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La muerte de mis heridas

La muerte de mis heridas

Autor: : Giba9
Género: Romance
Amaya Vega es una joven española que desea acabar con su vida lo más pronto posible. Llega a Ámsterdan en busca de un suicidio asistido, lo que no sabe es que durante su estadía conoce a Leonardo Burgos, un médico con una visión acerca de la vida y la muerte un tanto retorcida, y le hará pensar acerca de si su vida vale la pena o si la mejor cura para sus heridas es la misma muerte.

Capítulo 1 Sueños del pasado

Se acercaba diciembre y el clima era realmente frío por aquellos días, cualquier persona que me observara caminar con la vista gacha por las calles de Ámsterdam, pensaría que estoy de vacaciones; una amarga sonrisa se dibujó en mi rostro cuando aquel pensamiento se presentó en mi cabeza, desde ya hace casi un año en el que no tenía vacaciones.

Pero... ¿Qué de importante tienen unas vacaciones?

La respuesta era simple: siempre salía de vacaciones junto con mis padres y ahora era imposible repetir aquellos hermosos momentos... ellos fallecieron a inicio de año.

Hace una semana había llegado a este hermoso país y mi estadía había sido de todo menos alegre o emocionante, en realidad, me invadía una profunda tristeza, algo inexplicable, como si me faltara alguna parte de mi cuerpo y quizá no era algo que se podía observar a simple vista, pero desde la partida de mis padres sentía como si caminara por el mundo y estuviera incompleta.

-Hoy es el día -me dije a mí misma y sonreí para darme ánimos o al menos eso intentaba.

Mi móvil comenzó a sonar, observé el celular, quien me llamaba era Enzo, el mejor amigo de mi padre. Rodé los ojos y corté la llamada de inmediato, no me apetecía hablar con nadie en aquel momento, realmente hace una semana que no contestaba llamadas; reí en mi interior, como si me llamaran mucho, ya no tenía a nadie más, sólo me quedaba Enzo, quien se había comportado como un tío desde mi nacimiento.

Acomodé mi suéter y seguí caminando. Era el último día de mi vida, quería darme un gran lujo para despedirme de este mundo, quería consentirme por última vez; pero ni siquiera tenía fuerzas para eso, así que, cuando había llegado al estacionamiento del supermercado de inmediato subí a mi auto y apoyé mi cabeza en el timón mientras cerraba los ojos y soltaba un suspiro cansado.

-No le daré tantas vueltas al asunto, no tengo ni siquiera con quien platicar en estos momentos, no encuentro la lógica de querer darme el mayor regalo de despedida, cuando mi mayor regalo lo tuve durante veintidós años y no lo aproveché como yo quisiera. -Cerré aún más fuerte mis ojos y unas cuantas lagrimas salieron de ellos.

Estuve sentada en el auto escuchando algunas de mis canciones favoritas, antes de despedirme de él, canté a todo pulmón y no me importaba si las personas de mi alrededor podrían escucharme, ¿qué más daba?, todo había acabado para mí desde hace mucho tiempo, no tenía por qué seguir de pie...

Una imagen de aquellos pequeños niños que tenía bajo mi cargo en la Fundación Deseo se vino a mi mente, quizá ellos eran lo único que tenía; sin embargo, mi estado mental como mi salud me impedía darles todo lo que ellos merecían, era mejor que otra persona quedara a cargo de ellos.

Nadie sabía dónde me encontraba...

A nadie le había comentado de mi decisión...

Era muy difícil que alguien supiera todo lo que estaba viviendo, porque irónicamente no tenía a nadie.

Encendí el auto y con la poca fuerza que me quedaba para seguir respirando, para seguir de pie, me dirigí hacia la organización. Hace mucho que había arreglado los papeles para tener un suicidio asistido, inconscientemente reí, seguramente mis padres estaban muy decepcionados de mí allá en el cielo.

Quería disfrutar un momento de aquel clima tan encantador que cubría toda la ciudad de Ámsterdam, así que decidí manejar con lentitud mientras bajaba los vidrios del auto y dejaba entrar aquel frío tan exquisito y tan navideño.

Esta ciudad es todo un sueño para cualquiera, pero para mí se había convertido en toda una pesadilla; no sé qué suceda después de la muerte, pero si los muertos llegarán a tener conciencia seguramente recordaría este día y esta ciudad como lo más triste de mi vida.

Conduje por un par de horas, siempre con la precaución de no causar tráfico y a la vez disfrutando los últimos momentos de mi vida. Recordaba a mi familia, los momentos que viví con mis padres y como después de su muerte una gran depresión me invadió y como nunca pude superarla.

Lo que era aún más duro para mí era el hecho que mi tío Enzo sintiera que por alguna razón yo era la causante de la muerte de mis padres, que yo les había consumido la vida, él nunca me lo dijo expresamente; pero por sus actitudes, por algunos comentarios sentía o lograba percibir cierto rencor hacia mí, le había arrancado a su mejor amigo, a su hermano.

Al llegar a la organización, estacioné el carro con mucho cuidado, observé su interior con cierta nostalgia, era el auto de mis padres y muchos recuerdos estaban dentro de él, en sus asientos, en sus vidrios. Era un lugar pequeño, pero muy lleno de historias. Con mi delicada mano toqué el asiento del copiloto e inconscientemente me estaba despidiendo del auto, sin querer lo estaba haciendo y con ello me estaba despidiendo de mi sufrimiento.

Tomé el celular entre mis manos y con los ojos vidriosos pensé en llamar a Enzo, tenía la tentación de hacerlo, pero me abstuve, no quería darle otro dolor más, era injusto que lo hiciera sufrir de esta manera, prefería que se diera cuenta cuando ya todo estuviera hecho.

Me bajé del coche y me coloqué mi suéter que cubría totalmente mi cabeza, por alguna extraña razón no quería que nadie viera mi rostro, como si me sintiera avergonzada de mi decisión y quizá sí, había dejado de luchar, había renunciado a mi vida porque me sentía sin fuerzas.

Sin más que decir, caminé hasta las puertas de la organización y entré con un poco de timidez, mientras en mi mano observaba el nombre de la persona que asistiría mi suicidio: Cristina Ayala, la doctora Ayala.

Tragué grueso, a pesar que la decisión estaba tomada aún me costaba asimilar que hoy era mi último día de vida y que aquellos suspiros cansados que salían de mi boca eran los últimos que sentiría y escucharía... Llegué hasta el área de asistencia y con mi voz temblorosa pregunté:

-Buenas, vengo en busca de la doctora Ayala - dije casi en un susurro.

La secretaria me observó un poco desconcertada y preguntó:

- Usted necesita de nuestros servicios?

Yo asentí levemente con mi cabeza.

-Esto me lo entregaron, me dijeron que cuando llegara el día se lo entregara a la persona que estaba atendiendo. Imagino que es usted.

La secretaria tomó los documentos, los observó de forma rápida para luego escribir en un papel el número de habitación donde se encontraría la doctora Ayala.

-Búsquela en esa habitación, ella la está esperando. Espero y esté segura de su decisión señorita... -hizo una pequeña pausa para ver mi nombre en los documentos - Vega

Me quedé muda no podía responderle nada a aquella desconocida, pero sus palabras removieron algo en mi interior y sentí cierta confusión por unos instantes.

Con el número de habitación en la mano seguí caminando rápidamente, ahora no había nadie que me pudiera detener, no había nada solamente los pasillos del hospital y yo.

Empecé a ver colores obscuros, no sabía que me pasaba, no podía ver a las personas que se encontraban cerca de los pasillos, los objetos; en mi cabeza únicamente se encontraba el número de habitación, era lo único que podría percibir y pensar. Mis manos estaban sudorosas a pesar del gran frío que estaba haciendo en la ciudad, sentía como las gotas de sudor resbalaban desde mi frente hasta mis mejillas.

Había un cierto porcentaje de inseguridad en mí, pero la decisión ya estaba tomada y cada paso que daba hasta llegar a la habitación me hacía sentir más segura de realizar el suicidio asistido.

Aquel lapso de tiempo se me hizo eterno, los segundos se hicieron minutos y los minutos se convirtieron en horas. No había caminado mucho; sin embargo, mi respiración era agitada y cansada, seguro el cansancio no era físico, sino mental.

Al fin, llegué hasta la habitación, las puertas no eran como las de un hospital cualquiera donde se puede ver el interior de la sala, las puertas eran más parecidas a las de una habitación, para que nadie supiera lo que sucedía detrás de unos simples pedazos de madera.

No sabía qué hacer... No sabía si entrar de un sólo o llamar a la puerta... Lo único que sabía es que ya no había marcha atrás.

Capítulo 2 Pecados del pasado

Cerré los ojos y pensé en esperar unos segundos antes de llamar a la puerta, pero no fue necesario porque el sonido del cierra puertas se hizo presente y ante mis ojos de color azul, apareció una mujer de unos treinta años de edad.

Era una despampanante rubia, de sonrisa simpática que irradiaba alegría con tan sólo percibir su presencia.

-Hola, mucho gusto. Soy Cristina Ayala. -Extendió su mano hacia mí en forma de saludo y yo gustosa la acepté - Puedes pasar adelante, me han hecho saber de tu visita a nuestra organización.

-Sí, hace unos minutos llegué, estaba un poco perdida. No sabía cómo ubicarme aquí -pronuncié un poco temerosa. Vi a todos los lugares posibles.

-Entra, lo bueno es que ya estás conmigo. -Hizo un ademán con su mano para indicarme que pasara.

Vaya amabilidad para darle la muerte a alguien, pensé en mi interior. Obedecí ante el llamado de la doctora y entré sin miedo, necesitaba perderlo. Cuando tenía un pie adentro de la habitación suspiré de forma cansada y observé muy detenidamente.

Parecía una habitación normal, con la única diferencia que había una camilla de hospital y unos cuantos equipos médicos. Observé a la doctora buscando una respuesta.

- ¿Y esto es seguro? -Pregunté muy confundida - Es decir no parece un lugar para... Usted ya sabe.

La doctora sonrió, parecía como si se estuviera burlando de mí; lo que me molestó un poco.

-No, no aquí no es jajaja

No entendía porque se reía, me había visto cara de payaso. Aclaré mi garganta para hacerle saber que su risita no me agradaba para nada.

-Entonces... ¿Para qué es? -pregunté con el ceño fruncido.

-Oh, lo siento, lo siento mucho. Lamento haberte incomodado. Este lugar es para hablar con el paciente antes de llevarlo hasta...-se llevó una mano hacia su mejilla - Su destino podría decir.

-¿Es usted psicóloga?

La doctora bajó sus manos hasta la altura de su pecho y con ellas empezó a negar mi pregunta.

-No, no nada de eso. Soy doctora en medicina. Es sólo que me gusta mantener una charla con mis pacientes antes de que tomen una decisión tan crucial. ¿No te parece que la vida es muy linda? - me preguntó muy risueña, y yo ignoré su pregunta.

-No entiendo... Su trabajo no es para ayudarle a morir a las personas que ya desean descansar, ¿para qué hace todo eso? - Estaba muy confundida. La doctora seguro que estaba un poco mal de su cabeza.

-No hay algo que valga más que la vida de un ser humano, y al menos intento que tomen la mejor decisión; pero si no quieres no te obligaré a que mantengas una charla conmigo.

La actitud de la doctora había cambiado por completo desde que había formulado aquella pregunta, ya no sonreía, estaba muy seria como si hubiese dicho algo que a ella le molestara. No sabía que responderle, por una parte, estaba muy segura de mi decisión; sin embargo, no lo había platicado con nadie antes. No tenía en quien confiar y cuando decidí que era mejor morir me lo guardé para mí.

El frío aire entró por las ventanas de la habitación y los mechones rubios de la doctora y mis mechones castaños se movieron con el viento. Un silencio sepulcral se apoderó del cuarto, mientras muy confusa me dirigí hasta ella para contestarle

-Está bien. Me gustaría hablar con usted un momento. ¿Dónde me puedo sentar? -Observé toda la habitación, y aparte del escritorio de la doctora el único lugar libre era la camilla y no me apetecía mucho sentarme en aquel lugar.

La despampanante rubia se encogió de hombros y, con sus ojos de color avellana, dirigió su mirada hacia el único lugar disponible: la camilla

-Te puedes acostar en la cama. - Ella se quitó su gabacha, y la dejó tirada en su escritorio -Ahora mismo quiero que me veas como tu amiga, no como tu doctora.

Bueeeno... Su actitud era demasiado extraña y logró incomodarme un poco con su actitud, pero ya no me quedó otra opción más que hablar.

- ¿Con qué quieres qué empiece? - pregunté, mientras me acostaba en la suave camilla.

-Quiero saber qué te trae por aquí, por qué has decidido tomar esta decisión tan crucial. - La doctora se cruzó de brazos, mientras con su mirada buscaba analizarme, descifrarme e incluso entrar en lo más profundo de mi ser: mi alma.

-Bueno, yo... -sentí como mis ojos se cristalizaron y como mi cuerpo tragaba las lágrimas que querían salir de ellos.

-No es necesario que me cuentes con detalles todo sobre tu vida, quiero algo general. Entiendo que no te sientas cómoda ahora mismo, tus razones tendrás para estar parada frente a mí, para estar de pie frente a la misma muerte.

Asentí levemente con mi cabeza, las palabras de mi "amiga" me habían tranquilizado un poco, ya no sentía aquella gran presión en mi pecho, ni un calor queriendo liberarse de él y aquel gran número de palabras que querían salir de mi boca de forma incoherente las había logrado mantener dentro de mí, había logrado ordenarlas en el desorden que era mi mente.

-Sabes, todo esto empezó a rondar por mi cabeza desde que perdí a mis padres, y no logré superar mi depresión... - Por un momento, pensé en contarle mi mayor problema, uno de los causantes del porqué mis padres ya no estaban más conmigo; sin embargo, no me sentí capaz de hacerlo.

- ¿Has tenido alguien que te apoye? Siento mucho lo de tus padres. - Sus palabras se escucharon muy suaves, creo que trataba de que nadie escuchara nuestra conversación de las puertas para fuera y mis suposiciones podrían ser ciertas, ya que el ruido de los pasillos traspasaba la puerta de la habitación.

Agarré un mechón de mi cabello y lo llevé atrás de mi oreja, mientras veía por la ventana el exterior del hospital. Era un día muy nublado y hacía mucho frío. El cielo reflejaba perfectamente mi estado de ánimo: triste y sin ganas de vivir.

-Digamos que tengo un tío, pero a veces no le suelo contar todo, y este es el caso, él no sabe lo que estoy haciendo en este momento. - Una imagen de las vacaciones que tuve en Brasil junto a mis padres y Enzo se vino a mi cabeza, una leve sonrisa se formó en mi rostro.

-Creo que sigues así, porque en verdad no has tenido a alguien que te apoye en todo, y sobre todo una persona en la que confiar; pero vamos seguramente tienes algo por lo que luchar, si lo tienes aférrate a ello y no lo sueltes, si no tienes algo por lo que vivir, pues búscalo. -Juntó sus manos y se las llevó hasta su boca, parecía estar ansiosa por mi respuesta, mientras yo me desahogaba cada vez más.

Al escuchar su pregunta no dudé ni en un segundo en pensar en los niños de la Fundación Deseo. En los últimos días ellos, habían sido mi motor para seguir adelante. Así que levemente asentí con mi cabeza y respondí:

-Sí, si lo tengo. Estoy trabajando en una fundación, cuido de unos niños maravillosos; pero aún no sé si sea suficiente. - Mis labios comenzaron a temblar, temía llorar frente a la doctora, que no me quitaba el ojo de encima.

- ¡No, no! No vayas a llorar, no quiero que te pongas triste, piensa positivo. - La doctora se acercó muy alterada hasta mí y con mucha delicadeza me dio unas palmaditas reconfortantes en la espalda. -¿Tienes algún sueño?, ¿quieres casarte? - La doctora Ayala extendió su mano y me regaló un pequeño dulce, que yo acepté gustosa. Abrí el dulce, lo llevé hasta mi boca y sentí como una gota de saliva resbalaba por mi mentón, de inmediato lo limpié avergonzada.

-Sí, he pensado en casarme; pero por los momentos estoy sola y mi mayor sueño ha sido ayudar a los demás. Desde hace algunos años he luchado por eso. -Pude calmar mi agitada respiración. El dulce me había ayudado para no romper en llanto.

-Yo te veo muy bien, solamente debes recuperarte de la depresión, ¡vamos, eres una mujer con una muy buena salud! Créeme he conocido casos de personas que luchan con enfermedades extremas y aún sienten esas ganas de vivir, yo los considero súper humanos.

Desde la muerte de mis padres no había tenido una plática de este tipo, tan profunda, llena de sentimentalismo; simplemente me había encerrado en un fuerte caparazón y aquella mujer tan fuerte, tan decidida y valiente que mis padres conocieron ya no existía más.

Sin embargo, la doctora Ayala no conocía la historia completa; si se diera cuenta de todo lo que yo escondía su opinión cambiaria. Me quedé muda pensando en lo que ella me había dicho, creo que ni siquiera podía parpadear.

-¿Te sucede algo? - preguntó muy preocupada por mí y yo respondí con un:

-Todo bien. -Con un movimiento brusco, coloqué mi mano derecha en la pequeña mesa que estaba cerca de la camilla y sin darme cuenta derramé una taza de café caliente sobre mi mano. La doctora Ayala abrió sus ojos de par en par por el asombro; pero yo me mantenía como si nada, mi mano no sentía absolutamente nada.

Y ese era mi mayor problema: el no sentir absolutamente nada...

Mi mundo se detuvo y sólo podía observar como una preocupada doctora Ayala hacía todo lo posible por ayudarme, mientras yo me mantenía como un cuerpo inerte... Mi piel se quemaba, y las ampollas: aquellas pequeñas bolitas de agua se estaban formando en mi mano, a la vez se teñía de un color carmesí.

Capítulo 3 Volviendo al presente

Poco a poco abrí mis azulados ojos y lo primero con lo que me encontré fue con el techo de la habitación. La noche anterior había sido pesadita, llena de recuerdos, sucesos que ocurrieron hace más de diez años. Mi mente seguía un poco dormida, pero cuando desperté por completo, lo primero que hice fue tocar alrededor de mí, toqué con desesperación: ahí estaban mis dos pequeñas.

Sonreí para mí misma, se encontraban sumergidas en un profundo sueño. No quería levantarlas, hoy no tenían clase y su padre les exigía mucho en sus estudios, pienso que mucha presión para un niño puede ser mala. Sin duda alguna, se merecían un descanso.

Empecé a juguetear con mi lengua, tocaba mis encillas y los costados de los dientes. Últimamente me había despertado con un sin número de heridas en mi boca y ya me estaba hartando de esto. Desde hace mucho no me pasaba, quizá la última vez ocurrió cuando tenía unos diecisiete años.

Con mucho cuidado, me levanté de la cama y me dirigí hasta el baño que compartíamos con Leonardo. Toda la casa estaba llenada de él, su ropa, sus zapatos, su olor y lo más importante: su esencia. Todo parecía un sueño hecho realidad.

Llegué al baño y lo primero que hice fue buscar el espejo de la pared. Al encontrarlo, abrí mi boca en su totalidad y vi las heridas internas que me había realizado yo solita. Eran muchas y me ardían demasiado, tenía que buscar la forma de desinfectarlas o qué sé yo, no soy doctora.

Mi lengua no paraba de jugar con las heridas y revolvía la sangre, que salía de ellas, por toda la boca. ¡Vamos! Si mis hijas me vieran, pensarían que soy un vampiro.

Abrí el grifo del lavamos y me enjuagué la boca. El maldito dolor era muy fuerte, pero tenía que soportarlo, al menos hasta que Cristina llegara y me atendiera.

Primer enjuague: más sangre que agua.

Segundo enjuague: el agua se mezclaba con la sangre.

Tercer enjuague: el agua ya dominaba a la sangre.

Cuarto enjuague: lo que salía de sangre era mínimo.

Quinto enjuague: el ardor había bajado y el agua salió prácticamente incolora.

Me limpié la boca con la toalla que estaba más cerca, me vi nuevamente en el espejo sólo para decirme:

-Maldición Amaya. ¿Cómo puede ser que te sigas haciendo esto?

Al verme de nuevo el espejo del baño, me di cuenta que había una pequeña foto de Leonardo y yo cuando estuvimos en Países Bajos. Éramos tan jóvenes que a penas me reconocía. Saqué la fotografía del vidrio y la tomé entre mis manos, la vi con mucha nostalgia, mucha tristeza.

Más de diez años de nuestras locas aventuras, me reí por lo bajo y vi de reojo la habitación de los niños.

-Hemos construido mucho.

Con mucha tristeza, guardé muestra fotografía en el bolsillo del buso. En ese instante, escuché que llamaban a la puerta con cierta desesperación, pero no una desesperación de "estoy enojado, abre la puerta ya" sino más bien, una desesperación por contar algo.

Abrí la puerta y lo primero que apareció fue Cristina con una sonrisa de oreja a oreja, una sonrisa que nunca antes, en estos más de diez años de ser amigas, se la había visto. Ella se mantenía inmóvil sin decirme nada, sólo de pie y sonriendo como toda una boba que es.

-Buenos días, Cristina - dije con un poco de sarcasmo para que ella entendería el mensaje y supiera que me tenía de pie sin decir nada.

Cristina se abalanzó sobre mí y prácticamente me tumbó en el sillón de la sala. Intentó gritar de la alegría que traía dentro, pero en el preciso instante en el que iba abrir su boca le puse una mano encima y le hice un gesto con mi dedo índice para que se callara, señalé la habitación de las niñas y ella entendió mi mensaje.

Cristina se levantó de mí, sí de mí, casi me saca el aire.

-¿Qué es lo que te sucede?, ¿por qué tanta alegría? - Aún no quería decirle nada sobre las mordidas de mi boca. Se le notaba muy feliz y no quería arruinarle esa felicidad.

-Está bien, está bien. Antes de empezar a contarte. Necesito un poco de agua. - Como Pedro por su casa, mi rubia amiga se dirigió hasta la cocina y tomó un vaso de agua. Bueno, Cristina era prácticamente de la familia.

-Está bien, espero que te tomes el agua - dije, mientras la veía caminar graciosamente de un lado a otro con el vaso de vidrio en mano. Luego de unos segundos lo colocó en la pequeña mesa que estaba en el centro de los sillones.

Ambas tomamos asiento.

-Lo he decidido, al fin lo he decidido.

-¿El qué has decidido? - pregunté totalmente perdida.

-¡Ay!, ¿acaso no lo recuerdas? - me dijo decepcionada -Bueno, está bien. He decidido adoptar un niño de tu fundación, hoy, necesito ir hoy. He tenido muchas inseguridades en mi vida, pero mira que ya voy para vieja y no puedo quedarme sola de por vida, Amaya, tengo treinta y siete años, y creo quedarme solterona de por vida. El tiempo pasó volando y mi carrera consumió gran parte de mi vida. Es más, a veces miro a Savannah y Nevada y no puedo creer que ha pasado diez años desde que llegaste a Holanda, ha sido un largo camino; ¿no crees?

Cristina parecía un loro, pero claro más parlanchín que los normales, y yo estaba más pérdida que una cabra. Agaché mi mirada, tragué grueso. No quería arruinar el momento de felicidad de mi amiga, pero tenía que decírselo.

-Cristina, hoy iremos a la fundación. Veremos a los niños, estoy segura que cualquiera que tú escojas, él o ella estará muy feliz de tener una madre como tú. Pero antes de ir, necesito contarte algo.

El rostro alegre de Cristina había desaparecido, ahora tomó un semblante más serio. Se acomodó en el sillón y sus ojos de color avellana me vieron directamente.

-¿Qué es lo que sucede?

No quería hablar; sabía que con un simple movimiento ella entendiera lo que me pasaba. Abrí mi boca en su totalidad y le mostré lo que había ocurrido.

-Eso paso, otra vez las heridas de las últimas semanas. Me he tomado el medicamento como tú me has dicho, pero esto no para y en algunas ocasiones, siento que pierdo el conocimiento. Es tan difícil, temo que llegué al punto en el que el medicamento no surtirá efecto en mí. - Solté un suspiro cansado y me tumbé en el mueble, sentí la suave mano de Cristina apoyarse en mi hombro.

-Yo te ayudaré a curar esas heridas para que Leonardo no se dé cuenta de nada. No son muchas y no son tan graves. - Su tono de voz había cambiado por completo, ya no era la Cristina emocionada porque por fin iba a ser mamá, ahora era la Cristina doctora, la que llevaba atendiéndome por más de diez años y la que le escondía el secreto a su amigo.

-Son más de diez años ocultándole esto a Leonardo, ¿lo sabes?; hace años hablábamos que algún día se lo contarías, pero cada vez el tiempo se fue extendiendo más y más, le dábamos más largas al asunto, hasta llegar a este punto: diez años de matrimonio, bienes compartidos, dos hijos en común y mi incapacidad de ser sincera y contarle todo. Temo que ya no podré seguir ocultando esto por más tiempo.

Cristina se puso de pie, se llevó su dedo índice hasta su boca, sus ojos avellana me miraron preocupados como si esperarán una respuesta.

-¿Qué piensas hacer? Dímelo.

-Creo que ya lo supones. No tengo más opción, Cristi. He tenido recuerdos del tiempo que estuve en Países Bajos, cuando te conocí a ti y conocí a Leo. Debo decirle la verdad, aunque tenga miedo de su reacción, de nuestro futuro después de tremenda noticia. - Vi la habitación de las niñas -. Leonardo merece saber que su esposa puede convertirse en un mo...

Cristina me interrumpió.

-Shuuu, ya. ¡Calla! No digas más, este tema me pone muy mal a mí también. Cuando hablamos de esto, quisiera ser un súper héroe y poder destruir al maldito villano. Me llego a sentir incapaz. Apoyo la decisión que tomes, eso tenlo por seguro.

No pudimos culminar la conversación, porque, en ese momento, se escuchó el claxon de un auto. Lo tocaban con desesperación, esta vez, si con la desesperación de: "Abre, que estoy enojado".

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