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La mirada de mi bailarina

La mirada de mi bailarina

Autor: : J Mar W
Género: Romance
"Comenzó a escuchar melodías que llegaban a su ventana desde el viejo edificio vecino. Ese fue el preámbulo de su historia" La vida de Santiago está en orden; va a la universidad y se esfuerza por sobresalir académicamente; es un chico tranquilo, sagaz y con un fuerte sentido de la amistad. Nunca le fue bien en las relaciones amorosas porque no las tomaba como prioridad. Eso cambia cuando, fruto de una potente curiosidad, llega hasta un edificio abandonado donde conoce a la bailarina. Tras relacionarse conectan de mil formas, pero no todo es color de rosa. Ella no estaba ahí por gusto. Sus traumas de la infancia y un padre estricto le han cortado las alas. Y aunque quiera salir del agujero, será más difícil de lo que se imagina. ¿Será esa conexión suficiente para surgir juntos?

Capítulo 1 Prólogo.

Después del intercambio de insultos y maldiciones entre la mujer y el hombre, la niña despierta con el rostro bañado en sudor. Todo fue un sueño. No. Ha sido un recuerdo; el más cruel recuerdo de sus padres atacándose con palabras, hiriéndose a más no poder. Él para demostrar lo cansado que está de tanto trabajar; ella, para hacerle entender que lo necesita, que está cansada de compartir la misma cama y sentirse sola. Ésas eran las discusiones más comunes en ellos.

La niña no podía entenderlo, no sabía el porqué de las peleas nocturnas, no sabía que papá ya no demostraba interés por mamá, y no sabe que eso a ella la impulsó al adulterio. La pequeña no sabe que aquel reguero de sangre en el baño y dentro del retrete no fue un accidente. No sabe la gran necesidad fisiológica que pueden llegar a tener las personas. Y no sabe que su padre sabe todo lo que sucedió. Nadie lo sabe. La más cercana es su tía, y, ella no pregunta, sólo actúa. Es lo único que se necesita, según su padre.

La niña aparta el edredón que la protege del frío mas no de los malos recuerdos. Coloca su par de pies lastimados y envueltos en calcetines blancos en el suelo helado y camina hasta el baño -su tía se va a molestar pero a ella le da igual-, el pomo de la puerta está tan helado como el suelo. En realidad, todo en esa casa está frío; comenzando por el corazón de su padre.

Su reflejo es borroso en el espejo. La niña toma un pedazo de papel y frota el cristal; su imagen ahora es clara y puede ver los bultos en su pecho. Después de todo, el tiempo no se detiene. Ella está creciendo y le gustaría tener a su mamá allí para escuchar buenos consejos de cómo sobrellevar su cara salpicada de acné o el vello que comienza a salir en algunas zonas de su cuerpo o la situación que tuvo hace una semana en el colegio justo cuando comenzaba el recreo, sí, la menarquia. Desde luego su tía está ahí, pero para ella no es muy significante, casi podría representar el servicio doméstico, pues se encarga de mantener la casa limpia y en orden. A veces -todo el tiempo- trata de hablarle, pero su sobrina es reacia y hermética desde que le privaron de sus clases de ballet.

Sigue observando su cuerpo, sus caderas se están ensanchando, tanto que los pantalones le quedan demasiado ajustados. Demasiado ajustados para una niña de once. Su tía prometió pedirle dinero a su padre para comprar pantalones más grandes, pero con lo rápido que se desarrolla su sobrina, va a tener que pedir más y comprar unos sujetadores para los pechos de la niña que pronto comenzarán a picar y doler violentamente.

«¿Las demás niñas también se miran?» Se pregunta sintiéndose un poco extraña por la sensación de observarse a sí misma. Ella es inocente e ignora que en el futuro será más rebelde de lo que es ahora -la falta de amor es su motivación-, por supuesto no sabe que antes de los diecisiete años de edad entregará su castidad por pura rebeldía, e ignora las miles de posibilidades que le ofrecerá el universo.

Baja la mirada hasta sus pies. Dentro de esos calcetines hay unos pies lastimados por repentinas prácticas de ballet en los pasillos del colegio, por los pasillos de su enorme casa, en los baños para niñas, en su propia habitación cuando sabe que todos están bien dormidos y ella no puede dormir sin revivir la sangre en el baño o una de las catastróficas discusiones entre sus progenitores. Deja de ver sus pies «¿Por qué papá tuvo que cortarme las clases de ballet? ¿Es que le recuerdan a mamá?». Enfoca la vista en su rostro, específicamente en sus ojos, sus extraños ojos bicolores «Heterochromia» Ha dicho la enfermera del colegio «Error en tu ADN» Espetó su padre con su típico aire de sabelotodo; lo que la hace creer que ella es un error. Sin madre, con un padre opresivo y cuidada por su tía que bien podría ser su hermana mayor; no se le permite bailar como quiere, como artista. Y eso la está llenando de rabia e impotencia a una edad muy temprana. Es demasiado temprano para experimentar esas emociones tan fuertes.

La pequeña puberta sólo espera que algún día todo mejore, sólo espera la independencia como muchos de nosotros esperábamos crecer y ser adultos. Y aunque para muchos no fue lo que esperábamos y deseamos regresar a nuestra niñez para ella será diferente, para ella crecer será una ventaja a pesar de que primero tendrá que experimentar más dolor para luego liberar.

***

Heterochromia: Es una anomalía de los ojos en la que los iris son de diferente color; también puede llegar a afectar a la piel o el cabello, pero el caso más común es en los ojos, total o parcialmente.

Capítulo 2 La melodía.

"Buenos regalos se encuentran en lugares oscuros"

***

Ese día fue para Santiago en extremo caluroso. La ventilación no estaba refrescando su cuerpo. De hecho, el termostato estaba averiado por lo que tuvieron que desconectarlo. El muchacho estaba solo en el apartamento, reprochándole mentalmente a su madre el hecho de no haberlo escuchado cuando propuso comprar un par de ventiladores portátiles antes de mudarse de piso. Por supuesto, Karen no le prestó atención, y por eso el chico estaba pasando el día sintiendo cómo las gotas de sudor se evaporaban al salir de sus poros.

Cuando vivían en el primer piso de ese edificio era más sencillo todo; salir sin esperar el ascensor, buscar cualquier ayuda en el recibidor que por ende quedaba mucho más cerca. En fin, todo parecía mejor desde la menor altura posible, y en ese momento nadie podía hacer cambiar de parecer al pobre muchacho sofocado que trataba de estudiar para una prueba.

Lloriqueó para sus adentros nuevamente. Karen se había dado a la fuga luego de almorzar y después de llamar al condominio para solucionar el problema. Estaba metida en quién sabía dónde y su hijo solo quería ahorcar al de mantenimiento por tardarse todo el día en llegar. Estaba realmente frustrado porque debía estudiar, sin saber que, esa tarde estaría en la víspera de conocer a una persona particular.

Con la temperatura nublando sus sentidos llamó a su prima en busca de socorro. Después de agradecerle que se ofreciera a prestarle un ventilador le colgó con las manos sudorosas. ¿Cómo podía haber tanto calor si tenía las ventanas abiertas? Sabía que Lottie tardaría casi media hora en cumplir aun cuando vivía cruzando el pasillo, de seguro primero se cambiaría los monos por un pantalón y se empolvaría la nariz llena de pecas. Hubiera ido él mismo a buscar lo que tanto necesitaba de no ser porque Melissa era una mujer necia y maliciosa, y no podía evitar cruzar unas palabras que se convertirían en una discusión. Lo mejor era esperar a su prima quien entendía perfectamente la situación, pues conocía a la perfección a su madre.

La media hora que transcurrió esperando a la chica se la pasó caminando de una ventana a la otra y luego al sofá, tumbado y abanicándose con el manojo de papeles que traía en manos. Impacientado tomó una silla y la colocó en la ventana ubicada cerca de la cocina para sentarse e intentar leer allí. Pensó en llamar a su ansiada visitante, decirle a gritos que no había más de veinte metros de distancia entre sus lugares, pero decidió no ser grosero con la parienta que más apreciaba, después de su madre. Observó con detenimiento las ventanas pequeñas y obscurecidas que yacían en la pared del edificio contiguo. Estaban tan cerca que con dos escobas unidas podía tocar los cristales.

Los toques rústicos de la puerta se escucharon a la par de una brisa entrando por la ventana que acarició el rostro del muchacho como si Dios respondiera las plegarias de un niño. Con algo de prisa dejó las hojas en la mesa y abrió la puerta encontrándose con una chica que no parecía encajar, en aspecto, con el resto de su familia. Era pelirroja y nerviosa, pecosa, estatura baja y de caderas prominentes. La abrazó.

-Ay, se me olvidaba que se habían mudado y bajé al primer piso para llevártelo -explicó su contemporánea entregándole en manos el ventilador.

-Inteligente -le reprochó en burla.

-Ahora dime ¿Por qué no te fuiste a estudiar con el baboso de Eliot? -no supo porqué notó un tono pícaro en esa pregunta.

-Dos cosas: estoy esperando al tipo que debe reparar el termostato, y... ¿Te parece bien estudiar en una casa con muchas personas hablando a gritos cada cinco minutos? -sopesó una idea-. O, si quieres lo llamo -esbozo una sonrisa-, vendrá corriendo.

-Ni se te ocurra, Santiago. Te mato -arrugó la nariz y se recogió el cabello en una coleta alta.

-Del amor al odio... -se permitió reír sin chiste.

-Del amor al odio, nada. No me gustó a los trece y no me gusta a los diecinueve -giró sobre sus talones y se encaminó hacia la puerta.- De nada -musitó antes de cerrar la puerta.

«Gracias» respondió Santiago sin ser escuchado. Se encogió de hombros, colocó el ventilador junto a la silla y volvió a sentarse frente a la ventana. Había olvidado tomar las hojas de la mesa, así que fue por ellas y volvió a su lugar. Con los ojos pegados a las palabras impresas del papel se dejó escuchar un ruido que provenía de afuera y no eran bocinas ni el típico alboroto de la calle. Reclinó la silla y dejo los pies en el marco de la ventana. El ruido de antes se intensificó y dejó de parecer un sonido ordinario, sino música. ¿Instrumental? Sabría Dios, él no. El muchacho sabía sobre la vida de las células, pero de música, nada. La música continuó y pareció repetirse toda la tarde a medida que la temperatura bajaba.

Unas horas, después de que haber cesado la música, Karen hizo su aparición en casa. Habló sobre una nueva amiga haciendo perder a su hijo entre tazas de té y el hermano de la nueva amiga que parecía ser agradable, no tanto como la mujer que hacía unas galletas riquísimas que no le gustaban mucho a su sobrina, la cual no estaba en casa, pero se mantenía presente gracias a su tía que la recordaba en cada objeto, comida o situación.

Tres días después el técnico ya había arreglado el termostato, lo que condujo a Karen a visitar a su nueva amiga con concurrencia. Santiago no tenía muchas opciones, esos tres días de calor los digirió con las ventanas abiertas y el ventilador en máxima potencia mientras estudiaba y escuchaba esa musiquilla, que se hacía presente todas las tardes con tonadas variadas. Se había acostumbrado a la música así que todas las tardes terminaba por abrir la ventana para escucharla, a pesar de las quejas de su mamá sobre que se descontrolaba la temperatura sin prestar atención a la razón por la que su hijo había adquirido la manía de sentarse en la ventana a leer por las tardes.

Una semana había pasado. Ese día Eliot estaba de visita y se encontraba junto a su amigo del alma hablando sobre todo y nada. Para la hora en que Santiago se acercaba a escuchar la música su madre ya se estaba alistando para visitar a su amiga.

_Bueno, -llamó la atención de ambos después de ver la pantalla de su móvil- voy a salir.

-¿A dónde vas, Karen?

-Iré a visitar a la vecina Claudia. Su sobrina está enferma y le llevaré una aspirina -aspiró con muermo-. No hagan nada estúpido.

San le habló a su mejor amigo sobre la música que escuchaba en las tardes sentado en la ventana, y aunque no se había hecho presente Eliot ya estaba haciendo hipótesis sobre su procedencia. En algún momento quedó absorto en sus pensamientos. Se recogió con una liga su cabello casi afro y se dispuso a salir.

-¿A dónde vas tú?

Estaba tan ensimismado que no había dicho nada, siquiera despedirse.

-Tengo una entrevista de trabajo, Mero -Mero, el apodo que le decía a veces. Antes de irse le dijo otra de sus ridículas hipótesis sobre la procedencia de la música.

Karen llegó justo a la hora de la cena, de por sí ya preparada por su hijo. Olía a té de manzanilla y tenía el rostro resplandeciente. Se sentó en la isla de la cocina a esperar que Santiago le sirviera su plato.

-¿Y... cómo sigue la niña? -inquirió ya sentado frente a ella, metiéndose un trozo de comida a la boca.

-Pues, aparte de una gran jaqueca también estaba ardiendo en fiebre -troceó el pollo con el cubierto-. Ah, no es una niña. Tal vez tenga tu edad -aclaró en un tono que no supo como interpretar ¿Era una sugerencia?

No tenía importancia. No necesitaba una novia. No tenía una, pero ¿la necesitaba? No. La mayoría de las veces solían ser obsesivas, tóxicas... Como Samantha, la última. Sacudió la cabeza para evitar el recuerdo de una loca.

-¿Tú qué?

-Nada...

***

Al día siguiente había tenido una jornada universitaria tranquila. Salió más temprano de lo habitual gracias a que dos profesores no asistieron y una tuvo un accidente menstrual. Gracias a eso se sentía con mucha energía aún. Como de costumbre, ya estaba en la ventana escuchando la música, que ese día no había faltado, y más aun se sentía frenética. La curiosidad comenzó a picarle y entre más permanecía observando las ventanas, más se preguntaba lo que habría tras ella. Una frase de Eliot rondó por su cabeza «¿Y si son los Reyes de Tampa que están practicando sus pasos de baile en ese edificio?» Su amigo podía ser tan infantil que se le ocurrían las ideas más estúpidas.

Sin debatirlo con su conciencia, había salido anhelando encontrar la procedencia de la música. No supuso lo que encontraría, cosa que era muy rara en él, puesto que pensaba y calculaba mucho antes de actuar. Empero, las melodías tardeñas lo tenían en una especie de trance.

Frente a la entrada frontal del edificio vecino al suyo se encontró con las puertas clausuradas. Se sintió decepcionado y un poco estupefacto, no esperaba eso. A decir verdad, después de meditar unos segundos más, se comenzó a sentir tarado porque siempre pasaba frente a aquel edificio de ida y regreso de la universidad, y en algún momento debió verlo. Se rascó la nuca, manía que había copiado en los años que tuvo una imagen paterna... Y de eso hacía bastante tiempo. Un hombre canoso que paseaba a su perro, o viceversa, a una distancia corta lo observó con los ojos cansados. Santiago, que no se quería quedar con las dudas, decidió hacer algo sensato y preguntar por si el abuelo sabía algo. Calum, que era el nombre del señor, le explicó lo poco que sabía de la construcción. Simplemente no estaba finalizada, ya que los dueños habían abandonado años atrás cuando solo faltaba el treinta por ciento de esta.

-Mi esposa se apellida Cámara de seguridad -rió por lo bajo. Y San se hubiera reído con más entusiasmo de no ser por la curiosidad que terminó por embargarlo más aún.

Sin despedirse, el muchacho comenzó a caminar hacia el callejón que separaba su edificio de este, buscando alguna puerta más. Al ver una entrada su mente gritó un «¡Bingo!» No estaba cerrada, al menos no con seguro. Empujó la puerta y escuchó cómo rechinó junto con el sonido de un ladrillo arrastrándose, de hecho, el ladrillo atrancaba la puerta desde adentro, lo que confirmaba que alguien estaba allí.

¿Que si era entrometido? Sí. La música se escuchó más clara que su campo de visión. No había luces y los pequeños vitrales verticales tenían tanto polvo que no transmitieron más que una débil luz. Comenzó a subir las escaleras, y a medida que más subía iba aumentando la velocidad. La melodía ascendía y las escaleras se hacían infinitas... En todos los pisos daba un rápido vistazo buscando el... Ni siquiera sabía qué buscaba, pero allí estaba.

Quinto piso ya. Lo primero que notó fue la intensidad de la música y una puerta abierta. Se acercó con cautela a pesar de su anterior prisa. Al llegar al umbral de la puerta no hizo nada, se quedó estático, protegido por la obscuridad que ofrecía la construcción. Su mente se quedó en blanco y esperó estar alucinando. No, no eran los Tampa. No era ninguna de las hipótesis de su loco amigo. Era algo mucho más alucinado que parecía sacado de un libro escrito por Lewis Carroll.

Un escenario abandonado, luz tenue, alguna iridiscencia y una hermosa criatura. Una chica en medio de aquel salón, la imagen más lúgubre y preciosa que sus ojos hubieran visto antes.

***

Capítulo 3 ¿Quién eres

"El que escucha música siente que su soledad, de repente, se puebla" -(1812-1889) Poeta inglés.

***

Era un hecho, nunca había visto algo igual, al menos no en la vida real. No estaba alucinando, aunque bien podría, ¿un lugar viejo y abandonado? ¿en serio? ¿una chica bailando en medio de un salón entre sombras y escasas luminiscencias? Santiago, que aún estaba en la puerta se apoyó del marco de esta, tenía la boca seca y la mente en blanco aun cuando repasaba lentamente las cualidades de aquel espécimen femenino. La danza la envolvía, trazaba pasos delirantes irradiando melancolía en el salón, ese que sería su único escenario.

La falda de chifón, que le cubría poco más arriba de las rodillas, se agitaba a la par con sus movimientos clásicos influenciados por la danza moderna. Presenciar la efervescencia de esa chica era una maravilla; hasta el momento nadie la había visto, salvo su madre en épocas tan lejanas que se hacían borrosas en su mente. Y ahí estaba, bailando como si con eso lograra desprenderse de las emociones radicales que no podía exteriorizar frente a los demás, bailando para desprenderse del mundo que la subyugaba. ¿Y qué podría hacer? ¿Rebelarse? Eso no había salido nada bien la ultima vez ni ninguna de las veces.

«Eres una subordinada. Haces lo que se te dice sin chistar»

Sintió una presión en el vientre al pensar en esas crueles palabras dichas hace días, pero tan frescas en su memoria que podía saborear la bilis que le había producido escucharlas. Agitó su largo cabello al recordar la respuesta con la que contraatacó. Si bien no resultaba nada de lo que propusiera, al menos lograba irritar al señor Café con una discusión fuerte sobre cualquier cosa que él considerara estúpida o innecesaria. Un ademán de sonrisa se dibujó en su rostro y desapareció casi instantáneamente al recordar que siempre salía perdiendo en todo tipo de discusiones, razón por la cual también repentinamente enfermaba. Estaba tan sumida en sus fracasos que no recordó el día que ganó "la batalla de las blusas cortas" que era el motivo de que estuviera usando una blusa rosa pálido que dejaba a la vista su ombligo y a veces también el sujetador gracias a algún paso de baile o al viento.

Sintió una mirada sobre ella, pero hizo caso omiso cerrando los ojos. Siguió danzando sin poder despegar los recuerdos y palabras hirientes de su mente. La música no hacía menos que empotrarle más tristeza. Flexionó una pierna dispuesta a hacer un movimiento clásico. Giró y giró sobre su propio eje. Se detuvo suavemente, y sin reparar en el perfecto fouetté que había hecho, se tensó bajo la impotencia que le causó una frase que hizo tanto eco en su mente, que creyó haberla escuchado en el momento «¡Basta! No vas a hacer nada porque no debes y no puedes» No le dolía el hecho de que no debía, no le dolía el hecho de que se lo dijera, lo único que le dolía era que no podía aunque quisiera.

Santiago, que se mantenía estático desde su posición, vislumbró el brillo de dos gruesas lágrimas y también fue participe de como la chica las bateó de un manotazo. En ese momento ella apartó la vista de la infinitud y la fijó en la silueta alta que la observaba desde la puerta.

«¡Ya me vio! ¿Y ahora qué?».

En ese momento se preguntó qué haría una persona normal. La chica se veía muy real como para ser un fantasma.

Ella, paralizada, pestañeaba como queriendo verificar lo que veía. Él, decidido, dio un paso al frente. Al notarlo, la chica retrocedió un paso también. Romero siguió avanzando mientras la chica retrocedía. La luminiscencia le dio en la cara y fue suficiente para que la bailarina dejara de retroceder, creyó haber visto esa cara antes.

-¿Quién eres? -preguntó ella con recelo.

-Soy... -vaciló ante la aspereza de la muchacha-. Mi nombre es Santiago. ¿Y tú?

-¿Santiago? -repitió, caviló en ese nombre que definitivamente se le hacía familiar- ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

-Unos... ¿cuantos minutos? Creo. No lo sé. ¿Qué es lo que bailas?

Se estaba aventurando en terreno desconocido, no sabía lo odiosa que podía ser esa chica. Un pensamiento digno de su mejor amigo se cruzó por su mente «Así se sienten los de esas películas de terror que tanto odio. "El protagonista entra en la habitación. El personaje sigue al fantasma y bla-bla-bla". Aquí estoy en una construcción enorme, abandonada, con una chica sacada de la imaginación de Lewis Carroll. Qué ironía...»

-¿Vives en el edificio de al lado? -evadió presentarse.

-Sí ¿Tú dónde vives?

Al parecer su Yo conversador había despertado.

«¡Acosador!» gritaba su conciencia.

-¿Y qué se supone que haces aquí? -profirió cruzándose de brazos y alzando una ceja.

«Pero que chica tan maleducada, eludió mis preguntas con más preguntas».

Dudó en responder por la rusticidad de la bailarina:

-Emm... yo... escuché la música y bueno... decidí buscar su procedencia. ¿Te estas escondiendo? -lo sabía, estaba siendo entrometido pero ¿qué hacía una muchacha joven, muy joven, en una construcción abandonada y... sola?

-¿Se escucha allá? -su cara reflejaba más preocupación de la que pretendía.

-Bueno... tengo que abrir la ventana todos los días para oír.

-¿Así que oyes esto... -señaló una radio pequeña de pilas- ...todos los días?

-Pues sí. ¿Vas a responder alguna de mis preguntas?

Él también podía ser grosero y brusco.

-No creo que eso sea tu problema.

La bailarina no quiso seguir perdiendo el tiempo en una conversación que no llegaría a ningún lado y comenzó a recoger su mochila color turquesa del suelo, sacó unos zapatos de esta y se cambió las zapatillas para guardarlas. En un movimiento automático desabrochó el botón de la falda.

Santiago por reflejo abrió los ojos con asombro ¿acaso se estaba desnudando?

La chica dejó caer la falda mostrando un short del color de su piel, seguramente stretch para poder utilizarlo mientras bailaba. Tomó la pieza de chifón del piso y la guardó en la mochila que seguidamente se calzó a los hombros.

-No me sigas -ordenó después de apagar la radio y un pequeño ventilador antes de salir con pies ligeros, sin llevársela.

Que no la siguiera, había dicho. No, eso fue una orden y Santiago no desistiría, por el simple hecho de que ella despertaba en él toda la curiosidad del mundo.

-¡Eh!

Caminó rápido para alcanzarla, entrecerró los ojos para enfocar la vista, pero no la vio por ningún lado ¿estaría escondida? ¿O era maga para desaparecer tan rápido? Se dijo a sí mismo que era estúpido y volvió sobre sus pasos porque seguramente estaba ahí. Asomó de nuevo la cabeza en el salón donde la había encontrado... Nada. Dispuesto a irse y ya cuando estaba a una escalera de llegar al primer piso, escuchó el rechinar de las bisagras viejas y faltas de grasa. Corrió arriesgándose a caer y llegó hasta la puerta, haló la perilla y salió con paso desmesurado. Ella ya no estaba.

***

Al llegar al apartamento su madre no estaba. Le había dejado una nota en la mesa ¿por qué no sólo le envió un mensaje? Tal vez quería revivir los tiempos en que su pequeño y ella se dejaban notitas por doquier. Leyó la nota sin mayor interés, pues su mente estaba invadida por una bailarina maleducada, malhumorada y de vestimenta inapropiada. ¿Machista? No, resentido sí.

Se tumbó sobre el sofá y se durmió al instante. Hace rato no corría, su carrera no exigía mucho esfuerzo físico. "Biología" ¿quién lo diría? Ya estaba en el segundo año de universidad y estaba más que orgulloso de ello.

Al despertar no tenía idea de cuánto había dormido, seguramente una hora a juzgar por el color del cielo. De pie, se dirigió a la ventana por la que entraba la música de la cual ya sabía su procedencia, un aparato reproductor. Se preguntó si había comprado el radiecito en una tienda electrónica o en el bazar. Se sintió estúpido al momento por no pensar primero en lo más controversial: «Acabo de conocer a una chica grosera que baila sola en lugar completamente abandonado»

Escuchó la música creyendo que el recuerdo era muy reciente hasta que cesó el sonido y volvió a reproducirse y luego vaciló entre sonatas. Había una sola razón por la que eso estaba pasando y con fe en ella salió disparado. Pulsó el botón del ascensor al compás de su propio pulso ¿por qué tardaba tanto? Cansado de esperar, corrió escaleras abajo. Muchas escaleras. Llegó a la puerta principal del edificio donde el botones lo vio acercarse y frunció el ceño ante la actitud del muchacho que ni siquiera le miró cuando le abrió la puerta.

Él solo podía pensar en reencontrarse con la bailarina e insistirle con cualquier cosa. Tenía que verla otra vez, no cabía duda. No sabía porqué ni siquiera estaba razonando, sus acciones iban contracorriente a su actitud de siempre. ¿Cómo era posible que un simple encuentro con una persona desconocida lo cambiara tan bruscamente?

Y pensar que ella simplemente existía para ella y por ella, a veces ni ganas de existir tenía, mucho menos de coexistir con alguien aunque ya estaba obligada a estarlo. ¿Cómo Santiago podría saber que ella no estaba interesada en nada? Que, a pesar de sus ocasionales estallidos, había comenzado a caminar con desdén sintiéndose pequeña, y a veces también asustada. De igual manera nadie podía quitarle su coraza, o eso creía fielmente.

«¡Joder!» pensó Santiago al dar apenas tres pasos fuera del edificio. Esa noche cierta persona no lo dejaría llegar a su objetivo. Una mujer saliendo de un taxi con el cabello hecho un nido sobre su cabeza lo miró con un afecto inconmensurable, jamás iba a poder comparar ese amor con el de alguien más.

***

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