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La mujer que conquistó al CEO

La mujer que conquistó al CEO

Autor: : Strella77
Género: Romance
Marisol, una mujer que ha pasado por una transformación asombrosa desde su juventud, se encuentra atrapada en un matrimonio desastroso. Cuando descubre la infidelidad de su esposo en el día de su aniversario, su mundo se desmorona. Desesperada por encontrar un nuevo rumbo en su vida, acepta un trabajo para Leonardo, un hombre que desconoce que es el CEO de la empresa. Lo que Marisol tampoco sabe es que Leonardo ha estado secretamente enamorado de ella desde su juventud. A medida que su relación se profundiza, ambos se ven envueltos en un romance apasionado, lleno de secretos y revelaciones, con el peso del pasado amenazando con destruir su futuro.

Capítulo 1 Un vacío que nadie llena.

-Tengo que irme -dije, levantándome de la cama y comenzando a vestirme rápidamente. Las sábanas aún guardaban el calor de nuestros cuerpos, pero yo ya estaba enfriándome, cerrándome en mi propia decisión.

-Leo, pero creí que te quedarías toda la noche. Por favor, no te vayas -suplicó la mujer a mi lado, cuyo nombre apenas recordaba. Sus ojos, húmedos y suplicantes, buscaban algo de comprensión en los míos, pero ya estaba demasiado lejos.

Admito que soy un desastre y siempre he creído que el amor es una maldita pérdida de tiempo. Todo en mi vida parece ser temporal, fugaz como las sombras al amanecer.

No logro tener un momento de paz; siempre hay una mujer detrás de mí. Pero, al fin y al cabo, quien recibe un regalo no debería llorar. Yo aprovecharé lo que la vida me ofrece. Si las mujeres deciden entregarse a alguien como yo, que así sea. No me importa.

-Leo, quédate -insistió la mujer en un último intento desesperado por convencerme de quedarme, algo que no haré. Su voz temblaba, cargada de emoción y un rastro de esperanza que se desvanecía rápidamente.

-Jamás paso una noche entera con una mujer, y menos con alguien que es solo una distracción efímera. Adiós -declaré con firmeza, mi voz era la cortante brisa de otoño que barría las últimas hojas de los árboles.

Terminé de ajustarme el pantalón mientras ella comenzaba a gritar insultos tras de mí. No las culpo; pasar una noche apasionada con ellas no significa que signifiquen algo más para mí.

Antes de que pudiera reaccionar, sentí el impacto de una almohada en mi espalda.

-¡Cobarde! -gritó ella, una acusación que se perdió entre las paredes desnudas del cuarto. Tomé las llaves de mi auto y salí de su departamento.

Me dirigí a mi lugar favorito para distraerme, un viejo bar en la esquina de siempre, con el mismo bartender de siempre que ya conocía mi pedido sin que lo mencionara. Ni siquiera las mujeres logran llenar ese vacío que, lejos de disminuir, parece crecer con cada encuentro fugaz. Me senté al final de la barra, mirando subir la espuma en mi vaso de coptel, cada una llevándose un poco más de lo que me quedaba por dentro.

Salí de ese bar, dejando atrás el bullicio y la algarabía, y me dirigí hacia mi refugio preferido en la ciudad. Necesitaba despejar mi mente, encontrar un respiro en medio del caos, porque incluso las mujeres ya no logran llenar el vacío que, en lugar de menguar, parece expandirse sin control.

Sí, en apariencia tengo todo: riqueza, mujeres, lujos y placer. Soy el dueño de mi vida, un hombre que hace y deshace a su antojo. Pero en el fondo, algo falta, algo que se escapa de mi comprensión, algo que me mantiene anclado en un mar de insatisfacción.

Me instalé en la cima de la colina donde se erige el nombre de nuestra ciudad. La vista desde aquí arriba es simplemente magnífica; todo parece diminuto y a la vez eterno. Las luces que salpican el firmamento añaden un toque de magia a la escena. Este es el único lugar donde las estrellas brillan con tal intensidad, un espectáculo que siempre me deja maravillado.

Permanecí allí durante un buen rato, dejando que las preocupaciones se desvanecieran ante la inmensidad del horizonte nocturno.

Después, emprendí el camino de regreso hacia mi departamento.

Al llegar, una sensación de vacío me invadió. Sin embargo, al menos mi fiel compañero, Bary, me aguardaba en la puerta. Es un hermoso husky, con su pelaje grisáceo y sus ojos vivaces que reflejan lealtad inquebrantable. Lo acaricié con ternura, buscando en su presencia un destello de autenticidad en un mundo lleno de superficialidad.

Este perro es mi única compañía, mi fiel amigo que nunca me ha fallado. Mis padres dicen que soy un alma solitaria, que no confío en nadie. No es que no confíe, simplemente no quiero hacerlo. No quiero perder el tiempo en estupideces. Las amistades son falsas, no existen amigos de verdad.

Cuando era joven, en mis tiempos de juventud, todos se burlaban de mí por mi apariencia. Era el chico gordo y menos agraciado del salón. Mis anteojos eran prendas de burla, y vivía humildemente mientras mis compañeros presumían de sus viajes y las compras que les hacían sus padres. Y al final, siempre estaba yo, el chico al que todos acosaban, incluso Marisol, la chica de la que me enamoré perdidamente.

Su cabello negro como la noche la hacía resplandecer entre todas las mujeres. Sus mejillas brillaban con luz propia y siempre tenía una sonrisa en el rostro, aunque no fuera dirigida hacia mí, sino hacia David, su estúpido novio que la trataba mal. Ellos eran como el yoyo, terminaban y volvían, la pareja más tóxica que existía.

Después de que mi padre falleció, tuve que vivir aún más miserablemente. Pero un día, ella se acercó a consolarme. Eso me hizo amarla aún más. Pero al final, solo fue eso, un gesto de compasión. Nunca hablamos, y cuando finalmente me animé a hacerlo, mi madre me anunció que se había casado con un hombre muy rico.

Él me sacó de la escuela, me metió en un colegio privado, y jamás volví a ver a Marisol. Me puse a dieta, adelgacé, y mi físico cambió totalmente. Pasé de ser el chico gordo, feo y sin gracia, a uno de los hombres más ricos, heredero en vida de la fortuna Ruiz y uno de los más apuestos. Pero aún así, nada de eso pudo llenar el vacío que Marisol dejó en mi corazón.

Me desabroché la camisa y me dirigí hacia la regadera. Disfruté de un baño reconfortante y luego me puse mi ropa de dormir.

-Bary, a dormir -le dije a mi perro, quien rápidamente subió a la cama y se acomodó mientras yo me recostaba.

Preparándome para el día siguiente, cuando comenzaría una nueva jornada. Mañana es día de contrataciones, y me gusta encargarme personalmente de seleccionar a mis empleados. Si ninguno cumple con mis expectativas, prefiero no contratar a nadie.

Capítulo 2 El me engaño.

★Marisol.

Mientras me preparaba para la cena romántica que había planeado para nuestro aniversario con David, la ansiedad me invadía.

-Ya pasan de las 9 y aún no llegas -murmuré, observando el reloj que colgaba en la pared de nuestra casa.

David rara vez era puntual. Su trabajo lo absorbía tanto que apenas tenía tiempo para llegar temprano a casa. Entendía su situación; habíamos pasado de ser jóvenes ricos a luchar por llegar a fin de mes.

Recuerdo cómo cambió todo cuando quedé embarazada en la preparatoria. Mis padres me echaron de casa, David se negó a casarse conmigo, y me vi sin hogar.

Durante dos meses, viví en casa de una compañera de la escuela, pero cuando mi embarazo se hizo evidente, sus padres me echaron también.

Desesperada, busqué a David. No quería estar en la calle, incluso llegué a considerar abortar, pero sus padres lo convencieron de hacerse cargo de mí y del bebé. Nos casamos, y ahora, después de 10 años, nuestra relación ha tenido altibajos como cualquier otra pareja. Nuestro hijo, de 10 años, es un niño maravilloso que adora a su padre, y sé que David también lo ama.

Sin embargo, últimamente, las cosas han sido diferentes. David llega tarde a casa, siempre está absorto en su teléfono, respondiendo mensajes de trabajo. Y lo que es más preocupante, apenas me dice que soy hermosa.

Mi físico ha cambiado desde que éramos jóvenes y delgados. Ahora, con 11 kilos de más y un cabello rebelde que siempre llevo recogido, me siento insegura.

David solía bromear diciendo que era una bola de carne andante, y aunque intento reírme, sus palabras me duelen. Además, mi estatura no ayuda; con apenas metro cincuenta, me siento estancada, como si el tiempo hubiera dejado de pasar para mí.

Soy un duende, pero será mejor no seguir pensando en eso ahora; no quiero deprimirme más.

Me quedé observando cómo la bella luz roja que encendí frente a los platos que meticulosamente preparé poco a poco se iba consumiendo, mientras las agujas del reloj avanzaban sin compasión.

El tic-tac del reloj resonaba en mi pecho, causándome una punzada de dolor cada vez que lo escuchaba. Volteé para ver la hora en la esfera del reloj de pared: las diez de la noche.

Tomé mi teléfono y marqué el número de David. No respondía, así que insistí hasta que finalmente la llamada fue tomada.

-¿Qué pasa, gorda? -respondió David con un tono de voz algo molesto, lo cual pude percibir de inmediato.

-¿Estás bien, David? Ya es muy tarde -pregunté con preocupación.

-Vieja, tengo mucho trabajo. Vete a dormir, llegaré en unas horas -contestó con brusquedad.

-Pero, David, hoy es nuestro aniversario. Deberías estar aquí conmigo... -intenté explicar, pero no me dejó terminar la frase cuando escuché algo que me heló la sangre.

-Marisol, no seas tan... Sabes que tengo que trabajar. ¿Quién va a mantener tu apetito? Por Dios, ya madura. Te veo en casa, no me esperes despierta. Voy a colgar -dijo David con tono impaciente.

Su celular no servía muy bien, ya que, desafortunadamente, cuando él estaba en una llamada, no se colgaba a menos que la otra persona lo hiciera. Pero sus palabras me dolieron tanto que olvidé colgar, y mis lágrimas comenzaron a descender por mis mejillas.

Hasta que escuché del otro lado de la línea.

-Cariño, ya deberías decirle a tu esposa que quieres el divorcio -era la voz de una mujer.

¿A quién llama cariño? ¿A mi esposo?

-Entiende, mi amor, sigo con ella porque está enferma. Tiene una enfermedad que me obliga a estar a su lado, además nuestro hijo necesita mi apoyo...

¿Cuándo me enfermé? Si soy una mujer relativamente sana.

-Te entiendo, amor. Pero ya no deberías ocultar lo nuestro. Yo puedo criar a tu hijo como mío...

No quería escuchar más, así que decidí intervenir.

-¡David! ¡Hijo de tu...! Tienes una hora para venir por tus cosas o las quemaré en el patio, porque la enfermedad de tu mujer se ha vuelto terminal y está cometiendo locuras. Además, hace cinco minutos decidí deshacerme de todas tus pertenencias. Quiero el maldito divorcio.

Colgué la llamada justo cuando escuché que estaba por decir algo.

Mi teléfono comenzó a sonar, pero decidí no responder.

Me levanté de la mesa y sequé las lágrimas que habían caído por mis mejillas. Caminé hacia mi habitación, sintiendo la furia y la tristeza mezcladas en mi pecho.

Comencé a sacar todas las prendas de ropa de mi maldito marido y el duende gordo osea yo, los arrojó al suelo con rabia. El duende, fiel a su naturaleza, comenzó a cargar todas las cosas hasta llegar al patio trasero, donde coloqué todo en un bote de metal y le arrojé un cerillo.

Observé cómo las llamas devoraban todo lo que alguna vez estuvo ligado a David, sintiendo una extraña sensación de liberación mientras el fuego consumía los recuerdos y las frustraciones de nuestro matrimonio.

Luego, entré a casa y me dirigí a la licorera. Tomé una botella de vino y comencé a beber directamente de ella, buscando consuelo en el alcohol.

Sonreí con amargura mientras vaciaba un poco de vino sobre el fuego, avivándolo aún más. Arrojé todo lo que quedaba de David al fuego, hasta que escuché su voz, al fin había llegado.

-¿Qué te pasa, Marisol? -gritó mientras me agarraba fuerte de los hombros.

-Estoy harta de ti, de este maldito matrimonio. Se acabó. Vete con tu mujer y a mí déjame en paz -respondí con firmeza, sintiendo cómo un peso se levantaba de mis hombros al pronunciar esas palabras.

-¿No estás llorando? -me preguntó David con tono sorprendido.

-¿Qué esperabas? ¿Que me pusiera a llorar por ti? No lloro ni cuando pico cebolla o me golpeo el dedo chiquito del pie, como tú, jajaja. ¿Llorar por ti...? No eres mi hijo Mathias así que lárgate, David -respondí con firmeza.

-Marisol...

-Vete, no hay nada en esta casa que te pertenezca. Ya quemé todo, así que no te preocupes por venir a recoger algo -le corté antes de que pudiera decir algo más.

-¿Y qué vas a hacer ahora? No tienes ni dónde caerte muerta. Si yo no te mantengo, no tienes nada. ¿Cómo vas a alimentar a nuestro hijo? -insistió, con tono de falsa preocupación.

-Eso es asunto mío y no necesito de un infiel que me mantenga. Ve a cuidar a tu amante -respondí, desafiante.

-Cariño, vámonos -intervino una voz femenina desde la puerta.

Volteé hacia allí y vi a una mujer rubia, de curvas prominentes y un vientre abultado. Sonreí al verla.

-Felicidades por tu nuevo hijo, señorita. ¿Puedo ser madrina? -añadí, dirigiéndome a la mujer.

Ella parecía confundida por la situación. Me acerqué a ella y acaricié su vientre. El bebé comenzó a moverse.

-¿Aún no saben qué será este bebé? Puedo darles ideas de nombres -dije con una sonrisa, tratando de mantener la compostura a pesar de la situación.

-Es un varón -respondió la amante de mi aún esposo, sin quitar su rostro de asombro.

-Felicidades. Mañana mismo comenzaré los trámites del divorcio por si se quiere casar con mi marido -declaré con frialdad, mirando fijamente a David.

Capítulo 3 En busca de trabajo.

-¡Marisol! -gritó David, visiblemente consternado.

-No me grites. Váyanse a su casa. Es muy tarde para que la señorita ande de pie. Debe estar cansada; su vientre es muy grande y seguro ya va a nacer el bebé, pobre mujer -le dije a David con sarcasmo-. Conozco a un buen masajeador de pies y de espalda por si necesitas un masaje. Y cuídate, porque después de tener el bebé uno tiende a engordar, solo mírame. Bueno, me voy a dormir.

Puse mi mano en el hombro de la mujer y los dejé súper confundidos. No voy a llorar por un hombre que vale tres centavos. Por mí, puede irse al infierno un millón de veces.

Subí a mi recámara y escuché cómo la puerta de la calle se cerraba. Al parecer, mi estúpido esposo ya se había ido.

Si me siento mal, perdí mi figura, diez años de mi vida al lado de un inútil de hombre, y ni siquiera terminé mi carrera porque me dediqué a criar a un niño y a ser una esposa ejemplar. Pero por mi Mathías, haría cualquier cosa.

Me di un baño relajante y me preparé emocionalmente para ir a buscar trabajo mañana mismo. Aunque sea de intendente, debo conseguir algo para no morir de hambre. Dejaré de llamarme Marisol Sánchez si no consigo un trabajo mañana mismo.

Destruiré al mundo antes de que el mundo me destruya a mí.

Me metí en la cama y dormí con tanta paz y tranquilidad como no lo hacía desde hacía años.

Por la mañana, después de asegurarme de que mi madre se quedara con mi hijo, salí decidida a encontrar un nuevo empleo. Aunque había hecho las paces con ella hace unos años, aún no había arreglado las cosas con mi padre.

Vestida con mi mejor ropa, me dirigí a la calle en busca de oportunidades laborales.

Compré un periódico y examiné el área de empleo detenidamente. Di vueltas por la ciudad, llamando a todos los lugares que parecían prometedores en el periódico.

Sin embargo, decidí pasar por alto un anuncio que solicitaba un amante.

¿Qué pasaría si el hombre no era atractivo? Esa opción no encajaba con mis estándares. Me inclino por los hombres guapos, preferiblemente bomberos con una manguera larga.

Finalmente, terminé en una empresa que llevaba el apellido del fundador: Ruiz.

★ Leonardo.

Sobre mi escritorio había un puñado de expedientes. Todos presentaban excelentes estudios y una experiencia laboral envidiable. Sin embargo, durante las entrevistas, ninguno logró impresionarme. Ninguno parecía realmente interesante ni tenía el carisma necesario para trabajar en mi compañía.

Después de revisar todos los expedientes, llegué a la conclusión de que ninguno era adecuado para el puesto. La búsqueda había resultado infructuosa.

★ Marisol.

-Hola, buen día, señorita. Vengo por una entrevista de trabajo -dije con seguridad, aunque la actitud de la recepcionista no me pasó desapercibida.

La recepcionista me escudriñó con una mirada de arriba abajo, con evidente desdén en su rostro. Sentí como si estuviera siendo sacada de una novela vainilla.

-¿Se te perdió algo en mi cuerpo? -respondí, manteniendo la compostura pero sin dejar de notar su gesto crítico-. Sé que tengo curvas pronunciadas, pero dime, ¿quieres que te diga dónde compro mi ropa? Tal vez te salga más barata, ya que parece que usas una talla muy común.

La recepcionista me miró con molestia, pero decidí no darle más importancia.

-Piso 35 -dijo, señalando una puerta.

Sonreí con sarcasmo y me dirigí hacia la puerta indicada, que resultó ser la entrada a las escaleras.

-Gracias, pero tomaré el ascensor. Mantener esta exquisita figura tiene su costo -respondí con firmeza, sin dejar que su actitud negativa me afectara.

No soy acomplejada, bueno, al menos ya no lo soy. Ahora me amo tal y como soy, y aquellos que no me aceptan que desaparezcan.

Subí al ascensor y pulsé el botón correspondiente al piso 35, decidida a enfrentar la entrevista con seguridad y convicción.

El pasillo se extendía vacío, como si estuviera esperando mi llegada con ansias. Una sensación de optimismo me invadió al notar la ausencia de competencia.

-Genial, parece que tengo todas las de ganar -musité con una sonrisa mientras avanzaba decidida hacia la puerta marcada como Recursos Humanos.

Toqué la puerta con suavidad y escuché desde adentro un simple «Pase».

Al abrir la puerta, quedé momentáneamente atónita al ver al hombre que estaba frente a mí. No era un bombero, pero su presencia tenía un efecto similar al de una llamarada en mi interior.

-¿Quién es usted? -preguntó con una mezcla de curiosidad y autoridad.

Cerré mi boca de golpe y respiré profundamente para recobrar la compostura.

-Hola, mi nombre es Marisol Sánchez y vengo por el puesto... Soy una aspirante a... -empecé a decir, pero fui interrumpida abruptamente.

-El puesto es suyo -declaró, interrumpiéndome antes de que pudiera continuar.

-¿Mío? -pregunté, sorprendida por la rapidez con la que me ofreció el puesto sin conocerme realmente.

★Leonardo.

Al pronunciar su nombre, mi corazón dio un vuelco.

Era ella, aunque había cambiado un poco, su rostro aún conservaba la esencia de mi primer amor.

Mi hermosa cachetitos.

-Le he dicho que el puesto es suyo, ¿Puede quedarse hoy mismo a trabajar? -le pregunté, con una esperanza latente en mi voz.

Ella parecía confundida, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Sin embargo, yo estaba dispuesto a hacer cualquier cosa por hacerla feliz.

-¿Y cuál será mi puesto? Dígame, ¿ser intendente ha de ser muy cansado? -cuestionó, con una mezcla de curiosidad y preocupación en su mirada.

-¿Intendente? No, señorita. Usted será auxiliar de recursos humanos -respondí con una sonrisa, esperando que aceptara el desafío, aunque yo a ella podría darle mi puesto como Ceo.

Su rostro reflejaba incredulidad y algo de incomodidad.

-Dirá auxiliar de recursos «inumanos», señor. Yo no sé hacer nada de eso. No sé ni usar unas computadoras. Prefiero fregar pisos -insistió, con sinceridad en sus palabras.

Su determinación me sorprendió, pero también me hizo admirarla aún más.

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