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La ley del deseo

La ley del deseo

Autor: : Rosa130616
Género: Romance
Cristal nunca quiso ser el centro de una guerra emocional, pero terminó atrapada entre dos hombres tan poderosos como peligrosos. Richard, arrogante, posesivo y acostumbrado a tenerlo todo bajo control, es uno de los abogados más temidos del país. El amor nunca fue una prioridad... hasta que Clara entra en su vida y despierta en él un deseo obsesivo de cambiar, incluso cuando su mundo se mueve entre pactos ilegales y clientes que no perdonan errores. Luciano, su opuesto en carácter pero no en ambición, se enamora de Clara con una intensidad que lo desarma. Por primera vez quiere algo más que ganar juicios. Sin embargo, una mujer de su pasado regresa dispuesta a reclamar lo que cree suyo, justo cuando el peligro acecha desde los negocios turbios que ambos hermanos comparten. Entre amenazas, lealtades rotas, pasiones que queman y decisiones irreversibles, Cristal deberá elegir: ¿el amor que promete protección... o el que la invita a ser libre? Porque cuando el deseo se cruza con el poder, amar puede convertirse en la sentencia más peligrosa.

Capítulo 1 UNA SALIDA

Su hermano menor acostado en una camilla demasiado grande para su cuerpo, con esa tos seca que el médico había llamado persistente y que a ella le había sonado a amenaza.

Cuando Cristal llegó al hospital, jadeando, el olor a desinfectante le hizo estornudar sin querer, la voz del médico hablándole con esa calma que antecede a las malas noticias.

–El tratamiento no puede esperar –le había dicho. – Va a necesitar estudios, medicación, controles. Y eso implica un costo alto.

Cristal había asentido sin hablar. No porque entendiera, sino porque el cuerpo no le respondió. Cuando preguntó cuánto, el número cayó entre ellos como algo que no se puede levantar del piso.

Dinero. Mucho dinero.

Dinero que su madre no tenía.

Dinero que ella no tenía.

Cuando ella estaba dudando, una enfermera entró y declaró una mala noticia. -Dcotor! El paciente...-

Cristal despierta con la sensación violenta de haber llegado tarde a su propia vida.

Era sueño.Una pesadilla.

Pero ella sabía, era un futuro posible si ella no hace nada sobre la situación.

No es el sonido del despertador lo que la arranca del sueño, sino el silencio. Un silencio excesivamente prolijo, casi calculado, como si alguien lo hubiera dejado ahí para observarla fallar. Abre los ojos de golpe, con el corazón acelerado y la respiración rota, y durante unos segundos no entiende dónde está ni qué hora es. El cuarto permanece inmóvil, ajeno a ella. Luego la conciencia irrumpe sin transición ni piedad.

La entrevista.

El estudio jurídico Montalvo.

La única puerta que no se le cerró antes de tocarla.

–Carajo... –murmura, incorporándose– Llegaré tarde

Busca el despertador y lo encuentra, pero está apagado. Lo observa un segundo de más, como si esperara una explicación que no va a llegar.

Sacude la cabeza y se levanta. Camina rápido hacia el baño; el piso frío le muerde los pies y la devuelve al cuerpo. Cierra la puerta detrás de sí justo cuando la voz de Mitchell llega desde el dormitorio, completamente despierta, firme. –Tenías que poner la alarma. No puedo estar pendiente de tus cosas.

No hay reproche abierto, no lo necesita. La manipulación de Mitchell siempre fue más elegante: una suma constante de responsabilidades que nunca le pertenecen.

Cristal se queda frente al espejo. Se observa como si fuera otra mujer: ojeras suaves, el cabello revuelto, una expresión que no logra suavizar. Abre la ducha. El agua cae tibia. –Hoy no es un día cualquiera –dice para que el la escuche. – Hoy es importante.

Desde el dormitorio, Mitchell suelta una risa breve. –Todo es importante para ti cuando algo no sale como quieres.

No es una burla directa. Es peor: es una forma de reducirla.

–Es un estudio grande –responde ella. – Puede cambiar muchas cosas.

–Eso dijiste antes –contesta él. – Y después estuviste semanas mal. Yo fui el que te sostuvo.

La frase se le clava. No es falsa, pero está incompleta. su novio siempre recuerda lo que le conviene recordar.

–No quiero que te ilusiones –añade. – Después tengo que lidiar con tus decepciones.

Cristal cierra los ojos. Siente la presión conocida en el pecho, esa mezcla de culpa y cansancio que la deja sin argumentos.

Sale de la ducha, se viste rápido. Falda negra. Camisa blanca. Se mira al espejo buscando algo firme. No encuentra seguridad, pero sí una urgencia que ya no puede ignorar.

–¿Ni el desayuno hiciste? –grita Mitchell. – Siempre voy último en tu lista.

Cristal respira hondo. –Te avisé anoche que hoy no podía prepararlo amor

–Siempre hay algo –dice Mitchell, con ese tono medido que no admite réplica. – Tu familia, tus entrevistas, tus dramas. Yo solo pido un poco de estabilidad– Hace una pausa breve, calculada. –Me voy, Cristal. Si no llegas antes de que encienda el auto, te vas sola.

No espera respuesta. El portazo clausura la conversación como una sentencia.

Cristal baja descalza al estacionamiento, con los zapatos en la mano y el corazón golpeándole las costillas. Cada escalón es una cuenta regresiva. El cemento frío le quema las plantas de los pies, pero no se detiene.

Mitchell ya está dentro del auto con el motor encendido, pero no la mira, solamente saca el seguro del auto –Todo este drama por una entrevista que, sinceramente, no merecés –dice mientras pone primera. –No entiendo por qué haces todo tan difícil.

Cristal se sube y cierra la puerta con cuidado, como si un gesto brusco pudiera empeorar las cosas.

–Si entendieras que tu lugar es estar en la casa, ocupándote de mí –continúa él, sin levantar la voz. – todo sería mucho más fácil para los dos.

Cristal aprieta la cartera contra el pecho con mucha tristeza. –Lo necesito –susurra, pero no lo dice para convencerlo a él. Se lo dice a sí misma.

Necesito el dinero que Mitchell había decidido no tener.

–No puedo hacerme cargo de eso –había dicho él después, con un gesto cansado, como si el problema fuera el tono de ella. – Entiéndeme, Cristal. Bastante tengo con lo nuestro.

Lo nuestro.

Como si amar fuera un presupuesto fijo.

Observa los edificios pasar como si no le pertenecieran. Dentro de la cartera está el mail impreso, la dirección exacta, la hora precisa. Una prueba concreta de que no está inventando su futuro. Y algo más que no se imprime: la urgencia brutal de conseguir ese trabajo, de salvar a su hermano, de salvarse ella.

–Si no fuera por mí –añade Mitchell, con una calma que duele. – no tendrías nada seguro – Hace una pausa mínima. –Ni siquiera un lugar donde dormir.

Cristal no responde. Permanece inmóvil, con la mirada fija en el parabrisas, como si cualquier palabra pudiera delatarla. No hace ningún movimiento hasta que el auto se detiene. Entonces baja con rapidez, sin despedirse, sin mirar atrás, con la clara intención de no darle a Mitchell la satisfacción de una última reacción.

El auto arranca de inmediato. El rugido del motor se aleja sin vacilaciones, como si nada mereciera ser explicado.

Cristal da unos pasos y se queda frente al edificio. La fachada impone una seriedad ajena a su vida cotidiana. Respira hondo antes de entrar, como quien cruza un límite invisible.

El estudio jurídico Montalvo la recibe con una quietud casi irreal. La puerta de madera maciza se cierra detrás de ella y, con ese gesto simple, el mundo exterior queda suspendido. El aire huele a lavanda y a madera antigua. La sala de espera transmite un orden impecable: muebles sobrios, libros encuadernados en cuero, una alfombra gastada que amortigua los pasos. Todo parece diseñado para recordar que allí las decisiones se toman con calma y precisión.

Cristal se alisa la falda. Avanza despacio, consciente del peso del lugar sobre los hombros. Se presenta con voz firme, aunque el pulso le golpea las muñecas.

La secretaria la observa durante unos segundos, midiendo algo que no se nombra.

–Vas a pasar a la oficina uno –le dice finalmente. – Camina segura. Aquí todo se nota.

Cristal asiente. Endereza la espalda. Respira hondo. El pasillo es largo y silencioso, y cada paso resuena como una evaluación constante. Siente que no solo camina hacia una entrevista, sino hacia una versión de sí misma que aún no termina de conocer.

Se detiene frente a la puerta. Lee el nombre grabado en la placa. Apoya los dedos sobre la madera, permitiéndose un segundo de quietud y toca.

El silencio del otro lado se extiende más de lo esperado, hasta que finalmente se escucha una voz –Pase.

Cristal gira el picaporte, sin saber aún que esa puerta no solo va a abrir una oficina, sino el comienzo de algo que ya no va a poder deshacer.

Capítulo 2 TRES MINUTOS

Narra Luciano

–Honestamente... estoy agotado –confieso, frotándome las sienes con los dedos, mientras los documentos se amontonan sin piedad sobre mi escritorio. – ¿Cuántas entrevistas llevamos ya? ¿Ocho? ¿Diez? Siento que este día no termina nunca.

Richard resopla, cruzado de brazos, con el ceño fruncido como si el aire mismo le molestara. –Catorce –corrige con fastidio. – Catorce mujeres, una tras otra, intentando reemplazar a Clodette. Y ninguna da la talla. Todas inseguras, dubitativas, temblorosas... apenas cruzan la puerta y ya quieren escapar. Es ridículo.

–Clodette no puede ser reemplazada –murmuro, sintiendo una punzada de nostalgia. – ¿Quién decide jubilarse cuando aún tiene fuego en la mirada y temple en la voz? Ella era... es... la columna vertebral de esta oficina. Sin ella, esto se tambalea.

–Exactamente. ¿Y ahora? Nos vemos obligados a aguantar este desfile de aspirantes que duran menos que un café en la sala de espera. ¿Y esta última? –Richard revisa la carpeta sobre la mesa. – ¿Cristal... Liens? ¡La llamamos hace tres minutos, Luciano! Tres minutos. Y nada.

El tono de su voz sube una octava, lo suficiente para cortarme el pensamiento. Sé que exagera, pero en el rostro de Richard todo se multiplica: la espera es imperdonable, el error una sentencia.

–Tal vez se perdió –aventuro con desgano, apenas levantando la vista del monitor. – O se arrepintió en el último segundo, como las anteriores.

Richard da un golpe seco con la palma sobre el escritorio. Su irritación va creciendo como una tormenta contenida. –¡Tres minutos, Luciano! En nuestra agenda eso es una eternidad. Si no respeta el tiempo en su primera impresión, ¿qué nos dice eso de su profesionalismo?

Estoy por asentir, resignado a hacer pasar a la siguiente, cuando suena un golpe seco en la puerta. Uno, dos golpes, seguidos de un silencio que corta el aire.

Richard clava los ojos en la puerta como si esperara que se abriera sola. Luego, con la mandíbula tensa, dice con voz grave: –Adelante.

La perilla gira con una lentitud que se siente calculada. La puerta se abre y, por un instante, el tiempo parece estirarse. La figura que se asoma no tiene nada que ver con las anteriores. Es una mujer joven, delgada, con el cabello ondulado, recogido en un moño desprolijo que deja escapar algunos mechones rebeldes. Sus ojos –grandes, de un tono entre el ámbar y la miel, se clavan en mí, hacen que mí corazón se acelere, su estatura no es muy larga, ya que seguramente no excede el metro sesenta, sonríe y toma asiento.

–Buenas tardes –dice sin titubeos

Se planta frente a nosotros como si supiera exactamente a dónde ha venido. Como si ya estuviera acostumbrada a estar en oficinas donde nadie la espera, pero ella igual entra y se gana el lugar.

Miro a Richard de reojo. Su mandíbula está tensa, y aunque mantiene su porte rígido y profesional, noto que su mirada se ha suavizado apenas un milímetro. No es común en él. Él también la observa con atención, pero esta vez sin el desprecio automático que suele reservar para las aspirantes.

–Llegas tarde –dispara Richard, con su voz como un látigo que corta el aire. Su tono es gélido, inflexible, el rostro imperturbable, casi satisfecho con la oportunidad de marcar territorio. – ¿Sabés que eso te resta puntos? Muchísimos. Y quizás, solo quizás, ya hayas perdido cualquier oportunidad de quedarte con este trabajo.

–Disculpen la demora –responde con una voz clara, que sorprendentemente no tiembla. – Tuve un inconveniente personal... pero ya estoy aquí. Y completamente dispuesta.

Hay algo en su forma de decirlo. No es arrogancia. Es decisión. Firmeza. Como si su voluntad fuera a empujar el mundo si hiciera falta. Me atrapa.

–Buenas tardes, señorita Liens –digo al fin, con un tono que busca desarmar el filo que dejó mi hermano. – Mi nombre es Luciano Montalvo. Encantado. –Extiendo la mano. Ella la toma con rapidez, pero la noto tensa. Sus dedos tiemblan apenas. Sin embargo, hay una calidez inesperada en ese apretón, una especie de nerviosismo limpio, genuino. Me provoca una ternura instantánea, algo que no siento desde hace mucho tiempo. –¿Le parece si comenzamos? Preséntese –le indico, con una sonrisa que no consigo ocultar del todo.

–Sí –responde, asintiendo, y se acomoda en la silla sin dejar de mirarme. – Mi nombre es Cristal Liens y...

–Eso ya lo sabemos –la corta Richard, sin piedad. Su voz ahora tiene filo. – No necesitamos un currículum con forma de cuento. Vayamos a lo concreto. ¿Cuáles son sus capacidades reales para este puesto? Porque –dice, cruzando los brazos con brutalidad calculada– un buen cuerpo y una sonrisa no son suficientes en esta oficina.

–¡Richard! –le espeto, pero él me ignora. Sigue con los ojos fijos en Cristal como si intentara quebrarla solo con la mirada.

Ella parpadea una sola vez. No se estremece. No desvía la mirada. No baja la cabeza ni aprieta los labios. Se queda ahí, quieta como una estatua, aunque todo en su presencia grita vida y fuerza contenida. Hay algo en ella que me desconcierta, algo feroz y al mismo tiempo frágil, como si en el fondo supiera que está luchando contra un mundo que no le tiene piedad.

Se endereza con una lentitud que parece medida, como si no quisiera dar ningún paso en falso. Respira hondo, muy hondo, y se inclina apenas hacia adelante. No es sumisión, es desafío. El tipo de gesto que haría una leona antes de rugir.

–Tengo veintidós años –comienza, con una voz firme que no coincide con el temblor sutil en sus manos. – Estudié Administración de Empresas en la Universidad Kingston de Nueva York... –se detiene apenas, lo justo para que un leve destello de melancolía le empañe la mirada. – No terminé la carrera. Me faltan solo dos materias, pero tuve que dejarla. Mi padre enfermó. El dinero se evaporó como agua entre los dedos y yo tuve que elegir: estudiar o ayudar en casa. Elegí lo segundo.

Una sombra cruza su rostro. Es fugaz, pero suficiente como para estremecerme. Me quedo mirándola sin pestañear. Esa tristeza no es solo por lo que cuenta. Es por todo lo que no dice. –Desde los quince años trabajo –continúa, y su postura se vuelve más recta, como si el orgullo la levantara un centímetro del asiento. – Empecé en una cafetería atendiendo mesas, lavando platos. Después conseguí trabajo en un consultorio médico, en la recepción. Lo hacía bien, pero la clínica cerró por deudas. El último año trabajé en un restaurante de moza. Doble turno. Todos los días.

–¿Y por qué ya no está allí? –pregunto, sin poder evitar que el tono me salga más suave de lo que pretendía. Me interesa. No solo lo que dice, sino la forma en que lo hace. Esa mezcla de templanza y vulnerabilidad que desarma cualquier máscara.

Cristal sonríe. Es una sonrisa extraña. No tiene alegría, pero tampoco resignación. Es como si supiera algo que nosotros ignoramos. –Era un ambiente... pesado –responde, eligiendo cada palabra con cuidado. – Al principio me esforzaba por no darle importancia, por pensar que era normal. Pero con el tiempo los comentarios subieron de tono. Las miradas también. Me di cuenta de que no importaba cuánto me esforzara: para ellos yo era solo un cuerpo que llevaba bandejas. No me veían. No escuchaban mis palabras, solo seguían mis piernas con los ojos. –Hace una pausa, respira. Luego sonríe con más firmeza. – Así que decidí que merecía algo mejor. Que no iba a seguir aguantando. Que ya no más.

Un silencio espeso se instala en la sala. Puedo sentir cómo mi hermano, sentado a mi izquierda, se revuelca por dentro. Lo conozco demasiado bien. Esperaba otra cosa. Tal vez a una chica que se quebrara, que se acobardara ante su juicio, que titubeara. Pero Cristal no lo hace. Se mantiene firme, plantada, digna.

Y yo no puedo dejar de mirarla. Porque en su relato hay una historia que no ha contado del todo. Hay cicatrices invisibles en cada pausa, en cada respiración medida. No sé si está diciendo todo lo que le pasó. Sospecho que no. Pero lo que elige decir es suficiente para dejar claro que no se rinde con facilidad.

Capítulo 3 FUEGO EN LA MIRADA

NARRA: RICHARD

No necesito más de dos segundos para sacar conclusiones.

Es suficiente con verla abrir la boca. Con escuchar el primer matiz de su voz. En ese instante lo sé: no tiene lo que se necesita. No aquí. No para este lugar. No para

sobrevivir donde la presión no da tregua y los errores se pagan caro.

No hay temple, tampoco hay precisión y mucho menos ese filo interno que separa a quienes resisten de quienes se quiebran.

Es amable, sí. Demasiado. Su sonrisa está bien dibujada, casi cuidada, como si no

comprendiera todavía dónde se ha metido. Como si no entendiera que esto no es una entrevista cualquiera, ni un trámite más en una lista de intentos fallidos. Esto es una prue ba. Una criba. Una guerra silenciosa.

Y ella entra sonriendo. La observo sin disimulo, cruzado de brazos, dejando que mi mirada la recorra con frialdad clínica. Analizo cada gesto, cada respiración, cada

mínimo movimiento. Su voz tiene una calidez que me irrita. Me exaspera. Me parece fuera de lugar. Aquí no hay espacio para tonos suaves ni para miradas que buscan agradar.

Lo que más me molesta no es ella, Es Luciano. Mi hermano no deja de mirarla.

Apenas disimula su interés. Está inclinado hacia adelante, atento, como si todo el cansancio del día se le hubiera evaporado apenas esa mujer cruzó la puerta. Veo cómo se le tensan los hombros, cómo sus dedos se crispan contra el borde del

escritorio.

¿Desde cuándo le basta con una cara bonita?

Aprieto la mandíbula. Dejo que el silencio pese sobre la sala, deliberadamente.

Quiero ver qué hace. Quiero medir cuánto soporta sin que nadie la sostenga. Los segundos se estiran. Ella no habla. Respira. Mantiene la postura.

Eso me incomoda. –Dígame algo, señorita Liens –rompo al fin el silencio. Mi tono es seco, sin adornos. No suavizo las palabras. No lo haré. –¿Qué conocimientos tiene sobre abogacía?

La observo de cerca ahora, como un bisturí dispuesto a cortar cualquier ilusión antes de que eche raíces.

–Porque, hasta donde entiendo, no terminó sus estudios universitarios –añado. – Y

aquí la mediocridad no tiene lugar. No veo preparación, no veo base, no la veo capaz.

Siento el movimiento de Luciano a mi lado, como se remueve en la silla, como su pierna golpea apenas contra el suelo. Sé que está conteniéndose, lo conozco

demasiado bien, pero no lo hace y realmente le aplaudo mentalmente porque al fin está haciendo las cosas como se deben y no actuando por impulso

Ella parpadea una sola vez, pero no desvía la mirada, no se encoge y mucho menos retrocede. Algo que cualquier otra persona haría antes mi acusación pero esta mujer no lo hace y la verdad me sorprende. –Tiene razón, señor Montalvo –responde.

Su honestidad me descoloca más que una excusa mal armada. Hay un segundo, apenas un segundo, en el que frunzo el ceño.

–No terminé la universidad, pero por falta de voluntad –continúa. – Y no, no tengo conocimientos específicos sobre leyes.

Luciano gira hacia ella, sorprendido, pero yo mantengo el gesto duro.

–Pero tengo voluntad de aprender. Como secretaria puedo adaptarme rápido, ser útil. Sé seguir instrucciones porque me he enfrentado a ambientes mucho más difíciles que este –añade, y ahí, justo ahí, noto la primera grieta: sus dedos se crispan sobre la tela de su falda. – Nunca me eché atrás. Jamás. Lo que no sé, lo aprendo. Lo que

ignoro, lo investigo. Si me dan una oportunidad, no van a lamentarlo.

La confianza que muestra, a pesar del nerviosismo que intenta ocultar, me incomoda. No es un discurso ensayado. No suena aprendido. Esa seguridad viene de otro lugar. De un sitio que no aparece en el currículum.

Pero no pienso ceder. –Las oficinas de este estudio son rigurosas –le digo, bajando el tono, arrastrando cada palabra como si pesara . – Aquí no hay tiempo para que alguien "aprenda". No somos una escuela. Necesitamos resultados inmediatos. Eficiencia , precisión, y sobre todo, silencio.

Me inclino apenas hacia adelante. –Nada de risas innecesarias, na da de opiniones fuera de lugar, nada de sensibilidad mal entendida. ¿Lo entiende?

Ella asiente sin titubear. –Sí, señor. Claramente.

Sostiene mi mirada, no la esquiva. Eso me provoca una sensación incómoda en el pecho. Como una presión sorda.

–Bien –digo, incorporándome. – En tres días estaremos llamando a la persona

seleccionada. Si usted no recibe la llamada ... –alzo apenas las cejas– le recomiendo seguir buscando trabajo. Quizá en una cafetería, o en algún lugar donde las sonrisas y las piernas largas importen más que las credenciales.

Luciano se tensa a mi lado. Lo siento incluso sin mirarlo. Su respiración se vuelve más pesada.

Ella se levanta con la misma calma con la que habló. No hay derrota en su gesto. Pero sí veo algo mínimo: un parpadeo más lento, una inhalación profunda, como si se

recompusiera por dentro.

Camina hacia la puerta con pasos contenidos. Medidos. Como si cada movimiento estuviera bajo control.

Pero justo cuando su mano roza el picaporte, se detiene y gira apenas el rostro. –

Tengo entendido que los abogados suelen ser personas diplomáticas –dice en un

tono es punzante, preciso y quirúrgico.–O al menos saben fingirlo frente a sus

clientes. Pero usted ... –me mira de lleno ahora– parece haber olvidado incluso cómo disimular la arrogancia. Entra primero en la habitación y no deja espacio para nada más.

Luciano sonríe y se endereza de golpe. Ella se gira por completo. Y lo que encuentro en su mirada no es altanería. No es súplica.

–Sé que no soy lo que esperaban –continúa. – No tengo un apellido con peso en tribunales. No vengo de una familia con contactos, no aparezco en los círculos sociales correctos y no terminé mi carrera.

Hace una pausa y su mandíbula tiembla apenas, mostrando una grieta mínima, pero la contiene. –Pero he sostenido procesos sola, sin más armas que mis palabras y mi convicción. He llenado formularios para mujeres que lloraban en silencio. He

acompañado a niños que no sabían cómo hablarle al sistema. He escuchado a ancianos que el mundo decidió olvidar.

Luciano aprieta los puños. Lo veo de reojo. Está completamente involucrado.

–He aprendido a mantenerme en pie –añade– incluso cuando todo a mi alrededor

exigía que me derrumbara. Así que, señor Montalvo... –pronuncia mi apellido como si pesara– si usted considera que no estoy a la altura de su prestigioso estudio, le

agradezco por no darme la oportunidad de trabajar con alguien tan arrogante como usted.

Sin más, gira sobre sus talones y sale, haciendo que el portazo resuena como un disparo.

–Contratada –dice Luciano de pronto, con una sonrisa que no intenta ocultar.

Lo miro. –Contratada –repito, casi sin darme cuenta.

Ya que si esa mujer es capaz de enfrentarse a mí así, sin temblar, sin quebrarse,

entonces será capaz de sobrevivir a todo lo que entre por esa puerta y voy a ser

sincero conmigo mismo esa mujer no solo se ganó mi atención, se acaba de convertir en un problema y los problemas nunca me han dejado dormir tranquil o

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