El aire olía a incienso quemado y a desesperación. Y a perfume costoso.
Me llamo Valeria, y mi vida terminó con un telegrama a medianoche. Hoy, mi padre me estaba vistiendo con un encaje blanco que no me pertenecía, para entregarme a un hombre que no me quería.
-¡No llores, Valeria! -siseó mi padre, Giovanni Russo, mientras mis lágrimas amenazaban con arruinar el maquillaje de porcelana. Sus manos temblaban, no por emoción, sino por el miedo profundo que rara vez abandonaba su rostro desde que se endeudó con la persona equivocada.
-¿Cómo quieres que no llore? -repliqué en un susurro amargo-. Me estoy casando con un fantasma de la Mafia para pagar tus deudas, papá. Y ni siquiera soy la prometida correcta.
Elena, mi hermana, la verdadera joya de la familia, había huido a primera hora de la mañana. Su nota, breve y egoísta, simplemente decía: "Él es un monstruo. Me voy." Elena había visto el peligro. Yo me quedé con la sentencia.
Mi padre me agarró por los hombros, clavándome los dedos. -Escúchame, Elena o Valeria, no importa. El contrato pide una hija de los Russo. Vane no puede perder la cara frente a la Omertà. Si hoy no hay novia, él nos matará a todos. Pero si te pones el anillo, él nos protegerá. Tú eres mi póliza de seguro, Valeria.
Me obligó a mirar hacia la ventana. La cortina de terciopelo estaba corrida, pero yo podía sentirlo.
-La luna -murmuró mi padre, con un escalofrío que le recorrió el cuerpo-. ¿Ves la luna, Valeria?
Me acerqué a la ventana. El cielo nocturno estaba despejado, y la Luna Llena colgaba en lo alto, inmensa, blanca y brutal. No era una luna romántica; era una luz de advertencia. Era tan brillante que iluminaba el pasillo exterior con una claridad espectral.
-¿Qué tiene de malo la luna? -pregunté, sintiendo un nudo de ansiedad.
-Lucio Vane... él es... un hombre de instinto, Valeria. Sus negocios son oscuros, sus métodos son antiguos. Todos dicen que es el Diablo de Wall Street, pero su poder no reside en las acciones, sino en lo que es. Mi acuerdo era que la boda fuera después de que se calmara. Él insistió en que tenía que ser hoy. ¡Hoy!
Mi padre estaba al borde de la histeria. Nunca lo había visto así, tan expuesto, tan descompuesto.
-¿Calmarse de qué? -exigí, sintiendo que me faltaba el aliento.
-De la Luna Llena.
El miedo, que hasta entonces había sido solo una abstracción, se hizo tangible. No se trataba solo de la Mafia. Se trataba de algo más. Algo primordial, antiguo y biológico.
-Lucio es un hombre de la vieja sangre -siseó mi padre-. Es un Alfa. Hoy tiene menos control. Sus emociones, su ira... son incontrolables. Si él descubre el engaño de tu hermana, te castigará con la violencia. Por Dios, Valeria, no lo mires a los ojos. No le muestres miedo.
El tiempo se agotó. Mi padre, recompuesto en su traje de gala, me arrastró por el pasillo de la casa hacia la limusina. Sentía el peso del vestido de Elena sobre mis hombros, una armadura de seda que apenas contenía mi pánico.
Llegamos a la Catedral de San Patricio. El ambiente era eléctrico. No era una boda, sino un rito solemne. El aire, en lugar de oler a flores, tenía un toque terroso, almizclado y extraño.
Mi padre me dio la última orden, susurrada con desesperación: -Ya empezó. Tenemos que ser rápidos.
Las puertas de la catedral se abrieron. El órgano sonó con una potencia atronadora, y comencé a caminar por el pasillo.
La multitud era un mar de caras tensas y silenciosas. Hombres duros y mujeres con ojos de hielo, todos mirando la escena con una expectativa oscura.
Y al final del pasillo, bajo la luz del vitral principal, estaba él.
Lucio Vane.
Era incluso más imponente que en las fotos. Un hombre alto, de hombros anchos que el traje negro parecía luchar por contener. Su cabello oscuro caía ligeramente sobre su frente, sudoroso. Su mandíbula estaba tensa hasta el punto de la rigidez.
Pero lo más inquietante era su atuendo. Su traje era impecable, pero la camisa blanca de su cuello estaba ligeramente rasgada en el hombro, con un corte irregular que no parecía hecho por una costura rota. Y en su mano, la que sostenía con fuerza la empuñadura de plata de un bastón de caoba, había un rasguño profundo que no había dejado de sangrar, manchando la seda del guante que llevaba.
Había luchado. Y no contra un hombre.
Mi padre me entregó en el altar, el alivio corriendo por su rostro.
-Lucio, te entrego a mi hija...
Lucio no miró a mi padre. Su mirada, ardiente y febril, se clavó en mí a través del tul del velo. Era una mirada que me desnudaba hasta los huesos. Sus ojos eran de un oro puro y líquido, brillando con una intensidad que no era humana. Eran los ojos de un depredador que acababa de terminar su cacería y ahora reclamaba su premio.
Tomó mi mano. Su piel estaba hirviendo, como si tuviera una fiebre que lo consumiría. El calor viajó por mi brazo hasta mi pecho. Me quedé petrificada.
Lucio se inclinó, su aliento caliente y almizclado rozando mi oreja. Inspiró profundamente, absorbiendo mi olor. Y luego, un gruñido sordo vibró en su garganta.
-Hueles a miedo -murmuró, su voz profunda y áspera. Se enderezó, sus ojos dorados fijos en los míos, analizando mi pánico-. Pero hueles a Mate. No eres la que esperaba, pequeña mentirosa. Pero no eres inútil.
Su susurro no fue una pregunta. Fue la declaración de posesión forzada de un Alfa. Yo no era su esposa. Yo era su compañera. Y esa verdad era más aterradora que cualquier contrato de la Mafia. Me había casado con un hombre que había llegado a su propia boda luchando contra su propia naturaleza.
Lucio me apretó la mano con una fuerza que me dolió, pero sus ojos permanecieron fijos en el sacerdote.
-Acepto -dijo, y su voz sonó como un juramento de sangre-. El contrato se cumple. Que empiece la ceremonia.
El "Acepto" de Lucio Vane fue menos una promesa matrimonial y más una declaración de guerra. La ceremonia pasó en una bruma de incienso y pánico. Sentía su mano febril aprisionando la mía, y su mirada dorada, fija y hambrienta, no se apartó ni un instante del sacerdote.
En cuanto el ritual terminó, no hubo besos ni abrazos. No hubo vítores. Hubo una tensa, silenciosa retirada. Lucio me arrastró fuera del altar con una urgencia brutal, ignorando a la multitud. Su gente formó una barrera impenetrable, protegiéndonos de las luces de los fotógrafos y de las miradas de los curiosos.
Nos metieron en la limusina. El interior era oscuro, silencioso y olía a cuero nuevo, pero un rastro del olor almizclado y terroso de Lucio-el olor a peligro-permanecía en el aire. Él no se sentó a mi lado. Se colocó frente a mí en el asiento auxiliar, como un carcelero examinando a su nueva prisionera.
-Quítate esa cosa -ordenó, señalando mi velo. Su voz era baja y rasposa, todavía afectada por la tensión de la transformación que había contenido.
Mis manos temblaron mientras me liberaba del tul y la tiara. Cuando el velo cayó, la luz del interior del coche reveló mi rostro sin adornos, y el engaño se hizo total. No tenía la sofisticada belleza de Elena, sino la mirada analítica y el perfil más duro de la economista.
Lucio no mostró sorpresa. Solo una decepción fría y momentánea.
-Valeria -dijo, pronunciando mi nombre como si saboreara un nuevo tipo de veneno-. No Elena.
-Mi hermana se fue -repliqué, mi voz firme a pesar del nudo en mi estómago-. No tuve elección. El contrato pedía una hija Russo.
Él sonrió, una mueca que apenas llegaba a sus ojos dorados.
-El contrato se cumple. La familia Vane no pierde la cara por una traición tan estúpida. Pero escucha bien, pequeña mentirosa: el trato que hiciste con tu padre terminó hace diez minutos. Ahora estás bajo mis reglas.
Lucio se inclinó hacia mí, y el poco espacio en la limusina desapareció. Pude ver las finas venas rojas en el blanco de sus ojos, la tensión pulsante bajo su piel.
-No eres la que mi padre eligió para perpetuar mi línea. Eres la que mi lobo reconoció esta noche. Eso te hace un ancla, pero también te hace un objetivo. Si intentas huir, o si mi padre o el Consiglio descubren la sustitución antes de que yo lo autorice, tu familia pagará por la de Elena, y tú pagarás el doble. ¿Entendido?
Asentí, incapaz de hablar. La respiración era difícil con su proximidad.
-Bien. Ahora, las reglas de esta casa. No me importa lo que hicieras antes. Ahora eres mi esposa, y actuarás como tal. Tienes acceso a mis cuentas y la biblioteca de la mansión. Todo lo demás está prohibido. Especialmente el Ala Oeste.
La tensión en Lucio se disparó. El aire en el coche pareció enfriarse.
-El Ala Oeste -dijo con una voz plana, mortal- es donde se guarda el secreto de mi linaje. Es la única razón por la que tenemos el poder que tenemos. Si te acercas a esa ala, si escuchas algo y lo mencionas, o si despiertas lo que duerme, el contrato se anula. Y esta vez, no será mi mano la que te mate. Será la bestia que luché por encadenar. ¿Soy claro?
-Transparente -respondí, aferrándome a la única arma que tenía: la falta de miedo.
La limusina se detuvo frente a la Mansión Vane. No era una casa, sino una fortaleza de piedra oscura y elegancia brutal. El ambiente seguía sintiéndose cargado de la energía de la luna que acababa de pasar.
Lucio salió primero y me tendió la mano. La tomé, su calor todavía alarmante.
El vestíbulo era de un mármol blanco impoluto y brillante que reflejaba la luz de las lámparas de araña. Pero al subir los primeros escalones hacia la suite matrimonial, mi corazón dio un vuelco.
Allí, en el mármol reluciente, se extendía una serie de arañazos profundos, como surcos. No eran marcas de muebles, sino tres líneas paralelas y dentadas, increíblemente profundas, como si algo grande y muy fuerte hubiera intentado agarrarse o deslizarse desesperadamente por la piedra.
Lucio notó mi mirada y me tiró del brazo, obligándome a seguir caminando.
-El mármol es antiguo -dijo sin emoción, sin mirarme-. Los constructores hicieron un trabajo de mala calidad. Ignóralo.
Pero no eran viejas. Las marcas eran frescas.
Llegamos a la suite, un espacio monumental con techos altos y una cama King-size que parecía el campo de una batalla futura. Lucio se dirigió directamente a su vestidor y se quitó la chaqueta y el guante manchado de sangre, arrojándolo todo en un rincón.
-Regla número dos: Dormimos separados -dijo, señalando el borde de la cama-. Y no me molestes. Necesito descansar.
Se dirigió al baño anexo, cerrando la puerta con un golpe sordo.
Valeria se acercó al vestidor. El suelo estaba desordenado con la ropa descartada. Debajo del guante ensangrentado y el trozo de camisa rasgada, vi algo más, algo que confirmó todos mis peores temores.
Recogí el objeto. Era un trozo de tela muy resistente, casi cuero, arrancado con violencia. Y adherido a él, había una capa de pelo grueso, oscuro y duro, más parecido a la piel de un lobo que a cualquier otra cosa. Tenía un olor fuerte y almizclado.
Lucio Vane no era solo un hombre de instinto; era la bestia misma. Y yo acababa de casarme con él. Sostuve la evidencia en mi mano, y supe que mi vida no se había acabado: acababa de empezar, y sería una lucha por la supervivencia contra el Alfa.
El amanecer trajo consigo una calma engañosa. La luz filtrándose por las monumentales ventanas de la suite Vane no disipó el olor a peligro ni la evidencia que sostenía en mi mano: el trozo de pelo oscuro y duro, prueba irrefutable de que mi esposo era una bestia.
Guardé la piel en el fondo de mi maleta. La supervivencia de mi familia y la mía propia dependían de mi discreción. Si iba a vivir en una jaula, sería una jaula que yo entendiera.
Lucio no apareció hasta media mañana. Cuando salió del baño, se había afeitado y vestía un impecable traje gris. Sus ojos, aunque aún de un dorado pálido, habían perdido la intensidad febril de la noche anterior, volviéndose fríos y calculadores. El hombre de negocios había recuperado el control del animal.
-Desayuno en el estudio -ordenó, sin una palabra de disculpa o reconocimiento por el terror de la noche-. Y trae tu cerebro. Es la única parte de ti que me resulta útil.
El estudio de Lucio era una oda al poder silencioso. Madera oscura, cuero fino y, sobre el escritorio, una pila de documentos y tres portátiles de última generación. Mi lugar como esposa estaba en la mesa de noche, pero mi lugar como economista estaba aquí.
-Necesito una auditoría de todo -dije, sintiendo que al hablar de números, recuperaba mi fuerza-. Necesito acceso total a los libros del Consiglio y a las cuentas offshore. ¿Quieres que sea un ancla? Dame las cuerdas para que no nos hundamos.
Lucio me miró, y por un momento, vi una chispa de respeto. O quizás solo satisfacción por haber encontrado un peón más competente.
-Toda la información que mi padre te prometió está ahí -señaló el primer portátil-. El resto, el que mantiene mi poder en pie, tendrás que ganártelo. Empieza a trabajar.
Me sumergí de inmediato. Los números eran mi refugio. Eran predecibles. A diferencia del hombre sentado a mi lado, los balances de ingresos no aullaban.
Horas después, al buscar un bolígrafo en el profundo escritorio, mis dedos tocaron algo metálico. Saqué un pequeño objeto: un anillo de metal oscuro y pesado, apenas más grande que una moneda. Estaba abollado y tenía un diseño intrincado, pero su función era innegable. No era decorativo. Era el eslabón de una cadena, roto y deformado por una fuerza que desafiaba la física.
Lo dejé caer rápidamente. Comprendí que Lucio no usaba una habitación para el custos en el Ala Oeste. Usaba una para sí mismo. El Ala Oeste era el calabozo, y él, el Guardián de las Cadenas.
Por la tarde, mientras Lucio atendía una llamada urgente en italiano furioso, decidí ignorar sus advertencias sobre la Mansión y seguí el rastro obvio.
Salí del estudio y caminé lentamente hacia el Ala Oeste. No había puertas secretas, solo una pesada puerta doble de caoba, idéntica a las demás, pero sin cerradura. En su lugar, había un panel de seguridad con una llave de huella dactilar y retina. Imposible de forzar.
Pero no necesitaba entrar para aprender.
Caminé por el perímetro. Al doblar una esquina, llegué a un estrecho pasillo de servicio. Este pasillo no tenía mármol, sino un hormigón desgastado y oscuro. Y en el suelo, mis ojos se abrieron de terror.
Allí estaban, incrustados en el hormigón, varios soportes de anclaje de metal pesado, espaciados uniformemente. Eran el tipo de herrajes industriales utilizados para asegurar equipo pesado. Eran enormes.
Y en uno de los soportes, la evidencia final: una serie de marcas de dientes humanas -o al menos, de un ser con caninos muy desarrollados- grabadas en el metal, como si la desesperación de la noche anterior hubiera llevado a Lucio a morder la pared para desahogar su agonía.
Me congelé. Lucio no estaba reteniendo a otra persona en el Ala Oeste; se estaba reteniendo a sí mismo. Era un prisionero de su propia bestia.
Mientras me alejaba rápidamente, escuché el final de su llamada en el estudio.
-No me importa su dinero, Giovanni -su voz era dura-. Lo único que me importa es que mi Mate se quede donde la puse. Si Valeria escapa o es tocada, no habrá Luna Llena que me detenga. La cazaremos hasta el infierno.
Valeria no era solo un activo. Era un ancla. Y si me movía, la bestia se soltaría y, peor aún, me seguiría.