---

En el silencio de la madrugada, El pánico me invadió por un segundo y la tensión alcanzó un nuevo nivel.

Me encontraba en la biblioteca de la mansión, fingiendo estudiar. Pero en realidad, mis pensamientos giraban alrededor de lo ocurrido en el pasillo. ¿Había imaginado que me miraba de esa forma? ¿O realmente había deseado besarme?

El chasquido de la puerta al abrirse me hizo sobresaltarme. Alejandro entró, con la chaqueta colgada del brazo y el rostro cansado, aunque aún imponente.

-¿Qué haces despierta? -preguntó, mirándome de reojo.

-Estudiando -mentí, cerrando el cuaderno de golpe.

Se acercó lentamente, hasta quedar frente al escritorio donde yo estaba sentada.

-No parecías muy concentrada en clase.

-¿Ahora vas a darme lecciones extra aquí también? -lo reté.

Él apoyó las manos sobre la mesa, inclinándose hacia mí. Su sombra me envolvió y su cercanía me dejó sin aire.

-Te advertí que no me desafiaras.

Lo miré fijamente, con el corazón latiendo desbocado.

-¿Y qué vas a hacer si lo hago?

El silencio se volvió insoportable. Podía escuchar mi propia respiración, rápida y descontrolada. Él estaba tan cerca que bastaba con que yo me inclinara un poco para que nuestros labios se rozaran.

Y por un segundo, lo sentí: el impulso en su mirada, la chispa contenida, el deseo que luchaba contra la razón.

Pero entonces, Alejandro se apartó de golpe, como si la sola idea fuera un pecado imperdonable.

-No vuelvas a provocarme -dijo con voz ronca, y salió de la biblioteca sin mirar atrás.

Me quedé allí, temblando, con las manos sudorosas y el corazón a punto de estallar.

No sabía qué me asustaba más: el odio que creía sentir por él... o lo mucho que deseaba seguir provocándolo.

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