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La monja y el inquisidor

La monja y el inquisidor

Autor: : Rehtsego
Género: Historia
En una abadía oculta entre los acantilados de Cornualles, Eira ha vivido alejada del mundo, sin saber que su sangre encierra un secreto capaz de desatar guerras. Étienne, un inquisidor enviado a eliminarla, se enfrenta al dilema entre su fe y la pasión que lo consume. Entre símbolos prohibidos, conspiraciones y una profecía olvidada, ambos deberán elegir entre el deber... o el amor.

Capítulo 1 Sinopsis

En lo alto de los acantilados de Cornualles, donde el viento gime antiguos lamentos y las piedras de la abadía susurran secretos prohibidos, vive Eira, una joven monja que nunca ha tocado el mundo ni ha sido tocada por él. Fue criada entre rezos, símbolos olvidados y miradas que siempre bajaban ante la suya... pero nadie le ha contado quién es realmente.

Étienne Valois, inquisidor de mirada severa y cuerpo marcado por la penitencia, es enviado por orden directa del Papa, en alianza secreta con el rey de Inglaterra, para sofocar una supuesta herejía que amenaza con despertar los cimientos de ambas coronas. Pero su verdadera misión es una más oscura: encontrar a la hija de una unión prohibida entre el Pontífice anterior y la esposa de su hermano el rey de Inglaterra, sangre maldita había nacido entre los dos cosas que no debió existir... y querían hacerla desaparecer.

Lo que Étienne no esperaba era que aquella niña era mujer, y que su dulzura, su inteligencia y su sensual inocencia encenderían un fuego que ni su fe podrá apagar. Atrapado entre los votos que juró y el deseo que lo consume, comenzará a descubrir los secretos del convento: suicidios silenciados, violaciones encubiertas, símbolos celtas, anglicanos y católicos que hablan de una sociedad antigua dedicada a preservar el equilibrio entre la religión y la política... y una profecía olvidada:

"Cuando el cuervo blanco vuelva a cantar sobre la piedra de los antiguos, la sangre dormida despertará, y la verdad del norte reinará de nuevo."

Mientras Eira se transforma de doncella devota en mujer indomable, Étienne deberá decidir si traiciona a la Iglesia... o a su propio corazón.

Y juntos, entre secretos, traiciones y noches de pasión desbordada, reclamarán un legado que muchos matarían por destruir...

Y otros, por amar.

Capítulo 2 Prólogo

Cornualles, Inglaterra – Año 1800

Noche cerrada, sin luna ni estrellas. Solo el silbido del viento en los árboles milenarios y el crujir de una carreta cubierta por cortinas negras rompían el silencio de la espesura.

La carreta se detuvo ante una reja devorada por hiedras. No había camino visible, solo una vereda empedrada que se perdía entre los árboles y se abría paso entre pequeños ríos ocultos, ruinas antiguas y una cascada que descendía desde lo alto de una colina. A lo lejos, entre la niebla, se alzaba un castillo perdido en el tiempo, resguardado por los altos muros de una abadía construida siglos atrás por un noble celta que soñaba con preservar el equilibrio entre el mundo humano y lo divino.

Bajo una capucha negra, el cardenal Giovanni Aureliano de Borgia caminaba con paso firme. Sus botas mojadas aplastaban el barro del sendero, mientras en sus brazos protegía con fuerza a una criatura dormida: una bebé de cabellos rojizos y piel rosada, envuelta en lino blanco.

Llegó a la gran puerta de hierro. En ella estaban tallados símbolos que fundían cruces, lunas, espirales y runas celtas. Golpeó tres veces. Una pequeña compuerta se abrió.

-¿Quién va? -preguntó una voz femenina, severa.

-El cuervo canta en la piedra. -dijo él.

La puerta crujió al abrirse.

A la luz de los faroles, apareció una mujer joven de gesto firme y mirada penetrante. De cabello oscuro y moño tirante, unos treinta y siente años de edad, de presencia imponente.

-Madre Abadesa Rowena MacKellen -dijo el cardenal-, gracias por recibirme.

-Cuando un Borgia llama, no es por cortesía -replicó la mujer, aunque sus ojos bajaron con suavidad al ver al bebé.

-He traído a esta niña. Su origen debe permanecer oculto para siempre.

-¿Quién es?

El cardenal hizo una pausa.

-Hija del actual Pontífice de Roma, Adrianus IV, nacido como Edward Thorne Ashcombe, segundo hijo del difunto Duque de Pembroke, hermano menor del actual rey de Inglaterra.

Rowena frunció el ceño.

-¿Un inglés en el trono de San Pedro?

-El primer inglés en siglos. Heredero de una línea real, pero renunció a todo por la sotana. Sin embargo, cayó en la tentación. Lady Eleonora di Fiore, noble italiana, esposa de su hermano mayor, quien luego se ha convertido en rey. Edward la ama, se enamoraron antes de tiempo y la tomó... y ella quedó encinta.

-¿Y el rey...?

-Cree que la niña murió en el parto. Fue la condición para permitir que Edward ascendiera en la Iglesia y Eleonora viviera. Pero la verdad es esta pequeña... aún sin nombre. Hija de la sangre del pontífice y de una reina. Nacida de la más peligrosa herejía: el amor.

-¿Y qué esperas de mí Borgia?

-Que la ocultes. Que la críes como una hija de Dios, dentro de estos muros. Que nunca salga, que nunca sepa quién es. Debes educarla como monja. Podéis enseñarle a escribir, enséñale lenguas, las que te sabes y lo más importante a rezar... pero jamás permitáis que lea libros de historia, o de cualquier índole del mundo exterior.

-¿Y qué si preguntan por ella?

-Dices que fue abandonada. Como muchas otras.

La abadesa acarició el rostro de la bebé dormida.

-Su cabello... rojo como el fuego. Ojos verdes... como la tierra húmeda. Lleva la marca de los Thorne y la belleza de los Fiore.

-La profecía dice:

"Cuando el cuervo blanco vuelva a cantar sobre la piedra de los antiguos, la sangre dormida despertará, y la verdad del norte reinará de nuevo."

Rowena se tensó.

-¿Crees que es ella...?

-No creo. Lo sé. Esta niña es la clave del equilibrio entre la Iglesia y la Corona. Si alguien la descubre, será perseguida, silenciada, ejecutada como símbolo de herejía.

-¿Volverás por ella?

-Si vivo, regresaré en diez años. Si muero antes, enviaré a alguien de mi confianza. Hasta entonces... Eira Maclir no debe saber nada.

Rowena tomó a la niña en sus brazos y la sostuvo contra su pecho.

-Será una más entre nuestras hijas. Pero cuando llegue el día... la verdad la encontrará.

-Entonces el cuervo volverá a cantar.

Y con esa frase, el cardenal desapareció entre la niebla. La puerta del convento se cerró tras él con un estruendo sordo.

Así comenzó la historia de Eira.

Un secreto nacido del amor.

Un pecado marcado por la sangre.

Y un destino escrito por una profecía olvidada.

Abadía de St. Caelia Cornualles – Año 1815

El viento soplaba con fuerza entre los riscos y árboles del bosque, como si la tierra susurrara antiguas plegarias a los cielos grises. Las campanas del convento repicaban suavemente, marcando la hora nona, cuando las novicias se reunían a orar.

Un carruaje negro y discreto se acercó lentamente a la abadía, abriéndose paso entre la neblina que aún rondaba los caminos de piedra. El cochero se detuvo frente a la gran reja. El sonido del hierro al abrirse se mezcló con el cantar de los cuervos que rondaban los tejados del antiguo castillo oculto entre los árboles.

Descendió del carruaje un hombre alto, cubierto con una capa de terciopelo negro y bordados dorados apenas visibles. Bajo la capucha, el rostro cansado del cardenal Giovanni Aureliano de Borgia se asomó. Habían pasado quince años desde la última vez que cruzó esos muros.

La Abadesa Rowena MacKellen, con más canas que antaño y el rostro marcado por la experiencia, aguardaba en la entrada del claustro. Al verlo, sus labios se curvaron apenas.

-Sigues igual de puntual, Giovanni.

-Y tú sigues llevando la eternidad en los ojos, Rowena -dijo el cardenal, con voz profunda y suave, al tiempo que se retiraba la capucha.

Caminaron juntos por una puerta secreta hasta la oficina de la abadesa, sin que nadie los viera, es una sala con paredes revestidas de madera oscura, una gran chimenea encendida, y una ventana que daba al patio central donde algunas novicias caminaban en silencio por la mañana y otras reían cuando nadie las veía.

El cardenal se acercó al cristal. Entre los hábitos blancos, una figura destacaba. Una joven de largos cabellos pelirrojos recogidos con cuidado, su andar elegante, los ojos verdes alzados hacia la capilla, mientras leía la Biblia con devoción.

-¿Es ella?

-Sí -respondió la abadesa, con orgullo evidente-. Eira. En un año tomará sus hábitos. Será la monja más joven que haya sido aceptada formalmente en nuestra comunidad.

El cardenal sonrió levemente, sin despegar la vista de la joven.

-Tiene la sonrisa de su madre...

-Y el fuego de su padre en la sangre -dijo Rowena, sentándose con lentitud en su sillón-. Es noble, es pura. Inteligente como pocas, ya sabe todos los idiomas que yo aprendí hasta los treinta. Jamás hemos recibido una sola queja sobre ella. Protege a las niñas huérfanas, consuela a las mujeres rotas, ayuda a sus compañeras novicias con pasión verdadera. Todos aquí la aman.

El cardenal cruzó los brazos, pensativo.

-Es mejor así... Las cosas en Inglaterra no andan bien. La reina ha tenido varios abortos en los últimos años. Solo logró darle una hija al rey, que ha sido enviada lejos del reino. El rey quiere un heredero varón, fuerte, de sangre real. Si una amante logra darle ese hijo, no dudará en desterrar a la reina.

Rowena apretó los labios.

-Esperemos que este nuevo embarazo sea distinto...

-Esperemos que así sea, Rowena. No me gustaría ver sufrir a mi pequeña Eira.

La abadesa alzó una ceja con gesto suspicaz.

-¿Pequeña, dijiste?

El cardenal volvió la mirada hacia ella, sin responder de inmediato. Rowena sostuvo su mirada, y luego, con una sonrisa segura, susurró:

-Sabes bien a qué me refiero, Borgia. Ella es más que una novicia. Lleva sangre real y divina. Pero aquí, en este lugar, ha sido protegida como una hija. He cuidado de ella como si fuese mía. Y lo sabes.

El cardenal asintió, caminando hacia la puerta.

-Entonces nos veremos en unos años más... amiga mía.

Pero cuando su mano tocó el pomo de la puerta, la voz de la abadesa lo detuvo.

-Giovanni... ¿Han entrado más seguidores a nuestra causa?

Él bajó la mirada, sus dedos apretaron el borde de la capa.

-Lamentablemente no. Muchos han muerto por la causa. Y sabes tan bien como yo que no cualquiera puede entrar.

-Esperemos que lleguen pronto -murmuró Rowena con un dejo de esperanza.

Y el cardenal, sin decir más, se retiró.

Cornualles - Año 1817

La pequeña capilla de St. Caelia se llenó con un tenue perfume a incienso y flores blancas. La ceremonia de los hábitos era solemne, silenciosa. Las campanas tocaron doce veces. Las novicias se alinearon, pero solo una vestía una túnica blanca inmaculada: Eira.

Ninguna supo que el hombre que observaba desde el fondo, oculto entre las sombras de los vitrales, era su padre: el Pontífice Adrianus IV. Él no podía revelarse. No podía abrazarla. Solo podía mirar... y llorar en silencio.

Eira tomó los hábitos sin saber que con ello sellaba un pacto antiguo, que su sangre clamaba desde las piedras del pasado.

Y el cuervo, en lo alto del campanario, volvió a cantar.

Capítulo 3 La muerte del pontífice.

Abadía de St. Caelia, Cornualles, Inglaterra - Año 1817

La lluvia golpeaba los vitrales con fuerza, como si el mismo cielo llorase la tragedia que acababa de acontecer. La gran campana de la abadía resonaba en un lúgubre tañido, anunciando la muerte de un alma noble y santa.

En el corazón de la abadía, dentro del oratorio privado, la Abadesa Rowena MacKellen se encontraba de rodillas, con las manos apretadas sobre el regazo y los ojos anegados en llanto. Su rostro, curtido por los años y el deber, se quebraba bajo el peso del dolor.

Un pergamino, aún húmedo por la lluvia, yacía a sus pies. Las letras, escritas con mano temblorosa, confirmaban la noticia:

Su Santidad Adrianus IV había muerto en Roma. Rowena se cubrió el rostro con ambas manos, sus sollozos resonando en las frías paredes de piedra.

Los suaves pasos de Eira rompieron el silencio. La joven, vestida ya con su sencillo hábito blanco, se acercó, confundida y alarmada al ver a la abadesa en ese estado.

-Madre Rowena... ¿Qué sucede? -preguntó con voz dulce, arrodillándose a su lado.

Rowena alzó su rostro, las lágrimas surcando sus mejillas.

-Hija mía... el mundo ha perdido a un gran hombre -susurró, su voz rota-. El Santo Padre... nuestro querido pontífice... ha partido al encuentro del Señor.

Los verdes ojos de Eira se llenaron de pesar.

-¿Ha muerto...? -murmuró, como si la palabra misma doliera y sintió que su corazón se aplastaba de dolor aunque no conocía al pontifice.

Rowena asintió, temblando. Eira, siguiendo un impulso puro, abrazó a la abadesa, rodeándola con sus brazos.

-No llores, madre. Él está ahora en un lugar mejor... junto a los santos.

Rowena cerró los ojos, abrazándola con fuerza, como si temiera perderla también.

-Tienes el corazón más puro, Eira. No dejes nunca que el mundo corrompa esa luz que llevas dentro. Él... -la voz de Rowena se quebró, pero continuó-. Escúchame, Eira... -le dijo entre sollozos-. El mundo es un lugar duro, lleno de juicios y falsedades. Pero tú... tú debes permanecer en la luz. No permitas que la oscuridad te toque jamás. Tienes un corazón noble. No importa quién seas ni de dónde vengas... lo único que importa es lo que hagas con lo que el Señor ha puesto en ti.

Eira asintió, con lágrimas en los ojos. Rowena le acarició la mejilla con dulzura.

-Él... el Pontífice... siempre te tuvo presente en sus oraciones. Siempre. Él te habría amado como yo te amo ahora.

Eira la abrazó más fuerte, sin saber que las lágrimas que caían sobre su hombro eran también las de una madre sustituta, que acababa de perder al hombre que más había amado. La joven apoyó su frente en el hombro de la abadesa, sin comprender la profundidad de aquellas palabras.

-Orare por su alma cada día de mi vida -prometió Eira en un susurro.

Rowena acarició el cabello pelirrojo de la joven, conteniendo un grito de dolor que amenazaba con rasgar su alma. "Perdóname, Señor, por ocultarle la verdad..."

Por un largo momento, no hubo palabras. Solo el sonido de la lluvia, el crepitar del fuego, y dos corazones latiendo en un mismo dolor.

Algún lugar de Europa - Año 1817

La noche se cerraba sobre las ruinas de un antiguo monasterio, escondido en las montañas de Navarra, España. La inquisición había llegado. No había escapatoria.

Bajo el estandarte rojo y dorado de Roma, los hombres marchaban en silencio, rodeando la abadía destruida. El fuego iluminaba los rostros tensos, decididos.

Al frente de todos, cabalgaba Entienne de Valois. De tan solo veintisiete años, el inquisidor era una figura temida en todo el continente. Había sido nombrado Inquisidor Supremo a los veinticinco años, cuando su destreza en las armas y su fría estrategia lo hicieron destacar entre miles. Desde entonces, había servido sin fallos, cazando traidores, apóstatas y herejes, en nombre de la fe y del orden sagrado.

Entienne desmontó con rapidez, su espada negra colgando de su cinturón. Sus ojos grises, fríos como el acero, escaneaban la escena.

Un sacerdote tembloroso se acercó a él.

-M-mi señor Inquisidor... los herejes se esconden dentro... mujeres y hombres que se niegan a reconocer la autoridad de Roma...

Entienne levantó una mano, ordenando silencio. Su mirada se endureció.

-Nadie abandona este lugar vivo. -su voz era un cuchillo.

Con una seña, sus hombres rodearon la abadía, y las puertas fueron derribadas. En menos de una hora, la "limpieza" había terminado. No hubo misericordia.

Los cuerpos eran lanzados en una gran pira funeraria. El fuego rugía contra la oscuridad de la noche, llevando consigo las últimas plegarias de los condenados.

Entienne observaba en silencio, su capa ondeando en el viento.

Se acercó a su segundo al mando, un caballero templario veterano.

-¿Algún documento? ¿Alguna carta?

El soldado negó con la cabeza.

Entienne suspiró, cubriendo sus manos con guantes negros.

-Que no quede nada -ordenó-. Que este lugar sea ceniza. Ningún recuerdo de herejía debe sobrevivir.

Así era él. Exacto, letal, implacable.

Así lo había forjado Roma... y su amo actual.

Un mensajero llegó jadeando al amanecer.

-Señor... el Santo Padre Adrianus IV... ha muerto.

Por un instante, solo un parpadeo, Entienne se detuvo.

-¿Y el sucesor?

-Ya ha sido nombrado, señor. Su Santidad Innocentius XII. Con nombre de nacido Donatello Grasso

Entienne asintió lentamente.

Él sabía que el nuevo pontífice no era un hombre santo. Sabía que Innocentius XII era mucho más ambicioso, más cruel, más dispuesto a derramar sangre si eso aseguraba el control y el poder.

Y sabía también el secreto que solo cinco personas a parte de él, el mundo conocían:

Que el antiguo pontífice había engendrado un hijo ilegítimo. Una herejía viva. Una amenaza que debía ser eliminada.

Entienne no conocía la identidad del hereje. Solo sabía que debía encontrarlo... o incinerarlo por órdenes de Donatello y que no cumpliría siempre y cuando no llega al puesto, cosa que ahora sería imposible no cumplir.

Entienne se giró hacia sus hombres, con los ojos encendidos de una nueva determinación.

-Prepara las bestias. Partimos al alba.

Pronto... muy pronto, la caza comenzaría.

Ciudad del Vaticano - Roma, Año 1817

La Basílica de San Pedro se hallaba envuelta en un luto espeso y solemne.

La muerte de Su Santidad Adrianus IV, considerado por muchos como el mejor pontífice de la era moderna, había dejado un vacío insondable en la Santa Sede.

Su partida era un misterio... y entre las sombras de Roma, más de uno susurraba que no había sido obra de Dios.

Dentro del Palazzo Apostólico, en la sala del Consistorio, dos figuras vestidas de luto intercambiaban miradas silenciosas:

El cardenal Geovanny Borgia, y el recién llegado, el Santo Inquisidor de la Espada Sagrada, Entienne Valois, también conocido como "el Azote de Dios". Entienne había sido, años atrás, pupilo de Borgia durante su formación teológica.

Pese a la dureza de su vida y a las cicatrices que le cubrían el alma, Borgia conocía bien que Entienne, en el fondo, conservaba un corazón justo.

Pero ahora no era tiempo de nostalgia. Ahora, solo bastó una mirada entre ellos para saber la verdad.

Adrianus IV no había muerto por causas naturales. Había sido asesinado o eso es lo que hicieron creer algunos.

Y lo que más importaba en aquel momento era la pregunta que ardía en los labios de todos los hombres de fe que sabían de tan grande secreto, ¿Qué pasaría ahora con la herejía nacida diecisiete años atrás?

El gran portón de roble se abrió con un estruendo.

Los dos hombres se inclinaron cuando el nuevo pontífice, Innocentius XII, hizo su entrada majestuosa, ataviado con ropajes de oro y púrpura.

Sus ojos pequeños y astutos brillaban de ambición, y en sus labios curvados se dibujaba una sonrisa helada.

-Cardenal Borgia. Inquisidor Valois. -Su voz era como el siseo de una serpiente-. Acérquense

Los dos se arrodillaron, besando el anillo papal. Innocentius XII tomó asiento en su trono dorado y los miró con fría expectación.

-Hemos llorado suficiente. Ahora, hablemos de lo importante -escupió con desprecio-.

¿Dónde está la herejía?

¿Dónde se oculta el pecado que el traidor Adrianus IV dejó como legado?

¿Y qué noticias traen ustedes, mis fieles servidores?

Hubo un silencio tenso. Entienne se adelantó primero, firme y respetuoso.

-Santísimo Padre, cumplí la misión encomendada en España.

Localizamos y extinguimos un convento infectado de rebeldes y herejes.

Ninguno escapó. El fuego consumió hasta el último pergamino de apostasía.

Innocentius XII sonrió con satisfacción maliciosa.

-Dios actúa a través de tu espada, Valois. El Azote de Dios nunca falla.

Se giró entonces hacia el cardenal Borgia, sus ojos achinados brillando con suspicacia.

-¿Y tú, Borgia?. Dime... ¿qué fue de la misión que te encomendó ese hombre...? -hizo una pausa cargada de veneno-. Edward Thorne Ashcombe, ese fue su nombre antes de pretender ser santo.

Que el Señor lo tenga en su gloria... o en el infierno -agregó con una sonrisa burlona.

Borgia, imperturbable, inclinó la cabeza y respondió:

-Mi señor pontífice... fui enviado a Inglaterra por mandato de Su Santidad Adrianus IV -su voz era grave y medida-. Había recibido una misiva del rey Leopold Thorne Ashcombe, solicitando una investigación. Se sospechaba que la reina sufría de... perturbaciones mentales.

Borgia guardó un breve silencio, fingiendo pesar, y continuó:

-He de informar, con tristeza, que las sospechas eran correctas. La reina... ha perdido la razón.

Innocentius XII soltó una carcajada breve, seca.

-¡Dios ha hecho justicia! -exclamó, levantando una mano al cielo-.

Tanto en España, por tu espada, Valois, como en Inglaterra, por la miseria de esa ramera...

¡La hija del demonio que trajo al mundo una abominación! Que sufra en vida, y aún más en la muerte.

Se acomodó en su trono, más satisfecho aún.

-Descansa, Borgia. Se te asignarán nuevas tareas pronto.

Puedes retirarte.

Borgia se inclinó reverentemente, besó el anillo papal y los pliegues de la túnica pontificia, y se retiró de la sala sin mirar atrás.

Pero lo que Innocentius XII no sabía era que el viejo cardenal tenía oídos en cada rincón del Vaticano, y mucho más allá. Cuando quedaron solos, el pontífice se inclinó hacia Entienne, su expresión endurecida.

-Valois... tú no eres como ellos.

No confío en serpientes como Borgia... pero en ti, sí.

Entienne permaneció en silencio, esperando las órdenes.

-Tienes ahora una misión divina -continuó el pontífice con voz baja, casi venenosa-:

Encuentra a ese pecado andante. A ese engendro del diablo. Busca en Escocia. Busca en Inglaterra. Trae buenas noticias a esta casa... y al Creador.

Entienne, sin pestañear, se arrodilló de nuevo, tomó la mano del Papa y besó el anillo y los pliegues de su vestidura, como dictaba el protocolo.

-Cumpliré su voluntad, Santidad.

Cuando se retiró, su capa negra flotando detrás de él como la sombra de un cuervo, sabía que el verdadero juego apenas comenzaba.

Y ni el propio pontífice imaginaba que, en las oscuras galerías del Vaticano, otros oídos seguían cada palabra... cada movimiento.

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