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La mujer del pirata

La mujer del pirata

Autor: : Teomary
Género: Romance
Una noche catastrófica, el asesinato de sus padres, convierten a la joven bobbie en una pirata temida bajo el nombre de Robert el rojo. La venganza La corroe cuando de pronto un día tomo como prisionero a Logan...

Capítulo 1 Tiempo de guerra

¡El niño! Por el amor de Dios, Fiona, tienes que salvar al niño."

El viento era fuerte y frío. A Fiona se le nublaba la vista y no podía hacer nada, excepto sentir, y lo que sentía era un soplo de viento frío. Siempre había amado su hogar. Los hermosos colores de las colinas, las rocas de los acantilados y los peñascos, y sí, incluso el viento áspero y frío que acompañaba al invierno.

A pesar del frío, días como aquél solían anunciar la llegada de la primavera, cuando la tierra florecería con una belleza agreste que amaban todos aquéllos que la conocían y que asombraban a quienes no estaban familiarizados con ella.

Sí, amaba su hogar, los azules y los malvas de la primavera, y los verdes intensos del verano... Incluso el gris de un día de invierno nublado y desapacible. Todo lo que había arrastrado la marca, el baño de sangre con el que había acabado la llamada «Revolución gloriosa» de Guillermo III.

"¡Fiona! "

-sintió las manos de su marido en los hombros, zarandeándola. Abrió los ojos y al mirarlo comprendió que nunca volvería a verlo. Iban a pagar. Los escoceses de las Tierras Altas iban a pagar por su oposición a Guillermo, por su lealtad al rey legítimo, Jacobo II. Católico o no, debía ser rey, por derecho divino. Y los escoceses, como muchas otras veces antes, habían demostrado de qué estaban hechos. Sin embargo, todo había sido en vano, y ahora iban a ser aplastados cruelmente y sin piedad.

"Tienes que irte ya, amor mío. Pronto estaré contigo, te lo aseguro"

le dijo Mal, desviando los ojos mientras le apartaba un mechón de pelo de la frente.

"No volveremos a vernos"

musitó ella. Al principio, no sintió dolor al darse cuenta. Sólo el azote del viento. Pero entonces vio el azul infinito de sus ojos, las hermosas ondas de su pelo casi negro y sus facciones duras. Su boca era ancha, sus labios generosos. Pensó en su sonrisa, en sus besos. Y de pronto el dolor fue como un cuchillo que la atravesaba. Gritó y cayó de rodillas, y él se arrodilló rápidamente a su lado, ignorando a los hombres que lo aguardaban, sus soldados a pie y a caballo. No era un ejército tan ordenado como el que los perseguía, ni como el que hacía poco habían derrotado con brillantez, a base de destreza y osadía. Eran Highlanders, hombres de clan y, sí, podían pelear entre ellos, pero cuando luchaban juntos eran como hermanos. Tenían sus propias ideas y no siempre necesitaban órdenes. Tenían alma y corazón, aunque sus armas fueran pobres. Darían la vida los unos por los otros, unidos por un vínculo que no se encontraba a menudo entre las filas mercenarias del ejército enemigo.

"Ven, Fiona"

Mal alargó el brazo para ayudarla a levantarse. Ella vio sus ruanos; unas manos maravillosas, fuertes y de dedos largos, capaces de abrazarla con pasión y de sostener con ternura a un niño.

De pronto sintió terror por avergonzarlo chillando histéricamente al saber que iba a morir. Y su muerte sería un crimen contra Dios, contra la naturaleza, porque era un hombre hermoso no sólo por su cuerpo, sino por su fortaleza y su sabiduría, por el amor que sentía por la tierra y por su Dios y por todos aquéllos que vivían en aquel pequeño rincón del mundo. -

"El niño, Fiona. Debes proteger al niño."

Ella se levantó tambaleándose y procuró ver a través de las lágrimas. Se irguió y tendió la mano hacia el niño que, de pie a su lado, los miraba con los ojos muy abiertos, asustado y al mismo tiempo tan triste que parecía haber envejecido antes de que el tiempo hiciera correr los años.

Mal agachó de pronto la cabeza, quizá para combatir la luz fatal del destino que brillaba en sus ojos, y abrazó temblando a su hijo. Luego se incorporó y depositó en labios de Fiona un último beso, ferozmente dulce.

"Gordon, llévate a mi esposa y a mi hijo y ponlos a salvo."

Malcolm se volvió entonces, tomó su caballo, cuyas riendas sujetaba uno de sus hombres, primo lejano suyo, como lo eran muchos. La mano de Gordon cayó sobre el hombro de Fiona.

"Al bote, milady, aprisa."

Ella estaba cegada. Era el viento, se decía, pero sabía que eran las lágrimas que corrían por su cara sin ella darse cuenta. Mientras corrían hacia la orilla, se limpió las mejillas, se volvió y levantó a su hijo, mirando por última vez al hombre al que había amado tanto.

Laird Malcolm, ataviado con su kilt, se alzaba magnífico sobre su gran corcel, gritando a los hombres que lo rodeaban. Y desde la playa ella vio la valerosa carga de los escoceses, que subieron velozmente por la colina con el grito de batalla en los labios. Morirían bien. No serían arrastrados al patíbulo, ni escarnecidos antes de morir.

Eran guerreros: lucharían contra sus enemigos hasta la muerte. Mal le había asegurado que vencerían, como habían hecho antes, pero ella sabía que esta vez su valor no sería suficiente.

En sus brazos, su hijo se removió.

"¡Ah, ya tan alto y tan fuerte!"

"¡Papá!"

"papá se va a batallar"

-murmuró ella. Luego, en lo alto de la colina, vio al enemigo. Avanzaba como una marea. Miles... y miles de hombres... Fiona se volvió, alta, erguida, sin lágrimas en las mejillas. Gordon la ayudó a acercarse al agua, donde esperaba el bote. Un remero cubierto con un manto, con la cabeza gacha, los esperaba.

Capítulo 2 Escape

"¡Aprisa hombre, aprisa!"

-gritó Gordon-

" Debes llevarla al barco."

El remero se levantó, echándose hacia atrás la capota, y ella vio sus ojos. El corazón le dio un vuelco al ver su cara.

"No, nada de eso"

-dijo él. Gordon desenvainó su espada, pero el remero estaba listo. Aunque Gordon era un soldado con experiencia, el remero tenía ya la mano en la empuñadura de la espada, bajo el manto, y cuando levantó la hoja fue para atravesar a Gordon.

Fiona ya no oía ni sentía el viento. Su vista se había despejado, y lo veía todo rojo. Un mar rojo frente a ella... Entonces se apoderó de ella la locura. Empuñó la daga que llevaba en la cintura y atacó. El remero gritó de dolor y de rabia, y respondió al instante. Fiona no sintió el acero que la atravesó. Pero oyó su corazón. Su latido errático y veloz, bombeando su sangre ya sin vida... Su corazón gritó.

«Malcolm, amor mío, parece que hoy no vamos a separarnos, después de todo, porque el cielo espera a quienes han sido justos y fuertes...».

"¡Madre!"

¡Su hijo! ¡Su precioso hijo! Intentó gritar, pero no tenía aliento. Y mientras agonizaba, oyó la risa del remero. Y luego un grito. Pero aquel sonido no procedía de ella. Mientras el mundo se apagaba, fue vagamente consciente de que el remero empujaba el bote lejos de la orilla y de que a su hijo, todavía tan pequeño y sin embargo lo bastante mayor para ver, para saber lo que estaba ocurriendo, se lo llevaba la pura maldad.

Capítulo 3 Tiempo después

"¡Nos superan en cañones, en velamen, en hombres...! ¡En todo! ¡Maldita sea! ¡Virad, aprisa! ¡A toda vela!"

-gritó Logan Haggerty, rechinando los dientes. Tenía los ojos entornados y la furia lo cegaba mientras miraba fijamente el barco pirata que se acercaba.

"Capitán, ya vamos a toda vela y, caray, estamos intentando virar"

-le aseguró Jamie McDougall, su contramaestre. Jamie era un lobo de mar, un mercader decente reclutado por la Marina que se había pasado a la piratería y al que luego habían readmitido al servicio del rey.

Conocía todos los trucos de la marinería. Y si había algún modo de escapar al barco pirata, también lo conocería. Si se iban a pique por la avaricia y el egoísmo de la aristocracia, Jamie también lo sabría.

Logan había informado al duque de que había piratas en la zona y le había explicado que se hallaban en desventaja debido a la falta de hombres a bordo, en caso de que los abordaran. Le había explicado también que el peso de la carga podía afectar a la velocidad y a la maniobrabilidad del barco. Pero el duque no le había hecho caso. Logan tenía diez cañones.

El barco pirata tenía veinte, que él pudiera contar; quizá más, y Logan veía por el catalejo que su tripulación era de al menos veinte hombres. El viajaba con doce marineros. El navío que avanzaba hacia ellos, provisto de una bandera escarlata, era muy hermoso. Era una balandra ligera y rápida, y surcaba las olas tan suavemente como si volara por el aire. Tenía poco calado y podría escapar fácilmente a barcos más grandes en los bajíos.

Logan vio que estaba bien equipada. Además del cañón grande que apuntaba hacia ellos, veía que la cubierta superior estaba provista de una fila de cañones giratorios rodeada de barriles. Era una preciosidad y había sido alterada para su vida delictiva. Tenía tres mástiles, cuando la mayoría de las balandras sólo tenían el palo mayor, y sus velas atrapaban la más ligera brisa. Sus botes estaban situados tras los cañones giratorios. Era pequeña, ágil y fuerte. Logan sabía que no debía entrar en territorio pirata, pero el orgullo había sido su perdición. Ah, sí, había sido su orgullo, mucho más que el de la nobleza de la que se mofaba, el que lo había tentado a aventurarse en aquel viaje, a pesar de que al principio se había negado con vehemencia a aceptar el encargo

¿Y cómo lo había conseguido el duque? Logan se rió de sí mismo. Gracias a Cassandra.

La dulce Cassandra. Logan se había convencido de que podría conquistar su amor si tenía suficiente dinero. Su linaje era bastante noble, pero sus medios de vida eran demasiado pobres para asegurarle su cariño.

Sin embargo, si tenía éxito en aquella misión, podía volver triunfante y recuperar todo lo que su familia había perdido. No, todo lo que les habían robado. Si podía desafiar al mar y hacer aquel viaje, sería digno de Cassandra. Ella era el premio que más le importaba, si salía airoso de aquella vertiginosa travesía para llevar el oro del templo de Asiopia a los colonos de Virginia.

Ahora se daba cuenta de que había sido un necio. ¿Y por qué? ¿Qué tenía aquella mujer que lo había cautivado hasta el punto de emprender una empresa tan temeraria? Siempre había sabido que debía abrirse camino por sí mismo, y había conocido tanto a furcias como a grandes damas. Con todas ellas había sido cortés, pero nunca había sentido una emoción tan intensa, o aquel deseo de sentar la cabeza.

Cassandra no era una seductora, no hacía exigencias, ni amenazaba siquiera con coquetear hipócritamente. Era la risa de sus ojos brillantes, el roce suave de las yemas de sus dedos y, sobre todo, la sinceridad de todas sus palabras y sus actos lo que fascinaba a Logan. Podía amarla. Amarla de veras. Había, naturalmente, algo más que podía reconocer ante sí mismo. Ella sería la compañera perfecta para él. Era la única hija de una familia respetada y rica. Si unía su nombre al de ella, Logan podría reclamar todo cuanto antaño había pertenecido a su familia, reconstruir la fortuna de los Haggerty.

Cassandra era todo lo que podía desear en una esposa. No podía culparla a ella de su decisión de correr aquel riesgo. Ni siquiera culpaba al padre de Cassandra, que sólo quería el bien de su única hija. Si había alguien que tuviera la culpa, era él.

Una vocecilla burlona lo tachó de embustero y farsante. Logan había dicho que navegaba porque necesitaba dinero, pero ésa no era toda la verdad. Siempre estaba ansioso por surcar los mares. Ansioso por encontrar a un hombre. Y ese hombre vivía en el mar, fuera de la ley. Logan aseguraba incluso que buscaba justicia, no venganza, aunque, si era sincero consigo mismo, tenía que reconocer que tenía la venganza en la mente y en el corazón.

Debería haber llevado más armas, se dijo. Y más hombres. Pero para la batalla que esperaba librar necesitaba hombres de confianza, y eran difíciles de encontrar. Aun así, el único que tenía la culpa del apuro en que se hallaba era él. Aquéllos eran tiempos peligrosos para navegar. Cuando Inglaterra y Holanda habían estado en guerra con España y Francia, muchos presuntos piratas habían creído librar una batalla justa. En un navío inglés, Logan sólo habría estado a merced de un barco español o francés. Pero cuando los combatientes firmaron la paz en 1697, el mar se llenó de bucaneros. Muchos no tenían nada por lo que volver a casa

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