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La huella del Alfa

La huella del Alfa

Autor: : Mundo Creativo
Género: Hombre Lobo
Marcus Wolf, el CEO de Wolf Industries y el alfa más temido de la ciudad, cometió un error hace cinco años: despreciar el lazo que lo unía a su "Luna". Tras una boda por obligación, desterró a su joven esposa a una propiedad remota, condenándola al olvido. Él buscaba poder; ella era solo un estorbo de bajo rango. Pero el destino tiene sus propias leyes. Un acuerdo diplomático vital para su imperio exige la presencia de la esposa del Alfa. Marcus espera encontrar a la niña sumisa que dejó atrás, pero se topa con un muro de hielo. Ella ha vuelto: poderosa, sofisticada y, lo más perturbador, capaz de ocultar su rastro. Marcus ya no puede olerla, pero su instinto nunca ha tenido tanta hambre. Por ley, ella le pertenece. Por elección, ella lo desprecia. Que comience la cacería.

Capítulo 1 Un contrato en la piel

El peso del vestido de novia se sentía como una armadura de plomo. Aria estaba de pie en el centro de la suite nupcial del hotel Wolf, una habitación que gritaba lujo y esterilidad. El silencio era tan denso que podía oír el tictac del reloj de oro de Marcus mientras él se servía un whisky en el bar de la esquina.

No se habían dirigido la palabra desde que salieron del templo.

-Marcus... -susurró ella, su voz apenas un hilo.

Él no se giró. El sonido del hielo golpeando el cristal fue su única respuesta. Marcus Wolf, el Alfa que acababa de consolidar el poder de tres manadas con esa unión, parecía más interesado en el ámbar de su bebida que en su esposa.

-¿No vas a decir nada? Acabamos de... el lazo... -Aria se llevó la mano al cuello, donde la marca de los colmillos de Marcus todavía palpitaba con un fuego sordo.

La ceremonia de unión no había sido un acto de amor. Había sido un trámite rápido, violento y eficiente. Él la había reclamado frente al Consejo solo porque la ley exigía un sello de sangre para liberar las tierras que su familia, en desgracia, había cedido a la corporación Wolf.

Marcus bebió un largo trago antes de dignarse a mirarla. Sus ojos grises estaban desprovistos de cualquier rastro de la calidez que el "lazo de pareja" debería haber despertado. En lugar de eso, la observó con la misma indiferencia con la que analizaría un informe de gastos.

-¿Qué quieres que diga, Aria? -Su voz era profunda, vibrante, pero cortante como un bisturí-. ¿Quieres que celebremos una farsa que ambos sabemos por qué ocurrió?

-Soy tu Luna -dijo ella, con un resto de dignidad-. El destino nos puso en el mismo camino. Sentí el tirón desde que entramos al templo. Sé que tú también lo sentiste.

Marcus dejó el vaso con un golpe seco que hizo que Aria se estremeciera. Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. El aura de dominación que desprendía era asfixiante.

-Lo que sentiste fue química biológica barata -escupió él, inclinándose para que sus rostros quedaran a escasos centímetros-. Mi lobo está insultado, Aria. Esperaba una reina, una loba con fuego en la sangre y un linaje que hiciera temblar a mis enemigos. Y en su lugar, el destino me entrega a una niña de bajo rango que apenas puede mantener su olor bajo control cuando tiene miedo.

Aria retrocedió, pero chocó contra el poste de la cama. El contraste era humillante: ella, vestida de encaje y seda blanca; él, desprendiendo una oscuridad que parecía devorar la luz de la habitación.

-No elegí ser de bajo rango -respondió ella, con las lágrimas empezando a nublar su vista.

-Pero yo sí elijo con quién comparto mi cama y mi trono -Marcus sacó un sobre de su chaqueta, que estaba tirada sobre un sofá-. El jet privado sale en dos horas desde el hangar privado. Hay una casa en los Alpes. Es amplia, cómoda y, sobre todo, está a miles de kilómetros de mi vista.

Aria miró el sobre. No podía creerlo.

-¿Me estás enviando al exilio? ¿Hoy? ¿Nuestra noche de bodas?

-No hay "noche de bodas", Aria. Hay un contrato firmado. Ya tengo tu marca, ya tengo tus tierras. No necesito que me distraigas con tu presencia mediocre en esta ciudad.

Él se dio la vuelta, dándole la espalda de forma definitiva, como si ella ya hubiera dejado de existir.

-Vete de aquí. No hagas que tenga que arrastrarte hasta el avión. Me das náuseas cuando lloras.

Aria apretó los puños, el dolor de la marca en su cuello transformándose en un pinchazo de odio puro. Miró la nuca de Marcus, el hombre que legalmente era su dueño, pero que emocionalmente acababa de intentar destruirla.

-Algún día -dijo ella, su voz recuperando una firmeza gélida que sorprendió incluso a Marcus-, este lazo te va a quemar vivo. Y cuando eso pase, yo me encargaré de que no encuentres nada más que cenizas.

Marcus soltó una carcajada breve y despectiva sin mirarla.

-Buena suerte con eso. Cierra la puerta al salir.

Aria no volvió a llorar. Caminó hacia la salida, dejando atrás el velo sobre el suelo, como un fantasma de la mujer sumisa que Marcus creía haber comprado.

Capítulo 2 El Silencio de los Alpes

El aire en la pista de aterrizaje privada de los Alpes suizos no solo era frío; era un cuchillo que cortaba los pulmones. Aria bajó la escalerilla del jet privado con el cuerpo entumecido, no por las horas de vuelo, sino por el vacío que la marca en su cuello emanaba. El lazo entre un Alfa y su Luna no era solo un concepto romántico; era un canal biológico, y el de ella estaba enviando señales de rechazo tan potentes que le provocaban náuseas constantes.

Un hombre de avanzada edad, vestido con un abrigo de lana gris que parecía pesar más que ella, la esperaba junto a un todoterreno negro.

-Señora Wolf -dijo el hombre con una inclinación de cabeza mecánica-. Soy Hans, el administrador de la propiedad. El señor Wolf me dio instrucciones precisas para su llegada.

Aria no respondió. El nombre "Señora Wolf" sonaba a burla, a una etiqueta pegada sobre un cadáver. Subió al vehículo en silencio, observando cómo el jet volvía a encender sus motores apenas ella puso un pie dentro del coche. No esperaron a ver si estaba a salvo. No hubo una mirada atrás. Marcus la había desechado como quien tira un envoltorio después de extraer el dulce.

El trayecto hacia la propiedad fue un ascenso por caminos serpenteantes que se internaban en el corazón de la montaña. A medida que subían, el bosque de pinos se volvía más denso y la nieve más profunda. La civilización desaparecía, sustituida por una soledad blanca y absoluta.

Finalmente, la casa apareció. Era una estructura impresionante de piedra y cristal, incrustada en la ladera de la montaña. Era hermosa, sí, pero era una jaula de oro diseñada para que nadie escuchara sus gritos de soledad.

-El señor Wolf ha dispuesto que tenga todo lo necesario -explicó Hans mientras le abría la puerta principal-. Servicio de limpieza dos veces por semana, suministros de primera calidad y una asignación mensual generosa. Sin embargo, tiene prohibido abandonar el perímetro de la propiedad sin autorización previa de la oficina central en Nueva York.

Aria entró en el gran salón. Las paredes de cristal ofrecían una vista panorámica de los picos nevados. Era un paisaje majestuoso, pero para ella era el escenario de su entierro en vida.

-¿Autorización? -preguntó Aria, su voz sonando extraña en sus propios oídos después de horas de silencio-. ¿Soy una esposa o una prisionera, Hans?

El hombre bajó la mirada, incapaz de sostenerle el brillo de humillación en los ojos.

-Soy solo un empleado, señora. Sus maletas ya están en la suite principal. Con su permiso, me retiro a la casa de servicio.

Cuando la puerta se cerró, el silencio cayó sobre Aria como una losa de granito. Se dejó caer en el suelo de madera pulida, justo en medio de la inmensa estancia. Todavía llevaba el traje con el que había viajado, una prenda elegante que Marcus había elegido para que no "avergonzara" su apellido durante el trayecto.

Se llevó las manos al cuello. La marca, ese tatuaje biológico que los licántropos consideraban sagrado, estaba roja e inflamada. Podía sentir la arrogancia de Marcus a través de ella. Podía sentir que él estaba en algún lugar del mundo, probablemente bebiendo de nuevo, celebrando que se había librado de su mayor molestia.

-"Mediocre" -susurró Aria, recordando la palabra de su marido.

Se levantó y caminó hacia uno de los grandes espejos de la estancia. Se miró fijamente. Veía a una loba joven, de hombros caídos y ojos llenos de una tristeza ancestral. Su aroma -ese suave rastro de lavanda que Marcus tanto despreciaba- flotaba en el aire, denunciando su estado emocional, su debilidad, su casta baja.

En el mundo de los licántropos, el olor lo era todo. Era la identidad, el estatus, la verdad desnuda. Y el suyo gritaba "presa".

-Él tiene razón -dijo para sí misma, y una chispa de algo nuevo, algo oscuro y afilado, se encendió en su pecho-. Esta mujer es mediocre. Esta mujer está muerta.

Caminó hacia la cocina y buscó un cuchillo. No para lastimarse, sino para realizar un rito de paso que ninguna loba de su linaje se atrevería a intentar. Se cortó la palma de la mano y dejó que la sangre cayera sobre el mármol blanco de la encimera.

-Si quieres una reina, Marcus, vas a tener que esperar a que yo misma me construya una corona -declaró al vacío.

Esa noche, Aria no durmió en la cama nupcial vacía. Se arrastró hasta la biblioteca de la casa. Marcus la había enviado allí para que no estorbara, pero había cometido un error táctico: la biblioteca estaba llena de textos antiguos sobre la fisiología licántropa, tratados prohibidos y estudios sobre el control del rastro.

Aria pasó las primeras semanas devorando libros. Aprendió sobre las glándulas que secretaban las feromonas de la sumisión y cómo el sistema nervioso podía ser entrenado para suprimirlas. Entendió que su "bajo rango" no era una sentencia de debilidad, sino una falta de entrenamiento. Al ser de un linaje menos puro, su lobo era más maleable, menos atado a los instintos rígidos de los Alfas.

Empezó su transformación con el cuerpo.

Cada mañana, antes de que saliera el sol, Aria corría por la nieve hasta que sus pulmones ardían. Se obligaba a transformarse en loba en medio del frío extremo, manteniendo la forma durante horas, luchando contra el dolor de los huesos reorganizándose. En su forma de loba, era blanca como la nieve, pequeña pero ágil. Empezó a cazar, no por hambre, sino por disciplina. Aprendió a acechar sin ser oída, a camuflar su presencia entre los árboles.

Pero el verdadero desafío era el olor.

Encontró en la botánica de la montaña una planta que los antiguos llamaban "Raíz de Sombra". Era tóxica en grandes cantidades, pero aplicada sobre la piel y consumida en infusiones mínimas, ayudaba a adormecer los receptores hormonales. El proceso era doloroso; cada vez que su cuerpo intentaba emitir su rastro natural de Luna, la raíz reaccionaba provocándole una fiebre abrasadora.

-Dolerá más el olvido que el veneno -se repetía cada vez que sentía que iba a desmayarse.

Meses después, Hans, el administrador, llegó con los suministros habituales. Cuando Aria abrió la puerta, el hombre se quedó paralizado. No era solo que la joven hubiera perdido la redondez de la adolescencia y que sus músculos estuvieran definidos bajo una ropa sencilla y funcional. Era algo más.

Hans olfateó el aire por puro instinto de lobo. Nada.

Aria estaba a menos de un metro de él y no olía a nada. Ni a lavanda, ni a miedo, ni a loba. Era como si estuviera frente a un fantasma o una deidad de hielo.

-Señora... ¿se siente bien? -preguntó el hombre, retrocediendo un paso sin darse cuenta. Su instinto le decía que estaba frente a un depredador superior, a pesar de que ella no mostraba agresividad.

-Nunca me he sentido mejor, Hans -respondió ella. Su voz ya no era un hilo; era una nota clara y profunda que cortaba el aire-. ¿Alguna novedad de Nueva York?

-El señor Wolf... él no ha preguntado, señora. Solo envía los informes de gastos.

Aria asintió con una sonrisa que no llegó a sus ojos.

-Perfecto. Asegúrate de decirle que estoy siguiendo sus instrucciones al pie de la letra. Me estoy volviendo... invisible.

Cuando Hans se fue, Aria regresó a su entrenamiento. Ya no leía novelas de romance ni esperaba una llamada que nunca llegaría. Ahora practicaba combate con sombras, estudiaba finanzas internacionales a través de la red privada de la casa y perfeccionaba el arte de ser una mujer que nadie pudiera rastrear.

La marca en su cuello seguía ahí, pero Aria había aprendido a rodearla de un muro de hielo mental. Marcus Wolf pensaba que la había enviado a morir de tristeza en los Alpes. No sabía que le había dado el regalo más grande que un guerrero puede recibir: el tiempo para reconstruirse desde las cenizas de su propio desprecio.

Aria miró hacia el horizonte, hacia donde sabía que estaba la ciudad.

-Ya no huelo a lavanda, Marcus -susurró para sí misma, viendo cómo un copo de nieve se derretía en su mano-. Ahora huelo a la tormenta que te va a quitar todo.

Cinco años de ese silencio la esperaban. Cinco años de convertirse en el arma que él mismo había forjado con su crueldad.

Capítulo 3 El último día de la inocencia muerta

Cinco años despues

El amanecer en los Alpes no era una invitación, sino un desafío. El sol se filtraba entre los picos como una luz pálida y anémica, iluminando la nieve virgen que rodeaba la propiedad. Aria estaba de pie en el borde del precipicio que delimitaba el lado norte de la finca, vestida únicamente con unos leggings de compresión y un sujetador deportivo negro. El frío, que cinco años atrás la habría hecho buscar refugio bajo mantas de lana, ahora se sentía como una caricia familiar sobre su piel curtida.

Cerró los ojos y respiró hondo. No buscaba oxígeno; buscaba silencio interno.

Durante sesenta meses, Aria había convertido su cuerpo en un laboratorio y su mente en una fortaleza. Ya no era la loba de diecinueve años que tropezaba con sus propios pies. Sus movimientos eran fluidos, felinos, una coreografía de fuerza contenida que solo los depredadores más letales logran perfeccionar.

Se dejó caer hacia adelante, sus manos golpeando la nieve mientras su cuerpo se retorcía en el aire. La transformación ocurrió en menos de un segundo. No hubo gritos de dolor, ni el crujir agónico de los huesos que caracterizaba a los lobos de bajo rango. Fue una transición de seda.

Una loba de un blanco tan puro que resultaba cegador aterrizó sobre las cuatro patas. No era una bestia masiva como Marcus, pero lo que le faltaba en peso lo compensaba con una simetría perfecta y una mirada azul eléctrico que parecía ver a través del tiempo.

Corrió.

Cruzó el bosque a una velocidad que habría desdibujado la visión de cualquier humano. Saltó troncos caídos y esquivó ramas con una precisión milimétrica. Lo más aterrador no era su velocidad, sino su rastro. A pesar del esfuerzo físico, el aire a su paso permanecía limpio. Ni una nota de sudor, ni una pizca de almizcle lobuno. Aria había logrado lo imposible: se había convertido en un fantasma biológico.

Al llegar a un claro, se detuvo en seco. Olfateó el aire. A varios kilómetros de distancia, detectó el motor de un vehículo que no pertenecía a Hans. No era el camión de suministros. Era un motor de alta gama, forzado en las pendientes.

Él ha enviado a alguien.

Aria regresó a la casa, recuperando su forma humana mientras cruzaba el umbral de la puerta trasera. Se vistió con calma: un jersey de cachemira gris humo y unos pantalones de seda negros. No se puso joyas. Su única joya era la cicatriz apenas visible en su cuello, la marca de Marcus, que ella había aprendido a ignorar con tal eficacia que a veces olvidaba que estaba allí.

Cuando sonó el timbre, Aria estaba sentada en el gran salón, leyendo un informe sobre la fluctuación del mercado de tierras raras en su tableta. No se levantó.

-Pasa, Hans. Sé que no vienes solo.

La puerta se abrió y Hans entró, seguido de un hombre que Aria reconoció de inmediato: Julian Vane, el beta de Marcus y su ejecutor más eficiente. Julian era un lobo de casta alta, con un olfato capaz de rastrear a una presa a través de una tormenta.

Julian entró en la habitación con la arrogancia propia de los hombres que sirven a los dioses. Pero, a medida que se acercaba a Aria, su expresión cambió. Sus fosas nasales se dilataron. Frunció el ceño, desconcertado. Se detuvo a tres metros de ella, olfateando el aire con una intensidad casi cómica.

-¿Señora Wolf? -preguntó Julian, su voz llena de una confusión que intentaba ocultar detrás de su profesionalismo.

Aria levantó la vista de la pantalla. Su mirada era tan fría como el glaciar que se veía por la ventana.

-Aria es suficiente, Julian. No hemos usado títulos en esta casa durante mucho tiempo. ¿Qué te trae a mi retiro? ¿Marcus finalmente se ha acordado de que necesita mi firma para algo?

Julian tragó saliva. Sus instintos le estaban gritando que algo andaba mal. No podía oler a la loba frente a él. No podía sentir su rango, su humor, ni siquiera su presencia en el lazo de manada. Era como hablar con una estatua que respiraba.

-El señor Wolf requiere su presencia en Nueva York de inmediato -dijo Julian, recuperando la compostura-. Hay una situación diplomática con la Alianza Continental. La gala anual es en tres días. Su ausencia ya no es justificable ante el Consejo.

Aria dejó la tableta sobre la mesa de cristal. Se puso en pie con una lentitud deliberada. Julian, un hombre que medía casi dos metros y era puro músculo, se encontró retrocediendo un centímetro por puro instinto de preservación.

-¿Requiere mi presencia? -Aria soltó una risa seca, desprovista de humor-. Hace cinco años, él "requirió" que me borrara de su mapa. Me dijo que le daba náuseas verme llorar. ¿Ha cambiado su estómago o simplemente su necesidad de dinero?

-Marcus... el señor Wolf sabe que el trato fue duro -intentó decir Julian-, pero esto es por el bien de la manada.

-Yo no tengo manada, Julian. Tengo una propiedad en los Alpes y un contrato de silencio.

-Aria, por favor. Si no vienes, Wolf Industries perderá la fusión. Miles de familias dependen de ese contrato. Marcus está... bajo mucha presión.

Aria caminó hacia el ventanal, dándole la espalda. Observó las montañas por última vez. Sabía que este día llegaría. Había visualizado este momento mil veces durante sus entrenamientos nocturnos. El día en que la presa volvería al cubil del lobo, pero con los colmillos afilados en las sombras.

-Iré -dijo ella, su voz suave pero con un filo de acero-. Pero no iré como la "Señora Wolf". Iré como una socia externa. Y quiero el divorcio firmado y listo sobre mi almohada la mañana después de la gala.

Julian dudó.

-Él no aceptará eso. El lazo...

-El lazo murió la noche que me envió aquí -lo cortó ella, girándose bruscamente. Sus ojos destellaron con una intensidad que hizo que Julian bajara la cabeza por un instante-. Dile a Marcus que prepare mi traje. Y dile que no espere encontrar a la niña que envió a morir en la nieve. Ella se congeló hace mucho tiempo.

Julian asintió, visiblemente incómodo por la atmósfera opresiva que emanaba de la mujer que recordaba como una "cachorra indefensa".

-El jet espera en la pista. Sus cosas ya han sido empacadas por el servicio.

Aria caminó hacia la puerta, pasando junto a Julian sin tocarlo, pero lo suficientemente cerca como para que él se diera cuenta de que, incluso a esa distancia, no podía percibir ni un átomo de su olor. Era un vacío absoluto, una anomalía en su mundo de sentidos hiperdesarrollados.

Antes de salir, Aria se detuvo en el umbral y miró a Hans, el único que la había visto transformarse.

-Gracias por el silencio, Hans. Quédate con la casa. No creo que vuelva a necesitar refugio nunca más.

Subió al coche sin mirar atrás. Mientras el vehículo descendía por la montaña, Aria sintió el primer tirón real en su cuello en años. Marcus estaba cerca, o al menos su intención lo estaba. El lazo intentaba desesperadamente reconectarse, buscando la sumisión, buscando la lavanda, buscando el miedo.

Aria cerró los ojos y visualizó el muro de hielo que había construido. Apretó los dientes y, con un esfuerzo de voluntad sobrehumano, cortó el flujo de energía hacia la marca.

-Caza cuanto quieras, Marcus -susurró para sí misma mientras el avión despegaba hacia Nueva York-. Pero no puedes atrapar lo que no puedes sentir.

El último día en la montaña había terminado. El juego de poder en la ciudad de cristal estaba a punto de comenzar.

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