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La hija del duque (Freya Asgard)

La hija del duque (Freya Asgard)

Autor: : Freya Asgard
Género: Romance
Días después de perder a su madre, Ángela se entera de que su padre, quien jamás estuvo presente en su vida, es un duque de Escocia que en su momento estuvo dispuesto a escapar con la madre de ella, pero la mujer se escapó de él antes de que él lo dejara todo por ella y nunca la pudo encontrar hasta ahora, que recibió una carta informándole que tenía una hija y que él quiere hacerse cargo de ella por lo que la lleva con él a su país. Él tiene dos hijastros, David y Gabriel, a los que crio como hijos, y ella se enamora de Gabriel, pero una amenaza se cierne sobre Ángela, pues hay alguien que no quiere que ella tome su lugar como la hija del duque...

Capítulo 1 Secuestro

Avancé con paso vacilante al notar que alguien me seguía. A pesar de la gente que circulaba en ese momento por esa transitada calle, estaba segura de que ese hombre iba detrás de mí. ¿Sería posible? Quizá no era más que el fruto de mi imaginación, de tantos tiempo casi sin dormir.

Alenté un poco mi andar e intenté relajarme. Era imposible que alguien me siguiera a las dos de la tarde en tan concurrida avenida. Miré hacia atrás y vi a ese hombre que me miraba con una expresión extraña, parecía asqueado. Seguí avanzando, ya faltaba poco para entrar al edifico donde trabajaba. Solo unos pasos más y estaría a salvo. Volví a mirar hacia atrás y ya no estaba. Lo busqué con la mirada por todas partes, pero no se veía. No era un hombre que pasara desapercibido, claramente no era chileno, era rubio y medía cerca de los dos metros y, en un país en que la media de los hombres era un metro sesenta y cinco...

Respiré tranquila, sobre todo al llegar a la puerta de mi edificio. No, no era mi edificio, yo solo trabajaba allí... haciendo aseo.

Saludé al guardia con alivio, ya estaba en un lugar seguro.

Con el trabajo, olvidé el incidente, por lo que, al salir por la tarde-noche, no tuve recelo alguno y no me percaté de que alguien se acercaba a mí.

―Buenas noches, señorita, ¿me haría el favor de acompañarme? ―El hombre tenía un acento extraño, era como gringo, pero no era como los que llegaban a la oficina de los jefes, era otro acento, no pude distinguir, igual, no hablaba tan bien el español, aunque tenía bonita pronunciación.

¿En qué estaba pensando? Un gigante se acercó a mí para obligarme a que lo acompañara ¿y yo me fijaba en su acento?

―Por favor, señorita ―insistió ante mi silencio y se abrió un poco el abrigo donde escondía un arma. Yo tragué saliva y luego alcé mis ojos para ver los ojos más celestes que había visto en mi vida. Parecía un ángel caído... Con un arma―. Si me obedece, le aseguro que nada malo le sucederá.

―¿A dónde me va a llevar? ―Intenté concentrarme.

―Mi jefe quiere hablar con usted, nada más. Solo serán unos minutos. Suba al automóvil, por favor.

―¿Y si no quiero?

―Me veré obligado a forzarla y no le gustará.

Obedecí por miedo a que usara su arma conmigo... Bah, ¿a quién engaño? Si ese hombre me llevara al infierno, al infierno iría con él. ¡Ay, por Dios! Mis hormonas no me dejaban pensar claro. Era un tipo guapísimo, sí, pero iba armado y podía ser un asesino serial o algo peor. Claro que en ese lujoso automóvil con chofer privado... ¿Qué clase de delincuente era? Casi sin moverme, saqué mi teléfono de la cartera y apreté el SOS, como mi amigo José me había enseñado hacía tiempo.

―¿Puede entregarme su móvil, por favor? ―me exigió el hombre sin mirarme.

―¿Para qué? ―Lo apreté contra mi pecho.

―Para que no haga una tontería de la que pueda arrepentirse.

Suspiré con frustración y le entregué el aparato. Él lo desbloqueó con facilidad, lo observó, escribió algo y lo guardó en su bolsillo. Ya mi amigo me había dicho que le pusiera pin, patrón o huella, pero yo siempre le decía que si alguien intervenía mi teléfono, de pura lástima, en vez de robarme, me daría dinero.

―¿Qué quiere de mí? ―le pregunté unos minutos después, en voz baja, casi inaudible, tenía una mezcla de miedo y de ganas que aquello fuera una novela romántica, eso era problema de las novelas de amor que tanto me gustaba leer.

―Ya se lo dije, solo conversar ―me contestó sin emoción.

―Nadie secuestra a otra solo para conversar ―repliqué molesta.

―Créame que usted no está secuestrada.

―¿Ah, no? ¿Y cómo se le llama a esto? Me sube a su auto un desconocido a punta de pistola y me quita mi celular. Esto no es un paseo, señor. Su jefe debería ser bien hombre y venir a hablar conmigo como cualquier persona civilizada.

―Tengo entendido que él es bien hombre para sus cosas y si no vino él en persona a buscarla es porque no puede mostrarse en público. Créame que ganas no le faltaban de venir él en persona a buscarla.

―¿Quién es? ¿Un capo de la droga que es tan misterioso?

El desconocido sonrió levemente.

―No, pero levantaría mucho revuelo si viniera él por estos lugares.

―O es un capo de la droga que se equivocó de mujer, o es un psicópata suelto, dudo mucho que sea una estrella de cine o un cantante famoso, a lo mejor un regguetonero podría ser, ellos creen que las mujeres somos objetos de tomar y tirar.

―Tiene mucha imaginación, señorita Méndez, pero no es ninguna de las alternativas que dio, pese a que usted ya lo conoce o al menos ha de haberlo visto.

―Amigos no somos, no tengo ningún amigo tan famoso que no pueda salir a la calle.

―No, no son amigos.

―¿Puede dejarse de tantos misterios y decirme de una vez por todas quién es? Por muy famoso, millonario o psicópata que sea, no estoy interesada en conocerlo en estas circunstancias, preferiría haberlo conocido como una persona normal y no en medio de un secuestro.

―Ya le dije que no está secuestrada.

―Y ya le dije que esto cumple con todas las características de un secuestro.

―Espero que sea un poco más dócil cuando esté con mi jefe... ―meditó.

―¿Dócil? ―interrogué furiosa―. ¿Acaso soy un caballo para ser domada? ¡Que se pudran usted y su jefe!

―Agradezca que no está secuestrada y que no se me permite el uso de la violencia física contra usted, a no ser que sea estrictamente necesario.

―Habérmelo dicho antes ―dije y me lancé contra el hombre para golpearlo, su impavidez me volvía loca, parecía que nada lo alteraba y yo estaba con los nervios de punta, entre estar con él en ese espacio tan reducido y el pensar en lo que me harían, parecían hombres de la mafia y, que yo supiera, no estaba metida en líos con ningún mafioso, así que, si se habían equivocado de persona, estaba en un gran peligro. Intentarían hacerme hablar algo de lo que no tenía idea.

El hombre, después de dejarme por unos segundos, me tomó las manos y me inmovilizó.

―Puedo no tener permitido usar la violencia, señorita, lo cual no significa que no pueda defenderme e inmovilizarla.

―¡Suélteme!

―No.

―¡Suélteme! Déjeme, desgraciado.

―Agradezca que no tengo autorización, pero la doblegaría hasta que se vuelva dócil como un perrito faldero.

―Eso jamás ―repliqué sin dejar de pelear por liberarme. Ese hombre era atractivo hasta los huesos, pero era un hombre muy peligroso.

―Lo único que logrará será cansarse ―me advirtió―. Yo ni siquiera estoy ejerciendo fuerza, en cambio, usted muy pronto comenzará a sudar.

Yo me rendí y lo miré con los ojos llorosos, sí, tenía miedo y tristeza porque todo siempre me salía mal, además, cuando pensaba que ya nada podría ir peor en mi vida, me secuestraban. Hasta podía ser trata de blancas y me prostituirían en un país extraño.

―Tiene que estar tranquila, nadie quiere lastimarla ―me dijo sin soltarme y con una voz más compasiva.

―Eso dicen todos.

―Pues yo se lo puedo jurar, si hace falta.

―Suélteme, por favor―. Su contacto me quemaba y él lo sabía.

―¿No hará más tonterías?

Yo negué con la cabeza. Él me soltó y me abracé a mí misma. Quería llorar, pero no delante de él, ya suficiente ridículo había hecho por un año, además, su aplomo me hacía sentir pequeña y ridícula. Podía comprender a muchas de las protagonistas de las novelas, uno no puede pensar claro en momentos así.

―Debe tranquilizarse, señorita, ya estamos por llegar ―habló con voz suave.

Yo cerré los ojos, no quería ver hacia dónde nos dirigíamos, tampoco es que viera mucho. Como era invierno, anochecía muy temprano, además, se había largado un nubarrón que no dejaba ver nada.

―Llegamos, no baje aún, yo voy por usted.

Yo quise bajarme para huir, pero mi puerta no abrió, tenía seguro de niños.

―¿Creía que dejaría la puerta abierta para usted? ―se burló sin bajarse―. De todas formas, le advierto, corro mucho más rápido y conozco el lugar, si intenta algo, lo que sea, me veré forzado a usar mi superioridad física, incluso podría atarla y amordazarla.

No dije nada, parecía hablar con mucha seguridad y con ganas de hacerlo. Quizá, si obedecía como había hecho hasta ese momento, no me maltrataran... tanto.

Se bajó y se dio la vuelta, abrió la puerta y me ofreció su mano para ayudarme a bajar, yo dudé, pero al final me tomé de él, el calor de sus dedos me hizo estremecer. Quedamos muy cerca el uno del otro. Por suerte había dejado de llover.

―No permita esto, por favor ―le rogué.

―Permitir, ¿qué?

―Esto, ¿usted cree que toda esta parafernalia es solo para conversar? Por favor, por favor... No me entregue. Estoy segura de que se equivocaron de persona.

―Debe estar tranquila, señorita, no todos los hombres son unos desgraciados sin corazón, no todos buscan lastimar a las mujeres, debe estar abierta, le aconsejo, a nuevas experiencias; como le dije, no todos los hombres son unos desgraciados y no todas las mujeres son unas santas.

―¿Qué significa eso?

―Muchas personas son tan estrechas de mente, de razón, que creen que solo existe el blanco y el negro, que nada puede cambiar su forma egoísta de ver la vida.

―Yo no soy así.

―¿No?

―¡No! ¿Qué le hace pensar que soy así?

―Ha venido todo el camino discutiendo, no se ha detenido un solo instante a mirarme y a buscar la verdad.

―Usted me subió a su auto por la fuerza y me apuntó con un arma.

―¿Lo ve? Míreme a los ojos y repita lo que acaba de decir.

Yo alcé mi mirada, pero no dije nada, en realidad, él no me había apuntado con el arma, solo me la enseñó, aunque, en síntesis, es lo mismo, ¿no? El fin era intimidarme para subir a ese automóvil.

―Yo no la obligué y no le apunté con el arma.

―Es lo mismo ―rezongué.

―¡Claro que no!

―Para esto es lo mismo, me obligó a subir bajo amenaza de muerte, o le obedecía o usted usaba su arma en mi contra, ¿cuál es la diferencia? ―pregunté con tristeza, debía resignarme a morir.

―Le dije que no me estaba permitido provocarle daño alguno, ni mi fuerza física debería usar en su contra.

―Igual me inmovilizó.

―No fue difícil, no utilicé ni fuerza ni violencia, ¿o sí? De haberlo hecho, le aseguro que sus brazos todavía dolerían.

Bajé la cabeza, ese hombre me confundía, a ratos parecía hablarme como si me odiara y me quisiera cortar en pedacitos y en otros parecía que me iba a besar; me estremecí.

―Vamos, hay que entrar, hace frío y la están esperando con ansiedad.

Yo lo volví a mirar y luego volví a bajar la cara. Empecé a andar con paso lento, casi agónico, sentía que iba al cadalso.

―Ya verá que no es tan malo, al contrario, podría ser algo muy bueno para usted ―me consoló el hombre.

―¿Usted sabe por qué me trajeron aquí?

―Sí.

―¿Por qué?

―No soy yo el indicado para decírselo.

―Pero usted me trajo.

―Aun así, no soy quién para hablarle de eso.

La lluvia, que había cesado antes de llegar, volvió a caer con más furia. El hombre me tomó del brazo y me hizo correr hasta la entrada, para ponernos a resguardo.

―Vamos, como dicen ustedes, al mal paso darle prisa.

Me guio, sin soltarme, hacia el interior de la enorme casona. Era un lugar muy grande y elegante, lleno de luz, de grandes ventanales y de hermosas obras de arte.

―Vamos, la esperan en el despacho ―me dijo el desconocido de los ojos celestes, me había dado un pequeño espacio para admirar el lugar.

Cerré los ojos y suspiré para darme ánimo. Los abrí y lo miré, asentí con la cabeza, mi hora había llegado.

En esa oficina, me esperaba un hombre un poco mayor, debía estar en los cincuenta o poco más.

Algo hablaron en inglés, para ser franca, no entendí nada de lo dijeron, el hombre hablaba inglés y yo español, ¿cómo nos íbamos a entender?

El hombre sonrió enigmático, mientras observaba salir a mi raptor, yo miraba el lugar, no quería verlos a ninguno de los dos, ¿por qué me tenían que secuestrar? Se veían personas decentes... ¿Y si eran tratantes de blancas? Peor, ¿y si eran traficantes de órganos? Por eso eran extranjeros...

―Aquí estás por fin ―habló el hombre mayor y me sacó de mis cavilaciones. Creo que lo miré aterrada―. No te asustes, no te quiero lastimar, querida, solo te quiero conocer.

―¿Conocer? ―¿Qué quería decir con eso?

El hombre se levantó de su asiento y caminó hacia mí, yo retrocedí, pero estaba cerca de la puerta y choqué casi de inmediato con la pared.

―No te asustes de mí, ¿Gabriel no te dijo nada?

No entendí el nombre, pero no se lo haría saber.

―Me dijo que no le correspondía decirme nada, que usted lo haría.

―Muy propio de Gabriel, jamás comete una infidencia.

―¿Qué quiere?

―Siéntate, por favor.

―No.

―Vamos, no te pongas así, no te lastimaré, solo quiero que conversemos.

―¿Conversar? Usted y yo no tenemos nada de qué hablar.

―Mucho me temo que sí.

―¿Y de qué podríamos hablar usted y yo? Mírese, mire esta casa, usted y yo no tenemos nada en común, ni siquiera el idioma.

―Claro que tenemos algo en común, querida.

El hombre se acercó a mí y yo sentí una mezcla de sensaciones muy difíciles de explicar. Sentí terror, pero a la vez sentí seguridad. Es decir, sabía que debía sentir pánico, estaba allí sin saber por qué y si ese hombre me quería cortar en cuadritos, no habría nadie que se lo impidiera; pero, por otro lado, sentía que con él nada malo me pasaría y estaría segura. Seguro ya estaba loca y tenía síndrome de Estocolmo.

Capítulo 2 Mi padre

El hombre me tomó la mano con una de las suyas y con la otra acarició mi mejilla.

―No me tengas miedo, por favor, jamás te haría daño, no a propósito, al menos ―me aseguró.

―Es que...

―Ya te dije que no quiero hacerte daño, solo quiero hablar, aclarar ciertos temas.

Yo hice un puchero y me tapé la cara con las manos, no quería que ese hombre me viera llorar.

―Niña, mi pequeña..., no llores. Ven acá. ―El hombre me pegó a su pecho de modo paternal y me dejó llorar―. No debes temer, mi pequeña, nada malo te pasará.

―Es que... ―hipé, pero no pude continuar.

―Ya, pequeña, tranquila, estás segura aquí.

―Mi mamá...

―¿Qué pasa con ella? ¿Te espera? ―me preguntó sorprendido.

―No. ―Volví a llorar con más fuerza.

―¿Tienes miedo a que nadie te extrañe? ―Me quitó las manos de la cara para mirarme.

Yo asentí con la cabeza, nadie me extrañaría si no hasta cuatro días después, cuando me tocara entrar de nuevo a mi turno en mi trabajo. Después, me di cuenta de que debí decir que sí alguien me buscaría y llamarían a la policía, pero no sabía mentir.

Él me tomó de los hombros y me llevó al sofá, él se sentó a mi lado y acunó mi rostro con sus manos.

―Ya te dije que nada malo te pasará, si te hice traer así, de esta forma, fue porque no tenía otro modo de acercarme a ti y no tengo mucho tiempo, pasado mañana debo irme de tu país y no sé cuándo pueda volver.

―Podría haberme citado a un café.

―¿Un café? ¿Viste la cantidad de periodistas que hay apostados afuera?

Yo negué con la cabeza, no había visto a nadie fuera de la casa, sí como a tres cuadras de allí, lo miré interrogante.

―Sí, ese mismo montón de gente que viste a unas cuadras ―me respondió como si adivinara mis pensamientos―, son periodistas que buscan una exclusiva.

―Pero no estaban fuera de su casa.

―Hasta ahí llega esta casa.

―¿Se da cuenta? ¿Qué podríamos tener en común un hombre que tiene una población entera como casa y yo, que vivo en una casa de población?

―No lo sabrás hasta que me escuches.

―Hable.

―¿Quieres una bebida, un café? ―me preguntó nervioso y una sombra de miedo pasó por sus ojos verdes.

―No, gracias.

―¿Segura?

―Segura. Usted me hizo traer aquí para hablar. Hable.

―Ángela Méndez Méndez, llevas los dos apellidos de tu madre.

―Sí, porque mi padre fue un cobarde que huyó cuando supo que ella estaba embarazada.

―¿Eso te dijo tu madre?

―¿Me va a decir que no fue así y que mi madre quedó sola porque quiso?

―Hay cosas que no sabes.

―No va a venir a hablar por ella cuando ya no está ―repliqué enojada, ella nunca me habló mal de mi papá, siempre quiso protegerme.

―No quiero hablar mal de tu madre, pero las cosas no son como te dijo.

―¿Y cómo son si se puede saber?

El hombre suspiró.

―Nada de lo que yo te pueda decir servirá para que me creas, pero quizá, si lo lees de su puño y letra, creas que lo que te voy a decir es cierto.

El desconocido se levantó y sacó de su escritorio una carta que me entregó.

12 de abril de 2021

Ángelo, no sabes cómo me cuesta escribir esta carta, no es fácil para mí después de tantos años y tanta distancia.

Me queda poco tiempo, ya los doctores solo esperan el desenlace; pero no puedo irme de este mundo sin que sepas la verdad: tienes una hija, tenemos una hija. Sí, de nuestro breve amor nació Ángela, mi pequeña, la luz de mis ojos. Nunca te lo dije para no causarte problemas y me hice cargo sola, pero ahora que no estaré, no quiero que se quede sola, no tiene a nadie más en el mundo. Mis padres nunca me volvieron a hablar después de que quedé embarazada, así es que mi niña quedará desamparada. Por favor, nunca te he pedido nada, pero esta vez sí necesito acudir a ti para cuidar de ella.

Te envío sus dato y dónde puedes encontrarla.

Siempre te amé, el recuerdo de nuestro amor lo guardé siempre como un tesoro y fue lo que me sostuvo en todos mis malos momentos.

Por siempre tuya,

Rosario.

Terminé de leer la carta y miré al hombre.

―¿Usted es mi padre?

―Sí, entiendo que tu madre te haya hablado mal de mí...

―No lo hizo ―lo interrumpí con firmeza―. Ella siempre me dijo que yo había nacido de un gran amor imposible, fui yo la que creí que me mentía para salvaguardar mi mente y corazón y que en realidad mi papá la había abandonado a su suerte.

―Jamás la abandoné, al contrario, yo hubiese renunciado a todo por ella, pero ella me dejó, me dijo que ya no me amaba y yo... ―Tragó saliva para retener el llanto―. De ahí en más, me convertí en un playboy, al menos por un tiempo, luego me centré y me casé, pero jamás olvidé a tu madre y ahora que me enteré de que tuvimos una hija... Créeme que quise matarla por haberme ocultado algo tan importante, por haberme impedido verte crecer, acompañarte en estos días tan dolorosos para ti; pero ya nada se puede hacer, lo hecho, hecho está, llorar sobre la leche derramada nunca condujo a nada. Por eso te hice traer, porque eres mi hija y te mereces una mejor vida que la que has llevado hasta ahora; te mereces todo lo que yo tengo, estudiar, viajar, no ser una barrendera, sin desmerecer, que es un trabajo muy digno, pero tú puedes ser más que eso.

―¿Y para eso tuvo que secuestrarme?

―Creí que Gabriel no había usado la fuerza, le advertí...

―No la usó, pero de todos modos, me sentí intimidada.

―El problema es que hay toda una horda de periodistas, ellos suponen que estoy aquí, ni siquiera lo tienen confirmado, ¿te imaginas si hubiese salido a buscarte? Mañana estarías en las primeras planas de los diarios y no como mi hija, precisamente, si no que como una cazafortunas, jamás creerían otra versión. ―No supe qué contestar a eso―. Además, si te hubiese escrito una nota diciéndote que era tu papá y que quería conocerte y hablar contigo, ¿me hubieras aceptado?

Capítulo 3 Carta

Lo miré con los ojos muy abiertos y luego bajé la cabeza.

―No ―acepté con sinceridad.

―¿Lo ves? El único modo que me quedaba era traerte hasta aquí para conversar contigo y en el único que podía confiar para hacer eso es mi hijo.

―¿Ese hombre es su hijo? ―pregunté sorprendida, ¿no lo había llamado jefe? Entonces entendí el intercambio de miradas.

―En realidad, es mi hijastro, es hijo de mi esposa.

―Esposa. A ver... ¿Usted cree que ella va a aceptar así como así a la hija de otra mujer? Es más, ¿usted cree que va a aceptar a alguien que le puede quitar parte de la herencia a sus hijos?

―A ella la perdí hace cinco años en un accidente ―me dijo con tristeza.

―Lo siento, no sabía. ―Me sentí como una estúpida malcriada.

―No tenías por qué saberlo. ―Silencio por largos segundos―. ¿Quieres tomar algo?

―Ahora sí le acepto un café.

Ángelo, mi padre, pidió dos cafés por un intercomunicador y luego se volvió hacia mí de nuevo.

―Ya vienen ―me indicó.

―Gracias.

Me quedé pensando, ¿cómo era posible que ese hombre tan guapo, tan millonario y de otro país se enamorara de mi madre? No es que ella no fuera bonita, porque sí lo era, hasta el último de sus días fue una mujer hermosa, pero era una mexicana baja, igual que yo, de piel trigueña y ojos cafés, nada del otro mundo, no para hombres como Ángelo, que debía estar acostumbrado a mujeres de metro ochenta y curvas despampanantes. Bueno, yo, definitivamente, había salido a mi mamá. Pequeña, medía menos de un metro sesenta; piel trigueña, aunque los ojos son los de mi padre, verdes; delgada, no tenía curvas pronunciadas ni porte elegante. ¿Qué haría yo con esa familia? No encajaba bajo ningún punto de vista, quizá por eso mi mamá huyó, porque no era parte de ese mundo y jamás lo sería.

―Ángela... ―me habló mi papá―, aquí está tu café.

Estaba tan metida en mis pensamientos que no me di cuenta de que había pasado el rato. Lo recibí y bebí un sorbo, estaba delicioso, ese no era del café de tarro que yo tomaba a diario. Se notaba que era un café elegante, como ellos. Yo ni siquiera sabía comer con más de un servicio, solo los haría pasar vergüenza y yo también quedaría en ridículo. ¿Por qué mi mamá nunca me dijo de ellos? Ella me decía que mi papá era el hombre más maravilloso que podía existir, caballero, romántico, fiel... Que él nunca quiso dejarnos, que por él, nos hubiera seguido al fin del mundo, pero que ella jamás habría permitido que él lo dejara todo por nosotras, que ella no le arruinaría la vida de ese modo. Lo que nunca me dijo fue quién era ese hombre tan misterioso y fuera de serie.

―Ángela, dime algo, por favor ―me rogó mi padre, agachado frente a mí.

Yo lo miré, me había quedado pegada al parecer.

―Es que... recuerdo todo lo que mi mamá me decía de mi papá y yo no le creía nada, pensaba que, si él era tan bueno como ella me decía, no me habría dejado botada. Ahora veo que usted ni siquiera lo sabía.

―De haberlo sabido, jamás te hubiera abandonado.

―Y ahora quiere hacerse cargo de mí.

―Yo sé que eres una mujer adulta, pero si me permites, sí quiero hacerme cargo de ti, cubrir tus necesidades, no solo las económicas.

―Es tan extraño esto, ¿cómo sé que no es un engaño?

―Lo sabes, acabas de leer la carta de tu madre, además, ¿qué ganaría yo con engañarte con algo así?

Me encogí de hombros, la verdad era que ellos no ganaban nada. De pronto, recordé la carta que me había dejado mi mamá y que no me había animado a leer.

―¿Qué pasa, hija? ―Mi cara no podía mentir.

―Ella me dejó una carta.

―¿Una carta?

―La tengo en mi mochila, pero su hijo me la quitó.

―Tu mochila está allí ―me indicó un perchero, me levanté y la tomé, busqué dentro de ella la carta, la abrí y la leí en voz alta.

Hija mía:

No sabes cuándo siento dejarte sola, yo hubiera dado todo por quedarme más tiempo contigo, pero las cosas son así y no se pueden cambiar.

Hija, préstame atención, siempre te hablé de tu padre, él es un buen hombre y si sigue siendo el mismo estoy segura de que te buscará. Yo nunca le dije que me había embarazado, nunca supo de tu existencia, cuando lo conozcas te darás cuenta por qué. Él tenía obligaciones que no podía dejar por nosotras, yo jamás se lo hubiera permitido, no habría sido justo que dejara todo por mí si desde que lo conocí y me enamoré sabía que era un amor prohibido que duraría solo un tiempo. No fue su culpa.

Sé que te buscará, recíbelo y habla con él, estoy segura de que se querrán mucho y él velará por ti, como yo ya no podré hacerlo.

Cerré los ojos y apreté la carta contra mi pecho. Con eso ya era suficiente. Ese hombre era mi padre.

―¿Te queda alguna duda? ―me preguntó Ángelo.

―No. ¿Y a usted?

―Ninguna.

―¿No me pedirá un examen de ADN?

―Por supuesto que no, estoy seguro de que eres mi hija, tienes mis ojos ―me dijo con una sonrisa.

―Solo tengo una duda...

―¿Qué cosa?

―Su hijo... Que ni sé cómo se pronuncia su nombre, él no parece muy contento con mi aparición.

―¿Por qué lo dices? ¿Te dijo algo?

―No, pero creo que no le caigo muy bien, además, ninguno de los dos nos comportamos muy bien camino para acá.

―Para serte sincero, no sé si tú eres de su agrado o no, no es fácil saberlo con un hombre como él, sabe guardar muy bien sus emociones, lo que sé es que no se molestó al saber que tenía una hermanita menor, legal al menos. Si quieres le preguntamos.

―No, no, no...

Él sonrió divertido.

―¿Le tienes miedo? Quizás a ti no te agradó.

―Sí, te tengo miedo ―confesé―, aunque no fue brusco ni violento... me intimidó.

―Sí, Gabriel suele dar esa impresión, pero ya lo conocerás mejor y te darás cuenta de que es un buen muchacho.

Tocaron a la puerta.

―Pase.

―Señor, la cena está servida ―dijo una empleada.

―Gracias, María, vamos enseguida. ―La mujer salió y Ángelo me miró―. ¿Tienes hambre?

―La verdad es que sí.

―Vamos.

Me tomó del codo y me guio a un lindo comedor. Allí se encontraba el hombre de nombre raro y otro hombre, parecía más joven que mi nuevo hermano, aunque ambos se parecían demasiado.

―Hijos, les presento a Angela, ella es su nueva hermana, espero que la traten como la merece.

Mi hermano de nombre raro hizo un gesto de desagrado.

―Hola, hermanita, yo soy David ―me saludó el más joven, tenía un aspecto más juvenil y relajado que su hermano.

―Hola, David. ―No creo que lo haya pronunciado bien.

―Nosotros ya nos conocemos ―dijo el mayor de los hermanos.

―Sí, aunque no nos saludamos.

―Yo la saludé, fue usted la que no lo hizo.

―Buenas noches, entonces.

Él me mostró sus perfectos dientes en una cínica sonrisa.

―Siéntate, querida ―me dijo Ángelo.

―Gracias... ―Iba a decir papá, pero me contuve, solo lo habría hecho para molestar a ese hombre que parecía nada a gusto con mi presencia.

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