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La misteriosa esposa que me robó el corazón

La misteriosa esposa que me robó el corazón

Autor: : Wayward Son
Género: Moderno
Dayna había adorado a su esposo, pero le robó la herencia de su difunta madre y la dio otra mujer. Tras tres años de miseria, él la descartó, dejándola hecha pedazos... hasta que Kristopher, el hombre al que una vez traicionó, la rescató de las ruinas. Ahora, él estaba en una silla de ruedas, con una mirada fría como hielo. Ella le propuso un trato: sanaría sus piernas si él la ayudaba a destruir a su ex. Él se rio y aceptó. Mientras su alianza se consolidaba, él descubrió sus otras identidades: doctora, hacker, pianista... y su corazón muerto comenzó a latir de nuevo. Pero el ex de la mujer, arrastrándose como un perro, regresó: "Dayna, ¡eres mi esposa! ¿Cómo te atreves a casarte con otro? ¡Vuelve conmigo!".

Capítulo 1 La mujer que nunca fue elegida

En el puente que se extendía sobre el océano, dos vehículos avanzaban a toda velocidad, uno detrás del otro, desafiando la superficie mojada del asfalto. Estaban envueltos en una persecución frenética digna de una película de acción.

Apretando el volante con toda la fuerza que le quedaba, Dayna Murray intentaba ignorar el dolor punzante en su abdomen. Su pie volvió a hundirse en el acelerador, empujando el motor al límite.

No obstante, al observar por el espejo retrovisor, se percató de que el auto de los secuestradores se aproximaba con alarmante rapidez.

Ellos acortaban la distancia rápidamente. Solo unos instantes más y conseguirían sacarla de la carretera.

Tan solo tres horas antes, ella y Madison Reid habían sido secuestradas. Lograr liberarse había exigido todo lo que Dayna tenía, llevándola más allá de lo que creía posible.

Sin embargo, lo que jamás anticipó fue esa obstinación feroz. Ellos no se rendían: se mantenían justo detrás, decididos a no dejarlas escapar.

Mientras tanto, en el asiento del acompañante, Madison temblaba visiblemente. Su piel estaba tan pálida como una hoja en blanco, y su voz, quebrada por el terror, irrumpió en el silencio. "¡Dayna, si muero aquí, Declan jamás te lo perdonará!".

La aludida apretó el volante con más fuerza y le lanzó una mirada fría. "Cállate".

En ese momento, evaluó mentalmente la distancia y la velocidad, y entonces tomó una decisión inmediata.

"Abre la puerta", ordenó con voz firme. "Vamos a saltar".

Incluso antes de terminar la frase, su mano ya se dirigía al seguro de su puerta.

"¡No puedo!", exclamó la otra con un grito ahogado, el pánico desfigurando su rostro y con la respiración entrecortada. "Tengo miedo. ¡No puedo hacerlo!".

"Entonces quédate y muere", murmuró Dayna entre dientes, con una mirada filosa y decidida.

Unos metros más adelante, el puente se curvaba abruptamente.

"¡Salta ahora!", gritó Dayna.

Sin perder un segundo, soltó el pedal y se arrojó fuera del vehículo en movimiento. Madison, temblando, la siguió inmediatamente después.

La curva apareció de forma tan repentina que los secuestradores no tuvieron tiempo de reaccionar.

Acto seguido, un estruendo ensordecedor retumbó en el aire cuando ambos autos colisionaron violentamente, metal contra metal.

Dayna se estrelló contra el suelo y rodó una y otra vez, hasta que finalmente se detuvo, sin aliento.

El dolor era insoportable, como si todo su cuerpo hubiese sido aplastado por toneladas de peso.

Y justo entonces, se produjo una explosión. Uno de los carros se convirtió en una bola de fuego, y la onda expansiva la arrojó como si fuera una muñeca de trapo.

Tosiendo con dificultad, se llevó la mano al pecho y tragó con fuerza, obligando a la sangre a no subir de nuevo por su garganta.

Fue en ese instante cuando escuchó el rugido bajo de un motor que se acercaba.

Alzó la cabeza con dificultad y una chispa tenue de esperanza apareció en sus ojos exhaustos.

Era Declan Foster, su esposo.

Vestido con un traje negro impecable, corría hacia ellas con una expresión desesperada que ella nunca le había visto antes.

"Declan...", murmuró ella, apoyándose en sus brazos temblorosos, antes de tambalearse hacia él.

No obstante, él ni siquiera volteó a mirarla. Sin titubear, pasó de largo y corrió hacia Madison, envolviéndola en sus brazos.

Los ojos de Dayna se abrieron con incredulidad. Por supuesto. Siempre era ella. Siempre Madison.

Una punzada aguda le atravesó el pecho, y el frío de la desilusión la dejó sin aire.

Declan era su esposo, pero una vez más, sin importar nada, priorizaba a Madison.

Incluso ahora, luego de que ella había sobrevivido por un pelo, él no se preocupó por su estado. Fue directo hacia la otra sin dudarlo.

Mientras sostenía a Madison entre sus brazos, Declan se sentía aliviado por verla con vida, y comenzó a revisarla con esmero.

"Maddie, ¿estás herida?", preguntó con preocupación.

Ella apoyó la cabeza en su hombro y comenzó a llorar suavemente. "Llegaste justo a tiempo. Si no hubieras venido, Dayna me habría matado".

El rostro del hombre se tornó oscuro al dirigirse hacia su esposa. "¿Planeaste todo esto, verdad?". Su tono era duro, impregnado de rabia.

Ella se quedó paralizada. "¡Nos capturaron a las dos! ¡Casi muero intentando salvarla!".

La verdad era que Madison solo había complicado todo. De no haberse visto obligada a protegerla, sus heridas no serían tan graves.

Y ahora, en lugar de mostrar gratitud, ¿la acusaba?

Con lágrimas falsas acumulándose en sus ojos, Madison susurró con malicia: "Esto fue tu plan desde el principio. Uno de los secuestradores me lo confesó todo. Trabajaste con ellos".

La mandíbula de Dayna se tensó mientras la observaba, conmocionada. Siempre supo que la otra carecía de escrúpulos, pero esto superaba cualquier límite imaginable.

Sinceramente, a estas alturas, no le sorprendería descubrir que Madison había orquestado todo el secuestro.

Después de todo, quien recibió los golpes fue ella, no la otra.

Conteniendo la furia, clavó sus ojos en los de Madison, ahora duros como el acero. "Pagarás por cada mentira repugnante que acaba de salir de tu boca".

"¡Dayna!", exclamó Declan, colocándose frente a Madison como si fuera su protector. Su mirada estaba cargada de desprecio absoluto. "¿Cómo puedes ser tan cruel? ¡No puedo creer que me casé contigo! Resolveremos esto cuando regrese".

Y, sin más, le dio la espalda y se alejó, llevándose a Madison con él.

Dayna permaneció inmóvil. Los moretones en su cuerpo no eran nada comparados con la agonía en su pecho.

Sentía como si algo dentro de ella se hubiera roto por completo.

¿Para qué seguir luchando si Declan nunca le creía? No importaba cuánto hiciera o cuánto resistiera; bastaba un llanto o una expresión herida por parte de Madison para que él se pusiera incondicionalmente de su lado.

Sus brazos colgaban rígidos a sus costados mientras observaba cómo Declan levantaba a Madison sin esfuerzo y la llevaba con urgencia hacia el auto.

Ella se apoyó suavemente contra él, aun así, encontró el momento para enviarle a Dayna una mirada cargada de desprecio y superioridad.

Era mediados de junio; sin embargo, Dayna nunca había sentido un escalofrío tan profundo antes.

En ese instante, su mente la arrastró hacia el pasado, hacia esa noche en que Declan sufrió un accidente automovilístico y ella se arriesgó a entrar entre los restos del vehículo para sacarlo con sus propias manos.

Después de conseguirlo, colapsó por el esfuerzo.

Sin embargo, al despertar, la historia ya había sido distorsionada. Madison se había presentado como la heroína. No importó cuántas veces Dayna intentara aclarar los hechos, Declan no escuchó. Para él, fue Madison quien lo había salvado, y Dayna solo era una esposa resentida, hambrienta de atención y dignidad.

Desde el primer momento, Dayna supo que ese matrimonio no era por amor. Se trataba, más bien, de una fría alianza entre dos familias poderosas. Y el afecto de Declan siempre le pertenecía a otra persona.

Durante tres años enteros de convivencia, él jamás le ofreció una pizca de calidez. Ni siquiera la cortesía básica reservada para un cónyuge formaba parte de su comportamiento.

La víspera de su boda, Madison había manipulado la situación para hacer creer que Dayna había sido infiel. En realidad, no había ocurrido absolutamente nada, pero Declan la miró con asco desde ese día.

A partir de ese momento, el universo de Dayna se transformó en un tormento.

Su padre fue acusado repentinamente de consumo de drogas y enviado a rehabilitación. Con nadie más que se hiciera cargo de Grupo Murray, Declan intervino, tomando el control con una eficiencia inquietante.

La madre de Dayna había fallecido años atrás; su corazón estaba roto por la traición del hombre con quien se había casado. La joven creció culpando a su padre, convencida de que había merecido su ruina.

Por eso, cuando Declan ofreció su ayuda para salvar la compañía, ella aceptó, sin cuestionar nada, profundamente agradecida.

Pero la verdad no tardó en salir a la luz. Nada había sido fortuito. Todo estaba calculado.

La caída de su padre había sido cuidadosamente preparada por Declan. No había existido un rescate, sino una toma total. La empresa fue devorada pieza por pieza, como parte de un plan meticuloso.

Y una vez que él se apropió de todo lo que quería, lo único que quedó fue el desprecio. Dejó de regresar a casa. En las escasas ocasiones en que sus caminos se cruzaban, siempre terminaba por aplastarla emocionalmente.

Los recuerdos regresaron, como una tormenta implacable que no podía evitar.

Se tambaleó hacia adelante antes de que sus fuerzas se agotaran por completo. Un hilo de sangre brotó de sus labios, y luego su vista se tornó negra.

Capítulo 2 Señor Hudson, ¿por qué no hacemos un trato

Dentro de una suite privada en el hospital, Dayna permanecía inconsciente, sumida en un sueño profundo mientras los monitores seguían silenciosamente su condición.

Sentado junto a la cama, un hombre en silla de ruedas la observaba. Vestía un traje negro de confección impecable, cuya tela hablaba por sí sola de lujo y dominio.

Tenía veintisiete años, y su rostro parecía haber sido esculpido por manos maestras, con rasgos tan pulidos que desafiaban lo real. Era la clase de presencia que no necesitaba imponerse: el poder fluía de él con naturalidad, exigiendo respeto sin necesidad de palabras.

"Señor Hudson... sobre su salud", comenzó a decir el médico de avanzada edad, aunque su voz titubeó antes de pronunciar las siguientes palabras. "La parálisis continúa extendiéndose. Si no logramos detenerla pronto, la inmovilidad total será irreversible. En este momento, su única opción sería acudir a la Médica Espectro".

Ese hombre era Kristopher Hudson, director ejecutivo de Grupo Hudson y figura central de una de las familias más influyentes de la ciudad.

El apellido Hudson era sinónimo de poder. Su legado estaba tan arraigado como rodeado de misterio, y su influencia se extendía más allá de los negocios.

Kristopher, a ojos de la alta sociedad, no solo era poderoso, sino una figura casi mítica e inalcanzable.

A los seis años, logró irrumpir en los sistemas informáticos de una red criminal internacional, desmantelándola por completo en menos de diez minutos y recuperando miles de millones en fondos robados.

Con tan solo diez, ya era dueño de múltiples patentes nacionales en tecnología energética avanzada, lo que otorgó a Grupo Hudson una ventaja estratégica en el mercado.

Y a los quince, trabajaba codo a codo con su padre, expandiendo el alcance de la empresa familiar hasta convertirla en una potencia global que acaparaba la atención de las élites mundiales.

Pero ahora, ese mismo hombre que antes parecía imparable estaba confinado a una silla de ruedas. Un accidente devastador, tres años atrás, lo había dejado paralizado de la cintura hacia abajo.

Sin embargo, la pérdida de movilidad no era su única preocupación.

Alzó la mirada y su voz sonó tranquila, aunque sus ojos conservaban una dureza fría. "Con mi estado actual... ¿Aún sería posible tener un hijo?".

No había ni vanidad ni arrogancia detrás de esa pregunta. Su abuela, débil y en los últimos momentos de su vida, solo deseaba conocer a su bisnieto antes de partir.

El médico quedó pasmado. "¿Disculpe?".

...

Dayna no sabía cuánto tiempo había permanecido tendida en ese puente. Su mente no podía precisar quién la encontró ni en qué momento llegó la ayuda.

Todo era una maraña de recuerdos confusos, imágenes borrosas que se disolvían en cuanto intentaba alcanzarlas.

Pero entre esa bruma mental, un detalle permanecía con fuerza: un par de ojos.

Eran fríos, impenetrables, desconocidos y a la vez inquietantemente familiares.

Luego, sin aviso, esos ojos se transformaron en el rostro de Declan, distorsionado por la rabia.

"¿Por qué no te mueres de una vez, Dayna?", gritó él en su mente. "Cuando desaparezcas, Maddie y yo por fin podremos ser felices. No sirves para nada. Solo muérete".

¡No!

Si se rendía en ese momento, ellos ganarían.

Todo lo que su madre había construido, los años que sacrificó, terminarían en manos de Declan como si se tratara de un regalo.

Jamás permitiría algo así.

No mientras siguiera con vida.

Su cuerpo reaccionó de golpe, despertando con una fuerte inhalación. Sus ojos se abrieron al techo blanco.

El olor penetrante del desinfectante la golpeó de inmediato. Sintió náuseas y sufrió arcadas secas que apenas pudo contener.

Aun así, algo en ella había cambiado.

Por primera vez en mucho tiempo, se sentía agradecida. Agradecida simplemente por seguir viva.

"¿Ya despertaste?".

La voz era profunda y cargada de una calma inquietante.

Ella se tensó de inmediato, y una sensación fría recorrió su espalda.

Los rasgos del hombre eran sorprendentes, tan claramente definidos que rozaban en lo cruelmente bello. Pero lo que más la perturbó fueron sus ojos. Fríos, serenos, como la superficie inmóvil de un lago oscuro. No había rastro de calidez en ellos, solo una amenaza silenciosa que parecía comprimirle el pecho.

"¿Kristopher Hudson?", preguntó atónita.

¿Qué demonios hacía él ahí?

¿Acaso había regresado? ¿Era real?

"¿Tienes miedo ahora?".

Su mirada era punzante, y aunque su tono no varió, cada palabra cortaba como una navaja. "No parecías asustada cuando decidiste traicionarme por Grupo Foster. Es curioso cómo esa valentía desaparece de pronto".

El aire a su alrededor era sofocante. Dayna sintió como si se hundiera en aguas heladas, sin fuerzas para moverse ni gritar.

Tres años atrás, Grupo Hudson y Grupo Foster protagonizaron una lucha despiadada en el mundo corporativo.

Durante ese conflicto, ella había prometido a Kristopher un proyecto de patente crucial.

Él invirtió millones, dedicó incontables horas y lanzó toda una campaña anticipando su desarrollo.

Pero en el último instante, Dayna le entregó todo a Declan, porque se dejó llevar por sus sentimientos. Declan se lo rogó, y ella no pudo negarse.

Esa decisión arrasó con la inversión de Kristopher.

Ella ofreció disculpas, preparándose para lo peor, pero la represalia nunca llegó. Él simplemente desapareció. Se convenció de que debía estar ocupado, absorbido por otros asuntos.

Sin embargo, ahora, viéndolo tan cerca, tan tangible, una pregunta emergía con fuerza: ¿había esperado tres años para esto? ¿Era venganza lo que buscaba?

No. Si esa hubiera sido su meta, ella no estaría con vida en ese momento.

Respirando lentamente, recuperó algo de compostura. "Fuiste tú quien me salvó".

Kristopher esbozó una risa fría, tocándose la sien con desgano. "No eres del todo tonta. Si no hubiera pasado por ahí justo a tiempo, estarías muerta".

Y tenía razón.

Estuvo a un paso de la muerte.

Dayna apretó los labios con fuerza, mientras una chispa de furia le encendía la mirada.

En ese entonces, había llegado a creer que entregar la herencia de su madre a Declan era un acto de amor puro, una señal irrefutable de confianza. Sin embargo, ahora, esa misma fe ciega le resultaba tóxica. Se le revolvía el estómago al recordar con qué facilidad había cedido todo.

Estaba cansada de haber sido la ingenua.

Había tomado una decisión. Si de verdad quería recuperar su vida, también tendría que reclamar cada cosa que le fue arrebatada.

Una suave tos la sacó de sus pensamientos.

Era Kristopher.

Se giró hacia la fuente del sonido y, en ese instante, lo comprendió todo. Él no estaba de pie. Permanecía sentado en una silla de ruedas.

Lo observó con asombro. "Tus piernas...".

Y entonces, las piezas encajaron en su mente. "Por eso desapareciste... hace tres años...".

La expresión de él se endureció. "¿Entonces qué? ¿Vas a burlarte de mí ahora?".

Ella negó de inmediato con la cabeza. "No. Nunca haría eso".

No obstante, su voz se apagó lentamente mientras lo observaba. Seguía siendo imponente, y un enigma, incluso desde una silla de ruedas.

En toda la ciudad de Arkmery, solo un hombre tenía el poder suficiente para hacerle frente a Grupo Foster, y él estaba justo allí, frente a ella.

Sus pensamientos corrían, analizando cada ángulo posible.

Entonces, con un gesto firme, cerró los puños, levantó la barbilla y dijo con calma: "Señor Hudson, ¿qué te parece si hacemos un trato?".

Capítulo 3 Simplemente casémonos

La habitación del hospital quedó envuelta en un silencio espeso, como si el propio aire se hubiera congelado.

Dayna se mantuvo completamente quieta, conteniendo la respiración mientras aguardaba la reacción de Kristopher.

Sin embargo, no obtuvo una confirmación ni una negativa. Lo que encontró fue una risa cargada de sarcasmo.

La voz del hombre surgió baja, con un filo helado. Al levantar la vista, su sola mirada pareció hacer descender la temperatura de todo el cuarto. "Dayna, ¿qué te hace creer que puedes negociar con alguien como yo?".

Ella no se sobresaltó. Inclinó un poco la cabeza, y mostró una calma impasible

Sus rasgos, de por sí marcados por una belleza natural, estaban ahora suavizados por una sutil fragilidad que la hacía lucir inquietantemente hermosa.

"¿Y si te dijera que tengo una forma de ayudarte a volver a caminar?".

Eso lo tomó por sorpresa.

Durante un breve instante, su expresión se alteró. Sus dedos se aferraron con fuerza al reposabrazos de la silla.

¿Estaba ella completamente loca? O aún peor, ¿esa era su cruel artimaña para brindarle esperanza, que luego destrozaría sin piedad?

¿Qué clase de juego era ese?

La furia hervía bajo la piel de Kristopher, palpitando en sus sienes.

Antes de que pudiera decir algo, ella salió de la cama y se sentó tranquilamente frente a él.

"Comencemos hoy mismo. Si recibes mi tratamiento, te garantizo resultados positivos en tres meses", murmuró con suavidad, mientras alargaba la mano hacia su pierna.

Pero cuando sus dedos estuvieron a punto de rozarlo, el cuerpo de Kristopher actuó por instinto.

Con una velocidad impresionante, él le agarró la muñeca, apretando lo suficiente como para hacerla estremecer.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, pero sin miedo.

El enojo ardía en las venas del hombre, y su fuerza se volvió castigadora. "¿Qué demonios crees que estás haciendo?", le espetó entre dientes apretados, conteniendo a duras penas la tormenta interna que amenazaba con desbordarse.

¿Era compasión? ¿Un truco? ¿Otra mentira más? No iba a permitir ninguna de esas cosas.

Su agarre se volvió aún más feroz, lo suficiente como para que su piel comenzara a marcarse.

Su presencia era abrumadora, y Dayna sintió cómo comenzaba a faltarle el aire.

Sus pestañas temblaron. Su rostro, ya pálido, lucía más vulnerable que nunca, con los ojos ligeramente húmedos, como si estuviera al borde del colapso, aunque seguía resistiendo.

Algo dentro de él se tensó. Con un gruñido, la soltó.

Ella perdió el equilibrio por un momento, pero logró recomponerse sin dudar. Esta vez no vaciló en continuar.

Sus movimientos eran firmes pero delicados. Sus dedos se desplazaban con precisión, aplicando presión en puntos nerviosos clave de su pierna, como alguien que dominaba profundamente la anatomía humana.

Entonces ocurrió lo inesperado.

Una oleada de sensaciones recorrió su pierna: aguda, eléctrica y viva.

Las cejas de Kristopher se arquearon con asombro.

Podía sentir su pierna. No era una ilusión. Era real.

Y todo era gracias a ella.

Dayna lo observó con calma y certeza. "¿Y bien? ¿Qué te parece eso, señor Hudson?".

Kristopher no respondió de inmediato. La miraba como si la viera por primera vez, incapaz de decidir si tenía delante a una farsante, a un milagro... o a ambas cosas a la vez.

Finalmente, su voz salió, controlada, sin emoción aparente. "¿Qué quieres a cambio?".

Los ojos de Dayna se endurecieron, y su respuesta brotó con una rabia contenida durante años. "Quiero que me ayudes a destruir a Grupo Foster. Quiero recuperar todo lo que le robaron a mi madre".

¿Le estaba pidiendo en serio que ayudara a desmantelar los cimientos del Grupo Foster?

Una risa breve, amarga y sin alegría escapó de los labios de Kristopher. "¿Planeas que me enfrente al imperio de tu amado esposo? ¿Eso es lo que tramas? ¿Otro de tus retorcidos juegos? No olvides que ya me traicionaste una vez. Ese proyecto del que te retiraste y que entregaste a Declan me costó decenas de miles de millones. ¿Esa puñalada en la espalda no fue suficiente para ti?".

Dayna bajó la mirada, y sus pestañas se agitaron levemente. No se defendió, porque ninguna excusa podría revertir lo que ya había sucedido.

La verdad era que esa pérdida no debió haber afectado en gran medida a la vasta estructura de Grupo Hudson. Sin embargo, tras la desaparición de Kristopher a raíz de ese colapso, su empresa se retiró de todas las alianzas conjuntas, y comenzó a agrietarse desde dentro.

Fue entonces cuando Grupo Foster aprovechó el caos como una oportunidad dorada. Y emergió de las sombras para convertirse, de un día para otro, en un gigante imparable.

Ella no deseaba revivir el pasado, pues solo reavivaría rencores. Por eso, con una voz serena y una mirada decidida, dijo: "Dame tres meses. Te haré caminar de nuevo. Es lo único que pido".

Kristopher no pestañeó. Su rostro se mantuvo impenetrable.

Dayna apretó los labios con fuerza, conteniendo las ganas de dar un paso atrás. Pero no lo haría. No ahora. "Si no confías en mí, redactemos un contrato. Podemos dejarlo todo por escrito. Y si no cumplo... yo...".

No alcanzó a terminar su frase, porque él la interrumpió bruscamente.

Esta vez, su tono había cambiado. Era frío, pero ahora estaba calculado.

"Podemos cerrar ese trato. Pero hay una condición más. Necesito algo más de ti. Quiero un heredero. Un hijo", dijo con absoluta claridad.

Esas palabras la golpearon como una bofetada. Sus ojos se abrieron, y su cuerpo se tensó de golpe, incapaz de asimilar lo que acababa de escuchar.

¿Un hijo?

¿Acaso estaba insinuando que debía romper con Declan, casarse con él y tener un hijo suyo?

Él captó la vacilación reflejada en sus ojos y lanzó una carcajada seca, cargada de desprecio.

Por supuesto. Todavía estaba emocionalmente atada a Declan. Tan débil, tan predecible.

"¿Ni siquiera puedes aceptar una simple condición? Entonces no tenemos nada más que discutir".

Dicho eso, giró su silla y se dirigió a la puerta.

"¡Espera!", gritó ella.

El pánico le oprimió el pecho. Quiso seguirlo, pero sus piernas flaquearon, demasiado débiles aún para sostener su peso.

Todo a su alrededor se volvió borroso.

Sintió cómo perdía el equilibrio, cayendo hacia un lado sin poder evitarlo.

Pero en el último segundo, Kristopher reaccionó. Se impulsó con fuerza y la atrapó por la cintura justo antes de que su cuerpo golpeara contra el suelo.

En ese momento, la distancia entre ellos desapareció por completo.

El aroma de él la envolvió de inmediato. Era fresco, amaderado, como la fragancia de un bosque de cedros cubierto de nieve. Le resultaba extrañamente reconfortante, casi adictivo.

Y, por alguna razón, sentía que ya lo había percibido antes, aunque no lograba recordar dónde.

Alzando la vista, se encontró con su mirada fría. Esa furia silenciosa le recorrió la espalda como una corriente helada.

"¿Ya terminaste tu teatro?", soltó con brusquedad.

El cuerpo de la joven se estremeció apenas. Pero tras unos segundos de respiración, recobró el control. Se irguió aún entre sus brazos y se apartó. "No, no he terminado. Iba a decir que acepto tu condición. Casémonos".

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