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La luna del Rechazo

La luna del Rechazo

Autor: : sxtzambrana
Género: Hombre Lobo
Ella, Lyra, una loba omega, descubre con horror que su compañero destinado es Kael, el implacable y despiadado Alfa Supremo del continente. Él, avergonzado y sintiéndola indigna de su estatus, la rechaza en el momento en que sus ojos se encuentran, rompiendo su alma y la de ella. Humillada, Lyra huye de su manada y del territorio del Alfa, jurando que el dolor del rechazo no la destruirá, sino que la convertirá en el arma más poderosa contra su destino. Cuando la guerra se acerca y el Alfa Kael necesita desesperadamente la ayuda de una guerrera que solo ella puede ser, Lyra regresa, pero ya no es la loba débil que él rechazó. Ahora es la Reina de la Tormenta, y su corazón no perdona.

Capítulo 1 La Catástrofe del Lazo

El Gran Salón del Fuerte Lunar no estaba diseñado para la comodidad; estaba construido para la intimidación. Todo era mármol negro y pilares de obsidiana, coronado por un techo abovedado tan alto que parecía imitar la propia bóveda celeste. La luz de la luna llena, que se colaba por los ventanales góticos, caía sobre el estrado central, donde el poder se concentraba en una sola figura: Kael Blackwood, el Alfa Supremo.

Lyra se encogió en el borde de la inmensa multitud, sintiéndose tan insignificante como el polvo entre las baldosas. No era nadie. Una loba omega sin una posición real, hija de la cocinera del fuerte, y solo estaba allí porque se requería la presencia de cada miembro registrado de la Manada Suprema para el anuncio del futuro Consejo de Guerra. El aire era pesado, cargado con el olor a pino, ozono de tormenta y, lo más importante, el aroma dominante e inconfundible del poder. El aroma del Alfa Kael.

Había pasado la última hora evitando siquiera mirarlo. No por miedo, o no solo por eso. La sola presencia de Kael era un ancla que tiraba de ella, una fuerza gravitatoria inexplicable que la hacía temblar. Era un hombre de leyenda; el líder más joven y brutal que el continente había conocido. Sus ojos eran una tormenta gris, su cabello oscuro caía sobre un cuello marcado por cicatrices de batalla, y su aura era tan densa que los otros Alfas, guerreros curtidos, se inclinaban ligeramente a su paso.

-Con la inminente amenaza de la Legión del Norte- la voz de Kael era un trueno grave que silenciaba la sala-, el Consejo ha determinado que cualquier distracción, cualquier debilidad en la estructura de mando, será purgada sin piedad. Esto incluye a aquellos que no pueden o no quieren contribuir a la fuerza de nuestra Manada.

Lyra tragó saliva. La ansiedad no era por la amenaza del Norte, sino por la posibilidad de ser reasignada o, peor aún, expulsada. Sin su manada, no era nada.

En ese momento, un murmullo incómodo recorrió las filas delanteras. Un joven beta, nervioso por la presión, tropezó con una mesa auxiliar, haciendo que un cáliz de plata se deslizara y cayera con un estrépito metálico.

Todo el salón contuvo el aliento. Romper el silencio durante un discurso del Alfa Supremo era un error imperdonable.

Los ojos de Kael se movieron. No con una prisa, sino con la lentitud letal de un depredador que identifica a su presa. Su mirada de tormenta se deslizó sobre las cabezas, buscando al culpable del ruido.

Y entonces, su mirada cayó sobre Lyra.

No fue buscándola. Fue puramente accidental. Ella estaba a unos veinte metros, junto a un pilar. Sus nervios estaban al límite, y por una fracción de segundo, se irguió para ver la reacción de Kael.

El impacto no fue una flecha. Fue un meteoro.

Fue como si el mundo se hubiera dividido en un millón de fragmentos y luego se hubiera reensamblado en un instante, teniendo a Lyra y Kael como su único centro.

El corazón de Lyra no solo latía; rugía. El aire que respiraba se volvió de repente el perfume más embriagador del universo: almizcle, cuero, y el olor limpio y cortante de la nieve fresca. Un calor dorado, abrasador y dulce, se encendió en su pecho, irradiando a cada célula de su cuerpo, sanando cicatrices invisibles, llenando un vacío que ella ni siquiera sabía que existía. Era la sensación de hogar, de destino, de completitud.

Ella no escuchó a nadie. No vio el salón. Solo existía Kael.

Su expresión se transformó. La frialdad letal se hizo añicos, reemplazada por un asombro crudo. Los bordes de su aura se ondularon violentamente. Él era el ancla y ella era su marea. Él también lo sentía. El lazo ineludible, la prueba de la Diosa Lunar.

Él era su compañero destinado. Y ella era su Luna.

Lyra sintió lágrimas de éxtasis irracional picarle en los ojos. Después de una vida de invisibilidad, era la elegida del hombre más poderoso del mundo. Una risa nerviosa y febril burbujeó en sus labios, casi una súplica.

Pero el momento de asombro de Kael duró menos que un latido.

El Alfa Supremo no era un adolescente enamorado. Era un estratega implacable. Su mirada barrió a Lyra, su cuerpo pequeño y tembloroso, su ropa sencilla, su falta de estatus, y lo comparó con la inmensa carga que pesaba sobre sus hombros: el imperio, la guerra, el legado de la sangre.

Una loba omega. Una debilidad. Una vergüenza pública.

El asombro se congeló en un disgusto helado y calculador. Sus ojos grises se volvieron de obsidiana. La calidez que había inundado el pecho de Lyra se cortó tan bruscamente que sintió náuseas.

Kael dio un paso adelante en el estrado. El eco de su bota resonó en el silencio absoluto de la sala. Sus labios se curvaron con una crueldad que no había tenido que fingir nunca.

-Permítanme concluir mi anuncio -dijo Kael, su voz ahora baja y peligrosamente tranquila, pero cada palabra atravesó la distancia como esquirlas de hielo. Su mirada regresó a Lyra, atrapándola.

Él no estaba mirando a su compañera. Estaba mirando a un insecto.

-La Diosa de la Luna -continuó Kael, con un desprecio audible-, a veces comete errores lamentables. A veces, mancha el lazo de los líderes con indignidad.

Lyra sintió que la sangre se le drenaba del rostro. El éxtasis se había ido. Solo quedaba el terror y una comprensión brutal: él iba a hacerlo.

El Alfa Supremo, el hombre que el destino le había dado, elevó su voz, no al nivel de un trueno, sino al nivel de un juramento sagrado, asegurándose de que cada lobo en el salón, y cada uno en el territorio que compartían, escuchara el comando de su Alfa.

-Yo, Kael Blackwood, Alfa Supremo de la Manada de la Sombra, te rechazo.

El mundo de Lyra se derrumbó.

La frase no era solo palabras. Estaba imbuida con la autoridad y la magia del Alfa. Era un arma de destrucción masiva. Lyra no sintió el dolor como una herida, sino como una explosión interna. Su mente se nubló, su visión se puso negra en los bordes. El lazo dorado que acababa de nacer se retorció y fue arrancado de raíz de su alma con una violencia que la hizo jadear.

Ella cayó de rodillas.

El Gran Salón reaccionó con un coro de jadeos amortiguados. Nadie había presenciado jamás un rechazo público de la compañera destinada de un Alfa Supremo. La brutalidad era inaudita.

Kael mantuvo su fría pose, observándola temblar.

-Te rechazo como mi compañera, como mi Luna, y como cualquier cosa que la Diosa Lunar haya intentado unir a mi persona. A partir de este momento, eres libre de irte. Nunca más te atrevas a cruzar los límites de mi territorio -declaró.

El dolor de Lyra no era solo emocional; era físico. Sus huesos ardían, su forma humana no podía contener el desgarro. Una lágrima caliente rodó por su mejilla, pero no fue una lágrima de tristeza.

Fue una lágrima de fuego.

De repente, una fuerza que nunca supo que poseía se rebeló contra la aniquilación. Un grito desgarrador escapó de su garganta, no humano, sino el aullido crudo de un lobo herido de muerte.

Y entonces, sucedió.

El aire en el Gran Salón se hizo añicos. La luz de la luna llena que entraba por los ventanales se concentró, no en el estrado de Kael, sino en la figura arrodillada y rota de Lyra. Un torrente de energía azul y plateada, como la escarcha violenta, brotó de Lyra. Las baldosas de mármol negro a su alrededor se agrietaron radialmente. El cáliz de plata que había caído cerca se levitó, temblando, y se retorció sobre sí mismo.

Los lobos a su alrededor gritaron y retrocedieron. No era un poder Alfa. Era algo antiguo, algo que quemaba con la furia de la Diosa.

Kael, el invencible Alfa Supremo, dio un paso instintivo hacia atrás, sus ojos grises por fin mostrando un rastro de shock, de verdadero miedo.

Lyra se levantó con un esfuerzo tremendo, su cuerpo aún temblando, pero sus ojos ahora brillaban con la aterradora luz plateada que la había envuelto. Ella no intentó transformarse, no atacó. Simplemente canalizó el dolor.

Miró a Kael. No había súplica, ni amor. Solo la promesa congelada en la agonía.

-A-ac-aceptado -susurró Lyra, cada sílaba rasgando su garganta. Con esa única palabra de aceptación, el lazo se cortó definitivamente.

La explosión de energía cesó tan rápido como comenzó. La luz la abandonó, dejándola sola con la oscuridad. Lyra ignoró los gritos de los guardias que se acercaban y, con una fuerza que le quedaba, se lanzó hacia las puertas.

Corrió. Corrió por los pasillos de mármol, escuchando los comandos de Kael, los gritos confusos. Corrió hacia la fría noche, más allá de las puertas del fuerte, sintiendo que su corazón ya no latía, sino que se había convertido en un trozo de piedra helada en su pecho.

El Alpha Supremo se había deshecho de una omega débil. Pero, sin saberlo, acababa de liberar a algo mucho más peligroso: una mujer con el poder de la tormenta, alimentada por el juramento silencioso de que, el día que ella regresara, no sería por amor, sino para hacerlo arrepentirse de haber roto lo que el destino había unido.

El exilio había comenzado.

Capítulo 2 El Juramento de Fenrir

El rechazo no era solo una palabra, era una sentencia de muerte. El Alfa Supremo Kael no solo había roto el lazo de la compañera, había usado el poder primario de su linaje para intentar borrar a Lyra de la faz de la tierra. Su magia latente, esa ráfaga plateada que había asustado a Kael, era ahora lo único que la mantenía con vida, luchando desesperadamente contra la aniquilación impuesta por el Alfa.

Corría. No en su forma de lobo; la bestia interior estaba demasiado mutilada por el dolor del rechazo como para manifestarse. Lyra corría en su forma humana, sin aliento y con el corazón convertido en una masa palpitante de hielo y fuego. Cada paso fuera del Fuerte Lunar era una puñalada. El lazo roto gritaba a través de sus nervios como un alambre de púas invisible que se retiraba lentamente.

El bosque, que siempre había sido su refugio, ahora era un laberinto hostil. Los árboles parecían inclinarse, juzgándola. Sentía la presencia de los lobos de la Manada de la Sombra, rastreadores silenciosos que no se atrevían a acercarse por el poder residual que aún la rodeaba, pero que observaban cómo la mancha omega huía. No la perseguían para matarla; la perseguían para asegurarse de que cumpliera la orden: irse y no volver.

Lyra cayó. La rodilla raspó contra una roca, pero no sintió el dolor de la herida superficial, solo la tortura de su interior. Tuvo que arrastrarse. Se arrastró bajo un roble centenario que marcaba, lo sabía, el límite occidental de la Manada de la Sombra. Si cruzaba esa frontera, la magia de Kael no podría rastrearla tan fácilmente.

-No. No me detendré -siseó Lyra, hablando por primera vez desde que pronunció ese fatídico "Aceptado". La voz era ronca, casi irreconocible.

El rechazo venía con una maldición implícita: la pérdida total de la fuerza vital del rechazado. Sin el lazo, la magia interna de un lobo se deterioraba hasta la muerte. Pero Kael no había contado con la fuerza de la furia de Lyra. La lágrima de fuego que había sentido no era una metáfora; era la activación de un poder ancestral, salvaje y no regulado, que ahora estaba en guerra con el veneno del rechazo.

Se deslizó más allá del roble. Cayó al suelo, temblando incontrolablemente. El aire se sentía espeso y el olor a pino daba paso a un aroma salado y metálico, a sangre vieja y tierra húmeda. Se sentía morir, y la parte más racional de su mente le gritaba que se rindiera al sueño eterno.

Entonces, notó que la tierra debajo de ella no era como la de la manada. Estaba fría, más fría de lo normal, y vibraba con una energía distinta, una que no era la calidez de la Diosa Lunar, sino algo más primordial, más antiguo.

Lyra intentó levantarse, pero su cuerpo la traicionó. Cayó en un charco de tierra, y solo la luz plateada de sus ojos, que se encendía y apagaba con cada latido errático de su corazón, demostraba que aún había vida.

Fue entonces cuando lo vio.

No era un lobo, ni un humano.

Una silueta alta se recortaba contra la poca luz de las estrellas. No caminaba, sino que parecía fluir sobre el suelo. No tenía el aroma a pino de la manada; su olor era a piedra mojada, a hierro forjado y a algo indefinidamente antiguo, como el interior de una cueva. Llevaba una capa de pieles oscuras y un bastón nudoso, más parecido a una rama de hueso.

-Una Luna Rota -la voz del extraño era un susurro gutural, como el crujido de la nieve bajo las botas. No mostraba sorpresa, solo una profunda, sombría satisfacción.

Lyra intentó aullar, intentó transformarse, intentó cualquier cosa, pero solo consiguió un jadeo.

El extraño se acercó, sin miedo al aura inestable de Lyra. Sus ojos no eran los de un lobo; eran de un profundo color ámbar, antiguos y penetrantes, con un conocimiento que parecía abarcar siglos.

-El rechazo de un Alfa Supremo es un veneno lento. Te matará en menos de tres días.

-¿Quién... quién eres? -logró arrastrar Lyra.

El hombre se inclinó, su rostro sombrío y arrugado revelando cicatrices geométricas. Tocó la frente de Lyra y ella sintió que el dolor se intensificaba, concentrándose como ácido hirviendo. Lyra gritó, pero el sonido fue absorbido por el bosque.

-Me llaman Fenrir. Soy un puente entre los mundos, el que recoge a los que caen del lazo y a los que se rebelan contra la Diosa. Y tú, niña, tú no eres una caída. Eres una rebelión.

Fenrir retiró la mano y la miró, evaluándola.

-La furia por el rechazo despertó tu sangre, un poder que la Diosa no esperaba. Por eso aún vives. Pero ese poder es un arma de doble filo. Te consumirá si no se forja. Tienes un regalo que Kael Blackwood teme, pero te falta la voluntad para usarlo.

-Él... él me humilló -dijo Lyra, y la rabia hizo más fácil hablar que el dolor.

-El orgullo de un Alfa es la debilidad más grande. Y Kael es el más orgulloso de todos. Te creyó inferior. Te despojó de tu destino. ¿Qué harás tú al respecto? ¿Morirás miserablemente aquí, en el polvo? ¿O usarás la ceniza de tu lazo roto para incendiar su reino?

Lyra tosía, pero las palabras de Fenrir eran un salvavidas, aunque estuviera hecho de alambre de espino. Morir era fácil. Sobrevivir y ver el arrepentimiento en los ojos de Kael... eso era la venganza.

-Sobreviviré -prometió Lyra.

Fenrir sonrió, un gesto que no alcanzaba sus ojos.

-Sobrevivir es para los omegas. Tú no sobrevivirás, Lyra. Tú serás forjada. Serás el filo de mi venganza, la tormenta que Kael conjuró sin saberlo. Yo te ofrezco el camino, la agonía para convertirte en lo que el destino no te permitió ser.

-¿Qué... qué tengo que hacer?

-Olvídate de la luna, de la manada, de la misericordia -dijo Fenrir. Su voz se volvió más fuerte, casi un mandato ritual-. Renunciarás a todo lo que fuiste. Usaremos el veneno del rechazo como el combustible de tu nueva magia. Pero será un tormento que hará que el dolor de Kael parezca el arañazo de un cachorro. Si fallas, si te rindes al dolor, morirás y tu alma será consumida por la propia manada. ¿Aceptas el precio?

Lyra pensó en Kael, en la frialdad en sus ojos grises, en la humillación ante el Consejo. El dolor interno era una promesa: si volvía a ver a ese hombre sin poder, moriría en el acto.

-Acepto el tormento.

Fenrir asintió con una satisfacción casi macabra. Alzó su bastón de hueso y lo clavó en la tierra junto a Lyra.

-Entonces, Luna Rota. Que comience la forja.

Fenrir comenzó a cantar. No era una melodía, sino una serie de chasquidos, silbidos y gruñidos en un lenguaje que Lyra nunca había escuchado. El aire se enfrió drásticamente. El olor a hierro se hizo abrumador.

De la tierra, donde el bastón se había clavado, brotaron raíces negras y retorcidas, envueltas en una escarcha violenta. Estas raíces se arrastraron, buscando el cuerpo de Lyra. Fenrir no la ayudó; solo observó con los ojos ámbar fijos.

Las raíces se enroscaron alrededor de las muñecas y los tobillos de Lyra, y luego alrededor de su torso. No la sujetaron con fuerza bruta, sino con una magia de confinamiento. Su cuerpo se levantó ligeramente del suelo.

-El veneno debe ser extraído -explicó Fenrir sin dejar de cantar-. Tu alma está contaminada con la maldición del Alfa. Pero tu nueva magia es fuerte, Lyra. La usaremos para quemar esa maldición.

Una de las raíces, más fina y afilada, se deslizó hacia su pecho. Lyra sintió un terror instintivo.

-Esto dolerá más que el rechazo -prometió Fenrir.

La raíz se clavó justo donde el lazo de compañero había sido arrancado, en su corazón.

Un grito silencioso de agonía escapó de Lyra. No pudo emitir sonido; el dolor era tan absoluto que se tragó el aire y la voz. El frío plateado de su propia magia se encendió, y se encontró luchando no solo contra el dolor, sino contra la fuerza primigenia de las raíces de Fenrir.

Fenrir sonrió de nuevo, mientras la luz plateada y la oscuridad de las raíces se enfrentaban sobre el cuerpo de Lyra, en una batalla por su alma.

-Así es como la debilidad se convierte en fuerza. Recuerda este dolor, Luna Rota. Hazlo tuyo. Convierte el rechazo en el fuego que consumirá el mundo de Kael. Si sobrevives esta noche, serás la Tempestad que él no vio venir.

La noche se cerró sobre Lyra, ahogada en el tormento y el primer juramento de venganza que hizo temblar el suelo bajo la Manada de la Sombra, a kilómetros de distancia. Lyra ya no era la omega rechazada. Era la forja.

La Luna Rota había encontrado a su herrero.

Capítulo 3 La Forja de Hielo y Fuego

El tiempo, bajo el dominio de Fenrir, dejó de ser una medida y se convirtió en una tortura cíclica. Lyra no supo si pasaron meses o años. Solo sabía que el ciclo de agonía se repetía: el dolor de la extracción, la manifestación de la rabia, y la lenta, helada canalización de su nuevo poder.

El lugar de la forja era una cueva en las profundidades de las Montañas del Lamento, un territorio neutral que olía a minerales y muerte. La oscuridad era casi absoluta, y la única luz provenía de la extraña escarcha plateada que emanaba de Lyra durante sus sesiones de entrenamiento.

-El rechazo de Kael -siseaba Fenrir una noche, mientras Lyra se retorcía, atada por las raíces negras-, no fue solo un desgarro del lazo. Fue un intento de su Alfa de sofocar tu verdadera forma. Él sintió la antigüedad en tu sangre.

-¿Antigüedad? -jadeó Lyra. Cada vez que intentaba hablar, el dolor la consumía.

-La sangre Blackwood, la de Kael, es poderosa, pero su línea se ha diluido con el deber y la política. Tu sangre, Luna Rota, es diferente. Es la semilla de los Lobos del Crepúsculo, aquellos que canalizaban la energía lunar sin la bendición de la Diosa. Un poder que no muere, sino que se transforma. El rechazo lo despertó, pero te está matando porque no sabes cómo contenerlo.

Fenrir se movía como una sombra. Nunca la tocaba, salvo para infligir más dolor mágico. Su bastón era la herramienta de su oficio, golpeando la tierra para convocar las raíces o canalizando el aire helado de la cueva.

-El fuego de tu rabia debe convertirse en hielo. El caos debe ser estructura. Lyra, concéntrate. No en el dolor, sino en la crueldad de ese hombre. ¿Ves el desprecio en sus ojos? ¿Sientes el vacío en tu pecho? Conviértelo en una barrera.

Lyra se concentró. Visualizó el Gran Salón, el eco de la palabra "rechazo", la frialdad en la voz de Kael. El dolor era un cuchillo. Lyra lo tomó.

El grito de agonía que había sido absorbido en el Capítulo 2, ahora se convertía en una resonancia interna. El sudor frío empapaba su cuerpo. Las raíces apretaban.

-¡Falla! ¡Y la maldición te consumirá! -rugió Fenrir.

Lyra sintió su forma interna de lobo, que había estado latente, revolverse. Ya no era un lobo. Era una criatura hecha de esquirlas de hielo, furiosa y letal. El frío que Lyra había convocado se manifestó en el exterior, haciendo que la escarcha plateada de su magia se congelara en cristales afilados alrededor de las raíces.

Fenrir detuvo su canto. Sus ojos ámbar se abrieron por primera vez con un asombro genuino.

-Lo lograste -susurró, con un tono casi reverente.

Lyra cayó al suelo, liberada de las raíces. Su piel ardía, pero su pecho, donde el lazo había sido arrancado, se sentía extrañamente vacío y... fuerte. La escarcha plateada desapareció.

-Este es el inicio de tu nueva fuerza. La llamaremos la Marca de la Tempestad. Es la prueba de que el lazo se ha ido, reemplazado por tu propia voluntad. Ahora tienes magia, Lyra, pero eres solo una novata. Tienes que aprender a usarla sin que te mate.

Los años que siguieron fueron una espiral ascendente de dolor físico, mental y mágico.

Fenrir la entrenó como una asesina. Lyra aprendió a transformarse en un lobo silencioso, completamente negro, con el pelaje tan denso que absorbía la luz, pero con ojos que brillaban con ese plateado helado. Su lobo no era grande, pero era rápido, preciso y se movía con una gracia que desafiaba a los Alfas más grandes.

Aprendió combate cuerpo a cuerpo, no solo con lobos, sino con cazadores, brujas errantes y otras bestias míticas que Fenrir traía o que encontraban en sus viajes. Lyra no tenía fuerza bruta; tenía eficiencia. Cada golpe, cada patada, cada mordida estaba dirigida a un punto vital, sin desperdiciar energía.

-Un lobo que pelea con la fuerza se cansa. Un lobo que pelea con la rabia se vuelve predecible -le enseñó Fenrir, golpeándola con el bastón por cualquier error-. Una Tempestad pelea con el frío. Congela el miedo del enemigo, y luego lo rompe.

Pero lo más importante fue el entrenamiento mental. Lyra aprendió a proteger su mente de la intrusión de otros lobos, a construir un muro de hielo tan perfecto que ni siquiera Kael, con su autoridad de Alfa Supremo, podría penetrarlo.

-El dolor es tu arma, Lyra. La humillación es tu escudo. Si Kael te mira de nuevo y ve cualquier rastro de la omega que rechazó, habremos fracasado -le recordó Fenrir constantemente.

Un Salto Temporal: Tres Años Después

Tres años de infierno habían dejado sus cicatrices. Lyra era ahora una mujer esbelta, con músculos tensos y definidos. Su cabello oscuro caía sobre su espalda, y sus ojos, en su estado normal, ya no eran blandos y marrones, sino un inquietante tono gris verdoso, siempre alertas.

Estaban en el borde del Territorio del Norte, observando la ciudad humana de Vesperia. Lyra vestía armadura de cuero oscuro y una capa con capucha que ocultaba casi todo su rostro. Su aroma ya no era detectable como lobo; Fenrir le había enseñado a enmascararlo con esencias naturales. Era una sombra.

-Ha llegado el momento -dijo Fenrir, su voz resonando en el aire de la noche.

-¿La Legión del Norte? -preguntó Lyra. Su voz era baja y fuerte, sin rastro de la omega temblorosa de hace tres años.

-La Legión es un problema, pero no es la crisis. La crisis es la Sangre Oscura. Una plaga que drena la vitalidad y la fuerza de los lobos. En los últimos seis meses, ha golpeado al Corazón Negro. Los lobos de Kael están cayendo enfermos. El Fuerte Lunar está de rodillas.

Lyra sintió una punzada, una satisfacción fría. No era placer, sino la calma de la venganza planeada.

-¿Y qué tiene que ver esto con Kael?

Fenrir se acercó a Lyra, sus ojos ámbar brillando con malicia.

-La Sangre Oscura es inmune a la magia Alpha. Es un veneno que ataca el lazo de la manada. Kael ha perdido casi la mitad de su ejército. Su aura de Alfa Supremo se está desvaneciendo. Está desesperado. Ha enviado emisarios por todo el continente. Está buscando al único tipo de poder que puede sanar lo que él despreció.

-La magia de los Lobos del Crepúsculo -concluyó Lyra, su voz un susurro de hielo.

-Exacto. La magia del Crepúsculo, que tú has forjado con el rechazo. Es la cura, Lyra. Pero tiene un precio. Kael tendrá que humillarse ante ti. Tendrá que rogar por tu ayuda.

Lyra apretó la mandíbula. El recuerdo de su humillación pública era un combustible perfecto.

-No rogará. No es su estilo.

-Lo hará, o su imperio caerá. Yo ya le envié un mensaje anónimo, Lyra. Le di la ubicación. Le dije que la única persona que puede curar a su manada es una guerrera misteriosa conocida como Tempestad, y que ella solo negocia en un terreno neutral, sin lazos ni lealtades.

Lyra se giró hacia Fenrir, con una pregunta que se había guardado por tres años.

-¿Por qué me ayudas? ¿Cuál es tu interés en la caída de Kael?

Fenrir se encogió de hombros, su expresión sombría y antigua.

-Los Alfas Supremos son una plaga. Mataron a mi linaje hace siglos, Lyra. Kael es solo el último de una larga línea de arrogantes. Al humillarlo, al hacer que la Tempestad lo desmantele pieza por pieza, equilibramos la balanza. Además... -Fenrir le dio una sonrisa fugaz y cruel-... tu poder es hermoso de observar.

-¿Y si me reconoce?

-No lo hará. La Lyra omega está muerta, consumida por el veneno del rechazo. Solo queda la Tempestad. Cuando él te vea, solo verá a su salvación. Y lo que es más importante, él sentirá que el lazo ha desaparecido. Eso es lo que él quería, ¿no?

Lyra asintió. Fenrir había usado la propia magia del rechazo para ocultar completamente el Lazo de Compañeros. Para Kael, Lyra no significaría nada; sería solo una poderosa desconocida.

-Iremos a la Ciudad de los Pactos. Un lugar donde la magia neutral prevalece y ningún Alfa puede invocar su derecho de territorio. Kael vendrá. Y tú pondrás las reglas -dijo Fenrir.

Lyra miró hacia el sur, hacia donde se encontraba el Fuerte Lunar, envuelto en la oscuridad de su desesperación. Tres años de dolor se condensaron en una frialdad glacial.

-Entonces, que se prepare. La Tempestad ha vuelto a casa.

Lyra se puso la capucha. El plan estaba en marcha. No iba a destruir el imperio de Kael con espadas, sino con la humillación, la misma arma que él había usado contra ella. Iba a obligarlo a arrepentirse de haber roto el lazo de la única manera que un Alfa Supremo podía entender: destruyendo su orgullo.

El juego de la Tempestad había comenzado.

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