Caspian había pasado todas las vacaciones de Año Nuevo haciendo horas extra, así que Veyra Solenne decidió darle una sorpresa. Volaría hasta allí, llamaría a la puerta de su habitación de hotel y vería cómo su rostro cansado se iluminaba con una sonrisa.
Solo quedaban asientos en clase ejecutiva. Aunque le dolió pagar tanto por el boleto, pensó que valdría la pena.
Llevaba un minuto entero sentada, intentando averiguar cómo desplegar la mesita, cuando la mujer que ocupaba el asiento contiguo soltó una risita. Era impecable, hermosa y poseía esa clase de elegancia aburrida que solo el dinero podía comprar.
-¿Nunca habías volado en clase ejecutiva?
Veyra esbozó una sonrisa incómoda.
-Perdona. Seguro que diriges una empresa o algo por el estilo. Tienes ese aire.
-¿Yo? No. -La mujer agitó una mano de manicura perfecta-. Pero mi benefactor sí. Si no viajo en clase ejecutiva, me manda un jet privado.
-Un benefactor -repitió Veyra-. Deben de ser difíciles de encontrar.
-No tanto. -Los labios de la mujer se curvaron-. Soy su subordinada. No paro de cometer errores que le cuestan una fortuna. Él me regaña hasta hacerme llorar y luego...
Sonrió sin necesidad de terminar la frase.
Un leve escalofrío recorrió la espalda de Veyra, aunque no habría sabido explicar por qué.
-Qué curioso -dijo despacio-. Mi esposo también tiene una compañera de trabajo así. Siempre está cometiendo errores.
-¿Estás casada?
Los ojos de la desconocida la recorrieron de arriba abajo, evaluándola.
-De hecho, la esposa de mi benefactor debe de tener más o menos tu edad.
Se examinó las uñas.
-Dice que se cansó de ella hace siglos. Que tocarla le resulta insípido. Mucho menos interesante que verme sacudir el cabello.
A Veyra se le revolvió el estómago con esa oscura certeza que llega antes de comprender su causa.
-Le dije que quería verlo durante las vacaciones -continuó la mujer, satisfecha de sí misma-. Así que le dijo a su esposa que tenía que trabajar.
Fue entonces cuando Veyra reparó en el anillo de su dedo.
Un diamante con exactamente el mismo corte que el de la alianza que ella había perdido el año anterior.
Se quedó inmóvil.
*Caspian es un simple empleado*, se dijo. *Cálmate. Que dos anillos se parezcan no significa nada.*
Aun así, no podía apartar la vista de la joya.
-Es una alianza -dijo con una voz que hasta a ella le resultó extraña-. ¿Te casaste con él?
-¿Esto? -La mujer, que se presentó como Xiomara, alzó la mano para admirar cómo la piedra atrapaba la luz de la cabina-. Le exigí que se la quitara a su esposa.
A Veyra se le vaciaron los pulmones.
-No quería causarle problemas, de verdad -continuó Xiomara-. Pero el día de mi cumpleaños tuvo un aborto espontáneo y lo arrastró al hospital. Me tocó pasarlo sola.
Sin darse cuenta, Veyra se llevó una mano al vientre.
El recuerdo regresó entero y helado: el hielo negro en el camino de vuelta del mercado, aquella caída inesperada, tres meses de embarazo y después nada salvo sangre sobre el cemento congelado. Caspian había permanecido junto a su cama durante tres días seguidos, sin dormir. Cuando despertó, su bebé ya no estaba.
Su anillo tampoco.
*No pasa nada*, le había dicho él con la voz quebrada. *Tendremos otro bebé. Te mandaré hacer un anillo nuevo.*
*No lo hagas*, había respondido ella. *Están despidiendo gente. Ahorremos ese dinero. Cuando hayas triunfado, podrás comprarme otro.*
En aquel momento, creyó que se trataba de un sacrificio pequeño y noble.
No sabía que estaba entregando su propia alianza a una mujer a la que aún no conocía.
-Así que te dio el anillo de su esposa -dijo con cautela.
-Al principio no quería. Dijo que me compraría algo mejor. -Xiomara inclinó la mano y contempló el reflejo de la luz sobre el diamante-. Pero esa vieja se cree superior solo porque es su esposa. Si no la pongo en su sitio, pensará que el mundo le pertenece.
-Cuando una mujer se rebaja tanto -añadió casi con amabilidad-, ya no hay forma de salvarla.
Veyra se aferró al dobladillo de la manga.
-Si gasta tanto dinero en ti, debe de pagarle una fortuna a ella para que guarde silencio.
Xiomara soltó una risa alegre y despreocupada. Se inclinó lo suficiente para que su perfume envolviera a Veyra por completo.
-Ahí está lo gracioso -susurró-. Esa pobre idiota ni siquiera sabe que él dirige una empresa.
---
-¿Por qué se lo oculta? -preguntó Veyra.
Algo dentro de ella aún esperaba, con una obstinación estúpida, que existiera una explicación que no condujera adonde temía.
-Porque ¿qué sentido tendría decírselo? -Xiomara volvió a exponer las uñas a la luz de la ventanilla-. Ella ya desperdició sus mejores años matándose a trabajar a su lado mientras él lo levantaba todo. Si fueras hombre y por fin hubieras triunfado, ¿seguirías gastando dinero en una esposa que ya está desgastada? Ninguna fortuna puede devolverle la juventud.
Veyra vio su reflejo en la ventanilla: mejillas hundidas, ojeras y diez años de privaciones grabados en la piel.
Antes tenía mejor aspecto.
Antes se parecía a Xiomara.
-Sabes, hermana, todavía te queda algo de belleza -comentó Xiomara, estudiándola con la cálida frialdad de quien valora ganado-. Unos retoques estéticos no te vendrían mal. Tu esposo no ha estado muy interesado últimamente, ¿verdad?
Veyra no respondió.
-Mi benefactor me da medio millón al mes solo para mis gastos -añadió Xiomara sin que nadie se lo preguntara-. Los tratamientos estéticos van aparte.
-¿Cuánto tiempo lleva pasando esto? -se obligó a preguntar Veyra.
-Desde el doce de junio del año pasado.
Xiomara volvió a mirarse las uñas, aburrida ya de la conversación.
Veyra apretó la manga hasta que los nudillos se le quedaron blancos.
Doce de junio.
El día en que su madre había necesitado quinientos mil dólares para una operación que nunca llegó a recibir.
Caspian había suplicado ayuda a todos sus conocidos y había regresado con trescientos cincuenta mil.
*Es todo lo que tengo*, le había dicho entre lágrimas.
Ella le creyó. Consiguió reunir otros ochenta mil por su cuenta, pero aun así vio morir a su madre porque les faltaban setenta mil para pagar el tratamiento.
*Lo siento*, había sollozado él contra su cabello. *No sirvo para nada. Ni siquiera pude salvar a tu madre.*
Veyra le había secado las lágrimas en lugar de enjugarse las suyas.
*Diste todo lo que tenías. Eso basta. Solo espera un poco más.*
Entonces él le apretó la mano como un hombre que se ahogaba y juró que no sufrirían para siempre.
Sin embargo, había tenido los otros ciento cincuenta mil desde el principio.
-Qué curioso -dijo Xiomara, observándola ahora con verdadero interés-. La madre de esa mujer necesitaba exactamente quinientos mil ese mismo mes.
Veyra sostuvo su mirada en absoluto silencio.
Xiomara le guiñó un ojo.
-Él pensaba pagarlo. Al principio.
-Tú te quedaste con el dinero -dijo Veyra-. Para tus gastos.
-Por favor. Tenía mucho más de donde sacar. Yo solo le dije que, una vez muerta su madre, esa mujer se quedaría sin familia y sin ningún lugar adonde ir. Si algún día descubría que me mantenía, no se atrevería a montar una escena. -Xiomara sonrió como una gata satisfecha-. Además, aquel mes quería un artículo de Chanel que, casualmente, costaba quinientos mil.
-¿No tienes miedo de que se entere?
-Soy más lista que eso. -Xiomara se estiró, complacida-. Fue idea mía que él le dijera que había reunido todo cuanto podía y la dejara creer que se lo había dado todo. Estaría demasiado agradecida y se sentiría demasiado culpable por lo que faltaba como para sospechar siquiera que había otra persona detrás.
Como si se tratara de un detalle sin importancia, añadió:
-Lo irritante es que solo aceptó porque así, si algún día nos descubrían, su preciosa esposa no podría abandonarlo. -Resopló-. Algunas mujeres tienen toda la suerte.
Veyra la abofeteó antes de decidir que iba a hacerlo.
-¿Qué demonios te pasa? -chilló Xiomara, llevándose una mano a la mejilla.
Xiomara chilló.
No fue el sonido refinado que Veyra habría esperado de una mujer tan sofisticada, sino un alarido crudo y estridente que atravesó la cabina como una sirena.
Una azafata apareció entre ellas antes de que Veyra pudiera bajar la mano. Su rostro mantenía una perfecta calma profesional, pero su mirada estaba alerta. Se interpuso entre las dos, ocultando a Veyra de la vista de Xiomara, y habló con voz baja y apremiante, demasiado baja para que Veyra pudiera entenderla.
Xiomara se recuperó enseguida. Siempre lo hacía. Era esa clase de mujer.
Se llevó una mano a la mejilla con calculado dramatismo, los dedos extendidos como si tuviera que sostenerse el rostro. Cuando miró a Veyra por encima del hombro de la azafata, en su expresión no había dolor, sino asco.
La misma repugnancia con la que se mira algo que acaba de pisarse.
-Vieja amargada -espetó con voz lo bastante alta para que todos la oyeran.
Los pasajeros ya estaban mirando. Las cabezas se volvieron fila tras fila.
-Ahora lo entiendo. Tu marido tiene una amante, ¿verdad? Por eso te has puesto así.
Sonrió al decirlo. Una sonrisa pequeña, cruel y perfectamente dibujada.
Veyra le arrojó encima su bebida.
El champán salpicó la blusa blanca de Xiomara, le corrió por el cuello y goteó desde la barbilla hasta el regazo. Ella jadeó y se echó hacia atrás, agitando inútilmente las manos sobre el pecho. La azafata se apartó para esquivar el líquido y una mujer sentada al otro lado del pasillo dejó escapar una exclamación horrorizada.
Xiomara permaneció sentada unos segundos. Tenía el cabello mojado y la blusa arruinada. A la mancha anterior de champán acababa de sumarse otra mucho mayor. Parecía una criatura atrapada en medio de una tormenta.
Entonces llegó el jefe de cabina.
Era alto y delgado, de cabello plateado y con el rostro curtido de quien ya lo había visto todo. Su nombre estaba bordado con hilo dorado en la solapa. Le bastó una mirada para comprender la escena: Xiomara empapada en su asiento, la copa húmeda en la mano de Veyra y los pasajeros fingiendo no observarlas.
Su expresión no cambió. Mostraba una consternación serena y profesional que, de algún modo, resultaba peor que el enfado.
-Señora -se dirigió a Veyra con voz tranquila y autoritaria-, debo informarle de que la señora Vale es una pasajera VIP. Está vinculada directamente con Caspian Thorne, director ejecutivo de Tecnologías Thorne, una de nuestras cuentas corporativas más importantes.
Lo presentó como un hecho indiscutible, como si aquel nombre tuviera que significar algo para ella.
Y, en efecto, significaba algo.
-Le recomiendo encarecidamente que se mantenga alejada de la señora Vale durante el resto del vuelo.
Veyra no discutió. Regresó a su asiento.
Le temblaban las manos. Las apoyó sobre los muslos y presionó con fuerza. Después sacó el teléfono del bolso y desactivó el modo avión.
Escribió:
*¿Dónde estás ahora mismo?*
La respuesta llegó enseguida.
Una fotografía del escritorio de su oficina: una caja de comida para llevar a medio terminar y el monitor encendido con una hoja de cálculo en pantalla.
La imagen iba acompañada de un mensaje:
*Ganando dinero para mi esposa.*
Veyra se quedó mirando aquella palabra.
*Esposa.*
La había escrito como si significara algo.
Le envió otro mensaje. Una pregunta relacionada con el vuelo, algo sobre la hora de llegada. No recordaba con exactitud qué había escrito.
Caspian no respondió.
Porque en ese preciso momento estaba llamando a Xiomara.
Veyra lo oyó. Xiomara respondió a su lado y la voz de Caspian salió por el altavoz.
Conocía aquella voz desde hacía siete años. Sonaba cálida y grave, muy distinta de la que él había empleado con ella durante los últimos meses.
Meses.
Quizá más. Había dejado de contarlos.
Llamó «cariño» a Xiomara.
Le dijo que no permitiera que nadie la alterara. Que aquella desconocida no importaba. Le aseguró que en ese mismo instante estaba transfiriéndole quinientos mil dólares para compensar la turbulencia que había soportado.
*Turbulencia.*
Esa fue la palabra que usó, sin rastro de ironía.
También le prometió una villa y una noche que haría que todo volviera a estar bien.
Veyra se aferró al reposabrazos hasta que los nudillos se le quedaron blancos.
Intentó recordar la última vez que Caspian había utilizado un apelativo cariñoso con ella. Repasó los últimos meses en busca de aquel momento. Un cumpleaños. Un aniversario. Alguna noche en la que hubiera llegado a casa y la hubiese mirado como a una mujer que aún deseaba.
No encontró nada.
No existía.
Después del traslado hubo una época en que todo empezó a cambiar. Caspian siempre estaba agotado, siempre convencido de que pronto se sentiría mejor. Ella tuvo paciencia. Se dijo que era el estrés, que lo amaba, que todos los matrimonios atravesaban etapas.
Lo creyó porque necesitaba creerlo.
Ahora comprendía que aquello no era una etapa.
Su teléfono vibró.
Caspian.
Le decía que, para compensarla por haber trabajado durante las vacaciones, la llevaría a su restaurante favorito, el de los fideos que tanto le gustaban. Se disculpaba por haber estado tan ocupado.
Incluso añadió un corazón.
Veyra leyó el mensaje dos veces.
No respondió.
Una azafata se acercó al asiento de Xiomara con una caja de terciopelo y se la entregó con una leve inclinación. Xiomara la abrió sin apartar los ojos de Veyra.
Dentro había un collar de Prada, de oro y nácar. La luz de la cabina arrancó suaves destellos a la joya.
Xiomara sacó una nota de la caja y la leyó en voz alta, quizá sin darse cuenta de que lo hacía.
-Sé audaz. Sé tú misma. Siempre estaré a tu lado.
Cuando terminó, miró a Veyra.
Su sonrisa había regresado.
Era la sonrisa de alguien que ya se consideraba vencedora.
El jefe de cabina volvió poco después y se detuvo junto a Veyra. Llevaba otra caja de terciopelo, más pequeña que la de Xiomara.
La abrió.
En su interior había un diamante.
Redondo y resplandeciente, descansaba sobre la seda negra como una gota de luz congelada. Veyra no entendía de diamantes, pero sabía reconocer una joya de seis cifras. Había trabajado por sumas como aquella. Las había ahorrado.
Se las había entregado a Caspian.
-El señor Thorne ha enviado esto -explicó el jefe de cabina con estudiada neutralidad-. A cambio de una petición.
Veyra aguardó.
-Le pide que se disculpe con la señora Vale.
Añadió el resto como si fuera un comentario confidencial. Bajó la voz, quizá convencido de que le hacía un favor.
-El señor Thorne gana en un solo día el equivalente al valor de varios diamantes como este.
Veyra contempló la piedra durante mucho tiempo mientras la luz danzaba en su interior.
Pensó en los tres años que había pasado en un apartamento minúsculo. En todas las comidas que se había saltado. En la crema facial más barata. En los turnos dobles.
Pensó en la operación de su madre y en aquel dinero que había existido hasta que dejó de existir.
Pensó en un bolso de Chanel del color de la sangre seca.
Aceptó disculparse.
Se levantó y recorrió los tres pasos que la separaban de Xiomara. Esta alzó la vista con una expresión perezosa y satisfecha. Aún mantenía la mano pegada a la mejilla en una pose descaradamente teatral.
-A cambio, quiero darte dos bofetadas -dijo Xiomara.
-No.
Veyra dejó caer el diamante sobre la mesita.
La piedra aterrizó con un ruido más pesado de lo que parecía posible. Un sonido sólido, definitivo. Rodó una vez y se detuvo contra la copa de champán.
Xiomara la abofeteó.
El golpe fue rápido y brutal. La cabeza de Veyra se ladeó y la mejilla comenzó a arderle. Las azafatas acudieron de nuevo, tres esta vez, hablando todas a la vez.
Xiomara ya se había vuelto hacia el diamante con la mano extendida.
Veyra le devolvió la bofetada.
No lo pensó. Simplemente actuó.
Su palma impactó contra la misma mejilla de antes con un chasquido limpio y seco. La cabeza de Xiomara giró hacia el otro lado y el cabello se le balanceó sobre el rostro.
Esta vez no chilló.
Permaneció muy quieta, con las dos mejillas enrojecidas.
El resto del vuelo transcurrió sumido en una bruma. Veyra no recordaba el aterrizaje, solo las ruedas golpeando la pista. Recordaba haberse levantado en el pasillo con el bolso en la mano y haber avanzado mientras su mente permanecía en otra parte.
Aún intentaba asimilar la textura exacta de la humillación. Cómo se instalaba bajo la piel. Cómo podía hacerte sentir atrapada en el cuerpo de otra persona.
Entró en la sala de llegadas.
Y entonces los vio.
Xiomara había corrido hacia Caspian. Había compuesto el rostro en una expresión pequeña y herida, y se apretaba una mano contra la mejilla mientras se inclinaba hacia él como si necesitara que la sostuviera.
Los brazos de Caspian la rodearon con una rapidez y una ternura que Veyra reconoció.
Hacía muchísimo tiempo que no las recibía ella.
Él estaba asustado. Se notaba en la forma en que las manos le recorrían la espalda a Xiomara y en cómo inclinaba la cabeza hacia la suya.
Parecía mucho más alterado por el dolor de Xiomara que la noche en que Veyra había perdido a su hijo. Entonces se había mostrado sereno y dueño de sí mismo. La había abrazado mientras le aseguraba que todo saldría bien.
Ahora no conservaba la calma.
Estaba a mitad de una frase, prometiendo encargarse de quienquiera que le hubiera hecho aquello. Su voz sonaba dura y protectora: la voz de un hombre dispuesto a reducirlo todo a cenizas por la mujer que sostenía entre sus brazos.
Veyra dio un paso al frente.
-Hola, señor Thorne.
La mano de Caspian se apartó de la cintura de Xiomara como si acabara de quemarse.
Se volvió hacia Veyra.
Por su rostro cruzó algo que ella jamás había visto: un segundo entero de absoluto vacío, como si su mente hubiera dejado de funcionar.
Después volvió a colocarse la máscara.
La sonrisa. La desenvoltura. El hombre capaz de librarse de cualquier situación a fuerza de palabras.
-Veyra.
Pronunció su nombre como si lo estuviera poniendo a prueba, inseguro de que aún pudiera servirle.
-Cariño, ¿qué haces aquí?
Ella no respondió. Sacó el teléfono.
Xiomara continuaba pegada a Caspian, con la mano en la mejilla y los ojos muy abiertos. Miró a Veyra, después a él y de nuevo a Veyra. Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
La comprensión fue abriéndose paso en su rostro.
La esposa.
La mujer del avión.
La desconocida que la había abofeteado.
La mano se le desprendió de la mejilla.
-Oh -murmuró con un hilo de voz-. Oh...
Veyra levantó el teléfono y pulsó el botón de reproducción.
La voz alegre y orgullosa de Xiomara inundó la sala de llegadas.
Hablaba de la madre de Veyra, del dinero, del aborto espontáneo y del bolso de Chanel. Cada revelación resonó entre los tres.
Los pasajeros comenzaron a volverse. Una mujer con una maleta dejó de caminar. Un hombre vestido con traje se detuvo a mitad de un paso.
El rostro de Caspian adquirió un tono ceniciento. Alzó las manos como si pretendiera arrebatarle el teléfono, pero se contuvo y se quedó con los brazos suspendidos y la boca abierta.
Xiomara dejó escapar un sonido ahogado y se aferró al brazo de Caspian.
-Caspian, yo no sabía que ella era...
Él se soltó de su agarre.
La grabación continuó.
La voz de Xiomara declaró:
-Estaba furioso. Tanto alboroto para nada.
Veyra dejó que siguiera sonando. El tiempo suficiente para que Caspian oyera cada palabra. Para que Xiomara tuviera que escucharse a sí misma. Para que quienes los rodeaban comprendieran qué clase de hombre era Caspian Thorne.
Después guardó el teléfono.
Él consiguió recuperar la voz.
-Veyra, escúchame. No importa lo que hayas oído, las cosas no son como crees. Ella exagera. Se inventa historias. Ya sabes cómo son las mujeres como ella.
Veyra lo observó en silencio.
-¿Y cómo son las mujeres como ella, Caspian?
Él parpadeó.
-No quería decir...
-Querías decir exactamente lo que has dicho. -La tranquilidad de su propia voz la sorprendió-. Le has contado que soy aburrida en la cama. ¿Eso también se lo inventó?
La culpa, el miedo y el cálculo se disputaron la expresión de Caspian.
-Veyra...
-No. -Ella levantó una mano-. No pronuncies mi nombre de esa manera. No finjas.
Xiomara lloraba ahora. Veyra no sabía si sus lágrimas eran sinceras y tampoco le importaba.
Decía que lo sentía, que no sabía quién era ella, que Caspian le había asegurado que su matrimonio ya había terminado.
Veyra dejó de escucharla.
Observaba a Caspian. La forma en que miraba a Xiomara mientras lloraba. El movimiento instintivo de su mano hacia ella antes de recordar que su esposa estaba presente.
Pensó en la noche en que perdió al bebé. En cómo él la había sostenido y había mantenido una voz serena y mesurada. Le dijo que todo saldría bien, que volverían a intentarlo.
Él había sido quien permaneció estable y fuerte, quien conservó la compostura mientras ella se desmoronaba.
Ahora comprendía que no había sido fortaleza.
Había sido alivio.
Veyra se dio la vuelta y se alejó.
No corrió. No miró atrás. Caminó como lo hacen las mujeres cuando se ha terminado todo.
Sus tacones resonaron sobre el suelo pulido. A sus espaldas, Caspian volvió a gritar su nombre, esta vez con más fuerza. Después oyó elevarse la voz de Xiomara.
Luego nada.
Ella siguió caminando.
---
Encontró un bar.
No recordaba haberlo elegido. Se limitó a andar hasta que vio las luces y entró.
Estaba dentro de un hotel, quizá cerca del aeropuerto. Tenía sofás de cuero, música tenue y un camarero que ni siquiera alzó la vista al verla llegar.
Pidió una copa.
Después, otra.
Sentada a solas, no dejaba de recordar las palabras de Xiomara. El dinero. Su madre. El anillo.
Pero había algo más. Algo que aquella mujer había mencionado en el avión como si careciera de importancia: que Caspian la encontraba aburrida, que ya no se esforzaba, que no era una mujer de verdad.
En las ocasiones en que se permitía preguntarse por qué él había dejado de tocarla, Veyra pensaba que quizá era culpa suya.
Tal vez había cambiado. Quizá el dolor de perder al bebé la había convertido en otra persona. Quizá ya no era lo bastante excitante, ni lo bastante joven.
Ni lo bastante nada.
Pero ella no había sido el problema.
Terminó la copa y pidió otra.
Veyra no solía actuar por impulso. Era una mujer que calculaba, ahorraba y esperaba.
Sin embargo, se había cansado de esperar.
Miró hacia el otro extremo del bar.
Allí había un hombre.
Y él la estaba observando.
No se parecía a Caspian. Caspian era guapo de una manera segura y predecible, la clase de atractivo que se conseguía con un aspecto cuidado y cortes de pelo caros.
Aquel desconocido era distinto.
Alto, de hombros anchos, cabello oscuro y mandíbula firme. Vestía un traje hecho a medida, pero lo llevaba como si no le concediera ninguna importancia. Las mangas estaban remangadas y la corbata, floja. Sostenía un vaso de licor ámbar y la contemplaba como si fuera la única persona en el local.
Veyra apartó la vista.
Después volvió a mirarlo.
Él no había dejado de observarla.
Tomó una decisión.
Se levantó, recogió su copa y cruzó el bar. Las piernas la sostuvieron con firmeza y las manos ya no le temblaban.
Se detuvo junto a su mesa.
-¿Está ocupado este asiento?
Los labios de él se curvaron en una lenta sonrisa, como si no estuviera acostumbrado a sonreír, pero hubiera decidido hacer una excepción.
-Ahora sí.
Veyra se sentó frente a él. El reservado de cuero estaba tibio y la mesa que los separaba era tan pequeña que podía distinguir el color de sus ojos.
Grises.
Casi plateados bajo la luz tenue.
Él no le preguntó su nombre.
Ella tampoco se lo dio.
-¿Qué te trae por aquí? -preguntó él con voz grave y un matiz áspero.
-Un mal día.
-¿Tan malo como para beber sola en el bar de un hotel?
-Tan malo como para beber con un desconocido.
Él rio por lo bajo.
-Soy Dorian.
Veyra esperó a que le preguntara su nombre.
No lo hizo.
-¿Y tú? -preguntó ella-. ¿También has tenido un mal día?
-No. -Dorian hizo girar el licor en el vaso-. En realidad, ha sido un buen día. Pero acaba de mejorar.
Debería haber puesto los ojos en blanco. Debería haber respondido con algún comentario mordaz.
En cambio, sintió que algo que llevaba demasiado tiempo oprimiéndola comenzaba a aflojarse.
Hablaron en voz baja, inclinados el uno hacia el otro. De fondo sonaba una pieza de jazz que ella no reconoció. Él le preguntó de dónde era y Veyra respondió que de un lugar frío. Quiso saber si lo echaba de menos.
-Echo de menos a la persona que era cuando vivía allí.
Dorian no insistió. Se limitó a asentir como si lo comprendiera.
Le contó que estaba en la ciudad por una reunión de negocios. Ella no pidió detalles. Tenía un sentido del humor seco que la tomó por sorpresa y consiguió hacerla reír dos veces.
Cuando se inclinó para oírla mejor por encima de la música, Veyra percibió su aroma. Cedro, calidez y piel limpia.
Se descubrió mirando sus labios mientras hablaba.
Ella lo besó primero.
Se inclinó sobre la mesa y unió la boca a la suya. No fue un beso vacilante. Ya no quería vacilar.
Dorian le sostuvo la mandíbula con una mano y le rozó el pómulo con el pulgar. Le devolvió el beso como si hubiera estado aguardándolo.
Como si la hubiera deseado.
Cuando Veyra se apartó, la mirada del hombre había adquirido una intensidad distinta.
-Mi habitación está arriba -dijo él.
Ella asintió.
---
Lo que ocurrió después no se pareció a nada que Veyra hubiera vivido.
Dorian no la trató como si fuera una costumbre. Demostró una paciencia devastadora. Cada caricia fue deliberada y lenta. La besó como si dispusiera de toda la noche y no pensara desperdiciar un solo minuto.
La condujo hasta su habitación y cerró la puerta.
Era una habitación cara. Veyra lo notó sin proponérselo.
Dorian la hizo girar en la penumbra y le bajó la cremallera del vestido. Sus dedos eran firmes y sus manos desprendían calor contra los hombros de ella. Cuando apoyó los labios en su nuca, Veyra cerró los ojos.
-Estás temblando -murmuró contra su piel.
Ella no respondió.
Él la volvió hacia sí y la contempló en silencio. No como si la evaluara, sino como si la viera de verdad.
Le acarició el rostro. La mandíbula. La garganta.
Su mano descendió despacio.
-Dime qué quieres.
Veyra no recordaba la última vez que alguien le había hecho aquella pregunta.
-Quiero sentir algo -confesó-. Lo que sea. Solo hazme sentir algo.
La expresión de Dorian se suavizó.
Volvió a besarla, esta vez más despacio, mientras sus manos descendían por sus costados. La levantó sin esfuerzo. Veyra le rodeó la cintura con las piernas y él la llevó hasta la cama.
Fue tierno de una manera casi insoportable.
Se tomó su tiempo. La tocó como si quisiera aprenderse cada parte de ella. Susurró contra su piel palabras que Veyra recordaría más tarde, cuando volviera a estar sola.
Sus manos la recorrieron por completo. Despertó sensaciones que ella creía olvidadas. La hizo esperar. La hizo pedir.
Cuando por fin se abandonó, cuando dejó de pensar y se limitó a sentir, Veyra comprendió algo.
Ella no era el problema.
Nunca lo había sido.
---
Veyra permaneció despierta después.
Dorian descansaba a su lado, respirando lenta y regularmente. La habitación estaba a oscuras y las sábanas frescas le rozaban la piel.
Lo escuchó respirar durante mucho tiempo.
Pensó en quedarse. En cómo sería seguir allí cuando él despertara. Dejar que le preparara café. Permitir que le preguntara su nombre.
Solo sabía una cosa: había pasado tres años entregándoselo todo a un hombre que no le daba nada a cambio.
Y aquello había terminado.
Salió de la cama en silencio. Encontró el vestido en el suelo y se lo puso a oscuras. Después recogió los zapatos y el bolso.
Se movió con el sigilo que aprenden las mujeres cuando necesitan marcharse sin ser vistas.
Dorian se agitó en sueños.
Veyra se quedó quieta.
Él no despertó.
Lo contempló una última vez: la anchura de sus hombros en la oscuridad, la línea de la mandíbula, el cabello caído sobre la frente.
Después abrió la puerta y se marchó.