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La ley de la Carne

La ley de la Carne

Autor: : Mundo Creativo
Género: Romance
Lo que comenzó como una escapada espontánea de fin de semana para huir de la rutina de Lugo se transforma en un descenso vertiginoso hacia el desinhibido mundo del deseo absoluto. Manuel, un hedonista de carácter robusto y mente abierta, organiza un viaje junto a su esposa Asun, una mujer de curvas opulentas y descaro innato, con destino a "El Roble Viejo", un exclusivo hotel rural aislado en la indómita montaña leonesa. Los acompañan la hermana menor de Manuel, Isa -una joven estilizada, plagada de tatuajes y piercings con fantasías secretas-, y su marido Jandro, un imponente policía de actitud chulesca y firmeza ruda. Aislados por una violenta tormenta y estimulados por el alcohol, la complicidad familiar se fractura deliberadamente durante una noche de cartas frente a la chimenea. El juego destapa no solo la desnudez física de los cuatro, sino un morbo latente que dinamita los tabúes de la fidelidad y el parentesco. Las miradas posesivas y los roces calculados dan paso a un intercambio explícito de fluidos, donde la opulencia carnal de Asun y la sensualidad de metal y tinta de Isa se convierten en el epicentro de un engranaje sexual salvaje regido por la masculinidad de Manuel y la ruda disciplina de Jandro. Sin embargo, el caserón de piedra sillería guarda sus propias reglas. La complicidad del grupo se expande y se degrada deliciosamente cuando Carlos y Elena, los magnéticos dueños del hotel, descubren el balneario subterráneo y se suman a la marea de carne. A través de diferentes escenarios -desde la densa sala abuhardillada hasta el vapor de la cripta y el cuero aceitado de la sala de masajes-, los seis personajes se entregan a una espiral de sumisión, dobles penetraciones y transgresión masiva. En este refugio sin ley ni cobertura, las antiguas normas del matrimonio y la familia quedan reducidas a cenizas, sepultadas bajo el peso de un deseo implacable que promete consumirlos por completo antes de que el sol del domingo se atreva a asomar.

Capítulo 1 La madera y las copas vacías

El runrún del motor del SUV devoraba los kilómetros de la autovía A-6 con una monotonía que, lejos de adormecer, estaba sirviendo para espesar el ambiente dentro del habitáculo. Manuel conducía con una mano apoyada en la parte superior del volante de cuero, relajado pero atento, saboreando el inicio del fin de semana.

A su lado, en el asiento del copiloto, Asun se había descalzado y apoyaba las plantas de los pies directamente sobre el salpicadero, una postura que hacía que sus vaqueros ajustados se tensaran al límite, remarcando la redondez de sus muslos y esa cintura que, aunque generosa y de carnes rotundas, se ceñía con una provocación natural.

En la parte trasera, Jandro e Isa compartían el espacio entre risas contenidas y el ruido metálico de una lata de cerveza que el policía acababa de abrir.

- Te digo yo, Manuel, que si no paramos en Piedrafita a pillar cecina de la buena, este viaje va a estar incompleto -soltó Jandro desde atrás, estirando sus brazos de poli, cuyos bíceps y pectorales tensaban las costuras de una camiseta gris ajustada-. El aire de la montaña leonesa pide embutido del que rasca la garganta.

- No te preocupes por el estómago, cuñado -respondió Manuel, mirándolo por el espejo retrovisor con una sonrisa de suficiencia-. En el maletero llevo tres botellas de Mencía de los que no se encuentran en el supermercado y un queso de O Cebreiro que compramos ayer. Si paramos, que sea para estirar las piernas, no por hambre.

Asun soltó una carcajada, una de esas risas suyas, ruidosas y contagiosas, que siempre hacían que Manuel la mirara de reojo. Llevaba una camiseta vieja de él, de algodón gris, que le quedaba holgada en el pecho pero que, por la postura, se le recogía peligrosamente cerca de las ingles. Bajo la tela, el relieve redondo de sus pechos de talla 90 se mecía levemente con el traqueteo del coche.

- Déjalo, Jandro, que Manuel se toma la organización de las bodegas como si fuera un asunto de Estado -dijo Asun, girándose un poco hacia atrás para mirar a los otros dos-. Aunque yo voto por parar. Llevamos dos horas en el coche y ya noto el trasero plano. Además, Isa me debe un secreto desde que salimos de Lugo.

Isa, que hasta entonces miraba por la ventanilla el cielo grisáceo que empezaba a rasgarse para dejar pasar los primeros rayos del sol de la tarde, sonrió con malicia. El piercing de su labio inferior brilló un instante y, al responder, dejó ver el metal de su lengua, un detalle que a Manuel siempre le había parecido extrañamente morboso en su hermana menor.

- No es ningún secreto, Asun. Solo le estaba diciendo a Jandro que este fin de semana no pienso ponerme un solo sujetador. Me he traído tres vestidos flojos y cortos, y el resto va a ser ropa cómoda. Si nos vamos a aislar en un caserón de piedra en mitad de la nada, lo último que quiero es opresión.

Jandro soltó un gruñido ronco, una mezcla de orgullo y posesión, mientras le ponía una mano grande y pesada sobre el muslo a su mujer, apretando la carne firme bajo los pantalones cortos de Isa.

- Ya la oyes, Manuel. Mi mujer va provocando desde que salimos de casa. Luego no os quejéis si nos encerramos en la habitación y no bajamos ni a cenar.

- ¡Ah, de eso nada! -intervino Manuel, acelerando ligeramente para adelantar a un camión-. Las cenas se respetan. Hemos reservado el comedor pequeño solo para nosotros. Además, tengo ganas de ver cómo se defiende el poli de ciudad en un ambiente sin cobertura.

El viaje continuó entre bromas que, poco a poco, iban perdiendo la inocencia del día a día. El cambio de ambiente, el dejar atrás el piso de Lugo, el trabajo en la comisaría de Jandro y la rutina diaria, estaba actuando como un resorte. La conversación se volvió más fluida, salpicada de pullas con doble sentido. Asun, juguetona, estiró el brazo hacia la consola central para cambiar la música, dejando que su camiseta se subiera un par de centímetros más, lo suficiente para que Jandro, desde su posición elevada en el asiento trasero, pudiera vislumbrar el encaje rojo de las bragas que contenían su generoso trasero.

El policía no apartó la mirada. Manuel lo vio por el espejo. Vio cómo los ojos de su cuñado se clavaban en la carne expuesta de Asun y cómo, sutilmente, Jandro reacomodaba su posición en el asiento, cruzando las piernas para disimular la tensión que empezaba a formarse bajo su pantalón de chándal gris. Lejos de molestarse, Manuel sintió un latido caliente en la boca del estómago. Un orgullo posesivo y oscuro: su mujer era un jodido espectáculo, y el hecho de que su cuñado se estuviera calentando solo con mirarla le producía una excitación cruda y directa.

- Mira allí -dijo Isa, rompiendo el momento y señalando un letrero de madera carcomida al borde de la carretera-. "Área de servicio El Mirador". Paramos ahí. Necesito un baño ya.

Manuel desvió el SUV hacia la salida de deceleración. El área de servicio era un complejo pequeño, mitad gasolinera, mitad mesón de piedra con un aparcamiento de grava rodeado de pinos altos. Al apagar el motor, el silencio de la montaña los envolvió, roto solo por el crujido del escape caliente.

Al bajarse, Asun se estiró con descaro, arqueando la espalda hacia atrás. Sus pechos grandes se tensaron contra la camiseta gris, marcando la dureza del piercing del pezón derecho bajo la tela delgada. Jandro bajó del coche justo detrás de ella y, al pasar por su lado en el estrecho espacio entre las puertas, su hombro ancho rozó deliberadamente el brazo de Asun.

- Disculpa, cuñada -dijo Jandro, con esa voz grave y chulesca que usaba cuando quería marcar terreno-. Es que este coche es muy pequeño para tanta gente.

Asun lo miró de arriba abajo, deteniéndose un segundo en los pectorales duros que dibujaban la camiseta del policía, y le dedicó una sonrisa cargada de complicidad.

- No pasa nada, Jandro. A mí no me molesta que me aprieten... siempre que sea con ganas.

Isa y Manuel se bajaron por el otro lado, presenciando el intercambio. La hermana de Manuel no dijo nada, pero sus ojos brillaron con esa chispa traviesa que siempre anunciaba problemas. Caminaron juntos hacia el mesón, con el sol de la tarde empezando a calentar la piedra húmeda y el ambiente ya cargado de una electricidad que ninguno de los cuatro tenía la más mínima intención de apagar.

Capítulo 2 Gasolina y provocación

El olor a café cargado, torreznos fritos y madera vieja los recibió en cuanto empujaron la pesada puerta del mesón. El sitio estaba prácticamente vacío, salvo por un camionero adormilado en una esquina y el camarero, un hombre mayor que limpiaba la barra con parsimonia. Los cuatro se acomodaron en una mesa alta de madera tosca, cerca de los ventanales que daban al pinar.

- Voy al baño antes de que me explote la vejiga -anunció Isa, dejando su bolso sobre la mesa.

Al levantarse, el vestido corto de punto negro que llevaba se le ajustó a las nalgas delgadas y firmes. Caminó con un contoneo perezoso, haciendo que los tres piercings de su oreja izquierda y el de la nariz destellaran bajo los fluorescentes del local. Manuel la siguió con la mirada un segundo antes de girarse hacia Jandro.

- ¿Qué vas a tomar, poli? ¿Un café o pasamos directamente al vino para ir entonando el cuerpo? -preguntó Manuel, apoyando sus antebrazos robustos en la mesa.

- Un café solo, corto y sin azúcar -respondió Jandro, sentándose de frente a Asun-. El vino lo dejamos para cuando tú no estés al volante, que no quiero acabar el fin de semana haciéndote soplar en un control de la Guardia Civil.

Asun soltó una risita, cruzando las piernas con un movimiento pausado. Al hacerlo, el vaquero rozó con fuerza el taburete, y su generoso muslo quedó justo a la vista de Jandro. Se apoyó en la mesa, dejando que el escote de la camiseta gris de Manuel se desbocara ligeramente, revelando el nacimiento de sus pechos grandes y el borde del encaje rojo del sujetador.

- Venga, Jandro, no seas tan estricto -le provocó Asun, mirándolo fijamente a los ojos-. Pensaba que los del cuerpo teníais más aguante. Además, aquí arriba las reglas de la ciudad no cuentan.

Jandro sostuvo la mirada. Sus ojos oscuros recorrieron el escote de Asun sin ningún tipo de disimulo, bajando por su vientre hasta detenerse en la tensión de sus vaqueros. El policía apoyó sus manos grandes sobre las rodillas, abriendo las piernas. El chándal gris, de una tela delgada y cómoda, dejaba adivinar el contorno de sus muslos duros y, de forma sutil, el bulto dormido pero pesado de su entrepierna.

- Las reglas se hicieron para romperse, cuñada -dijo Jandro con voz más baja, casi ronca-. Pero todo a su debido tiempo. No querrás quemar los cartuchos antes de llegar al hotel.

Manuel observaba la escena mientras esperaba que el camarero les trajera los cafés. Lejos de sentir un ataque de celos, la tensión sexual que flotaba entre su mujer y su cuñado le estaba endureciendo la polla dentro de los calzoncillos. Conocía a Asun; sabía que cuando se ponía juguetona no había quien la parara, y ver cómo Jandro respondía al envite, con esa seguridad chulesca que le daba el uniforme, le resultaba increíblemente morboso.

- Aquí tenéis -interrumpió el camarero, dejando tres tazas humeantes sobre la mesa y rompiendo el trance por un instante.

Isa regresó del baño justo en ese momento. Se sentó al lado de Manuel, rozando su hombro con el de él. Traía los labios recién pintados de un rojo oscuro que resaltaba su piel pálida y los tatuajes que trepaban por su cuello.

- El baño está limpio, por si quieres ir, Asun -dijo Isa, dándole un sorbo al café de su marido sin pedir permiso-. Aunque yo que tú me daría prisa. El cielo se está poniendo bastante oscuro por el norte y no quiero que nos coja la tormenta en el puerto.

- No te preocupes, el SUV tracciona bien -apuntó Manuel, dándole un trago largo a su taza-. Pero Isa tiene razón, es mejor no entretenerse. Queda la última hora de subida y la carretera se estrecha bastante a partir de Ponferrada.

Asun se levantó del taburete, alisándose la camiseta gris que, de nuevo, insistía en subirse por encima de sus caderas anchas.

- Voy un segundo. No os vayáis sin mí -dijo, guiñándole un ojo a Jandro antes de darse la vuelta.

El trayecto de Asun hacia el pasillo de los baños fue seguido por seis ojos. Jandro se quedó mirando fijamente el vaquero ajustado, que se amoldaba a la perfección a ese culazo redondo y firme que desafiaba la gravedad con cada paso. Cuando la puerta del pasillo se cerró tras ella, Jandro soltó un bufido y miró a Manuel.

- Manuel, joder... No sé cómo lo haces para mantener la atención en la carretera con eso sentado al lado -soltó el policía con una sonrisa franca, sin rastro de vergüenza.

Manuel soltó una carcajada y se recostó en el respaldo, orgulloso.

- Se intenta, Jandro, se intenta. Pero no te creas que tu mujer se queda atrás. Ese vestido negro no deja mucho a la imaginación.

Isa sonrió con descaro, jugando con el piercing de su lengua contra los dientes superiores, provocando un leve clic metálico.

- A Jandro le encanta que me miren, Manuel. Es un exhibicionista encubierto -dijo ella, estirando sus piernas largas bajo la mesa, rozando accidentalmente, o no, el tobillo de su hermano-. Además, para eso hemos venido, ¿no? Para desconectar de todo.

La complicidad entre los tres en la mesa aumentó. Ya no hablaban como familiares que se van de vacaciones; el tono era el de tres cómplices que sabían perfectamente que cruzaban una línea invisible, pero que se sentían demasiado cómodos como para retroceder.

Cuando Asun regresó, el ambiente estaba a punto de ebullición. Manuel pagó la cuenta y los cuatro salieron de nuevo al aparcamiento de grava. El aire de la montaña se había vuelto notablemente más frío, y el viento mecía las copas de los pinos con fuerza, levantando un olor a tierra mojada que anunciaba agua inminente.

Al llegar al coche, Jandro se adelantó para abrirle la puerta trasera a Isa, pero se plantó justo en medio del paso de Asun. Ella se detuvo a escasos centímetros de su pecho imponente. Podía oler la colonia barata y masculina del policía, mezclada con el olor a tabaco de la ropa de viaje. Jandro no se movió; la miró desde su altura, con los hombros anchos bloqueando la entrada.

- ¿Te amodorraste en el baño, cuñada? -preguntó con una sonrisa ladeada.

- Para nada, poli -respondió Asun, dando un paso más, pegando prácticamente sus pechos grandes contra los pectorales duros de él-. Es que me gusta tomarme mi tiempo para hacer bien las cosas. ¿Me dejas pasar o vas a registrarme?

Jandro bajó la mirada hacia los labios de Asun, que estaban entreabiertos, mostrando el brillo de la saliva. Por un segundo, Manuel e Isa se quedaron estáticos en el otro lado del SUV, contemplando el duelo. El policía, con un movimiento lento, extendió la mano y le agarró la cintura a Asun, apretando la carne firme por encima del vaquero, justo antes de apartarse con una caballerosidad fingida.

- Pasa, anda. Que el conductor se está poniendo nervioso -susurró Jandro al oído de ella.

Asun entró al coche con la respiración un poco más agitada, acomodándose en el asiento del copiloto con una sonrisa triunfal. Manuel rodeó el vehículo, se subió y arrancó el motor. Al meter la primera marcha, miró de reojo a su mujer; vio cómo sus pechos subían y bajaban rápidamente, y cómo el piercing del pezón derecho se marcaba como un botón duro bajo la tela gris.

- Vámonos -dijo Manuel, con la voz más grave de lo habitual-. Que "El Roble Viejo" nos espera y la noche va a ser muy larga.

El SUV se incorporó de nuevo a la carretera, devorando las curvas de la montaña leonesa mientras las primeras gotas de lluvia comenzaban a estallar con fuerza contra el parabrisas, compasando el ritmo del deseo que ya ninguno de los cuatro podía ocultar.

Capítulo 3 La tormenta y la piedra

La lluvia arreció con una violencia inusitada a medida que el SUV devoraba las últimas rampas del puerto. Los limpiaparabrisas apenas daban abasto para apartar las cortinas de agua que golpeaban el cristal, aislando el habitáculo del resto del mundo. Dentro, la calefacción creaba un microclima denso, cargado con el vaho de sus respiraciones y el aroma que desprendían los cuerpos calientes tras el encontronazo en el área de servicio.

Manuel mantenía las manos firmes sobre el volante, con los ojos clavados en las líneas difuminadas de la carretera de montaña. La tensión del viaje ya no era fatiga; era una vibración eléctrica que le bajaba directo a la entrepierna. A su lado, Asun parecía saborear el efecto que su descaro había tenido en el grupo. Se había subido las rodillas contra el pecho, abrazándolas con los brazos, lo que provocaba que la camiseta gris de Manuel se tensara por completo sobre su generoso trasero y dejara al descubierto una amplia porción de sus muslos rotundos.

En los asientos traseros, el silencio no era de cansancio, sino de anticipación. Jandro permanecía con las piernas abiertas, ocupando gran parte del espacio, con una mano apoyada sobre su propio muslo, donde la tela gris del chándal seguía acusando el roce con Asun. Isa, apoyada contra la ventanilla, jugaba con el anillo de su piercing de la nariz, observando las siluetas de los robles que se retorcían con el viento exterior.

- Ya casi estamos -anunció Manuel, reduciendo a tercera marcha al divisar un desvío apenas iluminado por los faros-. El navegador dice que estamos a menos de dos kilómetros. Castrillo de los Polvazares queda a la izquierda, nosotros entramos directos al valle.

- Menos mal -suspiró Isa desde atrás, estirando el cuello. El movimiento hizo que el escote de su vestido negro de punto cediera, dejando ver la clavícula pálida y el inicio de la tinta que decoraba su pecho-. Tengo los músculos entumecidos de no moverme. Jandro parece una estatua de piedra a mi lado.

- Las estatuas no piensan en lo que yo estoy pensando, preciosa -respondió el policía con una voz ronca y pausada, sin apartar los ojos de la nuca de Asun. Extendió su mano grande y la deslizó por el cuello de su mujer, hundiéndola bajo la melena oscura y apretando con suavidad-. Estoy guardando fuerzas para cuando tengamos espacio para movernos.

Asun soltó una risita baja, un ronroneo que Manuel cazó al vuelo. Ella estiró una mano y la puso sobre la rodilla de su marido, apretando el tejido de su pantalón.

- Tu cuñado viene con ganas de mandar, Manuel. A ver si vas a tener que pararle los pies en tu propio viaje.

- Jandro sabe perfectamente hasta dónde puede llegar -replicó Manuel, esbozando una sonrisa de suficiencia mientras giraba el volante a la derecha-. Además, en "El Roble Viejo" no hay comisarios ni turnos de noche. El único que dicta las normas aquí soy yo, que para eso pago el vino.

El coche abandonó el asfalto para entrar en un camino de grava compacta flanqueado por muros de piedra seca cubiertos de musgo. Al fondo, recortándose contra la oscuridad de la montaña leonesa, apareció el caserón. "El Roble Viejo" era una construcción imponente: piedra de sillería oscura, ventanas de madera noble con contraventanas interiores y un tejado de pizarra que brillaba bajo la lluvia torrencial. Un único farol de forja iluminaba la entrada principal, proyectando un halo amarillento sobre los charcos.

Manuel aparcó el SUV lo más cerca posible del porche de piedra.

- Bien, hagamos esto rápido -dijo, apagando el motor. El silencio repentino del habitáculo fue sustituido por el estruendo del agua golpeando la chapa-. Jandro y yo bajamos las maletas pesadas del maletero. Vosotras entrad corriendo con las bolsas de mano y la nevera portátil. No quiero que se enfríe el embutido ni que os mojéis más de la cuenta.

- A mí no me importa mojarme, Manuel -soltó Asun con doble sentido, abriendo la puerta del copiloto de golpe.

El estallido de aire frío y húmedo de la montaña chocó contra el calor del coche. Asun saltó a la grava con una agilidad sorprendente para sus carnes generosas, agarrando la nevera de lona de un tirón. Su camiseta gris se empapó al instante en los pocos segundos que tardó en cruzar el porche, pegándose a su piel como una segunda capa y trasluciendo de forma obscena el encaje rojo del sujetador y la dureza del piercing del pezón derecho. Isa la siguió de cerca, protegiéndose la cabeza con el bolso, con el vestido negro pegado a sus muslos delgados y largos.

Manuel y Jandro se encontraron en la parte trasera del coche, bajo el portón abierto del maletero. El aire frío de la noche les dio de lleno, pero ninguno parecía sentirlo. El policía agarró las dos maletas grandes con una fuerza implacable, marcando las venas de sus brazos tatuados.

- Joder, Manuel -dijo Jandro, resguardado bajo el portón, mirando hacia la puerta de entrada donde las dos mujeres se sacudían el agua-. Tu mujer es una provocación andante. El trayecto se me ha hecho eterno.

Manuel agarró la caja de madera con las botellas de vino de Mencía y miró de frente a su cuñado. La complicidad masculina, cruda y desprovista de rodeos, se selló con esa mirada.

- Lo sé, Jandro. Le encanta gustar, y sé perfectamente cómo la mirabas desde atrás. No disimules, que el chándal no engaña a nadie.

Jandro soltó una risotada ronca, sin un ápice de culpa, y golpeó el lateral del coche con el puño.

- Es lo que hay, cuñado. Tienes un monumento en casa. Pero no te quedes atrás, que Isa lleva todo el camino jugando con el metal de la boca pensando en lo que va a pasar este fin de semana. Vamos para dentro antes de que el vino se congele.

Cerraron el maletero y entraron al porche, empujando la pesada puerta de roble que daba acceso al vestíbulo principal.

El interior del hotel era exactamente lo que buscaban: un refugio rústico, privado y exclusivo. El suelo de anchas tablas de madera crujía con calidez bajo las botas, y las paredes de piedra vista daban una sensación de aislamiento absoluto. No había nadie en la recepción; el dueño, un paisano de la zona con el que Manuel había cerrado el trato, les había dejado las llaves sobre el mostrador de madera junto a una nota que indicaba que el comedor y la sala de la chimenea de la planta superior estaban listos y a su entera disposición.

Asun e Isa se encontraban en el centro del recibidor, quitándose las chaquetas ligeras. El agua de la lluvia había hecho estragos deliciosos: la camiseta de Asun, ahora húmeda, dejaba ver con total nitidez el contorno generoso de sus pechos de talla 90, que subían y bajaban debido a la carrera. Isa, con el pelo chorreando sobre los hombros, se escurría la melena con las manos, haciendo que las gotas resbalaran por su cuello tatuado directo hacia el escote empapado de su vestido negro.

- Esto es impresionante -dijo Isa, mirando las vigas del techo y las escaleras de piedra que subían a las habitaciones-. Parece que estemos en otra época. Aquí podemos gritar todo lo que queramos que el viento de fuera tapará cualquier ruido.

Jandro dejó las maletas en el suelo y se acercó a su mujer por detrás, rodeándole la cintura con sus brazos fuertes, sin importarle empaparse con la humedad del vestido. Le apartó el pelo mojado hacia un lado y le mordió levemente el lóbulo de la oreja, justo donde se agrupaban los piercings.

- Pues empieza a calentar la garganta, mi vida, porque pienso hacer que te oigan desde Lugo -le susurró con una posesión brutal.

Manuel dejó la caja de vinos sobre una mesa auxiliar y se colocó al lado de Asun. Le pasó una mano grande por la espalda baja, hundiéndola en la carne blanda y firme de su cintura, empujándola hacia él.

- Subamos a dejar las cosas y a darnos una ducha rápida -propuso Manuel, con la voz tomada por el deseo-. El comedor de abajo nos espera con la cena, y tengo tres botellas de Mencía deseando que las descorchemos. Coded las llaves, arriba están nuestras habitaciones. Una al lado de la otra.

Asun miró a Isa por encima del hombro de Manuel, y luego fijó sus ojos en Jandro, humedeciéndose los labios con descaro.

- Venga, arriba -dijo Asun, agarrando su bolsa de mano-. Que tengo frío y necesito que alguien me ayude a quitarme esta ropa mojada.

Los cuatro comenzaron a subir las escaleras de piedra hacia el piso superior. El crujido de sus pasos y el eco de sus risas contenidas rebotaban en las paredes del viejo caserón, mientras fuera, la tormenta de la montaña leonesa golpeaba con fuerza los cristales, sellando el inicio de un fin de semana donde la rutina iba a quedar sepultada bajo el peso de la carne y el deseo.

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