Durante años confundí el amor propio con el orgullo. Pespunteé un cetro con piedras preciosas y me senté en el trono como rey y señor del universo conocido. La estupidez me impidió comprender que el imperio gobernado solo existía en mi cabeza. Fuera de ella vivían humanos reales, no sometidos a mis designios, afectados por mis continuos despropósitos.
Es este el medio encontrado para pedir perdón. Una carta a la que falta el destinatario porque va dirigida a demasiados nombres olvidados, personas a las que dañé.
-Entonces, señor Muñoz, ¿a qué causa usted atribuye su perversión libidinosa? -La doctora Nambindengue clavó en mi rostro su mirada de águila y dibujó en sus labios una mueca.
Si me hubiese resistido a las súplicas de mi madre y no acudido a la consulta de la psiquiatra, estuviese tomando el sol en la cubierta de mi yate o haciendo una de las mías bajo las sábanas de una linda chica. El llanto de Micaela Rodríguez siempre me ha puesto a llorar. A ella debo todo lo bueno que llevo en el alma. Lo malo lo adquirí gracias a los genes de mi padre y también por medios propios.
Por eso ni me rehusé cuando me arrastró a empujones a la clínica mental. Como un cachorro amaestrado, le obedecí. Opté por comportarme antes de echar más leña al fuego y empeorar el ambiente en casa.
Le tiré un S.O.S. con la mirada, apreté los puños, le rocé la pantorrilla con la puntera del zapato e intenté comunicarme con el pensamiento: «Dante, llamando a Micaela. ¡Madre, responde! Dante, llamando a Micaela. Inventa que el fantasma de la abuela te ha revelado la ubicación de un tesoro, o que Donald Trump te ha propuesto matrimonio, o di que nos largamos porque nos da la gana; pero, por favor, haz que esto termine». A nosotros nos ligaba un nexo sentimental más fuerte que las doctrinas del Bloque Feminista. ¿O no?
El ruego chocó contra un imperturbable rostro de cera. Aquella extraña que clavaba en mí una mirada aterradora no era la amorosa mujer que se había desenvuelto como madre y padre en mi crianza, sino un androide reprogramado.
-Más cuidado con mis piernas, Dante. Te comportas igual que un crío.
Su fría respuesta asesinó mis esperanzas. Ya fuese por el influjo hipnótico que ejercía en su cerebro un sitio macabro o por la antipatía que produce un mujeriego en los cromosomas XX, mi única seguidora se había mudado al bando de la comecocos Nambindengue.
Siempre supuse que un personaje con tal clase de nombre debería ser de armas tomar. Sin embargo, nunca esperé que fuese un ella y no un él. A una mujer le era mucho más engorrosa la comprensión de mis... llamémosle preferencias sexuales y así no suena tan mal. Ellas se encasquetan el traje de mosqueteras y gritan: «Una para todas y todas para una» antes de que un hombre tenga la oportunidad de defenderse.
Luego de que, con una mirada, me aplastó como un animal en peligro de extinción bajo el talón del zapato; la voz se me acuarteló dentro de la boca. Cuanto lograba decir se resumía en un par de suspiros. Créanme que hubiese preferido morir por causas violentas. Es mejor ser enterrado vivo a padecer crueles tormentos.
-¿Usted podrá dar respuesta a mi interrogante? -emitió un alarido cargado de furia irrefrenable.
Era la cuarta vez que escuchaba la misma letanía. Mi coeficiente intelectual nunca ha sido elevado. He sobrevivido gracias al trabajo de mis manos y no al esfuerzo de mi cerebro. ¿Cómo iba a contestarle si siquiera tenía idea de lo que ella hablaba? Para hacerlo debía buscar en Google el significado de tanto blablablá. «Perversión libidinosa» me sonaba a frase sacada de un diccionario de esperanto.
Ahora me doy cuenta de que debí pedir permiso para ir al baño. Además de ganar algunos minutos de libertad, hubiese consultado el Internet. Una sabionda explicación dejaría a la bruja con la boca abierta.
Lo que podría haber sido, nunca sucedió. No es lo mismo pensar en frío que hacerlo con la sangre caliente y la piel de gallina.
-Y bien, señor Muñoz, ¿responderá o pasamos a un punto que le haga sentir cómodo?
A través de sus gestos y comentarios se notaba la clara aversión hacia mí. La situación era espeluznante y amenazaba con ponerse peor.
-Un momento, por favor. ¿Formularía su interrogante de otra manera?
Humedecí mis labios con el borde de la lengua y suspiré a pulmón lleno. El aire me salió hasta por los ojos.
La doctora esbozó la mueca de oreja a oreja. Si antes de hablar ya le parecía un idiota, después de despegar los labios fui pasado al grupo de los legítimos imbéciles, aquellos que portan el gen de la estupidez en su ADN.
-¿Señor Muñoz?
-Puede llamarme Dante.
Mi nombre en su boca sonaba a abominación, pero escucharle mentar mi apellido era como presenciar el pase de lista en la puerta del infierno. Apreté los puños y bosquejé la sonrisa con que solía conquistar a mi maestra de quinto grado hace medio millón de años.
Mi madre carraspeó y sacó las manos de los bolsillos de su pantalón. Con gusto me hubiese propinado un buen escándalo.
Clavé la mirada en ella y le rogué con ojos de carnero degollado. Descubrimiento funesto: la telepatía no funciona. Al menos, no cuando está de por medio un asunto de faldas. ¡Conexión fallida! Su mente estaba fuera del área de cobertura.
-Haga referencia a algún suceso de su niñez o adolescencia que le haya incitado a transformarse en un depredador furioso. Piense en un motivo capaz de generar sus deseos carnales más violentos y convertirle en un cazador sin escrúpulos, un vicioso del sexo con tendencias libertinas, un ser sin sentimientos que toma los cuerpos de jóvenes indefensas y quebranta sus almas -explicó Nambindengue con una dosis extra de cinismo y siete de amargura.
Los músculos de su rostro se tensaron en una expresión furibunda. El aire se cargó de violencia, de aborrecimiento y de deseos de venganza.
Aunque quise correr en dirección a la puerta, el brazo de Micaela posado en el mío pesaba diez toneladas y me clavaba a la silla. Le había prometido acudir a terapia, y una promesa a una madre siempre ha de ser cumplida. No podía esfumarme y dejar a la doctora con los colmillos afilados y sin probar la sangre de su víctima. Ya que me había ofrecido en sacrificio atado de pies y manos, no me quedaba otra salida que contar los segundos que faltaban para que la sesión se diese por concluida.
-¿No escuchas a la señora? ¡Avancemos! -se quejó Micaela clavándome en los ojos un vistazo rabioso. Era su forma educada de recordarme que, pese a que era mi cuenta bancaria la que pagaba la conversación más cara de la historia de la humanidad, mi actitud le hacía lucir como la madre de un gigantesco imbécil-. Llevas cerca de diez minutos callado. ¿Acaso no sabes que el tiempo es oro?
¡A mí me lo iba a decir! Fui yo quien se dejó los riñones en la carretera para pagar el cheque de Nambindengue y financiar mi sentencia de muerte.
Podría haberle sostenido la mirada y rogar una vez más, pero no valía la pena alimentarme con falsas esperanzas. Si iba a ser descuerado vivo, mantendría la dignidad.
Mi cabeza se tornó demasiado pesada. Las paredes se me acercaron y giraron en un frenesí desordenado. Poco a poco, sombras grises nublaron mis ojos. Apenas podía respirar.
Puse a funcionar mis diminutas neuronas. Cuando estaban en apuros se pasmaban. Pero, por más que lo intenté, no encontré una respuesta que satisficiera la curiosidad de la doctora y me hiciese quedar bien parado.
Según mi madre, mi debilidad por el sexo femenino había sido una herencia recibida de la familia de papá. Él, a su vez, lo atribuyó a un período prolongado de lactancia materna. Acorde a mi antigua maestra de la catequesis, se debía a las largas piernas rasuradas de mi profesora de preescolar. Mientras los pueblerinos de Calabazas se gastaban el tiempo en discusiones y el cura de la parroquia se volvía loco buscando una explicación coherente, yo tenía clara la génesis del asunto; pero me daba vergüenza confesarla.
Todo comenzó quince años atrás, aquel veinticuatro de diciembre, cuando Jimena pasó de largo zarandeando el cabello acaramelado. Pese a que en su rostro crecía un grano del tamaño del monte Everest, no hubo un chico que no se deslumbrase con su trasero ni una muchacha que no le envidiase.
Ese día me apunté en el club de fans del amor a primera vista. Con la cabeza echa un lío, le perseguí por los pasillos. ¡Con qué gracia removía los pantalones acampanados! Era ella el regalo de Navidad que no me atreví a pedir a Santa Claus por motivos de consciencia.
La deseé y, por vez primera, mojé mi pijama durante la madrugada. Como nadie me había explicado el misterio de los sueños húmedos, creí que tenerlos era el equivalente a morir de vergüenza. Aquella mañana, eché las sábanas a la lavadora sin que mi madre se percatase. Llegó el momento en que cambiaba la ropa de cama a diario. Aparentaba ser el chico más limpio del planeta.
Si hubiese tenido una pizca de sabiduría, quizás mi historia sería diferente. Hoy sé que mostrar demasiado interés en una joven trae consigo consecuencias funestas. En aquel entonces nadie me lo advirtió salvo Patricia, la Pequeñaja traviesa que vivía cruzando mi jardín, mientras nos zampábamos una fuente de dulces.
-Tienes cara de tonto y modales de mono. Esos animales trabajan en el circo porque provocan risas. Persiguiendo a Jimena, le alejas de ti.
-No menciones a una diosa. Llamémosle...
Ningún mote me pareció adecuado para una estrella de mirada angelical y sonrisa seductora.
La Pequeñaja ignoró mis reproches y acumuló razones en mi contra. Sin embargo, mis oídos se cerraron a los peros y preferí soñar despierto.
-Si tanto te interesa, róbale un beso, o pídele una cita -insistió cogiendo uno de mis buñuelos.
Meterse con mis dulces siempre ha sido sinónimo de declararme la guerra. No obstante, aquella tarde, pasé por alto su agresión. El enamoramiento por Jimena era suficiente carga para mi rústico cerebro.
Las gotas de almíbar cayeron en mis pantalones y se me pegaron a la entrepierna. Entonces, a mi miembro le embargó una extraña sensación y se elevó sin contar con mi permiso. Funcionó como una cosa con vida propia dentro de mi cuerpo. En cuestiones de segundos, una ametralladora armada con semen apuntó al pecho de Patricia.
Me faltaron fuerzas para caer en una longaniza de explicaciones con un claro principio y un final inexistente. Mordí en la punta de la lengua una justificación inapropiada y asumí mi culpa. Era culpable, sí, porque no había manera de que Patricia comprendiese que la vida de un varón adolescente gira alrededor de sus estallidos hormonales.
Crecí rodeado de mujeres. Los tabús eran mi pan de cada día. Por mucho menos que una erección pública involuntaria, debí haber huido a un sitio remoto del planeta; pero ningún escondite me habría resguardado de la astucia de Patricia. Ella ha sido dotada con una nariz privilegiada para desempolvar misterios a primera olfateada.
Al suceso no le encontraba una explicación lógica. Aunque el inusual vestuario de Patricia le hacía lucir como una diosa egipcia desaliñada disfrazada de humana común, se notaba a simple vista que no era un ejemplo de belleza femenina. Su cuerpo todavía no había desarrollado las deliciosas curvas que dan gracia a una mujer. Las greñas que, escapaban de su moño rojo, ocultaban parte de su rostro. Definitivamente distaba de ser hermosa, siquiera agraciada, pero a través de sus ojos se vislumbraba la fuerza de su espíritu.
Ella volteó el rostro hacia una planta de galán de noche y colocó ambas manos en el espacio existente entre nosotros. El invierno venía haciendo de las suyas. En un santiamén, las puntas de los dedos se pusieron tan moradas como sus mejillas y perdieron la sensibilidad.
-¡Rayos! -exclamé disgustado aun a sabiendas de que a ella le desagradaban las palabras vulgares.
Me miró fijamente y, en aquel instante, su incipiente magia surtió efecto en mis nervios de mantequilla. El pobre buñuelo se me resbaló y cayó al pavimento. Con mucho gusto lo hubiese alzado, sacudido el churre y zampado de una mordida. En esta historia busco, ante todo, ser franco. Así que aquí va mi mayor muestra de sinceridad: he sido capaz de arrebatar un dulce de la boca a un cerdo y hasta de lamer cualquier sitio donde haya caído una partícula de almíbar.
Patricia se enjugó los ojos de mala gana.
-Por favor, Pequeñaja. No armes una tormenta en un vaso de agua -supliqué cruzando los dedos.
Mi susurro quebró el jadeo de su respiración. «Uno, dos, tres», conté en silencio y esperé el estallido de su cólera. Cien números después, ella permanecía estupefacta.
-Grúñeme, pégame, insúltame, di lo que sea con tal de que no te quedes callada. Tu silencio me martiriza -insistí colocando la mejilla, tal como nos había enseñado la maestra del catecismo, para que me propinase un puñetazo.
No me daría el lujo de perder a la única chica que me escuchaba.
La mirada de Patricia, incrustada en mi pantalón, puso mis nervios en ascuas. Me hizo sentir desnudo pese a que había resguardado bien mi cuerpo con trapos. Mucho me costaba ocultar la vergüenza y mantenerme firme ante su escudriño.
Coloqué el pozuelo delante de la portañuela. Mis manos temblaron como las alas de un pájaro recién nacido y los miedos se destilaron a través de la piel. Aunque sujeté el recipiente lo mejor posible, no impedí que los buñuelos llegasen al suelo.
-¡Maldición! -gritamos ambos al unísono y echamos el ojo a los dos únicos dulces sobrevivientes que flotaban en el almíbar.
Estiré la mano para alcanzar uno de ellos, pero Patricia me soltó un trancazo que la dejó tiesa. Se colocó los brazos en la cintura y se puso en modo de abuela regañona.
-¡Eres un depravado! -me espetó alarmada.
-No me juzgues a menos que seas un varón -tartamudeé en un idioma parecido al alemán.
Su agresión suscitó la rebeldía y mi cuerpo se aprestó para la batalla. Ericé el espinazo y ensayé en mi mente una sarta de recién aprendidos insultos. Sin embargo, Patricia soltó un largo suspiro y estampó un gesto cordial en su semblante.
-Debieses poner un mote a tu nuevo amigo porque llamarle pene suena vulgar. ¿No crees? -sugirió entre pícara y melindrosa.
-De ninguna manera. Eso solo lo hacen los maricas -le interrumpí conmocionado.
-Le nombraré... espera. -Se tomó unos segundos para pensar.- Tiene que ser algo sugestivo, algo que resuma tu personalidad en una palabra.
Colocó su dedo índice en mi boca. Medio minuto más tarde, sus ojos destellaron en un frenesí de luces que remedaba el cielo al atardecer. Me estremecí desde el pelo hasta los callos porque cuando Patricia brillaba con luz propia, una estrella explotaba en el interior de su cerebro.
-Ya lo sé. Usaremos una palabra en otro idioma. ¿Qué te parece Tembo? Es un vocablo guaraní -sugirió rebosante de entusiasmo. La decisión estaba tomada y era irrefutable. A partir de ese día tuve a Tembo entre las piernas.- No te preocupes por encontrar una explicación racional a este «accidente». -Un dejo de ironía sobresaturó su última palabra.- Ya lo he entendido. Tienes el gen de tu padre o estás loco.
¿Olvidé mencionar el gen de mi padre? Mucho había tardado en relucir. Él se agenciaba la culpa del ciento porciento de mis desventuras.
Debí comenzar esta narración conceptualizando un padecimiento que ha afectado a los hombres de mi familia por varias generaciones. Todos mis parientes han vestido pantalones con elástico a la cintura para no tener que zafarse el cinto si el deseo sexual les aniquila el razonamiento. Los Muñoz hemos sido aves de paso en cuestiones concernientes al amor y al compromiso. Para nosotros conquistar a una mujer ha significado lo mismo que comprar ropa nueva. La hemos deseado, obtenido, usado hasta el aburrimiento, y después, tirado a la basura.
Mi padre fue un digno miembro de su clan. Le pintó con promesas un paraíso a Micaela cuando apenas era una chiquilla de dieciséis años. Luego de embarazarla, le dejó plantada en el altar. Ella fue una más dentro de su infinita lista de conquistas.
Hasta que se despertaron mis hormonas, creí que escaparía de la Garra Malvada de los Muñoz, pero fui un iluso. Tal como auguró la comadrona el día en que nací, la estrella de la mala fortuna se cernía sobre mi cabeza.
Por un lado, los nuevos atributos que adquiría mi cuerpo generaban mi curiosidad; por otro, no cesaba de temer. Dejar llanto y sufrimiento a mi paso por el mundo no era el futuro que anhelaba.
Mientras pensaba en cómo sortear mi tara genética, intenté sacarle la sonrisa a Patricia con uno de mis chistes aburridos. Ella chupaba el azúcar que recubría al buñuelo. ¡Qué clase envidia me producía! Cada uno de sus lengüetazos dolía en lo más hondo de mi estómago.
-Eres una villana -le reclamé afligido.
-Yo ruin y tú, degenerado. Por eso somos los mejores amigos. Hacemos la pareja perfecta.
-Soy capaz de explicarlo, Pequeñaja -gemí en un estertor agonizante.
¿Podía en realidad? Eso pintaba a perversión tal como ella decía.
-¿Estás enfermo? -preguntó con el tono irónico que yo bien conocía.
-No -afirmé, y entrecerré los ojos preparándome para escuchar un discurso hasta la hora de la cena.
Una gota de almíbar le corrió por el mentón. Moría por arrebatarla de un mordisco. ¡Oh Dios, qué tormento es tener algo justo al alcance de los dedos y perderlo por portar un ADN condenado!
Ella acortó la distancia entre ambos y, sin dejar de saborear el buñuelo, habló con la boca llena:
-No hay más que decir. Estoy presenciando tu debut como idiota consumado.
Me asombró que me definiese en tan pocas palabras. Ya me había acostumbrado a ser llamado así. Era un insulto de baja cuantía que la Pequeñaja me espantaba en la cara. Fuese merecido o no, solía soportarlo en silencio, lo elegía un millón de veces antes de verle enojada.
-Entonces, ¿estamos bien? -pronuncié las sílabas con lentitud para tantear su mal humor.
Toda la confusión me zumbó en la mente.
-¿Qué se le va a hacer? Distas mucho de ser una persona normal. Si no hubieses nacido pretérmino...
¿No se los dije? Patricia se había contagiado con los dichos de Micaela. Ya lo sabía, pero oírle confesar mi problema con tanta indiferencia fue aún más terrible.
Se encogió de hombros y capturó el último buñuelo que quedaba en la fuente. Le lancé un par de ofensas silentes y masqué algunas bocanadas de aire.
Entregando los dulces como ofrenda de paz, preservé la amistad de la Pequeñaja. Sin embargo, a partir de ese momento, ella siempre soltó una aborrecible risa tartamuda frente a una fuente repleta de golosinas.
Luego de deslizar rosas a escondidas, durante dos semanas, en el pupitre de Jimena había dejado patitiesas las plantas de Micaela. Conté a mi crédula madre que una plaga de hurones era la responsable del destrozo. La pobre se tragó la mentira a cucharadas y lloró tanto que casi se deshidrata. Cada año se presentaba al Concurso de Jardines con la esperanza de obtener un premio. Siempre dedicaba algo de tiempo a sus flores pese a que entre sus dos trabajos pasase más de diez horas diarias de pie, en casa se matase limpiando y durmiese a ratos.
Las que sí no creían en catástrofes eran mis vecinas. Chuncha Martínez había corrido tras de mí, armada con una escoba, y Milagros me amenazaba con contar mis peripecias a la policía si me atrevía a traspasar los límites de su propiedad. Razones les sobraban para odiarme. Ninguno de los jardines de mi barrio conseguiría un buen lugar en la competencia después del paso por él del huracán Dante.
Comprendí que, para mantenerme cortejando a Jimena sin gastar dinero en la floristería, debía explorar los alrededores del poblado. Con ese fin, tracé un plan de acción y me fui a dormir a la misma hora que las gallinas.
La alarma del reloj sonó a las tres de la madrugada. De buen grado le hubiese soltado un manotazo al aparato y enviado a freír tusas, pero me arrastré por encima del colchón de mi cama y caí al piso. Estaba tan frío como la pata de un muerto. Solo de tocarlo, me desperecé de un brinco.
La operación Robo de Jardín comenzaría cuando tomase un sorbo de café. Aún tenía los ojos pegados y un ladrón, experimentado o no, ha de estar apto físicamente.
Luego de tragarme tres tazas del brebaje casi sin respirar, me creí Superman. Me coloqué una capucha negra y zapatillas para correr, y me escabullí a través de la ventana (rara vez usaba la puerta).
La villa estaba desierta. Tal parecía que todos los seres vivos habían sido hechizados por un malévolo nigromante. De vez en vez, una lechuza revoloteaba bajo las luces de neón. La sombra de sus alas y su ulular daban al vecindario un sello místico y aterrador.
Acallé mi miedosa consciencia y dominé los deseos de regresar a la cama. Debía estar loco o enamorado, que es casi lo mismo, pues me alejé de mi casa sin voltear atrás. Así me jugase el cuello, esa noche no volvería con las manos vacías.
Mis sutiles pisadas repiquetearon en el asfalto traspasando los límites entre lo ilógico y lo perceptible. Estaba convencido de que un extraterrestre me seguía los pasos cuando una sombra gigantesca se abalanzó sobre mi pecho. El empujón me tumbó al suelo.
«¡Fantasmas!», vociferaron mis pensamientos. Pero mi yo temerario no se dejó engañar por la primera impresión e iluminó al supuesto espectro con la linterna. El monstruoso ser que amenazaba mi vida no era otro que Cuco, un perro callejero con quien solía compartir mis hamburguesas. Él mostró su alegría removiendo el rabo mocho y me siguió fielmente. Amparado en la penumbra y custodiado por un animal, me sentí infalible.
Después de caminar durante una eternidad, llegué a un sitio repleto de olorosas azucenas y rosas matizadas. Era un paraíso para un ladronzuelo idiota, y como un idiota entré, sin detenerme a pensar a quién pertenecía la vivienda.
Por si me asaltaba el cargo de consciencia, me refugié en el recuerdo de Jimena, en sus provocativos labios de amapola que tanto deseaba probar, en sus ojazos almendrados, en sus manos suaves y, sobre todo, en el par de pechos firmes que me impedía pegar un ojo por las noches. Esa visión me inspiró valor y borró las dudas. El asesino en serie de jardines estaba a punto de cometer una fechoría.
Salté la cerca apoyándome en una mano. Avancé y estiré mi brazo sin que temblase.
Creí que mis frecuentes incursiones a la casa de la Pequeñaja me habían entrenado bien. Estaba equivocado. Pronto, me quedó una cosa clara: moriría sin besar los labios de Jimena.
En un primer momento, no tuve idea de lo que acontecía, solo precisaba una mezcla de siluetas amorfas y ruidos sin cadencias.
En el escalafón de idiotas, me he asegurado el primer puesto. He recopilado más de mil razones para explicarles por qué, pero con la narración de lo sucedido aquella noche, sobra.
La alarma del jardín se activó. Ustedes se preguntarán a qué sesudo se le habría ocurrido asegurar un montón de yerba contra ladronzuelos de poca monta. Yo supe la respuesta en cuanto el pito se me incrustó en el oído y las luces coloridas encandilaron mis ojos. Me había colado al sitio más peligroso de Calabazas.
Gumersindo, el dueño de la vivienda, no solo era el jefe de la policía local, también había ganado durante toda una década el premio otorgado por el Ayuntamiento al mejor floricultor. Su propiedad era un recinto fortificado. Para invadirla era necesario sortear las alarmas, los sensores de movimiento y los perros cerberos.
Tarde comprendí que había entrado a la boca del lobo sin un plan de contingencia. La alarma era el menor de mis aprietos. Les garantizo que volaría las distancias a la velocidad de Usain Bolt con tal de alejarme de la rabia del oficial. Según las viejas del barrio, si un infeliz bandido caía en su poder, le sometía a tal cantidad de torturas que hacía palidecer al mismísimo Conde Drácula.
-¡Mierda! -exclamé cuando tres pastores alemanes se me acercaron.
Quien dijo que el perro es el mejor amigo del hombre, olvidó que yo también era humano.
Uno de ellos, el más hambriento de la camada, me mostró sus sanguinarios dientes. Por mucho que intenté, me resultó difícil sacar de mi mente su imagen haciendo un festín con las cinco o seis libras de más que pendían de mi panza.
El miedo es difícil de definir si todo marcha bien, pero cuando las cosas se ponen patas arriba, en cada uno de nosotros deja un sello inconfundible. En esa ocasión, una mano invisible brotó de la tierra y se aferró a mis pantorrillas. Quedé plantado en el sitio donde estaba.
Escuchar el primer rugido me hizo caer al suelo. El aliento de las fieras calentó mi cuello. Se preparaban para poner fin a mi vida.
Debí haber tomado en serio las clases de educación física en el gimnasio del colegio. Me faltaba agilidad y astucia para encaramarme en lo alto de un pino y huir de las voraces fauces de los demonios dentudos.
Hasta mi supuesto amigo canino mestizo de rabo mocho fue mucho más inteligente que yo. Al ver a mis enemigos, se esfumó de mi lado. Ni un millón de hamburguesas hubiesen sido suficientes para comprar su lealtad.
Estaba solo y en peligro de muerte inminente. ¿Lloraría Jimena durante mi entierro? No dilataré esta narración con situaciones que nunca ocurrieron. Si hubiese muerto, hoy no estaría aquí contándoles una sarta de absurdos.
-¡Alto, bribón, o te las verás con mis cachorros! -gruñó Gumersindo abriendo la puerta que daba al porche.
Los insultos no tenían discusión. Yo los merecía, pero llamar cachorros a esos demonios, era una blasfemia.
-Dios, tú existes. Tantos libros no pueden estar equivocados -musité a duras penas.
Como aseguran los sabios, uno se acuerda de los santos cuando llueve. Yo precisé del paso de un tornado para mirar al cielo. No prometí peregrinar por el camino de Santiago, autoflagelarme o entregar mi alcancía a los pobres. Tampoco pedí perdón. Lejos de arrepentirme, a cada segundo se incrementaban mis ansias de conseguir un par de flores para Jimena.
-¡Maldito desgraciado! -chilló la señora de la casa asomando la cabeza desde la ventana de la cocina-. Te advierto que mi esposo es policía. Va armado y soltará los perros.
«¿Soltará los perros? ¿Qué quiso decir la vieja? Entonces, ¿están amarrados?», me interrogué. Mi única neurona activa respondió las preguntas. Si los animales estuviesen libres, siquiera me rascaría el cogote. En un dos por tres, habrían descuartizado mi cuerpo y se zamparían la mitad más apetecible.
Mis miedos me habían impedido escuchar el tintineo de las cadenas. Di gracias a Dios. Estaba salvado.
-Soy el Fantasma de la Ópera. Vengo a llevarme tu alma -grité fingiendo la voz.
No habría sido tan tonto para usar la mía propia.
De qué manera se me ocurrió mortificar al oficial en un momento crítico es una cuestión que aún ronda por mi cerebro. Supongo que siempre había deseado hacerlo y, al presentárseme la oportunidad, no la dejé escapar.
Eché a correr en dirección al portón. De camino, arranqué una mata de gladiolo y pisoteé los sembrados de crisantemos.
-Gumer, apresúrate. El desalmado está desbaratando los canteros. -Lloriqueó la esposa.
El policía estaba echando humo por la nariz y los ojos. Afloraba el monstruo a través de su piel.
La señora salió al portal. Se llevó las manos al pelo y se jaló los moños. Sentí pena por su cabeza. Ya era demasiado fea para, además, quedar calva.
En el momento más inoportuno, los rociadores automáticos se activaron. Un torrencial aguacero me entripó la sudadera. Mi cuerpo cedió su firmeza al miedo y al frío, y los temblores me atacaron.
-¡Basta ya, imbécil! -me ordené intentando controlar una situación que se me iba de las manos.
Por suerte, estaba tan metido en el personaje del fantasma de la Ópera, que continué utilizando la voz falsa aun sin proponérmelo.
-Imbécil será tu abuela -refutó Gumersindo convencido de que me refería a él-. ¡Con qué esas tenemos! Además de robarme y despedazar mis sembrados, me faltas el respeto. Ya no hay más de qué hablar. Te aconsejo que no corras. Nunca serás más rápido que mis perros.
Mis posibilidades de escapar con vida y regresar a casa sin que mi madre me castigase se reducían a medida que pasaba el tiempo. Escuchar la advertencia del policía y desprenderme en una carrera fue lo mismo. Salté sobre la cerca de una zancada. Dejé un trozo del pellejo en el buzón de la entrada y otro incrustado en el tronco de un árbol. Ni me detuve a pasarme la mano por las zonas adoloridas. Vociferaría mis lamentos cuando llegase a mi casa, no mientras huía por mi vida.
Las fieras me seguían los pasos. Advertí el ruido de sus zancadas justo tras mis espaldas. No encontraría escapatoria. A dondequiera que fuese, mi rastro les guiaría a mí y, por tanto, a los oídos de mi madre.
Tenía dos opciones:
-La primera, morir devorado.
-La segunda, enfrentarme a una tunda de chancletazos.
Para tomar una decisión contaba con menos de un minuto. Ya oía el jadeo de los demonios. ¡Cómo corrían esos bichos!
Bien había hecho el mestizo mocho al abandonarme por una longaniza. Sí, el muy traidor estaba sentado en una esquina relamiendo un trozo de embutido. Considérenme la persona más desagradable del planeta, pero recuerden que luchaba por sobrevivir. Sin amedrentarme, le arrebaté la comida y la lancé tras mi rastro.
El mestizo me tiró un gruñido. Levantó su nariz y engrifó el espinazo. Por un instante, dudé de su genética. Siempre le había considerado un perro horrible. Después de echarle un vistazo fugaz, cupo la posibilidad de que se tratase de un espantoso gato tartamudo con afectación en el frenillo. Lo único que me quedó claro, fue que esa sabandija perdió mi amistad. Nunca volví a compartirle mis hamburguesas.
Redirigí mi carrera hacia la casa de la Pequeñaja. Aunque Gumersindo siguiese mis huellas hasta allí, se daría de bruces ante un nuevo misterio.
«La fisionomía de los habitantes de esta vivienda no compagina con mi ladrón de gladiolos. ¿En qué sitio se habrá escondido? ¿Le encogió un rayo reductor?», se preguntaría cada día antes alimentar a sus bestias.